San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 11 de julio de 2014

San Benito Abad y la Cruz de Jesús


         El abad San Benito creó una medalla con una cruz y una inscripción en latín, la cual luego fue reconocida por la Iglesia como sacramental, instituido en su memoria[1]. Con respecto a su significado, incorporado al Ritual Romano por Benedicto XIV en el año 1742[2], es de un neto contenido exorcístico, es decir, las inscripciones son en realidad las primeras letras de una oración de exorcismo contra el Demonio[3].
         ¿Cuál es su significado?
“Crux Sancta”: “La cruz santa”: la Cruz es santa porque en ella está Jesucristo, el Hombre-Dios, que es el Dios Tres veces Santo, y como tal, es quien santifica todo a su contacto, y por lo tanto, es quien hace a la cruz, santa; la cruz es santa porque es Jesús, el Dios Tres veces Santo, quien la santifica con su Ser divino trinitario; pero a su vez, la Cruz santa, santifica a quien se acerca a ella, porque la Cruz está empapada con la Sangre del Cordero, Sangre que es santa, porque brota de las heridas del Cordero “como degollado”, Cristo Jesús, que se inmola en el ara de la Cruz para salvar al hombre al precio de su vida, ofrecida en el sacrificio del Calvario, renovado de modo incruento, cada vez, en la Santa Misa.
“Sit Mihi Lux”: “sea mi luz (la Santa Cruz)”: la Cruz está empapada en Sangre, pero puesto que es la Sangre del Cordero, la Cruz es luz, porque la Sangre del Cordero es la Sangre de Dios y Dios es Luz (1 Jn 1, 5), Luz eterna, indefectible, trinitaria, celestial, sobrenatural, que da de esa vida eterna a aquel a quien ilumina, y por eso quien se acerca a la Cruz de Jesús, es iluminado por la luz eterna que brota del Costado abierto del Sagrado Corazón de Jesús.
“Non Draco Sit Mihi Dux”: “que el Dragón no sea mi guía”: quien se acerca a la Cruz de Jesús, es bañado por la Sangre del Cordero y es iluminado por la luz eterna que brota del Costado abierto del Hombre-Dios; quien se acerca a la Cruz de Jesús, recibe la vida eterna del Hijo de Dios encarnado, crucificado, muerto y resucitado y por lo mismo, es convertido en hijo adoptivo de Dios y como hijo adoptivo de Dios, es hijo de la luz y nada tiene que ver con las tinieblas, con los hijos del Dragón, la Serpiente Antigua, el Ángel caído, Satanás. Quien se acerca a la Cruz de Jesús, es bañado por la Sangre del Cordero de todas sus iniquidades y es iluminado por su luz eterna y así es conducido hacia la morada santa, el seno del Padre Eterno, y no es engañado por la Serpiente. Por el contrario, quien se aleja de la Cruz de Jesús, es arrastrado por el Dragón Rojo hacia el abismo en donde no hay redención; quien se aleja de la Cruz de Jesús, tiene por guía a la Estrella Roja, al Dragón del Infierno, que lo conduce con sus mentiras y engaños hacia la eterna perdición, hacia las tinieblas eternas.
“Vade retro Satana”: “Atrás Satanás”: solo la Cruz de Jesús hace retroceder al Dragón del Infierno; solo la Cruz de Jesús lo vence, de una vez y para siempre, porque la Cruz está empapada con la Sangre del Cordero de Dios; ante la vista de la Cruz de Jesús, la Serpiente Antigua huye como una fiera enloquecida de terror; ante la vista de la Cruz de Jesús, el Ángel caído, y el Infierno todo, se estremecen de pavor, se conmueven de terror, aúllan de desesperación, porque de la Cruz de Jesús emana la omnipotencia de Dios Uno y Trino que hace sentir todo el peso de la ira y de la justicia divina hasta en el último rincón del Infierno. Es por este motivo que Santa Teresa de Ávila decía: “Antes tenía temor del demonio; pero con la Cruz de Jesús, ahora es el demonio quien me tiene miedo a mí”.
“Nunquam Suadeas Mihi Vana”: “No me aconsejes cosas vanas”: la Cruz de Jesús protege de las cosas vanas que aconseja el demonio, las vanidades y superficialidades del mundo, que hoy están y a la tarde ya han desaparecido. Todo lo que no sea la Cruz de Jesús, es “vanidad de vanidades y pura vanidad y correr tras el viento” (Ecle 1, 2; 4, 4). Por eso San Ignacio de Loyola decía que el alma debía desear solo lo que Cristo deseaba en la Cruz, y debía desechar lo que Cristo desechaba en la Cruz: “Dolor con Cristo doloroso; quebranto con Cristo quebrantado; lágrimas, pena interna, de tanta pena que pasó por mis pecados”.
“Sunt Mala Quae Libas”: “Es malo lo que me ofreces”: el Demonio solo ofrece “cosas malas”, dice San Benito, y estas “cosas malas”, son las ideologías ofrecidas al hombre para que este se postre en su adoración: materialismo, relativismo, ateísmo, agnosticismo, panteísmo, neo-paganismo nueva era, comunismo, liberalismo, consumismo, existencialismo, sectas, falsas religiones, etc. Solo la Cruz de Jesús ofrece al hombre el verdadero Camino, la única Verdad y la Vida eterna, porque solo en la Cruz de Jesús encuentra el hombre a Cristo, el Hijo Eterno del Padre. Quien se abraza a la Cruz de Jesús, recibe el Espíritu Santo, que lo conduce al seno del Padre; por la Cruz de Jesús, recibimos el Amor Divino que nos perdona y nos conduce a la comunión plena en el Amor con el Padre y el Hijo.
“Ipse Venena Bibas”: “Bebe tú mismo tus venenos”: quien se abraza a la Cruz de Jesús, se abraza a la Carne y la Sangre del Cordero, Carne y Sangre que contienen el Fuego del Espíritu de Dios, y así su alma se alimenta con el Amor de Dios, y quien se alimenta del Amor de Dios, nada sabe de los venenos del Dragón, el cual debe así “beberse sus propios venenos”, el odio a Dios y a los hombres, la discordia, la maledicencia, la lujuria, la pereza, la ira, la gula, la avaricia, la soberbia. Quien se abraza a la Cruz de Jesús, se abraza al Amor de Dios, encarnado en el Cordero crucificado, y así se alimenta del Amor de Dios, el Amor que se dona a sí mismo en la Eucaristía, y nada sabe ni le interesa, de los venenos del Dragón.
“Pax”: “Paz”: la Cruz de Jesús da la Paz de Dios, la única y verdadera paz posible para el hombre, porque es la paz profunda, espiritual, que sobreviene al alma luego de ser bañada y purificada de sus pecados por la Sangre del Cordero y ser así convertida en templo santo de Dios, en donde mora la Santísima Trinidad. Solo la Cruz de Jesús, que limpia al alma de sus pecados con la Sangre de Jesús, la convierte en templo del Espíritu Santo, y la vuelve morada de Dios Uno y Trino, concede al alma la verdadera y única paz posible, la Paz de Jesucristo, la Paz de Dios.



