San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 1 de noviembre de 2013

Fiesta de Todos los Santos


¿Qué es lo que celebramos en la Fiesta de Todos los Santos? ¿Qué hay en ellos que merezca ser festejado y celebrado por toda la Iglesia Universal?
Celebramos a los santos porque ellos ganaron la entrada en el Reino de los cielos; ellos se hicieron acreedores de las bienaventuranzas prometidas por Jesús; ellos se ganaron la alegría eterna y ahora viven, para siempre,
Pero todo, celebramos en los santos su paso por esta vida terrena, porque no solo fue en vano –como los que obran las tinieblas-, sino que dejaron profundas huellas luminosas, huellas de luz que quedaron impresas en un camino -angosto, escarpado, difícil-, el Camino Real de la Cruz, el único que conduce a la luz, y porque siguieron al Cordero y ahora están con Él para siempre, el ejemplo de vida de todos y cada uno de los santos es para nosotros un tesoro valiosísimo, de inestimable valor, porque con sus vidas nos señalan el sentido de nuestra existencia y de nuestro paso por la tierra: ganar el cielo y la eterna alegría, que no es otra cosa que la contemplación extasiada del Cordero,
Los santos siguieron al Cordero y el seguimiento consistió en su imitación y su imitación fue tan fiel, que al tiempo que reflejaron en sus vidas distintos aspectos del Cordero, esa fidelidad les valió recibir el premio a la perseverancia en la fe y en las buenas obras y así conquistar el Reino de los cielos. Es en este aspecto de fidelidad a la gracia y de imitación del Cordero, en donde radica el aspecto más valioso de las vidas de los santos, porque las virtudes sobrenaturales con las que ganaron el cielo no son simples hábitos virtuosos, sino manifestaciones de algunas de las infinitas y eternas perfecciones del Ser trinitario de Jesús, dadas a conocer en el tiempo a través de la vida humana de los santos. Esto –las infinitas perfecciones del Ser trinitario de Jesús, comunicadas por la gracia- es lo que explica la diversidad de dones y carismas que enriquecieron las vidas de los santos: los doctores son los que expresaron, a través del estudio, la Sabiduría Divina; los mártires son los que, por medio del derramamiento de su sangre, manifestaron al mundo la Fortaleza de Dios; las vírgenes son las que, por medio de su castidad y pureza, reflejaron la Pureza Inmaculada del Cordero; los que obraron la caridad, son los que manifestaron con obras la Misericordia Divina; los que se santificaron en el sacerdocio, son los que actualizaron el Santo Sacrificio de la Cruz de Jesús y dieron la vida divina a las almas por medio de los sacramentos; los que se santificaron en el matrimonio, son los que testimoniaron el Amor esponsal, puro, perfecto, casto, celestial, fecundo, entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, y así como sucedió con estos santos, así fue con cada santo: cada uno reflejó, utilizando como instrumento su cuerpo y su alma, la perfección del Ser trinitario de Cristo que Él les comunicó de acuerdo a su plan divino de salvación.
Y todos, absolutamente todos, son un testimonio de Amor puro, perfecto, santo, hasta la muerte de Cruz, a la Eucaristía, porque no hay santo sin Amor a la Eucaristía, porque fue el Amor que brota del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús lo que los llevó a los altísimos niveles de santidad de los que hoy y para siempre gozan en el cielo.

En cuanto a nosotros, al considerar el elevado grado de santidad que alcanzaron los santos, sabemos que nos resultará muy difícil –o sino, directamente, imposible- llegar a tan alta santidad, porque el grado heroico con el que vivieron las virtudes es algo que supera las fuerzas humanas; pero debido a que igualmente queremos alcanzar el cielo, lo que debemos hacer, en el día en que los conmemoramos, es pedirles que intercedan por nosotros para que cada día que pase, crezca en nuestros corazones aquello que los llevó al cielo: el Amor a Jesús Eucaristía.

