San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 29 de agosto de 2018

Santa Rosa de Lima



         Vida de santidad[1].

         Nació en el año 1586 de ascendencia española en la capital del Perú, Lima, en 1586. Sus padres, de origen humilde, fueron Gaspar de Flores y María de Oliva. Mientras vivía en su hogar y hasta que se consagró, llevó una vida de piedad, oración y virtud. Una vez consagrada y vistiendo el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo, profundizó todavía más su camino de penitencia y contemplación mística. Murió el día 24 de agosto del año 1617.
El nombre de Rosa lo adquirió la santa el día de su confirmación por parte del arzobispo de Lima, Santo Toribio. El  modelo de vida y santidad para Sana Rosa de Lima fue Santa Catalina de Siena. En una ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas; considerando esto como una vanidad y para reparar por esto, Santa Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención de hacer penitencia. Debido a que era muy agraciada por naturaleza, recibía constantes elogios de parte de la gente acerca de su belleza, por lo que la santa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie.
En otra ocasión, una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras penitencias daban muestra de cómo aún a temprana edad, la santa poseía un espíritu de penitencia, mediante el cual combatía contra las acechanzas y peligros del mundo exterior y de las propias pasiones. Sin embargo, Santa Rosa era también consciente de que la penitencia de nada le serviría si antes no desterraba de su corazón la fuente de todo mal, que es el orgullo, el cual es una pasión que se manifiesta en el amor propio y es capaz de esconderse bajo el disfraz de la oración y el ayuno. Decidió emprender esta lucha contra su amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia.
Jamás desobedeció a sus padres, dando ejemplo de perfecto cumplimiento del Cuarto Mandamiento y no mostró nunca hacia nadie, aún en las dificultades y contradicciones, gestos del más mínimo fastidio, siendo con todos caritativa y paciente. Sufría mucho por quienes no tenían visión sobrenatural y no comprendían su camino de penitencia, austeridad y piedad.
Su familia padeció penurias económicas luego del fracaso en una empresa por parte del padre de Santa Rosa. Para ayudar al sostenimiento de la familia, Santa Rosa trabajaba todo el día en el huerto y durante parte de la noche, se dedicaba a la costura. A pesar de que sus padres querían que se casara e insistían permanentemente en ello, la santa hizo voto de virginidad durante diez años para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Pasados esos diez años e imitando a Santa Catalina de Siena, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. Desde ese momento, se recluyó en una cabaña que había construido en el huerto. Sobre su cabeza solía portar una cinta de plata, cuya parte interna estaba recubierta de puntas, sirviendo dicha cinta a modo de corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión eucarística su corazón se unía sobrenaturalmente al Amor Increado y Fuente del Amor.
A Santa Rosa le fueron concedidas enormes gracias extraordinarias, aunque también permitió Dios que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, al mismo tiempo que su alma se veía sumergida en la más profunda desolación espiritual. Además de esto, sufría constantes ataques por parte del Demonio, quien la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales. Santa Rosa vivió los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la santa era: ·”Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”. Dios la llamó a Su Presencia el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. Al momento de su muerte su fama de santidad había trascendido tanto que el capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. Fue canonizada por el Papa Clemente X en el año 1671.

         Mensaje de santidad[2].

         Aunque sus dones y gracias eran particulares para su persona y por lo mismo no todos pueden imitar sus prácticas ascéticas, sí podemos pedirle a la santa que interceda por nosotros ante Nuestro Señor Jesucristo para que, por manos de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, seamos capaces de imitarla en su ardiente amor por Nuestro Redentor Jesucristo.
Su mensaje de santidad también está contenido en sus escritos. En uno de ellos, Santa Rosa de Lima, haciendo hablar a Nuestro Señor Jesucristo, la Santa resalta el enorme valor de dos grandes dones del Cielo: las tribulaciones y la gracia que nos viene por los sacramentos. Escribe así la santa: “El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. La santa describe una experiencia mística en la que Nuestro Señor es el que habla, ponderando el valor del sufrimiento aceptado con humildad y jamás rechazado, como preludio del don de la gracia. Muchos cristianos se quejan de la cruz que les toca llevar, cometiendo así un grave error, puesto que la Santa Cruz es el único camino al Cielo. De allí tenemos que tomar lección nosotros, para no solo nunca quejarnos de la Cruz, sino para abrazarla con todo el amor del que seamos capaces.
Continúa luego la santa: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. En un mundo como el nuestro, en el que el predominan el materialismo y el hedonismo, es decir, la ausencia de Dios y la búsqueda de los placeres sensuales, el mensaje de santidad de Santa Rosa de Lima se dirige en dirección absolutamente contraria al espíritu mundano de nuestro siglo, desde el momento en que la santa nos anima a participar de la Pasión del Señor –sus aflicciones, su Cruz, su tribulación-, como modo de participar de la naturaleza divina, por medio de la gracia, adquirida por estas tribulaciones y aflicciones.
Luego continúa la santa elogiando el tesoro de la Gracia Divina: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”. 
Santa Rosa nos anima no solo a no desear los bienes y placeres terrenos, sino a desear un único bien, el bien divino de la Gracia celestial, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, conseguida por Nuestro Señor Jesucristo para nosotros al precio de su Pasión. Su mensaje, entonces, puede resumirse así: no solo no quejarse de la Cruz, sino abrazarla con amor para participar de la Pasión del Redentor, de sus trabajos, aflicciones y tribulaciones, para así recibir la gracia divina que, al unirnos a la naturaleza divina, se convierte para nosotros en el bien más preciado y en la fuente de todo bien sobrenatural.

