San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 19 de julio de 2024

San Expedito nos enseña a vencer las tentaciones del Demonio

 




         Como todos sabemos, a San Expedito se le apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo negro y lo comenzó a tentar, diciéndole que postergara la conversión para “mañana”, pero San Expedito, alzando la Santa Cruz en alto, dijo en voz alta: “¡Hoy!”, es decir, “¡Hoy me convertiré y no mañana!”.

         En nuestros días, el Demonio también se manifiesta, pero no como cuervo negro, sino bajo la Nueva Era, que tiene a su vez muchas maneras de manifestarse. Algunas de estas son: la numerología, los viajes astrales, las hadas, los duendes, el coaching, la piramidología, las devociones neo-paganas como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, que es el Demonio en persona; los ángeles de la Nueva Era, llamados Azrael, Uzbel, etc.; las sectas como los umbandas, los espiritistas; el ocultismo, el satanismo, la brujería, la Wicca o brujería moderna; amuletos como la cinta roja para la envidia, el ojo turco, la mano de Fátima, el árbol de la vida; la adivinación; el tarot, los mal llamados “juegos”, porque no son juegos, sino invocaciones de espíritus de muertos o de demonios del infierno, como el Charlie-Charlie, el juego de la copa, el juego del espejo, el tablero ouija, Mary blood o María sangrienta; la antroposofía, la metafísica, la gnosis; las ideologías anticristianas como el comunismo, el socialismo, el marxismo ateo, el ateísmo, el liberalismo; las guerrillas subversivas armadas; el narcotráfico, los atrapasueños, los libros de auto-ayuda o auto-control, que prescinden de los sacramentos, de la gracia, de la Iglesia y de Jesucristo; la masonería; el yoga, el biomagnetismo, la biodecodificación, la bioneuroemoción; las misas negras, el budismo, la magia oriental y asiática; el esoterismo, la cábala judía, sectas falsamente católicas como el Centro Mariano Aurora, muy presentes en internet, vestidos como católicos, pero con lenguaje y mensaje de la Nueva Era, anticristiano; los ovnis, los chamanes, las ciencias ocultas y muchas otras manifestaciones anticristianas y satánicas.

         Frente a todas estas manifestaciones demoníacas, hagamos como San Expedito: levantemos en alto la Santa Cruz de Jesús y pidamos a Nuestro Señor Jesucristo ser iluminados por su gracia y su Verdad, para no caer en las tinieblas del error, de la herejía y de las sectas.


viernes, 14 de junio de 2024

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 



En una de sus apariciones, el Sagrado Corazón le muestra a Santa Margarita María de Alacquoque precisamente su Corazón, al cual sostenía entre sus manos y tenía las siguientes características, según la santa: el Corazón era translúcido, estaba envuelto en llamas, estaba rodeado por una corona de espinas, tenía una herida por la cual manaba sangre, en su vértice sobresalía una cruz.

         Analicemos brevemente cada uno de estos elementos.

         La transparencia del Sagrado Corazón indica que Dios es puro, en todo sentido, ya Él es la Pureza Increada; por lo tanto, nada manchado de impureza puede entrar en Él ni sostenerse en su Presencia. La transparencia del Sagrado Corazón, semejante a un cristal inmaculado, significa que Dios Uno y Trino es en Sí mismo la Pureza Increada, la Verdad Increada, y por lo tanto, ni la impureza ni el error, ni la mentira ni la herejía, pueden permanecer ni un instante ante Él. Quien desee estar ante el Sagrado Corazón, quien desee poseer al Sagrado Corazón, debe ser transparente, puro en cuerpo y alma, tal como lo es el Sagrado Corazón.

