San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 9 de julio de 2020

Testimonios sobre el Escapulario de la Virgen del Carmen



         Desde que la Virgen se apareció a San Simón Stock y le dio el Escapulario en el año 1251, no han dejado de producirse cantidades incontables de milagros, a lo largo y ancho del mundo y durante todos los siglos[1]. Algunos de esos milagros incluso se relacionan con otros milagros, como las Apariciones de la Virgen en Fátima; hay testimonios que están relacionados con Papas, y otros con Santos.
         Uno de estos testimonios se dio en una de las Apariciones de la Virgen en Fátima: según Lucía, una de las videntes de estas apariciones, en la última aparición, que ocurrió en octubre de 1917, la Virgen se apareció con hábito carmelita y con el Escapulario en la mano y recordó que sus verdaderos hijos lo llevaran con amor y reverencia; además pidió que los que se consagraran a ella lo usaran como signo de dicha consagración.
         Otros testimonios están relacionados con los Papas: así, el Beato Papa Gregorio X fue enterrado con su escapulario, a solo veinticinco años después de la Visión del Escapulario. A su vez, el Papa Pío XII habló frecuentemente del escapulario y es así que en 1951, en el aniversario 700 de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, el Papa ante una numerosa audiencia en Roma exhortó a que se usara el escapulario como “Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María”. También el Papa recordó en esa ocasión que “el escapulario nos marca como hijos escogidos de María y se convierte para nosotros en un “Vestido de Gracia”, porque es como si lleváramos puesto el hábito carmelita de la Virgen.
Si nos acercamos un poco más en el tiempo, el Papa Juan Pablo II ha reconocido que él mismo lleva el escapulario desde sus años de juventud. Así lo manifestó él en persona: “¡También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen!”.
El escapulario y los Santos
Con respecto a los santos, los testimonios nos llegan desde el mismo San Simón Stock: el mismo día en el que San Simón Stock recibió de María el escapulario y la promesa, el santo fue llamado a asistir a un moribundo que agonizaba en estado de desesperación; cuando llegó, le puso el escapulario sobre el hombre, pidiéndole a la Virgen que mantuviera la promesa que le acababa de hacer. Inmediatamente el hombre se arrepintió, se confesó y murió en gracia de Dios.
Otros santos que dan testimonio del Santo Escapulario del Carmen son San Alfonso Ligorio y San Juan Bosco, quienes se caracterizaban por tener una especial devoción a la Virgen del Carmen y usaban el escapulario. Cuando murieron los enterraron con sus vestiduras sacerdotales y con su escapulario. Muchos años después cuando abrieron sus tumbas encontraron que sus cuerpos y todas las vestimentas estaban reducidas a cenizas y polvo, sin embargo sus escapularios estaban intactos. Con relación al Escapulario, San Alfonso Ligorio nos dice: “Herejes modernos se burlan del uso del Escapulario. Lo desacreditan como una insignificancia vana y absurda”. La lectura en negativo de esta afirmación es que los justos y los santos lo usan con reverencia y amor y que para ellos –para toda la Iglesia- es un salvoconducto seguro al Cielo, al tiempo que nos evita ir al Infierno, siempre y cuando lo usemos esforzándonos por vivir en estado de gracia y no en pecado.
Otro santo, San Pedro Claver, se hizo esclavo de los esclavos por amor: cada mes llegaba a Cartagena, Colombia, un barco con esclavos. San Pedro se esforzaba por la salvación de cada uno. Organizaba catequistas, los preparaba para el bautismo y los investía con el escapulario. Mediante esta obra de misericordia, llegó a tener más de trescientos mil conversos.
Finalmente, otro santo que da  testimonio del Santo Escapulario del Carmen es San Claudio de Colombiére, director de Santa Margarita María de Alacquoque, la santa a la que se le aparecía el Sagrado Corazón. Dice así el santo: “Debido a que todas las formas de amar a la Santísima Virgen y las diversas maneras de expresar ese amor no pueden ser igualmente agradables a ella y por consiguiente no nos ayudan en el mismo grado para alcanzar el cielo, lo digo sin vacilar ni un momento, ¡El Escapulario Carmelita es su predilecto!" y agrega "Ninguna devoción ha sido confirmada con mayor número de milagros auténticos que el Escapulario Carmelita”. También afirmó: “Yo quería saber si María en realidad se había interesado en mí, y en el escapulario Ella me ha dado la seguridad más palpable. Sólo necesito abrir mis ojos, Ella ha otorgado su protección a este escapulario: “Quien muera vestido en él no sufrirá el fuego eterno”. Es decir, el santo usaba el Escapulario confiado en que era un elegido de la Virgen por usarlo y confiado en la promesa de la Virgen a San Simón Stock: “Quien muera con el Escapulario puesto, no sufrirá el fuego del Infierno”.

jueves, 20 de julio de 2017

Las promesas del Escapulario de Nuestra Señora del Carmen


         La Virgen se le apareció a San Simón Stock en el año 1251, dejándole, como uno de los dones más preciados de la Iglesia universal, el Escapulario. ¿Cuáles son las promesas de la Virgen para el que use el Escapulario? Podemos decir que son tres promesas, una principal y dos secundarias. ¿Cuál es la promesa principal? La promesa principal radica en las palabras mismas de la Virgen a San Simón Stock: “El que muera con este hábito puesto, no se condenará en el Infierno”. La promesa principal, entonces, es que el alma que muera con el Escapulario puesto, no se condenará en el Infierno, no sufrirá los tormentos espirituales y corporales destinados a las almas condenadas y producidos por el fuego espiritual del Infierno, que quema y produce ardor insoportable, no solo al cuerpo, sino también al alma. Esto quiere decir que la Virgen alcanzará, en la hora de la muerte, las gracias necesarias para que el alma no se condene, concediéndole ante todo la gracia de la contrición perfecta del corazón, es decir, el dolor perfecto de los pecados, dolor que es salvífico, ya que abre las puertas del cielo. Según la promesa principal de la Virgen, quien muera con el Escapulario puesto, no morirá en pecado mortal, ya que le concederá las gracias suficientes para no caer en pecado mortal o, en todo caso, si está en pecado mortal, para que alcance la contrición del corazón, que es el dolor perfecto y salvífico por los pecados cometidos.
         La segunda promesa, secundaria, es que si el alma muere con pecados veniales, la Virgen misma irá en persona, a buscar a su hijo, dentro de la primera semana, con lo cual, quien usa el Escapulario, no solo tiene cerradas las puertas del Infierno, sino que, si está en el Purgatorio, no pasará más de seis días en el Purgatorio. Para que nos demos una idea del valor del Escapulario, tenemos que pensar que en el Purgatorio se sufre lo mismo que en el Infierno, porque el alma debe purificarse del amor imperfecto que tuvo a Dios en esta vida, aunque la diferencia con el Infierno es que en el Infierno el alma está desesperada, porque sabe que nunca más saldrá de allí, en cambio en el Purgatorio, sabe que saldrá de allí en algún momento, para entrar al cielo.
         La tercera promesa es consecuencia de las dos primeras: la vida eterna, porque el Escapulario cierra las puertas del Infierno, como dijimos, y abre las puertas del cielo, permitiéndole al alma ganar la felicidad eterna del Reino de los cielos.

