San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 21 de agosto de 2018

San Pío X y su lucha contra el Modernismo laxista y el Jansenismo rigorista



El Papa San Pío X se caracterizó porque combatió a dos grandes herejías de su época: una, llamada “Modernismo”, que afirmaba que los dogmas no son inmutables y que la Iglesia no tiene autoridad para dar normas de moral. Según esta herejía, por ejemplo, no es dogma el hecho de que la Virgen sea la Inmaculada Concepción, con lo cual se puede enseñar que tenía pecado original, lo cual es una ofensa contra la Virgen; también según esta herejía, la Iglesia no tendría autoridad para enseñar, por ejemplo, cómo deben comportarse los esposos entre sí y en relación a los hijos. Para esta herejía, están bien entonces el divorcio y la ideología de género. A esta herejía el Papa San Pío X la combatió en un documento llamado Pascendi en el que establecía que los dogmas son inmutables –pueden progresar en su entendimiento, pero siempre según el sentido original- y la Iglesia sí tiene autoridad para dar normas de moral, por lo tanto, la Iglesia sí puede decir a los esposos que tienen prohibido divorciarse y que la ideología de género está equivocada y hay que combatirla.
La otra herejía que combatió el Papa Pío X fue la del “Jansenismo”, que propagaba que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible porque decían que Dios había predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación por lo que no tiene sentido dar la Comunión a los niños, porque muchos de ellos se condenarán; además, para recibirla, los jansenistas[1] sostenían una moral muy estricta, lo cual demostraba una gran desconfianza, tanto en la libertad del hombre, como en la gracia de Dios: entonces, el Papa dijo que los niños sí podían recibir la comunión, porque Dios quiere que todos nos salvemos y por eso nos da la gracia suficiente para salvarnos; por el otro lado, está la libertad del hombre, en la que hay que confiar, ya que es de suponer que todo hombre quiere salvarse. Entonces, en contraposición al Jansenismo, Pío X decretó la autorización para que los niños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendía quien está en la Santa Hostia Consagrada[2]. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía y por esto es el Patrono de los Catequistas.
Las dos herejías, el Modernismo y el Jansenismo, que propiciaban dos extremos, la primera, una relajación de fe y moral y la segunda, un endurecimiento de la moral, ambas, dejaban de reflejar el verdadero rostro de la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
Lo que nos dice el Papa Pío X es que, por un lado, los dogmas son inmutables y la Iglesia sí puede fijar normas de moral; por otro lado, Dios quiere que todos los hombres se salven y que accedan prontamente, en la niñez, al Sacramento de la Eucaristía, para responder con su libertad al llamado de Dios de la conversión y la salvación.
Siguiendo el ejemplo del Papa Pío X, procuremos nosotros mismos no caer en los mismos errores.


[1] Según los jansenistas, la predestinación es la razón por la que algunos hombres poseen la gracia eficaz y otros no. Dios ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación. Según esta doctrina, las obras son buenas o malas. No puede existir la moral probabilista, porque lleva al laxismo. Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Jansenismo. En relación con los sacramentos es la ascética propia del movimiento la que los aleja progresivamente de su práctica, en especial de la Eucaristía. Esto se fijó con el escrito De la fréquente communion de Arnauld, que, argumentando desde la praxis penitencial de la Iglesia Antigua, invocaba esa práctica para usarla en una serie de condiciones que era necesario cumplir para poder recibir la Reconciliación o la comunión. De ahí también que su rigorismo en materia moral fuera cada vez más extremo.


