San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 18 de octubre de 2023

San Isidro Labrador

 



         Vida de santidad[1].

         San Isidro Labrador nació en Madrid, capital de España y junto con su mujer, también santa, llamada Santa María de la Cabeza o Toribia, llevó una dura vida de trabajo, esencialmente agrícola, pero a pesar de este duro trabajo de labrador, nunca descuidó, ni él ni su esposa, su relación con Dios: todos los días los dos rezaban antes de comenzar y luego, al finalizar por la noche el pesado día de trabajo, rezaban también dando gracias por el día vivido en presencia de Dios. San Isidro se convirtió así en modelo ejemplar de un ejemplar trabajador honrado, a la vez que la de un piadoso agricultor cristiano. Falleció en el año 1130 d. C. y fue canonizado el 12 de marzo de 1622 por el Papa Gregorio XV.

Mensaje de santidad.

Uno de los principales mensajes de santidad que nos deja San Isidro Labrador es que se puede cumplir a la perfección el mandato divino de Dios, plasmado en el Génesis, que dice que el hombre “ganará el pan con el sudor de su frente” y esto porque San Isidro se levantaba al alba para salir a arar con sus bueyes y al mismo tiempo que trabajaba para ganar el pan con el sudor de la frente, como lo manda Dios -a esto se le opone el pecado de pereza, que consiste en no trabajar, dejándose llevar por el pecado de la pereza-, no descuidaba ni un solo día su relación de amor con su Dios. San Isidro Labrador fue un ejemplo de santidad, ya que cumplió a la perfección el lema “Ora et labora” benedictino, es decir, “Ora y trabaja”. San Isidro se santificó al cumplir el mandato divino de que el hombre debe ganar el pan con el sudor de su frente, al mismo tiempo que nunca descuidó, ni el rezo del Rosario, ni la asistencia a la Santa Misa, cuando le era posible, ya que en ese entonces las distancias eran muy largas y no se podía comulgar todos los días. Pero San Isidro Labrador, desde su lugar de trabajo, cuando llegaba la hora de la Santa Misa, el santo se arrodillaba en el momento de la consagración, es decir, cuando el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Para San Isidro, la oración era el descanso del duro trabajo y el trabajo, a su vez, se convertía en oración, al ofrecer él su trabajo a Nuestro Jesucristo. Su vida era sencilla, pero colmada con la paz y la alegría que solo Nuestro Señor Jesucristo puede conceder.  Otra característica de la vida de San Isidro es la pobreza, porque si bien trabajó honradamente toda su vida, junto a su esposa, también santa, nunca tuvieron grandes posesiones de bienes terrenos; por el contrario, la pobreza era la característica de sus vidas, pero no cualquier pobreza, sino la pobreza de la cruz, la pobreza de Jesús en la Cruz.

San Isidro no tenía campo propio, sino que cultivaba el campo de Juan de Vargas y era a él a quien, cada noche, le preguntaba adónde debía ir a trabajar, preguntándole: “Señor amo, ¿adónde hay que ir mañana?”; entonces, Juan de Vargas le señalaba el plan para el día siguiente: sembrar, podar las vides, limpiar los sembrados, vendimiar, recoger la cosecha. Y al día siguiente, al alba, Isidro uncía los bueyes y marchaba hacia las colinas onduladas de Carabanchel, hacia las llanuras de Getafe, por las orillas del Manzanares o las umbrías del Jarama. Cuando pasaba cerca de la Almudena o frente a la ermita de Atocha, se detenía a rezar un Padrenuestro o un Avemaría y luego continuaba su camino al trabajo. Una vez sucedió un episodio que explica la razón por la que a San Isidro se lo representa con bueyes y también con un ángel. Unos compañeros suyos, que le tenían envidia por lo bien que trabajaba y por el aprecio que don Juan Vargas le tenía, le fueron a decir, falsamente, que San Isidro abandonaba su trabajo para ir a Misa. Y es verdad que, cuando había Misa, San Isidro Labrador iba a Misa, por lo que Juan Vargas decidió ir a ver qué pasaba con sus propios ojos y lo que vio lo sorprendió: San Isidro no estaba en su lugar de trabajo, porque había ido a la Santa Misa, pero Juan Vargas vio que los bueyes que debía conducir San Isidro eran conducidos por un ángel, el ángel custodio de San Isidro, de manera tal que cuando San Isidro regresaba de la Santa Misa, su trabajo estaba ya hecho, por su Ángel de la Guarda. Así el cielo demostraba cómo Dios no descuida a sus hijos que le demuestran un amor de predilección.

Su mujer, Toribia, era también una santa y le llaman Santa María de la Cabeza porque los agricultores sacan en procesión la reliquia de su cabeza. También obró un milagro con su propio hijo, el cual, siendo pequeño, cayó en un pozo y se ahogó, falleciendo en el momento, pero San Isidro oró a Dios pidiéndole que, si era su voluntad, le devolviera la vida a su hijo, lo cual ocurrió.

Amor al trabajo, amor a su esposa y a su hijo, amor a Dios en la Eucaristía, amor a la oración, son los mensajes de santidad que nos deja San Isidro Labrador.

 

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