San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 12 de junio de 2021

San Antonio de Padua y el milagro eucarístico

 



         San Antonio de Padua se caracterizó, además de llevar una gran vida de santidad, por realizar milagros aun estando en vida; continuó y continúa haciéndolos desde el Cielo, como todo santo, pero también los hizo en vida. Uno de sus milagros más espectaculares fue el de una mula que se arrodilló ante la Eucaristía y sucedió del siguiente modo: en el pueblo en donde predicaba San Antonio –quien era ferviente adorador eucarístico- había un hereje llamado Bonino, el cual negaba públicamente las enseñanzas de la Iglesia acerca de la Eucaristía. Para el hereje Bonino, lo que sucedía en la Santa Misa era lo que se conoce como “empanación”, es decir, que Jesús se convierte en pan, con lo cual la Eucaristía no es más que un poco de pan bendecido sobre el altar y nada más. Ahora bien, esta teoría de la empanación es herética y errónea, absolutamente contraria a lo que enseña la fe de la Iglesia Católica, según la cual, por el milagro de la transubstanciación, por las palabras de la consagración, la substancia del pan del altar se convierte en la substancia del Cuerpo de Cristo y la substancia del vino del cáliz se convierte en la  substancia de la Sangre de Cristo, es decir, exactamente al revés de lo que decía el hereje Bonino: no es que Jesús se convierte en pan, sino que el pan se convierte en Jesús, que es el Hijo de Dios encarnado.

         Sucedió un día que el hereje vio a San Antonio y le propuso el siguiente desafío: como él tenía una mula, haría lo siguiente, la mantendría sin comer ni beber durante tres días, al cabo de los cuales, le ofrecería agua y alimento; además, el santo debía estar con la custodia y con el Santísimo Sacramento, de pie al otro lado del alimento: si el animal se dirigía a la Eucaristía, él, Bonino, prometía que se iba a convertir; si el animal se dirigía al alimento, continuaría con sus creencias erróneas. San Antonio aceptó el desafío y fue así que Bonino no alimentó a su mula ni le dio de beber agua por tres días. Al término de los tres días, colocaron el alimento y el agua para la mula en un extremo de la plaza, mientras que San Antonio, con la custodia y el Santísimo Sacramento, se colocaba en otro extremo. Soltaron a la mula y, cuando todos creían que ésta si iba a dirigir directamente al agua y al alimento, cambió de dirección y se dirigió adonde estaba San Antonio con la Eucaristía, acercándose al santo. Sin embargo, ahí no terminó todo: ante una orden del santo de que el animal doblara sus patas ante su Creador, la mula efectivamente dobló sus patas delanteras, en un movimiento equivalente al que hace el ser humano cuando se arrodilla, como por ejemplo el sacerdote, cuando se arrodilla ante la Eucaristía después de la consagración, para adorarla. Sólo después de adorar a la Eucaristía, arrodillándose ante el Santísimo Sacramento del altar, la mula se dirigió hacia el agua y el alimento. Ante este milagro eucarístico, el hereje Bonino, cumpliendo su palabra, se convirtió y dejó de lado sus creencias erróneas y comenzó a creer en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía. Es decir, dejó de creer en la empanación –Jesús se convierte en pan- y comenzó a creer en la transubstanciación –la substancia del pan se convierte en el Cuerpo de Jesús y el vino en su Sangre- y así regresó a la Iglesia Católica, convirtiéndose en uno de los más fervientes adoradores de la Eucaristía.

miércoles, 2 de junio de 2021

El Sagrado Corazón de Jesús, objeto de nuestro amor

 



         El 16 de junio del año 1675 Santa Margarita María de Alacquoque tuvo la gracia de recibir una de las más grandes y maravillosas apariciones de Nuestro Señor Jesucristo, quien se le apareció bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús. En estas apariciones, Nuestro Señor, además de encargarle que difundiera la nueva devoción, le mostraba su Sagrado Corazón, sosteniéndolo con una mano. ¿Qué características tenía el Corazón de Jesús?

