San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 3 de octubre de 2013

San Francisco de Asís y los estigmas de Jesús


         Según narra el mismo San Francisco de Asís, el santo recibió los estigmas un día de agosto de 1244, en un lugar denominado “Monte Avernia”. Jesús se le apareció crucificado, con las alas de un querubín, y rodeado de otros ángeles; en un momento determinado, salieron rayos luminosos de las manos de Jesús, de su costado traspasado y de sus pies, y esos rayos fueron los que formaron los estigmas en San Francisco.
         San Buenaventura describe así la presencia de los estigmas en San Francisco, presencia confirmada por numerosos testigos: “Al emigrar de este mundo, el bienaventurado Francisco dejó impresas en su cuerpo las señales de la pasión de Cristo. Se veían en aquellos dichosos miembros unos clavos de su misma carne, fabricados maravillosamente por el poder divino y tan connaturales a ella, que, si se les presionaba por una parte, al momento sobresalían por la otra, como si fueran nervios duros y de una sola pieza. Apareció también muy visible en su cuerpo la llaga del costado, semejante a la del costado herido del Salvador. El aspecto de los clavos era negro, parecido al hierro; mas la herida del costado era rojiza y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban al tacto tan blandos y flexibles, que parecían haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia. "Tan pronto como se tuvo noticia del tránsito del bienaventurado Padre y se divulgó la fama del milagro de la estigmatización, el pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor. Muchos ciudadanos de Asís fueron admitidos para contemplar y besar las sagradas llagas. "Uno de ellos llamado Jerónimo, caballero culto y prudente además de famoso y célebre, como dudase de estas sagradas llagas, siendo incrédulo como Tomás, movió con mucho fervor y audacia los clavos y con sus propias manos tocó las manos, los pies y el costado del Santo en presencia de los hermanos y de otros ciudadanos; y resultó que, a medida que iba palpando aquellas señales auténticas de las llagas de Cristo, amputaba de su corazón y del corazón de todos la más leve herida de duda. Por lo cual desde entonces se convirtió, entre otros, en un testigo cualificado de esta verdad conocida con tanta certeza, y la confirmó bajo juramento poniendo las manos sobre los libros sagrados”[1].
         El fenómeno místico de los estigmas es un hecho sorprendente, que remite a la Pasión de Jesucristo, porque se  trata de un don celestial por el cual el santo que los lleva, hace realidad en su cuerpo y en su alma las palabras de San Pablo: “completo en mi cuerpo lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24), prolongando de esta manera la Pasión redentora de Jesús. En otras palabras, los estigmas, que son las lesiones visibles de la Pasión de Jesús, hacen presente y actual, no solo en la memoria de los hombres, sino en la vida real, a Jesús que, a través de los místicos, continúa sufriendo y ofreciendo sus sufrimientos por la salvación de las almas.
         Pero los estigmas también nos conducen a otra realidad, invisible, pero no por eso menos real y asombrosa: si los estigmas visibles de santos como San Francisco de Asís –y también Padre Pío- nos remiten a la Pasión redentora de Jesús, también la Santa Misa nos conduce a la misma Pasión, porque cuando el sacerdote impone las manos sobre las ofrendas del pan y del vino, no es él, el sacerdote ministerial, en cuanto hombre –creado, limitado, imperfecto-, quien consagra las ofrendas y las transubstancia, sino Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, quien por medio de las manos del sacerdote ministerial, extiende sus manos, que contienen las heridas de los clavos, para convertir el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre. Y si en San Francisco de Asís la herida del costado recordaba la herida del costado de Cristo, en la Misa, por la acción de la consagración de las manos estigmatizadas de Cristo que obran por medio de las manos del sacerdote ministerial, se hace presente en la patena, más que el recuerdo de la herida de Cristo, el mismo Sagrado Corazón, que late con la fuerza invencible del Amor Divino.
         Al recordar entonces los estigmas de San Francisco de Asís, recordemos que en la Santa Misa, Cristo Sacerdote, con sus manos con los estigmas glorificados pero invisibles, a través de las manos del sacerdote ministerial, convierte el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y nos deja su Sagrado Corazón para que, consumiéndolo, seamos a la vez consumidos por el Fuego del Amor Divino, el mismo que imprimió las llagas en San Francisco de Asís.



