San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 19 de noviembre de 2015

Santa Isabel de Hungría y el voluntario despojo de bienes terrenos para alcanzar los bienes eternos


         En la vida de Santa Isabel de Hungría se hacen realidad las palabras de Jesús: “Atesorad tesoros en el cielo” (Mt 6, 20) y “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 35-45). Santa Isabel de Hungría, siendo noble de cuna –era hija del Rey de Hungría- y heredera de todo un reino con sus riquezas, a la muerte de su esposo, el príncipe Luis VI de Turingia, abandonó la vida cortesana y despreocupada de su condición de reina y se dedicó de lleno a servir a los más carenciados[1]. Según se narra en su biografía, siendo todavía princesa, fue al templo vestida lujosamente, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios. También siendo princesa, se cuenta que una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente, le contaron el caso y se fue de inmediato a reclamarle por lo que había hecho, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Luego de morir su esposo, un Viernes Santo, hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís,  y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus costosos vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y comenzó a recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres. Además, vivía en una humilde choza junto al hospital, tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
En su deseo por atender a pobres y enfermos como al mismo Cristo, vendió todas sus posesiones materiales y con lo obtenido construyó un hospital, dedicándose a atender con toda laboriosidad y caridad a los pobres y enfermos del hospital que ella misma había fundado.
Con su vida de santidad, Santa Isabel de Hungría nos deja muchas enseñanzas: nos enseña, con su vida de desprendimiento, a poner el corazón en el cielo, en los bienes eternos, según las palabras de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21); nos enseña a imitar a Jesús crucificado, despojándonos tanto de los honores y glorias mundanas, como de los bienes materiales y terrenos; nos enseña a obrar la misericordia para con los más necesitados, porque en ellos está misteriosamente Presente Jesucristo, según Él mismo lo dice: “Lo que habéis hecho con uno de estos mis pobres hermanos, Conmigo lo habéis hecho”. A Santa Isabel le decimos: “Santa Isabel de Hungría, intercede ante Nuestro Señor, para que, al igual que tú, seamos capaces de desapegarnos de las riquezas terrenas y de los honores mundanos y de consolar a Cristo que sufre en los pobres y enfermos, para así ganar un día el Reino de los cielos. Amén”.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

martes, 17 de noviembre de 2015

Santos Mártires Rioplatenses


         Los santos mártires rioplatenses, presbíteros Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo[1], dieron sus vidas por Cristo en el año 1628 en América del Sur. Los tres sacerdotes estaban a cargo de una de las denominadas “reducciones jesuíticas”, que consistían en colonias de indios gobernadas por los jesuitas. En dichas reducciones lo que se buscaba era la evangelización y cristianización de los pueblos paganos de América, es decir, lo que se buscaba no era “conducirlos a la civilización”, sino anunciarles la Buena Noticia de Jesucristo, convertirlos en hijos adoptivos de Dios e iniciarlos en la vida de la gracia, vida que habría de llevarlos, algún día, al Reino de los cielos. En este sentido, las reducciones constituyeron un instrumento del que se valió el Cielo en la tarea de conquistar almas para Cristo, puesto que los sacerdotes jesuitas a cargo de dichas reducciones no consideraban a los indios como algo de su propiedad, sino que los veían como lo que eran: almas que debían ser salvadas por la Sangre de Jesús. El martirio de los tres sacerdotes –Roque González, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo- se produjo en dos reducciones distintas: en la primera, fundada en las proximidades del río Ijuhi, ubicada en el actual Paraguay –a la cual consagraron a la Asunción de María[2]- y en una segunda reducción, llamada “Todos los Santos”. El encargado de la primera reducción era el P. Castillo, en tanto que los otros dos misioneros partieron a Caaró, donde fundaron la reducción de Todos los Santos. Fue en esa reducción en donde el 15 de noviembre de 1628 los santos sufrieron el martirio siendo asesinados cruelmente por los indios, por instigación de brujo, practicante de la magia negra[3]. Este curandero, por medio de engaños de toda clase, logró que los naturales del lugar atacaran y dieran muerte a los misioneros. El P. Roque González fue asesinado a golpes de maza mientras estaba en la tarea de colocar la campana de la iglesia; el P. Rodríguez a su vez fue ultimado cuando se dirigía a averiguar qué era lo que sucedía: al salir a la puerta de su choza, se encontró con los indios, que tenían las manos ensangrentadas, siendo derribado en el momento y ultimado a golpes. Una vez asesinados los dos sacerdotes, incendiaron la capilla, que era de madera y arrojaron los dos cadáveres a las llamas. Dos días más tarde, los indios atacaron la misión de Ijuhi, se apoderaron del P. Castillo, lo golpearon salvajemente y lo asesinaron a pedradas. A instancias de un brujo, entonces, murieron tres sacerdotes y en consecuencia, el brujo logró lo que se había propuesto: que no se celebrara más la Santa Misa, que no se administraran sacramentos y que no se propagara el Evangelio. Sin embargo, a pesar del esfuerzo del brujo –seguidor de Satanás- por impedir que se proclamara el Evangelio a las almas, no sirvió de nada, porque las misiones continuaron y cuando las misiones cesaron, la Iglesia continuó su misión evangelizadora y de salvación de las almas.
         Por lo tanto, la vida y muerte de los Santos Mártires Rioplatenses nos enseña que el mal nunca triunfa, porque si bien fue por odio a la fe en Cristo que los mataron, quitándoles la vida terrena y logrando así que desaparecieran de la tierra, los santos continúan viviendo eternamente, en el Reino de los cielos, porque Cristo, por quien los mártires dieron sus vidas, les concedió como premio una vida infinitamente superior, la vida gloriosa de los bienaventurados.