         Ante todo, el Corazón de Jesús estaba envuelto en llamas de fuego: esas llamas de fuego representan al Amor de Dios, el Espíritu Santo. El Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, está inhabitado por este Amor Divino; quiere decir que en el Corazón de Jesús no hay otra cosa que Amor y Amor de Dios, que es Eterno, Infinito, Inconmensurable, Incomprensible, Inagotable. Quien entra en contacto con el Corazón de Jesús, entra en contacto, indefectiblemente, con el Amor de Dios que inhabita en Él.

         El Corazón de Jesús se muestra con su Costado traspasado: es la huella de la Pasión de Amor que Jesús sufrió para salvarnos del Pecado, del Demonio y de la Muerte, por lo tanto, es una señal del Amor Infinito y Eterno que nos tiene Jesús a todos y cada uno de nosotros. Por otra parte, de la herida abierta del Corazón de Jesús, brota el contenido del Corazón, que es su Sangre Preciosísima: al ser la Sangre del Cordero de Dios, no es una sangre cualquiera, sino la Sangre de Dios hecho Carne, que ha donado su Vida y su Sangre por nosotros. Además, en esta Sangre está contenido el Espíritu Santo, el Amor de Dios, porque la Sangre sirve de vehículo del Divino Amor. Quien recibe al Corazón de Jesús, recibe su Sangre y, con su Sangre, al Divino Amor.

         El Sagrado Corazón está también rodeado por una corona de espinas: no debemos pensar que esto es sólo una imagen gráfica y nada más, puesto que el Corazón de Jesús está vivo y si está vivo, late y con cada latido, las espinas de la corona que lo rodean se introducen, en la fase de expansión o diástole, provocándole un agudo dolor, mientras que se retiran en la fase de contracción del corazón o sístole, provocándole otro agudo dolor, por desgarramiento. Es decir, en cada latido del Sagrado Corazón, experimenta Jesús un dolor que no es posible siquiera imaginar. ¿Por qué tiene una corona de espinas? ¿Qué significan esas espinas? La corona de espinas y cada espina que la compone, representan nuestros pecados, cualesquiera que estos sean, porque los pecados que cometemos, aunque a nosotros no nos provoquen ningún dolor, sí se lo provocan, misteriosamente, a Jesús -es un dolor de tipo moral y no físico porque Jesús, en cuanto resucitado y glorioso, ya no puede sufrir físicamente-, porque se materializan en las espinas de la corona que rodea al Sagrado Corazón. Es decir, nuestros pecados se materializan en las espinas y es esto lo que provoca un dolor agudísimo a Jesús en cada latido de su Sagrado Corazón. Con esto podemos ver cómo es de desigual el trato entre Dios y nosotros: mientras Dios nos da su Corazón con su Amor, nosotros le damos espinas y dolor con nuestros pecados. Por lo tanto, hagamos el propósito de evitar el pecado, de evitar las ocasiones de pecado y así aliviaremos el dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

         Por último, el Sagrado Corazón tiene, en su vértice, una cruz: significa que, quien quiera acceder al Amor del Sagrado Corazón, debe hacerlo por medio de la Cruz, porque el Sagrado Corazón está en la Cruz. No hay otro camino, que el Camino Real de la Santa Cruz, el Via Crucis, para acceder al Corazón Sacratísimo de Jesús.

