San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 4 de julio de 2018

El distintivo de San Martín de Porres



         Algo que caracterizaba a San Martín de Porres era su capacidad para hacer milagros de todo tipo, como por ejemplo, curaciones, y también hablar con los animales. Pero no fue eso lo que le hizo ganar el cielo, porque esas cosas son dadas por Dios: lo que lo hizo ganar el cielo fue su bondad de corazón, su caridad y también su humildad: a él lo iban a visitar desde el gobernador y el arzobispo hasta el último indigente, y él trataba a todos por igual, sin hacer distinciones, y a ninguno le negaba su palabra de aliento o su caridad. Esto que hacía San Martín de Porres se llaman obras de misericordia y son necesarias para entrar en el cielo, de manera tal que si no las hacemos, no entraremos en el cielo. Aprendamos de él a ser caritativos y humildes, a no ensoberbecernos por el bien que hagamos, y a no hacer distinción de personas. Además, tenemos que saber que todos podemos hacer obras de misericordia, por lo menos una de las catorce que pide la Iglesia. Le pidamos a San Martín de Porres que interceda para que podamos ser misericordiosos y humildes como él, para así poder ganar el Reino de los cielos.

martes, 3 de julio de 2018

San Cayetano


         Vida de santidad[1].

         Nació en Vicenza, Italia, en el año 1480. Estudió derecho en Padua y, después de recibida la ordenación sacerdotal, instituyó en Roma la sociedad de Clérigos regulares o Teatinos, con el fin de promover el apostolado y la renovación espiritual del clero. Esta sociedad se propagó luego por el territorio de Venecia y el reino de Nápoles. San Cayetano se distinguió por su asiduidad en la oración y por la práctica de la caridad para con el prójimo. Murió en Nápoles el año 1547.

         Mensaje de santidad[2].

