San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 5 de mayo de 2018

Fiesta de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago



         Vida de santidad[1].

         Felipe nació en Betsaida; fue primero discípulo del Bautista y más tarde siguió a Cristo. Santiago, primo hermano del Señor, hijo de Alfeo, fue obispo de Jerusalén, escribió una carta canónica. Llevó una vida de gran mortificación y convirtió a muchos judíos. Recibió la corona del martirio el año 62.

         Mensaje de santidad.

         Además de sus vidas personales, el mensaje de santidad que nos dejan los Apóstoles es el legado de la verdadera Fe católica, lo cual nos previene de caer en errores, cismas, herejías.
         Precisamente, uno de los Padres de la Iglesia hace el siguiente comentario acerca de este legado apostólico. Dice así Tertuliano[2]: “Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones”. Si bien Cristo Jesús predicó “abiertamente a todo el pueblo”, en otras ocasiones predicó a los Apóstoles, puesto que ellos habían sido elegidos para continuar su prédica “a todas las naciones”, al haber sido elegidos para ese fin específico. Es de esta prédica de donde deriva nuestra fe.
Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Aunque uno de ellos defeccionó –Judas Iscariote, el traidor- los demás se mantuvieron firmes en la fe y fueron enviados por todo el mundo para “adoctrinar a los hombres” y bautizarlos en nombre de la Santísima Trinidad.
Los apóstoles -palabra que significa “enviados”-, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe. Los Apóstoles “obtuvieron la fuerza del mismo Espíritu Santo” y con esta fuerza y sabiduría es que fueron a todo el mundo a predicar la Buena Noticia de Jesucristo Salvador.
“De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas”. Las Iglesias que los Apóstoles fundaron se llaman “apostólicas” lo cual significa que la fe que profesan es la fe de los Apóstoles, de aquellos que fueron adoctrinados personalmente por el Logos de Dios encarnado y por el Espíritu Santo. La Iglesia en su conjunto recibe el nombre de “Apostólica” porque su fe fundante no es doctrina de hombres, sino derivada de los Apóstoles, fe la cual, como hemos visto, proviene del mismo Jesucristo y del Santo Espíritu de Dios.
Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica. Todas las iglesias apostólicas forman una misma unidad de fe porque todas han sido fundadas en la tradición apostólica. La unidad en la fe es signo de la Presencia del Espíritu Santo en la Iglesia universal y en las iglesias locales –apostólicas- derivadas de la universal. Quien se aparta de esta fe, se aparta de la verdadera y única Iglesia de Dios.
El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta. Si alguien quiere permanecer siempre en la Verdad de Jesucristo y no caer nunca en el error del cisma y la herejía, lo que debe hacer es mantenerse siempre firme y fiel a la fe de los Apóstoles, contenida en el Credo.
El Señor había dicho en cierta ocasión: Tendría aún muchas cosas que deciros, pero no estáis ahora en disposición de entenderlas; pero añadió a continuación: Cuando venga el Espíritu de verdad, os conducirá a la verdad completa; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de verdad les daría el conocimiento de la verdad completa. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos. La fe que nos transmitieron los Apóstoles es la única fe que proviene de Dios, pues el Espíritu Santo en Persona “bajó sobre ellos” y los adoctrinó con la Sabiduría de Dios. No hay otra fe posible que la Santa Fe Católica, fundada sobre los Apóstoles.




[2] Cfr. del Tratado de Tertuliano, Sobre la prescripción de los herejes; Cap. 20, 1-9; 21, 3; 22, 8-10: CCL 1, 201-204.


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