San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 1 de agosto de 2023

San Juan María Vianney

 



         Vida de santidad[1].

         San Juan María Vianney fue un presbítero que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia de san Juan Bautista que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia. El Santo Cura de Ars llamaba a la conversión por medio de una incansable prédica desde el púlpito, en las Misas, prédicas que iban precedidas por la oración y por la penitencia que el mismo santo realizaba diariamente. Es decir, el Cura de Ars predicaba y llamaba a la conversión no solo de palabra, sino también con el ejemplo, puesto que él mismo hacía grandes penitencias. En su biografía se narra que el Cura de Ars pasaba horas ininterrumpidas en el confesionario, alimentándose solamente con papas apenas cocidas y sin condimentar, que colgaban en la puerta del confesionario. Podríamos decir que el Cura de Ars suplía, con sus penitencias, las penitencias que los que se iban a confesar no hacían o lo hacían de manera imperfecta. Todos los días catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la Eucaristía, difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas, hasta el día mismo de su fallecimiento en el año1859. La fecha de canonización del Santo Cura de Ars es el 31 de mayo de 1925 y fue canonizado por el Papa Pío XI.

         Mensaje de santidad[2].

         Uno de los principales mensajes de santidad del Santo Cura de Ars está relacionado con los ataques del demonio que continuamente sufría el santo -son conocidas las tentaciones y persecuciones que sufría el santo por parte del Demonio, además de que lo golpeaba, le quemaba su cama o los objetos de su dormitorio parroquial; otra táctica que empleaba el Demonio era no dejarlo dormir para que no pudiera descansar bien, con el fin de desalentarlo de su actividad parroquial- y estos ataques del demonio no se debían a que el Cura de Ars hiciera grandes prodigios, milagros, curaciones milagrosas -las que, por otra parte, sí sucedían-, sino a que el Cura de Ars pasaba horas y horas, todos los días, confesando a los penitentes, obteniendo la conversión eucarística de los fieles, quienes salían del confesionario dispuestos a vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia. Si se tiene en cuenta que la confesión sacramental es más poderosa y ejerce mayor bien al alma que un exorcismo, entonces nos podemos dar cuenta de por qué el demonio mostraba un particular odio al Santo Cura de Ars: porque por el Sacramento de la Penitencia o Confesión, el Cura de Ars le arrebataba las almas que el demonio tenía entre sus garras, para entregárselas al Sagrado Corazón de Jesús, por medio del Inmaculado Corazón de María. Los acosos tomaban diferentes formas: a veces, el maligno lo asediaba como una bandada de murciélagos que infestaban la habitación, otras como ratas que recorrían su cuerpo; en otras ocasiones, lo arrastraba desde la cama hacia el suelo; también lo molestaba con todo tipo de ruidos molestos.

         Como dijimos, la principal razón por la que el demonio atacaba al santo Cura de Ars era que, como santo confesor, salvaba cientos de almas para Cristo. San Juan María Vianney ejerció este sacramento de modo eminente -pues ocupaba la mayor parte de su actividad pastoral- y ejemplar – por el extraordinario don que Dios le concedió para la confesión. Al canonizarlo, la Iglesia reconoció que el Espíritu Santo obró grandes cosas a través de este humilde párroco de pueblo. Se dice que varios testigos veían luces sobrenaturales alrededor de su persona, que levitaba y que realizó varios milagros, además de recibir un don especial para expulsar demonios de los posesos.

