San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 1 de enero de 2014

San Basilio Magno y su legado: oración, trabajo y estudio


         San Basilio, que nació en Cesarea de Turquía en el año 329, dejó un precioso legado para la vida monástica, pues fue el primer en redactar unas “Constituciones”, en las que se especificaban las actividades de los monjes. En estas Constituciones, San Basilio establecía tres sólidas columnas sobre las cuales todo monje debía construir su edificio espiritual: oración, trabajo y estudio. Si bien es cierto que estas tres columnas fueron dadas por San Basilio para sus monjes, no es menos cierto que no son, de manera alguna, privativas para ellos, puesto que todo cristiano está llamado a santificar su vida ordinaria por medio de la oración, el trabajo y el estudio. Veamos por qué.
         Todo cristiano, y no solo los monjes, está llamado a la oración, porque la oración es al alma lo que la alimentación al cuerpo, lo que la respiración a la vida del organismo, lo que el flujo de sangre con oxígeno y nutrientes para los órganos corporales. Si nadie puede pasarse la vida sin alimentarse, llama la atención que existan personas –cristianos- que pasan la vida sin rezar; si nadie puede vivir sin respirar, es causa de asombro el comprobar que muchísimos cristianos, la gran mayoría, vive años y años, y muchos toda la vida, sin hacer oración, o si hacen oración, esta es tan escuálida como un suspiro; si nadie puede vivir sin los nutrientes y el oxígeno que la sangre, bombeada por el corazón, proporciona a los órganos, deja pasmados el comprobar la enorme cantidad de cristianos que nunca, o casi nunca, dedican el más mínimo tiempo a la oración. Muchísimos cristianos viven en la acedia o pereza espiritual y sin hacer oración, y no por falta de tiempo, porque prefieren ver televisión o internet antes que rezar, sin darse cuenta que sus almas languidecen y mueren.
         La condición de la oración como elemento esencial para la vida del alma radica en que por la oración, el alma se une a Dios y obtiene de Él todo lo que Dios es y tiene para darle, puesto que Dios es Amor, Alegría infinita, Paz, Fortaleza, Luz, el alma que reza, obtiene de Él su Amor, su Alegría infinita, su Paz, su Fortaleza, su Luz. Pero lo contrario también es cierto: quien no reza, se aleja de Dios y por lo tanto se sumerge en el odio, en la tristeza, en la discordia, en la debilidad ante el pecado, y en las tinieblas más densas.
La otra columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el trabajo, porque y si bien el trabajo quedó como una maldición luego del pecado original, no fue por el trabajo en sí mismo, sino por la pérdida de la gracia que abarcó a todos los aspectos y estados del hombre y su vida, comprendido el trabajo. En sí mismo, el trabajo no solo no es malo ni una maldición, sino que es una bendición, porque con el trabajo, el hombre imita a su Dios, que “trabajó” en la Creación, e imita al Hombre-Dios que, siendo Dios, trabajó como carpintero hasta los comienzos de la Predicación de la Buena Noticia y que sigue trabajando por la salvación de las almas. Quien no trabaja, no solo comete el pecado mortal de la pereza, sino que además contraría la imagen divina impresa en su alma, imagen que resplandece en el trabajo, porque Dios mismo trabaja. Es tan importante el trabajo, que San Pablo exhorta a “no comer” si alguien “no trabaja”: “El que no trabaja, que no coma” (2 Tes 3, 10-12). De esto se sigue cuán funesto es el no trabajar y el inducir a otros a no trabajar por medio de la corrupción política. Por el contrario, el que trabaja y ofrece su trabajo, sin importar el brillo social que este posea, se santifica y obtiene méritos para ganar el Reino de los cielos.
La última columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el estudio, porque por medio de este no solo se disipan las tinieblas del error y de la ignorancia, sino que se consigue el acceso a la verdad en el campo que se estudia que, como toda verdad, participa de la Verdad Absoluta, Jesucristo. En otras palabras, el estudio –no necesariamente se refiere al estudio sistemático universitario y científico, sino también a la profundización en la fe que un alma sencilla puede y debe hacer según sus posibilidades- no solo libera de las tinieblas del error, sino que ilumina al alma con luz de la Verdad, que es Jesucristo, y así se dispone el alma, en el tiempo, para el encuentro con Cristo, cara a cara, en la eternidad.
Por último, a la oración, al trabajo y al estudio, podemos agregarle la sana diversión, porque la diversión –sana y ganada con sacrificio, luego de orar, trabajar y estudiar- procura alegría y la alegría, la alegría buena y sana, es participación de Dios Uno y Trino, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.