         La espiritualidad y el mensaje de santidad de San Cayetano se reflejan muy bien en una carta[3] escrita por el santo, en el que se destacan, entre otras cosas, por un lado, la gratuidad del amor de Cristo pero, por otro lado, la libertad y la necesidad de que nosotros respondamos a esa gratuidad con nuestra libertad para que        Cristo habite por la fe en nuestros corazones.
         Dice así San Cayetano: “Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que rueguen por ti a Cristo bendito y a su Madre; pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti de poco serviría sin tu cooperación; antes que nada es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a Él y procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, Él siempre estará atento a tus necesidades”[4]. Es muy importante lo que el santo dice, porque muchos cristianos creen que en el haber sido bautizados y en el haber hecho el Catecismo y recibido la Primera Comunión y la Confirmación, ya en eso consiste el ser cristianos. Muchos cristianos, luego de la catequesis, se comportan como paganos porque en realidad se convierten en verdaderos apóstatas, al abandonar la fe en Cristo. No se dan cuenta que el recibir los sacramentos es el inicio de una nueva vida, la vida de la gracia, vida que se recibe en los sacramentos y que significa recibir la vida divina y entrar en comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Muchos cristianos son cristianos solo de nombre porque, precisamente, no creen que la relación con Jesucristo, el Hombre-Dios, sea una relación personal, en la que cada uno tiene el deber de profundizar, hasta llegar a la perfecta amistad con Cristo. Por eso dice San Cayetano: “todo lo que los santos hagan por ti de poco serviría sin tu cooperación”: es decir, los santos interceden para que nosotros nos acerquemos a Cristo, para que entremos en intimidad de vida y amor con Él, pero por mucho que los santos del cielo se esfuercen por llevar esto a cabo, si nosotros no pensamos en Cristo y no nos esforzamos por conocerlo y amarlo y por ser verdaderamente sus amigos, de nada servirá el esfuerzo que los santos hagan por nosotros. La relación con Jesucristo es personal, íntima, individual, y si nosotros no respondemos a su invitación de ser sus amigos, de nada nos valen los sacramentos, ni las oraciones, ni las devociones a los santos. Muchos cristianos se cofunden y creen que la vida en la Iglesia consiste en asistir mecánicamente a Misa, recibir mecánicamente los sacramentos, recitar mecánicamente las oraciones, y no es así, porque el catolicismo, como decía San Juan Pablo II, consiste en una Persona, Jesús de Nazareth. Dios me hizo hijo adoptivo suyo y me dio la Comunión y la Confirmación para que yo sea amigo de Jesús, pero si yo no respondo al ofrecimiento de amistad de parte de Cristo, entonces no he entendido en qué significa el ser católicos. Que Jesús sea nuestro amigo, nuestro hermano, nuestro padre, que está siempre pensando en todos y cada uno de nosotros en forma personal, queda de manifiesto en esta expresión de San Cayetano: “no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, Él siempre estará atento a tus necesidades”. Jesús está atento a nuestras necesidades personales, particulares, individuales, y no lo hace sino es por el inmenso amor que nos tiene y porque desea establecer con nosotros una relación interpersonal de amistad, una comunión de vida y amor por medio de la gracia santificante.
         Luego San Cayetano nos advierte acerca de la caducidad de este mundo temporal, de esta vida terrena, por lo cual no debemos hacer morada permanente en esta vida, sino estar en ella como quien está permanentemente por viajar. Dice así el santo: “Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte”. No estamos en esta vida para siempre; esta vida es como el peregrinar del Pueblo Elegido en el desierto cuando se dirigían a Jerusalén: somos el Nuevo Pueblo Elegido y no peregrinamos para quedarnos en el desierto, que es esta vida, sino para llegar a la vida eterna. Pretender quedarnos para siempre en esta vida es como si algún integrante del Pueblo Elegido, de entre los hebreos, en vez de seguir caminando hacia Jerusalén, pretendiera quedarse a vivir en el desierto. Nuestra Patria definitiva es el cielo, y todas las patrias del mundo terreno no son sino figuras de la Patria celestial y es por eso que, aunque tengamos los pies en la tierra, nuestra vista espiritual debe estar siempre fija en la Jerusalén celestial.
         Otro aspecto que destaca San Cayetano es el no quedarnos en esta vida cruzados de brazos, porque así como está escrito en la Biblia que el pan de cada hay que ganarlo con el sudor de la frente –“Ganarás el pan con el sudor de la frente”- y es por lo tanto un pecado vivir de la pereza y de la vagancia, sin hacer nada, así también, nadie se gana el cielo gratuitamente, si no es trabajando para ello y quien nos ayuda en esta tarea de ganar el cielo es el mismo Jesucristo. Dice así San Cayetano: “Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él”.
         Luego, San Cayetano insta a alimentarnos del Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, porque así como los israelitas se alimentaron del maná bajado del cielo, así nosotros debemos alimentarnos del verdadero maná, la Eucaristía: “Él se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo!”. Desdichado el que, teniendo la oportunidad de recibir a Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, sacramentalmente, no lo hace, por pereza o por ignorancia culpable, porque no hay tesoro más grande ni don más grande que alguien pueda recibir en esta vida, que la Eucaristía. Por eso el santo instaba a comulgar con frecuencia, por supuesto que con fervor, piedad, amor y en estado de gracia.
En esta tarea de recibir al Hijo de Dios en la Eucaristía nos ayuda la Virgen, porque es Ella quien nos conduce a su Hijo y si nos presentamos ante Él conducidos por la Virgen, no seremos rechazados: “Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para tí; mas para conseguirlo no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo”. La Virgen es Nuestra Señora de la Eucaristía y nada más quiere la Virgen que recibamos a su Hijo en la Hostia consagrada: “Más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana, y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda”.
No recibamos a Cristo solo para pedirle favores, protección o cualquier otro don que necesitemos, porque así estaríamos demostrando una gran mezquindad de corazón; debemos recibirlo por lo que Es, Dios de majestad infinita y lo demás vendrá por añadidura: “Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Éste es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono”.
Por último, San Cayetano es el Patrono del pan y del trabajo, los cuales son necesarios para esta vida terrena, pero más importante que el pan y el trabajo terrenos, es trabajar por el Reino de los cielos, trabajar para ganar el Pan de Vida eterna, la Eucaristía: “Trabajad no por la comida que perece, sino por el Pan de Vida eterna” (cfr. Jn 6, 27).