jueves, 16 de agosto de 2018

San Maximiliano Kolbe y su lucha contra la Masonería



En 1917 la masonería festeja en Roma el segundo centenario de su fundación. Como parte de los festejos, la Masonería imprimió carteles y pancartas en los que se invertía la tradicional imagen de San Miguel venciendo al Demonio: en la propaganda de la Masonería, se representaba a San Miguel vencido y derribado por Lucifer. Además, los masones se trasladaron en grupo hasta la plaza San Pedro, en donde entonaban el siguiente cántico provocador: “¡Satán tendrá que reinar en el Vaticano, el Papa formará parte de su guardia suiza!”[1].
En ese entonces, el Hermano Maximiliano María Kolbe, franciscano conventual polaco, se encontraba estudiando teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Ante tal manifestación amenazante, San Maximiliano se pregunta: “¿Será posible que nuestros enemigos desplieguen tantas actividades para dominarnos, mientras que nosotros nos quedamos ociosos, abocados a lo sumo a rezar, sin pasar a la acción? ¿Acaso no tenemos armas más poderosas, siendo que podemos contar con el Cielo y la Inmaculada?”. Es decir, San Maximiliano no solo no era indiferente a las provocaciones de la Masonería, sino que, por una gracia especial, se dio cuenta que en realidad la Iglesia contaba con numerosas armas espirituales y toda la ayuda del Cielo, para vencer a la Masonería y se decidió pasar a la acción.
Luego de meditar las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de los Padres de la Iglesia; inspirándose en la doctrina de los grandes santos marianos como San Luis María Grignion de Monfort y considerando también el dogma de la Inmaculada Concepción y las apariciones de Nuestra Señora en Lourdes, San Maximiliano escribió: “La Virgen sin mancha, vencedora de todas las herejías, no cederá el paso ante su enemigo amenazante si encuentra servidores fieles, dóciles a su mandato, Ella obtendrá nuevas victorias, más grandes de las que podríamos imaginarnos…”.
El paso a la acción de San Maximiliano Kolbe consistió en la respuesta a la gracia fundacional recibida de parte de Dios, fundando, en consecuencia, lo que él denominaría: “Milicia de la Inmaculada”. Lógicamente, la batalla que debía combatir esta milicia no era material, sino espiritual y su objetivo no era abatir al enemigo, sino convertirlo y arrebatarlo de las garras de la Masonería, la Iglesia de Satanás. En un artículo suyo titulado “¡Pobrecillos!”[2], escribía así, desenmascarando al Talmud: “El hombre ha sido redimido. Cristo ha fundado su Iglesia sobre la roca. Una parte del pueblo hebreo reconoció en Él al Mesías; los otros, sobre todo los fariseos soberbios, no quisieron reconocerlo, persiguieron a sus seguidores y dieron curso a un gran número de leyes que obligaban a los hebreos a perseguir a los cristianos. Estas leyes, junto a narraciones y a apéndices, hacia el año 500, formaron un libro sagrado (para ellos), el “Talmud”. En este libro, los cristianos son llamados: 
idólatras, peores que los turcos, homicidas, libertinos impuros, estiércol, animales de forma humana, peores que los animales, hijos del diablo, etc. Los sacerdotes son llamados adivinos y cabezas peladas (…) a la Iglesia se la llama casa de estulticia y suciedad. Las imágenes sagradas, las medallas, los rosarios, son llamados ídolos. En el “Talmud”, los domingos y las fiestas son considerados días de perdición. En este libro se enseña, entre otras cosas, que a un hebreo le está permitido engañar y robar a un cristiano, pues todos los bienes de los cristianos –está escrito– “son como el desierto: el primero que los toma se hace dueño”. Esta obra que recoge doce volúmenes y que respira odio contra Cristo y los cristianos, es considerada por estos fariseos un libro sagrado, más importante que la Sagrada Escritura”. Como vemos, el P. Maximiliano funda su Milicia para combatir espiritualmente a los fariseos, quienes consideran a los cristianos como “idólatras”, entre muchas otras cosas peores.
En ocasión del Congreso Internacional de los Masones, realizado en Bucarest en el año 1926, el Padre Kolbe, escribió un artículo, dirigido esta vez hacia quienes forman la “milicia del Diablo”, los masones. En dicho artículo el P. Kolbe advertía acerca de un documento llamado “Protocolos de los Sabios de Sión”, documento que el P. Kolbe llamaba: “el verdadero libro fundamental de la Masonería”.
