San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 6 de junio de 2019

El Sagrado Corazón y las tres armas para la lucha espiritual



          En sus apariciones como el Sagrado Corazón, Jesús le dio a Santa Margarita tres armas espirituales, necesarias en la lucha por su santificación, es decir, en la lucha por lograr, con la ayuda de la gracia, su purificación y transformación[1].
           La primera arma espiritual es una conciencia delicada, que ame estar en gracia y que deteste y se duela no solo por el pecado, sino ante la más mínima falta. Una vez que Santa Margarita había cometido una falta –que puede ser, por ejemplo, el hablar de alguien-, Jesús le dijo: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Lo que nos hace ver Jesús es que el alma, por la gracia, está delante suyo, así como los bienaventurados están delante de Dios en el cielo y así como nadie imperfecto puede estar delante de Dios en el cielo, así Jesús tampoco tolera no ya el pecado, sino ni siquiera la más leve imperfección. Santa Margarita adquirió esta conciencia delicada y por eso ella afirmaba que “nada era más doloroso para ella que ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese por poca cosa”. Y en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones y por eso mismo acudía inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
               La segunda arma espiritual, la santa obediencia.
Jesús reprendía a Santa Margarita, de modo severo, sus faltas en la obediencia, ya sea a sus superiores o a su regla. Jesús mostraba molestia cuando Santa Margarita, ante la orden de una superiora, replicaba o daba aunque sea ligeras señales de incomodidad o repugnancia. Una vez corrigiéndola le decía: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. La obediencia a los superiores es arma espiritual de gran valor, porque corrige y abate nuestra soberbia y nuestro orgullo, que siempre son participación en la soberbia y el orgullo de Satanás, pecados que le valieron la expulsión del cielo. Además, la obediencia implica amor y humildad, que son virtudes propias del Sagrado Corazón, con lo que el alma que obedece, imita muy de cerca a Jesús.
                La tercera arma espiritual: Su Santa Cruz.
Santa Margarita relata que un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. La cruz entonces no es un lecho de rosas, sino la muestra del Amor de Dios para con las almas elegidas: cuanto más cerca de la cruz, tanto más es amada esa alma por Dios. Esto significa que rechazar la cruz es rechazar el Amor de Dios. Si el Padre nos entrega el Amor del Hijo por medio de la Cruz, entonces no solo no debemos rechazar la cruz, sino que debemos abrazarla con todo el corazón.
Con el uso de estas tres armas espirituales, lo que buscaba Jesús era hacer que el alma de Santa Margarita creciera cada vez más en el desprecio de sí y en el Amor de Dios. En otra ocasión le dijo el Señor: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”.
           Al día siguiente de su profesión destinaron a Margarita a la enfermería, como auxiliar de la enfermera, Sor Catalina Marest, excelente religiosa, aunque de temperamento activo, diligente y eficiente. Margarita en cambio era callada, lenta y juiciosa. Recordándose ella después de su paso por la enfermería, escribía: “Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Y no eran exageradas sus palabras pues había recibido un sin número de insultos y desengaños durante ese tiempo. A través de esta severa religiosa, Jesús le dio la oportunidad a Santa Margarita de practicar las tres armas espirituales que le había revelado. Por último, y como una gracia extraordinaria, Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní, diciéndole que la quiere víctima inmolada. Ella le dice a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”.
            Imitemos a Santa Margarita y usemos las tres armas espirituales, una conciencia delicada, la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz, para así poder entrar en el Sagrado Corazón de Jesús.


martes, 4 de junio de 2019

San Bonifacio, obispo y mártir



         Vida de santidad[1].