[3] Carta a Elisabet Porto: Studi e Testi 177, Ciudad del Vaticanto 1954, 50-51.
[4] Cfr. ibidem.

domingo, 1 de julio de 2018

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús



         Antes de que Jesús se apareciera a Santa Margarita María de Alacquoque para dar a conocer la devoción al Sagrado Corazón, Él ya se había aparecido a otros santos, también como el Sagrado Corazón.
         Por ejemplo, se le apareció como el Sagrado Corazón a Santa Lutgardis de Aywières, quien nació en el siglo XII. Una vez que ingresó en un monasterio benedictino, comenzó a recibir visiones de Jesús y su Corazón traspasado. En una de sus visiones, ella experimentó un “intercambio de corazones”, donde Jesús le preguntó: “¿Qué quieres entonces?” Ella dijo: “Quiero Tu Corazón”. En respuesta, Jesús dijo: “¿Tú quieres Mi Corazón?”. Bueno, Yo también quiero tu corazón”. Lutgardis luego proclamó: “Tómalo, querido Señor. Pero tómalo de tal manera que el amor de Tu Corazón esté tan mezclado y unido con mi propio corazón que pueda poseer mi corazón en Ti, y que siempre permanezca allí seguro en Tu protección”. La enseñanza que le deja Jesús es que también nosotros podemos hacer este “intercambio de corazones”, esto es, darle a Jesús nuestros corazones, que son duros y están ennegrecidos por el pecado, para que Él nos dé a cambio su propio Corazón, inmaculado y envuelto en el Fuego del Amor de Dios.
         A Santa Matilde de Hackeborn, monja benedictina nacida en el siglo XIII en Alemania, también se le apareció Jesús numerosas veces y en una de esas apariciones, Jesús se presentó como el Sagrado Corazón. Como la santa escribía todas sus experiencias en un libro, cuando Jesús se le apareció, sostenía este libro en su Corazón con su mano derecha. Lo besó y le dijo: “Todo lo que se encuentra escrito en este libro ha fluido de Mi divino Corazón y volverá a él”. Jesús también le dijo: “En la mañana deja que tu primer acto sea saludar a mi Corazón y ofrecerme el tuyo. Quien exhala un suspiro hacia mí, me atrae hacia sí mismo”. En esta aparición, Jesús nos deja esta hermosa enseñanza: que nuestro primer pensamiento y nuestro primer acto de amor sea hacia su Sagrado Corazón y así el Sagrado Corazón vendrá a nosotros.
         También en el siglo XIII, se le apareció Jesús a otra monja, también benedictina, llamada “Santa Gertrudis la Grande”, la cual comenzó a recibir visiones celestiales a los veinticinco años, cuando ya estaba en el convento. Un día vio a San Juan Evangelista y a Jesús. Fue invitada a poner su cabeza sobre el Corazón de Jesús y le habló a Juan, y le preguntó: “Bienamado del Señor, ¿estos armoniosos latidos que alegran mi alma también te regocijaban cuando reposaste (tu cabeza) durante la Última Cena en el pecho del Salvador?”. Juan respondió: “Sí, los escuché, y mi alma fue penetrada con su dulzura hasta su mismo centro”. Gertrudis preguntó: “¿Por qué, entonces, has hablado tan poco en tu Evangelio de los secretos amorosos del Corazón de Jesús?”