[1] San Buenaventura, Leyenda Mayor de San Francisco 15,4.

martes, 1 de octubre de 2013

Qué hacen nuestros Ángeles en el cielo y en la tierra

         
    Debido a que están en contacto con la eternidad y el tiempo -enviando mensajes de Dios, desde la eternidad, a los hombres, que viven en el tiempo, y llevando la respuesta de los hombres a Dios-, los ángeles realizan, por así decirlo, dos tipos de actividades, en el cielo y en la tierra.
         ¿Qué hacen en el cielo? En el cielo, adoran al Cordero, que está en el trono de Dios, postrándose en su Presencia, cantando y exultando de alegría, y pasan de éxtasis en éxtasis de amor por siglos sin fin. También transmiten los mensajes de Dios a los hombres –y por eso “ángeles” quiere decir “mensajeros”-, pero su tarea principal es contemplar, adorar y amar al Cordero en su trono, el altar de los cielos.
         ¿Y en la tierra? En la tierra, nuestros Ángeles Custodios adoran al Cordero, que está en su trono, la Cruz sacrosanta, que se eleva majestuosa y radiante de gloria divina en el altar eucarístico y junto con el sacerdote ministerial, recogen en el cáliz, en cada Santa Misa, la Sangre preciosísima que mana de sus manos, de sus pies y de su costado traspasado, para darla de beber a quienes, como ellos, adoran y aman al Hombre-Dios. Nuestros Ángeles Custodios adoran también al Cordero en los sagrarios, sobre todo en los sagrarios en los que Él ha sido abandonado y dejado solo, y cuando no están adorando, van presurosos hasta los hombres que viven en las tinieblas, para susurrarles al oído que el Cordero está solo y esperando por ellos en su Prisión de Amor y, una vez entregado el mensaje, regresan a su puesto de adoración. Algunas veces, su mensaje es escuchado; otras, las más, es ignorado.

         

lunes, 30 de septiembre de 2013

Santa Teresita de Lisieux


         “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. ¿Qué es lo que quiere decir Santa Teresita con esta frase? ¿Se trata de la frase poética de una joven religiosa? ¿Es la expresión de un amor idealista y subjetivo, que nada tiene que ver con la realidad?
         No se trata  ni de una frase poética, ni es la expresión de un amor idealista y subjetivo; por el contrario, se refiere a un proceso de conversión espiritual experimentado en la realidad por el alma por la comunión eucaristica. Cuando Santa Teresita dice: “En el corazón de la Iglesia seré el Amor”, se está refiriendo a un proceso real de conversión que sucede en el alma humana por efecto de la comunión eucarística: debido a que Cristo es la Misericordia Divina encarnada o también, el Amor de Dios materializado en un cuerpo humano, y debido a que este Amor Divino está en Acto de Ser en el Cuerpo, en el Alma y en el Corazón humano de Cristo -el cual se encuentra glorificado en la Eucaristía-, cuando un alma comulga la Eucaristía, no es ella quien la asimila a sí, sino que es la Eucaristía, es decir, el Amor Divino de Cristo latente en su Sagrado Corazón, quien asimila a sí al alma, convirtiéndola en Amor, es decir, en sí mismo, por la potentísima fuerza del Amor de Dios.
Esto es así porque en realidad, cuando comulgamos, no somos nosotros los que comulgamos la Eucaristía, sino Cristo quien nos comulga a nosotros, como dice San Agustín, y es así entonces que, de la misma manera a como un alimento ingerido por el hombre es convertido, por la acción de la fuerza vital del alma en algo nuevo -los nutrientes-, asimilándolo a través del cuerpo para sí, así Cristo, cuando nos comulga, convierte al alma, por la potente acción del Espíritu Santo, en algo nuevo, en una parte de sí, por así decirlo, y como Él es Amor, aquello en que es convertida el alma, por efecto de la comunión, es en Amor. Comulgada por el Amor, es convertida en Amor, y es a esto a lo que se refiere Santa Teresita del Niño Jesús cuando dice: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”, es decir, “En el corazón de la Iglesia, la Eucaristía, yo seré el Amor, yo seré Eucaristía”. Esta transformación del alma por efecto del Amor contenido en el Sagrado Corazón eucarístico de Jesús, está al alcance de todos y cada uno de los bautizados; el único límite a esta transformación está dado por el que comulga, puesto que la comunión distraída, mecánica, poco piadosa, o con algún resquicio de enojo, dificulta, retrasa o impide dicha transformación.
Si comulgáramos con el corazón abierto al Amor Divino y dejáramos que el Sagrado Corazón eucarístico de Jesús obre como Él lo desea, también nosotros deberíamos decir: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor, yo seré la Eucaristía”.

