San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 27 de marzo de 2026

Los siete dolores y gozos de San José

 


Ciclo A 2026[1]

         Según la Tradición, San José experimentó Siete Dolores y Siete Gozos en su condición de Padre adoptivo de Jesús y de Esposo meramente legal de María Santísima. San José, al ser un padre y esposo terreno experimentó, como todo padre y esposo de esta tierra, los gozos y dolores que se suceden en los distintos momentos de su familia; como todos sabemos, hay días en que predominan los gozos, hay días en que predominan los dolores. Ahora bien siendo San José quién es, el santo más grande luego de la Santísima Virgen María, los hechos que experimentó San José en la Sagrada Familia fueron más allá de ser los de un padre terreno, similar a cualquier otro padre terreno entre los hombres, desde el momento en que San José, además de su santidad personal, debido a su condición precisamente de Padre Adoptivo de Dios Hijo, estos hechos adquirieron una dimensión que va más allá de lo humano, una dimensión celestial, divina, sobrenatural y también salvífica, al estar asociada su vida indisolublemente a la vida de su Hijo adoptivo Jesús, Segunda Persona de la Trinidad encarnada y a la de su Esposa legal María Santísima. Solo se comprenden sus gozos y dolores dentro de la historia de la salvación y es en ella adquieren su trascendencia sobrenatural. Algo muy importante a tener en cuenta es que el recuerdo de estos Siete Dolores y Gozos no se limitan a un simple recuerdo de la memoria, sino que, por la gracia, la fe y la oración, se tratan de una misteriosa participación, por el hecho de ser nosotros mismos misterios del Cuerpo Místico de Jesús, a la vida de San José y al misterio salvífico de su Hijo adoptivo, Jesucristo, el Hombre-Dios. Siempre según la Tradición, los Siete Dolores y Gozos de San José se sucedieron en siete Domingos sucesivos. En honor de San José y en su Novena ofrecemos las siguientes meditaciones con la intención de participar con fe y con amor, de los misterios de la paternidad adoptiva de San José, paternidad que es prolongación en la tierra y a través de un instrumento humano y santo, de la Paternidad divina de Dios Padre.

         Primer Dolor: Antes de comenzar a vivir con María, su esposa legal se produce el Primer Dolor sufrido por San José: es el Espíritu Santo Quien, con su Divino Poder, lleva a cabo la Encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de María Santísima, por lo cual la Virgen queda milagrosamente encinta, aún antes de convivir con quien ya era su esposo legal. Era costumbre entre los judíos comprometerse pero todavía no convivir juntos por lo que este hecho, el embarazo de la Virgen, colma a San José de angustia y aflicción. Si bien el santo, sin ninguna malicia, nada malo pensaba de la Virgen, no podía encontrar explicación humana al hecho de que su Esposa, comprometida con él y todavía sin vivir con él, estuviera encinta, porque lo que se encuentra ante la disyuntiva de, o denunciar públicamente a María, o de abandonarla en secreto. Es verdad que María estaba encienta, pero no era por obra de varón alguno, ya que el Niño alojado en su vientre materno no poseía de ninguna manera un padre humano biológico, ya que su Verdadero Padre no era un ser humano sino Dios Padre, el Padre Eterno, la Primera Persona de la Trinidad; el Niño era la Palabra Eternamente pronunciada del Padre que, por obra del Divino Amor se encarnaba en su seno purísimo para así iniciar su misterio pascual de muerte y resurrección. La Virgen, a su vez, se convierte en Madre de Dios sin dejar de ser Virgen, al alojar en su seno virginal y en su útero corporal al Verbo Eterno del Padre, Dios Hijo procedente del seno del Padre y todo esto sin perder su virginidad y en esto radica la gloria de María Santísima, en que es Virgen y Madre de Dios a la vez, un hecho único e irrepetible en la historia. La Virgen no pierde su virginidad porque quien realiza la concepción es el Divino Amor, el Espíritu Santo. Ahora bien, esto no lo podía saber San José y es por esta razón por la que, cuando se entera del embarazo de su Esposa legal, aun sin estar todavía conviviendo, como era un hombre justo, no la denuncia públicamente, como era costumbre en la época y decide abandonarla en silencio, experimentando en su corazón puro un intenso dolor al enfrentarse a este dilema, el de denunciar o no a su Esposa, lo cual la haría víctima del repudio público, como se acostumbraba en la época.

