Bienaventurados habitantes del cielo, Ángeles y Santos, vosotros que os alegráis en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad, interceded por nosotros, para que algún día seamos capaces de compartir vuestra infinita alegría.
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
viernes, 30 de diciembre de 2011
En la Familia de Nazareth, todo lo humano se diviniza. A ejemplo suyo, que nuestras familias se divinicen por la gracia
martes, 20 de diciembre de 2011
¿Cómo prepararnos para la Navidad?
lunes, 5 de diciembre de 2011
Isaías y el Adviento

El clima espiritual del Adviento está contenido en la expresión del profeta Isaías: “Si rasgaras los cielos y descendieras” (63, 19). En esta frase, el profeta suspira por la llegada del Mesías, el cual pondrá fin a la rebelión de Israel, que a pesar de haber sido elegida por Yahveh, se ha desviado de sus caminos y se ha rebelado, y ya no escucha ni obedece más a su voz: “Somos desde antiguo gente a la que no gobiernas” (63,
Isaías ve con claridad que sin Dios, no solo Israel, sino también toda la tierra yace en oscuridad: “Mira cómo la oscuridad cubre la tierra”, oscuridad que es ante todo espiritual, porque es la oscuridad del pecado que ensombrece al hombre y le quita la vida divina. Es la oscuridad de la que habla Zacarías en su cántico: el Mesías ha de venir para “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”.
Cuando llegue el Mesías, puesto que Él es luz, que habita en la luz inaccesible, derrotará para siempre a las tinieblas que oscurecen el corazón del hombre, y hará resplandecer su rostro sobre ellos, concediéndoles el perdón de sus pecados, olvidándose para siempre de sus iniquidades.
Cuando llegue el Mesías, los hombres serán iluminados no con la luz del sol, sino con la luz eterna de Dios: “No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto” (Is 60, 19-20).
Cuando llegue el Mesías, los que están aprisionados por las pasiones, los que lloran por no poder librarse del pecado, se alegrarán con un gozo y una alegría que no terminará jamás: “El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la liberación a los cautivos, para consolar a todos los que lloran, para darles gozo en vez de luto. (…) Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios” (cfr. Is 61, 1-10).
La liberación de los cautivos, el consuelo a los que lloran, el gozo en vez de luto, inicia ya aquí en la tierra, cuando el Mesías, a través del sacerdote ministerial, perdona los pecados del corazón del hombre, diciéndole: “Tus pecados te son perdonados”.
Así el alma inicia, ya desde la tierra, la vida de la gracia, el anticipo de la feliz eternidad en los cielos.
Para esto viene el Mesías, al cual esperamos en Adviento.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Como San Andrés, todo cristiano está llamado a dejar las cosas del mundo para entrar en la eternidad

En el momento de recibir el llamado de Jesús, San Andrés se encuentra, junto a su hermano Simón, dedicado a sus tareas cotidianas de pescador (cfr. Mt 4, 18-22). El llamado de Jesús a su seguimiento supone para San Andrés –y para todo aquel que es llamado por Jesús, sea al sacerdocio ministerial, sea al sacerdocio bautismal- un cambio radical de vida.
De pescar peces en un mar de agua salada para conseguir el sustento diario, es llamado a pescar almas en el mar de la historia humana, para conseguir su salvación eterna.
Antes del llamado de Jesús, su vida se desarrollaba en los estrechos límites del horizonte humano y sus preocupaciones no iban más allá del trabajo de todos los días, necesario para conseguir el sustento propio y familiar; ahora, luego del llamado, su vida se convierte en una aventura fantástica, que finaliza en la feliz eternidad, en la unión para siempre con las Tres Divinas Personas, y sus preocupaciones humanas, como el sustento diario, pasan a un segundo plano, pues lo que importa es el Pan eucarístico de cada día y la salvación de las almas.
Antes del llamado de Jesús, San Andrés vivía una vida sacrificada, llena de mortificaciones continuas, porque el trabajo como pescador implica la renuncia a la comodidad y el trabajo arduo; luego del llamado, San Andrés, como sacerdote ministerial, como Apóstol, y como seguidor de Cristo, San Andrés es llamado a abrazar la Cruz de Jesús, a vivir en la continua mortificación, y a asociarse a la Pasión y a la muerte martirial de Jesús.
“Ven y sígueme, te haré pescador de hombres”. Todo cristiano, al recibir el Bautismo sacramental, al ser introducido en el Cuerpo Místico de Jesús, está llamado a dejar de lado las ambiciones terrenas y humanas por el deseo de la vida eterna, y a reemplazar el trabajo cotidiano por el trabajo al servicio del Reino de los cielos.
Todo cristiano, sea sacerdote o laico, ha recibido el llamado que recibió San Andrés, y al igual que él, que dejándolo todo siguió a Jesús por el camino de la Cruz, para donar su vida en ella, del mismo modo todo cristiano, sea sacerdote o laico, está llamado a asociarse a Cristo en su Cruz para dejar esta vida con sus asuntos terrenos, para entrar en la feliz eternidad.
martes, 22 de noviembre de 2011
Santa Cecilia mártir