         Las llamas que envuelven al Sagrado Corazón representan al Espíritu Santo, el Divino Amor, que une al Padre y al Hijo desde la eternidad; es el Espíritu de Amor que el Padre dona al Hijo desde la eternidad y que el Hijo dona al Padre también desde la eternidad. Quien quiera darse una idea de cómo es este horno ardiente de caridad, que quema pero que no provoca dolor, sino un intenso ardor de amor y de felicidad, imagine a los tres jóvenes que fueron arrojados al horno ardiente por Nabucodonosor, los cuales, a pesar de estar inmersos en un horno de fuego, no sufrieron quemazón ni ardor alguno, al estar protegidos por el Ángel de la guarda. Si entramos en el Sagrado Corazón de Jesús, escucharemos el crepitar de las llamas del Divino Amor, pero no seremos abrasados ni quemados por este Fuego del Divino Amor, porque este Fuego Sagrado no solo no provoca dolor, sino que hacer arder al alma en el santo ardor del Amor Divino.

         Las espinas de la corona que rodean al Sagrado Corazón no son simbólicas, sino reales y estas nos corresponden a nosotros, porque somos nosotros los autores de dicha corona: son nuestros los que se materializan en las espinas de la corona que rodea y estrecha al Sagrado Corazón. Y decimos que no son simbólicas sino lastimosamente reales, porque el Sagrado Corazón está vivo; esto significa que a cada latida del Sagrado Corazón, que está compuesto por dos movimientos, uno de contracción -sístole- y uno de relajación -diástole- el Sagrado Corazón sufre dolores inenarrables por las espinas que son nuestros pecados materializados: en la sístole, las espinas se retiran del músculo cardíaco, provocándole un dolor desgarrador, como cuando se retira una espada que ha atravesado un músculo; en la diástole, el Sagrado Corazón sufre un dolor lacerante, como cuando la espada se introduce con su frío acero en el músculo, atravesándolo de lado a lado, cortando sus fibras musculares, sus nervios y sus vasos sanguíneos, provocándoles una profusa herida sangrante.

         La cruz que está en la cima del Sagrado Corazón significa que, para poder alcanzar al Sagrado Corazón, para poder llegar al Sagrado Corazón, es necesario subir a la Santa Cruz de Jesús, porque es allí donde se encuentra, de la misma manera a como un fruto exquisito se encuentra entre las ramas de un árbol frondoso y para llegar a ese fruto hay que subir al árbol, así sucede con el fruto exquisito del Sagrado Corazón: se encuentra pendiente entre las ramas del Árbol de la Vida que es la Santa Cruz de Jesús, el Único Árbol de la Vida y si queremos gozarnos de sus dulzuras y delicias, pues debemos entonces subirnos al Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, para saborear las dulzuras sin igual del fruto exquisito del Árbol de la Cruz, el Sagrado Corazón de Jesús. Y también, así como para adquirir sabiduría, debemos estudiar con ahínco, para lograr la tan anhelada sabiduría, así también debemos estudiar la Sabiduría de la Cruz, para lograr la Sabiduría que nos proporciona el Sagrado Corazón de Jesús. Éstas son las razones entonces por las que está la Santa Cruz de Jesús en el vértice del Sagrado Corazón.

         Por último, el Costado traspasado del Corazón de Jesús, herida provocada por el frío y duro hierro afilado que laceró el tierno músculo del Corazón del Redentor y por el cual brotó “Sangre y Agua”, tal y como lo describe el Evangelio, significan que las compuertas de los cielos eternos, cerradas hasta entonces por el pecado original de Adán y Eva y que se transmite desde entonces de generación en generación, ahora están abiertas, para derramar sobre los hombres un océano de gracias infinitas de Misericordia Divina, en el cual los hombres pueden lavar sus pecados para así ver borradas sus culpas en el Sacramento de la Penitencia y pueden beber de la Sangre del Cordero, para así embriagarse con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.


jueves, 13 de junio de 2024

San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia

 


San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia, en uno de sus sermones, habla acerca del “don de lenguas”[1]. Ahora bien, contrariamente a lo que se pueda pensar en primera instancia, cuando San Antonio habla de “don de lenguas”, no se refiere a hablar en un lenguaje incomprensible para los demás o para uno mismo; no se refiere a hablar en un idioma del cual uno nunca ha hablado y que por inspiración del Espíritu Santo ahora lo está hablando. San Antonio de Padua, cuando habla de “don de lenguas”, habla de otra cosa muy distinta, habla de las obras de misericordia, que deben acompañar a la prédica de la Palabra de Dios, de manera tal que para el santo la Palabra de Dios tiene fuerza cuando va acompañada de las obras de misericordia[2].

