San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 24 de septiembre de 2021

San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia

 



         Vida de santidad[1].

         San Jerónimo fue presbítero y asistente del Papa y por sus estudios sobre la Sagrada Escritura, fue declarado doctor de la Iglesia. Nació en Dalmacia y estudió en Roma, cultivando con esmero todos los saberes, y allí recibió el bautismo cristiano. Después, atraído por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética yendo a Oriente, donde se ordenó de presbítero. Ya de regreso en Roma, fue secretario del Papa Dámaso para luego trasladarse a Belén de Judea en donde vivió una vida monástica, dedicándose a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, tarea en la cual se reveló como un erudito insigne, por lo cual fue proclamado tiempo después como “Doctor” de la Iglesia. Ya anciano, murió en olor de santidad en el año 420.

         Mensaje de santidad[2].

Podemos reflexionar acerca del mensaje de santidad de San Jerónimo en algunas de sus sentencias acerca de las Sagradas Escrituras. Así, por ejemplo, San Jerónimo dice: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”, esto es verdaderamente así porque en las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, hablan de Cristo, desde el Génesis, cuando se habla de la “descendencia de la Virgen que aplastará la cabeza de la Serpiente Antigua”, hasta el Apocalipsis, en donde se habla del Cordero de Dios, que es la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, es por esto que, quien desconoce la Biblia, desconoce al Hijo de Dios, Jesús de Nazareth.

Otra frase de San Jerónimo dice así: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”: esto significa que para tener Vida eterna, que no es esta vida humana que tenemos en la tierra, sino la vida misma del Ser divino trinitario, es necesario leer las Escrituras, porque la Palabra de Dios es una Palabra Viva, que da vida divina a quien la lee con fe y con amor.

Otra frase de San Jerónimo es: “Si rezas -escribe a una joven noble de Roma- hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla”: entonces, leer la Escritura es conversar con Dios, como en un diálogo, porque se debe rezar –hablarle a Dios- según lo que nos dice la Biblia y se debe leer la Biblia, como si estuviéramos rezando, con la misma fe, devoción y amor con los que debemos rezar.

Acerca de cómo interpretar la Biblia, dice San Jerónimo: “Un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia”: esto quiere decir que si una interpretación es contraria al Magisterio, entonces esa interpretación es errónea. Un ejemplo de esto lo tenemos en el error de los protestantes con relación a la Eucaristía: para ellos, es sólo un poco de pan bendecido y no lo que dice el Magisterio, que es Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

Otra frase muy importante de San Jerónimo acerca de la Biblia es la siguiente: “Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo”: quiere decir que, para leer e interpretar la Biblia, debemos antes pedir en la oración la iluminación del Espíritu Santo, de lo contrario, caeremos indefectiblemente en el racionalismo, que niega los milagros y los misterios sobrenaturales contenidos en las Sagradas Escrituras.

Para San Jerónimo, la lectura de la Escritura lleva al alma a entregarse a los demás por medio de las obras de misericordia y es así que dice que es necesario “vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo” y estas obras de misericordia están explícitamente reveladas por Jesucristo como obras que nos abren las puertas del Cielo, ya que si no tenemos obras de misericordia, corporales y espirituales, no podremos ingresar en el Reino celestial.

San Jerónimo dice también que la Palabra de Dios “indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad” y esto se a lo largo de todos los libros sagrados que contiene la Biblia, porque en todos se indica qué es lo que conduce al Cielo y qué es lo que conduce al Infierno eterno.

         Por último, a esto tenemos que agregar que, así como San Jerónimo descubrió al Amor de Dios contenido en la Palabra de Dios escrita, la Sagrada Escritura, así nosotros debemos descubrir al Amor de Dios, contenido en la Palabra de Dios sacramentada, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, la Sagrada Eucaristía. Por esto mismo, debemos tener siempre presente que para nosotros, los católicos, la Palabra de Dios se nos dona escrita, en las Sagradas Escrituras y se nos dona como Pan de Vida eterna y como Carne del Cordero de Dios, en la Sagrada Eucaristía.

sábado, 30 de septiembre de 2017

San Jerónimo y su defensa de la virginidad consagrada por encima del matrimonio


         Vida de santidad.[1]

         Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. Fue en esta época cuando empezó su traducción latina de la Biblia. También promovió la vida monástica. Más tarde se estableció en Belén, donde trabajó mucho por el bien de la Iglesia. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura. Murió en Belén el año 420.