. Él respondió: “Mi misión era escribir sobre la Palabra eterna ... pero el lenguaje de estos benditos latidos del Sagrado Corazón está reservado para los últimos tiempos, cuando el mundo deteriorado por el tiempo, enfriado en el amor de Dios, pueda ser calentado al escuchar sobre tales misterios”. Esos tiempos han llegado, porque hoy más que nunca, las almas están enfriadas en la caridad, porque no aman a Dios y no tienen en ellas el Fuego del Divino Amor. Por eso es que, es para nuestros tiempos, esta revelación del siglo XIII, para que apoyando nosotros nuestra cabeza sobre el Corazón de Jesús, que late en la Eucaristía, como San Juan Evangelista, escuchemos sus latidos de amor y nuestras almas y corazones se enciendan de amor con los latidos del Corazón Eucarístico de Jesús.
         Por último, en el año 1673, Jesús se le apareció, como el Sagrado Corazón, a una monja llamada Santa Margarita María Alacoque, que pertenecía a las monjas de la Visitación (Visitadine). En estas apariciones, a diferencia de las anteriores, en las que permanecieron circunscriptas a la persona del santo, Jesús quiso explícitamente que la devoción al Sagrado Corazón fuera difundida por todo el mundo y que las apariciones fueran también conocidas por todo el mundo. Jesús le pidió a Santa Margarita que anunciara que su deseo era que la Iglesia honrara públicamente a su Sagrado Corazón. Entre las promesas que comunicó, Jesús le dijo a Santa Margarita María: “En el exceso de la misericordia de mi corazón, te prometo que mi amor todopoderoso otorgará a todos los que recibirán la comunión los primeros viernes, por nueve  meses consecutivos, la gracia del arrepentimiento final: no morirán en mi enojo, ni sin recibir los sacramentos; y mi corazón será su refugio seguro en la última hora”. En esta aparición, Jesús no solo quiso que la devoción al Sagrado Corazón fuera conocida en todo el mundo y venerada en la Iglesia, pero no se contentó solo con eso, sino que además quiso que los fieles católicos lo recibiéramos por nueve meses seguidos y la forma de hacerlo, es por medio de la Comunión Eucarística. Es decir, la Comunión Eucarística es el medio para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.
         Todo lo que el Sagrado Corazón pidió a los santos a lo largo de la historia, se cumple en la Eucaristía: el intercambio de corazones se da en la Eucaristía, porque mientras nosotros le ofrecemos nuestro pobre corazón, Jesús en la Eucaristía nos da su Sagrado Corazón Eucarístico; si Jesús quiere que nuestro primer pensamiento y nuestro primer deseo del día sea su Sagrado Corazón, este pedido se cumple si nuestro primer pensamiento y nuestro primer deseo están dirigidos a la Eucaristía, que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; si Jesús quiere que escuchemos los latidos de su Sagrado Corazón para quedar encendidos en su Divino Amor, entonces lo que tenemos que hacer es Adoración Eucarística en silencio, para escuchar los dulces latidos del Corazón Eucarístico de Jesús; finalmente, si Jesús quiere que lo recibamos por nueve meses seguidos, lo que tenemos que hacer es comulgar con fe, con amor, con devoción y por supuesto en estado de gracia, durante nueve meses seguidos, para que el Sagrado Corazón quede entronizado, no solo en nuestros hogares, sino en nuestros corazones.
         Todo lo que Jesús quiere de nosotros en relación al Sagrado Corazón, se cumple en la Sagrada Eucaristía, porque allí se encuentra vivo, glorioso, palpitante con la vida divina trinitaria, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

