San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 6 de junio de 2019

El Sagrado Corazón y las tres armas para la lucha espiritual



          En sus apariciones como el Sagrado Corazón, Jesús le dio a Santa Margarita tres armas espirituales, necesarias en la lucha por su santificación, es decir, en la lucha por lograr, con la ayuda de la gracia, su purificación y transformación[1].
           La primera arma espiritual es una conciencia delicada, que ame estar en gracia y que deteste y se duela no solo por el pecado, sino ante la más mínima falta. Una vez que Santa Margarita había cometido una falta –que puede ser, por ejemplo, el hablar de alguien-, Jesús le dijo: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Lo que nos hace ver Jesús es que el alma, por la gracia, está delante suyo, así como los bienaventurados están delante de Dios en el cielo y así como nadie imperfecto puede estar delante de Dios en el cielo, así Jesús tampoco tolera no ya el pecado, sino ni siquiera la más leve imperfección. Santa Margarita adquirió esta conciencia delicada y por eso ella afirmaba que “nada era más doloroso para ella que ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese por poca cosa”. Y en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones y por eso mismo acudía inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
               La segunda arma espiritual, la santa obediencia.
Jesús reprendía a Santa Margarita, de modo severo, sus faltas en la obediencia, ya sea a sus superiores o a su regla. Jesús mostraba molestia cuando Santa Margarita, ante la orden de una superiora, replicaba o daba aunque sea ligeras señales de incomodidad o repugnancia. Una vez corrigiéndola le decía: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. La obediencia a los superiores es arma espiritual de gran valor, porque corrige y abate nuestra soberbia y nuestro orgullo, que siempre son participación en la soberbia y el orgullo de Satanás, pecados que le valieron la expulsión del cielo. Además, la obediencia implica amor y humildad, que son virtudes propias del Sagrado Corazón, con lo que el alma que obedece, imita muy de cerca a Jesús.
                La tercera arma espiritual: Su Santa Cruz.
Santa Margarita relata que un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. La cruz entonces no es un lecho de rosas, sino la muestra del Amor de Dios para con las almas elegidas: cuanto más cerca de la cruz, tanto más es amada esa alma por Dios. Esto significa que rechazar la cruz es rechazar el Amor de Dios. Si el Padre nos entrega el Amor del Hijo por medio de la Cruz, entonces no solo no debemos rechazar la cruz, sino que debemos abrazarla con todo el corazón.
Con el uso de estas tres armas espirituales, lo que buscaba Jesús era hacer que el alma de Santa Margarita creciera cada vez más en el desprecio de sí y en el Amor de Dios. En otra ocasión le dijo el Señor: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”.
           Al día siguiente de su profesión destinaron a Margarita a la enfermería, como auxiliar de la enfermera, Sor Catalina Marest, excelente religiosa, aunque de temperamento activo, diligente y eficiente. Margarita en cambio era callada, lenta y juiciosa. Recordándose ella después de su paso por la enfermería, escribía: “Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Y no eran exageradas sus palabras pues había recibido un sin número de insultos y desengaños durante ese tiempo. A través de esta severa religiosa, Jesús le dio la oportunidad a Santa Margarita de practicar las tres armas espirituales que le había revelado. Por último, y como una gracia extraordinaria, Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní, diciéndole que la quiere víctima inmolada. Ella le dice a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”.
            Imitemos a Santa Margarita y usemos las tres armas espirituales, una conciencia delicada, la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz, para así poder entrar en el Sagrado Corazón de Jesús.


viernes, 7 de septiembre de 2018

El Sagrado Corazón y las armas para la lucha espiritual



Santa Margarita recibió del Sagrado Corazón tres armas espirituales necesarias en la lucha que debía emprender para lograr la purificación del pecado y la transformación del alma en una imagen viviente del Sagrado Corazón por medio de la gracia.
Estas tres armas espirituales son: conciencia delicada y dolor ante el pecado, por pequeño que sea; la santa obediencia; el amor a la Santa Cruz[1].
Con respecto a la primera arma, Jesús le dijo una vez a Santa Margarita, cuando había cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Es decir, Dios es la Pureza Increada, la Santidad Increada; en Él no hay la más ligerísima mancha de pecado. Cuando el alma está en gracia, Dios inhabita en ella y es por esto que la más pequeña falta, el más ligero desvío, la más pequeña imperfección, contrastan inmediatamente con la pureza divina. Por eso es necesario pedir la gracia del odio contra el pecado.
Con respecto a la segunda arma, la santa obediencia, Jesús le dijo a Santa Margarita: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría más verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. Es decir, el orgullo y la soberbia son pasiones que se esconden en el amor propio y es así que una persona orgullosa puede hacer grandes obras, grandes penitencias, grandes mortificaciones, pero serán solo una muestra de su orgullo si es que todo esto lo hace motivado por su orgullo y no por obediencia. Jesús dice que es preferible gozar de las pequeñas comodidades por obediencia, que hacer grandes sacrificios y ayunos por voluntad propia, porque ahí se está dando rienda suelta al propio orgullo y vanidad. Jesús no tolera ni la más mínima señal de incomodidad o repugnancia frente a las órdenes de los superiores, según Santa Margarita. Esta arma es necesaria porque la obediencia ayuda a adquirir la virtud de la humildad que, junto con la caridad, son las virtudes que más asemejan a las almas a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Y así confiesa Margarita que para ella lo más doloroso era ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese ligeramente. Y en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones y por tanto, acudía inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia. Más vale hacer una pequeña obra por obediencia, que una gran obra por orgullo propio: el orgullo es el pecado capital de Satanás y quien peca de orgullo desobedeciendo a sus legítimos superiores –por ejemplo, los hijos a padres, los pastores a sus obispos, los religiosos a sus superiores, los laicos a los párrocos-, participa del pecado de orgullo de Satanás-.
         Con respecto a la tercera arma, el amor a la Santa Cruz, le dijo así Jesús a Santa Margarita, mostrándole una gran cruz toda cubierta de flores: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. Pretender vivir esta vida sin la cruz, es como pretender vivir sin oxígeno. Ahora bien, el sufrimiento de la cruz no solo no debe ser rechazado, sino que debe ser ofrecido a Jesús con todo el amor del que se es capaz. Aún más, no basta con amar la cruz con nuestro amor humano: es necesario abrazar la cruz y amar la cruz con el amor mismo de Jesucristo y esto sólo se logra si se participa de su Pasión por la fe, el amor y la gracia. Además de mostrarle la cruz, Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní, puesto que quería hacer de Santa Margarita una víctima inmolada por el Amor. Lejos de quejarse por estos padecimientos, la santa le dijo a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”.