         Entonces, cuando se piensa en Santa Margarita María de Alacquoque y en las maravillosas apariciones del Sagrado Corazón, podemos pensar en lo dichosa que fue la santa, que recibió estas grandiosas apariciones. Sin embargo, nosotros, aunque Jesús no se nos aparezca como el Sagrado Corazón, visiblemente, nos podemos considerar infinitamente más dichosos que la santa, porque ese mismo Corazón, exactamente el mismo, vivo, latiente, glorioso, resucitado, inflamado en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, es el que recibimos en cada Comunión Eucarística, porque en cada Comunión Eucarística Jesús nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico. Y si a Santa María de Alacquoque le pidió su corazón humano para devolverlo envuelto en llamas de Amor Divino, a nosotros nos pide que le abramos las puertas de nuestros corazones, para que Él nos done su Amor Divino, el Espíritu Santo, para que con sus santas llamas nos incendie con el Fuego del Amor de Dios. Si a nosotros no se nos aparece visiblemente como el Sagrado Corazón, se nos dona, invisiblemente, oculto en apariencia de pan, como el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Y esto, recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es lo más grandioso que puede sucederle a una persona en esta vida terrena y por esto mismo, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús debe ser el primero, único y exclusivo objeto de nuestro amor.

sábado, 29 de mayo de 2021

San Carlos Lwanga y compañeros, mártires

 



         Vida de santidad[1].

         Carlos Lwanga nació en Uganda y se convirtió al cristianismo gracias a la actividad misionera y apostólica de los Misioneros de África, conocidos también como los “Padres Blancos”. Los primeros conversos, que datan del siglo XIX, pronto comenzaron a su vez una tarea evangelizadora, con lo que comenzó a florecer una gran comunidad cristiana. Sucedió que, ya convertido al cristianismo, Carlos Lwanga se desempeñaba como ayudante del rey local Mwanga, quien era homosexual. Este rey mandó asesinar al antecesor de Lwanga en el cargo, un protestante llamado José Mukasa, quien murió al oponerse a las tendencias homosexuales del rey y llamarlo a la conversión. Fue en mayo de 1886 cuando el rey se dio cuenta que Carlos Lwanga estaba evangelizando y convirtiendo al cristianismo a los miembros de la corte real, porque los jóvenes se negaban a satisfacer sus pasiones desenfrenadas. Es por esto que mandó llamar a sus verdugos y ordenó separar a los cristianos de los paganos, diciendo: “Aquellos que no rezan párense junto a mí, los que rezan párense allá”.  El preguntó a los quince niños y jóvenes, todos menores de veinticinco años, si eran cristianos y tenían la intención de seguir siendo cristianos. Ellos respondieron “Sí” con fuerza y valentía, por lo que el rey Mwanga los condenó inmediatamente a la muerte.

El rey mandó que al grupo lo llevasen a matar a Namugongo, localidad distante a unos quince kilómetros de allí. Los prisioneros atados pasaron la casa de los Padres Blancos en su camino y el Padre Lourdel más tarde relató cómo los jóvenes iban animados y sonrientes, dándose ánimos unos a otros, a pesar de saber que iban a una muerte segura. Un soldado cristiano llamado Santiago Buzabaliawo fue llevado ante el rey. Cuando Mwanga ordenó que lo matasen junto a los otros, Santiago dijo: “Entonces, adiós. Voy al cielo y rezaré a Dios por ti”. Cuando el Padre Lourdel, lleno de dolor, levantó su brazo para absolver a Santiago que pasaba ante él, Santiago levantó sus propias manos atadas y apuntó hacia arriba para manifestar que él sabía que iba al cielo y se encontraría allí con el Padre Lourdel. Con una sonrisa le dijo al P. Lourdel: “¿Por qué estás triste? Esto no es nada ante los gozos que tú nos has enseñado a esperar”.

Cuando la caravana de reos y verdugos llegó a Namugongo, los sobrevivientes fueron encerrados por siente días. El 3 de junio los sacaron, los envolvieron en esteras de cañas y los pusieron en una pira. Mbaga fue martirizado el primero. Su padre, el jefe de los verdugos, había tratado en vano una última vez de convencerlo a desistir de su fe. Le dieron entonces un golpe en la cabeza para que no sufriera al ser quemado su cuerpo. El resto de los cristianos fueron quemados. Carlos Lwanga tenía 21 años. Uno de los ayudantes del palacio, Mukasa Kiriwanu no había sido aún bautizado pero se unió a sus compañeros cuando se les preguntó si eran cristianos. Recibió aquel día el bautismo de sangre. Murieron trece católicos y once protestantes proclamando el nombre de Jesús y diciendo: “Pueden quemar nuestros cuerpos, pero no pueden dañar nuestras almas”.

