San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de junio de 2015

Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma


La Iglesia celebra hoy a los protomártires de la Iglesia de Roma, víctimas de la persecución de Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64[1]. Entre los mártires más ilustres se encuentran el príncipe de los apóstoles, crucificado en el circo neroniano, en donde hoy está la Basílica de San Pedro, y el apóstol de los gentiles, san Pablo, decapitado en las “Acque Galvie” y enterrado en la vía Ostiense. Después de la fiesta de los dos apóstoles, el nuevo calendario romano universal quiere celebrar la memoria de los numerosos mártires que no pudieron tener un lugar especial en la liturgia[2].
¿Qué fue lo que sucedió y que dio origen a la persecución y matanza de estos primeros mártires? Está comprobado, por investigaciones de renombrados historiadores, que fue Nerón quien ordenó el incendio de Roma, pero debido a que odiaba a los cristianos, los culpó de su incendio, para tener un pretexto para encarcelarlos, enjuiciarlos por sedición al imperio y hacerlos asesinar. Así nos lo dice el famoso y renombrado historiador pagano romano Cornelio Tácito en el libro XV de los Annales: “Como corrían voces que el incendio de Roma había sido doloso, Nerón presentó como culpables, castigándolos con penas excepcionales, a los que, odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba cristianos”[3].
También el historiador Tertuliano confirma implícitamente la teoría de Cornelio Tácito, de que los cristianos fueron acusados injustamente del incendio de Roma, puesto que eran pacíficos y convivían pacíficamente con los demás paganos y con la comunidad hebrea romana. Según Tertuliano, el pueblo romano inició la hostilidad hacia los cristianos, culpándolos de todos sus males: “Los paganos atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”[4]. Y esta culpabilidad general, se convirtió en directa y concreta culpabilización, arresto y asesinato de los cristianos, luego del incendio de Roma, cuyo autor, como vimos, fue Nerón.  
Lo que sucede es que el cristianismo es tan fuerte, que cuando se enciende en la mente y en el corazón de una persona, ya no hay lugar para nadie más que no sea Jesucristo, el Hombre-Dios. Nerón se daba cuenta de esto y fue por este motivo que planeó un crimen tan alevoso como el incendio de Roma, para después atribuírselos injustamente a los cristianos, con la esperanza, infundada, de hacerlos desaparecer.
Algo que es llamativo, es la crueldad con la que fueron ejecutados los mártires cristianos: fueron transformados en antorchas humanas, luego de ser rociados con brea y fueron dejados ardiendo en los jardines de la colina Appia; a mujeres y niños se los vistió con pieles de animales y se los dejó a merced de las bestias feroces en el circo; otros fueron decapitados. Pero tanta crueldad, sólo sirvió para que los mismos romanos, que presenciaban tan horrendo espectáculo, se movieran a compasión, y cayeran en la cuenta de que quienes eran bárbaramente asesinados en la pista del Coliseo, eran en realidad inocentes, mientras que quien ordenó sus muertes, era quien había cometido el crimen del incendio de Roma. Dice el historiador Tácito: “Entonces se manifestó un sentimiento de piedad, aún tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón[5]. Pero no solo se trató de un mero sentimiento de compasión y de horror ante la crueldad, la que se despertó en el noble pueblo romano: la contemplación de la muerte de los cristianos, fue la ocasión para la acción del Espíritu Santo, que fue en realidad quien conmovió a los corazones de los romanos, sembrando en ellos la gracia de la conversión y suscitando nuevos cristianos, con lo cual se comprueba el aserto de los Padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.