A través de estas tres armas espirituales, el Sagrado Corazón quería no solo desapegarla de sus pasiones y de las cosas terrenas, sino conformar cada vez más el corazón de Margarita al suyo, preparándola así para la vida eterna. Cada cristiano, cuando le sobrevengan humillaciones y desprecios, debe estar convencido de que esto lo quiere el Sagrado Corazón para que nos desapeguemos de nosotros mismos y de esta tierra, que es pasajera y así nos preparemos cada vez más y mejor para ingresar en la vida eterna.


viernes, 2 de septiembre de 2016

Presencia de Dios, obediencia y amor a la Santa Cruz, los consejos del Sagrado Corazón para ser santos


Santa Margarita recibió de Jesús tres armas espirituales necesarias en la lucha que debía emprender para lograr la purificación y transformación, es decir, para llegar a la santidad: presencia de Dios, obediencia a los superiores, amor a la Santa Cruz[1].
Con respecto a la presencia de Dios, Jesús le dijo así a Margarita, luego de que esta había cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Esto significa que el alma, aun en esta tierra, está ante la Presencia de Dios, así como los ángeles y los santos están ante la Presencia de Dios en el cielo, y puesto que Dios es un Ser Perfectísimo y Purísimo, cuya bondad y santidad son infinitas, cuando el alma que camina en su Presencia comete una falta, por pequeña que sea, esta es notada al instante y no pasa desapercibida, así como no pasa desapercibida una gota de tinta negra vertida en una piscina de agua cristalina. La malicia del pecado, aun el venial, destaca con toda fuerza, frente a la bondad y santidad sin manchas del Ser perfectísimo del Sagrado Corazón. Luego de ser corregida por Jesús, Santa Margarita afirmaba que nada le era más doloroso que ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese por algo muy leve y que en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones; lo que hacía en ese momento era acudir inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
La segunda arma espiritual que le dio Jesús, es la santa obediencia, y en esto dice Santa Margarita, que Jesús se mostraba muy severo, puesto que la reprendía severamente ante las más pequeñas faltas contra la obediencia, como por ejemplo, un gesto de incomodidad o de disgusto frente a lo que se le mandaba. Dice Santa Margarita que a Jesús le era insoportable esto en un alma religiosa. Una vez corrigiéndola le decía: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría más verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. Jesús nos hace ver que le agrada la obediencia y no el propio querer y el propio parecer, porque en la obediencia, aun cuando sea en algo pequeño, se somete el propio orgullo y la propia soberbia, mientras que en el hacer la propia voluntad, se exalta el alma a sí misma, poniéndose en lugar de Dios. Mientras la obediencia es participación a la obediencia del Señor, que por obediencia se encarna y baja a la tierra para morir en cruz, la voluntad propia es participación a la rebelión de Satanás en el cielo, que por orgullo se pone en el lugar de Dios, y esa es la razón por la que Jesús ama la obediencia, porque ama que el alma se configure a Él y no al Príncipe de las tinieblas.
La tercera arma que Jesús le da a Santa Margarita, es el amor a su Santa Cruz. Un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. Un alma no puede pretender vivir esta vida en la comodidad, mientras su Señor está sufriendo en la cruz, y mucho menos puede pretender arribar al cielo por otro camino que no sea el de la cruz, el único camino que conduce al Reino de Dios. No en vano Jesús permitió que le sobreviniesen a Santa Margarita continuas humillaciones y desprecios, puesto que así la hacía participar de la humillación y el desprecio que Él mismo sufrió en la Pasión y en la cruz. No puede el cristiano pretender honores, halagos y reconocimientos mundanos, mientras su Señor es humillado y despreciado en la cruz. Como ejemplo, vale su experiencia en la enfermería, a la que fue destinada al día siguiente de su profesión, para ponerse a las órdenes de Sor Catalina Marest, excelente religiosa, aunque de temperamento activo, diligente y eficiente. Margarita en cambio era callada, lenta y juiciosa. Recordándose ella después de su paso por la enfermería, escribía: “Solo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Y no eran exageradas sus palabras pues había recibido un sinnúmero de insultos y desengaños durante ese tiempo[2].  Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní y la quiere víctima inmolada.
En otra ocasión le dijo el Señor: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”. Y Santa Margarita le dice a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”. El alma que ama a Jesucristo no debe deleitarse en nada que no sea Jesucristo, y Jesucristo está en la cruz y en la Eucaristía, por lo que el alma que quiera agradar a Dios, debe deleitarse en la cruz y en la Eucaristía y en nada más.
Aunque no seamos religiosos como Santa Margarita, también son para nosotros estas tres armas espirituales, camino seguro al cielo: presencia de Dios, santa obediencia, amor a la cruz.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.