         Mensaje de santidad.

         San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires murieron no solo por evitar el pecado de fornicación, sino por imitar y participar de la pureza celestial de Jesucristo, quien al ser Dios, es la Pureza Increada. Por eso Jesús es el Cordero Inmaculado, porque no solo no tiene pecado de ninguna clase en Él, sino que Él Es lo contrario al pecado, la pureza, la santidad, la incorruptibilidad divina. Pero además de la pureza del cuerpo, San Carlos Lwanga murió por permanecer puro en la fe, porque fue la fe en Cristo Inmaculado la que lo llevó a él y a sus compañeros, a dar la vida terrena para conservar la gracia, antes que renunciar a la vida eterna eligiendo el pecado. En nuestros días, en los que se ensalza el pecado de la homosexualidad, de la fornicación, del adulterio y de toda clase de impurezas –por medio de la ideología de género, del feminismo, de la ideología LGBT-, además de ensalzarse la impureza de la fe, que es la idolatría o fe en ídolos paganos –Gauchito Gil, Difunta Correa, San La Muerte, entre otros-, el ejemplo de San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires es más actual que nunca: imitar y participar de la Pureza Increada de Jesucristo, en cuerpo y alma, para así llegar al Reino de los cielos.

San Justino, mártir

 



         Vida de santidad[1].

Flavio Justino, conocido como San Justino Mártir, nació en Neápolis (actual Nablus o Naplusa, en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y murió, martirialmente, en el año 165, en Roma. Poseía una poco frecuente sed por el saber, la verdad y el conocimiento y fue esto lo que lo llevó a buscar respuestas en diversas escuelas filosóficas de su tiempo, como la escuela de los estoicos, peripatéticos, pitagóricos y neoplatónicos; su amor por la Verdad lo llevó a su definitiva conversión al Cristianismo, conversión que le llegó por medio de las enseñanzas de un anciano cristiano en Éfeso, quien le enseñó la fe católica por medio de la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. Por esto es considerado el primer filósofo cristiano y también uno de los primeros Padres Apologistas griegos, siendo la escuela filosófica cristiana fundada por él, un puente entre el paganismo y el Cristianismo, un puente que conduce, desde el error del politeísmo pagano, a la Verdad de un Dios Uno, según sus propias palabras: “la filosofía es lo que nos conduce a Dios y nos une a Él”.

Escribió unas ocho obras, pero sólo se conservan fragmentos de sus dos “Apologías” y de su “Diálogo con Trifón”. La primera o defensas de la Fe Cristiana frente a los malentendidos, ataques y persecuciones de los paganos, está dirigida al emperador Adriano y contiene tres artículos dedicados al Bautismo y a la Eucaristía y en ellos se nos muestran cómo la Iglesia se mantiene fiel al Cristianismo primigenio; la segunda apología es continuación de la anterior y va dirigida al emperador Marco Aurelio; en ambos casos, dice que las escribe “a favor de unos hombres y una raza que son injustamente perseguidos, yo uno de ellos, Justino, hijo de Prisco”. Por su parte el diálogo con el judío Trifón, su obra más importante en el marco de la Filosofía, recoge sus principales enseñanzas de corte filosófico y describe su búsqueda de la verdad, esto es, la Fe, después de la insatisfacción que le produjeron las diversas respuestas ofrecidas por los movimientos filosóficos de su tiempo.

Según las actas notariales de su martirio fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Así finalizó su vida terrena un hombre santo que vivió buscando la Verdad de Dios y la encontró en Jesucristo y, habiéndola encontrado, dio su vida por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada.