martes, 14 de septiembre de 2010

El ejemplo de todos los santos




Cada uno de nosotros tiene uno o varios santos de su preferencia, a quien le suele confiar sus problemas y deseos; a nuestros santos preferidos los recordamos todos los días, los festejamos en sus días y especialmente en este. Los santos son innumerables, de todos los tiempos, de todas las edades y razas, y cada uno con una vida de santidad diferente a la del otro. Hay sin embargo, a pesar de la diversidad, algo que une a los santos, en este momento, y por toda la eternidad. Lo que une a los santos, por toda la eternidad, es contemplar a nuestro Señor glorioso, resucitado; lo contemplan en la eternidad, lo adoran en la dicha sin fin de saber que nada los puede apartar de la alegría de poseer a Jesucristo.
Independientemente de la ayuda que nos presten desde el cielo, lo que nosotros debemos admirar en los santos y desear vivamente para nosotros, es justamente la dicha que ahora poseen por la eternidad.
La devoción a un santo no tiene otro sentido que este: conducirnos a la felicidad eterna de la contemplación de nuestro Señor. Su vida debe servirnos de estímulo y de ejemplo, y, en algunos casos, de imitación. Lo primero que debemos imitar de ellos es su perseverancia en la gracia. Hicieron de todo y renunciaron a todo –al honor, a los bienes de la tierra, incluso a la vida[1]- para permanecer unidos en esta vida a Jesucristo por la gracia, para permanecer unidos a Él por toda la eternidad en el cielo. Con tal de permanecer unidos a Cristo por la gracia, con tal de no perder el estado de gracia, interpretaron literalmente el mandato de nuestro Señor: “Si tu ojo, tu mano, tu pie, es motivo de escándalo, córtalos”, y así lo hicieron, por manos de sus verdugos: el mártir San Quirino permitió que le fueran amputadas las manos y los pies, antes de adorar a los ídolos; San Nicéforo, San Lorenzo, prefirieron ser asados en la parrilla antes que renegar de Jesucristo. Los ejemplos son innumerables, y en todos brilla la decisión de perder todo, hasta la vida propia, con tal de permanecer unidos a Cristo por la gracia. Y Jesucristo premia este acto de amor hacia él, concediendo al santo ser partícipe por toda la eternidad de la eterna e infinita gloria y alegría de Dios Trino; los santos que dieron sus vidas por Cristo, que blanquearon sus almas con la Sangre del Cordero (cfr. Ap 7, 1-8), gozan ahora por la eternidad de la visión de la Trinidad, y son tan felices y dichosos que si pudieran volverían a esta vida para sufrir más por Cristo con tal de gozar más de Él en la eternidad. Ellos participan de la liturgia de los cielos, liturgia que tiene por centro al Cordero Degollado que los lavó y los hizo Dios con su Sangre. Pero nosotros, que vivimos en este valle de dolor, lejos de las alegrías eternas de los cielos, no somos sin embargo ajenos a la felicidad que embarga a los santos, porque podemos unirnos, no sólo con el sentimiento o con la imaginación, sino en la realidad, por medio de la liturgia de la misa a la liturgia celestial. La misa es para nosotros que vivimos en el tiempo, el equivalente real a la liturgia celestial, porque en ambas, el centro de la adoración es un Único y Mismo Cordero divino.
En la liturgia de la misa no solo imitamos sino que participamos a la liturgia celestial, nos unimos no con la imaginación, sino en la realidad, a lo que los santos hacen ahora por la eternidad: así como ellos lo adoran en el cielo, así nosotros lo adoramos en la Eucaristía. Quiere decir que nuestro santo está con nosotros, en el misterio de la liturgia eucarística, adorando a nuestro Señor, como nosotros aquí en la tierra lo adoramos en la Eucaristía; la diferencia es que él lo adora contemplándolo en la luz de la gloria divina, nosotros, en la penumbra de la fe.
Pero tanto ellos como nosotros nos gozamos de la Presencia de nuestro Señor, y tal vez nosotros somos más afortunados, porque mientras ellos lo contemplan, nosotros lo incorporamos en nuestras almas como alimento de vida eterna, y lo poseemos como algo nuestro, propio, para nuestra posesión, adoración y gozo espiritual, gozo que anticipa en la tierra el gozo del cielo.

[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of divine grace, TAN Books and Publishers, Illinois 2000, 306.