         Ahora bien, es necesario saber que usar el Escapulario equivale a estar revestido con el manto de la Virgen –de ahí el color marrón en los escapularios de tela-, con lo cual hay condiciones para usar el Escapulario y ser merecedor de sus promesas. ¿Cuáles son esas condiciones? Detestar el pecado y combatir contra él, estando atentos a no dejarlo crecer en el corazón y, si se ha caído en él, confesarse prontamente. La otra condición es buscar de vivir en gracia, para lo cual el modelo a imitar y a seguir es el Inmaculado Corazón de María. Por último, hacer el propósito de rezar, por lo menos, tres Avemarías por día, al acostarse, pidiendo la gracia de no caer en pecado mortal. Sólo así el alma se vuelve merecedora de las promesas del Escapulario, ya que es un sacramental –un signo establecido por la Iglesia que nos hace desear la gracia- y no un elemento “mágico”, que puede ser usado viviendo en pecado, sin propósito de enmienda. Por estas promesas para el que use el Escapulario, evitando el pecado, viviendo en gracia e imitando a la Virgen, es uno de los dones más grandiosos de la Iglesia, además de ser un signo de amor maternal privilegiado de la Virgen hacia sus hijos.

miércoles, 17 de mayo de 2017

San Simón Stock


         Vida de santidad[1].

La primera referencia de su vida la proporciona, Gerardo de Fraschetom, un dominico contemporáneo de Simón y fallecido en 1271. Otra reseña pertenece a 1430. Respecto a la fecha de nacimiento, en diversos textos, se fija la de 1165. Pero si fuese así, al asumir el oficio de general de la Orden en 1247 –hecho corroborado– tendría 82 años, algo improbable siendo que algunos aseguran que estuvo al frente de la misma veinte años. Más inverosímil cuando otros advierten que fueron cincuenta. Además, es impensable que a esta edad recorriera apostólicamente diversos países como algunos han asegurado. Por otro lado, no se puede atribuir su apellido Stock a que morase en un tronco, significado del término inglés “stock”, aunque algunos autores sí lo hacen, aludiendo a que de pequeño y de joven, Simón pasaba largas horas en oración como un ermitaño[2]. De sus padres, infancia y demás no consta información. De lo que no se duda es que nació en Kent, y también su relevancia en la orden carmelita. Se acepta la tradición que le atribuye la aparición de María, así como la imposición del santo escapulario del Carmen. Hay quien lo ha situado en Roma como predicador itinerante y de allí partiría a Tierra Santa donde permaneció afincado un tiempo.
Seguramente, al participar en las Cruzadas sería un hombre de cierto vigor, y estaría lleno de los ideales que impulsaron a tantos otros a luchar para defender la fe frente a sus enemigos. Siguiendo los datos cruciales aportados por sus hermanos de religión, se sabe que al encontrarse con los primeros integrantes de la Orden carmelita, que estaba naciendo en el corazón del yermo en los santos lugares, se vinculó a ellos hasta que la invasión de los sarracenos afectó de lleno a las comunidades primigenias que se vieron obligadas a abandonar la zona y a dispersarse por tierras lejanas. Simón formó parte de los que regresaron a Europa y se afincó en Kent. En 1247 en el capítulo general de los carmelitas, celebrado en Aylesford, Inglaterra, fue elegido general de la Orden del Carmelo, el sexto, como sucesor de Alan, desempeñando ese cargo hasta su muerte. Las fuentes, que son de sus contemporáneos, proporcionan con rigor datos de su vida desde este momento en el que lo designaron para regir los caminos de todos. Su gobierno fue pródigo en bendiciones espirituales y apostólicas y de incesante actividad, fijando los pilares de la Orden (aprobada en 1274 por el concilio de Lyon), y velando por su extensión. A él se debe un cambio estructural en la misma que de ser eremítica pasó a convertirse en cenobítica y mendicante. Fue su impulsor en Europa. Además, con la venia de Inocencio IV, modificó la regla de san Alberto, mitigándola.
Partidario de la vida activa, sin dejar la contemplación, Simón tuvo el acierto de abrir casas en puntos neurálgicos culturales: Cambridge, Oxford, París, Bolonia…, favoreciendo la formación universitaria de los miembros más jóvenes y el aumento de vocaciones que llevaba anexa. Pero también propagó la fundación por Chipre, Mesina, Marsella, York, Nápoles, entre otras ciudades. Ahora bien, esta acción que podemos valorar positivamente en estos momentos, no fue bien acogida por una parte de los carmelitas ya que hubo un descontento interno y una resistencia a la expansión de la Orden por parte de algunos, lo cual creó una difícil situación que acarreó a Simón muchos sufrimientos. Y como su devoción por la Virgen María estaba por encima de todo, a Ella acudía diariamente buscando su amparo, siendo su devoción a la Virgen María, el haber sido llamado “el amado de María”. A Ella le componía himnos, que luego recitaba.
Precisamente, se encontraba en una situación de tensión interna en la orden, cuando habiendo acudido a la Virgen pidiendo su auxilio, el 16 de julio de 1251 hallándose en oración en Cambridge, se le apareció la Virgen María acompañada de una multitud de ángeles. Portaba en sus manos el escapulario que le entregó, diciéndole: “Éste será privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno; el que con él muriese se salvará”. Así está consignado en el catálogo de los santos de la Orden. En el siglo XIII Guillermo de Sandwich O.C. se hizo eco en su “Crónica” de esta aparición, momento también en el que la Virgen le prometió la ayuda del papa. Hacia 1430 Johannes Grossi en su “Viridarium” dio cuenta del hecho, posteriormente documentado en 1642 con un escrito dictado por el propio Simón a su confesor. Además, está la innegable fuerza de la tradición que lo ha mantenido vivo, acrecentando la devoción al santo escapulario, que ha sido secundada por diversos pontífices a través de varias indulgencias. Esta piedad recogida en la liturgia carmelita consta de dos hermosas composiciones dedicadas a María, cuya autoría se atribuye a Simón: “Flos Carmeli” y “Ave Stella Matutina”, símbolo de su amor a la Madre de Dios. Murió hacia 1265 en Bordeaux, Francia –algunos establecen la fecha como el 16 de mayo de ese año– mientras se hallaba de visita en la provincia de Vasconia. En 1951 sus restos se trasladaron al convento de Aylesford de Kent. En el siglo XVI la Orden insertó su culto en su calendario litúrgico, incluida en la reforma del mismo emprendida tras el Concilio Vaticano II. En 1983 Juan Pablo II lo denominó “El santo del escapulario”. Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

         Mensaje de santidad.