[1] http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=4182
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

San Martín de Tours y su perfecto cumplimiento de la Voluntad de Dios


         A San Martín de Tours se lo asocia con uno de sus episodios más clamorosos, que es con el que se lo representa iconográficamente con más frecuencia, y es el encuentro que él tiene, siendo oficial del ejército, con un mendigo –quien luego resultó ser Jesús-, al que le termina dando la mitad de su capa para que se resguardara del frío intenso que hacía en ese momento. Debido a esto, San Martín de Tours es ejemplo de caridad y de misericordia para con los más necesitados.
         Sin embargo, hay otro episodio en la vida de San Martín de Tours, también ejemplar, en este caso, en relación al deseo de cumplir en todo la Voluntad de Dios y este episodio sucede en los instantes previos a su muerte. El hecho sucedió en un monasterio, adonde San Martín de Tours fue para pacificar los ánimos entre los monjes. Una vez restablecida la paz entre ellos por la mediación de San Martín, éste decidió regresar a su propio convento, pero fue en ese momento en que empezó a sentir que sus fuerzas lo abandonaban. Al saber que iba a morir, los monjes le pidieron que se quedara; San Martín de Tours, sabiendo que iba al cielo, con lo que eso supone, la felicidad eterna, y en respuesta de caridad al pedido de los monjes, se dirigió a Dios pidiendo que se cumpla su Voluntad: si era su voluntad divina, él se quedaría entre los monjes; de lo contrario, iría al cielo. Finalmente, y luego de rechazar al demonio que se le apareció en persona, San Martín de Tours fue llevado al cielo. Este hecho es relatado así por Sulpicio Severo: “Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas: “¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas”. Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos: “Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad”. ¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo: “Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”. Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo: “¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme”. Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas”[1].
         San Martín de Tours no elige la vida eterna, ni tampoco elige quedarse para auxiliar a los hermanos que se lo pedían: no hace su voluntad, sino que le pide a Dios que se haga su voluntad: “Hágase tu voluntad”. Y esto, aun cuando la voluntad de Dios implicara el no ingresar todavía al cielo, lo que significaba postergar su felicidad eterna para encima continuar con las fatigas de esta vida terrena, y todo por socorrer misericordiosamente a sus hermanos monjes que se sentían desolados por su partida. Aquí está, entonces, el otro ejemplo de San Martín de Tours: hasta el último instante de la vida, a punto de entrar en la vida eterna, de sus labios se desprende la misma oración de Jesús en el Huerto de los Olivos: “Hágase tu voluntad”.




