San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 1 de junio de 2018

El Sagrado Corazón de Jesús y los Santos



         En el Antiguo Testamento, el corazón es símbolo no solo de los afectos del hombre, sino sede y representación de todo su ser: todo lo que es el hombre, en cuerpo y alma, está representado en el corazón. “Dar el corazón” es dar, literalmente, a la persona dueña de ese corazón. Así, por ejemplo, en Deuteronomio 6, 4-6, Dios pide que le amen “con todo su corazón”, es decir, con todo lo que el hombre es.
         Y es tan significativo el simbolismo del Sagrado Corazón que, cuando ese mismo Dios del Antiguo Testamento, que hasta entonces era invisible a los ojos de los hombres, se decide a encarnarse y manifestarse, expresa su Amor al permitir que su Corazón sea traspasado por la lanza, porque de esa manera, expresa que lo que contiene su Corazón, que es su Ser divino trinitario con el Amor que brota de él, todo en su totalidad, se derrama sobre el hombre, sin reservarse nada para Él. La lanzada del soldado romano sobre el Corazón de Jesús hace que éste se abra, así como se abren las compuertas de un dique, y derrame sobre la humanidad el contenido del Corazón, que es el Ser de Dios con su Divino Amor. Dios se da a sí mismo a través de su Corazón traspasado.
         Luego, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento se manifestará visiblemente a su Iglesia –y, a través de la Iglesia, al mundo-, por medio del Sagrado Corazón, porque es el órgano que representa lo que Dios Es: Amor. “Dios es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y lo que representa al Amor es el Corazón y un Corazón traspasado significa que Dios derrama su Amor sobre los hombres.
         A lo largo de los siglos, Dios se  manifestará a diversos santos por medio de su Sagrado Corazón, dejando en cada manifestación un mensaje distinto, pero que convergen todos en su simbolismo: Dios se entrega a sí mismo a los hombres por medio del don de su Sagrado Corazón.
         En Francia, Jesús se manifiesta a una monja, Santa Margarita María de Alacquoque, revelándole que el órgano por medio del cual los hombres habrían de unirse a Él, es el Corazón traspasado por la lanza. Es decir, si los hombres quieren unirse a Él, deben hacerlo por medio de su Amor, expresado, simbolizado y significado en el Amor que se derrama incontenible a través de la herida abierta de su Corazón. Dios no nos pide doctorados para unirnos a Él: nos pide nuestro amor, porque Él nos da su Amor, a través de su Sagrado Corazón.
         En España, en Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el siguiente encargo: que el culto y la devoción a su Sagrado Corazón sea conocido y difundido entre los hombres, para que sea cada vez más amado, adorado y glorificado. Le hace ver al beato una visión en la que el corazón del beato es alcanzado por las llamas del Sagrado Corazón y es incendiado por estas llamas: significan cómo Dios arde en amor por nosotros, y cómo desea transmitirnos y comunicarnos de ese Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Al beato le da esta revelación: “En España reinaré con más y mayor devoción que en otras partes”. Puesto que podemos considerarnos, racial, cultural y espiritualmente, parte de la España de ultramar, podemos pensar que esa promesa se hace extensiva a nuestra Patria y a Hispanoamérica. También le dice al beato que cualquier cosa que se le pidiera al Sagrado Corazón sería concedido.
         En el año 1820, precisamente en lo que era la Provincia ultramarina de Guatemala, Jesús se aparece como el Sagrado Corazón a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón. A esta hermana le habría de manifestar el dolor que le causaban los hombres, al no celebrar su Pasión, es decir, los dolores de su Corazón: en 1857, un 9 de abril, la Madre fue a la Capilla a meditar lo que en ese día habría de haber pasado que Judas Iscariote traicionaría a Jesús. en un determinado momento, el Señor le dijo a su oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba, oyendo siempre la misma petición.
         Por último, se le apareció a Sor Faustina Kowalska como Jesús de la Divina Misericordia, manifestación que es una evidente e innegable continuación y prolongación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que Jesús aparece de pie, vestido con túnica blanca y con los rayos de color rojo y blanco, símbolo de la Sangre y Agua que brotaron de su Corazón traspasado el Viernes Santo. La Divina Misericordia es el contenido de la Sangre y Agua del Corazón de Jesús. 
         Ahora bien, este mismo Sagrado Corazón, que se apareció a los santos en distintos siglos, no se nos aparece visiblemente a nosotros pero, mucho mejor que una aparición, se nos dona, en su totalidad, con su Sangre y Agua, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea y con las llamas de Amor del Espíritu Santo que lo envuelven, en cada comunión eucarística. En cada comunión eucarística, realizada en estado de gracia, recibimos al Sagrado Corazón de Jesús, vivo, palpitante, glorioso, resucitado, que quiere unirse a nosotros por medio de su Corazón Eucarístico; quiere comunicarnos las llamas de Amor Divino que lo envuelven e incendiar con ellas nuestros corazones; quiere que recordemos y tengamos siempre presentes los dolores de su Corazón en la Pasión y quiere derramar sobre nuestras almas, con la Sangre y el Agua de su Sagrado Corazón traspasado, su Divina Misericordia. No seamos indiferentes al Divino Amor que se nos dona en la comunión eucarística.
        