         Mensaje de santidad.

         Ante todo, San Justino es ejemplo de santidad en su deseo apasionado por conocer la Verdad acerca de Dios –y en esto se parece mucho a San Agustín-; por este deseo de conocer la Verdad divina, es que se dio cuenta de que en las escuelas filosóficas paganas no se encontraba la Verdad Absoluta, tal vez, algunos destellos de verdad, pero no la Verdad Total que Él andaba buscando. Esto es un ejemplo para nosotros, porque quien busca y ama la Verdad, en realidad está buscando y amando a Dios, que es la Verdad Increada y la filosofía, esto es, el uso del intelecto humano en búsqueda de la Verdad, es un instrumento óptimo para esta búsqueda, siempre que se sea honesto, como San Justino, es decir, siempre que, en la búsqueda de la Verdad, el alma sea capaz de apartarse de todo aquel sistema filosófico o religioso en donde no se encuentre la Verdad. San Justino, en su “Diálogo con el judío Trifón”, dice que “la divinidad no es visible a los ojos de los hombres pero sí es comprensible por su inteligencia”[2] y esto es así, porque el hombre es “capax Dei”, es capaz de encontrar a Dios con su intelecto, rectamente usado. Por esto es que San Justino es ejemplo para todo aquel que busca, con sinceridad de corazón y con amor, la Verdad Absoluta acerca de Dios. Quien esto hace, encuentra a Dios, porque Dios se deja encontrar por quien lo busca con recto corazón y con amor. Y cuando encuentra a Dios Uno con la inteligencia, Dios se revela, en Cristo, como Dios Uno y Trino, como Trinidad Una y Santa, que pone en marcha, por deseo de Dios Padre, el plan de salvación, enviando a la Segunda Persona de la Trinidad a morir en Cruz, para conducir a los hombres, por medio de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, al Reino de los cielos. Es esto lo que le sucedió a San Justino y es lo que le sucede a todo hombre que con rectitud de corazón y con amor busca a Dios: lo encuentra con su inteligencia como Dios Uno y ese Dios Uno se le revela como Uno y Trino, que ha venido a la tierra en el Hijo de Dios, para llevarlo, en el Hijo, por el Espíritu Santo, al seno de Dios Padre.

 

miércoles, 19 de mayo de 2021

San Expedito enfrenta al Demonio con la Santa Cruz de Jesús

 


         Cuando Dios le concedió la gracia de la conversión, a San Expedito se le apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo negro. No es que el Demonio sea un cuervo, ni que todo cuervo sea el Demonio, sino que el Demonio, puesto que es un ángel caído puede, con las propiedades y dones de su naturaleza angélica, tomar distintas formas, sea de animales como de personas humanas. En el caso de San Expedito, se le apareció bajo la forma de un cuervo negro, para tentarlo contra la conversión, seduciéndolo con la tentación de dejar la conversión “para mañana”. Como todos sabemos, San Expedito, levantando en alto la Santa Cruz de Jesús, dijo: “Hoy me convierto a Jesucristo” y, armado con la fuerza de Dios omnipotente, aplastó la cabeza del Demonio, que bajo la forma de cuervo se le había acercado inadvertidamente hasta sus pies.

         Es interesante conocer la vida de los santos, porque todos, sin ninguna excepción, tuvieron dos características en común: por un lado, amaron a Jesucristo crucificado y a Jesús Eucaristía, de modo que no hay ningún santo que no se haya destacado en su amor a la Cruz y a la Eucaristía; por otro lado, combatieron, al amparo de la Santa Cruz y recibiendo en gracia la Sagrada Eucaristía, al Demonio. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, porque hay muchos –muchísimos- católicos, por no decir la gran mayoría, que dicen: “Yo no creo en el Demonio, no creo en las brujas, no creo en las brujerías”. Cuando un católico dice esto, es porque el Demonio está ganando la batalla en su corazón, porque el gran triunfo del Demonio es hacer creer al hombre que Él no existe o, que si existe, es bueno, porque puede dar cosas buenas. Y es así como muchos –muchísimos- católicos, cuando tienen un problema, sea de salud, de economía, o afectivo, o de la índole que fuere, en vez de acudir al rezo del Santo Rosario, a la Adoración Eucarística y a la Santa Misa, salen corriendo a buscar un curandero, una bruja, un brujo, que les haga desaparecer, mágicamente, los problemas. Esto es