Dice así San Antonio de Padua: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Entonces, para San Antonio, el que obra obras buenas -humildad, pobreza, paciencia, obediencia- son “palabras” dictadas por el Espíritu Santo, con las cuales el alma “habla” a los demás a través de su conducta, a través de su obrar; muchas veces, dice el santo, hablamos mucho, de Dios, del Evangelio, de la Iglesia, pero estamos vacíos de obras buenas y esto es causa de maldición divina, así como Jesús maldijo a la higuera, llena de hojas pero sin frutos. El cristiano que habla mucho pero no tiene obras es como esa higuera, frondosa pero sin frutos. Luego San Antonio cita a San Gregorio: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. Y luego continúa: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras. Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor”-. San Antonio hace una comparación entre los Apóstoles, que hablaban -es decir, hacían obras buenas, obras de misericordia- según les dictaba el Espíritu Santo, y muchos cristianos, entre los que debemos procurar no contarnos nosotros, que hablan -hacen obras- no según el Espíritu Santo, sino según su propia vanagloria, o peor aún, “roban las obras de los demás” y se las atribuyen a sí mismos; contra estos tales advierte el Señor por medio del profeta Jeremías, porque de Dios nadie se burla.

Por último, finaliza San Antonio de Padua animándonos a dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que hablemos -es decir, hagamos obras- según el querer de Dios y no según nuestro propio querer, para que actuemos movidos por su gracia y no por nuestra propia voluntad, para que el Espíritu Santo nos conceda el don de la contrición, del arrepentimiento perfecto de nuestros pecados, de manera tal que, hablando con las obras dictadas por el Espíritu Santo aquí en la tierra, seamos considerados dignos de contemplar a la Trinidad y al Cordero en los cielos por toda la eternidad. Dice así el santo: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.



[1] Cfr. De los Sermones de san Antonio de Padua, presbítero
(I, 226).


miércoles, 22 de mayo de 2024

Santa Rita de Casia

 




         Vida de santidad[1].

         Santa Rita nació en 1381 en Roccaporena, un pueblito en las montañas apeninas. Sus padres la educaron en el temor de Dios, y ella respetó a tal punto la autoridad paterna que, aunque tenía la vocación de monja, abandonó el propósito de entrar al convento y aceptó unirse en matrimonio con Pablo de Ferdinando, un joven violento y revoltoso. Las biografías de la santa la retratan como a una mujer dulce, obediente, atenta a no chocar con la susceptibilidad del marido, cuyas maldades ella conoce, y sufre y reza en silencio[2]. Su bondad y sus oraciones lograron finalmente cambiar el corazón de Pablo, que cambió de vida y de costumbres, pero sin lograr hacer olvidar los antiguos rencores de los enemigos que se había buscado y fueron estos los que le quitaron la vida, siendo encontrado muerto una noche a la vera del camino. Los dos hijos de Santa Rita, que ya eran mayores, juraron vengar a su padre. Santa Rita intentó convencerlos de que desistieran de la venganza, pero cuando la santa se dio cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos para convencerlos, ya que sus hijos estaban dispuestos a consumar la venganza, tuvo la valentía de pedirle a Dios que se los llevara antes que mancharan sus vidas con un homicidio. Prefería, con toda razón, que perdieran la vida corporal pero que salvaran sus almas y no que se condenaran por un homicidio y por el odio. Su oración fue escuchada y sus hijos murieron sin cometer el homicidio que habían planeado, salvando así sus almas. Ya sin esposo y sin hijos, Rita fue a pedir su entrada en el convento de las agustinas de Casia, pero su petición fue rechazada.