Su principal mensaje de santidad es su gran amor filial a María Santísima, a la cual acudía en todo momento y, sobre todo, en situaciones que suscitaban preocupación o angustia. De hecho, como vimos, uno de los dones más preciosos para la Iglesia de todos los tiempos, el Escapulario de Nuestra Señora del Carmen, lo recibió estando en oración a la Madre de Dios. como parte central de su devoción y amor a la Virgen, San Simón Stock rezaba así cada día pidiendo por su Orden, con esta oración compuesta por él: “Flor del Carmelo Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas, proteja tu nombre, estrella del mar”.
Como vimos en su hagiografía, a San Simón Stock se le apareció la Virgen el 16 de julio de 1251 y le entregó el escapulario mientras le decía: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno” (parte de la promesa es también que la Virgen irá a buscar al alma, si está en el Purgatorio, al sábado siguiente después de su muerte, con lo que la estadía en el Purgatorio, para quienes lleven devota y filialmente el Escapulario, no será nunca más de siete días). Además de su vida de santidad, el mensaje de santidad de San Simón Stock está relacionado con la devoción y el uso del Escapulario, debido al don inmenso que este comporta: evitar la eterna condenación en el infierno y la salvación eterna del alma, aunque cabe siempre aclarar que esta promesa del Escapulario lleva implícito el propósito de vivir en gracia y evitar el pecado, ya que no se trata de un “protector mágico” que permita portarlo pero conducirse al mismo tiempo según los principios del mundo y no los mandamientos de Cristo. Llevar el Escapulario implica también imitar a la Santísima Virgen en sus virtudes, algo en lo que también se destacó San Simón Stock.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170516&id=14498&fd=0

jueves, 19 de julio de 2012

San Simón Stock, ermitaño, monje y sacerdote, recibe el Escapulario de manos de la Virgen del Carmen


16 de julio


            Vida y milagros de San Simón Stock
            Nació en el año 1165 en el condado de Kent, Inglaterra. Ingresa a la Orden carmelita, llevando allí una vida ejemplar y piadosa; años más tarde, es nombrado General de la Orden del Carmelo, cargo que desempeñará hasta la muerte. Era muy devoto de la Virgen María, por lo que se le ha llamado “el amado de María”. Le componía himnos que luego recitaba. Cada día rezaba así pidiendo por su Orden: “Flor del Carmelo, Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar".
            Fundó diversos conventos en las principales ciudades universitarias como por ejemplo Oxford, Cambridge, Bologna y París.
            La Virgen se le apareció el 16 de julio de 1251, y le entregó el escapulario diciéndole: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”.
            Muere en Burdeos (Francia) el 16 de mayo de 1265, haciendo una visita pastoral. Es enterrado allí. En el año 1951 es trasladado a Aylesford.
Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

            Mensaje de santidad de San Simón Stock
El mensaje de santidad de San Simón Stock está ligado indisolublemente al Escapulario de la Virgen del Carmen. ¿Cuál es su significado?
Ante todo, tiene un profundo significado mariano, porque es el equivalente a llevar puesto el hábito de la Virgen del Carmen. En otras palabras, es como si una madre, al ver que su hijo, que ha empezado a recorrer un largo camino, está desprotegido y pasando frío porque al comenzar a caminar se desencadenó una fuerte tormenta de agua y nieve, se quitara su manto, que es de buena lana y bien abrigado, y se lo da, para que su hijo no solo recupere la temperatura corporal que había perdido a causa del frío, sino para que lleve, sano y salvo, y bien calentito, a su destino final.
En este ejemplo, la madre es la Virgen, su manto es el escapulario del Carmen, el hijo que debe recorrer un camino con tormenta de nieve y frío es el hombre que peregrina por el mundo, en dirección a la vida eterna. Con el manto de la Virgen, puede el hombre evitar el frío del desamor, y llegar al cielo con su corazón ardiendo de amor a Dios y al prójimo.
El escapulario, entonces, es un signo de la protección maternal y amorosa de la Virgen, que por este medio garantiza una muerte en gracia y ser librados del infierno y, si el alma va al Purgatorio, el escapulario tiene también la promesa de que la Virgen la liberará al primer sábado después de su muerte. Sin embargo, conviene tener presente que el escapulario no es un amuleto o protector mágico, puesto que llevarlo puesto implica el firme compromiso de vivir en forma mariana, o sea, imitando las virtudes de la Santísima Virgen. En otras palabras, no se puede llevar el escapulario y al mismo tiempo vivir en el pecado. Se necesita el propósito de buscar en todo momento la conversión del corazón.

El escapulario de la Virgen del Carmen
            Al nacer Jesús, el Hombre-Dios, en Belén, María lo cubrió con su manto para protegerlo del intenso frío; cuando su Hijo Jesús murió en la cruz y fue descendido de ella, María lo cubrió también con su manto, antes de que Jesús fuera depositado en el sepulcro.
            María cubre con su manto a su Hijo Jesús al nacer y al morir, en un claro y ejemplar gesto maternal.
            Pero Jesús no es el único hijo que tiene María: María tiene muchos hijos adoptivos, engendrados virginalmente por el Espíritu Santo, al pie de la cruz. María engendra espiritualmente a esos hijos al pie de la cruz, en la persona de Juan, cuando Jesús, antes de morir, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26). María adopta a Juan, y en la persona de Juan, adopta a toda la humanidad; al pie de la cruz, todo ser humano se convierte en hijo adoptivo de María, y María, como Buena Madre, quiere también, con un gesto maternal, abrazar y cubrir a sus hijos adoptivos con su manto.
            Es para cumplir este deseo de María, de cubrir maternalmente a sus hijos espirituales con su manto, que María dona a San Simón Stock el escapulario del Monte Carmelo.
            El gesto de María no es sino continuación y cumplimiento del encargo dado por Jesús antes de morir en la cruz, de adoptar a los hombres como hijos de María. Al señalar a Juan, Jesús le dijo a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y desde ese momento, Juan, y en él, que estaba representada toda la humanidad, fueron tomados todos los seres humanos bajo el manto protector de María, y para eso el escapulario del Monte Carmelo.
            Este gesto protector de María es un gesto maternal, un gesto que pertenece a toda madre, pero tratándose de la Madre de Dios, hay un contenido misterioso, sobrenatural, escondido.
Debido a que el escapulario contiene la promesa central de que quien muera con él no irá al infierno, es decir, no será dominado por Satanás, la aparición de María y el don del escapulario es continuación del gesto de protección maternal que María tiene para con su Hijo Jesús, a quien libra del ataque del dragón infernal, según el Apocalipsis: “Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer (María) que había dado a luz (virginalmente) al varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto (…)”[1].
María había protegido a su Hijo Jesús al nacer en Belén, y lo cubrió con su manto en el momento de descenderlo de la cruz; y lo protegió también durante su vida, aunque el dragón no tenía poder su Hijo, pero quería arrebatárselo: “La mujer y el niño huyeron al desierto (…) del dragón”. Aunque lo perseguía, de ninguna manera podía llevarse al Hijo de María, el Hombre-Dios.
            En cambio a sus hijos adoptivos sí los puede arrebatar el dragón infernal, y es para protegerlos de este peligro mortal para el alma, para lo cual María ofrece su manto de Virgen del Carmen a sus hijos adoptivos.
            El dragón infernal no es un personaje de un libro religioso, la Escritura, que está descripto para que creamos en él pero como si fuera una fábula, sin entidad real; el dragón infernal, que persiguió a María y a Jesús, se presenta en nuestros días bajo la apariencia de cosas buenas, y tiene en la masonería y en la Nueva Era sus representantes visibles en la tierra.
            La Virgen, al darnos el escapulario del Monte Carmelo, nos cubre con su manto. Nos corresponde a nosotros, como hijos suyos, permanecer bajo este manto.


