San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 7 de agosto de 2023

Santa Clara de Asís

 



          Vida de santidad[1].

Memoria de santa Clara, virgen, que, como primer ejemplo de las Damas Pobres de la Orden de los Hermanos Menores, siguió a san Francisco, llevando una áspera vida en Asís, en la Umbría, pero, en cambio, rica en obras de caridad y de piedad. Enamorada de verdad por la pobreza, no consintió ser apartada de la misma ni siquiera en la extrema indigencia y enfermedad ( 1253).

Nació en Asís el año 1193.  Fue conciudadana, contemporánea y discípula de San Francisco y quiso seguir el camino de austeridad señalado por él a pesar de la durísima oposición familiar. Llamada en el siglo con el nombre de Clara Favarone, la joven de dieciocho años, pertenecía a la familia del opulento conde de Sasso Rosso. En la noche del domingo de ramos, Clara había abandonado su casa, el palacio de sus padres, y estaba allí, en la iglesia de Santa María de los Ángeles. La aguardaban san Francisco y varios sacerdotes, con cirios encendidos, entonando el Veni Creátor Spíritus. Dentro del templo, Clara cambia su ropa de terciopelo y brocado por el hábito que recibe de las manos de Francisco, que corta sus hermosas trenzas rubias y cubre la cabeza de la joven con un velo negro. A la mañana siguiente, familiares y amigos invaden el templo. Ruegan y amenazan. Piensan que la joven debería regresar a la casa paterna. Grita y se lamenta el padre. La madre llora y exclama: "Está embrujada". Era el 18 de marzo de 1212.

Cuando Francisco de Asís abandonó la casa de su padre, el rico comerciante Bernardone, Clara era una niña de once años. Siguió paso a paso esa vida de renunciamiento y amor al prójimo. Y con esa admiración fue creciendo el deseo de imitarlo. Clara despertó la vocación de su hermana Inés y, con otras dieciséis jóvenes parientas, se dispuso a fundar una comunidad.

La hija de Favarone, caballero feudal de Asís, daba el ejemplo en todo. Cuidaba a los enfermos en los hospitales; dentro del convento realizaba los más humildes quehaceres. Pedía limosnas, pues esa era una de las normas de la institución. Las monjas debían vivir dependientes de la providencia divina: la limosna y el trabajo.

En el año 1253, en la iglesia de San Damián de Asís, el papa Inocencio IV la visitó en su lecho de muerte. Unidas las manos, tuvo fuerzas para pedirle su bendición, con la indulgencia plenaria. El Papa contestó, sollozando: "Quiera Dios, hija mía, que no necesite yo más que tú de la misericordia divina". Lloran las monjas la agonía de Clara. Todo es silencio. Sólo un murmullo brota de los labios de la santa.

- Oh Señor, te alabo, te glorifico, por haberme creado.
Una de las monjas le preguntó:
- ¿Con quién hablas?
Ella contestó recitando el salmo.
- Preciosa es en presencia del Señor la muerte de sus santos.

Y expiró. Era el 11 de agosto de 1253. Fue canonizada dos años más tarde, el 15 de agosto de 1255, por el papa Alejandro IV, quien en la bula correspondiente declaró que ella "fue alto candelabro de santidad", a cuya luz "acudieron y acuden muchas vírgenes para encender sus lámparas".

Santa Clara fundó la Orden de Damas Pobres de San Damián (hoy llamada Orden de las hermanas pobres de Santa Clara), llamadas normalmente Clarisas, rama femenina de los franciscanos, a la que gobernó con fidelidad exquisita al espíritu franciscano hasta su muerte y desde hace siete siglos reposa en la iglesia de las clarisas de Asís.


viernes, 11 de agosto de 2017

Santa Clara de Asís


Vida de santidad[1].

Nació en Asís en 1194. A los dieciocho años se consagró a Cristo haciéndose cortar los cabellos y vistiendo el sayo oscuro de la orden de San Francisco, iniciando así una vida de pobreza radical, renunciando a todo lo que tenía y prometiendo vivir sin poseer nada. Comenzaba de esta manera la Segunda Orden Franciscana: Las Damas Pobres o Clarisas. Esto sucedía en Santa María de los Ángeles (Porciúncula), la iglesia restaurada por San Francisco. En 1228 obtenía del Papa el privilegioum paupertatis de vivir totalmente de limosnas. Vivió la vida consagrada durante cuarenta y tres años, sin salir del convento, alcanzando a ver, en vida, cómo su orden se extendía por España y Europa. Era muy devota de la Eucaristía, y por dos veces logró hacer huir a los sarracenos con solo mostrarles desde la ventana del dormitorio la custodia con el Santísimo Sacramento (1240), o exhortando a las hermanas a la oración, estando totalmente inmovilizada a causa de sus continuos dolores.
Murió en San Damián, a las afueras de Asís, el 11 de Agosto de 1253. Fue canonizada solo dos años después por Alejandro IV. Dejó cuatro cartas, la Regla y el testamento. “Vete en paz ya que has seguido el buen camino; vete confiada, ya que tu creador te ha santificado, custodiado incesantemente y amado con la ternura de una madre con su hijo”. “Oh Dios, bendito seas por haberme creado”. Estas fueron las últimas palabras de una gran mística llena de alegría y de amor a Dios y a los hombres.