[1] Como todo sacramental, su eficacia no radica en la medalla en sí misma, sino en Cristo, quien lo otorga a la Iglesia; además, es necesaria la fe en Cristo de quien usa la medalla.
[2] Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Medalla_de_San_Benito
[3] En la cara Frontal o Anverso de la medalla de San Benito, aparece la figura de San Benito sosteniendo dos elementos: en su mano derecha, una cruz y en su mano izquierda, el libro de las Reglas, con la oración rodeando la figura del santo: Eius in obitu nostro praesentia muniamur! (A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia; por este motivo, San Benito es el Patrono de la buena muerte). En el fondo de la imagen aparece, hacia un lado, una copa envenenada, porque, según la tradición, cuando el santo hizo sobre ella la señal de la cruz, salió una serpiente. Hacia el otro lado del santo, aparece un cuervo que se lleva un pan, porque también según la tradición, un enemigo celoso intentó envenenar a San Benito, dándole un trozo de pan envenenado, pero antes de que el santo lo pudiera comer, apareció un cuervo y se lo llevó, y esto es lo que aparece representado en la medalla. Arriba de la cruz aparecen las palabras Crux sanctis patris Benedicti, es decir: “Cruz del santo Padre Benito”. En el reverso de la medalla, se muestra la cruz de San Benito con las letras: Crux Sancti Patris Benedicti (C.S.P.B.): que en castellano es: Cruz del Santo Padre Benito/Crux Sancta Sit Mihi Lux (C.S.S.M.L.): “La santa Cruz sea mi luz” (crucero vertical de la cruz)/Non Draco Sit Mihi Dux (N.D.S.M.D.): “No sea el demonio mi señor/guía (dux = duque = Señor (en un sentido feudal), en clara analogía a Dios mismo)” (crucero horizontal)/En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:/Vade Retro Satana! (V.R.S.): “¡Retrocede, Satanás!” (Vade =Ir ; Retro= Atrás)/Nunquam (algunos dicen que es “Non2) Suade Mihi Vana! (N.S.M.V.): “No me persuadas con cosas vanas”/Sunt Mala Quae Libas (S.M.Q.L.): “Malo es lo que me ofreces”/Ipse Venena bibas (I.V.B.): “Bebe tú mismo tus venenos”/PAX: “Paz”.

