San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 3 de octubre de 2023

San Francisco de Asís

 



         Vida de santidad[1].

         Nació como hijo de una familia muy adinerada, con lo cual era ya desde pequeño el heredero de una gran fortuna. Sin embargo, llegada a la mayoría de edad, decidió libre y voluntariamente renunciar a su fortuna material, para seguir a Cristo pobre por el Camino de la Cruz, el Via Crucis.

En 1224 se retiró al Monte Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. Es aquí donde sucedió el milagro de los estigmas en el cual quedaron impresas las señales de la pasión de Cristo en el cuerpo de Francisco. El suceso sobrenatural sucedió así: un día se apareció un ángel a Francisco y le dijo: “Vengo a confortarte y avisarte para que te prepares con humildad y paciencia a recibir lo que Dios quiere hacer de ti”. “Estoy preparado para lo que Él quiera”, fue su respuesta[2]. La madrugada del 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz, antes del amanecer, estaba orando delante de la celda, de cara a Oriente, y pedía al Señor “experimentar el dolor que sentiste a la hora de tu Pasión y, en la medida de los posible, aquel amor sin medida que ardía en tu pecho, cuando te ofreciste para sufrir tanto por nosotros, pecadores”; y también, “que la fuerza dulce y ardiente de tu amor arranque de mi mente todas las cosas, para yo muera por amor a ti, puesto que tú te has dignado morir por amor a mí”. Apenas dicho esto, vio bajar del cielo un serafín con seis alas. Tenía la figura de hombre crucificado; en ese momento, se le formaron en las manos y pies los signos de los clavos, tal como los había sufrido Nuestro Señor en la crucifixión; también en el costado se abrió una llaga sangrante, idéntica a la herida que sufrió Nuestro Señor en el Calvario.

Cuando fray León acudió aquella mañana a prepararle la comida, Francisco no pudo ocultarle lo sucedido. Desde aquel instante, él será su enfermero, encargado de lavarle cada día las heridas y cambiarle las vendas, para amortiguarle el dolor y las hemorragias; excepto el viernes, ya que el Santo no quería que nadie mitigara sus sufrimientos ese día.

         Mensaje de santidad.

         San Francisco de Asís nos deja un mensaje de humildad, pobreza, mansedumbre y seguimiento y configuración con Cristo crucificado. En cuanto a la humildad, San Francisco decidió renunciar a los honores mundanos que le ofrecían los hombres, para vivir una vida oculta a la mundanidad y abierta sólo a los ojos de Dios Padre.

         Nos deja también un mensaje de pobreza, pero no de cualquier pobreza, sino de pobreza evangélica, que es distinta, porque no se trata de solamente renunciar a los bienes terrenos, como efectivamente lo hace San Francisco, sino de participar de la pobreza de la Santa Cruz, allí en donde Cristo Jesús no posee bien material alguno, puesto que los clavos de hierro, la corona de espinas, el madero de la Cruz, todo le ha sido prestado por el Padre para que cumpla su misión de redención de los hombres. Es esta pobreza a la que San Francisco nos conduce con su ejemplo y es la única pobreza que nos conduce al Cielo, porque es la pobreza de la Cruz.

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