[1] Cfr. 12, 14.

viernes, 2 de marzo de 2012

Las almas del Purgatorio, el Escapulario del Carmen y la Santa Misa



La Virgen del Carmen entrega el escapulario a San Simón Stock






Muchas almas del Purgatorio deben su salvación
al Escapulario de la Virgen del Carmen

Antes de introducirnos en la relación entre la Santa Misa y las almas del Purgatorio, no podemos pasar por alto al Escapulario de la Virgen del Carmen, porque es gracias a él que muchas almas, que se encuentran en el Purgatorio, se salvaron de la condenación eterna, según las promesas de la Virgen del Carmen a San Simón Stock, sexto superior general de la Orden religiosa Carmelita durante los años 1245-1265[1]. La historia del Escapulario dice que, ante serias dificultades de la Orden, San Simón suplicaba diariamente la protección de María. Su oración fue escuchada, y “se le apareció la Bienaventurada Virgen, acompañada de una multitud de Ángeles, llevando en sus benditas manos el escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: Éste será privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él, no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará”[2].
Otra redacción también muy antigua dice así: “San Simón, inglés, hombre de gran santidad y devoción, en su oración suplicaba continuamente a la Virgen que favoreciera a su Orden con algún privilegio singular. La Virgen se le apareció teniendo en su mano el Escapulario diciendo: Este es el privilegio para ti y para los tuyos; quien muera llevándolo, será salvo”[3] (). Es decir, evitará el infierno. Irá al cielotras un paso por el purgatorio. La fecha y lugar de la aparición no se conocen con seguridad. Se habla de Londres, el 16 de julio de 1251. Siempre dentro del generalato de San Simón y antes de 1252, pues el 13 de enero de este año el papa Inocencio IV emite la Bula "Ex parte dilectorum" donde defiende a los carmelitas en este tema.
Sesenta y dos años después (1314), Nuestra Señora se apareció al Papa Juan XXII, que recogió sus palabras en la Bula "Sacratissimo uti culmine" también llamada Bula sabatina (3.III.1322): “Si entre los religiosos o cofrades de esta orden hubiese algunos que al morir tengan que purgar sus pecados en la cárcel del purgatorio, yo, que soy la Madre de la misericordia, descenderé al purgatorio el primer sábado después de sumuerte, y lo libraré para conducirlo al Monte Santo de la Vida Eterna”.
Recordemos entonces las condiciones para conseguir los grandes tesoros que encierra este hermoso regalo del cielo. Para la promesa de salvación se requiere:
Tener impuesto el escapulario. (Basta hacerlo una sola vez).
Llevarlo puesto. Puede sustituirse por una medalla. (Lo comentaremos). Tanto la medalla como el escapulario deben estar bendecidos.
Devoción a María; procurar imitarla; desear ser buenos hijos suyos. El escapulario son dos trocitos de tela que simbolizan una vestimenta. Y quien viste el hábito de María debe vivir como Ella, ejercitando las virtudes cristianas. De modo que el hábito-vestido vaya unido al hábito-virtud.
Para el privilegio sabatino. Se precisa, además de lo anterior:
Guardar la castidad propia de su estado. (La confesión recupera la situación perdida).
Rezar el oficio parvo de nuestra Señora. Este rezo puede sustituirse por la abstinencia de carne los miércoles y sábados. También se mencionan otras posibles sustituciones: el rezo del oficio divino o del Rosario, o incluso hasta simplemente cinco o tres avemarías.

