San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 28 de diciembre de 2015

San Esteban, protomártir


         San Esteban dio su vida por el testimonio de Nuestro Señor Jesucristo, reflejando así la naturaleza sobrenatural de la fe católica, puesto que su muerte no se debió a pasiones humanas, sino al intento de borrar de la tierra el Nombre del Salvador. Todo en la muerte de San Esteban indica la sobrenaturalidad de la religión revelada por Jesús y del carácter divino del Mesías y Redentor: primero, es acusado, con calumnias y mentiras, utilizando falsos testigos, de afirmar que Jesús “iba a destruir el templo y a acabar con las leyes de Moisés”[1]. Esta acusación falsa y calumniosa lleva el sello del Príncipe de las tinieblas, “el padre de la mentira” (Jn 8, 44), lo cual indica quién es el que está, verdaderamente, detrás de la muerte de San Esteban, y que su muerte no se debió a meras pasiones humanas, sino al odio contra la fe en Cristo como Dios hecho hombre.
Otros hechos sobrenaturales en la muerte de San Esteban son el resplandor sobrenatural de su rostro, que les hace recordar a quienes lo contemplan, al rostro “de un ángel”: “Y los del tribunal al observarlo vieron que su rostro brillaba como el de un ángel”, y la sabiduría divina que demostró frente al tribunal del Sanedrín, recordando la historia sagrada y el carácter divino del Mesías, Jesucristo; ambos hechos sobrenaturales se deben, según el Evangelio, a que Esteban se encontraba “lleno del Espíritu Santo” (cfr. Hch 6, 8-7). En el momento mismo de la muerte de San Esteban, se dieron otros hechos sobrenaturales: la visión que el santo tiene de Jesús, “el Hijo del hombre”, de pie a la derecha de Dios, y las palabras pronunciadas antes de morir, similares a las pronunciadas por Jesús: “Señor Jesús, recibe  mi espíritu” (cfr. Hch 7, 59) y “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (cfr. Hch 7,60). Estas palabras, en las que pide que Jesús reciba su espíritu, como el perdón que otorga a sus verdugos, además de implorar misericordia para quienes le quitan la vida, indican que San Esteban participa de la muerte en cruz de Jesús, muerte en la que Jesús perdona a los pecadores, que le quitan la vida, al tiempo que implora misericordia para ellos, alegando ignorancia en su maldad: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), además de pedir al Padre que “reciba su espíritu” (Lc 23, 46).
La muerte de San Esteban, propiciada por el padre de la mentira, revela el triunfo fe Jesucristo, porque mientras los hombres cubren su rostro y su cuerpo de sangre, al lapidarlo, Jesús, el Hombre-Dios, lo premia con el cielo, cubriéndolo de luz y de gloria divina, como premio por ofrendar su vida por su Nombre. En nuestros días, en los que se intenta disminuir la condición divina de Jesús, reduciéndolo a un revolucionario social, cuando no de erradicar el Nombre de Jesús de la vida, la mente y el corazón del hombre contemporáneo, la muerte sobrenatural de San Esteban es más valiosa que nunca antes.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Esteban.htm

viernes, 4 de diciembre de 2015

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús contiene las gracias para evitar la eterna condenación