Bonifacio nació hacia el año 680, en el territorio de Wessex (Inglaterra). Su verdadero nombre era Winfrido. Ordenado sacerdote, en el año 718 viajó a Roma para solicitar del papa Gregorio II autorización de misionar en el continente, dirigiéndose a Hesse, en donde convirtió a gran número de bárbaros. Fundó el primer monasterio en Amoneburg, a orillas del río Olm. Regresó a Roma, donde el papa lo ordenó obispo. En el año 725 volvió a dirigirse a Turingia y, continuando su obra misionera, fundó el monasterio  de Ordruf. Presidió un concilio donde se encontraba Carlomán, hijo de Carlos Martel y tío de Carlomagno, quien lo apoyó en su empresa. En el año 737, otra vez en Roma, el papa lo elevó a la dignidad de arzobispo de Maguncia. Prosiguió su misión evangelizadora y se unieron a él gran cantidad de colaboradores. También llegaron desde Inglaterra mujeres para contribuir a la conversión del país alemán; entre éstas se destacaron santa Tecla, santa Walburga y santa Lioba. Este es el origen de los conventos de mujeres. Prosiguió fundando monasterios y celebrando sínodos, tanto en Alemania como en Francia, a consecuencia  de lo cual ambas quedaron íntimamente unidas a Roma.
El anciano predicador había llegado a los ochenta años. Deseaba regresar a Frisia (la actual Holanda). Tenía noticias de que los convertidos habían apostatado. Cincuenta y dos compañeros fueron con él. Atravesaron muchos canales, hasta penetrar en el corazón del territorio. Al desembarcar cerca de Dochum, miles de habitantes de Frisia fueron bautizados. El día de pentecostés debían recibir el sacramento de la confirmación. Bonifacio se encontraba leyendo, cuando escuchó el rumor de gente que se acercaba. Salió de su tienda creyendo que serían los recién convertidos, pero lo que vio fue una turba armada con evidente determinación de matarlo. Los misioneros fueron atacados con lanzas y espadas. “Dios salvará nuestras almas”, grito Bonifacio. Uno de los malhechores se arrojó sobre el anciano arzobispo, quien levantó instintivamente el libro del evangelio que llevaba en la mano, para protegerse. La espada partió el libro y la cabeza del misionero. Era el 5 de junio del año 754. El sepulcro de san Bonifacio se halla en Fulda, en el monasterio que él fundó. Se lo representa con un hacha y una encina derribada a sus pies, en recuerdo del árbol que los gentiles adoraban como sagrado y que Bonifacio abatió en Hesse. Es el apóstol de  Alemania y el patriarca de los católicos de ese país.

         Mensaje de santidad.

         Además de su intensa actividad apostólica –se considera como el evangelizador de Germania-, en la vida de San Bonifacio hay un hecho que vale la pena destacar, porque es válido también para nuestros días. Sucede que los germanos, que eran paganos antes de San Bonifacio, tenían una desagradable costumbre, y era idolatrar a los árboles, adorándolos como si fueran dioses. Muy probablemente, como el árbol da muchos beneficios, lo adorarían por estos motivos, aunque hay otros motivos más oscuros y es el gnosticismo subyacente: los germanos consideraban a los árboles como dioses y como algo sagrado porque consideraban que se conectaban, por así decirlo, con los tres mundos: con el inframundo, por medio de sus raíces; con el mundo presente y actual, por medio del tronco y con el mundo celeste, por medio de sus ramas más altas. San Bonifacio, llevado por el amor a Jesucristo y por el celo apostólico, no dudó en abatir a hachazos a este árbol gnóstico e idolátrico, que en realidad no era más que eso, un árbol, al que los germanos le habían dado la característica de un dios. En nuestros días sucede algo parecido: existe un denominado “árbol de la vida”, utilizado en su mayoría por las mujeres como adorno, pero que en realidad se trata de un amuleto utilizado para hacer magia cabalística. Es decir, utilizar el “árbol de la vida”, es utilizar un amuleto, que sólo sirve para hacer el mal, es decir, para hacer magia. Por esta razón, estamos como en tiempos de Bonifacio, porque muchos utilizan este amuleto sin saber su origen gnóstico, cabalístico y mágico, aunque muchos otros lo utilizan como verdadero amuleto. Para nosotros, los cristianos, el único “Árbol de la vida” es la Santa Cruz de Jesús, de donde surge la vida divina como de su fuente, a partir de su Sagrado Corazón traspasado por la lanza del soldado romano. Estamos, entonces, como en tiempos de Bonifacio, rodeados de paganos y de gente que, sin saberlo, practica el paganismo. Derribemos ese falso “árbol de la vida” y entronicemos en nuestros corazones el verdadero “Árbol de la vida”, la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesús.