Dice así San Maximiliano: “El protocolo número 11 afirma: “Crearemos y pondremos en vigencia las leyes y los gobiernos (…) y, en el momento oportuno, (…) bajo la forma de una revuelta nacional, (…) Es necesario que las poblaciones, desconcertadas por la revuelta, puestas todavía bajo la influencia del terror y de la incertidumbre, comprendan que somos de tal modo intocables, de tal modo llenos de poder que en ningún caso tendremos en cuenta sus opiniones y sus deseos sino, antes bien, que estamos en grado de aplastar sus manifestaciones en cualquier momento y en cualquier lugar (…) Entonces, por temor, cerrarán los ojos y permanecerán a la espera de las consecuencias (…) ¿Con qué objeto hemos ideado e impuesto a los masones toda esta política, sin darles a ellos la posibilidad de examinar el contenido? Esto ha servido de fundamento para nuestra organización masónica secreta (…) cuya existencia ni siquiera sospechan estas bestias engatusadas por nosotros en las logias masónicas”.
En este punto, el Padre Kolbe se dirige a los masones diciendo: “¿Habéis oído, señores masones? Los que os han organizado y secretamente os dirigen, los hebreos, os consideran bestias, reclutadas en las logias masónicas para fines que vosotros ni siquiera sospecháis (…) Pero ¿sabéis, señores masones, qué es lo que os espera el día en que os venga a la mente comenzar a pensar por vosotros solos? He aquí, escuchad el mismo protocolo: “La muerte es inevitable conclusión de toda vida (…) Ajusticiaremos a los masones de tal manera que ninguno (…) podrá sospechar, ni siquiera las mismas víctimas: morirán todos en el momento que sea necesario, aparentemente a causa de enfermedades comunes (…)”.
Y continúa el Santo: “Señores masones, vosotros que, recientemente, durante el Congreso de Bucarest, os habéis alegrado del hecho de que la Masonería se está fortaleciendo por doquier, reflexionad y decid sinceramente: ¿no es mejor servir al Creador en la paz interior (…), antes que obedecer las órdenes de quien os odia?”.
Finalmente, San Maximiliano se dirige a quienes denuncia como los Jefes Ocultos de la Masonería, con estas palabras: “Y a vosotros, pequeño escuadrón de hebreos, “Sabios de Sión”, que habéis provocado ya conscientemente tantas desgracias y todavía seguís preparando otras, a vosotros me dirijo con la pregunta: ¿qué ventaja obtenéis? (…) Gran cúmulo de oro, de placeres, de diversiones, de poder: nada de todo esto vuelve feliz al hombre. Y si aún esto diera la felicidad, ¿cuánto podría durar? tal vez una decena de años, quizás veinte (…) Y vosotros, jefes hebreos, que os habéis dejado seducir por Satanás, el enemigo de la humanidad, ¿no sería mejor si también vosotros os volviéreis sinceramente a Dios?”.
En otro artículo de 1926, el Padre Kolbe, citando siempre los “Protocolos de los Sabios de Sión”, escribía: “Ellos dicen de sí mismos: “¿Quién o que cosa está en grado de asestar una fuerza invisible? Nuestra fuerza es, precisamente, de esta clase. La Masonería externa sólo sirve para esconder sus objetivos, pero el plano de acción de esta fuerza será siempre desconocido para la gente”.
Pero el Santo subraya con sutil ironía: “Nosotros somos un ejército, cuyo “Comandante” os conoce uno a uno, ha observado y observa cada una de sus acciones escucha cada una de sus palabras, más aún… ni siquiera uno de vuestros pensamientos escapa a su atención. Decid vosotros mismos: en tales condiciones, ¿se puede hablar de secreto en los planes, de clandestinidad y de invisibilidad?” Y aquí el Padre Kolbe revela el nombre del “Comandante” de su ejército: “Es la Inmaculada, el refugio de los pecadores, pero también la debeladora de la serpiente infernal. ¡Ella aplastará su cabeza!”. La fundación de la Milicia de la Inmaculada es, entonces, para luchar y vencer, bajo la dirección y el auxilio de la Virgen Santísima, a la Iglesia de Satanás, la Masonería. Es una lucha que se desarrollará hasta el último día, pero cuyo resultado es el triunfo del Inmaculado Corazón de María, tal como la Virgen misma lo dijera en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón vencerá”.