martes, 28 de agosto de 2018

San Agustín de Hipona y la salvación del hombre


         Vida de santidad[1].

         Nació en Tagaste (África) el año 354. En su juventud, vivió despreocupadamente desde el punto de vista moral, e intelectualmente, estaba lejos de Jesucristo, la Verdad Absoluta de Dios. Sin embargo, en su alma había un gran deseo de conocer la Verdad y después de deambular por diversas escuelas filosóficas y gracias a las oraciones de su madre, Santa Mónica, que rezó por más de treinta años por su conversión, San Agustín recibió la gracia de la conversión. El santo obispo Ambrosio lo bautizó en el año 387. Regresó a su ciudad natal, llevando una vida de mucha oración y penitencia. Fue elegido obispo de Hipona, ejerciendo ese ministerio durante treinta y cuatro años, constituyéndose en un modelo de santidad para los fieles. Con sus numerosos escritos contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana contra los errores doctrinales de su tiempo, lo cual le valió ser proclamado Doctor de la Iglesia. Murió el año 430.

Mensaje de santidad.

Para todos aquellos que atacan a la Iglesia por uno u otro motivo; para los que abandonan la Iglesia en un acto de formal apostasía –movimiento apóstata Apostasía Colectiva-; para todos aquellos que propagan y creen en un falso ecumenismo, según el cual fuera de la Iglesia Católica también hay salvación, San Agustín, Doctor de la Iglesia, afirma con contundencia lo siguiente: “Un hombre no puede salvarse si no está en la Iglesia Católica. Fuera de la Iglesia católica, puede tener todo, pero no la salvación. Puede tener honores (ser obispo), puede tener sacramentos, puede cantar aleluya, puede responder amén, puede tener el Evangelio, puede tener y predicar la fe en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, pero jamás podrá encontrar la salvación si no está en la Iglesia Católica (…) Puede incluso derramar su sangre, pero jamás recibirá la corona”.
En pocas palabras y con mucha contundencia, San Agustín refrenda las palabras de Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer” (Jn 15, 5) y “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26), además de refrendar lo que nos enseñan el Magisterio y la Tradición: “Fuera de la Iglesia Católica no hay salvación”.

