San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 26 de enero de 2016

Santos Timoteo y Tito


Timoteo y Tito fueron discípulos y colaboradores del apóstol Pablo y, como tales, fueron los destinatarios de sus consejos espirituales; puesto que son santos, eso significa que siguieron al pie de la letra estos consejos y eso significa también que son útiles para nosotros, los cristianos.
¿Qué consejos les dio San Pablo? En las respectivas “Cartas” a Timoteo y Tito (1Tm 6, 11-12; Tt 2, 1), San Pablo les decía así: “Como hombre de Dios que eres, corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura”; “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna”; “Enseña lo que es conforme a la sana doctrina”.
“Como hombre de Dios que eres”: un cristiano es un “hombre de Dios”, no un hombre mundano; eso quiere decir que lo que guía su vida es Jesucristo y sus mandatos, sobre todo el mandato de la caridad, que lo lleva a perdonar a su prójimo “setenta veces siete” y a “amar a los enemigos”, tal como Jesús lo pide. El cristiano, como “hombre de Dios”, no guía su vida por principios mundanos, sino que “su alimento es hacer la voluntad de Jesucristo” y en eso se diferencia de los hombres mundanos, para quienes Jesucristo “es un fantasma”.
“Corre al alcance de la justicia”: al cristiano le preocupa la injusticia, pero no la mera injusticia social, sino la injusticia que significa que Dios Uno y Trino no sea conocido, amado y adorado por los hombres, como Él se lo merece.
“de la piedad”: un cristiano es piadoso, porque la piedad es una virtud que nace del amor a Dios que anida en lo más profundo del corazón.
“de la fe”: el cristiano tiene fe, pero no una fe construida a su medida, ni tampoco cree en lo que le parece mientras deja de creer en lo que no le parece; el cristiano tiene la fe de la Santa Iglesia Católica, una fe de dos mil años de antigüedad, una fe que cree en Jesús no como un simple hombre, sino como el Hombre-Dios, como el Dios de la Eucaristía y del sagrario, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía.
“de la caridad”: el cristiano no se mueve según los impulsos de un afecto sentimentalista pasajero, sino por el Amor sobrenatural de Dios, infundido en el alma por Jesucristo.
“de la paciencia en el sufrimiento”: el cristiano no se queja en las tribulaciones, sino que todos sus sufrimientos los ofrece a Jesucristo, que por él sufre en la cruz.
“de la dulzura”: el cristiano ni reprime sus afectos, ni tampoco es dominado por sus pasiones, porque la gracia santificante de Jesucristo purifica y santifica los afectos y los sentimientos, de manera que lo que ama, lo ama en Dios, por Dios y para Dios, y nada ama que no sea para Él.
“Combate el buen combate de la fe y conquista la vida eterna”: el cristiano considera a esta vida como una lucha, un combate continuo contra las propias pasiones, para adquirir, conservar y acrecentar la gracia, de modo tal de conseguir la vida eterna, como un premio dado por Jesucristo, cuando finalice esta vida terrena.
“Enseña lo que es conforme a la sana doctrina”: el cristiano conserva pura su fe, sin contaminarla con doctrinas “llamativas y extrañas”; vive de esa fe y enseña, con su ejemplo de vida, la fe bimilenaria de la Iglesia.

Los consejos de San Pablo a Timoteo y Tito, hicieron de ellos grandes santos y también pueden hacer lo mismo con nosotros, cristianos del siglo XXI.