miércoles, 29 de mayo de 2019

San Justino, mártir



Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad[1] en el que se da testimonio acerca de Jesucristo. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un memorable diálogo que queda para la eternidad:
Alcalde: “¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?”.
Justino: “Durante mis primeros treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión”.
Alcalde: “Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio”.
Justino: “Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión”.
Alcalde: “¿Y qué es lo que enseña esa religión?”.
Justino: “La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta”.
Alcalde: “¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?”.
Justino: “Sí; declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte”.
El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser amigos de Cristo.
Alcalde: “Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?”.
Justino: “No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo”.
Alcalde: “Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza”.
Justino: “Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo”.
Los otros cristianos afirmaron a viva voz que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir. Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego les cortaron la cabeza. Y el antiquísimo documento termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
Mensaje de santidad.
A pesar de ser un letrado en ciencias humanas, Justino se declara ante el alcalde como ignorante cuando no conocía la doctrina de Jesucristo, al tiempo que confiesa que en la religión católica se encuentra la Verdad Absoluta sobre Dios, Verdad que no se encuentra en ninguna otra religión. Según Justino, en la religión católica se enseña que Jesús es Dios como el Padre y que se encarnó para salvarnos y que al fin del tiempo dará a cada uno según su conducta. Se declara públicamente seguidor de Jesucristo, pretendiendo serlo hasta su muerte, incluso si lo torturan y si ordenan su muerte por decapitación. San Justino está convencido de que si él da su vida por Jesucristo y cumple sus mandamientos, obtendrá la vida eterna en el Reino de los cielos. Esto, a diferencia de otras religiones, que para alcanzar lo que llaman “cielo”, deben quitar la vida a sus prójimos: en el cristianismo, hay que dar la vida propia por la salvación propia y del prójimo. Cuando le ofrecen quemar incienso a los falsos dioses y lo amenazan con la muerte si no lo hace, San Justino declara que sería un “tremendo error” quemar incienso a los falsos dioses, ya que sólo Jesucristo, el único Dios verdadero, merece ese honor. Es entonces cuando Justino y siete de sus compañeros y discípulos son decapitados. Puesto que San Justino se mantuvo fiel a Jesucristo hasta la muerte, ahora goza de su visión bienaventurada por los siglos sin fin. En nuestros días, en los que los hombres se postran ante los falsos dioses de la Nueva Era y de los ídolos del mundo y queman incienso sacrílegamente en su honor, el ejemplo del martirio de San Justino es sumamente actual y válido para nosotros, dándonos ejemplo de verdadero amor al Hombre-Dios Jesucristo, hasta dar la vida por Él.

sábado, 25 de mayo de 2019

Don Bosco y el triunfo de la Iglesia: el Inmaculado Corazón de María y la Eucaristía