         Pasando propiamente a la Santa Misa, veamos qué es lo que nos dicen los santos, entre ellos, San Leonardo de Porto Mauricio, en su obra: “El tesoro escondido de la Santa Misa”.
Muchos santos de la Iglesia sostienen que las almas del Purgatorio, cuando son liberadas a causa de la oración de quien todavía peregrina en la tierra, al llegar al cielo se muestran muy agradecidos con aquél que rezó por ella, y demuestran su agradecimiento interviniendo para la solución favorable de los asuntos terrenos de quien fuera su benefactor.
Sabiendo esto, deberíamos aprovechar la Santa Misa para no solo pedir por lo que pedimos habitualmente, sino también por las almas del Purgatorio, con lo cual se obtiene un doble beneficio: las almas del Purgatorio son aliviadas y/o liberadas por la Misa que nosotros ofrecimos, y al mismo tiempo, nosotros nos vemos aliviados y/o liberados de los problemas que nos aquejan, por la intercesión de quien pasó del Purgatorio al cielo por nuestra Misa encargada. ¡Negocio redondo, en donde todos salimos ganando!
San Leonardo de Porto Mauricio nos da ejemplos[4] que atestiguan lo que estamos diciendo: “Añade a esto que la caridad que tengas con los difuntos redundará enteramente en favor tuyo. Pudiérase confirmar esta verdad con innumerables ejemplos; pero bastará citar uno, perfectamente auténtico, que sucedió a San Pedro Damiano.
Habiendo perdido este Santo a sus padres en la niñez, quedó en poder de uno de sus hermanos, que lo trató de la manera más cruel, no avergonzándose de que anduviese descalzo y cubierto de harapos. Un día encontró el pobre niño una moneda de plata. ¡Cuál sería su alegría creyendo tener un tesoro! ¿A qué lo destinaría? La miseria en que se hallaba le sugería muchos proyectos; pero después de haber reflexionado bien, se decidió a llevar la moneda a un sacerdote para que ofreciese el sacrificio de la Misa para las almas del purgatorio. ¡Cosa admirable! Desde este momento la fortuna cambió completamente en su favor. Otro de sus hermanos, de mejor corazón, lo recogió, tratándolo con toda la ternura de un padre. Lo vistió decentemente y lo dedicó al estudio, de suerte que llegó a ser un personaje célebre y un gran Santo. Elevado a la púrpura, fue el ornamento y una de las más firmes columnas de la Iglesia. Ve, pues, cómo una sola Misa que hizo celebrar a costa de una ligera privación, fue para él principio de utilidades inmensas.
¡Oh, bendita Misa, que tan útil eres a la vez a los vivos y a los muertos en el tiempo y en la eternidad! En efecto, estas almas santas son tan agradecidas a sus bienhechores, que, estando en el cielo, se constituyen allí sus abogadas, y no cesan de interceder por ellos hasta verlos en posesión de la gloria. En prueba de esto voy a referirte lo que le sucedió a una mujer perversa que vivía en Roma. Esta desgraciada, habiendo olvidado enteramente el importantísimo negocio de su salvación, no trataba más que de satisfacer sus pasiones, sirviendo de auxiliar al demonio para corromper la juventud. En medio de sus desórdenes todavía practicaba una buena obra, y era mandar celebrar en ciertos días la Santa Misa por el eterno descanso de las almas benditas del purgatorio. Efecto de las oraciones de estas almas santas, como se cree piadosamente, sintióse un día aquella infeliz mujer sorprendida por un dolor de sus pecados tan amargo, que de repente, y abandonando el infame lugar donde se encontraba, fue a postrarse a los pies de un celoso sacerdote para hacer su confesión general. Al poco tiempo murió con las mejores disposiciones y dando señales las más ciertas de su predestinación. ¿Y a qué podremos atribuir esta gracia prodigiosa, sino al mérito de las Misas que ella hacía celebrar en alivio de las almas del purgatorio? Despertemos, pues, del letargo de nuestra indevoción, y no permitamos que los publicanos y mujeres perdidas se nos adelanten en conseguir el reino de Dios (Mt 21, 31)”.
Bastaría una Misa, continúa San Leonardo[5], para liberar a todas las almas del Purgatorio. ¿Por qué? Porque en la Misa, quien pide y satisface por las almas del Purgatorio, es Jesucristo con su sacrificio en cruz, que se renueva sacramentalmente en el altar, y por este motivo, tiene un valor infinito. La Misa, en cuanto sacrificio de Cristo, Hombre-Dios, realizado por toda la humanidad, no solo ofrece a Dios satisfacción, cumpliendo así lo que ellas deberían satisfacer por sus tormentos, sino que además pide su liberación, la cual es efectiva, porque quien impetra por ellas es Jesucristo: “Una sola Misa, considerado el acto en sí mismo, y en cuanto a su valor intrínseco, bastaría para sacar todas las almas del purgatorio y abrirles las puertas del cielo. En efecto, la Misa es útil a las almas de los fieles difuntos, no solamente como Sacrificio satisfactorio, ofreciendo a Dios la satisfacción que ellas deben cumplir por medio de sus tormentos, sino también como impetratorio, alcanzándoles la remisión de sus penas. Tal es la práctica de la Santa Iglesia, que no se limita a ofrecer el sacrificio por los difuntos, sino que además ruega por su libertad”[6].
En el Purgatorio, las almas son purificadas de su falta de amor perfecto a Dios, puesto que en el cielo nadie puede estar ante la Presencia del Dios Tres veces Santo, si no lo ama con un amor purísimo y perfectísimo, y es para conseguir este amor, que las almas se purifican, según nos lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” [7].
Ahora bien, esta “estadía” en el Purgatorio, no es indolora; todo lo contrario, es doctrina de la Iglesia Católica que las almas son purificadas en un fuego que les provoca el mismo dolor que en el infierno sufren los condenados, pero con una diferencia importantísima: mientras en el infierno no tiene fin, y se sabe que jamás se podrá ver a Dios, en el Purgatorio, en cambio, el alma es consciente de que finalizará en algún momento, y de que luego ingresará en la eternidad feliz, en donde no solo no habrá nunca más dolor y llanto, sino alegría sin fin, para siempre, en la gozosa contemplación de Dios Uno y Trino[8].

  