         Primer Gozo: San José experimentó el Primer Gozo cuando, por medio de sueños, el Arcángel le reveló el sublime misterio encerrado en el seno virginal de María, que el Hijo concebido en María no provenía de hombre alguno, sino del Espíritu Santo: “(…) mientras pensaba en esto, se le apareció en sueños un ángel del Señor, diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). En esta aparición, el Ángel de Dios le revela a San José que el fruto de la concepción de María no es de origen humano, sino celestial y divino, quitando así de raíz cualquier concepción terrena y por lo tanto dejando de lado cualquier duda acerca de la fidelidad de María Santísima. De esta manera San José no solo experimenta alivio –“no temas”, le dice el ángel-, sino además un gran gozo, por el hecho de que se confirma su presunción acerca de la inocencia de su Esposa, de la cual nunca dudó –aunque no sabía cómo explicar el hecho-, sino porque al mismo tiempo, si María era la Madre de Dios porque era el Espíritu Santo quien había engendrado al Hijo en la Virgen, entonces quería decir al mismo tiempo que él era el Padre Adoptivo del Hijo de Dios, a quien Dios Padre le había confiado nada menos que representarlo en la tierra en aquella tarea que Él ejercía desde toda la eternidad, esto es, la paternidad. San José experimenta así su gozo más grande, el saber que Dios Padre le había confiado la tarea de ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo, continuando su tarea desarrollada por la eternidad, la de ser Padre, aunque San José tenía un agregado: debía ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo Encarnado, es decir, de Dios Hijo que había asumido una condición que no tenía en la eternidad, y que era el poseer una naturaleza humana, que debía crecer y desarrollarse desde su estadio de embrión, y él, era el encargado de cuidarlo y educarlo en el proceso de crecimiento propio de la naturaleza humana. El primer gozo de San José fue el saber que María era la Madre de Dios y que su Hijo era el Hijo de Dios y que él había sido elegido por Dios Padre para reemplazarlo en la tierra en su tarea paterna.

         Oh castísimo esposo de María, glorioso San José, por el dolor y la aflicción que experimentaste frente a la posibilidad de abandonar a vuestra Amada Esposa Inmaculada y por la alegría que llenó tu castísimo corazón al revelarte el ángel el sublime misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, te suplicamos que consueles nuestros corazones en las tribulaciones de la vida presente, para que vislumbrando la vida eterna que nos concedió tu Hijo adoptivo, vivamos serenos y alegres hasta el día en que, por la Misericordia de Jesús, merezcamos ser llevados al Reino de los cielos. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