         Mensaje de santidad.

Santa Clara vivió el ideal de pobreza, humildad y obediencia de San Francisco de Asís. En el convento, se destacaba por su obediencia, el servicio a los demás y el deseo de negarse a sí misma, para darse a los demás.
San Francisco les reconstruye la capilla de San Damián, lugar donde el Señor le había dicho: “Reconstruye mi Iglesia”. Santa Clara se inspiró en la Comunidad Franciscana, siendo cofundadora con San Francisco en la Orden de las Clarisas. A su pesar, pues su humildad rechazaba los cargos, fue nombrada guía de Las Damas Pobres. Como Madre de la Orden, fue siempre ejemplo vivo del carisma franciscano, viviendo en todo momento atenta a las necesidades de cada una de sus hijas y revelando su ternura y su atención de Madre. Acostumbraba tomar los trabajos más difíciles, y servir hasta en lo mínimo a cada una. Por el testimonio de las mismas hermanas que convivieron con ella se sabe que muchas veces, cuando hacía mucho frío, se levantaba a abrigar a sus hijas y a las que eran más delicadas les cedía su manta. A pesar de ello, Clara lloraba por sentir que no mortificaba suficiente su cuerpo. Cuando hacía falta pan para sus hijas, ayunaba sonriente y si el sayal de alguna de las hermanas lucía más viejo ella lo cambiaba dándole el de ella. Su vida entera fue una completa dádiva de amor al servicio y a la mortificación. Tenía gran entusiasmo al ejercer toda clase de sacrificios y penitencias. Su gozo al sufrir por Cristo era algo muy evidente y es, precisamente esto, lo que la llevó a ser Santa Clara. Este fue el mayor ejemplo que dio a sus hijas y a la Iglesia toda.
Otra virtud que brilló resplandeciente en Santa Clara fue la humildad en el convento, siempre sirviendo con sus enseñanzas, sus cuidados, su protección y su corrección. La responsabilidad que el Señor había puesto en sus manos no la utilizó para imponer o para simplemente mandar en el nombre del Señor. Lo que ella mandaba a sus hijas lo cumplía primero ella misma con toda perfección. Se exigía más de lo que pedía a sus hermanas. Lavaba los pies a las que llegaban cansadas de mendigar el sustento diario y también a las enfermas y no había trabajo que ella despreciara pues todo lo hacía con sumo amor y con suprema humildad. En una ocasión, después de haberle lavado los pies a una de las hermanas, quiso besarlos. La hermana, resistiendo aquel acto de su fundadora, retiró el pie y accidentalmente golpeó el rostro a Clara. Pese al moretón y la sangre que había salido de su nariz, volvió a tomar con ternura el pie de la hermana y lo besó.
Con su gran pobreza manifestaba su anhelo de no poseer nada más que al Señor pobre, en el Pesebre y en la Cruz; solo deseaba vivir la pobreza de la cruz, y esto lo exigía a todas sus hijas. Por este motivo, para mejor imitar a Cristo pobre en la Cruz y para vivir la pobreza de la Cruz, rechazó toda posesión y renta, y su mayor anhelo era alcanzar de los Papas el “privilegio de la pobreza”, que por fin fue otorgado por el Papa Inocencio III. Para Santa Clara la pobreza de la Cruz era el camino por el que se alcanzaba más perfectamente la unión con Cristo. Luchó constantemente por despegarse de todo aquello que la apartaba del Amor y todo lo que le limitara su corazón de tener como único y gran amor al Señor y el deseo por la salvación de las almas. Al Sumo Pontífice que le ofrecía unas rentas para su convento le escribió: “Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo”. A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros”.
Santa Clara era sumamente devota de la Eucaristía, y fue la Eucaristía –Jesús, el Hombre-Dios, el Dios de la Eucaridtía- quien la protegió, a ella y sus hermanas de religión, de dos peligros mortales en los que estuvieron a punto de perder la vida, siempre en relación con los sarracenos o musulmanes: el primer episodio ocurrió en el año 1241, cuando los sarracenos atacaron la ciudad de Asís. Al llegar al convento, ubicado en el pedemonte, en el exterior de las murallas de Asís, Santa Clara tomó en sus manos la custodia con la Hostia consagrada y se les enfrentó a los atacantes; estos experimentaron en ese momento una oleada de terror tan espantosa, que huyeron despavoridos. La otra ocasión fue cuando también los musulmanes atacaban la ciudad de Asís para destruirla por completo; Santa Clara y sus monjas oraron con fe ante el Santísimo Sacramento y los atacantes se retiraron sin saber por qué.
Como muestra de que Dios estaba con ella, en su vida ocurrieron otros milagros clamorosos, como el de la multiplicación de los panes: en un momento sucedió que en el convento había solo un pan para que comieran cincuenta hermanas; Santa Clara lo bendijo y, rezando todas un Padre Nuestro, partió el pan y envió la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la repartió a las hermanas. El pan se multiplicó de tal manera, que todos comieron “hasta saciarse”, lo cual recuerda el milagro de la multiplicación de panes y peces que realizó Nuestro Señor en el Evangelio. Santa Clara dijo entonces: “Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?”. Otro milagro relacionado con los panes ocurrió en ocasión de una de las visitas del Papa al Convento: al llegar el mediodía, Santa Clara invitó a comer al Santo Padre pero el Papa no accedió. Entonces ella le pidió que por favor bendijera los panes para que quedaran de recuerdo, pero el Papa respondió: “Quiero que seas tú la que bendigas estos panes”. Santa Clara le contestó, llevada por su humildad, que hacerlo sería como un irrespeto muy grande de su parte hacer eso delante del Vicario de Cristo. El Papa, entonces, le ordena bajo el voto de obediencia que haga la señal de la Cruz. Ella bendijo los panes haciéndole la señal de la Cruz y al instante quedó la Cruz impresa sobre todos los panes.
Vida consagrada a Dios, oración, penitencia, humildad, obediencia, misericordia para con los más necesitados, pobreza de la Cruz, gran amor a la Eucaristía, estos son los mensajes de santidad de Santa Clara de Asís para nosotros, católicos del siglo XXI.
        