jueves, 24 de enero de 2013

La Conversión de San Pablo




         San Pablo es el ejemplo paradigmático de la conmoción que se produce en lo más íntimo del ser cuando alguien encuentra a Cristo: antes de su encuentro con Cristo, San Pablo es religioso, pero de aquella clase de religiosos criticada duramente por el mismo Cristo antes de ser crucificado: hipócrita, cínico, falso. Antes de encontrar a Cristo personalmente, San Pablo tiene una idea muy errónea acerca de qué es la religión y en qué consiste su esencia: piensa que la religión es cumplir preceptos externamente, y que su esencia es la obediencia ciega, material, fría e irracional, a las normas humanas.
         Antes de encontrar a Cristo, San Pablo cree que ser religioso practicante es asistir al culto religioso, recitar de memoria y mecánicamente las oraciones, conocer al pie de la letra los preceptos y aplicarlos rigurosamente, sin importar si con eso se dejan de lado la compasión, la misericordia, la caridad, para con el prójimo, además de la verdadera piedad para con Dios, porque nadie puede ser piadoso  con Dios si desatiende las necesidades de su prójimo.
         Antes de su encuentro con Cristo, guiado por este falso celo, San Pablo ha participado de numerosas persecuciones y cacerías contra cristianos, además de ser testigo presencial y por lo tanto, cómplice directo, del asesinato del proto-mártir San Esteban. Al momento del encuentro con Cristo, San Pablo se caracteriza por una larga serie de “méritos” –si pueden llamarse así-, obtenidos por la equivocada concepción que de la religión y de Dios tenía: violencias, amenazas, persecuciones, participación en un homicidio.
Antes de la conversión, San Pablo es religioso practicante, pero se caracteriza por la dureza de corazón y por la impiedad, es decir, por la disonancia o discordancia entre su obrar exterior –aparece como religioso- y su ser interior –es frío, calculador, sin amor ni a Dios ni al prójimo-, todo lo cual constituye al perfecto fariseo. Aun más, la carrera enloquecida a caballo, en busca de enemigos a los cuales denunciar para que los atrapen, es un símbolo del fariseo-cristiano-católico: corre apresuradamente a denunciar, para que corran de la Iglesia a los que no son fariseos como ellos.
Antes de su conversión, San Pablo encarna al cristiano-católico fariseo, aquel que cree que porque cumple exteriormente con los preceptos, tiene licencia para criticar, defenestrar, ignorar, vilipendiar, a su prójimo.
         Este estado espiritual de San Pablo cambiará radicalmente luego del encuentro con Jesús, quien al infundirle su Espíritu Santo, Espíritu que es Amor divino, le hace comprender, por un lado, que Dios es Amor celestial, infinito, sobrenatural, eterno, y que si alguien se dice servidor de Dios y por lo tanto se dice religioso, ese tal debe sobresalir no solo por su piedad externa, sino ante todo por la caridad, es decir, el Amor sobrenatural, que debe brotar des de lo más profundo de su ser. El Pablo ciego, enceguecido luego del encuentro con Jesús, que camina lento y ayudado por alguien, es símbolo del cristiano que ha descubierto la mansedumbre y la humildad de Cristo, siendo la ceguera un símbolo de quien no ve a Dios en esencia, pero mantiene la esperanza de recuperar la vista algún día, es decir, de ver a Dios cara a cara en el cielo.
         Jesús le hace comprender a San Pablo –y en esto consiste su conversión- que la religión no es mera práctica exterior; es más, que la práctica exterior, sin la auto-humillación y sin la adoración en espíritu y en verdad a Dios, es cáscara seca de un fruto putrefacto; la religión sin caridad es una pantomima de la verdadera religión, una caricatura grotesca, una impostura cínica y radicalmente falsa, que repugna a Dios y a los hombres.
         La reflexión acerca de la experiencia de San Pablo, antes y después del encuentro personal con Cristo, nos debe servir para que meditemos acerca de con cuál de los dos Pablos nos identificamos: con el Pablo religioso externo, perseguidor, denunciador de faltas ajenas, pronto a la ira y a la ausencia de misericordia, cómplice, cuando no autor, de delitos cometidos contra el prójimo, o el Pablo luego de la conversión, el Pablo humilde, adorador del Dios verdadero “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23), pronto al perdón y al olvido de la ofensa, rápido para tender la mano a quien lo necesita.
                

