Bienaventurados habitantes del cielo, Ángeles y Santos, vosotros que os alegráis en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad, interceded por nosotros, para que algún día seamos capaces de compartir vuestra infinita alegría.
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
lunes, 21 de septiembre de 2020
El Padre Pío y los estigmas de Cristo
Una de las características más notorias del Padre Pío, además de su extraordinaria vida de santidad, son los estigmas visibles de Cristo, que llevó durante casi toda su vida en sus manos, sus pies y su costado. Debemos preguntarnos qué es lo que significan estos estigmas y porqué los llevó el Padre Pío, para que no queden estos en una mera curiosidad.
Ante todo, hay que decir que los estigmas no son un
producto de la mente o el espíritu del Padre Pío, ya que es imposible que el
ser humano se los provoque a sí mismo, a voluntad: como tales, son un don de
Dios, por medio de los cuales quiso hacer partícipe, al Padre Pío, de modo
extraordinario, del misterio de su Pasión redentora. Es decir, los estigmas son
un don divino, por medio de los cuales Dios hizo que el Padre Pío participara,
lo más cerca que una creatura humana puede hacerlo, de su Pasión con la cual
salvó a la humanidad. Por otra parte, hay que decir que los estigmas, siendo
verdaderos, eran también dolorosos, lo cual significa que cuando le aparecían,
el Padre Pío sufría intensamente los mismos dolores de Jesucristo en la Cruz y,
al igual que Cristo, ofrecía estos dolores, movido por el Amor de Dios, para la
conversión de los pecadores y la salvación de las almas.
De modo particular, el Padre Pío sufría con mayor
intensidad el dolor de los estigmas durante la celebración de la Santa Misa, porque
la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, que
es el lugar en donde el dolor de Jesús en sus heridas alcanzó su máxima intensidad.
Pero hay algo más que debemos tener en cuenta con relación a
los estigmas y es que, al igual que Cristo, el Padre Pío no sólo experimentaba
el dolor de la transfixión y del lanzazo en el costado, sino que también
experimentaba el Amor de Dios, Amor por el cual Cristo permitió ser herido y
sufrió los dolores de la crucifixión. Dolor, pero no solo dolor, sino Amor y
Amor Divino, es lo que experimentaba, con máxima intensidad, el Padre Pío, en
cada Santa Misa, al llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo.
Nosotros no tenemos los estigmas de Cristo, pero al
participar de la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo
Sacrificio de la Cruz, pidamos la gracia de vivir la Santa Misa con dolor
espiritual por nuestros pecados y los del mundo entero, y con amor de agradecimiento
al Cordero de Dios, que por nuestro amor y por nuestra salvación, se inmola de
forma incruenta cada vez, en el Santo Altar Eucarístico.
miércoles, 16 de septiembre de 2020
Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, obispo, mártires.
Vida
de santidad[1].
Cornelio fue ordenado obispo de la Iglesia de Roma el año 251; se opuso al
cisma de los novacianos y, con la ayuda de Cipriano, pudo reafirmar su
autoridad. Fue desterrado por el emperador Galo, y murió en Civitavecchia el año
253. Su Cuerpo fue trasladado a Roma y sepultado en el cementerio de Calixto.
Cipriano
nació en Cartago hacia el año 210, de familia pagana. Se convirtió a la fe, fue
ordenado presbítero y, el año 249, fue elegido obispo de su ciudad. En tiempos
muy difíciles gobernó sabiamente su Iglesia con sus obras y sus escritos. En la
persecución de Valeriano, primero fue desterrado y más tarde sufrió el
martirio, el día 14 de septiembre del año 258.
Mensaje
de santidad.
Los
santos Cipriano y Cornelio se opusieron a Novaciano, un sacerdote católico que
se hizo nombrar ilegítimamente Papa y que cayó en la herejía, al negar el Sacramento
de la Penitencia a aquellos que habían apostatado de la fe; de esta manera,
Novaciano provocó un grave cisma dentro de la Iglesia. Una admirable respuesta
dirigida por Cornelio a San Dionisio de Alejandría ha sido conservada (Eusebio,
VI, XLV): “Dionisio a su hermano Novaciano, saludos. Si fue contra tu voluntad,
como dices, que fuiste inducido, puedes probarlo retirándote de tu libre
voluntad. Porque mejor hubieras sufrido cualquier cosa antes que dividir la
Iglesia de Dios y ser martirizado antes que causar un cisma; hubiese sido más
glorioso sufrir el martirio antes que cometer idolatría, ni en mi opinión
hubiese sido un acto aún mayor; porque en el primer caso uno es un mártir por
su propia alma solamente, en el otro caso por la Iglesia completa”.
