San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 22 de julio de 2017

Santa María Magdalena


         Vida de santidad[1].

         Formó parte de los discípulos de Cristo, estuvo presente en el momento de su muerte y, en la madrugada del día de Pascua, tuvo el privilegio de ser la primera en ver al Redentor resucitado de entre los muertos (Mc 16, 9), aunque esto último, que fue la primera entre los discípulos en ver al Señor resucitado, es cierto en sentido relativo, porque de modo absoluto, a quien Jesús se le apareció resucitado antes que a cualquier discípulo, es a su Madre, la Virgen, según la Tradición. El culto a Santa María Magdalena se difundió en la Iglesia occidental sobre todo durante el siglo XII.

Mensaje de santidad.

La vida de Santa María Magdalena refleja, de una forma muy contundente, el poder de la gracia de Jesús para convertir los corazones, ya que la convierte a ella, de pecadora que era, en una imagen suya viviente. También demuestra su vida el inmenso amor de Jesús por los pecadores, porque la libra de dos muertes: de la muerte física, porque Jesús impide que sea lapidada –“El que esté libre de pecados, que arroje la primera piedra”[2]-, y la libra también de la muerte eterna, es decir, la condenación eterna, al exorcizarla y arrojar de ella “siete demonios” (cfr. Lc 8, 1-3) que habían tomado posesión de su cuerpo, como anticipo ya en la tierra de su destino de condenación eterna, si continuaba en su vida pecaminosa.
Lo que se puede observar en la vida de Santa María Magdalena es que experimenta un giro absoluto, es decir, a partir del encuentro personal con Jesús, su corazón se convierte, deja de estar apegado a las cosas terrenas, para volver el rostro del alma a Dios, que es en lo que consiste la santidad. María Magdalena pasa de una vida de pecado, a una vida de gracia y por este motivo, es nuestro modelo para nuestra vida cristiana: desde el encuentro personal con Jesús, Santa María Magdalena no solo no volvió nunca más a su antigua vida de pecado, sino que vivió santamente, viviendo siempre, como discípula de Jesús, en la Ley de Dios y esto como muestra de amor y gratitud hacia Jesús, el Dios Salvador. Es de ella de quien dice Jesús: “Se le ha perdonado mucho, por eso ama mucho”, es decir, luego de recibir la gracia de la conversión por parte de Jesús, gracia que le es otorgada por el Amor que Jesús tiene a todo pecador, María Magdalena devuelve amor santo, casto y puro a Jesús, el Hombre-Dios, que la salva doblemente por Amor.
Es este amor total e incondicional a Jesús, que Nuestro Señor le concede la gracia de ser la primera, entre los discípulos, en aparecerse como resucitado: “Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios”. María Magdalena es ejemplo, para nosotros, de un alma agradecida para con el Amor Misericordioso de Dios: ha recibido mucho Amor, al perdonársele sus muchos pecados, y en agradecimiento al Amor demostrado por Jesús concediéndole la gracia de la conversión, María Magdalena da gracias a Jesús, amándolo de forma casta y pura, acompañando a su Maestro en el Calvario y luego acudiendo piadosamente al sepulcro.
Otro aspecto que podemos comprobar en María Magdalena y que nos sirve para nuestra vida diaria, es el trato que la santa tiene con Jesús resucitado: antes de ser iluminada  por Jesús para que lo reconozca como Dios Hijo resucitado, María Magdalena va en busca de un Jesús muerto, no resucitado, por lo que se abandona al llanto y a la tristeza. Sólo cuando Jesús sopla sobre ella su Espíritu, para que lo pueda reconocer resucitado y glorioso, María Magdalena lo reconoce y deja de llorar y de confundirlo con el encargado del huerto, para alegrarse al saber que está vivo y glorioso.
Cuando Jesús se le aparece, María Magdalena se postra en adoración ante Jesús, quien se manifiesta a su alma, iluminándola con su gracia, para que pueda reconocerlo como lo que es: el Hijo de Dios resucitado y glorioso, y no como el “jardinero” o “cuidador del huerto”, con quien la santa lo había confundido. Finalmente, en premio a su amor puro y casto, Jesús no solo se le aparece en primer lugar, sino que le encarga, personalmente, la más hermosa misión que un alma tenga en esta vida: “Ve a mis hermanos y diles: ‘El Señor ha resucitado de entre los muertos’”.
         Muchas almas se parecen a María Magdalena antes de reconocer a Jesús resucitado: así como María Magdalena llora porque piensa que Jesús no ha resucitado –es decir, no cree todavía en las palabras de Jesús, de que habría de resucitar-, así también muchos cristianos, a pesar de que están en la Iglesia, en el fondo de sus almas no creen verdaderamente que Jesús haya resucitado, y mucho menos creen que esté glorioso y vivo en la Eucaristía.
Al igual que María Magdalena, nosotros debemos anunciar al mundo que Jesús no solo ha resucitado y que el sepulcro está vacío, sino que el sepulcro está vacío, sin el Cuerpo muerto de Jesús, porque Jesús está, glorioso y resucitado, vivo, lleno de la gloria de Dios, en el sagrario, en la Eucaristía. Es éste nuestro mensaje al mundo: Jesús no solo ha resucitado, sino que está vivo y glorioso en la Eucaristía.
         Por último, si María Magdalena dice no saber dónde está Jesús -“no sé dónde han puesto a mi Señor”; nosotros podemos decir que sí sabemos dónde está Nuestro Señor Jesucristo: está vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía.





