San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Cecilia, virgen y mártir


Santa Cecilia
          Vida de santidad[1].

          Una tradición muy antigua dice que pertenecía a una de las principales familias de Roma, que acostumbraba vestir una túnica de tela muy áspera y que había consagrado a Dios su virginidad. Sus padres la comprometieron en matrimonio con un joven llamado Valeriano, pero Cecilia le dijo a éste que ella había hecho voto de virginidad y que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano. Valeriano se hizo instruir por el Papa Urbano y fue bautizado. Luego entre Cecilia y Valeriano convencieron a Tiburcio, el hermano de éste, y lograron que también se hiciera cristiano.
Las historias antiguas dicen que Cecilia veía a su ángel de la guarda. El alcalde de Roma, Almaquio, había prohibido sepultar los cadáveres de los cristianos. Pero Valeriano y Tiburcio se dedicaron a sepultar todos los cadáveres de cristianos que encontraban y ése fue el motivo por el que los arrestaron. Al ser llevados ante el alcalde, éste les ordenó que declararan que adoraban a Júpiter, pero ellos le dijeron que únicamente adoraban al verdadero Dios del cielo y a su Hijo Jesucristo, Dios Hijo encarnado y que por lo tanto no estaban dispuestos, de ninguna manera, a adorar a ídolos. Ante su negativa de adorar a ídolos paganos, fueron entonces ferozmente azotados y luego les dieron muerte. Los dos santos mártires animaban a los demás cristianos de Roma a sufrir con gusto todos los horrores, con tal de no ser infieles a la santa religión, es decir, preferían toda clase de martirios y castigos, antes que renegar de la fe en Jesucristo Dios.
Luego de los dos mártires, fue arrestada Santa Cecilia, a quien también le exigieron que renunciara a la religión de Cristo y que desconociera a Cristo como Dios. Pero la santa, ante el asombro de todos, declaró firmemente que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión y traicionar a Jesús. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarla con los terribles gases que salían de allí, pero en vez de asfixiarse ella cantaba gozosa alabanzas a Cristo y a la Trinidad –por esta razón es que fue nombrada patrona de los músicos-. Al comprobar que con este martirio no podían acabar con ella, el cruel Almaquio mandó que le cortaran la cabeza. La santa, antes de morir le pidió al Papa Urbano que convirtiera su hermosa casa en un templo para orar, y así lo hicieron después de su martirio. Antes de morir, había repartido todos sus bienes entre los pobres. En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, muy hermosa, la cual se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma. Está acostada de lado y parece que habla; además, tiene en su mano derecha extendidos los dedos pulgar, índice y medio, y doblados el anular y el meñique, indicando con esto a la Santísima Trinidad: esto quiere decir que aun después de muerta, la santa seguía confesando a Dios Uno y Trino como al Único y verdadero Dios y a Jesucristo como Dios Hijo encarnado y Salvador del mundo.

          Mensaje de santidad.

          En estos tiempos tan difíciles en los que vivimos, llenos de confusión y de traiciones encubiertas y explícitas a Cristo Dios y a la Santa Religión Católica, es preciso que miremos al ejemplo de Santa Cecilia y que le pidamos su intercesión para estar dispuestos a dar la vida antes que renegar de Jesucristo y adorar a ídolos paganos como la Pachamama, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte y tantos otros ídolos demoníacos más. Le digamos así a Santa Cecilia: “Santa Cecilia bendita, dile a Dios que también nosotros prefiramos mil muertes antes que ser infieles a nuestra santa religión Católica, Apostólica y Romana”.

Santa Isabel de Hungría


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          Vida de santidad[1].

