San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 17 de mayo de 2017

San Simón Stock


         Vida de santidad[1].

La primera referencia de su vida la proporciona, Gerardo de Fraschetom, un dominico contemporáneo de Simón y fallecido en 1271. Otra reseña pertenece a 1430. Respecto a la fecha de nacimiento, en diversos textos, se fija la de 1165. Pero si fuese así, al asumir el oficio de general de la Orden en 1247 –hecho corroborado– tendría 82 años, algo improbable siendo que algunos aseguran que estuvo al frente de la misma veinte años. Más inverosímil cuando otros advierten que fueron cincuenta. Además, es impensable que a esta edad recorriera apostólicamente diversos países como algunos han asegurado. Por otro lado, no se puede atribuir su apellido Stock a que morase en un tronco, significado del término inglés “stock”, aunque algunos autores sí lo hacen, aludiendo a que de pequeño y de joven, Simón pasaba largas horas en oración como un ermitaño[2]. De sus padres, infancia y demás no consta información. De lo que no se duda es que nació en Kent, y también su relevancia en la orden carmelita. Se acepta la tradición que le atribuye la aparición de María, así como la imposición del santo escapulario del Carmen. Hay quien lo ha situado en Roma como predicador itinerante y de allí partiría a Tierra Santa donde permaneció afincado un tiempo.
Seguramente, al participar en las Cruzadas sería un hombre de cierto vigor, y estaría lleno de los ideales que impulsaron a tantos otros a luchar para defender la fe frente a sus enemigos. Siguiendo los datos cruciales aportados por sus hermanos de religión, se sabe que al encontrarse con los primeros integrantes de la Orden carmelita, que estaba naciendo en el corazón del yermo en los santos lugares, se vinculó a ellos hasta que la invasión de los sarracenos afectó de lleno a las comunidades primigenias que se vieron obligadas a abandonar la zona y a dispersarse por tierras lejanas. Simón formó parte de los que regresaron a Europa y se afincó en Kent. En 1247 en el capítulo general de los carmelitas, celebrado en Aylesford, Inglaterra, fue elegido general de la Orden del Carmelo, el sexto, como sucesor de Alan, desempeñando ese cargo hasta su muerte. Las fuentes, que son de sus contemporáneos, proporcionan con rigor datos de su vida desde este momento en el que lo designaron para regir los caminos de todos. Su gobierno fue pródigo en bendiciones espirituales y apostólicas y de incesante actividad, fijando los pilares de la Orden (aprobada en 1274 por el concilio de Lyon), y velando por su extensión. A él se debe un cambio estructural en la misma que de ser eremítica pasó a convertirse en cenobítica y mendicante. Fue su impulsor en Europa. Además, con la venia de Inocencio IV, modificó la regla de san Alberto, mitigándola.
Partidario de la vida activa, sin dejar la contemplación, Simón tuvo el acierto de abrir casas en puntos neurálgicos culturales: Cambridge, Oxford, París, Bolonia…, favoreciendo la formación universitaria de los miembros más jóvenes y el aumento de vocaciones que llevaba anexa. Pero también propagó la fundación por Chipre, Mesina, Marsella, York, Nápoles, entre otras ciudades. Ahora bien, esta acción que podemos valorar positivamente en estos momentos, no fue bien acogida por una parte de los carmelitas ya que hubo un descontento interno y una resistencia a la expansión de la Orden por parte de algunos, lo cual creó una difícil situación que acarreó a Simón muchos sufrimientos. Y como su devoción por la Virgen María estaba por encima de todo, a Ella acudía diariamente buscando su amparo, siendo su devoción a la Virgen María, el haber sido llamado “el amado de María”. A Ella le componía himnos, que luego recitaba.
Precisamente, se encontraba en una situación de tensión interna en la orden, cuando habiendo acudido a la Virgen pidiendo su auxilio, el 16 de julio de 1251 hallándose en oración en Cambridge, se le apareció la Virgen María acompañada de una multitud de ángeles. Portaba en sus manos el escapulario que le entregó, diciéndole: “Éste será privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno; el que con él muriese se salvará”. Así está consignado en el catálogo de los santos de la Orden. En el siglo XIII Guillermo de Sandwich O.C. se hizo eco en su “Crónica” de esta aparición, momento también en el que la Virgen le prometió la ayuda del papa. Hacia 1430 Johannes Grossi en su “Viridarium” dio cuenta del hecho, posteriormente documentado en 1642 con un escrito dictado por el propio Simón a su confesor. Además, está la innegable fuerza de la tradición que lo ha mantenido vivo, acrecentando la devoción al santo escapulario, que ha sido secundada por diversos pontífices a través de varias indulgencias. Esta piedad recogida en la liturgia carmelita consta de dos hermosas composiciones dedicadas a María, cuya autoría se atribuye a Simón: “Flos Carmeli” y “Ave Stella Matutina”, símbolo de su amor a la Madre de Dios. Murió hacia 1265 en Bordeaux, Francia –algunos establecen la fecha como el 16 de mayo de ese año– mientras se hallaba de visita en la provincia de Vasconia. En 1951 sus restos se trasladaron al convento de Aylesford de Kent. En el siglo XVI la Orden insertó su culto en su calendario litúrgico, incluida en la reforma del mismo emprendida tras el Concilio Vaticano II. En 1983 Juan Pablo II lo denominó “El santo del escapulario”. Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