miércoles, 15 de agosto de 2018

San Roque



Vida de santidad[1].

Nació en Montpellier, de una familia sumamente pudiente. Ya convertido a Cristo, cuando murieron sus padres, heredó toda su fortuna, pero en vez de gastarla para él, vendió absolutamente todo lo que tenía y lo repartió entre los pobres. Empobrecido voluntariamente, se encaminó en dirección a Roma, como peregrino mendicante, para visitar santuarios y pedir gracias a Dios Nuestro Señor por medio de la Virgen y los santos.
Fue en esa misma época que estalló una gran epidemia de tifus, que provocó una gran mortandad. El tifus o fiebre tifoidea es una enfermedad producida por dos tipos de bacterias: Rickettsia typhi o Rickettsia prowazekii[2]. Se caracteriza por propagarse en lugares donde hay bajas temperaturas y las condiciones higiénicas son malas, puesto que se propaga a través de piojos y pulgas: al ser estos insectos hematófagos, se facilita la transmisión de la bacteria al ser humano. En esa situación de calamidad pública San Roque, en vez de retirarse para protegerse él mismo, decidió atender, en nombre de Cristo, a los enfermos más graves, que se encontraban abandonados a su suerte. En el cuidado de los enfermos, comenzaron a observarse numerosos milagros: muchos de ellos curaban con el solo hecho de que San Roque les hiciera la señal de la cruz en la frente. A otros, ayudó a bien morir, instándolos a que se arrepintieran de sus pecados, que ofrecieran sus sufrimientos a Jesús crucificado y que se prepararan para el Juicio Particular. Él mismo se encargaba de cavar las fosas para sepultar a los muertos, puesto que nadie se atrevía a acercarse a los enfermos, debido a que el contagio era seguro y también la muerte. Continuó su peregrinación hacia Roma y cuando llegó a la Ciudad Eterna, continuó dedicándose a atender a los enfermos afectados por la peste. Cuando la gente lo veía pasar decía: “Ahí va el santo”.
Sucedió que, por tantos enfermos que atendió, San Roque terminó contagiándose él mismo del tifus. Su piel se cubrió con las lesiones características del tifus, además de experimentar fiebre y dolores abdominales. Para no molestar a nadie, el santo se retiró a un bosque solitario, para allí morir. Mientras el santo estaba en el bosque, ocurrió que un perro de una casa de una familia rica de la ciudad comenzó con una costumbre que repetía todos los días, provocando extrañeza en sus dueños: el perro tomaba un trozo de pan todos los días e iba al bosque para llevárselo a San Roque. Después de varios días en que se produjo el mismo hecho, su dueño decidió seguirlo al perro, quien así lo condujo hasta el santo, que estaba enfermo en el bosque. Entonces lo llevó a San Roque a su casa y allí curó sus heridas, recuperándose el santo por completo en su salud.
Una vez curado, el santo decidió regresar a su ciudad natal, Montpellier, pero en esa ciudad estaban en guerra dos bandos diferentes, y siendo el santo tomado erróneamente como un espía del bando contrario, fue llevado y encarcelado. Pasó cinco años en la cárcel, pero allí no dejó de catequizar a sus compañeros de cárcel, además de consolarlos y ofrecer sus penas y humillaciones por la salvación de sus almas.
El 15 de agosto de 1378, Fiesta de la Asunción de la Virgen Santísima, murió San Roque. Cuando estaban preparando su cuerpo para sepultarlo, descubrieron en su pecho la señal de la cruz, que su padre le había hecho cuando era pequeño y así se dieron cuenta que no era un espía, sino el hijo de quien había sido gobernador de la ciudad. Toda la gente de Montepellier acudió a sus funerales y desde entonces empezó a conseguir de Dios admirables milagros y no ha dejado de conseguirlos en gran cantidad a lo largo de los siglos.
En las imágenes que lo retratan, aparece con su bastón y sombrero de peregrino, señalando con la mano una de sus llagas y con su perro al lado, ofreciéndole el pan.

         Mensaje de santidad.

         Desde su conversión, la vida de San Roque es una imitación de la vida de Cristo y una participación mística a sus misterios. Como Cristo, que siendo rico por ser Dios, se hizo pobre al asumir nuestra naturaleza humana –sin dejar de ser Dios- para enriquecernos con su divinidad, San Roque, que era rico, se hizo pobre voluntariamente, para dar de su riqueza a los más necesitados.
         Como Cristo, que es el Buen Samaritano pues curó las llagas de nuestras almas, el pecado, con el aceite de su gracia, así San Roque cuidó y curó las llagas de los más afectados por la peste.
         Como Cristo, que siendo Inocente fue condenado injustamente y encarcelado, San Roque fue condenado injustamente y encarcelado, muriendo en la cárcel.
         Como Cristo, que siendo Hijo de Dios había pasado por “el hijo del carpintero”, así también San Roque pasó como un ciudadano más, siendo descubierto su origen noble una vez que murió.
              Es el protector contra las pestes; en nuestros días, gracias al avance científico y médico no hay tantas pestes como en tiempos de San Roque, pero lo mismo le podemos pedir que nos proteja de una peste mucho peor, la malicia del corazón, el pecado, porque el pecado nos aparte de Dios, Bondad Infinita.
         Al recordarlo en su día, hagamos el propósito de imitar las virtudes de San Roque, sobre todo su humildad y, como Él, seamos caritativos con nuestros hermanos, sobre todo los más necesitados. Y al igual que él, que estando enfermo se alimentó de agua y pan, así también nosotros, pecadores, hagamos el propósito de acudir siempre al agua fresca que es la gracia santificante y de alimentarnos del Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
        

sábado, 11 de agosto de 2018

Santa Teresa Benedicta de la Cruz



         Vida de santidad[1].

         Nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw-capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial). Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de que Edith cumpliera los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.Judía de nacimiento, abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas descalzas y muere víctima de los nazis en Aushwitz. Canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre, 1998. Consideró su conversión a la fe católica como una conversión también hacia una más profunda identificación con su identidad judía. Su testimonio ilustra dos temas inseparables: La unidad entre el judaísmo y la fe católica y el valor del sufrimiento.

         Mensaje de santidad[2].

