San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 27 de abril de 2011

Mi Ángel Custodio adora a Cristo en la Santa Misa

Mi Ángel Custodio
adora a Jesús en la Eucaristía.

Estamos en la Misa. ¿Qué es la Misa?

La misa es un sacrificio.

¿De quién?

De Jesús. La Misa es el sacrificio de Jesús en la cruz. En cada Misa, Jesús, que está invisible en la cruz, se sacrifica por mí.

¿Quiénes participan de la Misa?

De la misa participan los mismos que participaron en la cruz de Jesús: María, y Juan, que está al pie de la cruz. Y en Juan estamos nosotros, porque Juan nos representa a nosotros. En cada Misa, están Jesús, la Virgen y nosotros.

Y si estamos nosotros, ¿quién más está? ¿Quiénes nos acompañan desde que nacemos hasta que morimos, aunque no los veamos, porque son invisibles?

Los ángeles custodios. En la Misa, además de Jesús, de María, y de nosotros, que somos como Juan, están los ángeles custodios.

¿Y qué hacen los ángeles custodios en la Misa?

Adoran a Jesús, que por amor muere en la cruz.

¿Y qué más hacen?

Me ayudan a que yo conozca y ame cada vez más a Jesús, que por amor a mí, en cada Misa, muere en la cruz. Los ángeles nos ayudan a conocer y amar cada vez más a Jesús Eucaristía. Pero para eso, yo le tengo que pedir a mi ángel custodio, que me ilumine, en cada misa, para que yo pueda ver con la fe a Jesús que muere en la cruz por mí, y así amar a Jesús en la Eucaristía cada vez más.

Si a mi Ángel Custodio no le pido nada y no le digo nada, si lo pudiera ver, lo vería muy triste, porque yo no le dirijo la palabra, y él no puede hacer nada si no se lo pido. En cambio, si se lo pido, si le digo a mi ángel que me ilumine para que yo conozca y ame cada vez más a Jesús Eucaristía, mi ángel se va a poner muy contento, y me va a ayudar a que cuando Jesús venga a mi corazón por la Comunión sacramental, yo lo reciba con mucha fe, con mucha devoción y con mucho amor.

miércoles, 6 de abril de 2011

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas


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Santa Catalina de Siena elige la corona de espinas