         Segundo Dolor: San José experimentó el Segundo Dolor en el momento en el que estaba ya muy cercana la Hora del Nacimiento de su Hijo; en ese entonces, la Sagrada Familia estaba en Belén y fue allí cuando San José pudo darse cuenta que no había lugar para ellos; San José se dio cuenta de que su Hijo, Dios, que venía a salvar al mundo, no era bien recibido en las ricas posadas de Belén y si no había lugar en estas ricas posadas, la Sagrada Familia debería buscar un lugar pobre, oscuro, frío, que al final terminaría siendo el Portal de Belén. El Segundo Dolor de San José es experimentado cuando comprueba, por sí mismo, cuán profundo, oscuro y egoísta es el corazón humano sin Dios; este corazón humano oscuro y sin Dios está prefigurado en las posadas ricas de Belén, están llenas de gente que, al amparo del frío, canta, baila, se ríe despreocupadamente de su prójimo más necesitado, ya que ellos no pasan frío porque están abrigados y reparados con el fuego de las chimeneas, comiendo y bebiendo despreocupadamente. Las ricas posadas de Belén, que no tienen lugar para alojar al Salvador, son la figura viva y plena de los corazones humanos sin Dios: por fuera, exteriormente, dan la apariencia de la alegría y la despreocupación, pero esto es solo aparente, porque estas personas no han permitido el ingreso en sus corazones de Aquel que es la Verdadera Alegría, la Alegría infinita, Jesús de Nazareth y así se distraen vana y superficialmente en las alegrías que proporciona el mundo, que además de superficiales, siempre provocan dolor y pesadumbre. El Segundo Dolor de San José está provocado por la frialdad de estas almas sin Dios, que rechazan a su Salvador y que a cambio eligen los falsos y vanos atractivos del mundo; el dolor de San José está provocado por el estado de estas almas, porque si un alma cierra las puertas de su corazón y de su vida a Jesucristo, nada bueno le puede suceder a esta alma y es esto lo que está representado en las ricas posadas de Belén. Si las posadas rica de Belén, llenas de luz, de alegría y de cantos mundanos, representan a las almas sin Dios, el pobre Pesebre de Belén, el lugar en el cual finalmente nacerá el Salvador de  los hombres, un lugar que es en realidad un refugio de animales, oscuro, frío, sin ningún tipo de atractivo desde el punto de vista  humano y sensible, ese Portal de Belén es la prefiguración y representación del corazón del hombre pecador, del hombre que sabe su corazón es oscuro y frío porque está sin Dios pero en su pobreza, en su oscuridad, en su frialdad, puesto que ama a Dios, no duda en ofrecer su pobre corazón para que allí pueda albergarse el Dios que viene en camino, como un niño humano, a través de María y José. De esta manera, el corazón del hombre pecador representado en ese refugio de animales, se abre a la gracia y la acepta, y así es como la Virgen, Medianera de todas las gracias, entra en el corazón del pecador, representado en el Portal de Belén, para que en ese corazón pueda nacer Dios Hijo encarnado, el Mesías, el Redentor de los hombres. Así el hombre pecador ve cómo su corazón se transforma y de oscuro, frío y sin ningún tipo de atractivo, cuando ingresa la Virgen para dar a luz al Redentor por la gracia, ese corazón es iluminado e inundado por la gloria de Dios que brota del Niño nacido de la Virgen y como esa gloria es luz y es amor, el corazón del pecador se ve inundado de la luz divina y del Divino Amor, y ve cómo su corazón se incendia en el Fuego del Divino Amor que le dona el Niño Dios, a la par que su alma se cubre de la belleza y hermosura que le otorga la divina gracia.

         Segundo Gozo: El Segundo Gozo de San José es experimentado en el momento en el que se produce el virginal Nacimiento del Niño de María; es ahí cuando San José contempla cómo el pobre Portal de Belén, que era oscuro, frío y sin atractivo alguno, se iluminar con la luz de la gloria divina del Acto de Ser trinitario del Niño Dios, mientras con sus oídos puede escuchar el maravilloso coro de los ángeles de Dios que saludan, exultantes de alegría, el Nacimiento y la Llegada del Verbo de Dios encarnado al tiempo y a la historia humanos. San José exulta de gozo al escuchar a los Nueve Coros Angélicos que, adorando al Redentor que nace como un Niño humano, al mismo tiempo entonan y ensalzan las maravillas de la gloria de Dios, anunciando como lo dicen las Sagradas Escrituras, la paz del corazón para los hombres de buena voluntad que aman al Señor. El Segundo Gozo de San José se debe entonces a que el Portal de Belén, que antes del Nacimiento era sólo un oscuro y gélido refugio de animales –representación de las pasiones sin el control de la razón y de la gracia-; oscuro –por la ausencia de la Luz de Dios, Jesucristo-; y frío –porque no tenía el Fuego del Divino Amor en él-, ahora, al nacer milagrosamente su Hijo adoptivo, Cristo Jesús, el corazón de todo hombre de buena voluntad se llenará también de la luz de la gracia, del Fuego del Espíritu Santo, siempre y cuando permita que la Virgen ingrese en él. Luego del Nacimiento del Redentor, todo en el Portal de Belén -todo en el corazón del alma que ama a Dios Hijo y le ofrece su corazón para que nazca en él por la gracia-, todo será armonía y paz divina, la paz de Cristo, quedando sus pasiones pacificadas al ser convertidos, su alma y su cuerpo, en templos del Espíritu Santo.

