San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 31 de octubre de 2026

San Carlos Borromeo

 



Vida de santidad.

Nació el 2 de octubre de 1538 y murió el 3 de noviembre de 1584. Fue un cardenal italiano, arzobispo de Milán y una de las figuras más importantes de la Iglesia católica durante la Contrarreforma. Nació en el castillo de Arona (Lombardía) en el seno de la adinerada e influyente familia Borromeo; su madre, Margarita de Médicis, era hermana del futuro papa Pío IV. Era brillante en los estudios y así fue como a los 21 años obtuvo el doctorado en derecho civil y canónico en la Universidad de Pavía. Fue nombrado Cardenal y Secretario de Estado por el Papa Pío IV a los 22 años y a pesar de su juventud, San Carlos mantuvo siempre una conducta equilibrada, austera y piadosa. Su aporte histórico más relevante fue su papel crucial en la reanudación y conclusión del Concilio de Trento, a su vez clave en la Contrarreforma Católica. Supervisó la redacción del famoso Catecismo Tridentino y reformó los libros litúrgicos oficiales.

Mensaje de santidad.

Para valorar en su amplitud la figura de San Carlos Borromeo, crucial en la Contrarreforma Católica de Trento, hay que considerar primero brevemente en qué consistió la Reforma Protestante, contra la cual San Carlos Borromeo luchó.

La Reforma Protestante fue y es un movimiento cismático y herético, promovido y fundado por el heresiarca Martín Lutero. Lutero se rebeló no solo contra la autoridad papal, sino contra la Iglesia en su conjunto, en su Tradición, en su Magisterio y en las Sagradas Escrituras. El heresiarca reformó, sin autoridad alguna, las Escrituras Católicas, quitando libros que le eran inconvenientes para sus errores y herejías; Lutero también atacó a la Iglesia, al Magisterio, al Papa y lo más grave de todo, atacó a la Santa Misa y a la Eucaristía, afirmando falsamente que en la Eucaristía no está Presente en Persona real, verdadera y substancialmente Nuestro Señor Jesucristo y que la Santa Misa no es un sacrificio sino una cena.

El Concilio de Trento, en cuya reanudación y conclusión fue clave la intervención de San Carlos Borromeo y la Contrarreforma Católica que le siguió como consecuencia del Concilio Tridentino, condenó y anatematizó todas las herejías protestantes, principalmente definiendo de modo infalible la Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía, además de reafirmar que la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario, codificando de una vez y para toda la eternidad, con la imposibilidad de cambiarla, a la Santa Misa Tridentina, Misa católica por excelencia, conocida también como “Misa en latín”.

         El mensaje de santidad de San Carlos Borromeo, íntimamente ligado al Concilio de Trento y su Catecismo, es que los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, Presentes en la Eucaristía y en la Santa Misa, no pueden ser modificados por la necedad humana, como lo hizo Lutero, necedad que raya en lo diabólico. Al recordarlo en su día, recordemos aquello por lo que el santo luchó: por afirmar la Presencia en Persona de Jesús en la Eucaristía y por la condición de la Santa Misa como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz.


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