[1] De las Cartas de Sulpicio Severo, Carta 3, 6. 9-10, 11. 14-17, 21: SC 133, 336-344.

martes, 10 de noviembre de 2015

San León Magno y el ofrecimiento del sacrificio espiritual


El Papa León Magno, hablando de su ministerio petrino, hace una consideración acerca de la naturaleza de los bautizados en la Iglesia y su función: con respecto a la naturaleza, dice que son “sacerdotes” –bautismales, no ministeriales- y con respecto a su función, afirma, citando a San Pedro, que es la de “ofrecer sacrificios espirituales”. Dice así el Papa San León Magno: “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así (…) todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal”[1]. Con respecto a la función cita, como dijimos, a Pedro: “(…) nuestra unidad de fe y de bautismo hace de todos nosotros una sociedad indiscriminada, en la que todos gozan de la misma dignidad, según aquellas palabras de san Pedro, tan dignas de consideración: “También Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo; y más adelante: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios””[2].
Según las palabras del Papa San León Magno, los bautizados tienen entonces una dignidad y una función altísimas, la de ser “sacerdotes” que ofrecen “sacrificios espirituales”. Ahora bien, si todos los cristianos son sacerdotes –bautismales, no ministeriales- y la función en cuanto sacerdotes es la de “ofrecer sacrificios espirituales”, ¿en qué lugar ejercen esta función y de qué manera? En la Santa Misa, porque allí participan del sacrificio que el Sumo Sacerdote Jesucristo realiza, a través del sacerdote ministerial, la inmolación de Sí mismo como Víctima Pura y Santa por la salvación de los hombres. Es en la Santa Misa, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, en donde los bautizados ejercen en su máxima plenitud y perfección su sacerdocio, porque uniéndose espiritualmente al sacerdote ministerial, que obra in Persona Christi, ofrecen a Dios Trino el sacrificio espiritual perfectísimo y agradabilísimo, la Carne Purísima, embebida en el Espíritu Santo, del Cordero de Dios, Jesucristo. Es en la Santa Misa en donde los bautizados ofrecen el sacrificio espiritual perfectísimo, el Cordero inmolado en la cruz que renueva sacramentalmente su sacrificio en el altar eucarístico, bajo las especies de pan y vino.
De esta manera vemos cómo la Santa Misa no es, de ninguna manera, algo “aburrido”, tal como algunos cristianos, impíamente, la catalogan, sino el acto de amor más grande que un bautizado pueda hacer a Dios Uno y Trino.



[1] De los Sermones de san León Magno, papa, Sermón 4, 1-2: PL 54, 148-149.
[2] Cfr. ibídem.

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Sagrado Corazón y la causa de su dolor


Jesús ya había llamado interiormente a Santa Margarita a la vida religiosa, pero la santa no se decidía aún y, por el contrario, comenzó a mirar al mundo y a sentirse atraída por sus placeres y vanidades; comenzó a arreglarse para ser del agrado de los que la buscaban, además de buscar la diversión mundana todo lo que podía. Pero durante todo el tiempo en que estaba en estos juegos y pasatiempos, continuamente el Señor no dejaba de llamarla a su Corazón. En un momento determinado, Jesús se le apareció todo desfigurado, tal como estaba en Su flagelación y le dijo: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”[1]. Santa Margarita comprendió que era su vanidad y su falta de amor a Jesús la que lo había reducido a ese estado. 
Este episodio de la vida de Santa Margarita, en el que Jesús la llama a la vida religiosa pero Santa Margarita, en vez de responder a su llamado, se vuelca al mundo, es decir, a lo opuesto a la vocación a la que Jesús la llamaba, se puede aplicar a todo bautizado, puesto que Jesús nos llama a todos, aunque si bien no a todos a la vida religiosa, como a Santa Margarita, sí nos llama, en cambio, a la vida de santidad y de esa vida de santidad –que implica, en primer lugar, el rechazo al pecado, es decir, a la malicia del corazón- ninguno –seamos laicos o religiosos- nos podemos excusar. Y cuando no respondemos al llamado de santidad que Jesús nos hace, que significa además de detestar el pecado, vivir en gracia y estar dispuesto a dar la vida antes que perderla, no hace falta que Jesús se nos aparezca como a Santa Margarita, todo desfigurado a causa de los golpes, la flagelación, la coronación de espinas: cada vez que rechazamos la santidad que nos da la vida de la gracia, golpeamos a Jesús, lo flagelamos, lo coronamos de espinas, lo crucificamos. No hace falta que Jesús se nos aparezca sensiblemente, como a Santa Margarita, todo golpeado y flagelado, para que sepamos que esos golpes, esos hematomas, esas heridas abiertas y sangrantes, y esas lágrimas que corren de los ojos de Jesús, son provocadas por los pecados que tanto placer de concupiscencia nos producen.
Ésta es la enseñanza del Sagrado Corazón: si el pecado produce placer de concupiscencia en el hombre, en Él se traduce en golpes, en hematomas, en heridas, en crucifixión. También a nosotros nos dice Jesús, desde la Eucaristía: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”. Como dice Santa Teres de Ávila en su soneto, si no nos mueva a pecar ni el temor del infierno, ni el deseo del cielo, al menos que nos mueva a no pecar el amor y la compasión a Jesús, por nosotros flagelado, coronado de espinas y crucificado.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