         Además de su gran vida de santidad, su mensaje está en sus escritos. En uno de ellos, titulado: Ave Crux, spes única (Salve Cruz, esperanza única), Santa Teresa Benedicta o Edith Stein manifiesta la razón por la cual los cristianos ponemos toda nuestra esperanza y  nuestra única esperanza, en la cruz. Dice así: “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”. Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”. Edith Stein se refiere a una de las antífonas que la Iglesia canta en uno de los más importantes tiempos litúrgicos, el tiempo de Cuaresma, en donde la Iglesia no solo medita sino que participa, místicamente, de la Pasión del Señor, “de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”.
         Luego prosigue describiendo la situación actual del mundo contemporáneo, una situación en la que todo está envuelto en llamas, como producto de la “lucha entre Cristo y el Anticristo”: “El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida”. Dice Santa Edith Stein que vivimos en una época en la que abiertamente luchan Cristo y el Anticristo y no se refiere simplemente a las luchas o guerras materiales, en las que se enfrentan un ejército contra otro, pues esta situación es consecuencia de una lucha espiritual entre las fuerzas del Bien, representadas en Cristo y su Iglesia, y las fuerzas del mal, representadas en el Anticristo y los hombres malvados a él aliados. En esta lucha, una probabilidad muy cierta es que, quien lucha para Cristo, deba ofrendar su vida por Él: “ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la propia vida”.
Más adelante, la santa nos anima a contemplar a Jesús crucificado, que por todos y cada uno de nosotros “cuelga del madero” en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre”. Es necesario contemplar a Jesús crucificado porque si el alma quiere desposarse en desposorios místicos con el Cordero, debe imitarlo en todo, principalmente, en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios”.
La renuncia a todo bien terreno –y a toda gloria terrena- forma parte esencial del seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Él muere pobre en la cruz. Si alguien desea seguir a Cristo pero no se decide a dejar los bienes terrenos, el apetito por los bienes materiales se interpondrá como un muro entre el alma y Jesucristo: “Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quien quiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena”.
Quien desee seguir a Cristo debe arrodillarse ante su cruz con un corazón contrito, que ha renunciado de modo absoluto a toda posesión material y terrena, porque el Señor ha derramado hasta la última gota de us Sangre Preciosísima para demostrar cuánto amor nos tiene y así ganar nuestro amor. La renuncia a los bienes materiales y a la gloria mundana son necesarias para participar de su pureza, que en el hombre se traduce en “santa castidad”. Así, el alma que desee seguir a Jesucristo no debe tener otro pensamiento ni otro anhelo que no sea el mismo Jesucristo: “Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento”.
Como consecuencia de la lucha entre el Bien y el Mal, el mundo arde en llamas y esas llamas son tan altas y peligrosas que incluso pueden alcanzar la relativa seguridad del propio hogar. En esta situación, la cruz se presenta no solo como el único refugio seguro, sino como el único camino que nos quita de este mundo en llamas y nos traslada al Reino de los cielos: “El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo”.
Quien se abraza al madero de la cruz, es transportado al seno mismo de la Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien, en Cristo, lleva al alma al Padre: “Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad”.
Las llamas espirituales, que brotan del mismo Infierno y que abrasan este mundo terreno, solo pueden ser apagadas por la Sangre Preciosísima del Cordero, que brota inagotable de sus heridas abiertas: “El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno”.
Quien mantiene fielmente los votos de castidad, obediencia y pobreza, no solo imita sino que participa del Acto de Ser divino trinitario y así su corazón se encuentra verdaderamente libre de toda clase de esclavitud, al tiempo que sobre él se derraman “torrentes del amor divino”: “Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra”.
Quien se abraza a la cruz puede, verdaderamente, dar consuelo a las almas que están en este mundo en llamas y que por lo tanto sufren, aun cuando no sepan el origen de su dolor. El que así obra, se vuelve corredentor junto al Redentor: “Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir”.
Desde la cruz, Jesús nos mira a lo más profundo de nuestro ser y nos pregunta si aceptamos, libremente, el pacto por el cual Él derrama su Sangre sobre nuestros corazones y nosotros a cambio le damos la totalidad de nuestros pobres corazones y en ese pacto celestial, que brota de la cruz, radica toda nuestra esperanza y ésa es la razón por la cual decimos: “Salve, Cruz, esperanza única!”: “El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!”.


[2] Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’, Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126

viernes, 10 de agosto de 2018

Santo Domingo de Guzmán



         Vida de santidad[1].

Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, Juana de Aza, que ha sido declarada beata, era una mujer admirable en virtudes cristianas y fue quien lo educó y le transmitió la fe cristiana. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. Leía con asiduidad libros religiosos, además de dedicarse a hacer caridad a la gente. Una vez entrado en la religión, Santo Domingo se destacó por ser un hombre de asidua oración, de duros sacrificios, pero también de gran alegría y buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración.   Cuando se trataba de temas mundanos era parco, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo.  Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria. A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo.
Al acompañar en un viaje apostólico por el sur de Francia a su obispo, se dio cuenta de una peligrosa y gravísima situación para la Iglesia: los herejes –llamados cátaros y albigenses- habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, provocando la apostasía de innumerables católicos. Esta secta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal: el bueno creó todo lo espiritual mientras que el dios malo, el mundo material. En consecuencia, todo lo material, incluido el cuerpo, es malo para los albigenses, contrariando así una de las enseñanzas de la Iglesia Católica, que enseña que la materia es buena porque fue creada por Dios Trino y nada de lo que hace Dios es malo. Como los albigenses sostenían que todo lo material era malo, también afirmaban en consecuencia y erróneamente que Jesús no es Dios, puesto que tiene un cuerpo material, humano, como todos los hombres –aunque Él es el Hombre-Dios, porque en realidad no es una persona humana, sino la Persona Segunda de la Trinidad-. Así, los albigenses negaban la divinidad de Jesucristo, como muchas otras verdades católicas: la existencia de los sacramentos y la condición de la Virgen de ser la Madre de Dios. También rechazaban la autoridad del Papa y de la jerarquía de la Iglesia, estableciendo sus propias normas y creencias, erradas desde el principio al fin. Para combatir a tan peligrosa secta, los Papas habían enviado, hasta Santo Domingo, a numerosos y santos sacerdotes que trataron de convertirlos, aunque con muy poco éxito.
Frente a esta situación, se había demostrado el método empleado por los misioneros católicos se demostraba absolutamente inadecuado e ineficiente.
Santo Domingo se decidió a emprender la misión de convertir a los herejes y para ello reunió un buen grupo de compañeros y junto con ellos decidió que llevarían una vida de absoluta pobreza, además de buscar vivir la santidad día a día. En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. El gran fundador le dieron a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos. Además, numerosísimos cátaros y albigenses se convirtieron a la fe católica, al punto que la secta prácticamente desapareció.
Ahora bien, en realidad, lo que les dio la santidad a los dominicos que recién comenzaban y el éxito apostólico en la conversión de almas no fue el empeño ni el propio esfuerzo –que sí hay que ponerlo-, sino una poderosísima arma espiritual que la mismísima Virgen María entregó en manos de Santo Domingo: el Santo Rosario. En efecto, fue la Madre de Dios quien, en una aparición a Santo Domingo, le enseñó a rezar el rosario, en el año 1208, que en realidad es una contemplación rezada de la vida de los misterios de Jesucristo. Además, la Virgen le dijo que propagara esta devoción y que la misma sería un arma poderosa para utilizar contra de los enemigos de la Fe.
Ahora bien, la situación entre albigenses y católicos se tensó cada vez más hasta desembocar en una guerra. Simón De Montfort, jefe del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, le pidió que les enseñara a las tropas a rezar el rosario, el cual, una vez aprendido, lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en la localidad de Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario y como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.
Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

Mensaje de santidad.

Es notorio el antes y el después de la aparición de la Virgen con su don, el Rosario: antes de la aparición de la Virgen, Santo Domingo trabajó incansablemente por la propagación del Evangelio entre los sectarios; hizo continuos ayunos, ofreció oraciones y sacrificios, y sin embargo, logró convertir solo a unos cuantos. Estando en la capilla de las novicias benedictinas, Santo Domingo le suplicó a la Virgen que lo ayudara, pues estaba desanimado, luego de que las conversiones fueran tan escasas y el trabajo tan arduo.
Respondiendo a su pedido, la Virgen se le apareció en la capilla de las religiosas benedictinas. Sostenía un Rosario en su mano y le enseñó a Santo Domingo cómo recitarlo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían por su rezo. Luego de que Santo Domingo implementara el Santo Rosario en su orden, las conversiones, de mínimas que eran, pasaron a ser masivas, por eso decimos que hubo un claro antes y después de la aparición de la Virgen con el Rosario. Podemos decir que fue la Virgen quien, con su Rosario, derrotó a la secta de los cátaros y albigenses que asolaban el sur de Francia. En nuestros días, nos enfrentamos a una secta inmensamente más peligrosa que la de los albigenses y cátaros y es la secta luciferina llamada “Nueva Era”, cuyo objetivo declarado es consagrar la humanidad a Lucifer, el Ángel caído: como en tiempos de Santo Domingo, el Santo Rosario es el arma potentísima con la cual la Iglesia soportará los embates de las puertas del Infierno y el medio por el cual el Inmaculado Corazón de María triunfará.







domingo, 5 de agosto de 2018

San Juan María Vianney



         Vida de santidad[1].