Oh glorioso y bienaventurado patriarca, San José, elegido por Dios Padre para ser Padre adoptivo de Dios Hijo Encarnado; te pedimos que por el dolor que experimentaste al ver a tu Hijo rechazado por muchos, y por el gozo de verlo ensalzado por los coros de los ángeles y recibido por los pobres y humildes de corazón, que intercedas para que nuestros corazones, pobres y oscuros como el Portal de Belén reciban, a través de María, Medianera de todas las gracias, a la Fuente de toda gracia y la Gracia Increada en sí misma, Cristo Jesús. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

Tercer Dolor: El Tercer Dolor lo experimenta San José cuando junto a María lleva al Templo al Niño para ser circuncidado, tal como lo establecía la ley. La primera sangre que derrama su Hijo estremece de dolor a San José, al pensar que esa sangre primera es solo una pequeñísima parte de cuando su Hijo, ya adulto, derrame la totalidad de su Sangre Preciosísima en la Pasión. La primera sangre derramada por su Hijo Jesús es solo el anticipo de la Sangre que derramará en su Pasión cuando cruelmente flagelado, coronado de espinas y finalmente crucificado. San José advierte que las amarguras y dolores sobrevienen y se hacen cada vez más fuertes y están unidas al hecho de ser él el Padre Adoptivo de Dios Hijo porque ese Hijo suyo al que ama tanto, derramará hasta la última gota de su Sangre para salvar a los hombres. Sabe también San José que el derramamiento de Sangre de su Hijo es la fuente divina de la gracia y del Amor de Dios, siendo la única forma en que los hombres podrán sus pecados, desde el más pequeño hasta el más grande. La Sangre de su Hijo lavará los pecados de todo tipo: ira, soberbia, envidia, gula, pereza, lujuria, avaricia, idolatría. Solo la Sangre de su Hijo, que es el Cordero Inmaculado, inmolado en el altar de la cruz y en la cruz del altar, la única en grado de purificar al extremo los corazones de los hombres, el lugar de “donde nacen toda clase de cosas malas” y tanto la sangre que Jesús derrama en la circuncisión como el dolor que experimenta por el Niño, son sólo un anticipo del manantial infinito de Sangre que brotará del Cordero de Dios, de la Cabeza coronada de espinas, del Cuerpo flagelado, de las manos y pies crucificados y de su Costado traspasado. Y si la Virgen experimenta en su Inmaculado Corazón el dolor agudísimo de una espada de acero afilada, como lo profetiza Simeón –“Una espada de dolor te atravesará el corazón”-, también San José, compartiendo y participando de los dolores de la Virgen, experimenta ese mismo dolor, el dolor que provoca el filo cortante de una espada de acero que le atraviesa su alma. San José calla y ofrece este dolor al Padre Eterno, por nuestra salvación, y junto a María ofrece el dolor y la Sangre de su Hijo, como protección contra el primer pecado mortal de los más pequeños.

Tercer gozo: San José experimenta el Tercer Gozo cuando la Sagrada Familia recibe, de parte de Dios, el Nombre elegido para su Hijo adoptivo: Jesús. San José se alegra, porque es un Nombre elegido por Dios mismo; es el Nombre que evoca la salvación de los hombres; es el Nombre sobre todo nombre, no hay ningún otro nombre dado en la tierra para la salvación de los hombres; San José se alegra porque el Nombre de su Hijo será evocado por incontables almas, las cuales así lograrán la eterna salvación; es el Nombre del Dios Fiel, del Dios que nunca abandona; es el Nombre que nunca defraudará a todo el que lo invoque; San José se alegra por el Nombre dado por Dios Padre a su Hijo adoptivo, Jesús, porque será el nombre que, susurrado al oído por el Espíritu Santo, convertirá al alma haciéndola arrepentirse de sus pecados para comenzar a vivir la vida nueva de los hijos de Dios. San José se alegra por el Nombre de Jesús porque para quien lo pronuncie, es ya una señal del envío del Divino Amor por parte del Padre, porque solo quien está movido por el Espíritu Santo pronuncia el Sagrado Nombre de Jesús. El Nombre de Jesús, su Hijo adoptivo, es signo de redención y salvación, es el Nombre del Salvador de los hombres y por este motivo San José se alegra con un gozo y una alegría celestial, porque el pobre pecador pronunciará el Nombre de Jesús con fe, amor y piedad y así Jesús acudirá de manera inmediata a su alma, para abrirle su Sagrado Corazón y colmarlo con los celestiales tesoros de la Divina Misericordia.

Oh glorioso San José, por el dolor que experimentaste en la circuncisión de Jesús y por la alegría que inundó tu corazón al dar a tu Hijo el Dulce Nombre de Jesús, te suplicamos que intercedas ante el trono de la Divina Majestad para que viviendo alejados de todo pecado pronunciemos, durante toda nuestra vida terrena, pero sobre todo en la hora de nuestra muerte, desde lo más profundo del corazón y con todo el amor del que seamos capaces, el Nombre Santo de Jesús, para seguir luego pronunciándolo, en compañía de María Santísima y de los ángeles y santos, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.