jueves, 3 de julio de 2014

El consuelo del Sagrado Corazón de Jesús


         En la Tercera Revelación, el Sagrado Corazón de Jesús le pide a Santa Margarita María de Alacquoque que se levante “entre las once y las doce de la noche” para “postrase con Él durante una hora, con la cara en el suelo, tanto para apaciguar la cólera divina, pidiendo por los pecadores, como para endulzar de algún modo la amargura” que Él sentía “por el abandono” de sus apóstoles, lo cual lo había llevado a “reprocharles que no habían podido velar una hora” con Él[1].
         Este pedido de Jesús, realizado a Santa Margarita, si bien fue realizado en el siglo XVII, conserva toda su actualidad y, por lo tanto, debemos considerarlo como realizado a todo el Cuerpo Místico, es decir, a toda la Iglesia, a todos los bautizados. El Sagrado Corazón, desde el sagrario, nos pide a todos que reparemos por las tremendas ingratitudes, por los sacrilegios, por las indiferencias, que Él recibe de continuo, día a día, en el sagrario. Eso es lo que les dice el Ángel de Portugal, cuando en la Tercera Aparición, antes de darles a comulgar la Eucaristía y de beber el Cáliz, se postra con la frente en el suelo ante la Hostia suspendida en el aire que mana Sangre sobre el Cáliz y pronuncia la oración de adoración a la Santísima Trinidad y de reparación al Santísimo Sacramento del Altar: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”. Al darles de comulgar la Hostia a Lucía y de beber del Cáliz a Jacinta y Francisco, el Ángel les dijo al mismo tiempo: “Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”[2].
         Tanto el pedido de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Margarita, como el del Ángel a los Pastorcitos, hablan de una misma cosa: la necesidad de reparación, la cual se puede hacer con actos de amor y de adoración, en el momento de la comunión eucarística, por la ingente cantidad de sacrilegios, ultrajes, crímenes, desprecios, ingratitudes, que no solo recibió el Sagrado Corazón en su Pasión, por parte de los Apóstoles, que no pudieron velar con Él ni siquiera una hora, sino también por los que continúa recibiendo, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, por la inmensa mayoría de los cristianos de hoy, dormidos por el indiferentismo, el relativismo, el materialismo y el neo-paganismo. La reparación de consuelo que quiere Jesús es la reparación del amor y de la adoración a su Presencia Eucarística y el Amor necesario para hacer esta reparación se lo obtiene de las Llamas de Amor que envuelven a su Sagrado Corazón Eucarístico.




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] http://es.catholic.net/mariologiatodoacercademaria/572/1428/articulo.php?id=13435

miércoles, 2 de julio de 2014

Fiesta de Santo Tomás Apóstol


         “Bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20, 24-29). Cuando Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, Tomás Apóstol no está con ellos, y cuando ellos le relatan la experiencia de haber visto a Jesús resucitado, no les cree: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Tomás se niega a creer sobre la base de la fe de los demás; él necesita experimentar con sus sentidos; necesita “ver para creer”; Tomás, además de ser escéptico, impone sus propias condiciones a Dios; es él quien impone sus propias condiciones a Dios, para hacer el acto de fe, y no Dios, quien da las condiciones para creer: o Dios se amolda a Tomás, o Tomás no cree. Finalmente, ocho días después, estando presente Tomás, Dios parece escuchar a Tomás y someterse a su pedido, puesto que se aparece visiblemente, permitiendo que Tomás vea la marca de los clavos en sus manos, ponga el dedo en el lugar de los clavos y toque su costado con la mano, tal como lo había pedido. Tomás lo hace, y cree, haciendo el acto de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Al aparecerse visiblemente y permitirle tocar sus heridas, Jesús le concede a Tomás su pretensión de “ver para creer”, con lo cual Tomás ve satisfecho su escepticismo, pero al mismo tiempo, Jesús le advierte que no es ese el camino de la felicidad, porque dice que los felices son los que creen sin ver, no los que creen luego de ver: “¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!”.