cometer un pecado de idolatría, además de ofender gravemente a Nuestro Señor Jesucristo y a la Virgen, porque todos estos brujos trabajan con el Demonio. Además, demuestra una grave deficiencia en su formación en la fe, porque parte de nuestra fe católica es creer que el Demonio existe, que obra entre los hombres como “Príncipe de este mundo” y como “Padre de la mentira”, provocando toda clase de males y de desgracias entre los hombres. Por otra parte, quien dice no creer en el Demonio y en las brujerías, comete un pecado contra la fe en Jesucristo, porque la Escritura dice que Jesús vino para “destruir las obras del Demonio”.

         En nuestros días, la práctica de la brujería, de la hechicería, de la wicca, del ocultismo, del gnosticismo, del satanismo, ha alcanzado niveles jamás vistos en la historia de la humanidad. Y los primeros que encabezan la lista de los que practican estos actos malvados y supersticiosos, son los católicos. Debemos tener mucho cuidado en acudir a brujos y curanderos, porque es un pecado mortal, que no dejará de ser tenido en cuenta en el día del Juicio Particular, en el día de nuestra muerte. Por eso mismo, acudamos a los santos de la Iglesia Católica, como San Expedito, para buscar, no la solución a nuestros problemas mágicamente, sino la unión por la fe y por el amor a Jesús crucificado y a Jesús Eucaristía, que eso es lo que quiere Dios de nosotros. Dios no nos da esta vida para que vivamos sin problemas: la vida terrena está llena de tribulaciones, pero es para que nos unamos a Cristo Jesús, en la Cruz y en la Eucaristía, para sobrellevar las tribulaciones unidos a Él. Y será Jesús, el Hombre-Dios, y no los brujos, servidores del Demonio, quien nos de el alivio que buscan nuestros corazones.

viernes, 30 de abril de 2021

San José, Patrono de los trabajadores

 


         El trabajo dignifica al hombre, ya que es un mandato divino en el Génesis: “Ganarás el pan de cada día con el sudor de tu frente”. Dios mismo da el ejemplo, pues Él “trabaja” –es un antropormorfismo, una manera de adecuar el hecho a la capacidad de interpretación del hombre- cuando Él crea el mundo, pues la Sagrada Escritura dice que “Dios creó el mundo y al séptimo día descansó” y el descanso viene luego de, obviamente, una ardua jornada de trabajo.

         Ahora bien, el trabajo ha sido, más que dignificado, santificado por el Hombre-Dios Jesucristo, pues siendo Él Dios en Persona, la Segunda de la Trinidad, quiso encarnarse en una humanidad, la humanidad santísima de Jesús de Nazareth y quiso, a través de esa humanidad, trabajar y como todo lo que Dios hace es santo, santificó el trabajo. Es decir, a partir de Cristo, el trabajo humano se convierte –siempre ofrecido a Dios como un sacrificio por medio de Jesucristo- en un medio de santificación del alma y un medio para alcanzar, meritoriamente, el Reino de los cielos. El hombre que trabaja imita, por un lado, a Dios Padre, quien “trabajó” en la Creación del universo visible e invisible; por otro lado, imita al Hombre-Dios Jesucristo, quien por la Encarnación, debió trabajar para ganar el sustento diario para su familia, ayudando a San José en su labor de carpintería.

