San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 3 de mayo de 2018

San Martín de Porres y su ejemplo de santidad



         Hermano religioso, fue peluquero y enfermero antes y durante su profesión religiosa[1]. Fundó un Asilo para huérfanos e indigentes. Rezaba todos los días y por largas horas frente a un gran crucifijo y a Él le contaba todo lo que le pasaba, sus penas, sus alegrías, sus trabajos y a Él y a la Virgen le pedía por todos los que acudían a él para pedirle algún favor.
         Tenía el don de la bilocación, por lo que se lo veía fuera del convento, visitando enfermos, o en países tan lejanos como China y Japón, consolando a misioneros desanimados, todo sin salir de su convento.
         Un día sucedió que llegaron enemigos a hacerle daño, pero San Martín rogó a Dios que lo hiciera invisible, de modo que estos no lo vieron y se retiraron sin hacerle nada.
         Amaba a los animales en cuanto creaturas de Dios; les hablaba y ellos entendían. Lograba que diferentes especies animales –gatos, perros, ratones- comieran de un mismo plato, sin pelearse entre ellos. Una vez terminó con una plaga de ratones, hablándoles y diciéndoles que fueran a la huerta y no a la sacristía.
         Por su fama de santidad y por los milagros, lo consultaban desde el Virrey hasta los más indigentes y atendía a todos, sin hacer distinción por nadie. Toda la limosna que conseguía, la repartía entre los indigentes.
         Pero el ejemplo de santidad que nos deja San Martín no son sus milagros, sino su oración frente al crucifijo y a la imagen de la Virgen y su caridad para con todos sus hermanos, sobre todo, los más necesitados. Así, San Martín demostraba que vivía cabalmente el primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

miércoles, 2 de mayo de 2018

San Atanasio



San Atanasio de Alejandría y San Cirilo.

         Vida de santidad[1].

          Nació en Alejandría, Egipto, hacia el año 297. Es considerado el principal opositor a la herejía arriana -arrianismo- y Padre de la ortodoxia. Fue proclamado doctor por Pío V en el año 1568.

         Mensaje de santidad.

