San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 2 de noviembre de 2021

El ejemplo que nos brinda San Expedito

 



         Un ejemplo de santidad que nos da San Expedito es en su enfrentamiento y lucha contra el mal, mal que no es una entidad difusa y abstracta, sino una persona angélica, que en cuanto persona tiene inteligencia y voluntad, el Demonio, el Ángel caído.  El ejemplo de San Expedito consiste en lo siguiente: el momento de su vida en el que recibe la gracia de la conversión, es el momento en el que también debe enfrentarse al mal que, como decíamos, no es un concepto abstracto sino que, según la fe católica, es una persona, un ser angélico, el Príncipe de las tinieblas, Satanás. Es decir, es un ser real, un ángel de la oscuridad, que habita en el Infierno y también en el corazón de los que obran el mal y se consagran a él –así como hay cristianos que se consagran a los Sagrados Corazones de Jesús y María, así hay blasfemos que se “consagran” al Demonio-. En el caso de San Expedito, el  Demonio se le presenta como un cuervo negro y trata de tentarlo con un pecado opuesto a la gracia que el santo había recibido: a la gracia de la conversión inmediata, el Demonio lo tienta con el pecado de la pereza espiritual o acedia, por medio del cual habría de posponer la conversión para otro día, para “mañana”.   San Expedito enfrenta al mal y lo vence, pero no con sus propias fuerzas, sino con la fuerza divina que emana de la Santa Cruz de Jesús, a la cual el santo poseía entre sus manos: ante la tentación, el santo eleva la Santa Cruz de Jesús y aceptando de corazón a Jesús como Rey, proclama en voz alta que elige a Jesús y su gracia hoy y no “mañana”, como le proponía el Demonio. Es este entonces el ejemplo de santidad que nos deja San Expedito.

         Hoy el mal –el mal personificado, el Demonio- nos acecha bajo diversas formas: a través de ideologías anticristianas –como la ideología de género o la ideología LGBT-; a través del materialismo y también a través de religiones falsas y de sectas ocultistas y satanistas. Muchas veces el cristiano se deja tentar por el Demonio y ante el surgimiento de una prueba o de una tribulación, acude a pedir ayuda a quien no debe, a los servidores, esclavos y adoradores de Satanás, esto es, los brujos, los curanderos, los chamanes, con lo cual, además de ofender gravemente a Dios, agravan el problema ya existente. Sigamos el ejemplo de santidad que nos brinda San Expedito y, con la ayuda de la Virgen, alcemos en alto la Santa Cruz de Jesús y proclamemos a Jesús como al Rey de nuestros corazones y así podremos estar en paz y superar, con la gracia de Dios, cualquier prueba y tribulación.

miércoles, 1 de enero de 2014

San Basilio Magno y su legado: oración, trabajo y estudio


         San Basilio, que nació en Cesarea de Turquía en el año 329, dejó un precioso legado para la vida monástica, pues fue el primer en redactar unas “Constituciones”, en las que se especificaban las actividades de los monjes. En estas Constituciones, San Basilio establecía tres sólidas columnas sobre las cuales todo monje debía construir su edificio espiritual: oración, trabajo y estudio. Si bien es cierto que estas tres columnas fueron dadas por San Basilio para sus monjes, no es menos cierto que no son, de manera alguna, privativas para ellos, puesto que todo cristiano está llamado a santificar su vida ordinaria por medio de la oración, el trabajo y el estudio. Veamos por qué.
         Todo cristiano, y no solo los monjes, está llamado a la oración, porque la oración es al alma lo que la alimentación al cuerpo, lo que la respiración a la vida del organismo, lo que el flujo de sangre con oxígeno y nutrientes para los órganos corporales. Si nadie puede pasarse la vida sin alimentarse, llama la atención que existan personas –cristianos- que pasan la vida sin rezar; si nadie puede vivir sin respirar, es causa de asombro el comprobar que muchísimos cristianos, la gran mayoría, vive años y años, y muchos toda la vida, sin hacer oración, o si hacen oración, esta es tan escuálida como un suspiro; si nadie puede vivir sin los nutrientes y el oxígeno que la sangre, bombeada por el corazón, proporciona a los órganos, deja pasmados el comprobar la enorme cantidad de cristianos que nunca, o casi nunca, dedican el más mínimo tiempo a la oración. Muchísimos cristianos viven en la acedia o pereza espiritual y sin hacer oración, y no por falta de tiempo, porque prefieren ver televisión o internet antes que rezar, sin darse cuenta que sus almas languidecen y mueren.
         La condición de la oración como elemento esencial para la vida del alma radica en que por la oración, el alma se une a Dios y obtiene de Él todo lo que Dios es y tiene para darle, puesto que Dios es Amor, Alegría infinita, Paz, Fortaleza, Luz, el alma que reza, obtiene de Él su Amor, su Alegría infinita, su Paz, su Fortaleza, su Luz. Pero lo contrario también es cierto: quien no reza, se aleja de Dios y por lo tanto se sumerge en el odio, en la tristeza, en la discordia, en la debilidad ante el pecado, y en las tinieblas más densas.
La otra columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el trabajo, porque y si bien el trabajo quedó como una maldición luego del pecado original, no fue por el trabajo en sí mismo, sino por la pérdida de la gracia que abarcó a todos los aspectos y estados del hombre y su vida, comprendido el trabajo. En sí mismo, el trabajo no solo no es malo ni una maldición, sino que es una bendición, porque con el trabajo, el hombre imita a su Dios, que “trabajó” en la Creación, e imita al Hombre-Dios que, siendo Dios, trabajó como carpintero hasta los comienzos de la Predicación de la Buena Noticia y que sigue trabajando por la salvación de las almas. Quien no trabaja, no solo comete el pecado mortal de la pereza, sino que además contraría la imagen divina impresa en su alma, imagen que resplandece en el trabajo, porque Dios mismo trabaja. Es tan importante el trabajo, que San Pablo exhorta a “no comer” si alguien “no trabaja”: “El que no trabaja, que no coma” (2 Tes 3, 10-12). De esto se sigue cuán funesto es el no trabajar y el inducir a otros a no trabajar por medio de la corrupción política. Por el contrario, el que trabaja y ofrece su trabajo, sin importar el brillo social que este posea, se santifica y obtiene méritos para ganar el Reino de los cielos.
La última columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el estudio, porque por medio de este no solo se disipan las tinieblas del error y de la ignorancia, sino que se consigue el acceso a la verdad en el campo que se estudia que, como toda verdad, participa de la Verdad Absoluta, Jesucristo. En otras palabras, el estudio –no necesariamente se refiere al estudio sistemático universitario y científico, sino también a la profundización en la fe que un alma sencilla puede y debe hacer según sus posibilidades- no solo libera de las tinieblas del error, sino que ilumina al alma con luz de la Verdad, que es Jesucristo, y así se dispone el alma, en el tiempo, para el encuentro con Cristo, cara a cara, en la eternidad.
Por último, a la oración, al trabajo y al estudio, podemos agregarle la sana diversión, porque la diversión –sana y ganada con sacrificio, luego de orar, trabajar y estudiar- procura alegría y la alegría, la alegría buena y sana, es participación de Dios Uno y Trino, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.

Oración, trabajo, estudio, son las columnas de la vida espiritual según San Basilio, a lo cual le agregamos, según las indicaciones de los santos, la sana alegría. Éste es el camino para llegar al cielo.