         La felicidad que proporciona la fe no radica, por lo tanto, en lo sensible –aunque si se da una aparición, y es del cielo, puede dar felicidad, si Dios lo permite-, sino en lo invisible, y en esto, la Santa Misa y la Eucaristía proporcionan la máxima felicidad, porque Jesús está Presente realmente, con la marca de sus clavos en las manos y con su Costado abierto, de donde mana no Sangre, sino Luz, porque está vivo y resucitado en la Eucaristía, y no necesitamos verlo sensiblemente, sino simplemente basta con tener la fe de la Iglesia para creerlo y recibirlo con el corazón lleno de fe y de amor. Sin verlo con los ojos del cuerpo, pero viéndolo con los ojos de la fe, con los ojos de la Iglesia, lo recibimos en la Eucaristía, diciendo como Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”, y así Jesús nos dice al comulgar: “¡Bienaventurado tú, porque sin ver, crees en mi Presencia Eucarística!”. Y ésta es la máxima felicidad que puede el hombre obtener en esta vida.

domingo, 29 de junio de 2014

Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma


         Los protomártires de la Iglesia de Roma fueron víctimas de la persecución del emperador Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64[1]. Fue el emperador quien culpó, injustamente, de este incendio y de otras calamidades, a los cristianos, todo lo cual era un burdo pretexto para simplemente tener una excusa para encarcelarlos, condenarlos y ejecutarlos.
La comunidad cristiana era pacífica y sin embargo -dice Tertuliano- tanto el emperador Nerón como los paganos, los culpaban supersticiosamente de todas las calamidades que acontecían. Dice así Tertuliano: “Los paganos atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”.
Lo que llama la atención, además de las acusaciones injustas, es la forma de morir de los cristianos, extremadamente cruel, impuesta e ideada por Nerón, puesto que para su muerte no era necesaria la barbarie demostrada en la ejecución de los prisioneros. Gracias al historiador Cornelio Tácito, que dejó escrito en el Libro XV de los Annales, podemos saber hasta dónde llegaba la brutalidad del emperador, a la hora de hacer morir a los cristianos, sin respetar ni a las mujeres ni a los niños: por ejemplo, los rociaba con alquitrán y los hacía arder como antorchas humanas en los jardines de la colina Oppio, o los vestía con pieles de animales y los dejaba a merced de las bestias feroces en el circo[2].
El historiador pagano Tácito escribe que hasta el mismo pueblo romano, pagano también como él, sentía compasión y horror ante tales muestras de crueldad, que no se justificaban ni siquiera por el supremo interés del imperio; todos se daban cuenta de que, en realidad, se trataba, en última instancia, de satisfacer la sed de sangre del emperador Nerón. Dice así el escritor Tácito: “Entonces —sigue diciendo Tácito—se manifestó un sentimiento de piedad, aun tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo” (Nerón).
Sin embargo, la razón última de la persecución de los cristianos y de la extrema ferocidad y crueldad con la cual eran ajusticiados, no se justifican, ni por los intereses supremos de un imperio terreno, ni por la patología mental paranoica, psicopática, sádica y delirante de un emperador humano, sediento de sangre y de sufrimiento humano, aun cuando de hecho la hubiera habido (todo indica que la había en el sujeto humano llamado “Nerón”).
La razón última de la persecución de los cristianos y la extrema ferocidad y crueldad con la que fueron ajusticiados los Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma –y, por extensión, todos los mártires de la Iglesia universal, a lo largo de la historia, y los que serán ajusticiados hasta el Último Día-, hay que buscarla en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Si el mundo los odia, sepan que Me ha odiado a Mí antes que a ustedes” (Jn 15, 18). Aquí, por “mundo”, se entiende al mundo creado por Dios, el cual es bueno, en cuanto creado por Él, sino el mundo de las tinieblas, el mundo regido por el Príncipe de las tinieblas, Satanás. Es el mismo mundo tenebroso que logra, con calumnias, infamias, mentiras, perseguir y arrestar a Jesús, y llevarlo a un juicio inicuo, para condenarlo a muerte de cruz. Es el mundo regido por el demonio, que se vale del poder mundano, del dinero, de la violencia, de la mentira, de la calumnia, de la infamia, de la crueldad, para lograr su objetivo, que es el de borrar de la faz de la tierra y del corazón del hombre el nombre de Dios Uno y Trino y el de Jesucristo, el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, que se dona a sí mismo en la Eucaristía, como el Pan Vivo bajado del cielo. Es el mundo que busca destruir a la Iglesia y a su Corazón, la Eucaristía.
Pero así como la razón de la persecución y de la crueldad inhumana se encuentran en el Infierno, así también la razón de no solo la resistencia sobrehumana frente a tanta crueldad, sino de la alegría demostrada por los cristianos en circunstancias tan dramáticas, no se deben buscar en la naturaleza humana, sino en el cielo, en la Santísima Trinidad, en el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador, que el Padre y el Hijo envían a los mártires en los momentos de máximo dolor y de mayor persecución, para confortarlos con la dulzura de su Amor. Es el Espíritu Santo el que, inundando a los mártires con su Amor, los conforta y les quita todo dolor, en medio de las torturas de sus verdugos, de modo que no solo no sienten nada de dolor, sino que experimentan, ya por anticipado, en los últimos momentos de su vida terrena, vividos en el martirio por Cristo Jesús, la eternidad de alegría infinita, de gozos interminables, de dulzuras celestiales, y sobre todo de Amor Divino, Eterno, de los que gozarán por los siglos sin fin, en el Reino de los cielos.
