San Juan María Vianney nació en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. En esa época estalló la revolución anticristiana llamada “Revolución Francesa”, que procuraba destruir todo lo que fuera cristianismo. Como la Revolución perseguía a los cristianos, tanto él como su familia debían asistir a misa a escondidas, ya que se arriesgaban a la pena de muerte si los sorprendían en misa.
San Juan María Vianney quería entrar en el seminario, pero en vez de eso, fue reclutado por la Revolución a los 17 años, pero finalmente terminó desertando de ese ejército anticristiano. Regresó a su hogar en 1810, cuando Napoleón decretó el perdón para los que se habían ausentado del ejército.
Trató de ir a estudiar al seminario pero le costaba muy mucho aprender; tanto, que los profesores lo echaron mientras decían: “Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada”.
Viajó en peregrinación hasta la tumba de San Francisco Regis, para pedirle a ese santo que lo ayudara a ingresar en el seminario nuevamente. Finalmente, logró entrar en un pequeño seminario, aunque siguió experimentando grandes dificultades para aprender, aun cuando ponía todo su empeño y voluntad.
Después de tres años de preparación, se presentó a los exámenes del seminario, pero no pudo responder a ninguna pregunta, por lo que se negaron a que fuera ordenado sacerdote.
Pero su gran benefactor, el Padre Balley, no se dio por vencido, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Obispo. Éste, al oír todas estas cosas les preguntó: “¿El joven Vianey es de buena conducta?”. Ellos le respondieron: “Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo”. “Pues si así es que sea ordenado sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás”.
Y fue así que el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, llegando a ser el más famoso párroco de su siglo.
Y el 9 de febrero de 1818 fue enviado a la parroquia más pobre, ubicada en el pueblo de Ars. Solo tenía trescientos setenta habitantes y a la misa dominical asistían solamente un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: “Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferencian de los ancianos, es en que... están bautizadas”. Además, el pequeño pueblo estaba repleto de cantinas y de bailaderos. San Juan María Vianney estuvo allí como párroco durante cuarenta y un años, cambiando radicalmente la situación.
El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su parroquia: rezar mucho, sacrificarse lo más posible y hablar claro y preciso. Compensaba la falta de asistencia a misa haciendo horas seguidas de adoración eucarística. Por la cantidad de cantinas y bailantas, el párroco hizo impresionantes penitencias para convertirlos. Por ejemplo, durante años solamente se alimentó día con unas pocas papas cocidas. Los lunes cocinaba una docena y media de papas, que le duraban hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. En sus sermones, predicaba contra los vicios y las malas costumbres.
Al aumentar su fama, el Padre Vianney es injustamente criticado, lo que lleva al Obispo a enviar a un visitador para que escuche sus sermones y le diga qué cualidades y defectos tiene este predicador. A su regreso, el Obsipo le pregunta: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?”. “Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. “¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones?” - pregunta Monseñor-. “Sì, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. El Obispo entonces responde: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”.
Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendando al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones.
El Santo Cura de Ars entabló luchas espirituales y hasta físicas con el Demonio, puesto que éste lo odiaba debido a todas las almas que le arrebataba, llegando incluso a prenderle fuego a su cama y a su habitación. Una vez le gritó: “Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo”.
Un día en una misión en un pueblo, sucedió que varios sacerdotes jóvenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran inventos del Padre Vianey. El párroco los invitó a que fueran a dormir en su propio dormitorio y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: “Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches”. Sin embargo, no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.
Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: “Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio”. Sin embargo, fue en ese oficio en donde desplegó una sabiduría, ciencia e inteligencia sobrenaturales, puesto que lo que allí vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no la vana ciencia.
Pasaba doce horas diarias en el confesionario durante el invierno y dieciséis durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación, obteniendo en el confesionario abundantes e impresionantes conversiones. Desde 1830 hasta 1845 llegaron trescientas personas por día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianey. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron cien mil. Junto a la casa curial había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.
El santo sacerdote se levantaba a las doce de la noche; hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. De ocho a once confesaba mujeres. A las once daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traído. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas. De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios. En el confesionario sufría los rigores propios del invierno y del verano, pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: “El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo”. Ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas. Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando. Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa y se cerraron muchas cantinas y bailaderos.
Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiéndole perdón por todo, como si él hubiera sido quien hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.

Mensaje de santidad.