Sin embargo, la persecución a la Iglesia y a los cristianos, lejos de disminuir o desaparecer, no ha hecho más que aumentar y arreciar en nuestro siglo XXI. Hoy como ayer, asistimos horrorizados ante el avance del odio anti-cristiano, -el Santo Padre Francisco ha dicho que “no se puede callar ante esta persecución”[6]- que se ensaña con los cristianos por el solo hecho de ser cristianos, por el solo hecho de llevar en sus almas el sello indeleble de la cruz de Cristo, impresa con el Bautismo sacramental y en el corazón el Amor de Dios, donado por el Espíritu Santo. Hoy, asistimos horrorizados ante la espantosa carnicería que milicianos armados, integrantes de sectas satanistas disfrazadas de religiosas, como ISIS, Al Qaeda, Boko Haram y muchas otras más[7], desencadenan contra los cristianos, principalmente en Medio Oriente, aunque también en otras partes del mundo. Hoy asistimos horrorizados y vemos cómo se multiplican, de a millares, los mártires cristianos, que al igual que los Primeros Santos Mártires de Roma, son decapitados, envueltos en llamas y quemados vivos, y hechos destrozar por las fieras, que tal vez en nuestros días no sean como las del circo romano, como en el caso de los Primeros Mártires, pero no dejan de ser fieras, porque son seres humanos a quienes el odio anti-cristiano les ha enceguecido la capacidad de razonar, rebajándolos a un nivel más bajo que el de las bestias irracionales.
Pero el odio satánico no triunfa sobre el Amor de Dios, porque el Amor de Dios que asiste a los mártires es infinitamente más fuerte que el odio anti-cristiano y satánico que arrebata sus vidas terrenas: si los cuerpos de los cristianos –sean los de los Primeros Mártires, o los del siglo XXI- son decapitados, “sus voces entonan en el cielo cánticos de alabanza al Cordero, porque ellos son los que han vencido a la Bestia” (cfr. Ap 18, 24), porque son los “profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cfr. Ap 18, 24)[8]”; si los cuerpos de los cristianos son envueltos en llamas, para evitar que den testimonio de Jesús, sus corazones son envueltos en las llamas del Espíritu Santo y convertidos en imágenes vivientes del Sagrado Corazón de Jesús, que en el cielo adoran al Cordero que vive por los siglos; si sus cuerpos son destrozados por bestias salvajes o por seres humanos a quienes el odio satánico les ha quitado la capacidad de razonar, rebajándolos a bestias, sus almas son glorificadas en el cielo y presentadas por la Madre de Dios, para que reciban la ternura, la dulzura, el Amor y la gloria de parte del mismo Cordero, por quienes entregaron sus vidas, y esto es así en la realidad, porque, como dijimos, el Amor de Dios es infinitamente más fuerte que el odio de Satanás y de los hombres a él asociados, y no solo jamás podrá vencer a la muerte, sino que con su irracional acto de destruir las vidas de los cristianos, lo único que hace es multiplicar el Amor que se enciende en esos mismos cristianos y en miles de millares de cristianos que, por su testimonio, seguirán sus pasos y darán sus vidas, dando testimonio martirial del Ser y del Amor de Dios Uno y Trino, que en Cristo Jesús nos ha dado su Cuerpo y su Sangre para salvarnos y conducirnos al Reino de los cielos.