        


jueves, 11 de agosto de 2016

Santa Clara de Asís, la Eucaristía y los sarracenos


        
         En estos días, en los que nos hemos visto ingratamente sorprendidos por la desagradable noticia de la muerte por degollamiento del P. Jacques Hamel, de 84 años, en Normandía, Francia, a manos de yihadistas, es decir, combatientes fundamentalistas islámicos pertenecientes a la secta islámica llamada ISIS[1], es conveniente recordar, en el día de Santa Clara de Asís, dos episodios de la santa en los que ella vivió, personalmente, una situación de extrema violencia como la del P. Hamel. En tiempos de Santa Clara, los sarracenos –el “ISIS” de la época-, al mando de Federico II, que deseaba invadir las tierras pontificias sirviéndose de los fundamentalistas, llegaron hasta la localidad de Asís. Desde allí cometieron toda clase de tropelías, saqueando, destruyendo e incendiando las ciudades y castillos, profanando y cometiendo múltiples sacrilegios contra iglesias y monasterios, además de asesinar y hacer prisioneros a numerosos cristianos.
         Sucedió que, estando Santa Clara gravemente enferma en su monasterio, un día viernes del mes de septiembre del año 1240, los sarracenos escalaron los muros del monasterio  y las hermanas, según el escrito de Tomás de Celano “acudieron a Santa Clara, que estaba gravemente enferma y, con lágrimas en los ojos, le contaron cómo aquella pésima gente había roto las puertas del monasterio. La santa las consolaba, diciéndoles que no temieran (…) pero armadas de fe acudieron a Jesucristo. Y Santa Clara, postrada en su lecho de enferma, pidió que le trajeran la custodia de mármol en donde se encontraba el Cuerpo de Cristo consagrado. Orando devotamente (la santa dijo): “Te ruego, Señor mío, que estas pobres siervas tuyas, a las cuales Tú, Señor, has colocado bajo mi cuidado, que no me sean quitadas y que no caigan en las crueles manos de estos infieles y paganos; te suplico, Señor mío, que Tú las cuides, porque yo sin Ti no puedo cuidarlas y mucho menos en esta amarga hora”. Desde la custodia de mármol salió una voz: “Yo por tu amor te cuidaré a ti y a ellas, siempre”[2]. En ese momento, y rechazados por la potencia de una fuerza invisible, los islámicos fundamentalistas huyeron precipitadamente del monasterio y, al poco tiempo, abandonaron Asís. Sin embargo, en el año 1241, el emperador organizó una nueva expedición. Cuando el peligro fue inminente, Santa Clara llamó a las hermanas y les ordenó un día de ayuno, después del cual, las invitó a echarse cenizas sobre sus cabezas y a postrarse, junto con ella, delante del Tabernáculo. Sucedió entonces que, en la mañana del 22 de junio un fuerte temporal se abatió sobre el campamento de los sarracenos, obligándolos a una nueva fuga. De esta manera, Santa Clara nos muestra cómo, con el arma de la Fe y con el Cuerpo Sacramentado de Nuestro Señor Jesucristo, en la Eucaristía, podemos salir siempre vencedores en toda tribulación y, lo que es más importante, salvar nuestras almas, ya que nuestra lucha “no es contra la carne y la sangre, sino contra las potestades malignas de los aires” (Ef 6, 12). Y el Único que puede darnos el triunfo contra estos enemigos, es Nuestro Dios y Señor Jesucristo, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía.