San Atanasio escribió un texto llamado “Credo Atanasiano”[2], en el que condensaba, sintéticamente, la esencia de la Fe católica. En estos tiempos de oscuridad y confusión aun dentro de la Iglesia Católica, el Credo Atanasiano es más actual que nunca, por lo que lo analizaremos para su meditación. El Credo Atanasiano dice así (el texto en cursiva es nuestro):
“Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre”. Ante todo, San Atanasio habla de la necesidad de una salvación, la cual es, para el cristiano, del abismo del Infierno. En efecto, no es una salvación moral, ni existencial, ni de orden afectivo, ni material, sino espiritual y en la otra vida: es la salvación que significa no caer en el lago de fuego del Infierno: “Todo el que quiera salvarse”. Luego dice que “es menester mantener la Fe católica”, pues si no se la mantiene, “íntegra e inviolada”, el alma “perecerá para siempre” en el lago de fuego. San Atanasio habla de una “Fe católica”, esto es, no la fe de los protestantes, ni de los cismáticos, ni de los herejes, ni de los sectarios, sino la Fe católica, la fe contenida en el Credo, llamado también “Símbolo de los Apóstoles”.
“Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado, sino que procede”. En este largo párrafo, San Atanasio explica cuál es la gloria de la fe católica y es el creer que Dios es Uno y Trino, que en Él hay un solo Ser divino trinitario y una sola naturaleza divina y que hay Tres Personas Divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, siendo cada Persona Dios en sí mismo y no por eso hay tres dioses, sino un solo Dios en Tres Personas distintas. De aquí que el Dios de los católicos no es el Dios de las otras religiones, puesto que los judíos creen en Dios Uno pero no Trino; los musulmanes, creen en Dios Uno pero no reconocen la divinidad del Hijo ni del Espíritu Santo y así, con muchos otros errores, las demás iglesias construidas por el hombre y mucho más todavía, las sectas, cloacas de todas las herejías. La gloria del católico es creer en la Santísima Trinidad, en Dios, que es Uno y Trino.
“Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha sentir de la Trinidad”. San Atanasio vuelve a refrendar la verdadera fe católica: creer en Dios Uno y Trino; creer en las Tres Divinas Personas, que son coeternas, coiguales, cosubstanciales, y no hay tres dioses, sino uno solo, de manera tal que el católico debe venerar y adorar tanto la unidad en la Trinidad como la Trinidad en la unidad, lo que podríamos decir, la Triunidad. No hay otra fe que salve al hombre que esta fe católica, la fe en la Santísima Trinidad.
“Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo”. Pero además de la unidad en la Trinidad y en la Trinidad de la unidad, el católico debe creer firmemente que la Segunda Persona de la Trinidad, el Logos Eterno del Padre, se encarnó en la humanidad de Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, ante el cual nos postramos y lo adoramos en su humanidad santísima y en su santísima divinidad.
“Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre”. Los católicos confesamos que Jesús de Nazareth, Nuestro Señor Jesucristo, no es ni solo hombre, ni solo Dios, sino el Hombre-Dios, verdadero hombre y verdadero Dios; Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, para que los hombres, por su gracia, seamos hechos copartícipes de su divinidad.
“Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad”. Es Dios Eterno engendrado en el seno eterno del Padre; es hombre perfectísimo, engendrado en el tiempo, por Dios Espíritu Santo, en el seno virginal de María Santísima; su alma es racional y su cuerpo es de carne, huesos y músculos, como los de cualquier hombre, pero unidos a la hipóstasis o Persona divina del Verbo Eterno del Padre. Por eso, es inferior al Padre solo en esta naturaleza humana, porque el Padre no se encarnó, pero es igual al Padre en cuanto su naturaleza y su Acto de ser divino trinitario, el mismo Acto de ser divino trinitario del Padre y del Espíritu Santo, y por eso el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, merece la misma adoración y gloria que se le tributan al Padre y al Espíritu Santo.
“Mas aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios”. Cristo Jesús es uno solo, no un hombre y un Dios, sino un solo Hombre-Dios, y no porque la divinidad haya sido asumida en la divinidad, sino al contrario, porque la humanidad fue asumida en la divinidad.
“Uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo”. Cristo es uno no porque en Él se confundan las naturalezas humana y divina, sino porque ambas naturalezas, sin confusión, están unidas en la unidad de la Persona divina, la Persona del Hijo Eterno del Padre.
“El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno”. Y este Hombre-Dios adquirió un Cuerpo en el seno de la Virgen y a ese Cuerpo lo ofreció en holocausto santísimo por nuestra salvación; murió en la cruz, resucitó, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final, para dar a los buenos el cielo y a los malos el infierno, según sean sus obras libremente realizadas.
“Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse”. Sin la fe católica, la enunciada en el Credo de los Apóstoles y desmenuzada en el Credo Atanasiano, nadie podrá salvarse. A esto podemos agregar que todo lo que decimos de Cristo Jesús, lo decimos de la Eucaristía, puesto que la Eucaristía es Él, el Cordero de Dios, Presente en Persona, oculto en apariencia de pan que viene a nuestros corazones por la comunión eucarística para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico y esto es así de tal manera que, si no se cree en la Eucaristía, no se tiene fe católica y no hay salvación posible.