[1] Cfr. http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/fechas/junio_30.htm
[2] Entre los mártires más ilustres se encuentran San Pedro, crucificado en el circo neroniano, y San Pablo, decapitado en las “Acque Galvie”. 

jueves, 26 de junio de 2014

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


         “El Divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior... (…) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”[1].
El Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque para que le manifestara al mundo tanto la magnitud de su Amor, que lo llevó a padecer de modo infinito en la Pasión para salvar a la Humanidad, como la ingratitud de los cristianos, que indiferentes al Amor de predilección demostrado hacia ellos de manera especial, porque fueron elegidos de entre muchos para recibir los sacramentos y la gracia santificante, lo dejan abandonado en el sagrario, viviendo en el mundo de un modo que escandaliza aun a los paganos.
         Hoy, en el siglo XXI, el Sagrado Corazón no se aparece visiblemente a los ojos y a los sentidos corporales, pero sí se hace Presente, sobre el Altar Eucarístico, por medio de las palabras de la consagración, en la Santa Misa, de modo real y substancial, con su Cuerpo glorioso y resucitado, con su Corazón palpitante, envuelto en las Llamas del Amor Divino, para donarse a sí mismo, sin reservas, a todo aquel que lo quiera recibir con fe y con amor. Pero al igual que sucedió en tiempos de Santa Margarita María de Alacquoque, también hoy el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús tiene amargos reproches para hacer a los cristianos, porque los cristianos de hoy, se comportan peores que los paganos: los cristianos de hoy conocen más de los ídolos que el mundo le presenta a través de los medios de comunicación, que de Él mismo, que murió en la cruz y que perpetúa el Santo Sacrificio de la Cruz en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, y que se queda en el sagrario, en la Eucaristía, para donar su Amor, eterno, infinito, insondable, inabarcable, sin límites, a todo aquel que quiera acercarse a Él. Sin embargo, los cristianos, en vez de postrarse en adoración ante Él, el Sagrado Corazón Eucarístico, que está vivo y glorioso, y lleno del Amor Divino, en el sagrario, prefieren postrarse, como neo-paganos, ante los ídolos mundanos, inertes, carentes de vida, pero atractivos en la superficie, porque son multicolores y en vez del silencio del sagrario, vociferan y aúllan a través de los televisores de plasma, las pantallas de cristal líquido, los celulares inteligentes de última generación, las tabletas, y cuanto dispositivo tecnológico exista. El Anticristo se vale de la ciencia y la tecnología para atraer a ingentes masas de cristianos que, convertidos en neo-paganos, corren detrás de los modernos ídolos -del fútbol, de la política, del dinero, de la violencia, del sexo, del materialismo, de la ciencia-, los cuales los conducen hacia el abismo de la eterna condenación, y con su actitud, dejan de ser “la sal y la luz de la tierra”, para convertirse en tinieblas, atrayendo a su vez a los paganos, a los que no han conocido a Jesús, porque tenían la misión de hacer conocer al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y no de postrarse ante los ídolos del mundo.
         La cruz del Sagrado Corazón, dice Santa Margarita, significa el menosprecio que su Humanidad iba a sufrir en su Pasión, y significa también el menosprecio que continúa sufriendo en la Eucaristía, porque los cristianos de hoy, los neo-paganos del siglo XXI, conocen y aman más a los ídolos del mundo que al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Está en cada uno de nosotros reparar, con actos de amor y de adoración eucarística, por todos aquellos que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, “horriblemente ultrajado por los hombres ingratos” -como les dice el Ángel de Portugal a los Pastorcitos-, en la Eucaristía.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