Oración, trabajo, estudio, son las columnas de la vida espiritual según San Basilio, a lo cual le agregamos, según las indicaciones de los santos, la sana alegría. Éste es el camino para llegar al cielo.

viernes, 18 de marzo de 2011

San Isidro Labrador y San Isidoro de Sevilla



San Isidro Labrador
Si ser santos comienza por conocer a Dios, ¿eso quiere decir que hay que estudiar mucho para tener un alto grado de santidad? ¿Y si pasa que por uno u otro motivo, no podemos estudiar? ¿No vamos a poder llegar a ser santos? ¿Se puede ser un simple labrador y ser santo?
Para demostrarnos que se puede llegar a la santidad por el trabajo o por el estudio, están los santos San Isidro Labrador y San Isidoro de Sevilla. San Isidoro de Sevilla estaba considerado como el hombre más sabio de su época, porque estudiaba, escribía y sabía mucho, casi todo lo que se sabía en su tiempo[1].
San Isidoro de Sevilla
San Isidro Labrador, en cambio, no escribió nunca ni un solo libro, porque pasaba todo el día trabajando en el campo. Estos dos santos nos enseñan que se puede ser santos, más allá de lo que seamos.
En el caso de San Isidro Labrador, su santificación vino no por el estudio, sino por el trabajo. A San Isidro sus papás le pusieron ese nombre en honor a San Isidoro de Sevilla, el obispo que fue considerado como el más sabio de su época. San Isidoro era muy estudioso, y escribió muchos libros, y tal vez –no lo sabemos- los papás de San Isidro Labrador le pusieron el mismo nombre de San Isidoro de Sevilla, esperando que fuera tan estudioso como San Isidoro de Sevilla.
Pero San Isidro y San Isidoro de Sevilla eran muy distintos: uno era sacerdote, el otro laico; uno estudiaba y leía mucho, el otro, pasaba todo el día en el campo, y nunca escribió nada; uno era célibe, el otro, estaba casado con su esposa en matrimonio y vivió con ella hasta la muerte; uno, trabajaba con el estudio y la predicación, el otro, trabajaba con el arado y con la pala.
Había muchas diferencias entre San Isidoro de Sevilla, el doctor, y San Isidro de Madrid, el labrador.
Pero, a pesar de las diferencias, había una gran coincidencia: los dos amaban mucho a Jesucristo y por eso los dos son santos[2]; los dos recibían a Jesús en la Eucaristía, porque San Isidoro era sacerdote, mientras que San Isidro, que era campesino, iba todos los días a misa, antes de ir al campo.
¿Cómo serán nuestras vidas? ¿Más parecidas a San Isidoro de Sevilla, o más parecidas a San Isidro Labrador?
En realidad, no importa si somos doctores o si somos labradores, lo que importa es que, en nuestro trabajo, en nuestra profesión, en nuestra vida, amemos siempre y llevemos con nosotros a Jesús, como San Isidoro de Sevilla y como San Isidro de Madrid.



[1] Cfr. Bernardette McCarver Snyder, 115 Anécdotas en la vida de los santos, Editorial Lumen, Buenos Aires 2003, 88.
[2] Cfr. McCarver Snyder, ibidem, 89.