Novaciano
fue llamado herético, no sólo por Cipriano sino a través de toda la Iglesia,
por sus severas opiniones respecto a la reinstalación de los que habían sido
débiles (lapsi) en la persecución. Él
afirmaba que la idolatría era un pecado imperdonable, y que la Iglesia no tenía
derecho a restaurar a la comunión a cualquiera que hubiese caído en ella. Ellos
debían arrepentirse y ser admitidos a la penitencia de por vida, pero su perdón
debía ser dejado a Dios; no se podía pronunciar en este mundo. Tales duros
sentimientos no eran completamente una novedad. En varios lugares y en varios
tiempos se aprobaron leyes que castigaban ciertos pecados ya sea con el
aplazamiento de la comunión hasta la hora de la muerte, o incluso con el
rechazo de la comunión a la hora de la muerte. Aun San Cipriano aprobó este
último recurso en el caso de los que se negaban a hacer penitencia y sólo se
arrepentían en el lecho de muerte; pero esto era porque tal arrepentimiento
parecía de dudosa sinceridad. Pero la severidad en sí misma era sólo crueldad e
injusticia; no había herejía hasta que se negara que la Iglesia tenía el poder
de conceder la absolución en ciertos casos. Esta fue la herejía de Novaciano,
el negar que la Iglesia tenía el poder de perdonar los pecados: la valentía de
los Santos Cornelio y Cipriano fue la de oponerse, con todas sus fuerzas, a
esta herejía[2].
El
mensaje de santidad que nos dejan los santos Cornelio y Cipriano es que no hay
pecado que la Iglesia no pueda perdonar en este mundo, con tal de que el alma
esté arrepentida y este poder de la Iglesia le viene conferido por el mismo
Cristo, al hacerla partícipe, por medio de sus sacerdotes ministeriales, del
perdón divino: “Recibid el poder de perdonar los pecados”. Quien diga que la
Iglesia no puede perdonar los pecados, cae en el error y la herejía como lo
hizo Novaciano.
jueves, 27 de agosto de 2020
Santa Mónica
Si queremos saber algo acerca de la vida de santidad de
Santa Mónica, debemos recurrir a su hijo San Agustín, puesto que él habla de su
madre en uno de sus escritos llamados “Confesiones”. Dice así San Agustín
acerca de su madre: “Noche y día mi madre oraba y gemía con más lágrimas que
las otras madres derramarían junto al féretro de sus hijos”. La oración y el llanto
de Santa Mónica duraron treinta años y por eso nos podemos preguntar la razón y
la respuesta es que era la vida que llevaba su hijo, San Agustín: durante
treinta años, San Agustín vivió una vida mundana, alejada del cristianismo,
puesto que todavía no conocía a Cristo; pero además de esto, San Agustín
entraba en una secta y salía para entrar en otra. En otras palabras, Santa
Mónica lloraba por su hijo porque, como a toda madre le preocupaba la salud de
su hijo, pero en este caso, le preocupaba ante todo su salud espiritual, porque
ella, siendo ferviente cristiana como era, sabía que su hijo vivía en pecado
mortal, no solo por su mundanidad, sino porque en su afán de búsqueda de la
Verdad, no atinaba a encontrar la Única Verdad Absoluta y el Único Camino al
cielo, Cristo Jesús y su Cruz.
Pasados los treinta años en llanto y desolación, haciendo
oración, penitencia y ayunos por la conversión de su hijo, Santa Mónica vio por
fin el fruto de sus lágrimas y oraciones, ya que su hijo no solo se convirtió
al catolicismo, sino que se convirtió en uno de los más grandes santos de la
historia. Al poco tiempo, la madre de San Agustín enfermó gravemente y las
palabras que entonces le dijo a San Agustín también son fuente de inspiración
para nosotros los cristianos. Una vez más, recurrimos al mismo San Agustín,
quien dice así: “Y mientras hablábamos e íbamos encontrando despreciable este
mundo con todos sus placeres, ella dijo: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya
nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí,
lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear
que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico,
antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en
uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en
este mundo?”[1].
Santa
Mónica, al ver a su hijo convertido al catolicismo, ya no deseaba nada de este
mundo y sus falsos atractivos; sólo quería ir al Cielo, para gozar de la visión
de la Trinidad y del Cordero. Aprendamos la lección que nos brinda Santa Mónica
y que para nosotros sea también nuestra única prioridad y preocupación, la
conversión propia del alma y la de nuestros seres queridos y la de todo
prójimo, para luego gozar de la visión beatífica del Cordero de Dios en el
Cielo.
miércoles, 19 de agosto de 2020
San Bernardo de Claraval
Como homenaje a este gran santo, haremos una breve reflexión
sobre una de sus homilías[1].
Para el día de la Epifanía, San Bernardo contempla al Niño
del Pesebre, el Niño Dios, y escribe así: “Ha aparecido la bondad de Dios,
nuestro Salvador, y su amor al hombre. Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho
abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación, de este
destierro, de esta miseria”. El Niño del Pesebre, el Niño Dios, es la Bondad
Increada, que “ha aparecido” en nuestra tierra, para consolarnos en medio del
destierro.