         Mensaje de santidad.

         Además de su traducción latina de la Biblia –afirmaba que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”-, San Jerónimo mantuvo una controversia con un hereje llamado Joviniano, quien afirmaba que prácticamente no había diferencias entre la virginidad consagrada y el matrimonio. A esta idea, se le opuso San Jerónimo en numerosas obras suyas.
         En una de ellas, dice así: “Me reprochan algunos que, en los libros que he escrito contra Joviniano, me he excedido tanto en el encomio de las vírgenes como en la difamación de las casadas, y dicen que ya es en cierto sentido condenar el matrimonio ensalzar tanto la virginidad que aparentemente no quede posibilidad de comparación entre la virgen y la casada. Por mi parte, si recuerdo bien la cuestión, el litigio contra Joviniano y nosotros está en que él equipara el matrimonio a la virginidad, y nosotros lo juzgamos inferior; él dice que la diferencia es poca o ninguna; nosotros decimos que es grande”[2]. En otro párrafo, condena a Joviniano por equiparar el matrimonio a la castidad perpetua:  “En suma, que si por voluntad del Señor y por intervención tuya [Joviniano] ha sido condenado, lo ha sido por haberse atrevido a comparar el matrimonio con la castidad perpetua. Porque si se tiene por una misma cosa a la virgen y a la casada, ¿cómo es que Roma no pudo oír el sacrilegio de su voz? Virgen viene de vir, no de partus. No hay nada intermedio: o se acepta mi sentencia, o la de Joviniano. Si se me reprocha que pongo el matrimonio por debajo de la virginidad, alábese al que los equipara; pero, si ha sido condenado el que tenía ambas cosas por iguales, su condenación es aprobación de mi obra”[3].
         En otro párrafo, San Jerónimo considera a la virginidad “como el oro, que es más precioso que la plata”: “No ignoramos “el honor del matrimonio y el lecho conyugal inmaculado” (Heb 13, 4). Hemos leído la primera recomendación de Dios: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gen 1,28); pero de tal manera aceptamos las nupcias, que les anteponemos la virginidad, que nace de las nupcias. ¿Acaso la plata no será plata porque el oro sea más precioso que la plata? ¿O es hacer agravio al árbol y a la mies porque a la raíz y a las hojas, el tallo y aristas, preferimos los frutos y el grano? Al igual que la fruta sale del árbol y el trigo de la paja, así del matrimonio sale la virginidad”[4].
         Si se hiciera una comparación en porcentajes con respecto a los frutos, para San Jerónimo, “el matrimonio representa el 30%, la viudez el 70% y la virginidad el 100%”: “El fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aun cuando nazca de una misma tierra y de una misma semilla, difiere mucho en cuanto al número. El treinta se refiere al matrimonio; pues el mismo modo de cruzar los dedos, que parece se abrazan y se juntan como en suave beso, representa al marido y a la esposa. El sesenta representa a las viudas, que se encuentran en angustia y tribulación, pues también ellas soportan el peso de un dedo superior; y cuanto mayor es la dificultad de abstenerse del atractivo de un placer en otro tiempo probado, tanto mayor será también el galardón. En cuanto al número cien —te ruego, lector, que pongas toda la atención—, no se cuenta con la izquierda, sino con la derecha: se hace un semicírculo con los mismos dedos —no con la misma mano— con los que en la izquierda se significan las casadas y viudas, y de esa forma se expresa la corona de la virginidad» (Jeronimo, Adv. Jov. I, 3)”[5].
Por último, San Jerónimo no condena el matrimonio quien lo llama “plata”, pero declara que la virginidad es “oro”: “Ahora te pregunto: ¿Condena el matrimonio quien así habla? Hemos llamado oro a la virginidad, plata al matrimonio. Hemos declarado que el fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aunque hay mucha diferencia en cuanto al número, se produce de la misma tierra y de la misma semilla. ¿Y habrá todavía algún lector tan malvado que no me juzgue por mis dichos, sino por su propio parecer? Y a decir verdad, he sido mucho más benigno para los matrimonios que casi todos los exegetas griegos y latinos, que refieren el ciento por uno a los mártires, el sesenta a las vírgenes y el treinta a las viudas. De esa forma, según su sentencia, los casados quedan excluidos de la buena tierra y de la semilla del padre de familias”[6].