A los 15 Isabel años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, con el cual tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: “Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?”. Su esposo no ponía reparos a la costumbre de Isabel de dar a los pobres todo lo que encontraba en su casa. Él solía decir: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Cuando Isabel tenía apenas veinte años su esposo murió en una de las Cruzadas a Tierra Santa; Santa Isabel, con gran dolor, aceptó con resignación cristiana la voluntad de Dios y desde entonces, rechazando otras ofertas de matrimonio, se dedicó a vivir en la pobreza y a dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.
Sin embargo, un día su suerte cambió radicalmente, puesto que el sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Y así, aquella que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero Isabel nunca dejó de confiar en Dios y fe así que poco tiempo más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas. Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios; como consecuencia de esto, un Viernes Santo, después de las ceremonias, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de tela burda y ordinaria de hermana franciscana y los últimos cuatro años de su vida –murió joven, a los veinticuatro años- se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que, para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”.
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted, que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea. Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su enfermedad. Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.

Mensaje de santidad.

Tal vez el mensaje de santidad lo podemos descubrir en dos afirmaciones de quienes conocieron a la santa. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”. El mismo emperador Federico II afirmó: “La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura”. Es decir, Santa Isabel de Hungría, siendo noble de nacimiento y muy rica en bienes materiales, eligió, por amor a Cristo, despojarse de la nobleza terrena para adquirir la nobleza que da la gracia y eligió además despojarse de sus bienes materiales para darlos a los pobres y así ganar una mansión en el Reino de los cielos. Antes que los honores mundanos de la corte, prefirió el silencio y la oración y antes que disfrutar de los bienes terrenos, prefirió darlos todos a los pobres y servirlos a ellos, viendo en ellos al mismo Cristo crucificado. Santa Isabel de Hungría no sirvió a los pobres por mero altruismo, sino porque en ellos veía a Cristo crucificado, pobre y necesitado de todo. Y Cristo crucificado, recibiendo todo tipo de atenciones en los pobres, le dio a Santa Isabel lo que Él reserva para quienes lo abandonan todo por el Evangelio en esta vida: el Reino de los cielos.





[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

domingo, 10 de noviembre de 2019

San Josafat, obispo y mártir



          Vida de santidad[1].
Nace en Vladimir de Volhinia por el año 1580 de padres ortodoxos; se convirtió a la fe católica e ingresó en la Orden de san Basilio. Ordenado sacerdote en el rito bizantino en 1609. Ordenado obispo de Vitebsk 1617, meses mas tarde, Arzobispo de Polotzk, Lituania. Trabajó infatigablemente por la unidad de la Iglesia. Perseguido a muerte por sus enemigos, sufrió el martirio el año 1623. Protomártir de la re-unificación de la cristiandad. Canonizado en 1867.
          Mensaje de santidad.
          Para entender el porqué de la muerte martirial de San Josafat, hay que entender que, en el Este de Europa, en la época del santo, había un grupo de católicos apóstatas que no querían la unidad de las iglesias locales con Roma, ni tampoco reconocían la supremacía del Papa como Vicario de Cristo. San Josafat dio su vida para que estas iglesias regresaran a la unidad con Roma y reconocieran en el Papa Romano al Vicario de Cristo en la tierra.
En una oportunidad, rodeado por sus enemigos que querían darle muerte, San Josafat dijo: “Sé que queréis matarme y que me acecháis en todas partes: en las calles, en los puentes, en los caminos, en la plaza central. Pero yo estoy entre vosotros como vuestro pastor y quiero que sepáis que me consideraría muy feliz de dar la vida por vosotros. Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice”[2]. Esto finalmente ocurrió, porque los enemigos del santo le dieron muerte al poco tiempo, arrojando su cadáver al río.
En años posteriores y más cercanos a la modernidad, el comunismo ruso, que invadió la totalidad de las naciones del Este, provocó también que las iglesias ortodoxas se apartaran de la comunión con Roma, situación que persiste en algunos lugares hasta el día de hoy, por lo que se hace necesario que surjan nuevos santos que estén dispuestos a dar la vida en martirio si fuera necesario, como San Josafat.