Para San Bernardo, la Bondad de Dios, que se materializa en
la Humanidad Santísima del Niño de Belén, ya existía desde la eternidad, puesto
que ese Niño es en realidad no un niño humano, sino la Segunda Persona de la
Trinidad, encarnada en una naturaleza humana: “Antes de que apareciese la
humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta
ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna”.
Ahora
bien, esta Bondad Increada de Dios, dice San Bernardo, estaba “prometida” a los
hombres, pero como Dios es por naturaleza invisible, no podía ser vista y por
esta razón, muchos no creían en ella: “¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa,
iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver;
por lo que muchos no creían en ella”.
Esta
Bondad de Dios, que también es Paz Increada en Sí misma, fue anunciada por
medio de los profetas, pero una vez más, el creer en ella era difícil para el
hombre, a pesar del anuncio de los profetas, porque los hombres, a causa del
pecado original, en vez de paz en sus almas, experimentaban la aflicción y la
angustia: “Efectivamente, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios
por lo profetas. Y decía: Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Pero
¿qué podía responder el hombre que sólo experimentaba la aflicción e ignoraba
la paz? ¿Hasta cuándo vais a estar diciendo: “Paz, paz”, y no hay paz? A causa
de lo cual los mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién
creyó nuestro anuncio?”.
Pero
desde la Encarnación, dirá San Bernardo, la Bondad de Dios y la Paz de Dios,
encarnadas en el Niño de Belén, tendrán que ser creídas por los hombres, porque
las verán con sus propios ojos, al contemplar al Niño de Belén: “Pero ahora los
hombres tendrán que creer a sus propios ojos, y que los testimonios de Dios se
han vuelto absolutamente creíbles. Pues para que ni una vista perturbada puede
dejar de verlo, puso su tienda al sol”.
Con
la Encarnación del Hijo de Dios, la paz de Dios ya no es simplemente anunciada,
sino que es enviada a los hombres, en la Persona del Hijo de Dios: “Pero de lo
que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la
dilatación de su entrega, sino de su realidad; no de su anuncio profético, sino
de su presencia”.
En
ese Niño se contiene toda la Misericordia Divina, la cual es derramada en su
totalidad en la Pasión y como ese Niño es Dios, al derramarse la Misericordia
de su Corazón en la Pasión, se derrama con ella y en ella la misma divinidad: “Es
como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia;
un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro
precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno. Y que un niño se nos ha
dado, pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad”.
No
puede ser de otra forma, puesto que en el Niño de Belén “habita la plenitud de
la divinidad”, divinidad que vino en carne mortal, para que al manifestarse en
su Humanidad, se revelase su Divinidad y su Bondad: “Ya que, cuando llegó la
plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad.
Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales,
en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad”.
Al
manifestarse la divinidad en la humanidad del Niño de Belén, se manifiesta
también su Bondad, porque la encarnación supone que Dios en Persona ha asumido
nuestra humanidad, la de todo hombre, no solo la de Adán, para salvarnos: “Porque,
cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse
oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo
mi carne? La mía, no la de Adán, es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado”.
Al
encarnarse, Dios se humilla a sí mismo y así manifiesta inequívocamente su
misericordia: “¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia
de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria?”.
Siendo
eterna en sí misma, la Palabra de Dios se manifiesta en una humanidad que es
finita y mortal, dando así muestras de un amor infinito y eterno por los
hombres que, siendo en sí mismos tan poca cosa, ven sin embargo a su Dios
manifestado en la pobre humanidad: “¿Qué hay más rebosante de piedad que la
Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el
hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?”.
De
la Encarnación de la Palabra y de su posterior Pasión y muerte en Cruz, deben
deducir los hombres cuánto sufrió Dios encarnado por nuestro amor, para que
inicie y crezca en nosotros el amor por la divinidad que inhabita en la
humanidad del Niño de Belén: “Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es
el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y
siente sobre ellos. No te preguntes, tú, que eres hombre, porqué has sufrido,
sino por lo que sufrió él. Deduce de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te
tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más bueno se
hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se
dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido –dice el
Apóstol– la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre”.
Al
contemplar al Niño de Belén y la divinidad que en Él inhabita y que se nos
derrama sin límites en la Pasión, debe crecer en nosotros el amor de Dios, al
ver cuán grande es la manifestación de su Bondad para con nosotros, porque por
su humanidad derramó, desde la Cruz, su divinidad sobre nuestras almas: “Grandes
y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de
bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre Dios”.
[1] Oficio de
Lectura, 29 de Diciembre; En la plenitud de los tiempos vino la plenitud de la
divinidad; De los sermones de san
Bernardo, abad; Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 1-2.
jueves, 9 de julio de 2020
Testimonios sobre el Escapulario de la Virgen del Carmen
miércoles, 24 de junio de 2020
Santo Tomás, Apóstol


