San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 16 de octubre de 2023

San Ignacio de Antioquía

 



         Vida de santidad[1].

         San Ignacio de Antioquía fue obispo y mártir, discípulo del apóstol San Juan y segundo sucesor de San Pedro en la sede de Antioquía; en el período de gobierno del emperador Trajano fue condenado al suplicio de las fieras y trasladado a Roma, donde consumó su martirio glorioso dando testimonio de Cristo. Durante el viaje hacia Roma, en donde sabía que sería arrojado vivo a las fieras salvajes, lejos de pedir que intercedieran por él ante las autoridades, les pedía que no lo hicieran, puesto que quería entregar su vida terrena por Cristo para así ganar el Reino de los cielos. En sus cartas a las diversas Iglesias, exhortaba a los cristianos a servir a Dios unidos con el propio obispo, y a ser fieles a las enseñanzas recibidas, a mantenerse firmes frente a los que pretendían socavarlas, así como a vivir la caridad y unidad entre todos. Fue arrojado a las fieras en el circo romano en el año107 d. C.

         Mensaje de santidad.

         Su mensaje de santidad, además del dar la vida martirialmente por Cristo, podemos tomarla de algunos de sus escritos hacia las diversas iglesias, que fueron dejados, como ya dijimos, a las diversas iglesias.

         En uno de sus escritos dice así: “Soy trigo de Cristo y quiero ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan sabroso a mi Señor Jesucristo”. San Ignacio, sin tener en consideración su dignidad de obispo, dignidad que, al menos desde el punto de vista humano, podría ser un dato a favor en cuanto a su posibilidad de evitar su muerte, San Ignacio se considera como “trigo de Cristo” que debe ser convertido en “pan sabroso para su Jesucristo” y que esta conversión de “trigo” en “pan”, solo puede ser llevado a cabo por medio de los afilados dientes de leones, tigres y panteras, los animales salvajes que los romanos solían arrojar al circo romano para que destrozaran a los cristianos.

         Continúa así San Ignacio: “Animad a las bestias para que sean mi sepulcro, para que no dejen nada de mi cuerpo, para que cuando esté muerto, no sea gravoso a nadie […]”. Es decir, San Ignacio quiere positivamente que las bestias salvajes consuman su cuerpo, sin dejar rastros de él, de manera que ni siquiera tengan sus discípulos el trabajo que tener que sepultar el cuerpo. Quiere que su cuerpo sea consumido totalmente por las bestias salvajes.

Luego dice: “Si no quieren atacarme, yo las obligaré. Os pido perdón. Sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo. Que ninguna cosa visible o invisible me impida llegar a Jesucristo […]”. Si las bestias salvajes no hacen nada por destrozarlo con sus dientes, él mismo se encargará de incitarlos para que lo ataquen, ya que solo así, el dar su vida por Cristo, “comenzará a ser su discípulo”, puesto que ser discípulo de Cristo implica subir a la cruz y morir en cruz con Él y esto solo sucederá si los animales salvajes comienzan a destrozar su cuerpo.

Continúa: “Poneos de mi lado y del lado de Dios. No llevéis en vuestros labios el nombre de Jesucristo y deseos mundanos en el corazón. Aun cuando yo mismo, ya entre vosotros os implorara vuestra ayuda, no me escuchéis, sino creed lo que os digo por carta. Os escribo lleno de vida, pero con anhelos de morir. Les pide a sus discípulos que sean coherentes, en el sentido de que no lleven en los labios el nombre de Jesucristo, llamándose “cristianos”, mientras que obran según los deseos mundanos, lo cual sería impedir su muerte, si sus discípulos, llevados por el apego a la vida terrena, intercedieran ante las autoridades para que liberaran y dejaran vivo a San Ignacio. También les dice que, si incluso él mismo, al estar siendo atacado por las fieras, les pidiera que lo liberen, no le hicieran caso, puesto que escribe la carta con plena conciencia.

En otras palabras, San Ignacio de Antioquia, iluminado por la gracia santificante, sabía con toda la claridad que la verdadera vida era la vida eterna, la vida que comienza luego de la muerte en la vida terrena, puesto que, muriendo por Cristo, dando su vida por Cristo, sería considerado digno de ingresar al Reino de los cielos, para contemplar cara a cara al Cordero de Dios, Cristo Jesús. Al recordarlo en su día, le pidamos que interceda por nosotros para que, cuando nos sintamos demasiado apegados a esta vida terrena, nos ayude para que Cristo nos recuerde que Él nos espera en la vida eterna, en el Reino de los cielos y que esta vida es solo la prueba para ganarnos la Vida Eterna, la Vida Eterna en la que el Divino Amor del Cordero de Dios colmará nuestras almas para siempre.

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