         El Santo Cura de Ars poseía un don especial, llamado “discernimiento de espíritus”; por este don, el Cura de Ars podía conocer los secretos de los corazones y por esto no había pecado que no conociera de quienes acudían a la confesión. Este don del Espíritu Santo hacía que los pecadores más tenaces se reconciliaran con Cristo luego de confesarse con el Cura de Ars. Parte de este don, por ejemplo, consistía en que Dios le permitía conocer quiénes eran los que más necesitaban el sacramento y él los llamaba a confesarse sin hacer fila. Hacia el final de su vida, por lo menos los últimos diez años, los peregrinos que buscaban la reconciliación a través del Cura de Ars debían esperar ¡hasta sesenta horas!, tal era la cantidad de almas que acudían a la confesión. Esto molestaba mucho al demonio, quien le dijo a través de un poseso: “Tú me haces sufrir. Si hubiera tres como tú en la tierra, mi reino sería destruido. Tú me has quitado más de 80.000 almas”. Por esta labor de confesor incansable y las gracias que Dios dispensaba a través de este gran santo, San Juan María Vianney era asediado constantemente por el maligno. El santo reconocía cómo los ataques estaban vinculados a su trabajo pastoral y menciona qué hacía para combatirlos: “Me vuelvo a Dios, hago la señal de la cruz y digo algunas palabras de desprecio al demonio. Por lo demás, he advertido que el estruendo es mucho mayor y los asaltos se multiplican, cuando al día siguiente ha de venir algún gran pecador”. Con cierto humor el santo Cura de Ars decía: “El Garras es muy torpe, él mismo me anuncia la llegada de grandes pecadores”. Entre otras muchas enseñanzas, el Santo Cura de Ars nos revela cuán importante es el Sacramento de la Confesión, por medio del cual el alma se ve libre de sus pecados y colmada con la gracia santificante, que lo hace partícipe de la vida de la Santísima Trinidad.

 

 

domingo, 5 de agosto de 2018

San Juan María Vianney



         Vida de santidad[1].

San Juan María Vianney nació en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. En esa época estalló la revolución anticristiana llamada “Revolución Francesa”, que procuraba destruir todo lo que fuera cristianismo. Como la Revolución perseguía a los cristianos, tanto él como su familia debían asistir a misa a escondidas, ya que se arriesgaban a la pena de muerte si los sorprendían en misa.
San Juan María Vianney quería entrar en el seminario, pero en vez de eso, fue reclutado por la Revolución a los 17 años, pero finalmente terminó desertando de ese ejército anticristiano. Regresó a su hogar en 1810, cuando Napoleón decretó el perdón para los que se habían ausentado del ejército.
Trató de ir a estudiar al seminario pero le costaba muy mucho aprender; tanto, que los profesores lo echaron mientras decían: “Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada”.
Viajó en peregrinación hasta la tumba de San Francisco Regis, para pedirle a ese santo que lo ayudara a ingresar en el seminario nuevamente. Finalmente, logró entrar en un pequeño seminario, aunque siguió experimentando grandes dificultades para aprender, aun cuando ponía todo su empeño y voluntad.
Después de tres años de preparación, se presentó a los exámenes del seminario, pero no pudo responder a ninguna pregunta, por lo que se negaron a que fuera ordenado sacerdote.
Pero su gran benefactor, el Padre Balley, no se dio por vencido, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Obispo. Éste, al oír todas estas cosas les preguntó: “¿El joven Vianey es de buena conducta?”. Ellos le respondieron: “Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo”. “Pues si así es que sea ordenado sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás”.
Y fue así que el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, llegando a ser el más famoso párroco de su siglo.
Y el 9 de febrero de 1818 fue enviado a la parroquia más pobre, ubicada en el pueblo de Ars. Solo tenía trescientos setenta habitantes y a la misa dominical asistían solamente un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: “Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferencian de los ancianos, es en que... están bautizadas”. Además, el pequeño pueblo estaba repleto de cantinas y de bailaderos. San Juan María Vianney estuvo allí como párroco durante cuarenta y un años, cambiando radicalmente la situación.
El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su parroquia: rezar mucho, sacrificarse lo más posible y hablar claro y preciso. Compensaba la falta de asistencia a misa haciendo horas seguidas de adoración eucarística. Por la cantidad de cantinas y bailantas, el párroco hizo impresionantes penitencias para convertirlos. Por ejemplo, durante años solamente se alimentó día con unas pocas papas cocidas. Los lunes cocinaba una docena y media de papas, que le duraban hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. En sus sermones, predicaba contra los vicios y las malas costumbres.
Al aumentar su fama, el Padre Vianney es injustamente criticado, lo que lleva al Obispo a enviar a un visitador para que escuche sus sermones y le diga qué cualidades y defectos tiene este predicador. A su regreso, el Obsipo le pregunta: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?”. “Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. “¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones?” - pregunta Monseñor-. “Sì, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. El Obispo entonces responde: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”.
Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendando al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones.
El Santo Cura de Ars entabló luchas espirituales y hasta físicas con el Demonio, puesto que éste lo odiaba debido a todas las almas que le arrebataba, llegando incluso a prenderle fuego a su cama y a su habitación. Una vez le gritó: “Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo”.
Un día en una misión en un pueblo, sucedió que varios sacerdotes jóvenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran inventos del Padre Vianey. El párroco los invitó a que fueran a dormir en su propio dormitorio y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: “Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches”. Sin embargo, no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.
Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: “Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio”. Sin embargo, fue en ese oficio en donde desplegó una sabiduría, ciencia e inteligencia sobrenaturales, puesto que lo que allí vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no la vana ciencia.
Pasaba doce horas diarias en el confesionario durante el invierno y dieciséis durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación, obteniendo en el confesionario abundantes e impresionantes conversiones. Desde 1830 hasta 1845 llegaron trescientas personas por día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianey. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron cien mil. Junto a la casa curial había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.
El santo sacerdote se levantaba a las doce de la noche; hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. De ocho a once confesaba mujeres. A las once daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traído. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas. De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios. En el confesionario sufría los rigores propios del invierno y del verano, pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: “El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”. Ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas. Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando. Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa y se cerraron muchas cantinas y bailaderos.
Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiéndole perdón por todo, como si él hubiera sido quien hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.