Regresó a su hogar desierto y rezó fervorosamente a sus tres santos protectores, san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino, y una noche sucedió el prodigio. Se le aparecieron los tres santos, le dijeron que los siguiera, llegaron al convento, abrieron las puertas y la llevaron a la mitad del coro, en donde las religiosas estaban rezando las oraciones de la mañana. Así Santa Rita pudo vestir el hábito de las agustinas, realizando su vocación a la vida consagrada, el entregarse totalmente a Dios. En el convento, se dedicó a la penitencia, a la oración y al amor de Cristo crucificado, que la asoció aun visiblemente a su pasión, clavándole en la frente una espina. De esa manera Santa Rita vio cumplido su deseo de compartir el dolor de la Corona de Espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Esta herida era muy dolorosa y despedía un olor sumamente desagradable, pero ella lo consideraba una gracia divina. Ella oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. Este estigma milagroso, recibido durante un éxtasis, marcó el rostro con una dolorosísima llaga purulenta hasta su muerte, esto es, durante catorce años. Además del dolor intensísimo, la santa debía sobrellevar la humillación que le provocaba la herida, porque al estar infectada, despedía un olor fétido y nauseabundo, de manera que nadie podía acercársele, por lo que debió vivir en una celda apartada del resto de sus hermanas en religión. La fetidez de la herida solo desapareció, en el lapso de catorce años, por unos días, en los que Santa Rita y las otras religiosas hicieron una peregrinación a Roma para rezar ante la tumba de San Pedro. Pero pasada la peregrinación, regresó la fetidez de la herida, la cual se mantuvo hasta el momento de su muerte; en ese momento, al morir Santa Rita, desapareció el olor nauseabundo y el lugar en donde estaban velando su cuerpo se llenó de un exquisito perfume de rosas. Murió en el monasterio de Casia el 22 de mayo de 1457 y fue canonizada en el año 1900.

La fama de su santidad pasó los límites de Casia y desde su muerte, no ha cesado de interceder para conceder gracias, dones y milagros a sus devotos.

         Mensaje de santidad.

         Santa Rita nos deja un mensaje de santidad que consiste en una auténtica caridad, es decir, un verdadero amor sobrenatural, un amor que supera al amor natural infinitamente, tanto por su esposo como por sus hijos, porque los amó más allá del amor natural de esposa y de madre, ya que la santa quería que ante todo salvaran sus almas y fue por este motivo que hizo toda clase de penitencias y de sacrificios y rezó sin cesar para obtener la conversión de sus seres queridos, recibiendo de Dios el premio de ser escuchada, porque todos se convirtieron antes de morir; también es ejemplo de amor verdadero a Nuestro Señor Jesucristo, tanto en su vida de laica como ya de consagrada, porque amaba tanto a Jesús, que deseaba participar de su Pasión dolorosa y humillante y así se lo concedió Nuestro Señor Jesucristo, primero haciéndole participar de su humillación, al ser humillada por su esposo en el trato en la etapa violenta de su vida, anterior a su conversión y luego haciéndola participar de sus dolores de la Pasión, concediéndole el dolor de la herida de la Corona de espinas y también la humillación que Él sufrió, al concederle participar también de su humillación mediante la fetidez que despedía la herida purulenta de la frente, curada recién en la muerte de la santa. Como Cristo, que cargó nuestros pecados en su Cruz, así Santa Rita, pidió unirse a la Pasión de Cristo, a sus humillaciones y dolores. Imitemos a la santa y pidamos también nosotros lo mismo, unirnos a Cristo en sus dolores y humillaciones en el Camino Real de la Cruz, el único camino que conduce al Cielo.


miércoles, 15 de mayo de 2024

San Isidro Labrador

 



         Vida de santidad[1].