[1] http://www.infobae.com/america/mundo/2016/07/26/jacques-hamel-el-sacerdote-degollado-por-isis-era-un-hombre-sencillo-y-muy-apreciado-por-los-vecinos/
[2] Vita di santa Chiara vergine, Opusc. I,21-22, in FF 3201, pp. 1915-1916.

martes, 11 de agosto de 2015

Santa Clara y la contemplación de Cristo en la Eucaristía, en el Pesebre y en la Cruz




         Santa Clara, en una carta[1] a Santa Inés de Praga, le recomienda que “atienda a la pobreza, humildad y caridad de Cristo”, para obtener la felicidad. Ahora bien, esta contemplación de Jesucristo debe ser realizada, según Santa Clara, en la Eucaristía, en el Pesebre de Belén y en la Cruz del Calvario.
En su carta, Santa Clara, despegándose de las cosas terrenas y elevando su alma a la contemplación de Jesús en la Eucaristía, afirma que la dicha está en Él, en la unión con su Sagrado Corazón, por medio del banquete escatológico, la Santa Misa, y la razón de esto es que Jesús Eucaristía, a quien adoran los ángeles en el cielo, sacia el alma con la bondad divina; Jesús en la Eucaristía es Aquél que resucitará a los muertos a la vida de Dios y hará felices a quien lo contemplen en la visión beatífica: “Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna”[2].
Luego Clara compara a Jesús, “reflejo de la luz eterna”, con un “espejo”, en el que el alma debe reflejarse cada hora de todos los días, porque al contemplar su Santa Faz, el alma queda adornada con las virtudes de Cristo, siendo convertida en una imagen de Cristo; es decir, Jesús es un espejo que, a la inversa de los espejos de la tierra, que reflejan la imagen propia, sin cambiar para nada el aspecto, Jesús por el contrario, es un espejo en el que el alma debe ver reflejada su rostro en el Rostro de Jesús, pero puesto que es un espejo vivo, que refleja en el alma la imagen de Jesús, y no solo la refleja, sino que la transforma en aquello que refleja, convirtiendo al alma en una prolongación de este espejo, es decir, en una prolongación del mismo Jesús, al infundirle al alma sus virtudes: “(Jesús es) un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo”[3].
Ahora bien, en este divino espejo que es Cristo, brillan de un modo particular la pobreza de la cruz, la humildad del Cordero y la caridad de la Divina Misericordia: “En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes”[4].
Lo primero que destaca en este espejo que es Jesús, es la pobreza, que no es otra que la pobreza del Pesebre de Belén, porque siendo Dios, Jesús elige nacer en un pobre pesebre de Belén, en donde comenzó su dolorosa redención de la humanidad; la contemplar la pobreza voluntaria –y las penalidades que se siguen de esta pobreza-, el alma elige para sí misma esta pobreza del pesebre de Belén: “Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre”[5].
Junto a la pobreza, destaca en este espejo la humildad, que es la base de las virtudes de Dios Encarnado, y la humildad que Él pide que imitemos de su Sagrado Corazón –“Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”[6]-; la pobreza y la humildad van juntas en el Hijo de Dios, y por eso mismo, deben ir juntas en el alma que lo contempla: “En el medio del espejo considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano”[7].
Por último, lo que el alma debe contemplar en este espejo que es Cristo, es la caridad, el Amor Divino, la Divina Misericordia, que se encarnan en Cristo Jesús y en Él se manifiestan visiblemente, sobre todo, en su sacrificio en cruz: “Al final de este mismo espejo contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante”[8].
Y quien contemple el dolor de Cristo en la cruz, será revestido de la divina caridad, del Divino Amor: “Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor! Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: Mi alma lo recuerda y se derrite de tristeza dentro de mí. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial”[9].
Quien contemple a Cristo en la Eucaristía, en el Pesebre de Belén y en la Cruz, se sentirá atraído por el “buen olor de Cristo”, y nada deseará, ni en esta vida ni en la otra, que no sea el Amor del Hombre-Dios, Cristo Jesús: “Contemplando además sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: ‘Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca’”[10].
Santa Clara, entonces, nos propone contemplar a Jesucristo -en la Eucaristía, en el Pesebre de Belén y en la Cruz-, como si fuera un espejo en el que debemos ver reflejadas nuestras almas, para quedar no solo revestidos de sus virtudes, sino para amarlo más que a cualquier otra cosa, en esta vida y en la eternidad.