[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] Cfr. Jn 8, 1-7.

miércoles, 22 de julio de 2015

Santa María Magdalena: del llanto de la muerte a la alegría de la Resurrección


“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20,1-2.11-18). María Magdalena, de quien Jesús había expulsado “siete demonios”, va temprano al sepulcro, movida por el amor que le tenía a Jesús, como lo dice San Gregorio Magno[1]. No se resignaba a su muerte y su amor ardiente, es el que la conduce hasta el sepulcro, para estar más cerca de su Señor, aunque sea de su cuerpo muerto y frío. Al llegar, nota con sorpresa que la piedra del sepulcro había sido removida y, al asomarse al interior del sepulcro, observa que el Cuerpo de Jesús ya no está, y esto le produce una profunda tristeza; tanta, que comienza a llorar. Es en ese momento en el que dos ángeles le preguntan por la causa de su llanto: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y María Magdalena responde, sumergida en la tristeza: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. En ese momento, Jesús se le aparece y le hace la misma pregunta que le habían hecho los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María Magdalena, confundiendo a Jesús con el cuidador del jardín, le dice, pensando que es él quien ha trasladado el Cuerpo de Jesús a otro lugar: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo iré a buscarlo”. Como dice San Gregorio Magno, era el “intenso amor ardiente” que María Magdalena experimentaba por su Salvador, lo que la llevaba a buscar al que no encontraba, pero ahora que lo encuentra, no lo reconoce. Reconocerá a Jesús, es decir, su mente y su corazón se abrirán a la luz de Jesús resucitado, cuando Él la llame por su nombre, tocando con su palabra la raíz más profunda del acto de ser de María Magdalena: “¡María!”. En ese mismo instante, iluminada desde lo más profundo de su ser, sus sentidos espirituales son plenificados por la gracia santificante y así se vuelve capaz de reconocer con su mente y de amar con su corazón a Jesús resucitado y, reconociéndolo, le dice: “¡Rabboní!”, que significa “maestro”. Al reconocerlo ya como al Hombre-Dios resucitado, y al contemplarlo en la gloria de su Resurrección, María Magdalena se arroja a sus pies para adorarlo. Luego Jesús le encomienda a María Magdalena la misión más importante de su vida, que será la misión de la misma Iglesia, que vaya a anunciar a los demás que Él ha resucitado: “Ve a decir a mis hermanos: subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes”.
“Mujer, ¿por qué lloras?”. Es de destacar que tanto los dos ángeles, como el mismo Jesús, dirigen a María la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y la causa del llanto de María Magdalena es que busca a Jesús, pero a un Jesús muerto: María va al sepulcro a buscar a un Jesús que no existe, porque el Jesús muerto del Viernes Santo, ya no está más en el sepulcro, el Domingo de Resurrección, porque ha resucitado. La causa del llanto de María Magdalena es que ha olvidado las palabras de Jesús, de que Él resucitaría “al tercer día” y por esta razón, busca a un Jesús que no existe. Eso sucede cuando racionalizamos la fe y oscurecemos así la luz de la gracia: sólo la luz de la gracia, que ilumina nuestra fe, nos hace capaces de contemplar a Jesús resucitado. De manera análoga, muchos en la Iglesia, tienen la fe de María Magdalena antes del encuentro con Jesús resucitado: buscan a un Jesús que no existe, creen en Jesús, pero en un Jesús muerto el Viernes Santo, pero que no ha resucitado y que mucho menos, prolonga y actualiza su misterio pascual, en la Eucaristía, porque no creen que Jesús resucitado esté, en Persona, con su Cuerpo y Alma humanos glorificados, en el Santo Sacramento del altar. Y porque no creen ni en Jesús resucitado ni en su Presencia gloriosa en la Eucaristía, frente a las tribulaciones, se derrumban como María Magdalena, sin saber dónde está Jesús.
Es por eso que debemos pedir la gracia de la fe: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5), la fe en Cristo muerto y resucitado, que prolonga su misterio pascual en la Eucaristía. Como María Magdalena luego del encuentro con Jesús, también nosotros debemos ir a anunciar a nuestros hermanos que Jesús ha resucitado y que por eso el sepulcro está vacío, pero nuestro anuncio no se detiene en el hecho de que Jesús sólo ha resucitado y ha dejado el sepulcro vacío, porque su Cuerpo muerto ya no está más allí, tendido sobre la loza fría sepulcral: debemos anunciar que Jesús ha dejado el sepulcro vacío, para ir a ocupar los altares y los sagrarios, con su Cuerpo glorificado, en la Eucaristía. A diferencia de María Magdalena, que “no sabía dónde estaba el Cuerpo del Señor”, nosotros sí sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús glorificado: en la Eucaristía, en los altares, en los sagrarios, y es allí adonde debemos ir a adorarlo.



