San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 25 de octubre de 2014

Santos Simón y Judas, Apóstoles


Los santos Simón y Judas fueron elegidos por Jesús para que fueran Apóstoles de su Iglesia; tuvieron la dicha de formar el grupo selecto de amigos que compartió con Jesús la Última Cena y, si bien defeccionaron brevemente en la durísima prueba que significó para todos los Apóstoles la Pasión de Jesús, pues al igual que todos los demás Apóstoles, huyeron a causa del miedo cuando los romanos apresaron a Jesús, sin embargo repararon largamente esta defección, al donar sus vidas martirialmente por Jesús, años más tarde. Según la Tradición, a San Simón lo mataron aserrándolo por la mitad del cuerpo y a San Judas Tadeo lo decapitaron y por ese motivo es representado con un hacha en la mano. La Iglesia de Occidente los celebra juntos[1], aunque la Iglesia de Oriente los celebra por separado.
Simón es “el Zelote” para distinguirlo de Simón Pedro, el príncipe del Colegio Apostólico; Judas es llamado “Tadeo” para distinguirlo de Judas el traidor; San Juan le llama expresamente “Judas, no el Iscariote”.
         Además de esto, es poco lo que se sabe de estos santos Apóstoles.
Con respecto a San Simón, es, de todos los Apóstoles, el menos conocido. Se sabe que pertenecía al partido hebreo religioso de los zelotes, caracterizados por su fidelidad a la ley mosaica y por su férrea oposición a la dominación romana y a sus costumbres paganas[2]. Los zelotes, partido al que pertenecía el Apóstol San Simón, esperaban a un mesías, que sería el Libertador de Israel; este Libertador al que ellos esperaban con ansias, era el anunciado por los profetas, por lo que escrutaban las Escrituras y los profetas y eran grandes conocedores de las mismas, ya que esperaban al Mesías que allí se anunciaba. Sin embargo, en los zelotes, el Mesías esperado es más bien de orden terrenal y nacional (en esto consistía su error, en que el Mesías que esperaban era de orden terrenal, político y nacional), y por eso la tensión se orienta hacia lo político y terreno, y es lo que hace que se desencadene lo que se conoce como “guerras judías”[3]. San Simón pertenece a este partido religioso-político hebreo, en donde el nacionalismo se mezcla con lo político y lo religioso y en donde la espera del Mesías se orienta hacia un horizonte más bien terreno. Es en estas circunstancias, en donde se da su conversión hacia el verdadero y Único Mesías, Jesucristo, el Hombre-Dios (Hech 21, 20).
         Según la Tradición, luego de su conversión, predicó la doctrina evangélica en Egipto, luego en Mesopotamia y después en Persia, ya en compañía de San Judas. En la lista de los apóstoles aparece ya al final, junto a su compañero San Judas (cfr. Mt 10, 3-4; Mc 3, 16, 19; Lc 6,13; Hch 1,13).
Con respecto a San Judas, de él los Evangelios registran solamente una intervención, y es durante la Última Cena, en el marco del mandamiento muevo de Jesús[4]; apenas finaliza Jesús de dar su mandamiento nuevo, interviene San Judas, diciendo: “Señor, ¿cómo ha de ser esto, que te has de mostrar a nosotros, y no al mundo?” (Jn 14, 22). En su pregunta hay ya un ardor apostólico y un deseo por dar a conocer a los demás el Amor de Jesús: si Jesús se da a conocer a ellos, San Judas quiere que se dé a conocer también a todos los hombres: es el deseo de quien verdaderamente conoce y ama al Sagrado Corazón, porque quien lo conoce y lo ama, no descansa hasta que no lo hace conocer y amar por todos sus hermanos.
¿Cómo fue el martirio de ambos Apóstoles?
Según la tradición, recogida en los martirologios romanos, el de Beda y Adón, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, nos dicen que San Simón y San Judas fueron martirizados en Persia[5], en la ciudad de Suamir, cuyos templos estaban repletos de ídolos. En ese lugar fueron hechos prisioneros los santos apóstoles. Simón fue conducido al templo del Sol y Judas al de la Luna, para que los adoraran, pero ante la presencia de los Santos Apóstoles los ídolos se derrumbaron estrepitosamente y de sus figuras desmoronadas salieron, dando gritos de odio, los demonios. Esto concuerda con lo que dice San Pablo: “Los ídolos de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 10, 19-21). Al ver esto, los sacerdotes paganos se volvieron contra los apóstoles y los martirizaron. Entonces, el cielo, que se encontraba en esos momentos, sereno y despejado, se cubrió repentinamente de oscuras y densas nubes, que desencadenaron una gran tempestad, la cual provocó la muerte de muchos de los presentes. El rey, que ya se había convertido al cristianismo por la predicación de los santos apóstoles, levantó un templo majestuoso, donde reposaron sus cuerpos hasta que fueron trasladados a la iglesia de San Pedro de Roma[6].
Al conmemorar a los santos apóstoles en su fiesta, podemos pedirles las siguientes gracias: a Simón, el zelote, que cambió la pasión de una causa terrena por el amor al Mesías verdadero, el Hombre-Dios Jesucristo, al punto de dar la vida y derramar su sangre por él, le pedimos que interceda por nosotros, para que tengamos siempre presente que esta vida terrena es finita y se termina pronto y que nos espera una eternidad de felicidad si somos fieles a la gracia y al Amor de Jesucristo; a San Judas, que movido por la caridad ardiente hacia el prójimo, le pidió a Jesús que también se manifestara a los demás (cfr. Jn 14, 22), y como prueba de su amor a Jesús, no se quedó en la pregunta, sino que ofreció a Jesús, para que a través suyo, Jesús se manifestara “al mundo” –porque la sangre derramada de los mártires es semilla de nuevos cristianos y por lo tanto es manifestación del Espíritu de Cristo a través del mártir-, le pedimos que interceda para que también Jesús se manifieste “al mundo” a través nuestro, y así le decimos a Jesús, por intermedio de San Judas: “Jesús, que seas carne en mi carne, sangre en mi sangre, alma en mi alma, para que todo aquel que me vea, Te vea, y todo aquel que me oiga, Te oiga. Amén”.