Jesús se le presentó a Santa Catalina en una visión, con dos coronas, una de oro y otra de espinas, y le ofreció elegir una de las dos. Santa Catalina dijo: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”. Luego, tomó la corona de espinas y se la colocó sobre la cabeza.
¿Por qué Santa Catalina eligió la corona de espinas? ¿Fue por un deseo de parecerse exteriormente a Jesucristo? ¿Fue por demostrar a Jesús que quería imitarlo exteriormente en su Pasión? Parecería que fuera esto, porque la misma Santa Catalina dice que quiere encontrar “en el dolor y en el sufrimiento” su “reposo y deleite”, es decir, quiere vivir aquí en la tierra imitando exteriormente a Jesús en su Pasión, y es por eso que elige la corona de espinas.
Esto es verdad, pero hay además otro motivo, más profundo, por el cual los santos eligen la corona de espinas. Encontramos un dato más en las revelaciones de Santa Brígida, reina de suecia.
En una de las revelaciones, le dice la Virgen María[1]: “Después le pusieron la corona de espinas y se la apretaron tanto que la sangre que salía de su reverenda cabeza le tapaba los ojos, le obstruía los oídos y le empapaba la barba al caer”.
En otra oportunidad, la Santa recibe una revelación similar: “Entonces la corona de espinas, que habían removido de Su cabeza cuando estaba siendo crucificado, ahora la ponen de vuelta, colocándola sobre su santísima cabeza. Punzó y agujereó su imponente cabeza con tal fuerza que allí mismo sus ojos se llenaron de sangre que brotaba y se obstruyeron sus oídos”. La Virgen María destaca la abundancia de sangre que comienza a salir de la cabeza de Jesús: es tal la cantidad, que los ojos “se llenan de sangre” y los oídos “se obstruyen” a causa de esta sangre.
Luego, Jesús revela de qué manera esta coronación suya es una muestra de su amor para con Santa Brígida (y, por lo tanto, para toda alma): “Yo soy el Creador del Cielo y la tierra, y el que se consagra en el altar es mi verdadero cuerpo. Ámame con todo tu corazón, porque yo te amé y me entregué a mis enemigos por mi propia y libre voluntad, mientras que mis amigos y mi Madre se quedaron en amargo dolor y llanto. Cuando vi la lanza, los clavos, las correas y todos los demás instrumentos de mi pasión allí preparados, aún así acudí a sufrir con alegría. Cuando mi cabeza sangraba por todas las partes desde la corona de espinas, aún entonces, y aunque mis enemigos se apoderasen de mi corazón, también, antes que perderte, dejaría que lo hiriesen y lo despedazasen. Por ello serías muy ingrata si, en correspondencia a tanta caridad, no me amases”.
Continúa luego Jesús dando la clave de porqué debemos siempre elegir la corona de espinas: para imitarlo, correspondiendo a su amor, y para llevar en el propio cuerpo viva la Pasión del Señor: “Si mi cabeza fue perforada y se inclinó en la cruz por ti, también tu cabeza debería inclinarse hacia la humildad. Dado que mis ojos estaban ensangrentados y llenos de lágrimas, tus ojos deberían apartarse de visiones placenteras. Si mis oídos se obstruyeron de sangre y oí palabras de burla contra mí, tus oídos tendrían que apartarse de las conversaciones frívolas e inoportunas. Al habérsele dado a mi boca una bebida amarga y negársele una dulce, guarda tu propia boca del mal y deja que se abra para el bien. Puesto que mis manos fueron estiradas y clavadas, que las obras simbolizadas en tus manos se extiendan a los pobres y a mis mandamientos. Que tus pies, o sea, tus afectos, con los que debes caminar hacia mí, sean crucificados a los deleites de manera que, igual que Yo sufrí en todos mis miembros, también todos tus miembros estén dispuestos a obedecerme. Demando más servicios de ti que de otros porque te he dado una mayor gracia”.
Esta es la razón por la cual el cristiano debe siempre elegir la corona de espinas: no sólo para imitar exteriormente a Jesucristo, sino para llevar en sus cuerpos y en sus vidas la Pasión de Jesús. El motivo es que el cristiano, como miembro del Cuerpo Místico de Cristo, debe ser otro cristo, que continúa y prolonga su Pasión en el mundo.
Jesús se dejó coronar de espinas en la cabeza, lugar donde se originan los pensamientos, para que no tengamos malos pensamientos, pero no solo eso, sino para que además tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tuvo en la cruz.
A nosotros no se nos aparece Jesús, con una corona de oro y otra de espinas, como a Santa Catalina, pero nosotros elegimos la corona de espinas, y no tenemos revelaciones y apariciones, como Santa Brígida de Suecia, pero sabemos, por la Santa Madre Iglesia, por qué motivo elegimos la corona de espinas.



[1] Cfr. Revelaciones de Santa Brígida.

martes, 5 de abril de 2011

El ángel en la piscina de Siloé, el Espíritu de Dios en el altar eucarístico



El episodio del evangelio se entiende si se tiene en cuenta que en la piscina de Siloé, en tiempos de Jesús, se obraban milagros de curación corporal, a través del agua, en lo que sería algo equivalente a las aguas curativas y milagrosas de Lourdes.

Pero, a diferencia de Lourdes, las curaciones no se producían en cualquier momento, sino cuando, de tanto en tanto, bajaba un ángel y agitaba las aguas, en señal de que daba a estas un poder curativo. Quien se sumergía en el agua en ese momento, alcanzaba la curación. El paralítico se queja ante Jesús porque no tiene nadie quien lo lleve hasta la piscina y por eso, hasta que él llega, ya otros se han adelantado y se han sumergido, recibiendo la curación y postergando una y otra vez al paralítico.

Del episodio se destacan, además del egoísmo de los demás, que no atinan a ayudar al paralítico, la malicia de los fariseos, que critican a Jesús porque hace estas curaciones “en sábado”, es decir, cometiendo una infracción legal, en vez de alegrarse por la curación en sí misma, y por la salud restablecida del paralítico.

Como sea, el hecho central, que inicia el párrafo del evangelio, es el poder curativo milagroso otorgado a las aguas de la piscina de Siloé, lo cual no deja de provocar asombro.

Pero si nos asombran los milagros obrados en este lugar, más deben asombrarnos el prodigio que se produce en el altar eucarístico: si en la piscina un ángel, enviado por Dios, descendía para agitar las aguas y concederles poder curativo, de modo que el que se sumergía en ellas obtenía salud y vida, en la Santa Misa, sobre el altar, enviado por el Padre y por el Hijo, a través de las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, desciende no un ángel de Dios, sino el Espíritu de Dios, y más que agitar las aguas, convierte el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús, que conceden, a quienes lo reciben con fe y con amor, algo más grandioso que la salud corporal, y es la vida eterna.