         Mensaje de santidad.

Su principal mensaje de santidad es su gran amor filial a María Santísima, a la cual acudía en todo momento y, sobre todo, en situaciones que suscitaban preocupación o angustia. De hecho, como vimos, uno de los dones más preciosos para la Iglesia de todos los tiempos, el Escapulario de Nuestra Señora del Carmen, lo recibió estando en oración a la Madre de Dios. como parte central de su devoción y amor a la Virgen, San Simón Stock rezaba así cada día pidiendo por su Orden, con esta oración compuesta por él: “Flor del Carmelo Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas, proteja tu nombre, estrella del mar”.
Como vimos en su hagiografía, a San Simón Stock se le apareció la Virgen el 16 de julio de 1251 y le entregó el escapulario mientras le decía: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno” (parte de la promesa es también que la Virgen irá a buscar al alma, si está en el Purgatorio, al sábado siguiente después de su muerte, con lo que la estadía en el Purgatorio, para quienes lleven devota y filialmente el Escapulario, no será nunca más de siete días). Además de su vida de santidad, el mensaje de santidad de San Simón Stock está relacionado con la devoción y el uso del Escapulario, debido al don inmenso que este comporta: evitar la eterna condenación en el infierno y la salvación eterna del alma, aunque cabe siempre aclarar que esta promesa del Escapulario lleva implícito el propósito de vivir en gracia y evitar el pecado, ya que no se trata de un “protector mágico” que permita portarlo pero conducirse al mismo tiempo según los principios del mundo y no los mandamientos de Cristo. Llevar el Escapulario implica también imitar a la Santísima Virgen en sus virtudes, algo en lo que también se destacó San Simón Stock.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170516&id=14498&fd=0

jueves, 19 de julio de 2012

San Simón Stock, ermitaño, monje y sacerdote, recibe el Escapulario de manos de la Virgen del Carmen


16 de julio


            Vida y milagros de San Simón Stock
            Nació en el año 1165 en el condado de Kent, Inglaterra. Ingresa a la Orden carmelita, llevando allí una vida ejemplar y piadosa; años más tarde, es nombrado General de la Orden del Carmelo, cargo que desempeñará hasta la muerte. Era muy devoto de la Virgen María, por lo que se le ha llamado “el amado de María”. Le componía himnos que luego recitaba. Cada día rezaba así pidiendo por su Orden: “Flor del Carmelo, Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar".
            Fundó diversos conventos en las principales ciudades universitarias como por ejemplo Oxford, Cambridge, Bologna y París.
            La Virgen se le apareció el 16 de julio de 1251, y le entregó el escapulario diciéndole: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”.
            Muere en Burdeos (Francia) el 16 de mayo de 1265, haciendo una visita pastoral. Es enterrado allí. En el año 1951 es trasladado a Aylesford.
Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