Cuarto Dolor: El Cuarto Dolor es experimentado por San José cuando, acompañando a María Santísima que lleva a Dios Niño entre sus brazos, ingresa en el Templo para hacer la ofrenda de su Primogénito a Señor, según la prescripción de la Ley. Es ahí cuando el anciano San Simeón, conducido por el Espíritu Santo al Templo, es iluminado interiormente por este mismo Espíritu de Dios y así puede reconocerlo como a Dios que, sin dejar de ser Dios, se ha hecho Niño y ha venido a este mundo para salvarlo, redimirlo y conducir a los hombres redimidos al Reino de los cielos. Además de recibir la luz que reconoce a Jesús como al Niño Dios, Simeón también recibe la gracia de la profecía, mediante la cual profetiza que ese Niño, que es el Mesías, padecerá y morirá en la cruz, siendo causa de exaltación y salvación para quienes se unan a su sacrificio redentor, pero también de caída para quienes lo rechacen. También por inspiración divina, Simeón profetiza que la Madre de Dios, María Santísima, habrá de sufrir junto a su Hijo en la Pasión, porque será asociada espiritual y místicamente a los acerbos dolores de la Pasión del Señor y es a esto a lo que se refiere San Simeón cuando le dice a la Virgen: “Y a ti, una espada de dolor te atravesará el corazón”. San José experimenta este dolor porque, debido al desposorio místico y sobrenatural mediante el cual está unido espiritualmente a su Esposa legal, la Virgen, él también sufre el dolor que habrá de sufrir la Virgen, la espada de dolor que atravesará su Inmaculado Corazón. De esta manera San José experimenta el Cuarto Dolor, el Dolor participado de la cruz de su Hijo Jesús y del dolor del Inmaculado Corazón de María.

Cuarto Gozo: El Cuarto Gozo lo experimenta San José al escuchar, de labios de San Simeón, la condición de Mesías y Redentor de Jesús, por cuya Pasión se salvarán una innumerable cantidad de almas, y así este gozo compensa el dolor anterior en el que se profetizaba su muerte redentora. Por medio de la luz que le concede el Espíritu Santo, San José se alegra porque puede contemplar cómo el dolor –uno de los más grandes dolores para un padre, como lo es la muerte de un hijo-, al ser ofrecido con humildad y mansedumbre de corazón y aceptando la Divina Voluntad que siempre es Santa y Buena y dispone lo mejor para nosotros, se convierte no solo en fuente de santificación personal sino sobre todo en fuente de salvación para muchas almas, y es esta salvación de las almas por su Hijo Jesús lo que hace que el Cuarto Gozo de San José sea todavía más grande. La alegría de San José se debe a que, a partir de su Hijo Jesús, ya no dominarán más sobre los hombres ni la enfermedad, ni la tribulación, ni el dolor, ni la muerte y tampoco el infierno, porque su Hijo derrotará a todos estos enemigos de la humanidad y al mismo tiempo abrirá para los hombres las puertas del Reino de los cielos cuando extienda sus brazos en la cruz. El Cuarto Gozo de San José está dado por la inmensa multitud de almas que por el sacrificio redentor de su Hijo Jesús habrán de salvarse hasta el fin del mudo.

Oh glorioso patriarca San José, por el dolor mortal que experimentaste en tu corazón al conocer la profecía de Simeón acerca de los dolores de Jesús y por la alegría sin fin que inundó tu preciosísima alma, llena del Espíritu Santo, al saber que por el dolor de tu Hijo serían salvadas incontables almas, te pedimos que intercedas para que, por los méritos de Jesús y la intercesión de la bienaventurada Virgen María, luego de llevar una vida santa, seamos incorporados al coro de los bienaventurados en la Jerusalén celestial. Amén.