jueves, 26 de enero de 2012

San Pablo y la conversión




Antes de recibir la gracia de la conversión, San Pablo era un hombre religioso, pero con la práctica de su religión desmentía, en los hechos, a Aquel en quien decía creer, es decir, Dios. San Pablo era escrupuloso en el cumplimiento de la ley, conocedor de las Sagradas Escrituras, pero al mismo tiempo era intolerante y violento, al punto que “respiraba amenazas de muerte” contra la Iglesia de Jesucristo. Aún más, cuando Ananías lo recibe, en la oración que le dirige a Dios, le dice que tiene a alguien que “ha hecho mucho daño” a la Iglesia, y que tiene “cartas” que lo autorizan a “encarcelar a los cristianos” (Hch 9, 1-19). En su respuesta, Dios le dice que Saulo es el instrumento que Él ha elegido.
Todas estas características suyas –violencia, intolerancia-, se ven en su asistencia al asesinato del diácono San Esteban (cfr. Hch 8, 1-4). Incluso, podemos decir, que si bien no llegó a ser un asesino, fue un cómplice de asesinato, porque asentía todo lo que le hacían a San Esteban.
         Esto nos lleva a ver qué es el hombre sin Dios, sin su gracia, aún cuando se diga ser religioso, y qué es el hombre con Dios, con su gracia. Sin la gracia de Dios, San Pablo va a caballo, galopando, símbolo de su orgullo; lleva una dirección que no es la que Dios quiere; está en la oscuridad, porque no ve ni conoce a Jesús. Luego de la conversión, luego de recibir la luz de la gracia, conoce y ama a Jesús, y ahí comienza su conversión: se cae del caballo, es decir, se cae de su soberbia, y comienza a vivir en la humildad; se dirige no ya en busca de prójimos a los que culpar y asesinar, sino que camina por el camino de la Voluntad de Dios, por el camino que Dios le indica; ya no vive en la oscuridad, porque ha recibido interiormente la luz de la gracia, que le ha hecho conocer y amar a Cristo y por lo tanto, conocer y amar a su prójimo, imagen de Cristo. De ahora en adelante, ya no será soberbio, sino humilde; ya no buscará acusar a su prójimo y suprimirlo, sino amarlo en Cristo; ya no vive en la oscuridad y en la ignorancia, consecuencias del pecado, sino en la luz y en verdad, consecuencias de un corazón que está en gracia.
         Todos estamos llamados, como San Pablo, a convertir nuestro corazón, a despegarlo de las cosas bajas de la tierra, de las pasiones, de los odios, de los rencores, de las maledicencias, de los prejuicios, que llevan a condenar al prójimo; la conversión consiste en abatir el propio orgullo, que impide tanto perdonar como pedir perdón.
En esto consiste el comienzo de la felicidad en esta tierra y en la eternidad: que en nuestro corazón esté impreso el rostro de Jesús: su rostro de adulto, sangriento, su rostro agonizando en la Cruz. Quien lleva impreso en su corazón el rostro de Jesús, ha iniciado ya el camino de conversión, y debe, como San Pablo, caminar en humildad y no en soberbia, y predicar la verdad del amor de Dios y no el propio egoísmo, con las obras de misericordia corporales y espirituales.
Por el contrario, quien no quiere convertirse, se comporta como San Pablo antes de la conversión: es orgulloso, soberbio, maldiciente, mezquino, prejuicioso, pronto a la cólera y a la ira, a la mentira y a la falsedad, y aunque rece y diga amar a Dios, al condenar, aunque sea de palabra, a su prójimo, imagen viviente de Dios, demuestra que en realidad no ama a Dios.

lunes, 24 de enero de 2011

La conversión de San Pablo


Jesús resucitado, por medio de una luz resplandeciente, se manifiesta a San Pablo. Por su Espíritu, le comunica a San Pablo, que hasta entonces era enemigo suyo, el conocimiento sobrenatural acerca de quién es Él, Dios encarnado, lo convierte en apóstol suyo, y lo envía a predicar el evangelio, a anunciar que Él ha resucitado y ha venido a llevar a toda la humanidad al seno de Dios Trinidad.

El encuentro de San Pablo con Jesucristo, su conversión de enemigo en apóstol y su misión de anunciar el evangelio, es un símbolo de lo que sucede en cada alma que recibe la gracia de Dios en el bautismo: de enemiga que era de Dios, a causa del pecado original, se hace hija adoptiva de Dios al recibir la gracia de la filiación divina y se convierte también en apóstol, es decir, en enviado, que tiene la misión de anunciar el evangelio, la buena noticia de la resurrección de Jesucristo.

San Pablo recibe el conocimiento de la divinidad de Jesucristo; Jesús se le manifiesta para hacerle saber que Él, Jesús, a quien Pablo perseguía con todas sus fuerzas, es el Hijo de Dios, Dios en Persona, y este conocimiento lo recibe por medio de una manifestación de Jesucristo, bajo forma de luz, que lo deja ciego, para luego recobrar la vista. A partir de esta manifestación sobrenatural, San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo: antes, pensaba que era un agitador, un fundador de un movimiento pagano y sectario, un individuo peligroso, a quien había que combatir, en sus seguidores, por el medio que fuera posible, incluida la violencia. Ahora, luego del encuentro personal con Jesucristo, San Pablo sabe que Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo y la Palabra del Padre, que se ha encarnado para morir en cruz, salvar a la humanidad, y llevarla al seno del Padre. San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo, un conocimiento que no proviene ni de su razón, ni de su ciencia humana, sino que proviene de lo alto, directamente desde el cielo, del Espíritu de Dios.