[1] http://www.corazones.org/santos/judas_tadeo.htm
[2] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

lunes, 28 de octubre de 2013

Santos Simón y Judas, Apóstoles


En su Carta, San Judas Tadeo sostiene la necesidad de conservar la fe en su pureza original, sin contaminarla con elementos extraños a la misma, como el gnosticismo, que niega la necesidad de la gracia santificante. Los gnósticos son aquellos católicos que, dentro de la Iglesia, eligen creer en lo que quieren creer y dejan de creer en lo que quieren dejar de creer: de esta manera, permanecen dentro de la Iglesia Católica, pero deforman de tal manera la fe verdadera en Cristo, que al final terminan creyendo en otra iglesia, en otro cristo, en otra fe. Esto es lo que sucede cuando se contamina la fe de la Iglesia Católica con ideologías como la Teología de la Liberación, la Teología feminista, la Teología de la prosperidad, etc.
A quienes pervierten la fe en Cristo, San Judas Tadeo los compara con aquellos considerados como los más impíos en el Antiguo Testamento: los que quitan la vida material de sus hermanos, como Caín (Gn 4, 1-24) y los que cometen impurezas, como las ciudades de Sodoma y  Gomorra (Gn 19, 1-29). Con esto San Judas Tadeo nos quiere decir que la impureza de la fe, es decir, la fe contaminada con razonamientos humanos, es comparable -y peor aún- a los crímenes cometidos contra el hombre, como el asesinato, y es reprobable como la impureza carnal.
Adulterar la fe verdadera, la fe que nos dice que Cristo es Dios Hijo encarnado, nacido, muerto y resucitado para nuestra salvación, que prolonga su sacrificio redentor en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, y que está en Persona en la Eucaristía, es comparable, según San Judas Tadeo, a asesinar el alma de nuestros hermanos, así como Caín asesinó a su hermano.
Adulterar la fe verdadera, la fe que nos dice que la Virgen María es la Madre de Dios, concebida en gracia y sin mancha de pecado, e inhabitada por el Espíritu Santo, es equivalente a cometer impurezas peores que las que cometieron los habitantes de Sodoma y Gomorra, según San Judas Tadeo.
Adulterar la fe, que se deriva del misterio trinitario y por lo tanto las consecuencias morales y de conducta que se derivan son inalterables, y que es lo que justifica, por ejemplo, que el matrimonio monogámico y la familia que de éste se deriva, sean los únicos posibles para el género humano, equivale a ser considerados como merecedores del mismo castigo reservado a los ángeles rebeldes: “A los ángeles que no conservaron su dignidad, sino que abandonaron su morada, los reservó para el día del juicio, en el abismo tenebroso con cadenas eternas. Así también Sodoma y Gomorra y las ciudades comarcanas, siendo reas de los mismos excesos de impureza y entregados al pecado aborrecible, resultaron a servir de advertencia, sufriendo la pena del fuego eterno. De la misma manera amancillan estos también su carne, desprecian la dominación, y blasfeman contra la majestad”.

El mensaje de santidad de San Judas Tadeo es, entonces, el de conservar la pureza de la fe, sin contaminarla con ideologías extrañas.