         Peón y labrador español, nació cerca de Madrid, alrededor del año 1070; murió el 15 de Mayo de 1130, en el mismo lugar. Estaba al servicio de un tal Juan de Vargas, en una finca en los alrededores de Madrid[2], capital de España. Junto con su esposa, Santa María de la Cabeza o Toribia, llevó una dura vida de trabajo y al mismo tiempo de piedad, fe, amor y devoción a la Santa Misa y a la Eucaristía, convirtiéndose así en un verdadero modelo del honrado y piadoso agricultor cristiano. El patrón de Madrid, hoy capital de España, no es un rey, ni un cardenal, ni un rey poderoso, ni un poeta ni un sabio, ni un jurista, ni un político famoso. El patrón es un obrero humilde, vestido de paño burdo, con gregüescos sucios de barro, con capa parda de capilla, con abarcas y escarpines y con callos en las manos. Es un labrador, San Isidro. Como el Padre de Jesús, cuyas palabras nos transmite San Juan en el Evangelio 15, 1: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”. San Isidro es ampliamente venerado también como el patrón de los campesinos y los peones.

         Mensaje de santidad.

         A San Isidro Labrador se lo representa con una yunta de bueyes, porque era agricultor, pero también con un ángel a su lado, por la siguiente razón: San Isidro, que era un trabajador incansable, al mismo tiempo era un gran devoto de la Santa Misa y de la Eucaristía. Por esta razón, cuando no podía asistir a Misa, al oír las campanas que repicaban en el momento de la consagración, San Isidro se arrodillaba para adorar al Cristo Eucarístico, el Hombre-Dios Jesucristo, oculto en apariencias de pan. San Isidro era un ejemplo en el trabajo, era el primero en llegar y el último en partir y no solo nunca se quejaba del duro trabajo de agricultor, sino que lo ofrecía como un sacrificio a Dios, por medio de Jesucristo, uniendo su trabajo a Jesús crucificado, tal como todo cristiano debe hacer. Pero había días en los que San Isidro, en vez de ir al trabajo, asistía a la Santa Misa. Entonces sucedió que unos compañeros suyos de trabajo, otros agricultores, envidiosos de San Isidro, fueron a demandarlo al patrón, acusándolo de que San Isidro llegaba tarde al trabajo cuando había Misa -en esos tiempos no había Misas todos los días, como ahora- por lo cual le pedían que le descontara esos días del salario. El patrón, Juan de Vargas, dueño de las tierras en las que San Isidro trabajaba, movido por estas intrigas, acudió uno de los días en que se celebraba Misa y, escondido detrás de un árbol, vio que efectivamente no se encontraba San Isidro, pero también observó que sus bueyes estaban arando y que el que los guiaba era un ser luminoso, el cual resultó ser el Ángel de la guarda de San Isidro Labrador. Lo que sucedía entonces era que, cuando San Isidro asistía a Misa, era verdad que llegaba tarde al trabajo, pero su Ángel lo reemplazaba en su tarea y así nunca dejaba de cumplir con lo que le habían asignado, e incluso daba más fruto que el trabajador habitual. También se le atribuyen a San Isidro y a su esposa, Santa María de la Cabeza, llamada así porque en su día festivo sacan la cabeza de la santa en procesión y también en tiempos de sequía, el milagro de haber resucitado al hijo pequeño de ambos, el cual había caído en un pozo con agua y murió ahogado, pero las oraciones de los esposos fueron escuchadas y el hijo muerto volvió a la vida[3]. A partir de entonces y en acción de gracias, los esposos hicieron voto de castidad y decidieron vivir en casas separadas y así lo hicieron hasta sus respectivas muertes, durante unos cuarenta años[4]. Una vez muerto, la Tradición afirma que se le apareció al Rey Alfonso de Castilla y le mostró el sendero escondido por el cual sorprendió a los musulmanes y consiguió la victoria de Las Navas de Tolosa, en 1212. Cuando el Rey Felipe III de España fue curado de una enfermedad mortal al tocar las reliquias del santo, el rey cambió el antiguo relicario por uno costoso, hecho de plata.