[1] De la Carta de santa Clara, virgen, a la santa Inés de Praga, “scritos de santa Clara, edición Ignacio Omaechevarría. Madrid 1970, pp. 339-341.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. Mt 11, 29.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.
[10] Cfr. ibidem.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Santa Clara eligió la pobreza, junto a San Francisco, para imitar a Cristo pobre en el Pesebre y en la Cruz


  


En el Directorio Franciscano, puede leerse cuál es la última voluntad de San Francisco, en relación a la rama femenina franciscana, en la cual se encontraba Santa Clara de Asís: “Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien”.
Como se ve, San Francisco, en su última voluntad, dictada a Santa Clara, hace mucho hincapié en que “no se aparten de la pobreza”. ¿Por qué esta insistencia en vivir la pobreza?
Visto con ojos humanos, la riqueza parece mucho más conveniente que la pobreza, incluso para la difusión del Reino de Dios: por ejemplo, con riqueza material, se poseen medios en mayor cantidad y calidad, se puede llegar a más cantidad de gente, y se pueden hacer muchas obras de beneficencia. Con la pobreza en cambio, todo esto se hace, si no imposible, muy difícil de alcanzar.
Sin embargo, a pesar de las aparentes conveniencias de poseer riquezas materiales, San Francisco recomienda con insistencia a Santa Clara “no apartarse de la pobreza”.
El motivo es que San Francisco recomienda la pobreza material, porque así el cristiano –y mucho más, el alma consagrada, como Santa Clara- se acerca más a Cristo pobre, en su Encarnación y en la cruz.
Cristo es pobre en la Encarnación, porque siendo Dios omnipotente, Dueño absolutamente de todo el universo, riquísimo en la abundancia exuberante de su Ser divino, se vuelve pobre, al asumir nuestra condición humana, tan limitada y tan necesitada de todo. Siendo Él el Dios Todopoderoso, decide encarnarse y asumir una naturaleza humana, que comparada con la inagotable riqueza del Ser divino, es igual a la nada. En la Encarnación, el Hijo de Dios, el Esplendor del Padre, el reflejo de la gloria del Padre, Aquel que fue engendrado entre esplendores celestiales en la eternidad, Aquel que es adorado por los ángeles y por los santos, posee en la Encarnación nada más que un cuerpo y un alma humana, un pobre pesebre hecho por su padre terreno adoptivo, San José, y una delicada manta tejida por su Madre, que es la Madre de Dios, para atenuar un poco el intenso frío de la Noche de Belén. Esos son todos los bienes materiales que posee Cristo Dios en la Encarnación.
Cristo es pobre también en la cruz, porque en la cruz está despojado de todo: no tiene nada, salvo unas pocas posesiones: el madero de la cruz, la inscripción “Éste es el Rey de los judíos”, tres clavos de hierro, una corona de gruesas espinas, un poco de tela para cubrir sus partes íntimas. Ésos son todos los bienes de Cristo en la cruz, no tiene más, y tampoco quiere más, porque con estos escasos bienes materiales, Cristo entrará en la gloria del Padre, y desde allí viene en cada Eucaristía para llevarnos con Él.
Cristo pobre en la Encarnación, Cristo pobre en la cruz. Santa Clara eligió la pobreza, no para ejercitarse en la virtud, ni para perfeccionarse en la carencia de todo. Santa Clara eligió la pobreza, junto a San Francisco, para ser pobre junto a Cristo pobre en Belén, y pobre en la Cruz.