[1] http://es.catholic.net/op/articulos/31952/primeros-mrtires-de-la-santa-iglesia-romana-santos.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. http://www.news.va/es/news/el-papa-pide-a-la-comunidad-internacional-que-no-p: “(RV).- Después de la oración a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó detalladamente a diferentes grupos de peregrinos e hizo una mención especial al Movimiento Shalom y su misión ante la persecución de los cristianos en el mundo, y pidió a la comunidad internacional que no mire hacia otro lado antes los conflictos que se están viviendo en diversos países del mundo. “Que no permanezca muda e inerte ante tales inaceptables crímenes, que constituyen una preocupante violación de los derechos humanos fundamentales. Pido verdaderamente que la comunidad internacional no mire hacia otro lado”, insistió”.
[7] Renombrados satanistas, como los padres Amorth y Fortea, afirman, sin dudarlo, que estas sectas militaristas y terroristas islamistas, son satánicas. También numerosos “imanes” musulmanes se han pronunciado en contra de la violencia irracional de estos grupos. Cfr.: http://observatorioantisectas.blogspot.com.ar/2015/04/famoso-exorcista-amorth-el-estado.html
[8] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p4s1c1a3_sp.html

domingo, 29 de junio de 2014

Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma


         Los protomártires de la Iglesia de Roma fueron víctimas de la persecución del emperador Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64[1]. Fue el emperador quien culpó, injustamente, de este incendio y de otras calamidades, a los cristianos, todo lo cual era un burdo pretexto para simplemente tener una excusa para encarcelarlos, condenarlos y ejecutarlos.
La comunidad cristiana era pacífica y sin embargo -dice Tertuliano- tanto el emperador Nerón como los paganos, los culpaban supersticiosamente de todas las calamidades que acontecían. Dice así Tertuliano: “Los paganos atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”.
Lo que llama la atención, además de las acusaciones injustas, es la forma de morir de los cristianos, extremadamente cruel, impuesta e ideada por Nerón, puesto que para su muerte no era necesaria la barbarie demostrada en la ejecución de los prisioneros. Gracias al historiador Cornelio Tácito, que dejó escrito en el Libro XV de los Annales, podemos saber hasta dónde llegaba la brutalidad del emperador, a la hora de hacer morir a los cristianos, sin respetar ni a las mujeres ni a los niños: por ejemplo, los rociaba con alquitrán y los hacía arder como antorchas humanas en los jardines de la colina Oppio, o los vestía con pieles de animales y los dejaba a merced de las bestias feroces en el circo[2].
El historiador pagano Tácito escribe que hasta el mismo pueblo romano, pagano también como él, sentía compasión y horror ante tales muestras de crueldad, que no se justificaban ni siquiera por el supremo interés del imperio; todos se daban cuenta de que, en realidad, se trataba, en última instancia, de satisfacer la sed de sangre del emperador Nerón. Dice así el escritor Tácito: “Entonces —sigue diciendo Tácito—se manifestó un sentimiento de piedad, aun tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo” (Nerón).
Sin embargo, la razón última de la persecución de los cristianos y de la extrema ferocidad y crueldad con la cual eran ajusticiados, no se justifican, ni por los intereses supremos de un imperio terreno, ni por la patología mental paranoica, psicopática, sádica y delirante de un emperador humano, sediento de sangre y de sufrimiento humano, aun cuando de hecho la hubiera habido (todo indica que la había en el sujeto humano llamado “Nerón”).
La razón última de la persecución de los cristianos y la extrema ferocidad y crueldad con la que fueron ajusticiados los Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma –y, por extensión, todos los mártires de la Iglesia universal, a lo largo de la historia, y los que serán ajusticiados hasta el Último Día-, hay que buscarla en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Si el mundo los odia, sepan que Me ha odiado a Mí antes que a ustedes” (Jn 15, 18). Aquí, por “mundo”, se entiende al mundo creado por Dios, el cual es bueno, en cuanto creado por Él, sino el mundo de las tinieblas, el mundo regido por el Príncipe de las tinieblas, Satanás. Es el mismo mundo tenebroso que logra, con calumnias, infamias, mentiras, perseguir y arrestar a Jesús, y llevarlo a un juicio inicuo, para condenarlo a muerte de cruz. Es el mundo regido por el demonio, que se vale del poder mundano, del dinero, de la violencia, de la mentira, de la calumnia, de la infamia, de la crueldad, para lograr su objetivo, que es el de borrar de la faz de la tierra y del corazón del hombre el nombre de Dios Uno y Trino y el de Jesucristo, el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, que se dona a sí mismo en la Eucaristía, como el Pan Vivo bajado del cielo. Es el mundo que busca destruir a la Iglesia y a su Corazón, la Eucaristía.
Pero así como la razón de la persecución y de la crueldad inhumana se encuentran en el Infierno, así también la razón de no solo la resistencia sobrehumana frente a tanta crueldad, sino de la alegría demostrada por los cristianos en circunstancias tan dramáticas, no se deben buscar en la naturaleza humana, sino en el cielo, en la Santísima Trinidad, en el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador, que el Padre y el Hijo envían a los mártires en los momentos de máximo dolor y de mayor persecución, para confortarlos con la dulzura de su Amor. Es el Espíritu Santo el que, inundando a los mártires con su Amor, los conforta y les quita todo dolor, en medio de las torturas de sus verdugos, de modo que no solo no sienten nada de dolor, sino que experimentan, ya por anticipado, en los últimos momentos de su vida terrena, vividos en el martirio por Cristo Jesús, la eternidad de alegría infinita, de gozos interminables, de dulzuras celestiales, y sobre todo de Amor Divino, Eterno, de los que gozarán por los siglos sin fin, en el Reino de los cielos.
















[1] Cfr. http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/fechas/junio_30.htm
[2] Entre los mártires más ilustres se encuentran San Pedro, crucificado en el circo neroniano, y San Pablo, decapitado en las “Acque Galvie”.