         San Isidro Labrador nos deja varios mensajes de santidad, como el amor a la Santa Misa y a la Eucaristía; la devoción al Ángel de la guarda; el poder del sacramento del matrimonio, cuando los esposos viven una vida de santidad y rezan juntos, porque por la oración de ellos su hijo, que había fallecido ahogado, volvió a la vida; nos enseña también el valor santificador del trabajo, que se vuelve fuente fecunda de santidad cuando el trabajo se une al Sacrificio Redentor de Jesucristo en la Cruz; nos enseña también que para se puede ser santo en cualquier estado de vida y que la santidad no depende de la sabiduría humana, sino de la Sabiduría divina de la cruz, porque siendo analfabeto, San Isidro poseía sin embargo una profunda sabiduría, la sabiduría celestial que comunica Jesucristo desde la cruz y desde la Eucaristía.

San Matías, Apóstol

 



Vida de santidad.

En el calendario tradicional de la Iglesia, antes del Vaticano II, la fiesta de San Matías se celebraba el 24 de febrero. En 1969, su fiesta se trasladó al 14 de mayo para que se celebrara fuera de la Cuaresma y más cerca de la Solemnidad de la Ascensión[1]. San Matías se convirtió en Apóstol es cuando fue elegido por sorteo por los Apóstoles después de considerar necesario reemplazar a Judas Iscariote. Al tomar una decisión sobre a quién elegir para reemplazar a Judas Iscariote después de su muerte, los 11 Apóstoles restantes propusieron dos candidatos que cumplían con los requisitos: José llamado Barsabás (quien también era conocido como Justo) y Matías. Oraron para que el Señor les mostrara a cuál de los dos había escogido para la misión, y echaron suertes sobre los dos hombres; “la suerte cayó sobre Matías; y fue inscrito con los once apóstoles” (Hechos 1:26). Esta fue la última vez que se echaron suertes para tomar una decisión ya que, después de Pentecostés, el Espíritu Santo los guiaría en sus decisiones. Aunque no se sabe con certeza cómo murió San Matías, la tradición sostiene que fue martirizado por su fe, como muchos de los otros Apóstoles. Se cree que fue apedreado y luego decapitado y es por esta razón que se lo representa con un hacha, el instrumento de su martirio. También según la Tradición, predicó primero en Judea y luego en otros países. Los griegos sostienen que evangelizó la Capadocia y las costas del Mar Caspio, que sufrió persecuciones de parte de los pueblos bárbaros donde misionó y obtuvo finalmente la corona del martirio en Cólquida, el cual según sostienen los relatos griegos fue mediante la crucifixión[2]

Mensaje de santidad.

San Matías es el santo patrono de los sastres, los que tienen viruela, los carpinteros y los que luchan contra el alcoholismo y la razón de este último patronazgo es que Clemente de Alejandría afirma que se distinguió por la insistencia con que predicaba la necesidad de mortificar la carne para dominar la sensualidad. Esta lección la había aprendido del mismo Jesucristo. Clemente de Alejandría (Strom., III, 4) registra una frase que se atribuye a San Matías en la que dice “debemos combatir nuestra carne, no valorarla, y no concederle nada que pueda halagarla, sino aumentarla. El crecimiento de nuestra alma por la fe y el conocimiento.” La naturaleza de este dicho y su estímulo para crecer en autodominio y virtud es probablemente la razón por la que se atribuye a San Matías ser uno de los santos patronos de quienes luchan contra el alcoholismo.

         San Matías Apóstol nos deja entonces un triple mensaje: escuchar la Voz de Dios, Nuestro Señor Jesucristo y ponerla en práctica, dando testimonio del Salvador hasta dar la vida; su martirio, por el cual demuestra que este testimonio no es solo de palabras, sino hasta el derramamiento de sangre; por último, con sus palabras acerca de la lucha ascética del espíritu -ayudado por la gracia- contra la carne, para evitar caer en la concupiscencia, nos muestra el camino hacia la santidad, un camino que no es otro que el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, que es a su vez lo que dice el libro de Job: “Lucha es la vida del hombre en la tierra”, lucha ante todo espiritual, para mantener el alma alejada del pecado y de las ocasiones de caer y en estado de gracia, para así poder recibir ya desde la tierra el Tesoro de los tesoros, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