Es en este nuevo conocimiento de Jesucristo en lo que consiste "la conversión de San Pablo", y es lo que lo lleva a San Pablo a cambiar radicalmente de vida: de enemigo de Cristo, a su más ferviente defensor, y de perseguidor de cristianos, a ser él mismo el primero entre los cristianos; de aprobar la muerte de los cristianos, para borrar el Nombre Santo de Jesucristo de la faz de la tierra, a donar su vida como mártir, para sellar el Nombre Santo de Jesucristo en los corazones de los hombres.

Es en este radical cambio de vida, en lo que consiste la conversión de San Pablo, conversión en la que debemos ver el anticipo y el modelo de nuestra propia conversión, la cual ya ha sido iniciada por el mismo Dios, al concedernos un milagro mucho más grande que ver una luz y que recuperar la vista de los ojos: nosotros hemos recibido algo infinitamente más grande que ver una luz y recuperar la vista: hemos recibido la luz de la fe, en germen, en el bautismo, por medio de la cual podemos ver a Cristo como luz del mundo, Presente y vivo en la Eucaristía.

A nosotros Jesús no se nos ha manifestado Jesús bajo la forma de una luz resplandeciente y enceguecedora; sin embargo, la gracia que hemos recibido en el bautismo, es una gracia similar e incomparablemente mayor que la que recibió San Pablo, porque la luz que lo hizo caer del caballo no le dio la filiación divina y no lo convirtió en hijo de Dios, en cambio a nosotros, la luz recibida en el bautismo, nos ha convertido en hijos adoptivos de Dios, y hemos recibido, en germen, la luz de la fe.

Es por esto que la conversión de San Pablo es modelo y anticipo de nuestra propia conversión: por la luz de la fe y de la gracia podemos ver, con los ojos del alma, a Cristo resucitado y glorioso, y así como San Pablo, con su conversión, recibió una misión, que era anunciar a Cristo muerto y resucitado, así también nosotros, en el bautismo, recibimos también una misión: anunciar el milagro eucarístico, signo sacramental de la Presencia de Cristo, muerto y resucitado, entre nosotros.

San Pablo cambió radicalmente su vida desde que fue llamado del judaísmo al cristianismo; los cristianos, los que hemos recibido el bautismo y la luz de la fe, estamos también llamados a la conversión, al testimonio de Cristo, muerto y resucitado; estamos llamados a ser "luz del mundo" (cfr. Mt 5, 14), a iluminar el mundo con la luz del amor y de la misericordia de Cristo, recibida en el bautismo, y es por eso que es un anti-testimonio el que un cristiano se comporte como un pagano, idolatrando al mundo y a sus placeres, en vez de adorar al Dios Uno y Trino revelado en Jesús de Nazareth.

Cotidianamente se repite ante nuestros ojos un milagro infinitamente más grande que la luz que cegó a San Pablo; un milagro infinitamente más grande que el más grande de todos los milagros realizados por los santos o por el mismo Cristo, un milagro más asombroso que dar vida a un muerto, que multiplicar panes, que convertir agua en vino, que recibir la curación de la ceguera corporal: es el milagro del altar, de la transubstanciación, por el cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y por el cual el altar se convierte en el cielo en donde habita Dios en Persona.

Y es para anunciar este milagro del altar para el que debemos convertirnos y salir a anunciar a nuestros prójimos, ya que constituye la más alegre y la más hermosa noticia que el mundo haya podido escuchar desde sus comienzos, y que no escuchará otra más alegre y hermosa que esta: Cristo, Luz del mundo, está Resucitado en la Eucaristía, Presente en medio nuestro.

Convirtámonos a la luz de Cristo, a Cristo, luz del mundo (cfr. Jn 8, 12), para ser un reflejo de esa luz, y la comuniquemos a nuestros hermanos por medio de la misericordia, de la caridad y de la compasión.