El 30 de mayo de 1862 Don Bosco contó el siguiente sueño que tuvo, el cual estaba referido a la Iglesia. He aquí sus palabras[1]: “Os quiero contar un sueño. Figúrense que están conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escollo aislado, desde el cual no ven más tierra que la que tienen debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado  espolón de hierro a modo de lanza que hiere y  traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros, y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos  hacerle el mayor daño posible.
A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento les es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distantes la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa. El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas  cadenas. Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A veces sucede que por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.
Disparan entretanto los cañones de los asaltantes, y al hacerlo revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. Cuando he aquí que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido  inmediatamente; de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión.
Todas las naves que hasta aquel  momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta. Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco preguntó a Beato Miguel Rúa: “¿Qué piensas de esta narración?”. El Beato Miguel Rúa contestó: “Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es Cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla. Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía”. Beato Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y San Juan Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió: “Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María Santísima. Frecuencia de Sacramentos: Comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento”.
La interpretación del sueño, realizada por el Beato Miguel Rúa, está bastante clara. Ahora bien, podríamos decir que el sueño de Don Bosco sobre la Iglesia y sus tribulaciones es para nosotros, católicos del siglo XXI, pues nunca como antes en la historia, la Iglesia ha sido tan perseguida como en nuestros días. Muchos afirman que la actual persecución a la Iglesia supera, en mucho, a las primeras persecuciones sufridas por ella en la historia. En efecto, en algunos países, la Iglesia es perseguida de forma cruenta, de manera tal que los edificios parroquiales son incendiados y destruidos, mientras que los religiosos y misioneros son amenazados y asesinados; es decir, en muchos países, la persecución es cruenta, dando en algunos casos lugar a emigraciones masivas de parte de cristianos, para evitar el ser asesinados –por ejemplo, en Siria, o en algunas regiones de África; en Siria los perseguidores son los integrantes de ISIS; en Nigeria, los de Boko Haram, en ambos casos, se trata de milicias fanáticas musulmanas-. Por otra parte, en otros, países, la Iglesia no es perseguida cruentamente, pero sí es perseguida igualmente, sobre todo a través de la legislación que, en todos los casos, es anti-cristiana y contraria en un todo a la Ley de Dios. Así sucede por ejemplo en Canadá, en donde el lobby homosexualista y pro-LGBTQ ha logrado sancionar leyes que no solo promueven la ideología de género a los más pequeños, sino que amenazan con quitar la patria potestad a los padres que se opongan a las enseñanzas anti-cristianas de la ideología de género. Y como en Canadá, sucede en una gran mayoría de países que en otro tiempo fueron cristianos.
Las naves pequeñas representan entonces el ataque furioso de la Nueva Era y representa también a las ideologías de género y a la cultura de la muerte, que promueven el aborto incluso hasta niños a término. El ataque a la Iglesia en nuestros días arrecia, tanto en su persecución cruenta como en la incruenta; sin embargo, en el mismo sueño de Don Bosco está explicitado el triunfo de la Iglesia, triunfo que será posible, tal como lo interpreta el Beato Miguel Rúa, por la devoción al Inmaculado Corazón de María y por la Adoración Eucarística. Es significativo que cuando la nave grande del sueño de Don Bosco alcanza las columnas donde están la Virgen y la Eucaristía, las naves enemigas entran en confusión y se hunden, siendo derrotadas. Esto quiere decir que debemos trabajar para difundir tanto la devoción al Inmaculado Corazón, como la Adoración Eucarística, porque en estas dos devociones está el triunfo de la Iglesia.


[1] Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo VII, págs. 169-171

lunes, 13 de mayo de 2019

San Isidro Labrador



         Vida de santidad[1].

Según cuenta su biografía, sus padres eran unos campesinos tan pobres que no podían enviarlo a la escuela; sin embargo, esto no fue un obstáculo para que San Isidro recibiera educación, pues sus padres, que eran muy devotos, le enseñaron la mejor educación del mundo: le enseñaron el temor de Dios, el tener mucho temor en ofender a Dios con el pecado y además, a tener gran amor de caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración y por la Santa Misa y la Comunión. A los diez años quedó huérfano y desde esa edad se empleó como peón de campo, ayudando en la agricultura a Don Juan de Vargas un dueño de una finca cerca de Madrid. Siendo ya joven, se casó con una campesina humilde como él, que llegó a ser santa, también como él, siendo conocida como “Santa María de la Cabeza”, porque su cabeza es sacada en procesión en rogativas, cuando pasan muchos meses sin llover. La vida de San Isidro era muy sacrificada: se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa. Precisamente, por esta razón, algunos de sus compañeros, movidos por la envidia –San Isidro era muy trabajador- lo acusaron ante el patrón por “ausentismo” y abandono del trabajo. Para constatar la veracidad de las denuncias, el señor Vargas se fue a observar el campo y notó que sí era cierto que Isidro llegaba una hora más tarde que los otros (en aquel tiempo se trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde) pero mientras Isidro oía misa, un personaje misterioso –que era en realidad su ángel de la guarda- le guiaba sus bueyes y estos araban juiciosamente como si el propio campesino los estuviera dirigiendo. Por esta razón se lo representa a San Isidro con sus bueyes, que están siendo guiados por un ángel.
Otra cosa que caracterizaba a San Isidro era su gran caridad: lo que ganaba como jornalero, lo distribuía en tres partes: para el templo, para los pobres y para su familia (él, su esposa y su hijito). Los domingos los distribuía así: un buen rato en el templo rezando, asistiendo a misa y escuchando la Palabra de Dios. Otro buen rato visitando pobres y enfermos y por la tarde saliendo a pasear por los campos con su esposa y su hijito.
En el año 1130 sintiendo que se iba a morir se confesó sacramentalmente y luego de pedir oraciones por su alma y de recomendar a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente. El rey Felipe III, curado por la intercesión milagrosa de San Isidro, intercedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