martes, 21 de agosto de 2018

San Pío X y su lucha contra el Modernismo laxista y el Jansenismo rigorista



El Papa San Pío X se caracterizó porque combatió a dos grandes herejías de su época: una, llamada “Modernismo”, que afirmaba que los dogmas no son inmutables y que la Iglesia no tiene autoridad para dar normas de moral. Según esta herejía, por ejemplo, no es dogma el hecho de que la Virgen sea la Inmaculada Concepción, con lo cual se puede enseñar que tenía pecado original, lo cual es una ofensa contra la Virgen; también según esta herejía, la Iglesia no tendría autoridad para enseñar, por ejemplo, cómo deben comportarse los esposos entre sí y en relación a los hijos. Para esta herejía, están bien entonces el divorcio y la ideología de género. A esta herejía el Papa San Pío X la combatió en un documento llamado Pascendi en el que establecía que los dogmas son inmutables –pueden progresar en su entendimiento, pero siempre según el sentido original- y la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral, por lo tanto, la Iglesia sí puede decir a los esposos que tienen prohibido divorciarse y que la ideología de género está equivocada y hay que combatirla.
La otra herejía que combatió el Papa Pío X fue la del “Jansenismo”, que propagaba que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible porque decían que Dios había predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación por lo que no tiene sentido dar la Comunión a los niños, porque muchos de ellos se condenarán; además, para recibirla, los jansenistas[1] sostenían una moral muy estricta, lo cual demostraba una gran desconfianza, tanto en la libertad del hombre, como en la gracia de Dios: entonces, el Papa dijo que los niños sí podían recibir la comunión, porque Dios quiere que todos nos salvemos y por eso nos da la gracia suficiente para salvarnos; por el otro lado, está la libertad del hombre, en la que hay que confiar, ya que es de suponer que todo hombre quiere salvarse. Entonces, en contraposición al Jansenismo, Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendía quien está en la Santa Hostia Consagrada[2]. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía y por esto es el Patrono de los Catequistas.
Las dos herejías, el Modernismo y el Jansenismo, que propiciaban dos extremos, la primera, una relajación de fe y moral y la segunda, un endurecimiento de la moral, ambas, dejaban de reflejar el verdadero rostro de la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
Lo que nos dice el Papa Pío X es que, por un lado, los dogmas son inmutables y la Iglesia sí puede fijar normas de moral; por otro lado, Dios quiere que todos los hombres se salven y que accedan prontamente, en la niñez, al Sacramento de la Eucaristía, para responder con su libertad al llamado de Dios de la conversión y la salvación.
Siguiendo el ejemplo del Papa Pío X, procuremos nosotros mismos no caer en los mismos errores.


[1] Según los jansenistas, la predestinación es la razón por la que algunos hombres poseen la gracia eficaz y otros no. Dios ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación. Según esta doctrina, las obras son buenas o malas. No puede existir la moral probabilista, porque lleva al laxismo. Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Jansenismo. En relación con los sacramentos es la ascética propia del movimiento la que los aleja progresivamente de su práctica, en especial de la Eucaristía. Esto se fijó con el escrito De la fréquente communion de Arnauld, que, argumentando desde la praxis penitencial de la Iglesia Antigua, invocaba esa práctica para usarla en una serie de condiciones que era necesario cumplir para poder recibir la Reconciliación o la comunión. De ahí también que su rigorismo en materia moral fuera cada vez más extremo.