domingo, 29 de septiembre de 2013

San Jerónimo


         Para San Jerónimo -llamado “Padre de las ciencias bíblicas” por el estudio erudito de la Sagrada Escritura, estudio al que consagró toda su vida-, el hecho de desconocer la Biblia –tanto por falta de lectura, como por falta de interpretación según la fe de la Iglesia-, es equivalente a desconocer al mismo Cristo en Persona: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”. Y en otro lugar: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”. Aquel que desconoce las Escrituras, dice San Gerónimo, no tiene la vida de Dios en sí mismo, porque desconoce a Cristo, que es la Vida eterna en Persona. Y al revés, también es cierta esta afirmación: quien conoce la Escritura, no solo a través del estudio científico de la misma, sino ante todo por interpretarla de acuerdo a la fe de la Iglesia, conoce a Cristo y conoce por lo tanto el camino de salvación eterna que debe recorrer para llegar al Reino de los cielos.
Podemos decir entonces que el mensaje de santidad de San Jerónimo es el siguiente: “Si quieres tener vida eterna, aún viviendo en el tiempo, como anticipo de la plenitud de gloria que recibirás en el Reino de los cielos, aplícate al estudio de la Sagrada Escritura y así conocerás a Cristo, Camino, Verdad y Vida”. Y si este mensaje de santidad es válido para toda persona en cualquier época, es válido hoy más que nunca, en nuestros días, en el que los hombres están agobiados por un mundo materialista y sin Dios que los asfixia y les hace perder el rumbo. El mundo moderno, que ha proscripto a Dios y ha puesto su confianza en la ciencia y la tecnología, no ofrece respuestas frente a los interrogantes del hombre relativos a la vida eterna, y al no encontrar respuestas, el hombre sin Dios pretende vanamente encontrar las respuestas a las preguntas por el sentido de la vida y sobre el más allá, en lugares equivocados: tarot, ocultismo, metafísica esotérica, espiritismo, wicca, etc. Muchos cristianos consultan a adivinos, a astrólogos, a tarotistas, y a cuanto ocultista y vendedor de ilusiones se presenta, y esto lo hacen en vez de acudir a la Sagrada Escritura.

Cuando el cristiano quiere saber algo, ya sea algo relativo a los temas cotidianos, o si quiere indagar acerca de cómo obrar frente a un problema determinado, o si quiere conocer acerca de la vida eterna, no debe recurrir a la oscuridad sino, según San Jerónimo, a la Biblia, en donde encontrará la respuesta a cualquier interrogante que pueda surgir, porque según San Jerónimo, la Biblia es el instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles”, convirtiéndose así “en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”. En otras palabras, según San Jerónimo, no hay ningún interrogante que no pueda ser respondido por la Sagrada Escritura, porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, Cristo, que se encarna en el alma cuando se la lee con fe y con amor.