Mensaje de santidad.

Además  de su vida en sí misma, que es todo un mensaje de santidad, podemos decir que su mensaje de santidad está reflejado en el diálogo que mantuvieron el Obispo y el visitador que éste había mandado para que evaluara sus sermones: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?”. “Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. “¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones?” - pregunta Monseñor-. “Sì, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. El Obispo entonces responde: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”.
Lo que importa en esta vida es que las personas se conviertan a Jesucristo, que dejen de pensar en las cosas terrenas y piensen en las eternas y que deseen ganar el cielo, para lo cual tienen que conocer y meditar acerca de lo que les predicaba el Santo Cura de Ars: muerte, juicio particular, purgatorio, cielo e infierno. Si el sacerdote no predica de estas cosas, está predicando otra religión que no es la Santa Religión Católica.

viernes, 4 de agosto de 2017

San Juan María Vianney y su advertencia contra el pecado mortal


         En una de sus famosas homilías, San Juan María Vianney advertía así acerca del pecado mortal y sus consecuencias: “Por una blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos de placer… ¡Por dos minutos de placer perder a Dios, tu alma, el cielo... para siempre!”. En realidad, lo que hace aquí es enumerar solo a algunos de los grupos nombrados en las Escrituras, cuyos integrantes no entrarán en el Reino de los cielos: “Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 20-21). Y en el Apocalipsis[1], se dice así: “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
         Quienes formen parte de estos grupos, no entrarán en el Reino de los cielos, pero no porque Dios no desee, sino porque ellos, libremente, eligieron no entrar en el Reino de los cielos; libremente, eligieron el pecado, que es malicia del corazón en acto puro, deseado y querido y elegido libre y voluntariamente –hechicería, idolatría, magia, brujería, embriaguez, discordia, impureza corporal y espiritual-, y puesto que Dios es Espíritu Purísimo, nadie que tenga malicia, deseada y querida voluntariamente, para siempre, puede estar ante su Presencia, y es por eso que, si el alma no se arrepiente antes de morir, inevitablemente se auto-condenará en el Infierno.
         Luego, de una manera muy gráfica, el Cura de Ars da un ejemplo, para que tomemos conciencia de lo que significa, en la realidad del mundo espiritual y a los ojos de Dios, el pecado mortal. Dice así San Juan María Vianney: “Hijos míos, si veis a un hombre levantar una gran hoguera, apilar la leña, y le preguntáis qué es lo que hace, os responderá: Preparo el fuego que debe quemarme. ¿Qué pensaríais si vierais a este mismo hombre aproximarse a la llama de la hoguera y, cuando está encendida, echarse dentro? ¿Qué diríais? Al pecar, eso es lo que nosotros hacemos. No es Dios quien nos echa al infierno, somos nosotros por nuestros pecados. El condenado dirá: ¡He perdido a Dios, mi alma y el cielo: y es por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa! ¿Se levantará para volver a caer?”. Para el Santo Cura de Ars, el pecado mortal es el equivalente a que un hombre levante una gran pira de fuego y se arroje vivo, libre y voluntariamente en ella, para perecer quemado, con la diferencia de que el fuego del Infierno no se apaga nunca y no consume, ni el alma ni el cuerpo, quemando alma y cuerpo y provocando dolores insoportables, por toda la eternidad.
         En nuestros días, en los que la inmoralidad es ensalzada a virtud y la contra-natura a derecho humano; en nuestros días, en los que por medio de la ideología de género se pretende pervertir al hombre desde la niñez, enseñándola obligatoriamente en las escuelas; en nuestros días, en los que la brujería, la magia blanca y negra, la hechicería, el ocultismo, no son vistos como pecados abominables a los ojos de Dios, sino que son presentados como algo bueno, atractivo e inocente a través de películas como Harry Potter y a través de innumerables series destinados a los más pequeños, en los que la magia es algo bueno y agradable; en nuestros días, en los que el aborto y la eutanasia, que son homicidios, son presentados como derechos humanos; en nuestros días, en los que los países y los hombres no dudan un segundo en emprender guerras homicidas, motivados por ideologías perversas como el comunismo, el liberalismo, que en el fondo no son sino idolatrías encubiertas al dinero y por lo tanto al Demonio; en nuestros días, en los que la humanidad prepara un gigantesco horno de fuego para arrojarse voluntariamente en él, las palabras de advertencia del Santo Cura de Ars, acerca del pecado mortal y sus consecuencias, la eterna condenación en el Infierno, son más actuales, precisas y necesarias que nunca.