viernes, 1 de abril de 2011

El Sagrado Corazón en el Huerto de Getsemaní


El Sagrado Corazón en el Huerto de Getsemaní

El Corazón de Jesús, es decir, su órgano físico, constituido por músculo cardíaco, que en su Cuerpo ejerce la función de hacer circular la sangre por todo el organismo, como lo hace el corazón de cualquier ser humano, está unido, en su realidad metafísica y espiritual, al Corazón único de Dios Uno y Trino, porque fue asumido hipostáticamente, es decir, personalmente, por la Persona de Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Este hecho, el hecho de ser el corazón del Hombre-Dios -esto es, un corazón humano unido al Corazón único de Dios Trino- es lo que explica qué es lo que siente Jesús en su Corazón, y cuál es el alcance de sus sentimientos y afectos humanos.

Jesús es Hombre-Dios, es Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, por lo tanto, su corazón humano, posee todos los afectos y los sentimientos que posee todo corazón humano, por supuesto que sin mezcla alguna de maldad, de pecado: alegría, gozo, tristeza, dolor, angustia; a la vez, estos afectos y sentimientos humanos, están divinizados por el contacto con el Corazón único de la Trinidad, a través de la Persona Segunda, Dios Hijo. Esto quiere decir que sus afectos y sentimientos humanos, nacidos de su Corazón humano, poseen un alcance y una dimensión de eternidad, de divinidad, de santidad, que no se dan en ningún otro corazón humano.

Al poseer un corazón humano, como cualquier otro corazón humano, poseía Jesús también todos los sentimientos que todo corazón humano tiene: así, sintió tristeza, hasta el llanto, por la muerte de su amigo Lázaro (cfr. Jn 11, 33-35); sintió tristeza, hasta el llanto, por la ruina de Jerusalén (cfr. Lc 19, 41-44); sintió tristeza, hasta el llanto, en el Huerto de Getsemaní, ante el abandono de sus discípulos y la cercanía de sus enemigos, que deseaban darle muerte (cfr. Lc 22, 39-46).

¿Qué expresa el llanto del Sagrado Corazón de Jesús? Si era hombre, y lloraba, ¿esto es signo de debilidad? El llanto no es sinónimo de debilidad en ningún hombre, y mucho menos en Jesús: es expresión exterior de la amargura, de la tristeza y del dolor que experimenta el Sagrado Corazón en el Huerto, al contemplar la muerte de las almas por el pecado mortal, aceptado libre y voluntariamente, gustosamente, y proclamado como un derecho humano; el llanto expresa el dolor, la tristeza y la amargura, de ver la ruina de tantas almas que, habiendo recibido el amor de Dios por el sacramento del Bautismo, de la Comunión, de la Confirmación, abandonan la práctica sacramental, pisoteando de esta manera la Sangre del Redentor, y volviendo vanos sus esfuerzos por salvarlos; el llanto expresa el dolor, la tristeza y la amargura, de ver en el Huerto, con la visión de su divinidad, a todas las almas que en el curso del tiempo habrían de condenarse, a pesar del sacrificio y del don de su vida en la cruz.

El Sagrado Corazón de Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro; lloró ante la ruina de Jerusalén; lloró en el Huerto, ante la condenación de quienes lo desprecian y lo rechazan. Debido a que la Pasión de Jesús está en acto presente, hasta el fin de los tiempos, y si bien no puede sufrir ya físicamente, sí sufre moralmente por la indiferencia, el rechazo, los ultrajes, hacia el Santísimo Sacramento del altar. Jesús llora y sufre, y llora lágrimas de sangre, por tantos hijos suyos que prefieren el mundo a la Eucaristía, a la Misa dominical.

Pero el Corazón de Jesús también experimenta consuelo y alegría, al saber que a lo largo del tiempo habrían almas piadosas y compasivas, llenas de amor hacia Él y hacia su Madre, que con su amor iban a reparar por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman.

Consolemos al Sagrado Corazón, que llora y sufre en el Huerto de Getsemaní, ofreciéndole sacrificios, ayunos, obras de misericordia, reparación, y amor.

martes, 22 de marzo de 2011

San Ignacio de Antioquía

San Ignacio de Antioquía pidió, antes de morir,
ser alimentado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Las palabras de los mártires dichas poco tiempo antes del martirio, pueden ser consideradas como inspiradas por el Espíritu Santo; por eso es que la Iglesia las custodia y las venera como sagradas, como si hubieran sido pronunciadas por el mismo Espíritu Santo.