         Quinto Dolor: El Quinto Dolor lo sufre San José cuando comienza a realizar, en la tierra, la misión encomendada desde la eternidad por Dios Padre, es decir, la de ser Padre adoptivo del Hijo de Dios: como Padre adoptivo, San José experimentó todas las vicisitudes que sufre todo padre terreno, empezando desde la búsqueda de trabajo con el cual dar sustento a la Sagrada Familia. Aunque siempre fue asistido por la Divina Providencia, en el sentido de que nunca le faltó trabajo como carpintero para el sustento familiar, hubo momentos, como los hay en toda familia, en donde la incertidumbre por la economía y el trabajo se hacían sentir en el ánimo de San José, sufriendo en algunas ocasiones el Santo Patriarca la incertidumbre de en algún momento no tener lo necesario para alimentar y sustentar al Rey y Reina de los cielos a su cargo, Jesús y María. También forma parte de este dolor la disposición de San José de hacer los preparativos para la huida de la Familia de Nazareth hacia el país de Egipto para resguardar y poner a salvo a su Hijo Jesús, ya que el ángel le había advertido en sueños que el impío rey Herodes, celoso por la reyecía de Jesús, quería matar a Jesús: “El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2, 13-23). Así se cumplió la Escritura que decía: “Desde Egipto llamé a mi Hijo” (Os 11, 1). Advertido en sueños, San José, con todo el dolor de su corazón, dispone las pocas pertenencias de la Sagrada Familia para que en la huida hacia Egipto, en un largo y peligroso viaje, sus tesoros más grandes, Jesús y María, estuvieran a salvo bajo su cuidado. San José sufre el Quinto Dolor, sin poder comprender cómo alguien puede querer asesinar a un niño apenas nacido, su Hijo Jesús. San José sufre también porque en esta huida a Egipto, en la que la Sagrada Familia debe escapar de quienes intentan asesinar al Niño, están representados y prefigurados todos los cristianos de todos los tiempos que, por causa de su fe en Jesús, también serán amenazados y perseguidos para darles muerte, debiendo abandonar a toda prisa sus pertenencias, sus hogares, sus patrias, solo por profesar la Santa Fe Católica. San José sufre su Quinto Dolor y en silencio caen sus lágrimas, mientras con humildad y mansedumbre ofrece su Quinto Dolor a Dios, no solo no quejándose, sino aceptando la Divina Voluntad. En esta persecución a su pequeño Hijo, que aunque es Dios omnipotente se encuentra inerme y desamparado, porque se encuentra en la etapa de la niñez temprana y en esta persecución también a la Madre de Dios y Esposa suya legal, debe abandonar, con la Sagrada Familia, el calor del hogar de Nazareth para que su Hijo esté a salvo de los asesinos: San José sufre porque en este diabólico intento de matar al Niño, están representados los Santos Mártires Inocentes, los niños de corta edad que participarán del martirio de la cruz, al morir por causa del Santo Nombre de Jesús por manos de los soldados del infame rey Herodes. También en estos Niños Inocentes, mártires por causa de Cristo, están representados los miles de millones de niños abortados a lo largo de la historia y esto causa a San José un dolor tan grande, que moriría de dolor si no fuera asistido por la divina gracia.

Quinto Gozo: El Quinto Gozo de San José lo experimenta el Santo Patriarca cuando, según la Tradición y en medio de las dificultades y tribulaciones que significaban la huida a Egipto, San José pudo ver cómo los ídolos de los egipcios, que son demonios, al paso de la Sagrada Familia, caían destrozados y se desintegraban, ante la Presencia del Verdadero Dios, su Hijo Jesús; el Quinto Gozo y alegría y consuelo de San José consiste en que, en medio de la tribulación que implica que su Hijo esté amenazado de muerte por el rey Herodes; en medio del peligro de la travesía que implica dirigirse a un país desconocido, por lugares desconocidos, San José se alegra porque contempla con asombro, estupor y maravilla a su Hijo Jesús, sabiendo que contemplar el Rostro de Cristo es contemplar el Rostro de Dios y así esta contemplación de Jesús es para San José consuelo en la tribulación, alegría en el dolor, fortaleza en la tribulación. Con el Quinto Gozo San José nos enseña que Dios, Espíritu Puro y por lo tanto invisible, ahora, por la Encarnación del Verbo, ese Dios se hace visible de manera que quien contempla el Rostro de Jesús contempla el Rostro mismo de Dios. El Quinto Gozo de San José está dado por la caída de los ídolos ante el paso de la Sagrada Familia y por la contemplación del Rostro de Jesús y esta alegría y gozo compensan los dolores, angustias y penas sufridas a lo largo de la huida a Egipto. Así San José nos enseña a confiar, amar y adorar al Único Dios Verdadero, Cristo Jesús y a acudir a Él en toda ocasión y mucho más en la tribulación, estando seguros y confiados que en toda ocasión encontraremos consuelo en el Sagrado Corazón de Jesús.