miércoles, 4 de noviembre de 2015

San Carlos Borromeo y la fórmula para asistir a Misa con provecho


En uno de sus escritos, San Carlos Borromeo nos da la fórmula para asistir a Misa con provecho. Hablando de los sacerdotes y de su preparación para la Santa Misa, como así también para rezar la Liturgia de las Horas, el santo afirma que, para no perder la concentración en lo que se está por hacer, hay que prepararse previamente, rechazando los pensamientos que nos distraen. Si no hacemos así, dice San Carlos, el “fuego de amor divino” que se ha encendido en nuestros corazones, corre el riesgo de enfriarse o de apagarse. Dice así: “Algún otro (sacerdote) se queja de que, cuando va a salmodiar o a celebrar la misa, al momento le acuden a la mente mil cosas que lo distraen de Dios; pero éste, antes de ir al coro o a celebrar la misa, ¿qué ha hecho en la sacristía, cómo se ha preparado, qué medios ha puesto en práctica para mantener la atención? ¿Quieres que te enseñe cómo irás progresando en la virtud y, si ya estuviste atento en el coro, cómo la próxima vez lo estarás más aún y tu culto será más agradable a Dios? Oye lo que voy a decirte. Si ya arde en ti el fuego del amor divino, por pequeño que éste sea, no lo saques fuera en seguida, no lo expongas al viento, mantén el fogón protegido para que no se enfríe y pierda el calor; esto es, aparta cuanto puedas las distracciones, conserva el recogimiento, evita las conversaciones inútiles”[1].
Esta recomendación es especialmente válida para muchos cristianos –niños, jóvenes, adultos- que afirman que no asisten a la Santa Misa –principalmente la dominical- porque es “aburrida”. Además de que esto es un grave error, porque la Misa no es ni “aburrida” ni “divertida” y por lo tanto no hay que asistir a la misma como si se tratara de un entretenimiento, si se piensa bien en lo que es la Santa Misa, no hay lugar para el “aburrimiento”. En efecto: ante todo, hay que recordar que la Santa Misa no solo no es un entretenimiento –por eso es decimos que es equivocado plantearla en términos de “aburrimiento” o “diversión”-, sino que es un gran misterio sobrenatural, el misterio más grande de todos los grandes misterios de Dios, porque se trata de la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, en donde Jesús hace en el altar lo mismo que hace en el Calvario, esto es, entregar su Cuerpo en la Eucaristía como lo entregó en la Cruz y derramar su Sangre en el cáliz como lo derramó en la Cruz; además, tenemos que considerar que no están sólo las personas que vemos con los ojos del cuerpo: también están los ángeles de luz, la Virgen, los santos, las almas del Purgatorio, que esperan nuestras oraciones y el ofrecimiento que para ellas hagamos de la Santa Misa, y también están los demonios, todo lo cual es algo que supera infinitamente nuestra capacidad de entendimiento y de razonamiento.
Ahora bien, lo que nos dice San Carlos Borromeo es que, para participar con fruto de lo que hacemos –en este caso, la Santa Misa-, rechacemos los pensamientos que nos distraen, pero esto quiere decir al mismo tiempo, que debemos concentrarnos en los pensamientos que nos acercan al misterio de la Santa Misa, y para eso, es conveniente utilizar la imaginación, iluminada con la luz de la fe. Es decir, si utilizamos la imaginación para tantas cosas que son del mundo, entonces, pidamos a la Virgen, antes de venir a Misa, que ilumine nuestra mente, nuestro corazón y también nuestra imaginación, para que recreemos las escenas de la Pasión del Señor sobre el altar eucarístico, sobre todo la crucifixión, porque de eso se trata la Santa Misa. Esto es lo que nos aconseja San Borromeo: “poner los medios” para “mantener la atención”, lo cual quiere decir no solo no dejarnos distraer por pensamientos mundanos e inútiles, si estamos por asistir al Calvario de Jesús, sino concentrarnos, con la mente, el corazón y la imaginación, en la Pasión y en el Calvario, pidiendo al mismo tiempo la luz del Espíritu Santo, para disponernos a participar dignamente de tan grande misterio. Para esto, es conveniente reflexionar de la siguiente manera: si estuviéramos el Viernes Santo, a los pies de la cruz de Jesús, arrodillados ante Jesús en la cruz, al lado de la Virgen, que está de pie, al lado de la cruz, mientras su Hijo agoniza y muere por nosotros, ¿estaríamos así de distraídos? ¿Estaríamos pensando todas las cosas vanas e inútiles que pensamos cuando venimos a Misa, en vez de concentrarnos en el Santo Sacrificio del Altar?
Al recordar a San Borromeo, consideremos sus enseñanzas acerca de rechazar los pensamientos inútiles y de concentrarnos, para así poder participar con máximo provecho en el evento más importante que podamos asistir en toda nuestra vida, el gran misterio de la Santa Misa, la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz. 