sábado, 30 de junio de 2018

Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles



         La Iglesia es una sociedad sobrenatural, instituida por Dios y por eso mismo, es un error concebirla o equipararla al resto de las sociedades naturales instituidas por los hombres[1]. En las sociedades naturales el poder de gobierno se unifica en una persona, por ejemplo, cuando es una monarquía, pero aun así, el monarca, que está en la cúspide de esta sociedad, no más que un simple representante del interés común; el hecho de que se concentre en su solo hombre –el rey- el gobierno y el interés del bien común no forma parte de la esencia de las sociedades naturales humanas, puesto que no es más que un modo especial de existencia y de constitución efectivas. Es decir, en estas sociedades -por ejemplo, la monarquía-, el monarca es más la cúspide de esta sociedad que su fundamento o condición esencial de existencia de la misma. El monarca no es la esencia o condición esencial de existencia de la monarquía.
Sucede de otro modo en la Iglesia, puesto que la misma se forma –por deseo de Dios explícito- en torno a un punto central dado de antemano, un punto central sobrenatural, en torno a Cristo y su Espíritu Santo, y esta sociedad, que tiene este fundamento sobrenatural que es Cristo y el Espíritu Santo, se habrá de regir, en cuanto organismo social, mediante un vicario, un órgano, que es el Papa. Es decir, el centro alrededor y sobre el cual asienta la Iglesia forma parte esencial de su constitución; este centro es el fundamento de la Iglesia y sobre este centro se edifica ella, y mediante el mismo, descansa en el Hombre-Dios y el Espíritu Santo; de esta manera, no solamente se corona su unidad, sino que depende del mismo de un modo esencial y no accidental, como sucede con las sociedades humanas.
Entonces, vemos cómo la constitución de la Iglesia como sociedad sobrenatural, instituida por Dios, está constituida de un modo radicalmente distinto a las sociedades humanas como, por ejemplo, la monarquía: mientras en ésta, el centro de poder está en la cúspide, pero de forma que el monarca no constituye la esencia de su ser, en la Iglesia, ella misma está en este centro de poder y majestad, porque este centro de poder y majestad es Cristo y el Espíritu Santo. Es decir, la Iglesia como sociedad está en este centro, así como está en Cristo; está en Cristo mediante este centro, porque mediante el mismo también Cristo, como Cabeza que rige con su poder pastoral la Iglesia, está en ella.
¿Qué papel juega el Papa en esta constitución sobrenatural de la Iglesia? El Papa juega el rol de vicario o representante del poder central que constituye a la Iglesia, esto es, Cristo Jesús y el Espíritu Santo. En otras palabras, el Papa es el punto central de la Iglesia y es el fundamento sobre el cual se edifica la Iglesia, fundamento mediante el cual descansa en el Hombre-Dios y en el Espíritu Santo. La Iglesia está en este centro –el papado- así como éste está en Cristo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
         Otros elementos a considerar son la función del Papa y la infalibilidad de la Iglesia: la función del Papa es unir, a todos los hombres, mediante una unidad de fe, a todos los hombres bajo una misma Iglesia. Es decir, mediante el Papa quiere unir Cristo en sí mismo a todos los miembros de la Iglesia para que formen una unidad de fe. Con respecto a la infalibilidad del Papa, es sobrenatural y es un reflejo del ser íntimo de la Iglesia, aunque la infalibilidad no puede nunca ir en contra de la Verdad Absoluta de Dios manifestada en Cristo Jesús.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 584.