        

jueves, 24 de mayo de 2018

San Pascual Bailón y su amor sobrenatural por la Eucaristía



         Vida de santidad[1].

         Nació en Torre Hermosa, Aragón, España, en la Pascua de Pentecostés de 1540 y murió en la fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés. Por el hecho de nacer en Pascua –que significa: paso de la esclavitud a la libertad- recibió el nombre “Pascual”. Siendo niño, desde los campos donde cuidaba las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y de vez en cuando se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento. Cuando se elevaba la Hostia consagrada en la Misa, luego de que el sacerdote pronunciara las palabras que producen el milagro de la Transubstanciación, se tocaban las campanas del campanario para avisar a todos acerca de aquel sublime momento. Cuando el joven Pascual oía la campana, estando él en el campo cuidando las ovejas, se arrodillaba en dirección a la Iglesia, mirando hacia el templo, se imaginaba el momento de la conversión de las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, y se inclinaba profundamente con la frente en tierra, para adorar a Jesús Sacramentado.
         Una vez que alcanzó la edad necesaria, ingresó como religioso en la Orden Franciscana, ocupando siempre los oficios más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero.
         Ya como religioso, empleaba su tiempo libre para acudir a la capilla para rezar delante de Jesús Sacramentado en el sagrario, de rodillas y con los brazos en cruz, recordando la Pasión del Señor. Pasaba noches enteras rezando del Santísimo Sacramento. Llevado por su amor a la Eucaristía, compuso oraciones de profunda piedad al Santísimo Sacramento. Sucedió una vez que sus superiores lo enviaron a Francia para que llevara un mensaje. Una vez que llegó allí, lo rodeó un grupo de protestantes quienes, desafiantes, lo retaron a que probara que Jesús sí está en la Eucaristía.
         Inspirado por el Espíritu Santo, San Pascual habló con tanta elocuencia y sabiduría celestial, que sus adversarios nada pudieron contestarle, limitándose entonces al único recurso que les quedaba para hacerlo callar: lo comenzaron a apedrear.
         Su carácter era siempre afable y alegre, pero nunca lo estaba más que cuando ayudaba en Misa o cuando tenía tiempo para pasar horas rezando delante del Sagrario.
         Luego de su muerte, Pascual realizó tantos milagros que el Santo Padre lo declaró santo en 1690, nombrándolo además el Sumo Pontífice a San Pascual Bailón Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.

         Mensaje de santidad.

         Literalmente, toda la vida de San Pascual Bailón gira en torno a la Eucaristía: tanto en su vida laical, como en su vida religiosa, la Eucaristía fue el centro de su vida y lo demostró con sus largas horas de oración ante el Santísimo Sacramento del altar, como así también con su adoración, arrodillado y con la frente en el suelo, ante la Eucaristía. San Pascual Bailón tenía una vivísima conciencia de lo que es la Eucaristía: no es lo que parece, un poco de pan, sino lo que no aparece a los sentidos corporales: es la Presencia viva, gloriosa y resucitado del Señor Jesús, el Hijo de Dios encarnado. Ahora bien, tanto el conocimiento como el amor a la Eucaristía son dones sobrenaturales, porque no dependen de nuestros razonamientos, ni el conocer que Jesús, el Logos del Padre, está en Persona en la Eucaristía, ni mucho menos el amarlo y adorarlo, como lo hizo San Pascual Bailón. Conocer y amar a Jesús en la Eucaristía, el poder “verlo” con los ojos de la fe y el amarlo con el amor de Dios, el Espíritu Santo, es un don de Dios y una gracia que hay que pedir continuamente, para no caer en el error protestante de considerar a la Eucaristía como una presencia meramente simbólica del Hijo de Dios. Es por esto que, al recordarlo en su día, le rogamos a San Pascual Bailón que interceda por nosotros para que obtengamos de Jesús, por manos de María, Medianera de todas las gracias, un conocimiento y un amor sobrenaturales a Jesús Eucaristía, al menos una pequeña parte del conocimiento y amor que él tenía hacia Jesús Sacramentado.

