San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 5 de noviembre de 2026

San León Magno

 



Vida de santidad[1],[2].

Nació en la Tuscia y fue diácono de la Iglesia de Roma. En el año 440, León es enviado por la emperatriz Galla Placidia a pacificar Galia. Pocos meses después, muere el Papa Sixto III, y le sucede León, su consejero. El Papa León, el 45 de la historia de la Iglesia, comenzó su ministerio petrino el 29 de septiembre del 440. Fue defensor y promotor del Primado de Roma, y es Doctor de la Iglesia.

Su Pontificado duró 21 años y batió diversos récords, señala el santoral vaticano. Primer Obispo de Roma que lleva el nombre de León. El primero en ser llamado “Magno”, de quien nos ha llegado la predicación –casi 100 sermones y 150 cartas–. Uno de los dos Pontífices (el otro es san Gregorio Magno) que ha recibido, por decisión de Benedicto XIV (1754), el título de “Doctor de la Iglesia”. 

Mensaje de santidad.

León XIII se convirtió en papa durante los debates cristológicos del cristianismo del siglo V. Mientras la Iglesia analizaba el mensaje del Evangelio a la luz de la filosofía contemporánea, diferentes teólogos propusieron diversos modelos para comprender a Jesucristo. La Iglesia católica intentó definir la cristología ortodoxa, es decir, una explicación teológico-filosófica de quién y qué es Cristo. Durante el pontificado de León XIII, la Iglesia convocó el Concilio de Calcedonia en 451, uno de los concilios cristológicos más importantes, ya que formuló el Credo de Calcedonia, que afirma que Cristo posee “dos naturalezas [humana y divina] unidas de manera inconfundible, inmutable, indivisible e inseparable en una sola persona”. Y esa Persona no es una persona humana, sino la Persona Segunda de la Trinidad, el Hijo de Dios, el Verbo de Dios. Esta verdad de fe fue declarada en el Primer Concilio de Nicea, del año 325, en el que los obispos formularon el Credo Niceno, declarando que Jesús es “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consubstancial (homoousios) al Padre”. Por esta razón es que los católicos creemos firmemente que Cristo es Dios. La fórmula de Calcedonia, como se la conoce, es el fundamento de la ortodoxia católica hasta nuestros días.

Los Concilios de Nicea (Persona Divina de Jesús) y de Calcedonia (en Jesús hay dos naturalezas, humana y divina, unidas sin confusión, indivisibles e inseparables) definen el dogma cristológico al declarar la Unión Hipostática: Jesús es una sola persona divina con dos naturalezas (una divina y una humana) perfectas, sin división ni confusión. Estos Concilios son a su vez el fundamento de nuestra fe eucarística, porque en la Eucaristía se encuentra el mismo Cristo Dios definido por estos Santos Concilios: en la Eucaristía se unen, en la Hipóstasis, en la Persona divina del Hijo de Dios, las naturalezas divina y humana y así la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino Cristo Dios.


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