[1] (21, 8).

jueves, 4 de agosto de 2011

San Juan María Vianney y la felicidad del hombre









¿Qué hay que hacer para encontrar la felicidad? Todo hombre desea ser feliz, y busca la felicidad desde que nace, pero es una realidad que, en el mundo de hoy, muy pocos se dicen plenamente felices.



El mundo, con sus atractivos -dinero, éxito, fama mundana, poder, placer, tener-, induce a buscar la felicidad en donde no se encuentra y, por esto mismo, aunque en el siglo XXI el hombre ha alcanzado logros científicos y tecnológicos que permiten la construcción -al menos teórica- de un "mundo feliz", los índices de depresión y de suicidio van en constante aumento.



Esto quiere decir que, a pesar de las estaciones espaciales; a pesar de los bio-fármacos; a pesar del aumento de expectativa de vida; a pesar de los televisores plasma y del fútbol omnipresente en directo; a pesar de las carreras de fórmula, de campeonatos de tenis y de copas "Champions" que llenan el día domingo; a pesar de los sistemas económicos y políticos -liberalismo y comunismo materialista- construidos a pedir del hombre; a pesar de las leyes pretendidamente "humanas" que legitiman, en la práctica, todo deseo del corazón humano -olvidando que "es del corazón humano de donde nacen todos los males" (cfr. )-; a pesar de este "mundo feliz", construido por la técnica, la ciencia y la tecnología, no hay felicidad en el corazón de los hombres.



¿Por qué?



Porque en el "mundo feliz" de hoy, materialista, relativista, ateo, hedonista, el hombre hace de todo para ser feliz, menos lo que debe hacer, según el cura de Ars: orar y amar. Dice así San Juan María Vianney en su "Catecismo sobre la oración: "El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo". Es en la oración en donde el alma encuentra a Dios, y al concederle Dios la dulzura de su Amor, el alma se siente capaz de amarlo cada vez más, encontrando aquí la felicidad, y así reza más, y al rezar más, recibe más amor para amar más a Dios, entrando en un círculo virtuoso del que no se quiere salir: oración-amor-felicidad.



La oración es gustar anticipadamente el cielo; es gustar algo dulce como la miel; es ver desaparecer las penas como la nieve desaparece ante el sol, según el Santo Cura de Ars: "La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol".



¿Por qué el hombre no es feliz? Porque no reza y, aún cuando reza, no lo hace "con fe viva y corazón puro": "Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro".



En síntesis, "orar y amar". He aquí la "receta" de la felicidad del cura de Ars.