jueves, 28 de junio de 2018

San Ireneo, obispo y mártir



         Vida de santidad[1].

San Irineo nació en el Asia Menor hacia el año 125 y fue educado por San Policarpo, quien a su vez fue discípulo directo del evangelista San Juan. Es considerado como uno de los padres de la Iglesia, porque en la Antigüedad luchó intelectualmente contra la secta de los Gnósticos, una de las más peligrosas sectas aparecidas en la tierra y con las cuales la Iglesia ha debido enfrentarse. Se considera que gracias a su sabiduría y sus escritos, la Cristiandad se libró de caer en los gravísimos errores que los gnósticos esparcían con sus dañosísimas enseñanzas.
Para advertir a un amigo suyo acerca del peligro de la secta en que éste había ingresado, dice así San Ireneo: “Te recuerdo que siendo yo un niño, allá en Asia Menor me eduqué junto al gran obispo Policarpo. Y también tú aprendiste con él, antes de pasarte a la perniciosa secta. ¡Con qué cariño recuerdo las enseñanzas de este gran sabio Policarpo! Podría señalar todavía el sitio donde se colocaba para enseñar, y su modo de andar y de accionar, y los rasgos de su fisonomía y las palabras que dirigía a la muchedumbre. Podría todavía repetir (aunque han pasado tantos años) las palabras con las cuales nos contaba como él había tratado con Juan el Evangelista y con otros que conocieron personalmente a Nuestro Señor. Y como el apóstol Juan les repetía las mismas palabras que el Redentor dijo a ellos y les contaba los hechos maravillosos que ellos presenciaron cuando vivieron junto al Hijo de Dios. Todo esto lo repetía muchas veces Policarpo y lo que él enseñaba estaba totalmente de acuerdo con las Sagradas Escrituras. Yo oía todo aquello con inmensa emoción y se me quedaba grabado en el corazón y en la memoria. Y lo pienso y lo medito, y lo recuerdo, con la gracia de Dios cada día”.
Y luego continúa: “En la presencia del Señor Dios, te puedo asegurar que aquel santo anciano Policarpo, si oyera las herejías gnósticas que tú enseñas, se taparía los oídos y exclamaría: “¡Oh Dios: que cosas tan horribles me ha tocado escuchar en mi vida! ¡A qué excesos de error se ha llegado en estos tiempos! ¿Por qué tengo que escuchar semejantes errores?”, y saldría huyendo de aquél lugar donde se escuchan tus dañosas enseñanzas”.
Más tarde, San Ireneo fue enviado desde Lyon a Roma con el objetivo de obtener del Sumo Pontífice su perdón a un grupo de cristianos que antes habían sido infieles pero que ahora querían otra vez ser fieles a la Santa Religión. Sucedió que mientras él estaba en Roma estalló en Lyon la terrible persecución en la cual murieron el obispo San Potino y un inmenso número de mártires, aunque Irineo no murió en la persecución porque la misma había finalizado cuando él regresó. Proclamado por el pueblo como sucesor del obispo San Potino, se dedicó con toda su capacidad intelectual tanto a enfervorizar a sus cristianos como a defenderlos de los errores de los herejes.
Catorce años después de su primera embajada fue enviado otra vez Irineo a Roma a pedir al Papa que quitara la excomunión a algunos cristianos que no habían querido obedecer las leyes de la Iglesia en cuanto a las fechas para la Semana Santa y Pascua. Debido a que obtuvo el perdón del Sumo Pontífice, la gente consideró que hacía honor a su nombre, que significa: “Amigo de la paz”, ya que consiguió hacer regresar a la Iglesia a quienes sin fundamento se habían alejado de ella y declarado sus enemigos.
No se sabe a ciencia cierta si Irineo murió mártir o murió de muerte natural. Pero lo que sí es cierto es que sus escritos han sido siempre de gran provecho espiritual para los cristianos.