Cuando San Ignacio de Antioquía expresa sus deseos camino al martirio: “Permitid que imite la Pasión de mi Dios”, no se está refiriendo a una simple imitación extrínseca del martirio de Jesús. Es verdad que lo imitará en lo exterior, porque, como Jesús, entregará su vida para una muerte cruenta, derramará su sangre, su sangre cubrirá su cuerpo, del mismo modo a como la sangre de Jesús bañó su cuerpo colgado de una cruz. Imitará a Jesús en el martirio cruento, pero su imitación va más allá de ser una mera imitación exterior.

Como todo mártir, San Ignacio de Antioquia, siendo parte del Cuerpo Místico de Cristo por haber sido incorporado a Él por el bautismo, es Cristo que continúa su Pasión, inmolándose en este mártir que es un miembro de su Cuerpo Místico. Como todo mártir, San Ignacio continúa y prolonga la Pasión de Cristo, y como en todo mártir, Cristo prolonga su Pasión redentora, muriendo en el tiempo en su Cuerpo Místico así como murió en la cruz en su Cuerpo real. Por eso no es una simple imitación exterior, porque es Cristo quien misteriosamente muere en este mártir.

“No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”.

Lo que pide San Ignacio antes de morir es asistir al Banquete escatológico, a la Mesa celestial servida por el Padre para sus hijos adoptivos, la Santa Misa. Rechaza los alimentos terrenos para ser alimentado con la Eucaristía: “el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo”. La Eucaristía es el Pan vivo bajado del cielo, el pan con el que el Padre alimenta nuestras almas, la carne gloriosa y resucitada de su Hijo Jesucristo. Siendo la carne gloriosa del Cordero de Dios, la Eucaristía alimenta al alma con el alimento substancial de la divinidad; incorporando la substancia de la naturaleza humana de Cristo, resucitada y gloriosa y por eso llena de la substancia divina, el alma se alimenta con un alimento espiritual exquisito, se alimenta con la misma divinidad. Por eso es que San Ignacio no quiere ser alimentado con los manjares terrenos, porque le parecen despreciables en comparación al manjar substancial eucarístico, la Carne gloriosa del Cordero, asada con el fuego del Espíritu Santo. Pide ser alimentado con la Carne santa del Cordero, y pide además beber su Sangre, que él con toda razón llama “la caridad increada”, porque la Sangre de Cristo contiene y lleva en sí el Amor substancial de Dios, el Espíritu Santo, que es el Amor Increado, la Caridad Increada. Bebiendo la Sangre del Cordero Degollado, bebe el Espíritu de Dios en ella contenida.

Para imitar y unirse a Cristo en su martirio, San Ignacio pide comer la Carne del Cordero y beber su Sangre, es decir, antes de morir, pide asistir a la Misa, en donde el Padre sirve a sus hijos este banquete celestial.

viernes, 18 de marzo de 2011

San Isidro Labrador y San Isidoro de Sevilla



San Isidro Labrador
Si ser santos comienza por conocer a Dios, ¿eso quiere decir que hay que estudiar mucho para tener un alto grado de santidad? ¿Y si pasa que por uno u otro motivo, no podemos estudiar? ¿No vamos a poder llegar a ser santos? ¿Se puede ser un simple labrador y ser santo?
Para demostrarnos que se puede llegar a la santidad por el trabajo o por el estudio, están los santos San Isidro Labrador y San Isidoro de Sevilla. San Isidoro de Sevilla estaba considerado como el hombre más sabio de su época, porque estudiaba, escribía y sabía mucho, casi todo lo que se sabía en su tiempo[1].
San Isidoro de Sevilla
San Isidro Labrador, en cambio, no escribió nunca ni un solo libro, porque pasaba todo el día trabajando en el campo. Estos dos santos nos enseñan que se puede ser santos, más allá de lo que seamos.
En el caso de San Isidro Labrador, su santificación vino no por el estudio, sino por el trabajo. A San Isidro sus papás le pusieron ese nombre en honor a San Isidoro de Sevilla, el obispo que fue considerado como el más sabio de su época. San Isidoro era muy estudioso, y escribió muchos libros, y tal vez –no lo sabemos- los papás de San Isidro Labrador le pusieron el mismo nombre de San Isidoro de Sevilla, esperando que fuera tan estudioso como San Isidoro de Sevilla.
Pero San Isidro y San Isidoro de Sevilla eran muy distintos: uno era sacerdote, el otro laico; uno estudiaba y leía mucho, el otro, pasaba todo el día en el campo, y nunca escribió nada; uno era célibe, el otro, estaba casado con su esposa en matrimonio y vivió con ella hasta la muerte; uno, trabajaba con el estudio y la predicación, el otro, trabajaba con el arado y con la pala.
Había muchas diferencias entre San Isidoro de Sevilla, el doctor, y San Isidro de Madrid, el labrador.
Pero, a pesar de las diferencias, había una gran coincidencia: los dos amaban mucho a Jesucristo y por eso los dos son santos[2]; los dos recibían a Jesús en la Eucaristía, porque San Isidoro era sacerdote, mientras que San Isidro, que era campesino, iba todos los días a misa, antes de ir al campo.
¿Cómo serán nuestras vidas? ¿Más parecidas a San Isidoro de Sevilla, o más parecidas a San Isidro Labrador?
En realidad, no importa si somos doctores o si somos labradores, lo que importa es que, en nuestro trabajo, en nuestra profesión, en nuestra vida, amemos siempre y llevemos con nosotros a Jesús, como San Isidoro de Sevilla y como San Isidro de Madrid.