jueves, 16 de agosto de 2018

San Maximiliano Kolbe y su lucha contra la Masonería



En 1917 la masonería festeja en Roma el segundo centenario de su fundación. Como parte de los festejos, la Masonería imprimió carteles y pancartas en los que se invertía la tradicional imagen de San Miguel venciendo al Demonio: en la propaganda de la Masonería, se representaba a San Miguel vencido y derribado por Lucifer. Además, los masones se trasladaron en grupo hasta la plaza San Pedro, en donde entonaban el siguiente cántico provocador: “¡Satán tendrá que reinar en el Vaticano, el Papa formará parte de su guardia suiza!”[1].
En ese entonces, el Hermano Maximiliano María Kolbe, franciscano conventual polaco, se encontraba estudiando teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Ante tal manifestación amenazante, San Maximiliano se pregunta: “¿Será posible que nuestros enemigos desplieguen tantas actividades para dominarnos, mientras que nosotros nos quedamos ociosos, abocados a lo sumo a rezar, sin pasar a la acción? ¿Acaso no tenemos armas más poderosas, siendo que podemos contar con el Cielo y la Inmaculada?”. Es decir, San Maximiliano no solo no era indiferente a las provocaciones de la Masonería, sino que, por una gracia especial, se dio cuenta que en realidad la Iglesia contaba con numerosas armas espirituales y toda la ayuda del Cielo, para vencer a la Masonería y se decidió pasar a la acción.
Luego de meditar las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de los Padres de la Iglesia; inspirándose en la doctrina de los grandes santos marianos como San Luis María Grignion de Monfort y considerando también el dogma de la Inmaculada Concepción y las apariciones de Nuestra Señora en Lourdes, San Maximiliano escribió: “La Virgen sin mancha, vencedora de todas las herejías, no cederá el paso ante su enemigo amenazante si encuentra servidores fieles, dóciles a su mandato, Ella obtendrá nuevas victorias, más grandes de las que podríamos imaginarnos…”.
El paso a la acción de San Maximiliano Kolbe consistió en la respuesta a la gracia fundacional recibida de parte de Dios, fundando, en consecuencia, lo que él denominaría: “Milicia de la Inmaculada”. Lógicamente, la batalla que debía combatir esta milicia no era material, sino espiritual y su objetivo no era abatir al enemigo, sino convertirlo y arrebatarlo de las garras de la Masonería, la Iglesia de Satanás. En un artículo suyo titulado “¡Pobrecillos!”[2], escribía así, desenmascarando al Talmud: “El hombre ha sido redimido. Cristo ha fundado su Iglesia sobre la roca. Una parte del pueblo hebreo reconoció en Él al Mesías; los otros, sobre todo los fariseos soberbios, no quisieron reconocerlo, persiguieron a sus seguidores y dieron curso a un gran número de leyes que obligaban a los hebreos a perseguir a los cristianos. Estas leyes, junto a narraciones y a apéndices, hacia el año 500, formaron un libro sagrado (para ellos), el “Talmud”. En este libro, los cristianos son llamados: 
idólatras, peores que los turcos, homicidas, libertinos impuros, estiércol, animales de forma humana, peores que los animales, hijos del diablo, etc. Los sacerdotes son llamados adivinos y cabezas peladas (…) a la Iglesia se la llama casa de estulticia y suciedad. Las imágenes sagradas, las medallas, los rosarios, son llamados ídolos. En el “Talmud”, los domingos y las fiestas son considerados días de perdición. En este libro se enseña, entre otras cosas, que a un hebreo le está permitido engañar y robar a un cristiano, pues todos los bienes de los cristianos –está escrito– “son como el desierto: el primero que los toma se hace dueño”. Esta obra que recoge doce volúmenes y que respira odio contra Cristo y los cristianos, es considerada por estos fariseos un libro sagrado, más importante que la Sagrada Escritura”. Como vemos, el P. Maximiliano funda su Milicia para combatir espiritualmente a los fariseos, quienes consideran a los cristianos como “idólatras”, entre muchas otras cosas peores.
En ocasión del Congreso Internacional de los Masones, realizado en Bucarest en el año 1926, el Padre Kolbe, escribió un artículo, dirigido esta vez hacia quienes forman la “milicia del Diablo”, los masones. En dicho artículo el P. Kolbe advertía acerca de un documento llamado “Protocolos de los Sabios de Sión”, documento que el P. Kolbe llamaba: “el verdadero libro fundamental de la Masonería”.
Dice así San Maximiliano: “El protocolo número 11 afirma: “Crearemos y pondremos en vigencia las leyes y los gobiernos (…) y, en el momento oportuno, (…) bajo la forma de una revuelta nacional, (…) Es necesario que las poblaciones, desconcertadas por la revuelta, puestas todavía bajo la influencia del terror y de la incertidumbre, comprendan que somos de tal modo intocables, de tal modo llenos de poder que en ningún caso tendremos en cuenta sus opiniones y sus deseos sino, antes bien, que estamos en grado de aplastar sus manifestaciones en cualquier momento y en cualquier lugar (…) Entonces, por temor, cerrarán los ojos y permanecerán a la espera de las consecuencias (…) ¿Con qué objeto hemos ideado e impuesto a los masones toda esta política, sin darles a ellos la posibilidad de examinar el contenido? Esto ha servido de fundamento para nuestra organización masónica secreta (…) cuya existencia ni siquiera sospechan estas bestias engatusadas por nosotros en las logias masónicas”.
En este punto, el Padre Kolbe se dirige a los masones diciendo: “¿Habéis oído, señores masones? Los que os han organizado y secretamente os dirigen, los hebreos, os consideran bestias, reclutadas en las logias masónicas para fines que vosotros ni siquiera sospecháis (…) Pero ¿sabéis, señores masones, qué es lo que os espera el día en que os venga a la mente comenzar a pensar por vosotros solos? He aquí, escuchad el mismo protocolo: “La muerte es inevitable conclusión de toda vida (…) Ajusticiaremos a los masones de tal manera que ninguno (…) podrá sospechar, ni siquiera las mismas víctimas: morirán todos en el momento que sea necesario, aparentemente a causa de enfermedades comunes (…)”.
Y continúa el Santo: “Señores masones, vosotros que, recientemente, durante el Congreso de Bucarest, os habéis alegrado del hecho de que la Masonería se está fortaleciendo por doquier, reflexionad y decid sinceramente: ¿no es mejor servir al Creador en la paz interior (…), antes que obedecer las órdenes de quien os odia?”.
Finalmente, San Maximiliano se dirige a quienes denuncia como los Jefes Ocultos de la Masonería, con estas palabras: “Y a vosotros, pequeño escuadrón de hebreos, “Sabios de Sión”, que habéis provocado ya conscientemente tantas desgracias y todavía seguís preparando otras, a vosotros me dirijo con la pregunta: ¿qué ventaja obtenéis? (…) Gran cúmulo de oro, de placeres, de diversiones, de poder: nada de todo esto vuelve feliz al hombre. Y si aún esto diera la felicidad, ¿cuánto podría durar? tal vez una decena de años, quizás veinte (…) Y vosotros, jefes hebreos, que os habéis dejado seducir por Satanás, el enemigo de la humanidad, ¿no sería mejor si también vosotros os volviéreis sinceramente a Dios?”.
En otro artículo de 1926, el Padre Kolbe, citando siempre los “Protocolos de los Sabios de Sión”, escribía: “Ellos dicen de sí mismos: “¿Quién o que cosa está en grado de asestar una fuerza invisible? Nuestra fuerza es, precisamente, de esta clase. La Masonería externa sólo sirve para esconder sus objetivos, pero el plano de acción de esta fuerza será siempre desconocido para la gente”.
Pero el Santo subraya con sutil ironía: “Nosotros somos un ejército, cuyo “Comandante” os conoce uno a uno, ha observado y observa cada una de sus acciones escucha cada una de sus palabras, más aún… ni siquiera uno de vuestros pensamientos escapa a su atención. Decid vosotros mismos: en tales condiciones, ¿se puede hablar de secreto en los planes, de clandestinidad y de invisibilidad?” Y aquí el Padre Kolbe revela el nombre del “Comandante” de su ejército: “Es la Inmaculada, el refugio de los pecadores, pero también la debeladora de la serpiente infernal. ¡Ella aplastará su cabeza!”. La fundación de la Milicia de la Inmaculada es, entonces, para luchar y vencer, bajo la dirección y el auxilio de la Virgen Santísima, a la Iglesia de Satanás, la Masonería. Es una lucha que se desarrollará hasta el último día, pero cuyo resultado es el triunfo del Inmaculado Corazón de María, tal como la Virgen misma lo dijera en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón vencerá”.