lunes, 23 de junio de 2014

El Nacimiento de San Juan Bautista


         El nacimiento de Juan el Bautista está precedido por numerosos signos y prodigios: su madre, Santa Isabel, siendo una mujer entrada en años, lo concibe de su esposo Zacarías a pesar de su edad; su concepción es anunciada por un ángel; su padre pierde el habla por no creer en los signos del cielo, y la recupera cuando los cree; una vez concebido, “salta de alegría” (cfr. Lc 1, 39-45) en la Visitación de la Virgen y el Evangelista Lucas confirma que “la mano de Dios estaba sobre Juan el Bautista”. Luego, durante toda su vida, hasta que llega el momento de “manifestarse a Israel”, lleva una vida austera, de penitencia y oración, “en el desierto”, como lo dice el Evangelio.
Pero no solo su nacimiento, sino también su muerte está marcada por un sello del cielo, desde el momento en que no se trata de una muerte cualquiera, sino que se trata de una muerte martirial, ya que es decapitado, no por defender una regla moral –la indisolubilidad matrimonial, en este caso, de Herodes-, sino que es decapitado por dar testimonio de Jesucristo, el Hombre-Dios. Y como si no fueran suficientes estos signos celestiales, es el mismo Jesucristo quien elogia a Juan el Bautista, llamándolo: “el más grande entre los nacidos de mujer” (cfr. Lc 7, 28).
         ¿Por qué tantos signos de parte del cielo, tanto en su nacimiento como en su muerte? ¿Por qué una vida de tanta austeridad en el desierto? ¿Por qué el elogio de parte de Jesús? Por la función más trascendental y única para la cual fue concebido Juan el Bautista: el anuncio de la Llegada del Salvador, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.  

Ahora bien, todo bautizado está llamado a ser otro Juan Bautista, porque todo bautizado participa del don de profecía, don por el cual anuncia al mundo que Jesucristo es el Cordero de Dios, el Kyrios, el Señor, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, que ha muerto en cruz y ha resucitado, y prolonga su sacrificio en cruz en la Santa Misa y entrega su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, para que quien crea en Jesús Eucaristía y se alimente del Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, tenga Vida eterna y viva para siempre. Todo cristiano está llamado a dar la vida por Jesús, como lo hizo Juan el Bautista.         

jueves, 12 de junio de 2014

San Antonio de Padua y la mula que se arrodilló ante la Eucaristía


         Es conocido por todos uno de los más notorios milagros eucarísticos que tuvieron lugar en la historia de la Iglesia y que tuvo por protagonista a San Antonio de Padua: un hereje, que no creía en la Presencia real y substancial de Jesús en la Eucaristía, desafió a San Antonio en público a que tuviera a una mula sin comer durante tres días, al cabo de los cuales, la soltarían en la plaza delante de fardos de alfalfa, mientras que al mismo tiempo, San Antonio debía sostener la Eucaristía. El incrédulo sostenía que, como la Eucaristía era solo un poco de pan bendecido, la mula se dirigiría directamente a la alfalfa, ignorando la Hostia, puesto que no era más que pan. San Antonio aceptó el reto y, llegado el momento, al soltar a la mula, San Antonio se dirigió al animal ordenándole que se arrodillara delante de su Creador. Ante la sorpresa de todos y a pesar de que la mula había pasado efectivamente tres días sin comer absolutamente nada, en vez de dirigirse al alimento, como se lo indicaba su instinto animal, se dirigió resueltamente hacia San Antonio, que sostenía en lo alto una custodia con la Eucaristía y, doblando sus patas delanteras, se postró en signo de adoración ante Jesús Eucaristía, reconociendo a su Creador.

         Hoy podemos ver, con asombro y estupor, que los seres humanos, que se diferencian por su capacidad de raciocinio, doblan sus rodillas ante ídolos mudos e inertes, como el fútbol, el dinero, la política, la violencia, la sensualidad, el materialismo, mientras que son incapaces de doblar sus rodillas frente al Santísimo Sacramento del altar, tal como lo hizo la mula ante la orden de San Antonio de Padua.