[1] Cfr. Bernardette McCarver Snyder, 115 Anécdotas en la vida de los santos, Editorial Lumen, Buenos Aires 2003, 88.
[2] Cfr. McCarver Snyder, ibidem, 89.

viernes, 4 de marzo de 2011

El Sagrado Corazón y la Adoración Eucarística


¿Por qué motivo las cofradías del Sagrado Corazón están integradas, en su gran mayoría, por señoras de edad, y en tan escaso número? ¿No vino Jesús para todos, es decir, para varones y mujeres, para niños y jóvenes, para adultos y ancianos?

El motivo principal es el haber desvirtuado la devoción al Sagrado Corazón, confundiéndola con un sentimentalismo religioso vacío de contenido sobrenatural, y de esa manera, así desnaturalizado el verdadero sentido de las apariciones de Jesús, las cofradías se ven vacías.

Nada tiene que ver esta devoción con el sentimentalismo; por el contrario, su verdadero sentido se enmarca en las más duras pruebas que una persona puede afrontar en su vida, porque se trata de acompañar a Jesús en los momentos más duros de su Gran Tribulación, la oración en el Huerto y la Pasión en el Calvario. Es el mismo Jesús quien, en una de las apariciones, le dice a Santa Margarita que debe ir a hacer adoración, para reparar por las ingratitudes que recibe de los hombres, y para consolar y hacer más llevadera la dura agonía sufrida por Él en el Huerto de Getsemaní.

Es eso lo que dice Jesús, y es lo que constituye el núcleo de las revelaciones del Sagrado Corazón: “Todas las noches del jueves a viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el huerto de los olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía mas difícil de sufrir que la muerte. Para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas, te levantaré de once a doce de la noche para postrarte durante una hora conmigo; el rostro en el suelo, tanto para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia para los pecadores, como para suavizar, en cierto modo, la amargura que sentí al ser abandonado por mis apóstoles, obligándome a echarles en cara el no haber podido velar una hora conmigo”.

La devoción al Sagrado Corazón no se limita entonces a participar de una cofradía que se reúne los primeros viernes para asistir a misa: la devoción implica un espíritu de penitencia, de mortificación, de ayuno, al menos los viernes, para acompañar a Jesús que, misteriosa pero realmente, sigue, actualmente, sufriendo en el Huerto de Getsemaní, y seguirá en ese estado hasta el fin de los tiempos, aún cuando sea verdad, como lo es, que Él ha resucitado.

Ser devoto del Sagrado Corazón implica mucho más que el mero asistir pasivo a la Santa Misa: implica la adoración eucarística, con el deseo de unión íntima, personal, espiritual, con Cristo que sufre en el Huerto de Getsemaní, y que se entrega en la cruz, en el sacrificio del altar, la Santa Misa, para reparar por los pecados de los hombres, para consolar a Jesús que sufre, y para aplacar la ira divina.

Así como Jesús en el Huerto de los Olivos sufrió una agonía de muerte, junto a una tristeza mortal, que lo llevó a sudar sangre, ante la vista de las almas que, a pesar de su sacrificio, habrían de condenarse, así Jesús, misteriosamente, prolonga su sufrimiento y lo hace actual, por medio del misterio eucarístico, de modo que quien hace adoración eucarística, hace adoración frente al Cristo que sufre en el Huerto de Getsemaní.

“(…) sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades”.

El verdadero sentido de la devoción al Sagrado Corazón está en el acompañamiento, por medio de la adoración eucarística, que el alma hace de Jesús orante y sufriente, con agonía de muerte, en el Huerto de Getsemaní”.

¿Por qué hay tan poca gente en las cofradías del Sagrado Corazón? ¿Será que es una devoción demasiado exigente, y que es mejor seguir durmiendo, sin que Jesús nos despierte de nuestro letargo?