martes, 1 de mayo de 2018

San José, obrero de Dios, por Dios y para Dios


Esta fiesta fue instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955. Por la misma, se honra a San José en su profesión de carpintero y en su condición de sostenedor económico de la Sagrada Familia.
Ese mismo día, el Santo Padre Pío XII dijo a los trabajadores reunidos en la Plaza de San Pedro: “El humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”. San José experimentó la dureza de la pobreza y de una vida de sacrificios, pero no por esto se rebeló de forma violenta contra los que más tenían. Su mayor riqueza era su Familia, la Sagrada Familia de Nazareth, en la que resplandecía su Hijo Dios, que al mismo tiempo que era su Hijo adoptivo, era el Dios que lo había creado, y ahora se encarnaba para redimirlo y santificarlo por el Don del Espíritu Santo. Su otra mayor riqueza era su Esposa meramente legal, la Santísima Virgen María. San José se santificó con su trabajo, no lo usó como herramienta para atacar “a las clases superiores”. Era consciente de que el trabajo debía ser dedicado a Dios, para santificarse él por medio del trabajo. San José fue elegido por Dios, con lo que él era y él era carpintero, un oficio humilde pero digno. Fue Dios quien quiso que el hombre en quien más confiaba en esta tierra para darle el cuidado de Dios Hijo y de la Esposa del Espíritu Santo fuera un obrero, por lo tanto fue Dios quien quiso que San José fuera obrero de Dios, para Dios, con Dios. Éste es el verdadero y único significado del Día del Trabajador y el modelo para todo trabajador cristiano es San José y sólo San José. Como San José, todo trabajador cristiano debe ser trabajador de Dios, para Dios y con Dios y así santificarse en su trabajo.
Ahora bien, otra cosa muy distinta es el establecimiento del 1º de Mayo como Día del Trabajador, el cual no se debe a la Iglesia, sino al Comunismo, derivado a su vez de la Revolución Francesa, la cabeza de hidra o la caja de Pandora de donde salieron todo tipo de males para la humanidad.
La II Internacional comunista proclamó en el año 1889 al 1º de Mayo como “fiesta revolucionaria del trabajo”, en oposición radical a la consideración del trabajo como medio de santificación del trabajador. Para contrarrestar esta nefasta influencia del trabajo como “fiesta revolucionaria” contra Dios, el Papa León León XIII publicó, también en 1889, la Quamquam pluries. Tiempo después, el marxismo internacional fundó la III Internacional que consagró la hegemonía del Partido Comunista, que tantos males traería al mundo, puesto que llevaría a cabo la concreción de la idea del trabajo como acción humana que desafía al reinado social de Jesucristo. El comunismo y el socialismo -expresión falsamente democrática del comunismo- fueron ideologías surgidas del satanista confeso Carlos Marx y desde un inicio se mostraron como mortales enemigos de la Iglesia y del obrero cristiano. Para preservar a los obreros cristianos de la influencia atea y materialista de estas ideologías, es que los Papas consideraron oportuno advertir a los fieles y confiarlos al cuidado de San José.
Por esto mismo, el socialismo fue condenado por Su Santidad León XIII en la encíclica Quod Apostolici Muneris, ya que sus principios -negación de Dios y de la Iglesia, supresión de toda autoridad, igualdad absoluta de todos los hombres en la esfera jurídica y en el plano político, disolubilidad del vínculo matrimonial y por consiguiente disolución de la familia, abolición del derecho a la propiedad privada, acción política demagógica sostenida por una propaganda revolucionaria y dirigida de modo violento contra otras clases sociales- constituían una clara amenaza contra el orden social cristiano que reconoce a Cristo como Rey de las personas, de las familias y de las naciones.
En el Motu Proprio Bonum sane et salutare, el Papa Benedicto XV, el 25 de julio de 1920, advirtió a los fieles respecto del socialismo y el gobierno mundial, al tiempo que los confiaba al cuidado de San José:
“Por lo tanto, hemos de deplorar mucho más que antes que las costumbres sean más libres y depravadas y que, por la misma razón, se agrave cada día más la que llaman causa social, de modo que debemos temer males de gravedad extrema… Pues, en los deseos y la expectativa de cualquier desvergonzado se presenta como inminente la aparición de cierta República Universal… y en la cual no habría diferencia alguna de nacionalidades ni se acataría la autoridad de los padres sobre los hijos, ni la del poder público sobre los ciudadanos, ni la de Dios sobre los hombres unidos en sociedad… Si esto se llevara a cabo no podría menos de haber una secuela de horrores espantosos; hoy día ya existe esto en una no exigua parte de Europa que los experimenta y siente. Ya vemos que se pretende producir esa misma situación en los demás pueblos; y que, por eso, ya existen aquí y allá grandes turbas revolucionarias porque las excitan el furor y la audacia de unos pocos… Por la misma razón, para retener en su deber a todos los hombres que se ganan el sustento por sus fuerzas y su trabajo donde quiera vivan y conservarlos inmunes del contagio del socialismo que es el enemigo más acérrimo de la sabiduría cristiana, ante todo les proponemos fervorosamente a San José para que lo elijan como guía particular de su vida y lo veneren como patrono”.  San José, entonces, es el verdadero y único patrono de los trabajadores, de aquellos trabajadores que quieren santificarse por su trabajo y no utilizarlo como mero pretexto de ideologías anti-cristianas para subvertir el orden natural y cristiano.