         El trabajo, además de ser una virtud, porque con él se cumple el mandato divino de ganar el pan con el sudor de la frente, es también un medio de santificación del alma, pues cuando el trabajo –bien hecho, con la mayor perfección posible, porque no se puede ofrecer a Dios un trabajo hecho con mala gana-, se convierte en un camino para ganar, con méritos, el Reino de los cielos. Trabajar, para el cristiano, tiene una profunda connotación religiosa, pues une al alma a Dios Padre y a Dios Hijo y también a Dios Espíritu Santo, porque esta unión es realizada por el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor del Padre y del Hijo.

         Quien no trabaja –no porque no puede, ya que hay gente verdaderamente impedida de trabajar-, se aleja de la Trinidad, comete el pecado capital de la pereza y se acerca e imita al Padre de la pereza, el Demonio, quien en su odio contra Dios y el hombre, incita a éste último a no trabajar, para que precisamente no se parezca a Dios en su trabajo y no gane el Cielo con su trabajo. El perezoso, el que pretende ganar dinero sin trabajar, a costa del trabajo de los demás, no solo es una carga social, pues toda la sociedad debe aportar, forzadamente, para su manutención, sino que además se convierte en un agente de Satanás en el mundo y en un reclutador de futuros habitantes del Infierno, puesto que la pereza es un pecado capital y quien muere en pecado capital, se condena. Por esta razón, no da, absolutamente, lo mismo, trabajar que no trabajar: quien trabaja configura su alma a Dios Trino, posee en su corazón a Dios Hijo y hace méritos para ganar el Cielo; quien no trabaja, configura su alma al Perezoso por antonomasia, el Demonio, expulsa de su corazón a Dios Trino y entroniza al Demonio y se hace acreedor de un lugar fijo en el Infierno. Puede suceder, en algunos casos excepcionales, y por corto plazo de tiempo, que una familia necesite ayuda extra del Estado y de organizaciones no gubernamentales para poder subsistir durante un tiempo; pero si esta ayuda económica se prolonga de generación en generación, de manera que en una familia se dan tres, cuatro o cinco generaciones que no trabajan porque reciben subsidios del Estado, entonces en ese caso hay un deliberado deseo de no trabajar, de vivir sin trabajar, de vivir del dinero y el esfuerzo de los demás –lo cual, además de la pereza, le agrega el pecado del robo- y eso constituye un círculo vicioso que ningún cristiano, que se llame cristiano católico, puede permitirle, por el honor de su condición de católico y de hijo de Dios. El hijo de Dios debe desear parecerse a su Padre adoptivo, Dios Padre y al Hijo de Dios, Cristo Jesús, para ganar el pan con el sudor de su frente, para dignificarse a él y a su familia y para así ganar el Cielo. En este sentido, un ejemplo insuperable de trabajador infatigable, que vivió siempre con lo justo, pero sin que nunca le faltara nada para su familia, la Sagrada Familia de Nazareth, es San José, quien como padre adoptivo de Jesús y como esposo meramente legal de María Santísima, trabajó incansablemente para lograr el sustento de la Sagrada Familia. Según la Tradición, San José trabajó hasta el día de su muerte, pues fue en ocasión de acudir a un pueblo cercano, en medio de una tormenta de nieve, para cumplir un encargo de carpintería, lo que lo enfermó gravemente de neumonía, llevándolo a morir por esta enfermedad, en brazos de Jesús y María.

         No nos dejemos llevar por organizaciones anti-cristianas, como el socialismo, el comunismo ateo, el laicismo, que exaltan al trabajador pero solo para usarlo como propaganda para sus fines políticos, pues no desean la prosperidad del trabajador, sino su esclavización y el uso inhumano de su trabajo en beneficio propio y en cambio, imitemos a San José, Patrono de los trabajadores, para que con nuestro trabajo diario, hecho de cara a Dios y ofrecido a Él como sacrificio en Cristo Jesús, nos ganemos dos cosas: el pan de cada día y el Reino de los cielos.

jueves, 22 de abril de 2021

Santa Catalina de Siena

 


         Vida de santidad[1].