[1] https://www.corazones.org/santos/josafat.htm
[2] https://www.corazones.org/santos/josafat.htm

martes, 29 de octubre de 2019

Solemnidad de Todos los Santos



(Ciclo C – 2019)

         Al celebrar a los Santos, los habitantes del Cielo, la Iglesia no solo celebra y recuerda a aquellos hombres y mujeres que dieron sus vidas por Cristo, sino que recuerda, ante todo y antes que nada, a Cristo Redentor, sin cuya gracia santificante los santos no habrían sido más que hombres comunes y corrientes, además de pecadores. En efecto, si hoy nosotros podemos rezarles a nuestros santos de nuestra devoción –el P. Pío, Santa Margarita de Alacquoque, San Juan Pablo II, etc.-, es porque ellos están en el Cielo por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Si Jesús no hubiera muerto en Cruz por nuestra salvación y para concedernos su gracia, no habrían santos en el Cielo y no podrían ser nuestros intercesores ante la Trinidad, por lo que no tendría sentido celebrar una solemnidad como esta.
         Ahora bien, si podemos celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, es entonces gracias a Nuestro Señor Jesucristo quien, al dar su vida en la Cruz por nuestra salvación, nos dejó como legado también su gracia santificante, que se nos comunica sobre todo a través de los sacramentos. Los Santos fueron los más sabios del mundo, en el sentido de que aprovecharon la gracia santificante en el mayor grado posible, y es así como salvaron sus almas. Aprovechar la gracia divina para salvar el alma demuestra que esa alma es sabia con la Sabiduría de Dios, según dice Santa Teresa de Ávila: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Los santos se salvaron porque sabiamente se dieron cuenta que sin la gracia santificante no hay posibilidad de llegar al Cielo y salvar el alma y es así como hicieron todo lo que estuvo a su alcance, según sus estados de vidas, para adquirir, conservar y acrecentar la gracia, gracia que fue la que los llevó a los Cielos finalmente.
         Por lo tanto, al recordar a todos los Santos y en especial a aquellos a los que más devoción les tenemos, recordemos también a Aquel por cuya causa los santos son santos y no hombres pecadores, Cristo Jesús, y le pidamos a nuestros santos de predilección que intercedan por nosotros para que también nosotros, al igual que ellos, apreciemos la gracia santificante, la adquiramos si no la tenemos y la conservemos y acrecentemos si ya la tenemos. De este modo, pasaremos de ser, de pecadores en esta vida, a santos en la vida eterna, tal como les sucedió a los amados Santos de Dios.

miércoles, 16 de octubre de 2019

San Lucas, Evangelista



Vida de santidad[1].