jueves, 26 de septiembre de 2013

San Vicente de Paúl y la verdadera caridad para con los pobres


         San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad, destinadas a la atención de los pobres y abandonados de la sociedad, es un ejemplo de cómo debe el cristiano obrar la verdadera caridad cristiana para con los pobres. La caridad no es un amor natural, que brote del corazón humano: es el Amor Divino que se expresa y manifiesta a través de la ternura y del amor humano, pero no es amor humano: es Amor Divino, y por lo tanto la caridad que ejerce el cristiano debe tener las mismas características del Amor Divino, características entre las cuales sobresale la gratuidad, es decir, el dar y el donarse a sí mismo sin esperar retribución a cambio.
Esto es lo que diferencia a la caridad cristiana de la beneficencia social, y es lo que impide que la caridad cristiana sea instrumentalizada a favor de mezquinos intereses particulares. Es necesario hacer esta distinción, porque muchos en la Iglesia pretenden utilizar a su favor la asistencia a los pobres, pensando que por asistirlos, Dios habrá de darles en recompensa algún favor, sea material o espiritual. Esta actitud egoísta, que usa del pobre para obtener favores, es lo que ha condenado recientemente el Santo Padre Francisco:
“Algunos alardean, se llenan la boca con los pobres, algunos instrumentalizan a los pobres por interés personal o de su grupo. Lo sé, es humano, pero no está bien”. Y no solo “no está bien”, sino que, el mismo Santo Padre lo dice, es “un grave pecado (…) Sería mejor que se quedasen en casa antes de usar a los pobres por su propia vanidad”[1].
Para combatir esta instrumentalización, el Santo Padre pide que se obre siempre, en este aspecto, “con ternura y humildad”, y son estas dos cosas precisamente las que caracterizan a San Vicente de Paúl, quien sostiene que el hombre de fe debe vivir dos amores: el amor afectivo –como el amor de un padre que acaricia a su hijo pequeño de dos años- y el amor eficaz –el amor de un hijo que corresponde con obras al amor de su padre, aún cuando no se sienta sensiblemente el amor paterno-. Así debe ser el amor del cristiano para con Cristo: afectivo y eficaz, pero como Cristo, además de estar con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, está misteriosamente Presente, también en Persona, en el pobre, en el prójimo pobre y abandonado, es en el pobre en donde se debe practicar y vivir, de modo concreto, la caridad cristiana. Esta Presencia misteriosa de Cristo en el pobre es lo que explica que aquello que se hace a un pobre, se hace a Jesucristo, tanto en el bien como en el mal: “¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? (…) ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer?” (…) Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45).
         San Vicente de Paúl nos enseña, entonces, a vivir el verdadero amor de caridad para con los pobres, un amor desinteresado, que no busca otra cosa que comunicar el Amor Divino, porque en los pobres está Cristo y al servirlos a ellos, se sirve a Cristo: “Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” (C IX, 252).   



[1] Cfr. http://www.americaeconomia.com/node/101354: “El Papa Francisco critica a quien alardea de ayudar a los pobres”.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Santos Cosme y Damián, mártires


          Los santos Cosme y Damián, hermanos gemelos, eran médicos y ejercían su profesión sin cobrar por sus servicios, hecho por el cual se los conocía como "los sin dinero". Su fe en Cristo se traducía en una gran caridad, debido a lo cual los pobladores de Alejandreta, Cilicia, donde vivían, les tenía gran estima, cariño y respeto. Aprovechaban todas las oportunidades que les brindaba su profesión para difundir y propagar la fe cristiana. En consecuencia, al comenzar la persecución, fue imposible que pasaran desapercibidos, siendo detenidos por orden de Lisias, gobernador de Cilicia, para luego ser decapitados, antes de pasar por diversos tormentos.
          Según la Tradición, en el momento de su muerte ocurrieron numerosos prodigios -verificados también en otros mártires, como por ejemplo, San Cristóbal-: las flechas lanzadas por los arqueros regresaban, antes de tocar sus cuerpos, para herir a los que las habían arrojado; salieron indemnes del fuego y no pudieron ser ahogados, a pesar de haber sido hundidos con piedras, etc. Incluso luego de muertos estos prodigios continuaron, como el de aparecerse en sueños a quienes rogaban por ellos, para interceder por su curación.