Oh santo custodio y vigilante de la Sagrada Familia de Nazareth, glorioso San José, por las tribulaciones que sufriste en tu tarea de procurar el alimento cotidiano al Hijo de Dios y sobre todo, en la Huida a Egipto, y por el gozo y la alegría que experimentaste al contemplar el Rostro de Dios en el rostro de tu Niño, te suplicamos por las familias que son perseguidas por la fe, y sobre todo, por los niños por nacer, principalmente por los que serán abortados, para que sean llevados ante la Presencia del Dios Altísimo y adoren al Cordero por los siglos sin fin. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

Sexto Dolor: El Sexto Dolor lo experimenta San José cuando luego del exilio en Egipto, debe regresar con la Sagrada Familia a Nazareth; a pesar de que el rey Herodes ya no estaba, el ángel le advierte, también en sueños, que debe regresar por otro camino, porque ahora en vez de Herodes hay otro rey, llamado Arquelao, que había sucedido a Herodes y también era enemigo de su Hijo Jesús (cfr. Mt 2, 22). San José emprende el regreso a Nazareth -porque según la profecía el Niño “se había de llamar Nazareno” (Mt 2, 23)- con la preocupación y la angustia propias de tener que resguardar y a salvo nuevamente a su Hijo, poniéndolo a salvo de quienes querían quitarle la vida. A pesar de esta nueva tribulación, la Sagrada Familia regresa a su antigua y pobre casa, en donde se establecieron y vivieron en paz. Con el Sexto Dolor, el dolor de ver cómo el solo Nombre Tres veces Santo de su Hijo Jesús despierta el odio satánico y que por esta causa deben nuevamente ponerse a resguardo, San José vive la Bienaventuranza que dice: “Bienaventurados seáis cuando proscriban vuestro nombre a causa del Hijo de Dios” (Lc 6, 22) y así San José nos enseña a amar el Nombre de Jesús en medio de la tribulación. Pero también con este Sexto Dolor San José nos da otro ejemplo y es el de amar a los enemigos, tal como lo dice Jesús: “Amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44) porque en el corazón lleno de gracia de San José no solo no había lugar para el odio, sino ni siquiera para el más mínimo rencor; además, al estar inhabitado por el Espíritu Santo el Santo Patriarca amaba, con el Divino Amor, en el Amor de su Hijo, a los enemigos de Dios, y así nos enseña el San José a vivir el Mandamiento de la Caridad de Jesús, que comprende en primer lugar el amor a nuestros enemigos.

Sexto Gozo: El Sexto Gozo lo experimenta San José aun en medio de las tribulaciones y es un gozo celestial: la alegría de San José se debe a que, a pesar del odio de los hombres -Herodes y Arquelao- que se unen al Príncipe de las tinieblas pretendiendo borrar hasta el Nombre de Jesús, puede sin embargo regresar con la Virgen y con su Hijo Dios a Nazareth, en donde la cotidiana contemplación del Niño Hijo llena su alma y su corazón de paz y serenidad. A esto se le agrega el hecho de saber que está siempre acompañado por el Ángel de Dios, que es quien le avisa acerca de los peligros y le señala el camino seguro, siempre en sueños. De esta manera San José es un ejemplo para nosotros de extrema confianza en Dios Quien, en las grandes persecuciones por causa de la fe en Cristo Jesús, Dios no solo no abandona, sino que Dios envía a los ángeles que lo sirven día y noche para que nos protejan y así la angustia por la persecución se convierte en alegría. El Patriarca San José es ejemplo y modelo de adoración eucarística, porque él adoraba a su Hijo Dios hecho carne, adoraba al Hijo de Dios oculto en la humanidad del Niño Dios y de esta manera nos instruye para que sepamos adorar a Dios Hijo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y oculta su divinidad en la apariencia de pan. De esta manera San José se convierte en Maestro de los Adoradores Eucarísticos, y nos enseña también que la adoración eucarística, la contemplación del Verbo de Dios hecho carne, es para nosotros la Fuente Inagotable de paz, fortaleza y alegría espiritual.