         Muchos consideran que la devoción al Sagrado Corazón es algo de poca monta, reservado a personas que no tienen otra ocupación que asistir a la Iglesia. Muchos piensan que ser devotos del Sagrado Corazón es una especie de hábito piadoso religioso, que da lo mismo tenerlo a tenerlo y, como el mundo se presenta mucho más atractivo que la devoción al Corazón de Jesús, entonces dejan de lado al Sagrado Corazón, para enfrascarse en las diversiones y atractivos del mundo.
         Nada más lejano a la realidad y nada más peligroso para el alma que así piensa, porque en la devoción al Sagrado Corazón están las gracias necesarias para evitar la eterna condenación en el infierno. En otras palabras, quien desprecia al Sagrado Corazón por considerarlo algo de poco o nulo valor, se encuentra de lleno en el ancho camino que conduce a la eterna condenación. Es esto lo que deja entrever Nuestro Señor, en las revelaciones a Santa Margarita, diciéndole así en la Primera Aparición: “Mi Divino Corazón, está tan apasionado de Amor a los hombres (….) que, no pudiendo contener en el las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía”[1]. El Sagrado Corazón contiene las gracias necesarias para “separar al alma del abismo de perdición”, es decir, del infierno; esto quiere decir que, quien desprecia al Sagrado Corazón, se encuentra en el camino de la eterna condenación.
         Esta misma idea se la vuelve a repetir Jesús en la Segunda Aparición, en donde, según Santa Margarita, Jesús le hizo ver “el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número”[2]. Continuamente, Satanás está conduciendo almas hacia el abismo –mediante las supersticiones, el abandono de la oración, el abandono de los sacramentos, el desprecio de su Sagrado Corazón Eucarístico-, hacia el infierno, pero los hombres no solo no hacen caso de sus llamados, sino que devuelven, al Amor contenido en el Sagrado Corazón, indiferencia, ingratitud, olvido y desprecio.
         Es esto lo que Jesús le dijo a Santa Margarita en la Tercera Aparición: “(…) me descubrió su amabilísimo y amante Corazón, que era el vivo manantial de las llamas. Entonces fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor con que había amado hasta el exceso a los hombres, recibiendo solamente de ellos ingratitudes y desconocimiento. “Eso”, le dice Jesús a Margarita, “fue lo que más me dolió de todo cuanto sufrí en mi Pasión, mientras que si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien”[3].
Y después le dice: “Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades”[4].
Por lo tanto, quien ame al Sagrado Corazón, que procure darle consuelo, por medio de la oración, la penitencia, el sacrificio y las obras de misericordias, pidiendo por la conversión de quienes lo desprecian en el Santísimo Sacramento del altar.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

jueves, 26 de noviembre de 2015

San Expedito, ejemplo de fidelidad a la gracia de la conversión



         San Expedito era un oficial romano practicante del paganismo; un día, Nuestro Señor Jesucristo le concedió la gracia de la conversión, manifestándose a su alma y dándose a conocer. Debido a que la gracia de la conversión necesita de una respuesta libre, era necesario que San Expedito diera su consentimiento a esta gracia, la cual implicaba el reconocimiento de Jesucristo como Redentor y el rechazo de su antigua vida de pagano, vida dominada por el pecado. Antes de que San Expedito diera su respuesta, apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo que, comenzando a revolotear por encima suyo, repetía a cada momento: “Cras!”, que significa: “mañana”. Es decir, el Demonio tentaba a San Expedito con la postergación de su conversión, dejándola “para mañana”; no le decía que no debía convertirse, sino que la dejara “para mañana”: “No te conviertas hoy; continúa tranquilamente con tu vida de pagano, con tus pecados; mañana tendrás tiempo de convertirte; no tomes decisiones apresuradas, disfruta un poco más de tu vida pagana y alejada de Dios, ya mañana tendrás tiempo de elegir, con más tranquilidad”. Es decir, en un momento determinado, San Expedito se vio en la disyuntiva de elegir: o Jesús y su gracia y el comienzo de una nueva vida cristiana, o el Demonio y el pecado y la continuación de una vida pagana y pecaminosa. Aferrado a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, San Expedito no dudó un instante en responder: “Hodie!”, es decir: “¡Hoy!”, “Hoy me convierto; hoy dirijo mi corazón hacia Jesucristo, Sol de Justicia, hoy reconozco a Jesús como a mi Dueño y Señor, como a mi Redentor y Salvador; hoy dejo para siempre mi antigua vida pagana y pecaminosa y comienzo a vivir la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios”. De esta manera, por su veloz respuesta, es que San Expedito es el “Patrono de las causas urgentes”, y aunque tengamos varias causas urgentes por las cuales pedimos su intercesión, la primera causa urgente es aquella en la que él nos da ejemplo y es la conversión. Y así es ejemplo también de cómo, asistidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y abrazados a su Cruz, podemos vencer en toda tentación, cuando el Demonio, el Tentador, nos sugiera cometer algún pecado (el Demonio nos tienta generalmente a través de pensamientos que parecen buenos pero que conducen a un fin malo, ya que excepcionalmente se aparece de modo visible, como a San Expedito): levantando la Santa Cruz de Jesús en lo alto, recibió de Él su fuerza omnipotente y, con un velocísimo movimiento, aplastó al Demonio en forma de cuervo, el cual, sin darse cuenta, se había acercado caminando hasta ponerse a distancia del santo. Que San Expedito interceda para que respondamos prontamente a la gracia, a toda gracia que nos conceda Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La vida de Santa Catalina de Alejandría no fue una leyenda