miércoles, 15 de agosto de 2018

San Roque



Vida de santidad[1].

Nació en Montpellier, de una familia sumamente pudiente. Ya convertido a Cristo, cuando murieron sus padres, heredó toda su fortuna, pero en vez de gastarla para él, vendió absolutamente todo lo que tenía y lo repartió entre los pobres. Empobrecido voluntariamente, se encaminó en dirección a Roma, como peregrino mendicante, para visitar santuarios y pedir gracias a Dios Nuestro Señor por medio de la Virgen y los santos.
Fue en esa misma época que estalló una gran epidemia de tifus, que provocó una gran mortandad. El tifus o fiebre tifoidea es una enfermedad producida por dos tipos de bacterias: Rickettsia typhi o Rickettsia prowazekii[2]. Se caracteriza por propagarse en lugares donde hay bajas temperaturas y las condiciones higiénicas son malas, puesto que se propaga a través de piojos y pulgas: al ser estos insectos hematófagos, se facilita la transmisión de la bacteria al ser humano. En esa situación de calamidad pública San Roque, en vez de retirarse para protegerse él mismo, decidió atender, en nombre de Cristo, a los enfermos más graves, que se encontraban abandonados a su suerte. En el cuidado de los enfermos, comenzaron a observarse numerosos milagros: muchos de ellos curaban con el solo hecho de que San Roque les hiciera la señal de la cruz en la frente. A otros, ayudó a bien morir, instándolos a que se arrepintieran de sus pecados, que ofrecieran sus sufrimientos a Jesús crucificado y que se prepararan para el Juicio Particular. Él mismo se encargaba de cavar las fosas para sepultar a los muertos, puesto que nadie se atrevía a acercarse a los enfermos, debido a que el contagio era seguro y también la muerte. Continuó su peregrinación hacia Roma y cuando llegó a la Ciudad Eterna, continuó dedicándose a atender a los enfermos afectados por la peste. Cuando la gente lo veía pasar decía: “Ahí va el santo”.
Sucedió que, por tantos enfermos que atendió, San Roque terminó contagiándose él mismo del tifus. Su piel se cubrió con las lesiones características del tifus, además de experimentar fiebre y dolores abdominales. Para no molestar a nadie, el santo se retiró a un bosque solitario, para allí morir. Mientras el santo estaba en el bosque, ocurrió que un perro de una casa de una familia rica de la ciudad comenzó con una costumbre que repetía todos los días, provocando extrañeza en sus dueños: el perro tomaba un trozo de pan todos los días e iba al bosque para llevárselo a San Roque. Después de varios días en que se produjo el mismo hecho, su dueño decidió seguirlo al perro, quien así lo condujo hasta el santo, que estaba enfermo en el bosque. Entonces lo llevó a San Roque a su casa y allí curó sus heridas, recuperándose el santo por completo en su salud.
Una vez curado, el santo decidió regresar a su ciudad natal, Montpellier, pero en esa ciudad estaban en guerra dos bandos diferentes, y siendo el santo tomado erróneamente como un espía del bando contrario, fue llevado y encarcelado. Pasó cinco años en la cárcel, pero allí no dejó de catequizar a sus compañeros de cárcel, además de consolarlos y ofrecer sus penas y humillaciones por la salvación de sus almas.
El 15 de agosto de 1378, Fiesta de la Asunción de la Virgen Santísima, murió San Roque. Cuando estaban preparando su cuerpo para sepultarlo, descubrieron en su pecho la señal de la cruz, que su padre le había hecho cuando era pequeño y así se dieron cuenta que no era un espía, sino el hijo de quien había sido gobernador de la ciudad. Toda la gente de Montepellier acudió a sus funerales y desde entonces empezó a conseguir de Dios admirables milagros y no ha dejado de conseguirlos en gran cantidad a lo largo de los siglos.
En las imágenes que lo retratan, aparece con su bastón y sombrero de peregrino, señalando con la mano una de sus llagas y con su perro al lado, ofreciéndole el pan.