Lucas nace de padres paganos en Antioquia se convirtió a la fe alrededor del año 40y acompañó al apóstol Pablo en su segundo viaje apostólico y es el único escritor del Nuevo Testamento que no es israelita. Es de cultura griega y dirigió su mensaje a gentiles cristianos. Estaba muy bien educado en la literatura y era médico. Autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, en el que se narran los orígenes de la vida de la Iglesia hasta la primera prisión de Pablo en Roma. Posiblemente escribió entre 70AD y 80AD. Probablemente en los dos años que San Pablo estuvo preso Cesarea (Hechos 20, 21). Se destaca como evangelista y como historiador. Habrá conocido a Pablo en Antioquía. Ninguno de los dos conocieron a Jesús durante su vida en la tierra. Sin embargo Lucas supo escribir cuidadosamente guiado por el Espíritu Santo, lo que escuchó de los testigos oculares. Es el único que narra la infancia de Jesús y el que trata más sobre La Virgen María. Quizás porque ella misma le instruyó en Éfeso. Lucas escribe para el mundo gentil. Resalta el aspecto universal de la redención. La predicación a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (Cf Lc. 24, 46-47). El está consciente de los peligros de la legalidad judía, las herejías y la frivolidad pagana. Su Evangelio muestra una atención especial hacia los pobres, los pecadores arrepentidos y hacia la oración.
San Lucas fue discípulo fiel de San Pablo quién lo describe como “Lucas, el médico querido” (Col 4,14). Desde su prisión de Roma Pablo dice a su discípulo Timoteo: “Lucas sólo queda conmigo”.  San Juan Crisóstomo le llamó: «Incansable en el trabajo, ansioso de saber y sufrir, Lucas no acertaba a separarse de Pablo». Es autor igualmente del libro denominado Hechos de los Apóstoles, en que se narran los orígenes de la vida de la Iglesia hasta la primera prisión de Pablo en Roma. En los Hechos de los apóstoles, Lucas se incluye en los viajes de San Pablo: "fuimos a... navegamos a..."   En uno de esos viajes se embarcaron desde Troas a Fenicia. Otro viaje los llevó desde Fenicia a Jerusalén. Mas tarde fueron juntos a Roma, en cuyo viaje sufrieron naufragio y otros peligros. Según la tradición murió mártir en Acaya, colgado de un árbol. Sus reliquias se encuentran en la Basílica de Santa Justina, Padua, Italia. Patrón de: artistas, doctores, cirujanos, solteros, carniceros, encuadernadores, cerveceros, escultores, notarios... Representado con: libro, novillo alado, médico, pintando ícono de Nuestra Señora. Según la tradición fue también pintor de la virgen. No se conocen los detalles de su muerte, pero la tradición lo venera como mártir[2].

Mensaje de santidad.

Aunque no se dan las razones, a San Lucas Evangelista se lo representa con un novillo alado o con un buey, muy probablemente a causa de la mansedumbre de estos animales, ya que San Lucas se identifica también como el escritor de la Misericordia de Dios: por esta razón el poeta Dante llamó a San Lucas como “el que describe la amabilidad de Cristo”[3]. Y esto es así porque en su Evangelio siempre aparece Jesús prefiriendo a los pequeños, a los enfermos, a los pobres y a los pecadores arrepentidos. También se ha llamado: “el evangelio de la oración”, porque presenta a Jesús orando en todos los grandes momentos de su vida e insistiendo continuamente en la necesidad de orar siempre y de no cansarse de orar[4]. Otro nombre que le han dado a su escrito es el “evangelio de los pecadores” –está en consonancia con el evangelio de la misericordia-, porque presenta siempre a Jesús infinitamente comprensivo con los que han sido víctimas de las pasiones humanas y por eso mismo son pecadores. San Lucas quiere insistir en que el amor de Dios no tiene límites ni rechaza a quien desea arrepentirse y cambiar de vida[5].
Quienes somos pecadores debemos leer el Evangelio de Lucas, en el cual encontraremos el Rostro de un Dios que, si bien es Justicia infinita, también es Misericordia infinita y en Lucas, la Misericordia sobrepasa a la Justicia.