         Mensaje de santidad.

         San Isidro de Labrador se caracterizó por no tener grandes conocimientos mundanos, pero sí tenía sabiduría celestial: ante todo, tenía un gran temor de Dios, que es el “principio de la Sabiduría”, como dice la Escritura y como parte de este temor de Dios, tenía un gran amor a la Santa Misa y a la Eucaristía, a la cual asistía todos los días. Otro ejemplo que nos deja San Isidro es su amor al trabajo y que Dios no se deja ganar en generosidad, porque si bien es cierto que algunas veces llegaba tarde a causa de su devoción a la Misa y la Eucaristía, también es cierto que su ángel de la guarda, como lo pudo comprobar su patrón, hacía su trabajo por él hasta que él llegara. Otro ejemplo es su responsabilidad hacia la Iglesia, pues donaba siempre parte de su sueldo para el mantenimiento del culto, además de dar para los pobres y nunca descuidando a su familia. Sabiduría celestial, temor de Dios, amor de Dios, amor a la Eucaristía y a la Santa Misa, amor a los pobres y un gran deseo del cielo en el cumplimiento del trabajo diario, es el mensaje de santidad que nos deja San Isidro Labrador.

domingo, 12 de mayo de 2019

San Matías Apóstol



         Vida de santidad[1].

         Éste apóstol es designado “póstumo”, es decir, fue elegido luego de la muerte de otro; en concreto, fue elegido para reemplazar a Judas Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesús y luego se ahorcó. Su elección se llevó a cabo luego de la muerte, resurrección y Ascensión de Jesús. En la Sagrada Escritura[2] se narra así la elección: “Después de la Ascensión de Jesús, Pedro dijo a los demás discípulos: “Hermanos, en Judas se cumplió lo que de él se había anunciado en la Sagrada Escritura: con el precio de su maldad se compró un campo. Se ahorcó, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. El campo comprado con sus 30 monedas se llamó Haceldama, que significa: “Campo de sangre”. El salmo 69 dice: “Su puesto queda sin quién lo ocupe, y su habitación queda sin quién la habite”, y el salmo 109 ordena: “Que otro reciba su cargo”. Conviene entonces que elijamos a uno que reemplace a Judas. Y el elegido debe ser de los que estuvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor convivió con nosotros, desde que fue bautizado por Juan Bautista hasta que resucitó y subió a los cielos”. Los discípulos presentaron dos candidatos: José, hijo de Sabas y Matías. Entonces oraron diciendo: “Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos eliges como apóstol, en reemplazo de Judas”. Echaron suertes y la suerte cayó en Matías y fue admitido desde ese día en el número de los doce apóstoles”. A su vez, San Clemente y San Jerónimo dicen que San Matías habría sido uno de los setenta y dos discípulos que Jesús mandó una vez a misionar, de dos en dos. Por otra parte, una antigua tradición cuenta que murió crucificado, pintándolo con una cruz de madera en su mano, hecho por el que los carpinteros le tienen especial devoción.

         Mensaje de santidad.