         Mensaje de santidad.

         Desde su conversión, la vida de San Roque es una imitación de la vida de Cristo y una participación mística a sus misterios. Como Cristo, que siendo rico por ser Dios, se hizo pobre al asumir nuestra naturaleza humana –sin dejar de ser Dios- para enriquecernos con su divinidad, San Roque, que era rico, se hizo pobre voluntariamente, para dar de su riqueza a los más necesitados.
         Como Cristo, que es el Buen Samaritano pues curó las llagas de nuestras almas, el pecado, con el aceite de su gracia, así San Roque cuidó y curó las llagas de los más afectados por la peste.
         Como Cristo, que siendo Inocente fue condenado injustamente y encarcelado, San Roque fue condenado injustamente y encarcelado, muriendo en la cárcel.
         Como Cristo, que siendo Hijo de Dios había pasado por “el hijo del carpintero”, así también San Roque pasó como un ciudadano más, siendo descubierto su origen noble una vez que murió.
              Es el protector contra las pestes; en nuestros días, gracias al avance científico y médico no hay tantas pestes como en tiempos de San Roque, pero lo mismo le podemos pedir que nos proteja de una peste mucho peor, la malicia del corazón, el pecado, porque el pecado nos aparte de Dios, Bondad Infinita.
         Al recordarlo en su día, hagamos el propósito de imitar las virtudes de San Roque, sobre todo su humildad y, como Él, seamos caritativos con nuestros hermanos, sobre todo los más necesitados. Y al igual que él, que estando enfermo se alimentó de agua y pan, así también nosotros, pecadores, hagamos el propósito de acudir siempre al agua fresca que es la gracia santificante y de alimentarnos del Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
        

sábado, 11 de agosto de 2018

Santa Teresa Benedicta de la Cruz



         Vida de santidad[1].

         Nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw-capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial). Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de que Edith cumpliera los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.Judía de nacimiento, abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas descalzas y muere víctima de los nazis en Aushwitz. Canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre, 1998. Consideró su conversión a la fe católica como una conversión también hacia una más profunda identificación con su identidad judía. Su testimonio ilustra dos temas inseparables: La unidad entre el judaísmo y la fe católica y el valor del sufrimiento.

         Mensaje de santidad[2].