San Ignacio de Antioquía



         Vida de santidad[1].
Dicen que fue un discípulo de San Juan Evangelista. Por 40 años estuvo como obispo ejemplar de Antioquía que, después de Roma, era la ciudad más importante para los cristianos, porque tenía el mayor número de creyentes. Algunos escritores antiguos decían que Ignacio fue aquel niño que Jesús colocó en medio de los apóstoles para decirles: “Quien no se haga como un niño no puede entrar en el reino de los cielos” (Mc 9, 36).
         Mensaje de santidad.
         Su mensaje de santidad está en su deseo de dar la vida por Jesús, deseo expresado ante todo en dos momentos: ante el emperador Trajano, y ante los fieles que querían interceder ante las autoridades para que no fuera martirizado. San Ignacio fue apresado porque el emperador mandó que apresaran a todos los que no adoraran a los falsos dioses de los paganos. Como Ignacio se negó a adorar esos ídolos, fue llevado preso y entre el perseguidor y el santo se produjo el siguiente diálogo.
“¿Por qué te niegas a adorar a mis dioses, hombre malvado?”.
“No me llames malvado. Más bien llámame Teóforo, que significa el que lleva a Dios dentro de sí”.
“¿Y por qué no aceptas a mis dioses?”.
“Porque ellos no son dioses. No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo”.
El emperador le pregunta la razón del porqué San Ignacio se niega a adorar a los dioses romanos, paganos y San Ignacio le responde con una declaración de fe acercad de Jesucristo como Único Salvador y Dios: “No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo”.
La respuesta enfurece al emperador, quien ordena que Ignacio sea llevado a Roma y echado a las fieras, para diversión del pueblo.
Con los que se adelantaron a ir a la capital antes que él, envió una carta a los cristianos de Roma diciéndoles: “Por favor: no le vayan a pedir a Dios que las fieras no me hagan nada. Esto no sería para mí un bien sino un mal. Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo. Y si cuando yo llegue allá me lleno de miedo, no me vayan a hacer caso si digo que ya no quiero morir. Que vengan sobre mí, fuego, cruz, cuchilladas, fracturas, mordiscos, desgarrones, y que mi cuerpo sea hecho pedazos con tal de poder demostrarle mi amor al Señor Jesús”. Cuando unos fieles suyos se ofrecen para interceder para que no lo martiricen, San Ignacio les ruega que desistan, porque él lo que quiere es ser martirizado, para así dar testimonio de Jesús: quiere ser “devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras” y así demostrarle a Jesús el gran amor que le tiene. Y si ya estando en el martirio él les suplicase que detengan el martirio, les pide que no le hagan caso y que continúen con el mismo, para que su testimonio de Cristo sea completo. Quiere que su cuerpo triturado por las fieras sirva de testimonio de su amor a Jesús.
Al llegar a Roma, como al día siguiente era el último y el más concurrido día de las fiestas populares y el pueblo quería ver muchos martirizados en el circo, especialmente que fueran personajes importantes, fue llevado sin más al circo para echarlo a las fieras. Era el año 107.
Ante el inmenso gentío fue presentado en el anfiteatro. Él oró a Dios y en seguida fueron soltados dos leones hambrientos y feroces que lo destrozaron y devoraron, entre el aplauso de aquella multitud ignorante y cruel. Así consiguió Ignacio lo que tanto deseaba: ser martirizado por proclamar su amor a Jesucristo. En nuestros días, en los que la divinidad y el carácter mesiánico y salvador de Jesucristo son dejados de lado, para aceptar falsos dioses en lugar de Él, el testimonio martirial de San Ignacio de Antioquía en favor de Cristo como Dios y como Mesías es más actual que nunca.

domingo, 13 de octubre de 2019

Santa Teresa de Ávila



         Vida de santidad[1].

         Reformadora del Carmelo, Madre de las Carmelitas Descalzas y de los Carmelitas Descalzos; mater spiritualium (título debajo de su estatua en la basílica vaticana); patrona de los escritores católicos y Doctora de la Iglesia (1970): La primera mujer, que junto a Santa Catalina de Sena recibe este título.

Mensaje de santidad.