Muchos llaman a San Matías como “apóstol gris”, en el sentido de que no brilló de manera especial, sino que fue como uno de tantos de nosotros, es decir, como un discípulo más del montón. Sin embargo, a pesar de ser un santo “del montón”, es santo y Apóstol de Cristo. San Matías nos demuestra que se puede alcanzar el cielo sin hacer grandes milagros, sin tener una gran fama de santidad, sin hacer cosas espectaculares. Esto es así porque la santidad no consiste en nada de esto, sino en el cumplimiento diario, heroico hasta dar la muerte, de las virtudes cristianas. No es necesario hacer grandes milagros para ser santos, pero sí se necesita vivir en gracia, adquirirla si se la ha perdido, conservarla si se la tiene y acrecentarla cada vez que sea posible; no es necesario, para ser santos, tener un gran renombre de santidad: basta con vivir de cara a Dios, en gracia, cumpliendo con el deber de estado, sea el de Presidente de la Nación o el de barrendero de la plaza; para ser santos, no se necesitan hacer obras monumentales, sino hacer las pequeñas obras de cada día con el amor de Cristo y por el Amor de Cristo. Esto es lo que hizo San Matías Apóstol y por eso llegó al cielo; así, San Matías nos anima a nosotros, fieles que somos “del llano” y que no estamos en las altas cumbres de la santidad ni hacemos obras esplendorosas, para alcancemos la santidad; nos anima y nos hace saber que para nosotros, hombres sencillos y pequeños, la santidad también está al alcance de la mano. Sólo se debe hacer lo que hizo San Matías: amar a Cristo, vivir en gracia, obrar la misericordia y morir en gracia. A él nos encomendamos los fieles de a pie, para que también nosotros, desde la vida común de cada día, viviendo en gracia y con amor a Dios en el corazón, alcancemos la santidad y vivamos con él, por toda la eternidad, adorando al Cordero de Dios.


viernes, 3 de mayo de 2019

El Sagrado Corazón se nos da en la Eucaristía



         En una de las apariciones a Santa Margarita María de Alacquoque –más precisamente, el 27 de diciembre de 1673, día de San Juan el Apóstol, en lo que se conoce como “Primera revelación”[1]-, Jesús, que se le aparecía como el Sagrado Corazón, le pidió su corazón, el corazón de la santa, y lo introdujo en el suyo, devolviéndoselo luego convertido en una llama flameante en forma de corazón. Así lo relata la propia Margarita: “(…) me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado”[2].
         Ahora bien, nosotros podemos considerar a Santa Margarita como una santa afortunada, porque Jesús se le aparece como el Sagrado Corazón y además, convierte su corazón humano en un corazón que posee el mismo fuego de Amor que el suyo, ya que se lo devuelve convertido en una llama en forma de corazón. Sin embargo, nosotros podemos decir que no somos menos afortunados que la santa; todavía más, podemos decir que, por la comunión eucarística recibida en la Santa Misa, somos infinitamente más dichosos que la santa. ¿Por qué? Porque en la Santa Misa, Jesús no se nos aparece visiblemente, como a la santa, pero sí se nos aparece invisiblemente, oculto en la apariencia de pan; por otro lado, en vez de pedirnos nuestros corazones para introducirlos en el suyo, como hizo con la santa, Jesús Eucaristía nos dona, por la Eucaristía, su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, para convertir a nuestros corazones, por el contacto con este fuego, en otros tantos corazones similares al suyo. Con la Eucaristía sucede como con el fuego y la leña o el pasto seco: cuanto más secos están estos, al contacto con las llamas, se incendian inmediatamente, convirtiéndose en brasas incandescentes y a tal punto que se puede decir que la leña, convertida en brasa y el pasto seco, convertido en llama, son una sola cosa con el fuego. Entonces, cuanto más secos de amor sean nuestros corazones, tanto más arderán en el fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, cuando entren en contacto con el mismo por medio de la comunión eucarística. Ésta es entonces la razón por la cual nos podemos considerar infinitamente más dichosos que la santa: Jesús no nos pide nuestros corazones, sino que introduce su Sagrado Corazón Eucarístico en nuestros corazones, para convertirlos en corazones semejantes al suyo, que arden en el fuego del Divino Amor.