Así nos dice San Leonardo, animándonos a que obremos la caridad para con estas benditas almas: “A fin, pues, de excitar tu compasión en favor de estas almas santas, ten entendido que el fuego en que están sumergidas es tan abrasador, que, según pensamiento de San Gregorio, no cede en actividad al fuego del infierno, y que, como instrumento de la divina Justicia, es tan vivo, que causa tormentos insufribles y más violentos que todos los que han sufrido los Mártires y cuanto el humano entendimiento puede concebir. Pero lo que más las aflige todavía, es la pena de daño; porque, como enseña el Doctor Angélico, privadas de ver a Dios, no pueden contener la ardiente impaciencia que experimentan de unirse a su soberano Bien, del que se ven constantemente rechazadas”[9].
¿Quién, nos preguntamos nosotros, viendo a alguien sufrir de sed angustiosa, y teniendo a la mano dar un vaso de agua refrescante, no lo haría? Aunque sea por lo fácil de la empresa, y no movido por amor verdadero al prójimo, nadie dejaría de hacerlo. Si esto es así en la vida real, ¿cómo no hacerlo con las almas del Purgatorio, tanto más que lo único que tenemos que hacer, de nuestra parte, es rezar por ellas y ofrecer el Santo Sacrificio del altar, puesto que todo lo demás lo realiza Jesucristo?
Algo parecido nos dice San Leonardo, animándonos a rezar por estas benditas almas: “Entra ahora dentro de ti mismo, y hazte la siguiente reflexión. Si vieses a tus padres en peligro de ahogarse en un lago, y que con alargarles la mano los librabas de la muerte, ¿no te creerías obligado a hacerlo por caridad y por justicia? ¿Cómo es posible, pues que veas a la luz de la fe tantas pobres almas, quizás las de tus parientes más cercanos, abrasarse vivas en un estanque de fuego, y rehúses imponerte la pequeña molestia de oír con devoción una Misa para su alivio? ¿Qué corazón es el tuyo? ¿Quién podrá dudar que la Santa Misa alivia a estos pobres cautivos? Para convencerte, basta que prestes fe a la autoridad de San Jerónimo quien te enseñará claramente que, “cuando se celebra la Misa por un alma del purgatorio, aquel fuego tan abrasador suspende su acción, y el alma cesa de sufrir todo el tiempo que dura la celebración del Sacrificio”. (S. Hier., c. cum Mart. de celebr. Miss.). El mismo Santo Doctor afirma también que por cada Misa que se dice, muchas almas salen del purgatorio y vuelan al cielo”[10].
Para reforzar lo que nos dice San Jerónimo, hagamos esta composición de lugar en la Santa Misa: imaginemos a Cristo crucificado, contemplemos sus heridas y la sangre que cae de ellas, y llevemos, junto a la Virgen, a muchas almas del Purgatorio, y las coloquemos debajo de sus heridas, para que la sangre caiga sobre ellas; con cada gota que cae, se refrescan miles y miles de almas. O también podemos pedir, en el momento en el que el sacerdote ministerial eleva el cáliz con la Sangre de Cristo, que esa sangre apague las llamas del Purgatorio, al menos por el tiempo en el que está el cáliz en lo alto. O también podemos recordar la oración de un sacerdote cuando elevaba la Hostia consagrada, según el relato que el mismo Santo Cura de Ars narraba a sus parroquianos: “Hijos míos, un buen sacerdote había tenido la desgracia de perder un amigo muy querido. Por eso rezó mucho por la paz de su alma. Un día Dios le hizo saber que su amigo estaba en el Purgatorio y sufría terriblemente. Este santo sacerdote pensó que no podía hacer algo mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su querido difunto. En el momento de la Consagración, tomó la Hostia entre sus manos y dijo: “Padre Santo y Eterno, en tus manos divinas está el alma de mi amigo en el Purgatorio y en mis pobres manos de ministro tuyo está el Cuerpo de Tu Hijo Jesús. Pues bien, Padre Bueno y Misericordioso, libra a mi amigo y yo te ofrezco a Tu Hijo junto con todos los méritos de Su Gloriosa Pasión y Muerte”. Este pedido fue escuchado. De hecho, en el momento de la elevación, él vio que el alma de su amigo subía al Cielo resplandeciente de gloria. Dios había aceptado la ofrenda”. “Por eso hijos míos –continuaba el santo Cura de Ars-, cuando queramos liberar a nuestros seres queridos que están en el Purgatorio, hagamos lo mismo. Ofrezcamos al Padre, por medio del Santo Sacrificio, a Su Hijo Dilecto, junto con todos los méritos de Su Pasión y Muerte, así no podrá rechazarnos nada” [11].
Según el Santo Cura de Ars, debemos ofrecer la Hostia, elevada por el sacerdote, a Dios Padre, por las almas del Purgatorio, porque le ofrecemos lo que a Él más le agrada: el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Pero además de la Eucaristía, para ayudar a las almas del Purgatorio, podemos ofrecer nuestros  sufrimientos, nuestras mortificaciones y el sufrimiento voluntario, como por ejemplo el ayuno, las privaciones, etc., y también los sufrimientos involuntarios como las enfermedades, los lutos, los abandonos, etc.[12].
Los santos nos dicen que no ocuparse de los difuntos, por el motivo que sea –avaricia, al no querer gastar en sufragios, o gastando el dinero recibido para esas almas en otras cosas, en el caso de los sacerdotes-, hace a estas almas “peores que un demonio”, porque mientras éste atormenta a los réprobos, el alma que no se ocupa de los difuntos, atormenta a los “elegidos y amigos de Dios”: “Si fueses del número de aquellos avaros, que no solamente quebrantan las leyes de la caridad descuidando la oración por sus difuntos y no oyendo, al menos de tiempo en tiempo, una Misa por estas pobres almas, sino que, hollando los sagrados fueros de la justicia, rehúsan satisfacer los legados piadosos y hacer celebrar las Misas fundadas por sus antepasados o que, siendo sacerdotes, acumulan un considerable número de limosnas, sin pensar en la obligación de cumplirlas a tiempo, ¡ah! avivado entonces por el fuego de un santo celo, te diré cara a cara: Retírate, porque eres peor que un demonio; porque los demonios al fin sólo atormentan a los réprobos, pero tú atormentas a los predestinados; los demonios emplean su furor con los condenados, pero tú descargas el tuyo sobre los elegidos y amigos de Dios. No, ciertamente: no hay para ti confesión que valga, ni confesor que pueda absolverte, mientras no hagas penitencia de tal iniquidad y no llenes cumplidamente tus obligaciones con los muertos. Pero, Padre mío, dirá alguno, yo no tengo medios para ello… no me es posible… ¿Conque no puedes? ¿Conque no tienes medios? ¿Y te faltan por ventura para brillar en las fiestas y espectáculos del mundo? ¿Te faltan recursos para un lujo excesivo y otras superfluidades? ¡Ah! ¿Tienes medios para ser pródigo en tu comida, en tus diversiones y placeres y… quizás en tus desórdenes escandalosos? En una palabra, ¿tienes recursos para satisfacer tus pasiones, y cuando se trata de pagar tus deudas a los vivos, y lo que aún es más justo, a los difuntos, no tienes con qué satisfacerlas? ¿No puedes disponer de nada en su favor?”[13].