[1] De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios; Homilía 25, 1-2. 4-5: PL 76, 1189-1193.

jueves, 21 de julio de 2011

Santa María Magdalena



“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (cfr. Jn 20, 1.11-18). El Domingo por la mañana, María Magdalena acude al sepulcro, en donde se encontrará con Cristo resucitado. No es casualidad que el evangelista destaque que a esa hora, a pesar de estar amaneciendo, “aún estaba oscuro”. La oscuridad del día cósmico es una metáfora de la oscuridad en la que se encuentra envuelta el alma de María Magdalena, que acude sin fe en Cristo resucitado.

La ausencia de fe de María Magdalena –es decir, la oscuridad de su alma- se exterioriza por varios detalles: está “llorando”, triste, acongojada, porque busca a un Jesús muerto, y no al Jesús resucitado; busca al Jesús que murió en la cruz, pero las palabras de Jesús anunciando su resurrección –“El Hijo del hombre sufrirá pero resucitará al tercer día” (cfr. Mt 17, 23)- no constituyen para ella, al menos en este momento, ni luz ni consuelo espiritual.

La otra oscuridad espiritual se patentiza en su diálogo con los dos ángeles, sentados a la cabecera y a los pies del sepulcro: dialoga con ellos, quienes le preguntan el motivo de su llanto: “¿Por qué lloras?”. En su respuesta, María Magdalena no encuentra consuelo, porque el único Cristo al que ella busca, el Cristo muerto, no está.

Alejada de la fe en la Resurrección, razona con pensamientos humanos, y su inteligencia humana le dice que lo único que puede haber pasado es que “alguien” se ha “llevado el cuerpo” de su Señor, y como no sabe dónde lo está, eso le provoca la angustia y el llanto.

Su falta de fe le lleva también a desconocer a Jesús, que está ahí, de pie en el sepulcro, resucitado, quien le pregunta lo mismo que los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?”. En la oscuridad y en el laberinto de sus razonamientos humanos, María Magdalena confunde a Jesús con el jardinero, y deduciendo que es él quien se ha llevado el cuerpo, le pide que le diga dónde lo ha dejado.

Jesús entonces la llama por su nombre: “María”, y es en ese momento en el que sus ojos, recibiendo la luz de Cristo, se abren a la luz de la fe, y es así como lo reconoce como resucitado, llamándolo “Rabboní” o “Maestro”, arrojándose a sus pies en señal de adoración.

Muchos cristianos viven como María Magdalena antes de recibir la luz de la fe: buscan en la Iglesia a un Cristo muerto, y no a un Cristo resucitado, porque no tienen fe en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Frente al misterio eucarístico, se guían con sus razonamientos humanos, dejando de lado lo sobrenatural, y es así como sus vidas transcurren lejos de la fe: sin cruz, sin oración, sin sacrificios, sin esperanzas del encuentro definitivo en la eternidad con las Tres Personas de la Trinidad, buscando siempre a un cadáver en un sepulcro, y no a Cristo resucitado en la Eucaristía.