[2] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2
[3] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2.
[4] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2.
[5] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 2.
[6] San Jerónimo, Carta 49 a Pammaquio, 3.

viernes, 30 de septiembre de 2016

San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia


         Vida de santidad[1].

         Nació en Estridón (Dalmacia) hacia el año 340; estudió en Roma y allí fue bautizado. Abrazó la vida ascética, marchó al Oriente y fue ordenado presbítero. Volvió a Roma y fue secretario del papa Dámaso. En esta época es cuando empezó su traducción latina de la Biblia. Promovió la vida monástica, estableciéndose luego en Belén, en donde murió en el año 420. Escribió gran cantidad de obras, principalmente comentarios de la sagrada Escritura.

         Mensaje de santidad.

         San Jerónimo, gran estudioso de la Biblia, afirmaba que “desconocer las Escrituras, es desconocer a Cristo”: “Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”[2].
Para San Jerónimo es tan importante la Escritura, que no se explica cómo se puede vivir, no sin alimentos para el cuerpo, sino sin “la ciencia de las Escrituras”: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”.
También afirma que la Biblia es el instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles, se convierte de este modo en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”.
Quien lee la Escritura, conversa con Dios: “Si rezas -escribe a una joven noble de Roma- hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla”.
Puesto que la Biblia es de origen sobrenatural y si tratamos de leerla e interpretarla con nuestra razón humana solamente, no seremos capaces de aprehender el misterio y la rebajaremos al nivel de lo que nuestra razón puede entender, San Jerónimo da el criterio para leer e interpretarla: “Un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras es la sintonía con el magisterio de la Iglesia”. Es decir, no se puede leer ni interpretar la Escritura, sino es en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia.
Es en este sentido que afirma: “Estoy con quien esté unido a la Cátedra de San Pedro”; “Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia”: esto quiere decir lo mismo que recién: que la interpretación de la Escritura no se puede hacer al margen del Magisterio de la Iglesia, representado por Pedro.
Nuevamente, afirma la misma idea: “Por nosotros mismos nunca podemos leer la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Biblia fue escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo”. Al ser de origen sobrenatural, si leemos la Escritura solo a la luz de nuestra limitada razón, “encontraremos demasiadas puertas cerradas y caeremos en errores”; sólo el Espíritu Santo, que se manifiesta a través del Magisterio, nos abrirá las puertas de la Sabiduría y evitará que caigamos en penosos errores.
En otras palabras, para el santo, la auténtica interpretación de la Biblia sólo se puede dar cuando se permanece en completa armonía con la fe de la Iglesia Católica, y no según otros credos.
Una consecuencia de la lectura de la Escritura es la misericordia para con el prójimo: “vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo”.
La Palabra de Dios, según San Jerónimo, “indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad”.
         Ahora bien, si todo esto que dice San Jerónimo acerca de la Palabra de Dios escrita, la Biblia, es cierto, todo esto lo podemos aplicar de modo análogo a la Palabra de Dios encarnada, la Eucaristía. Es decir, en cada lugar en donde dice: “Biblia” o “Palabra de Dios”, ponemos “Eucaristía”, con lo cual quedarían así las afirmaciones de San Jerónimo: “¿Cómo es posible vivir sin la Eucaristía, a través de la cual se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”.
Comulgar la Eucaristía es el equivalente a conversar con Dios: “Si comulgas, Él cena contigo y tú con Él”.
Y al igual que sucede con la Biblia, que no puede ser leída e interpretada al margen del Magisterio de la Iglesia Católica y de la fe de Pedro, el Vicario de Cristo, tampoco la fe en la Eucaristía puede permanecer al margen del Magisterio y de la fe de Pedro, el Papa, porque eso equivaldría a rebajar el misterio eucarístico al bajo nivel de nuestra razón: “Un criterio metodológico fundamental en la fe eucarística es la sintonía plena y absoluta con Magisterio bimilenario de la Iglesia”. Es decir, no se puede creer ni comulgar la Eucaristía, sino es en plena sintonía con lo que la Santa Iglesia Católica ha afirmado, desde siempre, acerca de la Presencia real y substancial de Nuestro Señor en la Hostia consagrada.
También en este sentido, podemos afirmar, junto con San Jerónimo, con respecto a la doctrina eucarística: “Estoy con quien esté unido a la Cátedra de San Pedro”; “Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia”; es decir, la doctrina acerca de la Escritura no se puede hacer al margen del Magisterio de la Iglesia, representado por Pedro.
Y al igual que sucede con la Escritura, que si se la lee con la sola razón humana se cae en errores, lo mismo es con respecto a la Eucaristía, si se la ve con la sola razón del hombre, se cae en innumerables errores y herejías, unos peores que otros: “Por nosotros mismos nunca podemos creer en la Eucaristía. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos en errores. La Eucaristía es obra de Dios y de su Espíritu Santo, para el Pueblo de Dios”. Al ser de origen sobrenatural, si creemos en la Eucaristía solo a la luz de nuestra limitada razón, “encontraremos demasiadas puertas cerradas y caeremos en errores”; sólo el Espíritu Santo, que se manifiesta a través del Magisterio, nos abrirá las puertas de la Sabiduría y evitará que caigamos en penosos errores, cismas y herejías.
En otras palabras, así como sucede con la Palabra de Dios escrita, también para la auténtica fe en la Palabra de Dios encarnada, Presente bajo apariencia de pan, sólo se puede dar cuando se permanece en completa armonía con la fe de la Iglesia Católica, y no según otros credos.
Y de la misma manera a como sucede con la Escritura, cuya lectura conduce a amar misericordiosamente al prójimo, también sucede lo mismo con la Eucaristía, puesto que quien comulga el Amor de Cristo bajo apariencia de pan, debe dar luego ese mismo Amor al prójimo, bajo la forma de obras de misericordia, corporales y espirituales: “vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo”.
Por último, al igual que la Palabra de Dios, la Eucaristía, esto es, Jesucristo Dios oculto en las especies eucarísticas, “indica al hombre las sendas de la vida, y le revela los secretos de la santidad”. Podemos decir, con San Jerónimo: "Desconocer la Eucaristía es desconocer a Cristo".