            Mensaje de santidad de San Simón Stock
El mensaje de santidad de San Simón Stock está ligado indisolublemente al Escapulario de la Virgen del Carmen. ¿Cuál es su significado?
Ante todo, tiene un profundo significado mariano, porque es el equivalente a llevar puesto el hábito de la Virgen del Carmen. En otras palabras, es como si una madre, al ver que su hijo, que ha empezado a recorrer un largo camino, está desprotegido y pasando frío porque al comenzar a caminar se desencadenó una fuerte tormenta de agua y nieve, se quitara su manto, que es de buena lana y bien abrigado, y se lo da, para que su hijo no solo recupere la temperatura corporal que había perdido a causa del frío, sino para que lleve, sano y salvo, y bien calentito, a su destino final.
En este ejemplo, la madre es la Virgen, su manto es el escapulario del Carmen, el hijo que debe recorrer un camino con tormenta de nieve y frío es el hombre que peregrina por el mundo, en dirección a la vida eterna. Con el manto de la Virgen, puede el hombre evitar el frío del desamor, y llegar al cielo con su corazón ardiendo de amor a Dios y al prójimo.
El escapulario, entonces, es un signo de la protección maternal y amorosa de la Virgen, que por este medio garantiza una muerte en gracia y ser librados del infierno y, si el alma va al Purgatorio, el escapulario tiene también la promesa de que la Virgen la liberará al primer sábado después de su muerte. Sin embargo, conviene tener presente que el escapulario no es un amuleto o protector mágico, puesto que llevarlo puesto implica el firme compromiso de vivir en forma mariana, o sea, imitando las virtudes de la Santísima Virgen. En otras palabras, no se puede llevar el escapulario y al mismo tiempo vivir en el pecado. Se necesita el propósito de buscar en todo momento la conversión del corazón.

El escapulario de la Virgen del Carmen
            Al nacer Jesús, el Hombre-Dios, en Belén, María lo cubrió con su manto para protegerlo del intenso frío; cuando su Hijo Jesús murió en la cruz y fue descendido de ella, María lo cubrió también con su manto, antes de que Jesús fuera depositado en el sepulcro.
            María cubre con su manto a su Hijo Jesús al nacer y al morir, en un claro y ejemplar gesto maternal.
            Pero Jesús no es el único hijo que tiene María: María tiene muchos hijos adoptivos, engendrados virginalmente por el Espíritu Santo, al pie de la cruz. María engendra espiritualmente a esos hijos al pie de la cruz, en la persona de Juan, cuando Jesús, antes de morir, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26). María adopta a Juan, y en la persona de Juan, adopta a toda la humanidad; al pie de la cruz, todo ser humano se convierte en hijo adoptivo de María, y María, como Buena Madre, quiere también, con un gesto maternal, abrazar y cubrir a sus hijos adoptivos con su manto.
            Es para cumplir este deseo de María, de cubrir maternalmente a sus hijos espirituales con su manto, que María dona a San Simón Stock el escapulario del Monte Carmelo.
            El gesto de María no es sino continuación y cumplimiento del encargo dado por Jesús antes de morir en la cruz, de adoptar a los hombres como hijos de María. Al señalar a Juan, Jesús le dijo a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y desde ese momento, Juan, y en él, que estaba representada toda la humanidad, fueron tomados todos los seres humanos bajo el manto protector de María, y para eso el escapulario del Monte Carmelo.
            Este gesto protector de María es un gesto maternal, un gesto que pertenece a toda madre, pero tratándose de la Madre de Dios, hay un contenido misterioso, sobrenatural, escondido.
Debido a que el escapulario contiene la promesa central de que quien muera con él no irá al infierno, es decir, no será dominado por Satanás, la aparición de María y el don del escapulario es continuación del gesto de protección maternal que María tiene para con su Hijo Jesús, a quien libra del ataque del dragón infernal, según el Apocalipsis: “Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer (María) que había dado a luz (virginalmente) al varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto (…)”[1].
María había protegido a su Hijo Jesús al nacer en Belén, y lo cubrió con su manto en el momento de descenderlo de la cruz; y lo protegió también durante su vida, aunque el dragón no tenía poder su Hijo, pero quería arrebatárselo: “La mujer y el niño huyeron al desierto (…) del dragón”. Aunque lo perseguía, de ninguna manera podía llevarse al Hijo de María, el Hombre-Dios.
            En cambio a sus hijos adoptivos sí los puede arrebatar el dragón infernal, y es para protegerlos de este peligro mortal para el alma, para lo cual María ofrece su manto de Virgen del Carmen a sus hijos adoptivos.
            El dragón infernal no es un personaje de un libro religioso, la Escritura, que está descripto para que creamos en él pero como si fuera una fábula, sin entidad real; el dragón infernal, que persiguió a María y a Jesús, se presenta en nuestros días bajo la apariencia de cosas buenas, y tiene en la masonería y en la Nueva Era sus representantes visibles en la tierra.
            La Virgen, al darnos el escapulario del Monte Carmelo, nos cubre con su manto. Nos corresponde a nosotros, como hijos suyos, permanecer bajo este manto.


[1] Cfr. 12, 14.