          Mensaje de santidad

          En una época en la que la ciencia médica ha progresado asombrosamente, pero al mismo tiempo los médicos que la practican se han alejado de la fe en Jesucristo en la misma medida del progreso de la ciencia, el mensaje de santidad de los santos médicos Cosme y Damián señala que la fe en Cristo no solo no es incompatible con la ciencia médica -y con toda ciencia-, sino que es su fundamento -y el fundamento de toda ciencia-, puesto que Cristo, en cuanto Hombre-Dios, es el Creador de aquello que la ciencia médica estudia y a lo cual dedica la totalidad de sus esfuerzos, la persona humana. Todo lo que el médico, en cuanto científico, estudia y analiza, con el objetivo de aplicar su conocimiento médico -esto es, la persona humana-, proviene de las manos creadoras de Cristo Dios, que todo lo ha hecho y hace, en el universo mundo, con suma precisión científica; todo lo que el médico aplica, en cuanto científico, para curar y sanar, proviene también de Cristo Dios, puesto que es Cristo Dios quien ha creado al hombre que, con su inteligencia, hace ciencia, como en el caso del médico.

          Estos argumentos deben -o al menos deberían- conducir al médico a la fe en Jesucristo, puesto negar esto, es negar la evidencia, y una mente científica, como la del médico, se resiste a negar lo evidente. La conmemoración de los santos médicos Cosme y Damián debe servir, por lo tanto, a todo médico -y a todo científico que se precie de tal-, para acrecentar su fe y su amor a Cristo Dios, Médico Divino.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Padre Pío y los estigmas de Jesús


         El Padre Pío, fraile franciscano, recibió los estigmas, es decir, las llagas de la Pasión y crucifixión de Jesús, prolongando de esta manera el idéntico don recibido por San Francisco de Asís. Los estigmas del Padre Pío sangraron abundantemente, desde el momento en que los recibió, en septiembre de 1910, hasta dos días antes de su muerte, momento en que se cerraron.
         Más allá de lo asombroso que resultan en sí mismos, desde el punto de vista médico y científico –heridas abiertas producidas sin causa natural, sangrantes, que a pesar del tiempo transcurrido nunca se infectaron, lo cual contradice todas las reglas de la medicina-, lo más asombroso en los estigmas del Padre Pío está dado por el origen de los mismos y por su significado. En lo que respecta a su origen, los estigmas se originan en Cristo, y por eso deben ser llamados, con más propiedad, “estigmas de Cristo en el Padre Pío”, y representan un cumplimiento literal y material de la frase de San Pablo: “Completo en mi cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo”. Por esto, más que ser el Padre Pío el que sufre por los estigmas de Jesús, es Jesús quien continúa sufriendo su Pasión, a través del Padre Pío, y es este el significado de las llagas: puesto que de las heridas del primer sacerdote estigmatizado de la historia no son suyas, sino que son las de Jesús, la presencia de las heridas en el cuerpo de un sacerdote que vive distante veinte siglos de Jesús, significa que es el mismo Cristo Jesús quien, a través del Padre Pío, continúa derramando su Sangre redentora, por la salvación de las almas.
         De esta manera, el misterio de las llagas del Padre Pío se engrandece al infinito, superando ampliamente el mero interés científico o médico, ya que remiten, por su origen, al Hombre-Dios y a su Pasión salvadora. Y el misterio aumenta aún más, si se considera que las manos de Cristo, perforadas por las llagas, son las que consagran el pan y el vino en el altar, en cada Santa Misa, desde el momento en que el sacerdote ministerial actúa in Persona Christi. En otras palabras, si las manos llagadas del Padre Pío eran las manos llagadas de Jesús hechas visibles, esas mismas manos llagadas, pero ahora invisibles -desde el momento en que el sacerdote ministerial no posee los estigmas-, son las que consagran el pan y el vino en la transubstanciación. Si las llagas visibles del Padre Pío son un misterio insondable, las llagas invisibles de las manos de Cristo que consagran a través de las manos del sacerdote ministerial en la Santa Misa, constituyen un misterio absoluto que supera toda capacidad de comprensión humana y angélica, misterio ante el cual solo caben el asombro, la adoración y la acción de gracias a Dios Trino por tanta misericordia.