         Cuando se reflexiona acerca de la vida de un santo o de un mártir, como es el caso de Santa Catalina de Alejandría, se corre el riesgo, si no se tiene fe, de creer que sus vidas –y muertes martiriales- son “leyendas”, es decir, relatos ficticios, imaginarios, cuya validez y autenticidad dependen de la imaginación de quienes escribieron sus biografías. Cuando no se tiene fe, se corre el riesgo de reducir lo sobrenatural de los santos y mártires, a hechos de fantasía y, por lo tanto, inexistentes; a lo sumo, se habla de ellos como de “buenas personas”, llenas de virtudes, pero nada de hechos sobrenaturales.
         La vida de Santa Catalina de Alejandría –y sobre todo su muerte martirial- no es –como la de todos los santos y mártires- una “historia bonita” pero inventada por la imaginación de algunos, y sus méritos no se reducen a los de ser personas virtuosas que se enfrentan –virtuosamente- a los poderes de turno para defender su fe: los santos y mártires participan, de un modo misterioso y sobrenatural, de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo; es Él quien los anima con su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y es el Espíritu Santo quien, poseyendo por completo al cuerpo y el alma del santo y del mártir, actúa a través suyo, concediéndoles sabiduría y fortaleza sobrenatural, iluminándolos de manera tal que puedan dar testimonio de Cristo para que, cuando esto suceda, sus vidas sean efectivamente arrebatadas por sus verdugos y así puedan ingresar directamente a la eterna bienaventuranza.
         No hay otro fundamento, que la asistencia personal del Espíritu Santo, que los hace participar a la cruz de Jesús, Rey de Santos y Mártires, para explicar los hechos sobrenaturales que rodean ya sea a la vida de los santos o a la muerte de los mártires.
         En el caso de Santa Catalina de Alejandría, se sabe de ella que era “una joven de extremada belleza e inteligencia, perteneciente a una familia noble de Alejandría, versada en los conocimientos filosóficos de la época y defensora incansable de la Verdad”[1]. Fue esta defensa de la Verdad Encarnada, Jesucristo, frente al error pagano, lo que le valió ser martirizada por el emperador Maximino Daia, quien, habiendo fracasado en sus intentos de hacerle abandonar la fe en Cristo con sus razonamientos falsos, convocó a los sabios del imperio para que la hicieran abandonar la Verdad, es decir, Cristo, pero estos sabios no solo no la pudieron vencer con sus sofismas gnósticos, sino que muchos de ellos, hombres de buena voluntad, se convirtieron gracias a la sabiduría sobrenatural de Santa Catalina. Así, Santa Catalina venció al error y la mentira –el “Padre de la mentira es Satanás”-, por medio de la Sabiduría Encarnada, Jesucristo.
Frustrado por haber sido vencido en el terreno de la razón, el emperador Maximino, un “hombre semibárbaro, fiera salvaje del Danubio, que habían soltado en las cultas ciudades del Oriente”, según términos de Lactancio[2], ordenó que Santa Catalina fuera ejecutada, primero por medio de una rueda dentada, la cual inexplicablemente no le hizo nada, pero en cambio sí hirió a sus verdugos, al saltar por el aire las cuchillas, y luego por la espada, ya que al fracasar en su primer intento, el emperador ordenó que la santa fuera decapitada. Puesto que ya había dado testimonio de Cristo, el Espíritu Santo, que inhabitaba en ella, permitió que muriera por el golpe de la espada.
         De esta manera, Santa Catalina de Alejandría nos da ejemplo de amor a la Verdad, porque la buscó con toda pasión y cuando la encontró, no solo no la abandonó, sino que dio su vida por ella, por la Verdad Encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios.