Además  de su vida en sí misma, que es todo un mensaje de santidad, podemos decir que su mensaje de santidad está reflejado en el diálogo que mantuvieron el Obispo y el visitador que éste había mandado para que evaluara sus sermones: “¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?”. “Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo”. “¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones?” - pregunta Monseñor-. “Sì, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes”. El Obispo entonces responde: “Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos”.
Lo que importa en esta vida es que las personas se conviertan a Jesucristo, que dejen de pensar en las cosas terrenas y piensen en las eternas y que deseen ganar el cielo, para lo cual tienen que conocer y meditar acerca de lo que les predicaba el Santo Cura de Ars: muerte, juicio particular, purgatorio, cielo e infierno. Si el sacerdote no predica de estas cosas, está predicando otra religión que no es la Santa Religión Católica.

viernes, 3 de agosto de 2018

El simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús



         
         Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque con su Sagrado Corazón transparente como un cristal, con la cruz en la base, con una corona de espinas rodeándolo, con el costado traspasado y manando sangre y envuelto en llamas de fuego. ¿Qué significado tiene todo esto?
         El corazón transparente como un cristal significa la santidad de Dios, santidad en la cual no cabe ni la más pequeñísima mancha de pecado: puesto que Jesús es la Gracia Increada y Fuente de toda gracia creada, su Sagrado Corazón es la Santidad Increada y la Fuente de toda gracia creada y ésa es la razón por la cual Jesús promete tantas gracias[1] para quienes confiesen y comulguen devotamente los Nueve Primeros Viernes de mes.
La cruz en la base del Corazón de Jesús: la Cruz es el Árbol de la Vida y el Fruto exquisito de este Árbol es el Sagrado Corazón. Quiere decir que quien desee alcanzar el fruto exquisito del Corazón de Jesús para saborear la dulzura del Amor Divino, debe subirse al Árbol de la Cruz, de la misma manera a como alguien, viendo un fruto exquisito en un árbol terreno, debe subirse a él para alcanzarlo y comer de él. Vale la pena aclarar que es la Santa Cruz el único Árbol de la Vida para el cristiano, porque de Jesucristo obtenemos la Vida eterna; el cristiano debe abstenerse de creer en cualquier otro árbol de la vida, como por ejemplo, el árbol de la vida gnóstico, que tiene forma de árbol, pero que constituye en realidad un amuleto mágico. Ambos árboles son excluyentes entre sí, de manera que el que cree en el Árbol de la Vida que es la Cruz, no puede creer en el árbol de la vida del gnosticismo, y viceversa.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón: significan el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Cabe señalar que el Espíritu Santo está en el Corazón de Jesús no de forma añadida exteriormente, como si Jesús fuera un hombre a quien Dios ama de modo especial y le da el Espíritu Santo: el Espíritu Santo está en el Corazón de Jesús porque es Jesús quien, junto al Padre, lo espira, de manera que el Espíritu Santo inhabita en el Corazón de Jesús como algo que le pertenece por derecho y por naturaleza a Jesús. Es decir, Jesús espira el Espíritu Santo junto al Padre y ésa es la razón por la cual el Espíritu Santo inhabita en el Corazón de Jesús, no como don externo sino como Persona Tercera de la Trinidad que proviene del mismo Jesús y del Padre.
La corona de espinas que aprieta y rodea al Corazón de Jesús: la corona de espinas son nuestros pecados, veniales o mortales, del orden que sea, que si al alma pecadora le producen placer de concupiscencia, en Jesús se materializan en las espinas de la corona. De esta manera el pecador debe considerar que, con su pecado, lastima al Corazón de Jesús, ya que las espinas se introducen en el Corazón en la fase de dilatación, mientras que se desprenden de Él, desgarrándolo, en la fase de contracción del corazón.
El costado traspasado y la Sangre: significan el don del Espíritu Santo y el perdón misericordioso de Dios al hombre que, aun cometiendo deicidio, no es castigado por Dios, sino que Dios, teniendo su Corazón traspasado, dona de lo más profundo que hay en su Ser divino trinitario, el Amor Misericordioso de su Corazón de Dios. Jesús no se contenta con darnos un poco de su amor, sino que se nos da todo Él, además de darnos el Amor de Dios, porque en la Sangre está contenido el Don de dones, el Espíritu Santo.
Todos estos dones están contenidos en uno solo: la Eucaristía, porque en la Eucaristía late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Cfr. Las Doce Promesas del Sagrado Corazón: Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida; Les daré paz a sus familias; Las consolaré en todas sus penas; Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte; Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas; Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia; Las almas tibias se volverán fervorosas; Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección; Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada; Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos; Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción; Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.