[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] San Jerónimo, prólogo al Comentario sobre el libro del profeta Isaías, Núms. 1. 2: CCL 73, 1-3.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

San Jerónimo


         San Jerónimo, doctor de la Iglesia, se caracterizó por traducir la Biblia al latín y por realizar numerosos comentarios a las Sagradas Escrituras.  Precisamente, de sus comentarios, es suya la conocida frase: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Dice así San Jerónimo: “Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”[1]. San Jerónimo sostiene que las Escrituras permiten conocer “el poder y la sabiduría de Dios”, porque la Escritura es la Palabra de Dios, que como Dios, es omnipotente y sabia. Ahora bien, como la Sabiduría de Dios es su Hijo, Jesucristo, conocer las Escrituras es conocer a Cristo, Palabra de Dios sabia y omnipotente, pues “por Él fueron hechas todas las cosas”; de ahí se sigue, como dice San Jerónimo, que “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”.
San Jerónimo afirma también que “el libro”, es decir, las Sagradas Escrituras, contienen todos los misterios de la vida de Jesús: “(…) el contenido de este libro (…) abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres”[2]. Conocer las Escrituras, entonces, es conocer a Cristo, pues en las Escrituras están contenidos todos los misterios de la vida de Cristo.
Ahora bien, dirá San Jerónimo que los profetas, cuando hablaban, hablaban con una sabiduría sobrenatural, porque quien les hablaba a ellos, por medio de las Escrituras, era Dios Espíritu Santo, que habitaba en ellos: “¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí”[3].
         Parafraseando a San Jerónimo, podemos decir que si ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo, ignorar la Eucaristía, Palabra de Dios encarnada y glorificada, es ignorar a Cristo. Y si la Escritura es la Palabra de Dios que nos revela todos los misterios de la vida de Cristo, la Eucaristía es ese mismo Cristo en Persona, que se nos comunica al alma con todos sus misterios divinos, haciéndonos participar de ellos. Por último, si los profetas hablaban palabras de sabiduría, porque el Espíritu Santo habitaba en ellos por la Palabra de Dios, también en el alma que comulga en gracia recibe al Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, espirado en el alma por Jesús Eucaristía, y así Dios Espíritu Santo viene a inhabitar en el alma del que recibe a la Palabra de Dios encarnada y glorificada, Jesús Eucaristía.
         Entonces, conocer la Eucaristía es conocer a Cristo, Palabra de Dios hecha carne y oculta en apariencia de pan.