A estos tales, que no se ocupan de los difuntos, les están profetizados grandes males, según las Escrituras, citadas por San Leonardo: “¡Ah! te comprendo: es que no hay en el mundo quien examine esas cuentas, y te olvidas en este asunto de que te las ha de tomar Dios. Continúa, pues, consumiendo la hacienda de los muertos, los legados piadosos, las rentas destinadas al Santo Sacrificio; pero ten presente que hay en las Santas Escrituras una amenaza profética registrada contra ti; amenaza de terribles desgracias, de enfermedades, de reveses de fortuna, de males irreparables en tu persona y bienes, y en tu reputación. Es palabra de Dios, y antes que ella deje de cumplirse faltarán los cielos y la tierra. La ruina, la desgracia y males irremediables des-cargarán sobre las casas de aquéllos que no satisfacen sus obligaciones para con los muertos. Recorre el mundo, y sobre todo los pueblos cristianos, y verás muchas familias dispersas, muchos establecimientos arruinados, muchos almacenes cerrados, muchas empresas y compañías en suspensión de pagos, muchos negocios frustrados, quiebras sin número, inmensos trastornos y desgracias sin cuento. Ante este cuadro tristísimo exclamarás sin duda: ¡Pobre mundo, infeliz sociedad!”[14].
La causa de todos estos males, no es no tener misericordia para con el prójimo más necesitado, en este caso, los difuntos, y no se tiene misericordia, porque no se tiene amor a Dios, y esto se manifiesta en el abandono de la Santa Misa: “Ahora bien, si buscas el origen de todos estos desastres, hallarás que una de las causas principales es la crueldad con que se trata a los difuntos, descuidando el socorrerlos como es debido, y no cumpliendo los legados piadosos: además, se cometen una infinidad de sacrilegios, es profanado el Santo Sacrificio, y la casa de Dios, según la enérgica expresión del Salvador, es convertida en cueva de ladrones. Y después de esto, ¿quién se admirará de que el cielo envíe sus azotes, el rayo, la guerra, la peste, el hambre, los temblores de tierra y todo género de castigos? ¿Y por qué así? ¡Ah! Devoraron los bienes de los difuntos, y el Señor descargó sobre ellos su pesado brazo: “Lingua eorum et adinventiones eorum contra Dominum. (…) Vae animae eorum, quoniam reddita sunt eis mala”. Con razón, pues, el cuarto Concilio de Cartago declaró excomulgados a estos ingratos, como verdaderos homicidas de sus prójimos; y el Concilio de Valencia ordenó que se los echase de la Iglesia como a infieles”.
No en vano la Iglesia establece, como obra de misericordia espiritual, es decir, como manifestación del cumplimiento del Primer mandamiento –“Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”-, el rezar por los difuntos, y particularmente la Misa, el sacrificio eucarístico[15].
         La Ley Nueva que ha venido a traer Jesucristo, es la ley de la caridad, y por medio de ella se abren las puertas del cielo. El prójimo está puesto por Dios en este mundo precisamente para que tengamos ocasión de practicar este precepto, y así ganarnos el cielo, según las palabras de Jesucristo: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed (…) y me disteis de comer, de beber (…) Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 31-46). Pero el prójimo con el cual podemos obrar la misericordia no es solamente el prójimo que tenemos al lado, sino también aquel que ya ha traspasado los umbrales de la muerte, y es por eso que también con ellos tenemos que ser misericordiosos, y el modo principal es ofreciendo misas por ellos, rezando, y ofreciendo también sacrificios.
         Para estas obras de misericordias, son válidas también las palabras de Jesús: “Quien es misericordioso, recibe misericordia” (cfr. Mt 5, 7-10), pero también es válido lo opuesto: “Quien no tiene misericordia, no recibirá misericordia”, sobre todo en la otra vida.
         Nos lo recuerda también San Leonardo con algunos ejemplos: “Todavía no es éste el mayor de los castigos que Dios tiene reservado a los hombres sin piedad para con sus difuntos: los males más terribles les esperan en la otra vida. El Apóstol Santiago nos asegura que el Señor juzgará sin misericordia, y con todo el rigor de su justicia, a los que no han sido misericordiosos con sus prójimos vivos y muertos: “Iudicium enim sine misericordia illi qui non fecit misericordiam” . El permitirá que sus herederos les paguen en la misma moneda, es decir, que no se cumplan sus últimas disposiciones, que no se celebren por sus almas las Misas que hubiesen fundado, y, en el caso de que se celebren, Dios Nuestro Señor, en lugar de tomarlas en cuenta, aplicará su fruto a otras almas necesitadas que durante su vida hubiesen tenido compasión de los fieles difuntos. Escucha el siguiente admirable suceso que se lee en nuestras crónicas, y que tiene una íntima conexión con el punto de doctrina que venimos explicando. Aparecióse un religioso después de muerto a uno de sus compañeros, y le manifestó los agudísimos dolores que sufría en el purgatorio por haber descuidado la oración en favor de los otros religiosos difuntos, y añadió que hasta entonces ningún socorro había recibido, ni de las buenas obras practicadas, ni de las Misas que se le habían celebrado para su alivio; porque Dios, en justo castigo de su negligencia, había aplicado su mérito a otras almas que durante su vida habían sido muy devotas de las del purgatorio. Antes de concluir la presente instrucción, permíteme que arrodillado y con las manos juntas te suplique encarecidamente, que no cierres este pequeño libro sin haber tomado antes la firme resolución de hacer en lo sucesivo todas las diligencias posibles para oír y mandar celebrar la Santa Misa, con tanta frecuencia como tu estado y ocupaciones lo permitan. Te lo suplico, no solamente por el interés de las almas de los difuntos, sino también por el tuyo, y esto por dos razones: primera, a fin de que alcances la gracia de una buena y santa muerte, pues opinan constantemente los teólogos que no hay medio tan eficaz como la Santa Misa para conseguir este dichoso término. Nuestro Señor Jesucristo reveló a Santa Matilde, que aquél que tuviese la piadosa costumbre de asistir devotamente a la Santa Misa, sería consolado en el instante de la muerte con la presencia de los Angeles y Santos, sus abogados, que le protegerían contra las asechanzas del infierno. ¡Ah! ¡Qué dulce será tu muerte si durante la vida has oído Misa con devoción y con la mayor frecuencia posible!”[16].


