San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 14 de diciembre de 2017

San Juan de la Cruz y el conocimiento escondido en Cristo Jesús


         En uno de sus escritos, San Juan de la Cruz se explaya acerca del conocimiento escondido en Cristo Jesús, que pasa desapercibido, no solo ya para las almas mundanas, sino incluso para “los santos doctores y las santas almas”[1]. El conocimiento de Cristo es comparado por San Juan de la Cruz a una mina de oro o algo similar, ya que utiliza la imagen de una montaña en la que, excavando en sus profundidades –tal como se hace en las minas-, se descubren cada vez más y más tesoros escondidos en ella. Dice así San Juan de la Cruz: “Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores Y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Es decir, esa montaña es Cristo y los tesoros escondidos en Él son los tesoros de la gracia divina que, de modo inagotable, brotan de su Corazón traspasado y de sus heridas abiertas, por las que fluye su Preciosísima Sangre.
Para San Juan de la Cruz, esto es lo que se quiere significar cuando en la Escritura se afirma que “en Cristo moran todos los tesoros y la sabiduría escondidos”: “Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos”. Pero de la misma manera a como un explorador, para poder alcanzar los tesoros escondidos en el seno de la montaña, debe prepararse en el exterior de la misma para luego ingresar en ella para recorrer con mucho esfuerzo las estrechas cavernas del interior de la montaña, así también el alma, no llega fácilmente a descubrir los inagotables tesoros en Cristo, si no es pasando antes por “el padecer interior y exterior a la divina Sabiduría”: “(tesoros y sabidurías) en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría”.
Es decir, de la misma manera a como un explorador debe prepararse exteriormente, es decir, físicamente, para poder ingresar al interior de la montaña y recorrer sus laberintos en pos de sus tesoros, así también el alma, en esta vida, para poder alcanzar los misterios escondidos en Cristo, necesita de mucha preparación, la cual consiste, principal y esencialmente, en gracias “intelectuales y sensitivas” concedidas por Dios: “Porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella”. Para llegar a los tesoros escondidos en Cristo, el alma necesita mucho “ejercicio espiritual” –oración, ascesis, meditación en la Pasión, adoración eucarística-, de parte suya, pero ante todo, necesita de la iluminación concedida por el Espíritu de Dios, iluminación que, aun cuando sea intensa, será siempre “más baja que la sabiduría de los misterios de Cristo” en sí mismos. Estas gracias –iluminaciones intelectuales y sensitivas-, por profundas e intensas que sean, constituyen solo “disposiciones” necesarias para el alma, para que el alma pueda acceder a los tesoros de Cristo: “todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella”.
Ahora bien, el acceso a estos tesoros de sabiduría divina escondidos en Cristo, se produce luego de “entrar en la espesura del padecer”: “¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!”. De la “espesura del padecer”, se pasa a la “espesura de la cruz”, y en esto es en lo que el alma debe poner su “consolación y deseo”.
Forma parte esencial de este conocimiento de Cristo el amor de caridad, esto es, el amor sobrenatural, a Dios y al prójimo, ya que sin este amor, de nada valdría el conocimiento obtenido: “Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen bien fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios”.
Por último, San Juan de la Cruz revela en qué consiste el “padecer” y es la Cruz de Jesús, puerta de acceso a todos los bienes contenidos en Cristo. El padecer, previo al conocimiento de Cristo, es el participar por parte del alma, de alguna manera, en la Pasión de Cristo: “Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta”. La Cruz de Cristo –Cristo en la Cruz- es la “puerta” de entrada a las riquezas de su sabiduría. San Juan de la Cruz advierte que muchos desean las riquezas de la sabiduría de Cristo, pero sin la puerta, esto es, sin la Cruz, al tiempo que son pocos son los que desean entrar por la puerta de la Cruz para obtener estas riquezas: “Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos”.
Al recordar a San Juan de la Cruz en su día, le pidamos que interceda para que deseemos obtener las riquezas y tesoros de la Sabiduría divina escondidos en Cristo, pero que también deseemos pasar por la Puerta de la Cruz para obtenerlos.



[1] Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, Canciones 37, 4 Y 36, 13, declaración. 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

San Juan de la Cruz


Un día sucedió un hecho místico en la vida de San Juan de la Cruz, el cual fue relatado por el mismo santo en una conversación mantenida con un religioso de su comunidad, fray Francisco. Decía así el santo: “Quiero contaros una cosa que me sucedió con Nuestro Señor. Teníamos un crucifijo en el convento, y estando yo un día delante de él, parecióme estaría más decentemente en la iglesia, y con deseo de que no sólo los religiosos le reverenciasen, sino también los de fuera, hícelo como me había parecido. Después de tenerle en la Iglesia puesto lo más decentemente que yo pude, estando un día en oración delante de él, me dijo: ‘Fray Juan, pídeme lo que quisieres, que yo te lo concederé por este servicio que me has hecho’. ‘Yo le dije: “Señor, lo que quiero que me deis trabajos que padecer por vos, y que sea yo menospreciado y tenido en poco”. “Esto pedí a Nuestro Señor, y Su Majestad lo ha trocado, de suerte que antes tengo pena de la mucha honra que me hacen tan sin merecerla”.
El episodio de San Juan de la Cruz con el Crucifijo es asombroso desde todo punto de vista, comenzando desde el hecho de que se trata de una intervención extraordinaria de nuestro Señor, hasta la gratitud demostrada por Nuestro Señor para con San Juan, por el solo hecho de haber colocado un crucifijo a la vista de todos. Pero lo que sorprende también es la respuesta del mismo San Juan de la Cruz: ante el ofrecimiento de Jesús de darle “lo que quisiera”, el santo no pide –como alguien mundanamente podría pensar- ser tenido en cuenta, considerado, o alabado por los demás. Por el contrario, el santo pide “trabajos para padecer” por Cristo y “ser menospreciado y tenido en poco”.
¿A qué se debe esta petición? A que San Juan de la Cruz estaba unido profunda y espiritualmente a Jesucristo por el Espíritu Santo y por lo tanto, participaba de su Pasión, de su dolor, de su humillación, de su angustia, y pedir y recibir honores mundanos, habría significado el ser apartado del lado de Jesús crucificado, humillado por todos nosotros, por nuestra salvación. Con su petición, San Juan de la Cruz no solo nos enseña que no basta con huir de la vanidad, sino que debemos buscar ser humillados con Cristo, humillado por nosotros en la Pasión.