Mensaje de santidad.

En su tiempo se difundió mucho una de las herejías que más daño han hecho a la religión Católica y que aún en nuestros días existe en muchas partes, la secta de los gnósticos. Estos enseñan un sinfín de errores que no se basan en las Sagradas Escrituras sino en doctrinas raras e inventadas por los hombres. Entre otras cosas, creen en la reencarnación y piensan que con la sola mente humana se logran conseguir todas las soluciones a todos los problemas, sin la necesidad de la fe y de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo. San Irineo, que era un gran estudioso, se propuso analizar detenidamente todos los errores de los gnósticos y publicó cinco libros en los cuales los fue desenmascarando en todos sus errores. No atacaba con amargura, pero iba presentando lo absurdas que son las enseñanzas de los gnósticos. Además de la defensa de la fe, se preocupaba por convertir a los que estaban en el error y esa es la razón por la que era moderado y suave en sus ataques al enemigo. Pero de vez en cuando se le escapan algunas saetas como estas: “Con un poquito de ciencias raras que aprenden, los gnósticos ya se imaginan que bajaron directamente del cielo; se pavonean como gallos orgullosos y parece que estuvieran andando de gancho con los ángeles”.
         Ahora bien, ¿en qué consiste, propiamente, el gnosticismo, que tanto daño ha hecho y hace a la Santa Iglesia de Dios?
         Según la Enciclopedia Hispánica, el gnosticismo, que deriva de la palabra griega “gnosis”, que significa “conocimiento”, es un movimiento filosófico y religioso caracterizado por un conocimiento de tipo esotérico, adquirido no por aprendizaje u observación empírica, sino por revelación divina[2], aunque de ninguna manera es la revelación divina de Nuestro Señor Jesucristo. Los gnósticos se consideraban a sí mismos como gnósticos, es decir, como iniciados o iluminados, los que estaban en posesión de la verdadera creencia, mientras que los que no conocían la gnosis, pertenecían a la pistis, o mera creencia. Se ingresaba en el gnosticismo por medio una “iluminación”, la consistía en una especie de nuevo nacimiento o regeneración, que implicaba una divinización; de modo simultáneo, el gnóstico o iluminado conocía, precisamente por iluminación, su auténtica naturaleza, que era divina y no humana. Esto es lo que llevaba a que se creyeran a sí mismos como una emanación de Dios, que conocían la mente de Dios –pues ellos eran ese mismo Dios- y ajenos al mundo terreno. Con esta iluminación gnóstica, los gnósticos consideraban que no necesitaban de nada más para su eterna salvación.
         Para los gnósticos, el hombre vive en una dualidad cósmica: por un lado, su alma es emanación de Dios, pero por otro, esta alma divina está prisionera en un cuerpo material, porque para ellos, todo lo que es materia y visible, es malo, al haber sido creado por un demiurgo maligno, en tanto que el alma y lo espiritual había sido creado por un Dios bueno.
Los gnósticos creían en un Apocalipsis, pero no en el Apocalipsis cristiano, sino en el Apocalipsis gnóstico: cuando sucediera, el mundo malvado de la materia sería sustituido por el reino benigno del espíritu y las almas por fin serían libres de la corporeidad. En ese entonces, solo los que fueran puros, es decir, gnósticos, seres puramente espirituales y llamados por esto “pneumáticos” (conocedores de la gnosis) ascenderían hasta el pleroma, considerado por ellos como el reino de la luz y la perfección, mientras que el fuego latente oculto en el cosmos se avivaría y consumiría toda la materia con él, pereciendo también todos los “písticos”, es decir, los que no conocían la gnosis y por lo tanto no eran “pneumáticos”.
Por su origen esotérico, se considera que hay una gnosis no cristiana, completamente alejada del cristianismo –el hermetismo y el maniqueísmo- y una gnosis cristina, pero herética, porque posee elementos cristianos pero estos contenidos cristianos están contaminados por la gnosis. Fue contra esta última gnosis, desarrollada en el siglo II por Basílides y Valentín, y que afirmaba la realidad de un Dios trascendente y desconocido en tanto que identificaba al demiurgo creador del corrupto mundo físico con el Jehová bíblico, contra la cual se dirigieron los ataques de Ireneo, y también de Hipólito. Los libros de Irineo contra los gnósticos fueron traducidos a los idiomas más extendidos de ese entonces y se divulgaron por todas las iglesias y con ellos se logró detener la peligrosa secta y librar a la religión de errores sumamente dañinos.
Todo intento de conocimiento sobrenatural o divino que prescinda de la gracia de Dios –por la cual la inteligencia humana participa del conocimiento divino de Dios Trino- es considerado gnosticismo. En este sentido, vemos que el gnosticismo existe desde el inicio de los tiempos hasta nuestros días, pues el pecado original de Adán y Eva fue un pecado gnóstico –Eva cae en la mentira de la Serpiente que le ofrece “ser como Dios”-, en tanto que la más grande secta que existe en nuestro siglo XXI, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario, es eminentemente gnóstica. Es decir, en la actualidad la gnosis, lejos de desaparecer, ha resurgido con una fuerza aún más grande que la que tenía en tiempos de Ireneo y ha tomado el nombre de una secta luciferina que pretende la iniciación gnóstica –satánica- de toda la humanidad, la mencionada secta de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Por esto mismo, no solo la vida, sino las enseñanzas de San Ireneo, son más válidas y actuales que nunca.

jueves, 21 de junio de 2018

San Luis Gonzaga, religioso



         Vida de santidad[1].

         Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció a favor de su hermano al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591.

         Mensaje de santidad.

         En la Liturgia de las Horas, tanto en Laudes como en Vísperas, la Iglesia dice así en la Memoria de San Luis Gonzaga: “Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste en San Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén”[2].
         En estas dos virtudes, la inocencia y la penitencia, radican la santidad de San Luis Gonzaga, porque la inocencia de vida significa que San Luis Gonzaga vivió a imitación y participación del Acto de Ser trinitario, que es Purísimo y es la Inocencia Increada en sí misma; por la vida de penitencia, San Luis Gonzaga vivió en imitación y participación a la Pasión del Señor, el Cordero Inocente e Inmaculado, que hizo la máxima penitencia y mortificación entregando su Vida divina en holocausto por nuestros pecados.
         Como pide la Iglesia para nosotros, sus hijos pecadores, en el día de San Luiz Gonzaga, que si no podemos imitarlo en su inocencia de vida, al menos lo hagamos en su vida de penitencia, de oración, de humildad, para así también nosotros poder llegar un día, como él, al Reino de los cielos.