[1] Del sermón pronunciado por san Carlos Borromeo en el último sínodo; Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1599, 1177-1178.

sábado, 17 de octubre de 2015

Santa Margarita de Alacquoque y la gracia de la aparición del Sagrado Corazón de Jesús


         Santa Margarita María de Alacquoque recibió una de las gracias místicas más extraordinarias de la historia de la Iglesia: la aparición de Jesús como el Sagrado Corazón. Estas apariciones, extraordinarias, estaban destinadas a hacer conocer y difundir la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, con el objeto de reparar por tantas ingratitudes, menosprecios e indiferencias –como el mismo Jesús le dijera a Santa Margarita- sufridas por Él de modo continuo, no sólo entre los paganos, sino principalmente, de parte de los cristianos. A través de esta devoción, Jesús nos hace ver cuánto nos ha amado y nos ama Él, al haber entregado su vida, por amor a nosotros, en la cruz, y cuánto es el olvido y el sacrilegio que los cristianos hacemos de su Corazón y de su Amor.
         Como decíamos, Santa Margarita recibió esta gracia, la de ser la destinataria de las apariciones de Jesús, que quería por medio suyo darse a conocer a la Iglesia universal bajo la maravillosa advocación del Sagrado Corazón. Fue el mismo Jesús quien la preparó para recibir esta gracia y lo hizo principalmente instruyéndola y haciéndola crecer en tres elementos clave de la vida espiritual: la conciencia delicada, la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz. Con respecto a la conciencia, le decía Jesús: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”[1]. La obediencia, a su vez, era la virtud más apreciada por Jesús: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”[2]. Por último, sin amor a la Santa Cruz, no hay santidad posible: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”[3].
         Teniendo en cuenta que nosotros recibimos, en cada comunión eucarística, una gracia infinitamente más grande que la que recibió Santa Margarita, porque si bien a ella se le apareció como el Sagrado Corazón, no le dio sin embargo como Pan celestial su Sagrado Corazón Eucarístico, como sí lo hace con nosotros: ¿no deberíamos sentirnos avergonzados por nuestra falta de delicadeza en la conciencia, por nuestro amor propio y por nuestro rechazo de la cruz? Que Santa Margarita interceda para que luchemos contra nuestras faltas y crezcamos en las virtudes que más agradan al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para recibirlo en la Comunión con el Amor y la adoración que se merece.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.