 

viernes, 10 de mayo de 2024

San Juan de Ávila, Patrono de los sacerdotes españoles

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en el año 1500, de una familia muy rica, pero al morir sus padres, en vez de quedarse con la fortuna que le correspondía por herencia, lo que hizo fue repartir todos sus bienes entre los pobres, para luego ingresar en el seminario. Estudió filosofía y teología en la Universidad de Alcalá. Fundó más de diez colegios y ayudaba mucho a las universidades católicas. Debido a sus numerosas enfermedades, sufrió mucho en sus últimos veinte años, aunque esto no le impedía recorrer ciudades y pueblos predicando, confesando, dando dirección espiritual y dando a todos ejemplos de gran santidad. De entre todas sus virtudes, sobresalía una particular y era su gran humildad, considerándose a sí mismo como un pobre y miserable pecador y esto se vio sobre todo en el momento de su muerte: estando ya agonizante y viendo que el sacerdote que le daba la extremaunción lo trataba con gran veneración, le dijo: “Padre, tráteme como a un miserable pecador, porque eso es lo que he sido y nada más”. Ya en sus últimos momentos, cuanto más aumentaban sus dolores en la proximidad de la muerte, apretaba el crucifijo entre sus manos y exclamaba: “Dios mío, sí, si te parece bien que suceda, está bien, ¡está muy bien!”. Así el santo no solo no se quejaba de su enfermedad, sino que se unía a los dolores de Cristo crucificado, santificándose a través de sus dolores ofrecidos a Jesús. Murió santamente el 10 de mayo del año 1569, diciendo “Jesús y María”. Fue beatificado en 1894 y el Papa Pablo VI lo declaró santo en 1970.

         Mensaje de santidad.

         Desde el principio de su sacerdocio demostró en sus homilías una gran sabiduría sobrenatural, lo cual hacía que el pueblo acudiera en gran número a escuchar sus sermones sin importar el lugar donde él iba a predicar. Preparaba cada predicación con cuatro o más horas de oración de rodillas ante un crucifijo o ante el Santísimo Sacramento encomendando la predicación que iba a hacer después a la gente y así Jesús, actuando a través de él, lograba la conversión de un gran número de pecadores. No prometía vida en paz a quienes querían vivir en paz con sus pecados, pero sí animaba enormemente a todos los que deseaban salir de su anterior vida de pecado, para que comenzaran a vivir la vida de la gracia. Pero no solo el pueblo laico acudía a escucharlo, sino también muchos sacerdotes, ejerciendo sobre ellos un gran ascendiente, por lo cual el Sumo Pontífice lo nombró “Patrono de los sacerdotes españoles”. A los sacerdotes en particular los hacía meditar en la Pasión de Jesucristo y en la Eucaristía y en el valor de los sacramentos y luego los enviaba a predicar, consiguiendo grandes frutos, como por ejemplo la conversión de San Juan de Dios. Había tres grandes temas que predominaban en sus sermones: la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Virgen María, siendo el amor a la Eucaristía una de las virtudes principales del padre Juan de Ávila. Precisamente, estando ya enfermo, quiso ir a celebrar misa a una ermita, pero por el camino sintió que le faltaban las fuerzas; entonces el Señor se le apareció en figura de peregrino y le dio ánimos para que llegara y oficiara la Santa Misa. En una de las últimas Misas que celebró le habló Nuestro Señor Jesucristo a través del crucifijo y le dijo: “Perdonados te son tus pecados”[2]. Al recordarlo en su día, le pedimos a San Juan de Ávila que, habiendo conseguido con sus sermones tantas conversiones de pecadores, nos alcance del Señor Dios la gracia de nuestra conversión y la de nuestros seres queridos, pero le pidamos una gracia específica: la conversión, por intercesión de la Virgen María, a Jesús Eucaristía, Dador del Espíritu Santo.