         Además de su gran vida de santidad, su mensaje está en sus escritos. En uno de ellos, titulado: Ave Crux, spes única (Salve Cruz, esperanza única), Santa Teresa Benedicta o Edith Stein manifiesta la razón por la cual los cristianos ponemos toda nuestra esperanza y  nuestra única esperanza, en la cruz. Dice así: “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”. Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”. Edith Stein se refiere a una de las antífonas que la Iglesia canta en uno de los más importantes tiempos litúrgicos, el tiempo de Cuaresma, en donde la Iglesia no solo medita sino que participa, místicamente, de la Pasión del Señor, “de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”.
         Luego prosigue describiendo la situación actual del mundo contemporáneo, una situación en la que todo está envuelto en llamas, como producto de la “lucha entre Cristo y el Anticristo”: “El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida”. Dice Santa Edith Stein que vivimos en una época en la que abiertamente luchan Cristo y el Anticristo y no se refiere simplemente a las luchas o guerras materiales, en las que se enfrentan un ejército contra otro, pues esta situación es consecuencia de una lucha espiritual entre las fuerzas del Bien, representadas en Cristo y su Iglesia, y las fuerzas del mal, representadas en el Anticristo y los hombres malvados a él aliados. En esta lucha, una probabilidad muy cierta es que, quien lucha para Cristo, deba ofrendar su vida por Él: “ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la propia vida”.
Más adelante, la santa nos anima a contemplar a Jesús crucificado, que por todos y cada uno de nosotros “cuelga del madero” en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre”. Es necesario contemplar a Jesús crucificado porque si el alma quiere desposarse en desposorios místicos con el Cordero, debe imitarlo en todo, principalmente, en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios”.
La renuncia a todo bien terreno –y a toda gloria terrena- forma parte esencial del seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Él muere pobre en la cruz. Si alguien desea seguir a Cristo pero no se decide a dejar los bienes terrenos, el apetito por los bienes materiales se interpondrá como un muro entre el alma y Jesucristo: “Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quien quiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena”.
Quien desee seguir a Cristo debe arrodillarse ante su cruz con un corazón contrito, que ha renunciado de modo absoluto a toda posesión material y terrena, porque el Señor ha derramado hasta la última gota de us Sangre Preciosísima para demostrar cuánto amor nos tiene y así ganar nuestro amor. La renuncia a los bienes materiales y a la gloria mundana son necesarias para participar de su pureza, que en el hombre se traduce en “santa castidad”. Así, el alma que desee seguir a Jesucristo no debe tener otro pensamiento ni otro anhelo que no sea el mismo Jesucristo: “Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento”.
Como consecuencia de la lucha entre el Bien y el Mal, el mundo arde en llamas y esas llamas son tan altas y peligrosas que incluso pueden alcanzar la relativa seguridad del propio hogar. En esta situación, la cruz se presenta no solo como el único refugio seguro, sino como el único camino que nos quita de este mundo en llamas y nos traslada al Reino de los cielos: “El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo”.
Quien se abraza al madero de la cruz, es transportado al seno mismo de la Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien, en Cristo, lleva al alma al Padre: “Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad”.
Las llamas espirituales, que brotan del mismo Infierno y que abrasan este mundo terreno, solo pueden ser apagadas por la Sangre Preciosísima del Cordero, que brota inagotable de sus heridas abiertas: “El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno”.
Quien mantiene fielmente los votos de castidad, obediencia y pobreza, no solo imita sino que participa del Acto de Ser divino trinitario y así su corazón se encuentra verdaderamente libre de toda clase de esclavitud, al tiempo que sobre él se derraman “torrentes del amor divino”: “Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra”.
Quien se abraza a la cruz puede, verdaderamente, dar consuelo a las almas que están en este mundo en llamas y que por lo tanto sufren, aun cuando no sepan el origen de su dolor. El que así obra, se vuelve corredentor junto al Redentor: “Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir”.
Desde la cruz, Jesús nos mira a lo más profundo de nuestro ser y nos pregunta si aceptamos, libremente, el pacto por el cual Él derrama su Sangre sobre nuestros corazones y nosotros a cambio le damos la totalidad de nuestros pobres corazones y en ese pacto celestial, que brota de la cruz, radica toda nuestra esperanza y ésa es la razón por la cual decimos: “Salve, Cruz, esperanza única!”: “El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!”.


[2] Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’, Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126

viernes, 10 de agosto de 2018

Santo Domingo de Guzmán



         Vida de santidad[1].

Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, que ha sido declarada beata, era una mujer admirable en virtudes cristianas y fue quien lo educó y le transmitió la fe cristiana. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. Leía con asiduidad libros religiosos, además de dedicarse a hacer caridad a la gente. Una vez entrado en la religión, Santo Domingo se destacó por ser un hombre de asidua oración, de duros sacrificios, pero también de gran alegría y buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración.   Cuando se trataba de temas mundanos era parco, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.  Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.
Al acompañar en un viaje apostólico por el sur de Francia a su obispo, se dio cuenta de una peligrosa y gravísima situación para la Iglesia: los herejes –llamados cátaros y albigenses- habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, provocando la apostasía de innumerables católicos. Esta secta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal: el bueno creó todo lo espiritual mientras que el dios malo, el mundo material. En consecuencia, todo lo material, incluido el cuerpo, es malo para los albigenses, contrariando así una de las enseñanzas de la Iglesia Católica, que enseña que la materia es buena porque fue creada por Dios Trino y nada de lo que hace Dios es malo. Como los albigenses sostenían que todo lo material era malo, también afirmaban en consecuencia y erróneamente que Jesús no es Dios, puesto que tiene un cuerpo material, humano, como todos los hombres –aunque Él es el Hombre-Dios, porque en realidad no es una persona humana, sino la Persona Segunda de la Trinidad-. Así, los albigenses negaban la divinidad de Jesucristo, como muchas otras verdades católicas: la existencia de los sacramentos y la condición de la Virgen de ser la Madre de Dios. También rechazaban la autoridad del Papa y de la jerarquía de la Iglesia, estableciendo sus propias normas y creencias, erradas desde el principio al fin. Para combatir a tan peligrosa secta, los Papas habían enviado, hasta Santo Domingo, a numerosos y santos sacerdotes que trataron de convertirlos, aunque con muy poco éxito.
Frente a esta situación, se había demostrado el método empleado por los misioneros católicos se demostraba absolutamente inadecuado e ineficiente.
Santo Domingo se decidió a emprender la misión de convertir a los herejes y para ello reunió un buen grupo de compañeros y junto con ellos decidió que llevarían una vida de absoluta pobreza, además de buscar vivir la santidad día a día. En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. El gran fundador le dieron a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Además, numerosísimos cátaros y albigenses se convirtieron a la fe católica, al punto que la secta prácticamente desapareció.
Ahora bien, en realidad, lo que les dio la santidad a los dominicos que recién comenzaban y el éxito apostólico en la conversión de almas no fue el empeño ni el propio esfuerzo –que sí hay que ponerlo-, sino una poderosísima arma espiritual que la mismísima Virgen María entregó en manos de Santo Domingo: el Santo Rosario. En efecto, fue la Madre de Dios quien, en una aparición a Santo Domingo, le enseñó a rezar el rosario, en el año 1208, que en realidad es una contemplación rezada de la vida de los misterios de Jesucristo. Además, la Virgen le dijo que propagara esta devoción y que la misma sería un arma poderosa para utilizar contra de los enemigos de la Fe.
Ahora bien, la situación entre albigenses y católicos se tensó cada vez más hasta desembocar en una guerra. Simón De Montfort, jefe del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, le pidió que les enseñara a las tropas a rezar el rosario, el cual, una vez aprendido, lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en la localidad de Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario y como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.
Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

Mensaje de santidad.

Es notorio el antes y el después de la aparición de la Virgen con su don, el Rosario: antes de la aparición de la Virgen, Santo Domingo trabajó incansablemente por la propagación del Evangelio entre los sectarios; hizo continuos ayunos, ofreció oraciones y sacrificios, y sin embargo, logró convertir solo a unos cuantos. Estando en la capilla de las novicias benedictinas, Santo Domingo le suplicó a la Virgen que lo ayudara, pues estaba desanimado, luego de que las conversiones fueran tan escasas y el trabajo tan arduo.
Respondiendo a su pedido, la Virgen se le apareció en la capilla de las religiosas benedictinas. Sostenía un Rosario en su mano y le enseñó a Santo Domingo cómo recitarlo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían por su rezo. Luego de que Santo Domingo implementara el Santo Rosario en su orden, las conversiones, de mínimas que eran, pasaron a ser masivas, por eso decimos que hubo un claro antes y después de la aparición de la Virgen con el Rosario. Podemos decir que fue la Virgen quien, con su Rosario, derrotó a la secta de los cátaros y albigenses que asolaban el sur de Francia. En nuestros días, nos enfrentamos a una secta inmensamente más peligrosa que la de los albigenses y cátaros y es la secta luciferina llamada “Nueva Era”, cuyo objetivo declarado es consagrar la humanidad a Lucifer, el Ángel caído: como en tiempos de Santo Domingo, el Santo Rosario es el arma potentísima con la cual la Iglesia soportará los embates de las puertas del Infierno y el medio por el cual el Inmaculado Corazón de María triunfará.