Oh glorioso Patriarca San José, por la tribulación que experimentaste al temer por la vida de tu Hijo Dios a causa del rey Arquelao y por el gozo que inundó tu corazón por la compañía del ángel de Dios y por la adoración que tributabas a Dios hecho carne, te suplicamos que intercedas por nosotros, oh sublime Maestro de Adoración a Jesús, para que, acompañados por nuestros ángeles de la guarda, seamos capaces de tributar, a tu Hijo Presente en la Eucaristía, el mismo amor y la misma adoración que tú le ofrecías en tu tribulación. Amén.

Padrenuestro, Ave y Gloria.

Séptimo Dolor: El Séptimo Dolor lo experimenta San José en el momento en el que, luego de subir a Jerusalén junto con María y Jesús Niño, de doce años, pierden de vista momentáneamente a Jesús, según lo relata el Evangelio. Lo que sucedió es que tanto José como María emprenden el regreso en puntos distantes de la caravana, cada uno pensando que el Niño está con el otro, cuando en realidad Jesús no estaba en la caravana, sino que se había quedado en el Templo para iluminar con su Divina Sabiduría a los Doctores de la Ley que amaban a Dios. Junto a la Virgen, San José sufre porque han perdido de vista al Niño, comenzando una búsqueda angustiosa que durará tres días, hasta que finalmente lo encuentren donde siempre estuvo, en el Templo, “ocupándose de los asuntos de su Padre Dios”. San José nos enseña en esta búsqueda de tres días a Jesús a quien creía perdido que cuando perdamos de vista a Jesús –por culpa nuestra, porque si perdemos a Dios, es porque nos alejamos culpablemente de su Presencia, no como José y María, que lo perdieron sin culpa propia-, debemos buscarlo siempre, siempre, donde Él está, que es en el Sagrario, en la Sagrada Eucaristía, que es donde Él estuvo desde la Última Cena y donde Él estará hasta el fin de los tiempos, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Si perdemos a Jesús en algún momento de la vida, recordemos que San José lo encontró en el Templo y acudamos al Templo, al Sagrario, a buscar a Jesús allí donde está en Persona, en la Hostia consagrada y desde la Eucaristía Jesús nos dará su Divina Sabiduría, su Luz Eterna, su Paz y su Amor Divinos. Así como San José, al encontrar a Jesús en el Templo, encontró la paz de saber que estaba ahí, así Jesús en la Eucaristía nos da su paz y su fuerza, haciéndonos saber que es Él quien lleva la cruz que nos agobia a veces; en la Eucaristía Jesús transforma nuestras penas y dolores en gozos y alegrías y nos concede la Sabiduría Divina de saber que la vida eterna se encuentra a sólo un paso y que Él nos espera en la cruz, con los brazos abiertos, para llevarnos al Reino de los cielos.  

Séptimo Gozo: El Séptimo Gozo y Alegría lo experimenta San José al encontrar a su Hijo Jesús en el Templo, en medio de los Doctores. De esta manera San José nos enseña que la alegría verdadera no está en las cosas del mundo, sino en la contemplación de Jesús Eucaristía; San José nos enseña que el cristiano encuentra su dicha, su paz y su alegría no en los bienes materiales, ni en la fama mundana, ni en la gloria vana que los hombres se tributan unos a otros; San José nos enseña que el cristiano se goza y se alegra en un único Amor: Jesús Eucaristía, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia consagrada, Presente el Templo, Presente en el sagrario; San José nos enseña que, si por culpa nuestra, hemos perdido de vista a Jesús –como por ejemplo, un pecado mortal-, encontraremos a Jesús en el Sacramento de la Penitencia y así Él nos devolverá la Alegría de su Presencia en nosotros, convirtiendo nuestras almas y cuerpos en templos de la Santísima Trinidad y nuestros corazones en otros tantos sagrarios y tabernáculos en donde Él sea adorado, bendecido y exaltado en su gloria divina.

Oh glorioso San José, modelo de toda santidad, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, lo buscaste junto a María Santísima durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores; por este dolor y este gozo, te suplico, desde lo más profundo de mi corazón, que intercedas para que nunca jamás nos suceda el perder a Jesús por algún pecado mortal, pero si por desgracia sucediera, haz que lo busquemos con tal dolor del corazón, que no encontremos descanso hasta encontrarlo nuevamente, en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía, para que viviendo en su gracia nuestra vida terrena, vivamos en su Presencia, por la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.

 

 



[1] Adaptado de: http://www.devocionario.com/jose/domingos_2.html


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