martes, 22 de mayo de 2018

Santa Rita de Casia y su amor a la Pasión de Cristo



         Tanto en su vida de laica como de religiosa, Santa Rita tuvo siempre, en su mente y en su corazón, a la Pasión de Cristo y a los mandatos de Cristo.
         Como casada, soportó y rezó por su esposo, que era maltratador y golpeador, además de andar en malas compañías. Santa Rita rezaba mucho por su conversión y cuando su esposo se convirtió y luego fue asesinado por estas malas compañías, Santa Rita nunca guardó rencor contra los asesinos de su esposo. Por el contrario, le tocó atenderlos  servirlos y lo hizo recordando el mandato de Jesús de amar a los enemigos y de cómo Jesús nos había dado ejemplo de ese amor, perdonándonos a todos y cada uno de nosotros, que éramos sus enemigos por el pecado, desde la cruz. Más tarde, cuando sus hijos quisieron vengar la muerte de su padre, Santa Rita le pidió a Jesús que, por su muerte en cruz, no permitiera que sus hijos sufrieran la muerte eterna, por lo que pidió que se los llevara antes de que cometieran un pecado mortal, lo cual así sucedió, convirtiéndose sus hijos al cristianismo antes de morir.
         Luego, cuando entró como religiosa y estando meditando sobre la Pasión, arrodillada delante de un crucifijo, recibió la gracia de llevar una de las espinas de la corona de espinas de Jesús, la cual le provocó mucho dolor hasta el día de su muerte, además de volverse purulenta y obligarla a vivir alejada de sus hermanas del convento, debido al desagradable olor que emitía la herida infectada. Santa Rita aceptó esa humillación, recordando cuánto más había sufrido Jesús por ella en la Pasión, recibiendo de esa manera la gracia de participar de la coronación de espinas del Señor.
         Santa Rita nos deja así un gran amor a la Pasión de Jesús y un ejemplo de cómo unirnos a la Pasión, de manera de poder perdonar a nuestros enemigos, como Jesús nos perdonó en la cruz y también nos deja el ejemplo de cómo debemos buscar en esta vida la humillación de la coronación de espinas y el dolor de la Pasión y no los placeres del mundo. El gran ejemplo de Santa Rita es que nos enseña a amar la Cruz de Jesús en esta vida, para luego gozar de su Gloria eterna en el Reino de los cielos.

martes, 15 de mayo de 2018

San Isidro Labrador



         Vida de santidad[1].

         Nació en Madrid a finales del siglo XI. Los padres de San Isidro fueron campesinos que trabajaron duramente toda su vida y que le inculcaron a San Isidro una gran fe, un gran amor y una gran piedad desde muy niño. Así, el niño creció amando a la Iglesia y a su tesoro más grande, la Santa Misa y la Eucaristía. Luego se casó con una mujer como él, muy piadosa, llamada María Toribia, también canonizada y conocido como María de la Cabeza[2]. Desde joven, comenzó a trabajar en aquello mismo que trabajaban sus padres, el labrado de la tierra. A pesar del trabajo, San Isidro se daba tiempo para ir a Misa todos los días, levantándose temprano y caminando varios kilómetros para llegar a la Santa Misa. En algunas ocasiones, se quedaba haciendo largos ratos de oración en acción de gracias por haber recibido sacramentalmente al Rey de los cielos, Cristo Jesús.
         Fue en uno de esos días que los compañeros de San Isidro, envidiosos y celosos porque el santo era un trabajador muy dedicado, fueron a acusar a su patrono de que San Isidro no cumplía con el horario de trabajo, porque por ir a Misa, llegaba tarde al trabajo, cargando a los demás con su propio trabajo. Su empleador no se dejó llevar por las malas lenguas y decidió ir en persona al lugar donde trabajaba la tierra San Isidro y se ocultó para no ser visto, justo a la hora en que el santo debía comenzar a trabajar. Grande fue su sorpresa cuando el dueño del campo vio que, en lugar de San Isidro –que en ese momento estaba dando gracias en la Iglesia por la comunión sacramental-, el que estaba arando el campo y haciendo el trabajo de San Isidro era un ángel, el ángel de la Guarda de San Isidro. Ésta es la razón por la cual al santo se lo representa, en muchas imágenes, con un ángel que está tirando de una yunta de bueyes. Esto nos enseña que Dios no se deja ganar en generosidad y que si alguien se entrega a Él en cuerpo y alma y con todo el amor de su corazón, como San Isidro, Dios dispone todo para que esa persona no falte en nada cuando se trata de los deberes de estado. Y así fue que era el ángel de San Isidro el que hacía su labor hasta que el santo regresara, con lo cual el dueño del campo comprobó que las acusaciones contra San Isidro eran totalmente falsas.