[1] Del Prólogo al comentario de san Jerónimo sobre el libro del profeta Isaías, Núms. 1. 2: CCL 73, 1-3.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

domingo, 29 de septiembre de 2013

San Jerónimo


         Para San Jerónimo -llamado “Padre de las ciencias bíblicas” por el estudio erudito de la Sagrada Escritura, estudio al que consagró toda su vida-, el hecho de desconocer la Biblia –tanto por falta de lectura, como por falta de interpretación según la fe de la Iglesia-, es equivalente a desconocer al mismo Cristo en Persona: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”. Y en otro lugar: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”. Aquel que desconoce las Escrituras, dice San Gerónimo, no tiene la vida de Dios en sí mismo, porque desconoce a Cristo, que es la Vida eterna en Persona. Y al revés, también es cierta esta afirmación: quien conoce la Escritura, no solo a través del estudio científico de la misma, sino ante todo por interpretarla de acuerdo a la fe de la Iglesia, conoce a Cristo y conoce por lo tanto el camino de salvación eterna que debe recorrer para llegar al Reino de los cielos.
Podemos decir entonces que el mensaje de santidad de San Jerónimo es el siguiente: “Si quieres tener vida eterna, aún viviendo en el tiempo, como anticipo de la plenitud de gloria que recibirás en el Reino de los cielos, aplícate al estudio de la Sagrada Escritura y así conocerás a Cristo, Camino, Verdad y Vida”. Y si este mensaje de santidad es válido para toda persona en cualquier época, es válido hoy más que nunca, en nuestros días, en el que los hombres están agobiados por un mundo materialista y sin Dios que los asfixia y les hace perder el rumbo. El mundo moderno, que ha proscripto a Dios y ha puesto su confianza en la ciencia y la tecnología, no ofrece respuestas frente a los interrogantes del hombre relativos a la vida eterna, y al no encontrar respuestas, el hombre sin Dios pretende vanamente encontrar las respuestas a las preguntas por el sentido de la vida y sobre el más allá, en lugares equivocados: tarot, ocultismo, metafísica esotérica, espiritismo, wicca, etc. Muchos cristianos consultan a adivinos, a astrólogos, a tarotistas, y a cuanto ocultista y vendedor de ilusiones se presenta, y esto lo hacen en vez de acudir a la Sagrada Escritura.

Cuando el cristiano quiere saber algo, ya sea algo relativo a los temas cotidianos, o si quiere indagar acerca de cómo obrar frente a un problema determinado, o si quiere conocer acerca de la vida eterna, no debe recurrir a la oscuridad sino, según San Jerónimo, a la Biblia, en donde encontrará la respuesta a cualquier interrogante que pueda surgir, porque según San Jerónimo, la Biblia es el instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles”, convirtiéndose así “en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”. En otras palabras, según San Jerónimo, no hay ningún interrogante que no pueda ser respondido por la Sagrada Escritura, porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, Cristo, que se encarna en el alma cuando se la lee con fe y con amor.