[1] Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/32160/catalina-de-alejandra-santa.html
[2] Cfr. ibidem.

martes, 24 de noviembre de 2015

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros, mártires


         
         La vida y muerte de estos santos nos muestra cómo la tribulación y el dolor, sufridos no simplemente de modo paciente y estoico, sino en unión con Jesucristo crucificado, constituyen un camino de santidad y un acceso directo al cielo.
         En efecto, los santos vietnamitas fueron apresados y sufrieron mucho en la cárcel, antes de morir, pero en todo momento fueron asistidos admirablemente por el Espíritu Santo, quien les dio clara conciencia de ser partícipes de la Pasión del Señor y de estar, por lo tanto, a un paso del cielo. Dice así en su carta Andrés Dung-Lac: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”[1].
         San Pablo sufre mucho, pero al mismo tiempo, el sufrimiento se ve atemperado por la misteriosa Presencia de Cristo, que lo consuela, lo conforta y lo “llena de gozo y alegría”: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”[2].
         La razón de la alegría de San Pablo Dung-Lac es que es el mismo Jesús en Persona quien, a través suyo, sufre en él, tomando consigo la casi totalidad del peso de la cruz, y dejándole para el mártir sólo una parte de la cruz “pequeña e insignificante”: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante”[3].
Pero además de llevar la cruz, Jesús vence en la lucha a favor del mártir y lo hace partícipe de su victoria, de su corona de gloria, y es aquí en donde radica la razón última de la felicidad del mártir, en que es Jesús el que vence y concede la participación en su gloria: “Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”[4].
La entrega del mártir a Jesucristo, para que Él sufra y triunfe a través suyo, se debe al Amor de Dios, porque el mártir no puede tolerar que el Nombre Santo de Dios y su Cristo sean ultrajados: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor”[5]. El mártir muere no por defender los derechos de los hombres, sino por defender los derechos de Dios: respetando los derechos de Dios, todo recto derecho humano es a su vez respetado.
Esto quiere decir varias cosas: por un lado, que el sufrimiento y la tribulación no son vanos si se ofrecen a Jesucristo; Jesucristo sufre por el mártir, en el mártir, para el mártir y para las almas; Jesucristo lleva la casi totalidad del peso de la cruz, dejando una parte insignificante para el mártir que le ofreció su cuerpo, su alma y su vida para que Él sufra a través suyo; Jesucristo vence a través del mártir, o también, el mártir vence a través de Jesucristo, porque es del triunfo de Jesucristo del que es hecho partícipe el mártir; el mártir es hecho partícipe no solo del triunfo de Jesucristo, sino de su también de su gloria eterna, es decir, por una pequeña tribulación en la tierra, al mártir se le concede una felicidad y glorias eternas. Por último, a diferencia de otras religiones, en las que los “mártires” son los que quitan la vida a sus enemigos, en el caso del mártir católico, el mártir, porque participa de la cruz de Jesús, da su propia vida por la salvación de sus enemigos, de aquellos que le quitan la vida, cumpliendo así el mandato de la caridad de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen” (Mt 5, 44).



[1] De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres; A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, París 1925, 80-83.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Santa Isabel de Hungría y el voluntario despojo de bienes terrenos para alcanzar los bienes eternos


         En la vida de Santa Isabel de Hungría se hacen realidad las palabras de Jesús: “Atesorad tesoros en el cielo” (Mt 6, 20) y “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 35-45). Santa Isabel de Hungría, siendo noble de cuna –era hija del Rey de Hungría- y heredera de todo un reino con sus riquezas, a la muerte de su esposo, el príncipe Luis VI de Turingia, abandonó la vida cortesana y despreocupada de su condición de reina y se dedicó de lleno a servir a los más carenciados[1]. Según se narra en su biografía, siendo todavía princesa, fue al templo vestida lujosamente, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios. También siendo princesa, se cuenta que una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente, le contaron el caso y se fue de inmediato a reclamarle por lo que había hecho, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Luego de morir su esposo, un Viernes Santo, hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís,  y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus costosos vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y comenzó a recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres. Además, vivía en una humilde choza junto al hospital, tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
En su deseo por atender a pobres y enfermos como al mismo Cristo, vendió todas sus posesiones materiales y con lo obtenido construyó un hospital, dedicándose a atender con toda laboriosidad y caridad a los pobres y enfermos del hospital que ella misma había fundado.
Con su vida de santidad, Santa Isabel de Hungría nos deja muchas enseñanzas: nos enseña, con su vida de desprendimiento, a poner el corazón en el cielo, en los bienes eternos, según las palabras de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21); nos enseña a imitar a Jesús crucificado, despojándonos tanto de los honores y glorias mundanas, como de los bienes materiales y terrenos; nos enseña a obrar la misericordia para con los más necesitados, porque en ellos está misteriosamente Presente Jesucristo, según Él mismo lo dice: “Lo que habéis hecho con uno de estos mis pobres hermanos, Conmigo lo habéis hecho”. A Santa Isabel le decimos: “Santa Isabel de Hungría, intercede ante Nuestro Señor, para que, al igual que tú, seamos capaces de desapegarnos de las riquezas terrenas y de los honores mundanos y de consolar a Cristo que sufre en los pobres y enfermos, para así ganar un día el Reino de los cielos. Amén”.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