domingo, 17 de junio de 2018

San José, modelo de santidad para todo padre de familia



         Para todo padre de familia que desee la santidad, San José es modelo de fe, de vida y sobre todo de santidad, porque vivió a la perfección las virtudes cristianas en su vida terrena. Por eso, todo padre de familia debe contemplar a San José como modelo ideal e insuperable de vida cristiana.
         Ante todo, San José es modelo como hijo de Dios, aun siendo él el Padre adoptivo de Jesús, porque este rol lo cumplió San José en cumplimiento de la voluntad de Dios Padre. Es decir, así como todo padre de familia es a su vez hijo, San José es modelo de cómo ser hijo, al cumplir con amor y a la perfección el encargo dado por Dios Padre de ser el padre adoptivo de Dios Hijo en la tierra.
         San José es modelo como Padre de familia, porque amó a su Esposa legal –nunca tuvo relación de tipo marital con la Virgen, sino que el trato entre ellos era como el de hermanos, visto que la Virgen era la Madre de Dios- y a su Hijo adoptivo, Jesús, con amor inigualable, prodigándose y trabajando día y noche para que a la Sagrada Familia no le faltara el sustento. En los días de tribulación, cuando por ejemplo su Hijo recién nacido estaba amenazado de muerte, San José, obedeciendo a las órdenes del Ángel, tomó a su Esposa y al Niño y los condujo, bajo su protección, hasta Egipto, siendo el Protector de la Sagrada Familia en un tan largo y peligroso viaje. Pero en los días de tranquilidad y de paz, que fueron muchos, San José también fue el Protector de la Sagrada Familia, porque con su oficio de carpintero, proveyó de todo lo necesario para que  María y Jesús tuvieran todo lo que les hacía falta.
         San José es modelo como Esposo, porque si bien, como dijimos, María fue su Esposa meramente legal y jamás hubo trato de tipo marital entre ellos, sino un amor de hermanos, San José amó a la Esposa legal que Dios le encomendó, la Virgen, y la amó y la trató con todo cuidado, con todo cariño, con todo respeto, dando su vida para Ella y su Hijo y no teniendo a nadie más en su corazón que no fuera a su Esposa legal.
         San José es modelo de Padre, porque si bien Jesús no era su hijo biológico, ya que Jesús es Hijo de Dios y su Padre es Dios Padre y la Concepción y Encarnación de Jesús fueron obra del Espíritu Santo y no de un varón como él, es modelo de Padre perfecto, porque si bien su Hijo adoptivo era Dios, San José cuidó de Él desde el día de su nacimiento y desde entonces, no pasaba ningún día sin que contemplase a su Hijo Dios, amándolo y adorándolo en el misterio de ser, su propio hijo adoptivo, el Dios que lo había creado y que ahora se encarnaba para salvarlo y santificarlo. Por eso, San José es modelo de oración en la vida de trabajo y de adoración contemplativa para todo padre de familia, porque así como San José amaba a su Hijo Dios mientras trabajaba y lo adoraba, así todo padre de familia cristiano debe, en medio de sus ocupaciones diarias, trabajar y contemplar a Jesús, rezando en imitación de San José y así también todo padre de familia debe adorar a Jesús Eucaristía, así como San José adoraba a su Hijo Jesús, Dios Encarnado.
         A San José también se le deben encomendar todos los padres difuntos, que en esta vida terrena recibieron el bautismo, la comunión y la confirmación, porque él es el Patrono de la muerte buena y santa, ya que murió entre los brazos de Jesús y María, según la Tradición, luego de enfermar gravemente de neumonía al ir a cumplir un encargo de trabajo en un pueblo vecino. Puesto que es el Patrono de la muerte buena y santa, a él se debe acudir para que interceda por todos los padres terrenos difuntos, que en esta vida fueron fieles de la Iglesia, para que por la misericordia de Dios gocen de la visión beatífica.
         Por último, en el día en el que se recuerda a los padres terrenos, es necesario elevar la mirada del alma, sobre todo los padres, que también son esposos e hijos a su vez, para que en San José contemplen el modelo ideal de vida del varón puro y santo, en el que se encuentran todas las virtudes necesarias para que todo padre de familia alcance la santidad en su imitación.