         Catalina nació en Siena, Italia, el 25 de marzo de 1347 y era la vigésimo cuarta hija de Santiago y Lapa Benincasa. A los quince años entró a la Tercera Orden de Santo Domingo, comenzando una vida de penitencia muy rigurosa. A los diecinueve años de edad celebró su matrimonio místico con Cristo. Nuestro Señor se le apareció y le dijo: “Ya que por amor a Mi has renunciado a todos los gozos terrenales y deseas gozarte solo en Mí, he resuelto solemnemente celebrar Mi esposorio contigo y tomarte como mi esposa en la fe”. Entonces Jesús puso un anillo de oro en el dedo de Catalina, y dijo: “Yo, tu creador y Salvador, te acepto como esposa y te concedo una fe firme que nunca fallará. Nada temas. Te he puesto el escudo de la fe y prevalecerás sobre todos tus enemigos”[2].

         Mensaje de santidad.

         Existen varios episodios de la vida de Santa Catalina que nos dejan, cada uno de ellos, un gran mensaje de santidad. Por ejemplo, al Papa, a quien ella llamaba con el nombre de “dulce Cristo en la tierra”, le reprochaba la poca valentía y lo invitaba a dejar Aviñón y regresar a Roma, con estas palabras: “¡Ánimo, virilmente, Padre! Que yo le digo que no hay que temblar”. Por estas valientes y decisivas palabras, dirigidas al Vicario de Cristo, es que el Papa regresó a Roma y así puso fin a la crisis que se había desatado en la Iglesia. Esto nos enseña, por un lado, que aun el Papa necesita consejos y mucho más como en este caso, que provienen del cielo, aunque son transmitidos por un instrumento humano; por otro lado, nos enseña que los enemigos de la Iglesia, que están dentro de Ella y quieren destruirla a toda costa, son también nuestros enemigos y debemos actuar en consecuencia, como lo hizo Santa Catalina, obrando por la oración y la acción, en este caso, dando el consejo espiritual al Santo Padre.

En otra ocasión, a un joven condenado a muerte y a quien ella había acompañado hasta el patíbulo, le dijo en el último instante: “¡A las bodas, dulce hermano mío, que pronto estarás en la vida duradera!”. Con estas palabras, la santa evidencia la gran verdad de nuestra fe católica, que es creer en la vida eterna, la cual comienza una vez atravesado el umbral de la muerte terrena, aunque por supuesto que, para llegar a esta vida eterna, se debe creer en Cristo como Dios Hijo encarnado y estar en estado de gracia en el momento de la muerte. Otro mensaje de santidad, por último, proviene de su condición de religiosa, como consagrada a Dios: Nuestro Señor se le apareció en la celda y le ofreció dos coronas, una de oro y otra de espinas, invitándola a elegir la que quisiera. La santa respondió: “Yo deseo, oh Señor, vivir aquí siempre conformada a tu pasión y a tu dolor, encontrando en el dolor y el sufrimiento mi respuesta y deleite”. Entonces, Santa Catalina eligió la corona de espinas y con decisión la tomó y la presionó con fuerza sobre su cabeza[3]. Esto nos enseña que también nosotros, aunque no se nos aparezca Jesús ofreciéndonos una corona de oro y otra de espinas, debemos elegir llevar la corona de espinas, aunque sea espiritual y moralmente: si Él está en la Cruz coronado de espinas, nosotros no podemos, en esta vida, llevar una corona de oro. En la otra vida, si morimos en gracia, Dios nos concederá la corona de gloria, infinitamente más valiosa que la corona de oro, pero mientras vivamos en esta vida terrena, debemos elegir, como Santa Catalina de Siena, la corona de espinas, para así vivir continuamente unidos a Cristo crucificado.