         Mensaje de santidad.

         San Isidro Labrador no destacó por su ciencia terrena, pues su trabajo de labrador le impidió dedicarse al estudio y a esto se le sumó el hecho de que en esa época la escolarización no estaba al alcance de toda la población, no le permitió destacarse en el conocimiento de la ciencia de los hombres. Sin embargo, San Isidro Labrador poseía otro conocimiento, infinitamente superior al conocimiento terreno, y era la sabiduría celestial, la sabiduría que proporciona la fe. Y puesto que el conocimiento que da la fe proviene directamente de Dios, es un conocimiento que supera infinitamente a los más altos conocimientos que pueda adquirir un hombre con la ciencia humana. Este conocimiento de la fe, infundido en el bautismo pero que debe ser acrecentado con actos de fe, de piedad y de devoción por el bautizado, le permitía saber a San Isidro Labrador lo que otros no sabían: San Isidro sabía que un matrimonio vivido en castidad y pureza eran una participación al matrimonio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa y por eso se destacó en su matrimonio, viviéndolo en santidad; San Isidro sabía que la oración es el alimento del alma, así como el alimento terreno es lo que da fuerzas y vida al cuerpo y por eso dedicaba gran parte del día a la oración; San Isidro sabía que la Santa Misa es el tesoro más grande de la Iglesia Católica, porque posee algo que vale más que el universo y más que los cielos eternos y es la Eucaristía y por eso se esforzaba por asistir a la Santa Misa todos los días de su vida, aún con riesgo de su trabajo; San Isidro sabía que la Eucaristía vale más que los cielos eternos, porque la Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma  y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y sabía que por la comunión, el Dios Tres veces Santo, Jesús de Nazareth, venía a inhabitar en su alma y por eso trataba de comulgar, con el alma confesada, todas las veces que podía. San Isidro sabía el valor de su Iglesia, la Iglesia Católica y por eso la amaba más que a nada en el mundo y jamás se le habría ocurrida dar ni el más pequeño paso que lo llevara fuera de la Iglesia, como muchos hacen hoy, que despreciando los tesoros de la Iglesia, quieren incluso hasta ser borrados de las actas de bautismo. Por intercesión de San Isidro, pidamos la gracia de poseer la sabiduría y el amor divinos por la Santa Misa y la Eucaristía que poseía San Isidro Labrador.
        

sábado, 5 de mayo de 2018

Fiesta de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago



         Vida de santidad[1].

         Felipe nació en Betsaida; fue primero discípulo del Bautista y más tarde siguió a Cristo. Santiago, primo hermano del Señor, hijo de Alfeo, fue obispo de Jerusalén, escribió una carta canónica. Llevó una vida de gran mortificación y convirtió a muchos judíos. Recibió la corona del martirio el año 62.

         Mensaje de santidad.

         Además de sus vidas personales, el mensaje de santidad que nos dejan los Apóstoles es el legado de la verdadera Fe católica, lo cual nos previene de caer en errores, cismas, herejías.
         Precisamente, uno de los Padres de la Iglesia hace el siguiente comentario acerca de este legado apostólico. Dice así Tertuliano[2]: “Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones”. Si bien Cristo Jesús predicó “abiertamente a todo el pueblo”, en otras ocasiones predicó a los Apóstoles, puesto que ellos habían sido elegidos para continuar su prédica “a todas las naciones”, al haber sido elegidos para ese fin específico. Es de esta prédica de donde deriva nuestra fe.
Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Aunque uno de ellos defeccionó –Judas Iscariote, el traidor- los demás se mantuvieron firmes en la fe y fueron enviados por todo el mundo para “adoctrinar a los hombres” y bautizarlos en nombre de la Santísima Trinidad.
Los apóstoles -palabra que significa “enviados”-, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe. Los Apóstoles “obtuvieron la fuerza del mismo Espíritu Santo” y con esta fuerza y sabiduría es que fueron a todo el mundo a predicar la Buena Noticia de Jesucristo Salvador.
“De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas”. Las Iglesias que los Apóstoles fundaron se llaman “apostólicas” lo cual significa que la fe que profesan es la fe de los Apóstoles, de aquellos que fueron adoctrinados personalmente por el Logos de Dios encarnado y por el Espíritu Santo. La Iglesia en su conjunto recibe el nombre de “Apostólica” porque su fe fundante no es doctrina de hombres, sino derivada de los Apóstoles, fe la cual, como hemos visto, proviene del mismo Jesucristo y del Santo Espíritu de Dios.
Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica. Todas las iglesias apostólicas forman una misma unidad de fe porque todas han sido fundadas en la tradición apostólica. La unidad en la fe es signo de la Presencia del Espíritu Santo en la Iglesia universal y en las iglesias locales –apostólicas- derivadas de la universal. Quien se aparta de esta fe, se aparta de la verdadera y única Iglesia de Dios.
El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta. Si alguien quiere permanecer siempre en la Verdad de Jesucristo y no caer nunca en el error del cisma y la herejía, lo que debe hacer es mantenerse siempre firme y fiel a la fe de los Apóstoles, contenida en el Credo.
El Señor había dicho en cierta ocasión: Tendría aún muchas cosas que deciros, pero no estáis ahora en disposición de entenderlas; pero añadió a continuación: Cuando venga el Espíritu de verdad, os conducirá a la verdad completa; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de verdad les daría el conocimiento de la verdad completa. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos. La fe que nos transmitieron los Apóstoles es la única fe que proviene de Dios, pues el Espíritu Santo en Persona “bajó sobre ellos” y los adoctrinó con la Sabiduría de Dios. No hay otra fe posible que la Santa Fe Católica, fundada sobre los Apóstoles.