Sólo el sacrificio de Cristo en la cruz,
renovado sacramentalmente en la Santa Misa,
nos salva de precipitarnos en el infierno.

Además, debemos asistir a Misa para que nuestro propio paso por el Purgatorio sea lo más breve posible: “La segunda razón que debe moverte a asistir al Santo Sacrificio es la seguridad de salir más pronto del purgatorio y volar a la patria celestial. Nada hay en el mundo como las indulgencias y la Santa Misa para alcanzar el precioso favor, la gracia especial de ir derechamente al cielo sin pasar por el purgatorio, o al menos sin estar mucho tiempo en medio de sus abrasadoras llamas. En cuanto a las indulgencias, los Sumos Pontífices las concedieron pródigamente a los que asisten con devoción a la Santa Misa. En cuanto a la eficacia de este Divino Sacrificio para apresurar la libertad de las almas del purgatorio, creemos haberla demostrado suficientemente en las páginas anteriores. En todo caso, y para convencernos de ello, debiera bastar el ejemplo y autoridad del Venerable Juan de Ávila. Hallábase en los últimos instantes de su vida este gran Siervo de Dios, que fue en su tiempo el oráculo de España, y preguntado qué era lo que más ocupaba su corazón, y qué clase de bien sobre todo deseaba se le proporcionase después de su muerte. “Misas, respondió el Venerable moribundo, Misas, Misas”[17].
Pero no hay que esperar al momento de la muerte para hacer celebrar misas por las necesidades espirituales de nuestras almas y las de nuestros seres queridos: “Sin embargo, si me lo permites, te daré con este motivo y de muy buena gana, un consejo que creo importantísimo, y es: que durante tu vida, y sin confiar en tus herederos, tengas cuidado de hacer que se celebren aquellas Misas que desearías se celebrasen después de tu muerte, y tanto más, cuanto que San Anselmo nos enseña que una sola Misa oída o celebrada por las necesidades de nuestra alma mientras vivimos, nos será más provechosa que mil celebradas después de nuestra muerte. Así lo había comprendido un rico comerciante de Génova que, hallándose en el artículo de la muerte, no tomó disposición alguna para el alivio de su alma. Todos se admiraban de que un hombre tan opulento, tan piadoso y caritativo con todo el mundo, fuese tan cruel consigo mismo. Pero al proceder, después de su muerte, al examen de sus papeles, se encontró un libro en donde había anotado todas las obras de caridad que había practicado por la salvación de su alma. “Para Misas que hice celebrar por mi alma 2,000 liras. “Para dotes de doncellas pobres 10,000. “Para el Santo Hospital 200, etc.”  Al fin de este libro leíase la máxima siguiente: “Aquél que desee el bien, hágaselo a sí mismo mientras vive, y no confíe en los que le sobrevivan”. En Italia es muy popular este proverbio: “Más alumbra una vela delante de los ojos, que una gran antorcha a la espalda”. Aprovéchate, pues, de este saludable aviso, y después de haber meditado prudentemente sobre la excelencia y utilidades de la Santa Misa, avergüénzate de la ignorancia en que has vivido hasta aquí, sin haber hecho el aprecio debido de un tesoro tan grande, que fue para ti ¡ay! un tesoro escondido. Ahora que conoces su valor, destierra de tu espíritu, y más todavía de tus discursos, estas proposiciones escandalosas, y que saben a ateísmo:
—Una Misa más o menos poco importa.
—No es poca cosa oír Misa los días de obligación.
La Misa de tal sacerdote es una Misa de Semana Santa, y cuando lo veo acercarse al altar, me escapo de la iglesia.
Renueva, además, el saludable propósito de oír la Santa Misa con la mayor frecuencia y devoción posibles”[18].
         Muchos otros santos, como Don Bosco, nos aconsejan lo mismo que San Leonardo. Don Bosco, al morir uno de sus alumnos, les hacía ver a los demás que quien había muerto, era “hermano” y que si queríamos recibir misericordia, debíamos dar misericordia, rezando y ofreciendo la Santa Misa por él. Decía así: “Ha dicho el Señor que, con la misma medida con que hayamos medido a los demás, seremos tratados nosotros, y que, si hemos tenido misericordia con los demás, el Señor la tendrá también con nosotros. Y san Agustín escribió que, rezando por las benditas almas del purgatorio, mientras las sacamos de aquellas penas, preparamos a la par uno más breve para nosotros. Si oramos por los difuntos, cuando muramos también nosotros, habrá quienes, inspirados por el Señor, rezarán por nuestras almas. Que, si nosotros estamos obligados a pedir por todos los difuntos en general, mucho más lo estamos por quien paseaba con nosotros en el mismo Oratorio, rezaba con nosotros en la misma iglesia, comía con nosotros el mismo pan; en fin, era nuestro hermano. Mañana por la mañana se celebrará el funeral, se cantará la misa y se recitará el rosario de difuntos. Todo el bien que mañana se hará en casa, servirá de sufragio para el alma de Lagorio. Todas las comuniones se reciban con este fin; el que no pueda comulgar sacramentalmente, hágalo espiritualmente, pues el Señor la aceptará también en satisfacción de las penas de las almas del purgatorio”[19].
         Por último, el P. Pío nos trae este ejemplo propio, que nos hace ver qué gran falta de caridad es dejar que las almas del Purgatorio permanezcan allí, sin hacer nada por ellas. Dice así esta historia, contada por él mismo al P. Anastasio: “Una tarde, mientras yo estaba solo en el coro para orar, oí el susurro de un traje y vì a un monje joven que revolvió al lado del altar principal. Parecía que el joven monje estaba desempolvando los candelabros y arreglando los jarrones de las flores. Yo pensé que él era el Padre Leone que estaba reestructurando el altar; y como ya era la hora de la cena, me acerqué a él y le dije: “Padre Leone, vaya a cenar, no es tiempo para desempolvar y reparar el altar”. Pero una voz que no era la voz del padre Leone me contestó: “yo no soy el Padre Leone”,“¿y quién es usted? “, le pregunté. “Yo soy un hermano suyo que hice el noviciado aquí, mi misión era limpiar el altar durante el año del noviciado. Desgraciadamente en todo ese tiempo yo no reverencié a Jesús Sacramentado, Dios Todopoderoso, como debía haberlo hecho, mientras pasaba delante del altar. Causando gran aflicción al Sacramento Santo por mi irreverencia; puesto Que El Señor se encontraba en el tabernáculo para ser honrado, albado y adorado. Por este serio descuido, yo estoy todavía en el Purgatorio. Ahora, Dios, por su misericordia infinita, me envió aquí para que usted decida el tiempo desde cuando que yo podré disfrutar del Paraíso. Y para que UD cuide de mí”. Yo creí haber sido generoso con esa alma en sufrimiento, por lo que yo exclamé: “Usted estará mañana por la mañana en el Paraíso, cuando yo celebre la Santa Misa.”. Esa alma lloró: “Cruel de mí, que malvado fui”. Entonces él lloró y desapareció. Esa queja me produjo una herida tan profunda en el corazón, la cual yo he sentido y sentiré durante toda mi vida. De hecho yo habría podido enviar esa alma inmediatamente al Cielo pero yo lo condené a permanecer una noche más en las llamas del Purgatorio”[20].



[2] Catálogo de Santos de la Orden.
[3] Santoral de Bruselas.
[4] Cfr. El tesoro escondido de la Santa Misa.
[5] Cfr. San Leonardo, o. c.
[6] Cfr. San Leonardo de Porto Mauricio, o. c.
[7] Cfr. n. 1030.
[8] Es la doctrina de la Iglesia, enseñada en el Catecismo, n. 1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los concilios de Florencia [1439] y de Trento [1563]. La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura -por ejemplo, 1 Corintios 3,15; 1 Pedro 1,7-, habla de un fuego purificador: “Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado en este siglo, ni en el futuro (Mt 12,31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro” (San Gregorio Magno [+604]).
[9] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[10] Cfr. ibidem.
[11] Cfr. http://www.benditasalmas.org/interna_contenido.php?id=8; cfr. Simma, M., El maravilloso secreto de las almas del Purgatorio – Sor Emmanuel y María Simma.
[12] Cfr. Simma, ibidem.
[13] Cfr. ibidem.
[14] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[15] Cfr. Catecismo, n. 1032: Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2Mac 12,46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos, y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos: “Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Job 1,5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido, y en ofrecer nuestras plegarias por ellos” (San Juan Crisóstomo [+407]).

[16] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[17] Cfr. ibidem.
[18] Cfr. San Leonardo, ibidem.
[19] Cfr. Memorias Biográficas de Don Bosco, Volumen 7, Capítulo 80.