Cecilia logró que su marido respetara su virginidad y se convirtiera al cristianismo.
Las actas del martirio de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Fue obligada a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero según las mismas actas, el día de la celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase.
Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”. Cecilia le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel”. Valeriano accedió, se convirtió y fue bautizado.
Luego Valeriano, junto a su hermano y a otro romano convertido, fueron decapitados por haber dado sepelio a otros mártires, y Cecilia sepultó los cadáveres. Ante esta actitud, Cecilia fue llamada para que también renunciase a la fe y debido a que se negó a hacerlo, fue condenada a morir en la hoguera, pero aunque los soldados estuvieron todo un día atizando el fuego, no le sucedió nada a Cecilia.
Finalmente, el prefecto romano envió a un soldado a decapitarla, el cual descargó tres veces la espada sobre su cuello sin lograr su propósito –es decir, sin lograr decapitarla totalmente- y la dejó tirada en el suelo, agonizando. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte. Una de sus manos quedó con dos dedos doblados y tres en alto, indicando
Las actas señalan también que, al igual que en su matrimonio, cantó también durante el tormento, por lo cual es patrona de los músicos.
Todo cristiano está llamado a imitar a Santa Cecilia en su vida: como ella, el cristiano está llamado a unirse en místicas nupcias con Dios Uno y Trino; como ella, el cristiano está llamado a dar testimonio de
[1] Cfr. Butler, Vida de los Santos, Vol. IV.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Sólo la potencia infinita del Amor divino que late en Sagrado Corazón da las fuerzas necesarias para ser víctima de amor

Toda devoción, a Jesús, a
Lo dice el mismo Jesús: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”.
Es decir, el devoto del Sagrado Corazón debe ofrecerse en sacrificio, como víctima de amor, para que se cumplan los designios divinos de salvación de las almas.
En qué consista este ser “víctima de amor”, nos lo dice también el mismo Jesús, a través de Santa Margarita: “Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed Me consume y no hallo a nadie que se esfuerce según Mi Deseo en apagármela, correspondiendo de alguna manera a Mi Amor”.
Ser víctima de amor del Sagrado Corazón quiere decir entonces amar al Sagrado Corazón, como modo de corresponder al Amor divino que arde en Él, y el modo de amarlo es por medio de la adoración eucarística y las obras de misericordia, corporales y espirituales, para con los más necesitados, porque según San Juan, miente quien dice que ama a Dios, a quien no ve, sino ama a su prójimo, a quien ve: “El que dice: “yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, y no amar a su hermano, a quien ve? Él mismo nos ordenó: El que ame a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 19-21).
El devoto del Sagrado Corazón, llamado a ser víctima de amor, repara, con su amor al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por las frialdades, indiferencias e ingratitudes con los cuales este Corazón divino es ofendido continuamente, día y noche, no ya por los paganos, sino por aquellos que han sido adoptados como hijos de Dios por el bautismo: “…lo que más Me dolió de todo cuanto sufrí en Mi Pasión (…) fueron las frialdades, desaires e ingratitudes”.
Pero la fuerza del amor necesaria para ser víctima de amor del Sagrado Corazón, no está en el corazón humano, pues el corazón humano, por más noble que sea, posee un amor limitado y muy imperfecto. Para ser víctima de amor del Sagrado Corazón, se necesita un Amor con potencia infinita, y ese Amor sólo se encuentra en
Sólo la potencia infinita del Amor divino que late en el Sagrado Corazón da las fuerzas necesarias para ser víctima de amor.
martes, 1 de noviembre de 2011
La Cruz y la Eucaristía, causa de la felicidad eterna de los Santos

Para celebrar a los habitantes del cielo, a sus miembros que ya gozan eternamente de la visión de Dios Uno y Trino, la Iglesia escoge el Evangelio de las Bienaventuranzas, y no por casualidad, sino porque las Bienaventuranzas son las que conducen directamente al cielo, a la unión en la eternidad con Dios Uno y Trino.
El santo es aquel que en la tierra vivió las Bienaventuranzas, porque siguió a Cristo camino de la cruz, y la cruz es la Bienaventuranza que las resume a todas: Cristo en la cruz tiene alma de pobre, porque nada material tiene, y porque necesita a Dios; sufre la aflicción y la pena que le causa ver a la humanidad extraviada en el pecado y en la rebelión a Dios; es paciente, porque sufre con infinita paciencia todos y cada uno de los dolores de todos los hombres; tiene hambre y sed de justicia, porque su sacrificio restaura la majestad divina, mancillada por la malicia del hombre; es misericordioso, porque solo lo mueve su infinita misericordia; es puro, porque es el Cordero de Dios, Tres veces Santo, es pacífico, porque con su Cuerpo crucificado derriba el muro de odio que separa a los hombres y les da la paz de Dios; es perseguido por practicar la justicia, por hacer justicia al Nombre de Dios, para que el nombre de Dios sea alabado y ensalzado de un confín a otro de la tierra.
La Iglesia celebra a quienes siguieron a Cristo con la cruz a cuestas, hasta el Calvario, y murieron a sí mismos, para resucitar a la vida eterna.
La cruz entonces es la causa de la felicidad de la que ahora gozan los santos por la eternidad, y por este motivo los devotos de los santos deben pedirles su intercesión, ante todo, no para “pasarla bien” en este mundo, sino para convertir el corazón y así, con el corazón convertido, contrito y humillado, tomar la cruz de cada día y seguirlo camino del Calvario.
Pero hay otra causa de Bienaventuranza, o sea, de felicidad eterna, que también resume en sí a todas, y es proclamada por la Iglesia en la Santa Misa: “Felices –es decir, dichosos, bienaventurados- los invitados a la cena del Señor”. La Eucaristía, al igual que la cruz, es causa de bienaventuranza, de felicidad y de alegría eterna, y si los santos son bienaventurados ahora y por la eternidad, es porque dieron sus vidas por la Eucaristía.
También debemos pedirle, al santo de nuestra devoción, esta gracia.