martes, 17 de noviembre de 2015

Santos Mártires Rioplatenses


         Los santos mártires rioplatenses, presbíteros Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo[1], dieron sus vidas por Cristo en el año 1628 en América del Sur. Los tres sacerdotes estaban a cargo de una de las denominadas “reducciones jesuíticas”, que consistían en colonias de indios gobernadas por los jesuitas. En dichas reducciones lo que se buscaba era la evangelización y cristianización de los pueblos paganos de América, es decir, lo que se buscaba no era “conducirlos a la civilización”, sino anunciarles la Buena Noticia de Jesucristo, convertirlos en hijos adoptivos de Dios e iniciarlos en la vida de la gracia, vida que habría de llevarlos, algún día, al Reino de los cielos. En este sentido, las reducciones constituyeron un instrumento del que se valió el Cielo en la tarea de conquistar almas para Cristo, puesto que los sacerdotes jesuitas a cargo de dichas reducciones no consideraban a los indios como algo de su propiedad, sino que los veían como lo que eran: almas que debían ser salvadas por la Sangre de Jesús. El martirio de los tres sacerdotes –Roque González, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo- se produjo en dos reducciones distintas: en la primera, fundada en las proximidades del río Ijuhi, ubicada en el actual Paraguay –a la cual consagraron a la Asunción de María[2]- y en una segunda reducción, llamada “Todos los Santos”. El encargado de la primera reducción era el P. Castillo, en tanto que los otros dos misioneros partieron a Caaró, donde fundaron la reducción de Todos los Santos. Fue en esa reducción en donde el 15 de noviembre de 1628 los santos sufrieron el martirio siendo asesinados cruelmente por los indios, por instigación de brujo, practicante de la magia negra[3]. Este curandero, por medio de engaños de toda clase, logró que los naturales del lugar atacaran y dieran muerte a los misioneros. El P. Roque González fue asesinado a golpes de maza mientras estaba en la tarea de colocar la campana de la iglesia; el P. Rodríguez a su vez fue ultimado cuando se dirigía a averiguar qué era lo que sucedía: al salir a la puerta de su choza, se encontró con los indios, que tenían las manos ensangrentadas, siendo derribado en el momento y ultimado a golpes. Una vez asesinados los dos sacerdotes, incendiaron la capilla, que era de madera y arrojaron los dos cadáveres a las llamas. Dos días más tarde, los indios atacaron la misión de Ijuhi, se apoderaron del P. Castillo, lo golpearon salvajemente y lo asesinaron a pedradas. A instancias de un brujo, entonces, murieron tres sacerdotes y en consecuencia, el brujo logró lo que se había propuesto: que no se celebrara más la Santa Misa, que no se administraran sacramentos y que no se propagara el Evangelio. Sin embargo, a pesar del esfuerzo del brujo –seguidor de Satanás- por impedir que se proclamara el Evangelio a las almas, no sirvió de nada, porque las misiones continuaron y cuando las misiones cesaron, la Iglesia continuó su misión evangelizadora y de salvación de las almas.
         Por lo tanto, la vida y muerte de los Santos Mártires Rioplatenses nos enseña que el mal nunca triunfa, porque si bien fue por odio a la fe en Cristo que los mataron, quitándoles la vida terrena y logrando así que desaparecieran de la tierra, los santos continúan viviendo eternamente, en el Reino de los cielos, porque Cristo, por quien los mártires dieron sus vidas, les concedió como premio una vida infinitamente superior, la vida gloriosa de los bienaventurados.



[1] http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=4182
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.