[2] Cfr. del Tratado de Tertuliano, Sobre la prescripción de los herejes; Cap. 20, 1-9; 21, 3; 22, 8-10: CCL 1, 201-204.


viernes, 4 de mayo de 2018

El Sagrado Corazón y las comuniones sacrílegas



         Muchas veces pensamos que nuestras comuniones son algo común, intrascendente, a juzgar por la manera indiferente y la falta de preparación interior -actos de fe, de amor y adoración- con la cual comulgamos. Pensamos que basta con levantarnos del asiento y acercarnos a comulgar, para luego volver a nuestro lugar y esperar el fin de la Santa Misa. Pensamos que no importa lo que pensemos en el momento de la comunión, que casi nunca es, paradójicamente, pensar en la comunión, sino en los asuntos más banales e intrascendentes. Pensamos que no importan nuestros pensamientos, ni lo que hayamos hecho más o menos recientemente, ni el estado en el que está nuestra alma al momento de comulgar. Creemos que la comunión pasa desapercibida, como pasa desapercibido quien en la multitud come un poco de pan a escondidas. Y sin embargo, Jesús en la Eucaristía tiene ante sí nuestros pensamientos más ocultos y nuestros deseos más ocultos, sobre todo en el momento de la comunión. Y se queja de nosotros, los cristianos católicos, que deberíamos comulgar y llorar de alegría en cada comunión, si al menos no exteriormente, por lo menos sí interiormente. Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, refiriéndose a las comuniones –en donde recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús- de los cristianos: “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”[1].
         Si nos parecen duras las palabras del Señor, es porque más duros son nuestros corazones en el momento de comulgar.

jueves, 3 de mayo de 2018

San Martín de Porres y su ejemplo de santidad



         Hermano religioso, fue peluquero y enfermero antes y durante su profesión religiosa[1]. Fundó un Asilo para huérfanos e indigentes. Rezaba todos los días y por largas horas frente a un gran crucifijo y a Él le contaba todo lo que le pasaba, sus penas, sus alegrías, sus trabajos y a Él y a la Virgen le pedía por todos los que acudían a él para pedirle algún favor.
         Tenía el don de la bilocación, por lo que se lo veía fuera del convento, visitando enfermos, o en países tan lejanos como China y Japón, consolando a misioneros desanimados, todo sin salir de su convento.
         Un día sucedió que llegaron enemigos a hacerle daño, pero San Martín rogó a Dios que lo hiciera invisible, de modo que estos no lo vieron y se retiraron sin hacerle nada.
         Amaba a los animales en cuanto creaturas de Dios; les hablaba y ellos entendían. Lograba que diferentes especies animales –gatos, perros, ratones- comieran de un mismo plato, sin pelearse entre ellos. Una vez terminó con una plaga de ratones, hablándoles y diciéndoles que fueran a la huerta y no a la sacristía.
         Por su fama de santidad y por los milagros, lo consultaban desde el Virrey hasta los más indigentes y atendía a todos, sin hacer distinción por nadie. Toda la limosna que conseguía, la repartía entre los indigentes.
         Pero el ejemplo de santidad que nos deja San Martín no son sus milagros, sino su oración frente al crucifijo y a la imagen de la Virgen y su caridad para con todos sus hermanos, sobre todo, los más necesitados. Así, San Martín demostraba que vivía cabalmente el primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.