Uno de sus mensajes de santidad lo podemos encontrar en su poema “Vivo sin vivir en mí”.
Vivo ya fuera de mí después que muero de amor, porque vivo en el Señor que me quiso para sí. Luego del encuentro personal con Dios que “es Amor”, Santa Teresa “muere de amor” y “fuera de sí”, porque ya no vive en ella y para ella, sino que vive en Dios y de su Amor.
         Cuando el corazón le di, puso en él este letrero: que muero porque no muero. La Santa le entrega su corazón a Dios-Amor y Dios-Amor pone tanto Amor en su corazón, que lo que dice el letrero es lo que la santa vive: muere porque no muere, porque si muriera, pasaría a disfrutar del Amor de Dios y de Dios-Amor por toda la eternidad, dejando las amarguras y tribulaciones de esta vida terrena.
Esta divina prisión del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazón; y causa en mí tal pasión ver a Dios mi prisionero, que muero porque no muero. Al quedar encerrada en el Corazón de Dios y al ser inflamado su propio corazón en las llamas del Divino Amor, se ha producido un trueque: ella, que como creatura era esclava del pecado, como lo somos todos antes de la gracia, ahora es libre en el Amor de Dios, pero al venir Dios a su corazón humano, se ha quedado libremente encerrado en su corazón, convirtiéndose en prisionero de Amor. Y al ver a Dios de esta manera, repite su deseo de morir porque no muere, porque si muere pasa a gozar sin límites del Divino Amor.
¡Ay! ¡Qué larga es esta vida! ¡Qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida! Sólo esperar la salida me causa un dolor tan fiero, que muero porque no muero. Esta vida es, para la santa, larga y dura y aunque el cuerpo es de carne, para el alma de la santa, que sólo ama a Dios, es igual que el hierro. La santa espera morir y morir pronto, pero la sola espera le provoca “dolor fiero”, porque muere porque no muere, porque si muere deja esta cárcel que es esta vida y pasa a gozar en la libertad del Reino de Dios, de Dios y su Amor.
¡Ay! ¡Qué vida tan amarga do no se goza el Señor! Porque si es dulce el amor, no es la esperanza larga; quíteme Dios esta carga, más pesada que el acero, que muero porque no muero. Esta vida terrena, “donde no se goza al Señor”, es amarga, porque no se gusta la dulzura del Divino Amor. Esta vida terrena es “carga más pesada que el acero” porque muere porque no muere, porque si muere, deja el amargor de esta vida, para comenzar a gustar de la dulzura del Divino Amor.
Solo con la confianza vivo de que he de morir, porque muriendo el vivir me asegura mi esperanza; muerte do el vivir se alcanza, no te tardes, que te espero, que muero porque no muero. La santa llama a la muerte y le pide que no se tarde, porque muere porque no muere, porque si la muerte la alcanza, le concede lo que anhela su esperanza, que es vivir eternamente en el Amor de Dios.
Estando ausente de ti, ¿qué vida puedo tener, sino muerte padecer la mayor que nunca vi? Lástima tengo de mí, por ser mi mal tan entero, que muero porque no muero. Al estar ausente de Dios, la vida terrena parece muerte, con padecimientos que no hay mayores; se compadece de su alma, porque para ella es un mal el vivir y una ganancia el vivir y por eso muere porque no muere.
Mira que el amor es fuerte: Vida no me seas molesta; mira que sólo te resta, para ganarte, perderte; venga ya la dulce muerte, venga el morir muy ligero, que muero porque no muero. Nuevamente la santa llama a la muerte, para que la libere de esta vida “amarga y dura”, porque el Amor con el que Dios la llama es fuerte y es más fuerte que la muerte y para ganar la Vida eterna, sólo tiene la santa que perder la vida terrena y hasta que eso suceda, muere porque no muere.
Aquella vida de arriba es la vida verdadera, hasta que esta vida muera, no se goza estando viva: muerte, no me seas esquiva; viva muriendo primero, que muero porque no muero. La Vida eterna, la Vida del Reino de Dios, es la “Vida verdadera” y la única forma de vivir esta vida terrena es vivir muriendo porque sólo en el morir se cumple el ansia de Vivir eternamente en el Amor de Dios y por eso la santa “muere porque no muere”.
Vida ¿qué puedo yo darle a mi Dios, que vive en mí si no es perderte a ti, para mejor a Él gozarle? Quiero muriendo alcanzarle, pues a Él sólo es el que quiero, que muero porque no muero. La santa quiere morir, es decir, quiere darle a Dios lo que tiene, que es esta vida terrena, porque perdiendo la vida terrena, gana la Vida eterna y así puede “mejor gozarle”. Al morir, quiere alcanzarlo porque sólo a Dios quiere y hasta que esto no sucede, la santa “muere porque no muere”.