El Papa Pío XI, sucesor de Benedicto XV y viendo la creciente amenaza en contra de la Iglesia de la pestilente secta comunista, profundizó en la idea de San José como patrono de los trabajadores, idea que habría de contrarrestar la pestilente influencia del comunismo en las clases trabajadoras: “Para acelerar la paz de Cristo en el reino de Cristo, por todos tan deseada, ponemos la actividad de la Iglesia católica contra el comunismo ateo bajo la égida del poderoso Patrono de la Iglesia, San José”. Mientras el comunismo pretende que el trabajo sea un instrumento para esclavizar a las masas y controlarlas para instaurar una sociedad atea y regida por el comunismo, el Patrocinio de San José, por el contrario, defiende a los trabajadores de estas ideas perversas y los tutela para que, por el trabajo, se santifiquen y así conquisten el Reino de los cielos.
San José es un genuino representante de los trabajadores; siendo Padre adoptivo de Dios Hijo y por ello, perteneciendo a la nobleza celestial y poseyendo una fortuna incalculable desde el punto de vista espiritual, sin embargo perteneció a la clase obrera y experimentó personalmente el peso de la pobreza en sí mismo y para mantener económicamente a la Sagrada Familia, de la que era padre solícito y abnegado, tuvo que trabajar arduamente, a pesar de la riqueza espiritual mencionada -de hecho, murió de neumonía por causa de su trabajo, al enfermarse gravemente en medio de una tormenta, cuando se dirigía a cumplir un encargo-. Cumpliendo con toda fidelidad los deberes diarios de su profesión y todavía más, porque fue él quien protegió al Divino Niño cuando Herodes envió a sus sicarios para matarlo, San José es un ejemplo insuperable de vida para todos los que tienen que ganarse el pan con el trabajo de sus manos. Después de merecer el calificativo de justo (2 Pe 3, 13; cfr. Is 65,17; Ap 2,1), ha quedado como ejemplo viviente de la justicia cristiana, que debe regular la vida social de los hombres, además de ser ejemplo de santidad y de cómo un trabajador puede y debe santificarse por el trabajo, convirtiendo su lugar de trabajo en altar que se ofrece a Dios para su mayor honra y gloria.
Finalmente, fue el Papa Pío XII quien estableció que la fiesta de San José Obrero se celebre anualmente en la Iglesia Universal el 1 de mayo, fecha elegida específicamente para contrarrestar el feriado predominantemente socialista y comunista, conocido como “Día internacional de los trabajadores” o “Primero de Mayo”. En su discurso a los trabajadores italianos el Papa Pío XII, el 1° de mayo de 1955 dijo a los trabajadores: “Si quieres estar cerca de Cristo, te repito “Ite ad Ioseph”: ¡Ve a José!”. El Santo Padre no dice a los trabajadores: “Ve a Marx”, sino “Ve a José”. Marx es instaurador de la religión del odio, el comunismo, porque esta secta lo que hace es instaurar artificialmente el odio entre las clases sociales, además de exacerbarlo exprofeso. Dice así el Santo Padre: “El Cristianismo se funda en el amor, el marxismo parte del odio, de la lucha de clases, cree en el inmisericorde aniquilamiento de los adversarios. El Cristianismo es un llamado a todos los hombres, el marxismo convoca sólo a los proletarios, a los explotados. Uno cree en la Redención, el otro en la revolución”. Y una revolución no del hombre contra el hombre, sino del hombre contra Dios, porque es la revolución del ángel caído trasladada a los hombres.
El comunismo encierra un falso ideal de aparente redención y es falso porque es materialista y ateo por esencia y por lo tanto, “intrínsecamente perverso”. Su método para lograr el poder es enfrentar a las clases sociales por el odio y azuzar la lucha entre ellas. La difusión del comunismo se explica por las deslumbradoras promesas que hacen a los incautos -son los “espejitos de colores” con los que engañan a los hombres- y a los ignorantes, apoyándose en las injusticias del régimen económico liberal y es así como vemos hoy en tantas partes del mundo la difusión de los errores del comunismo, por medio del marxismo cultural. Las palabras de la Virgen en Fátima son de una actualidad estremecedora: “Si no se consagra a mi Inmaculado Corazón, Rusia esparcirá sus errores [esto es, el comunismo, N. del R.] por todo el mundo”. Y esta difusión de los errores del comunismo -con su secuela de violencia, destrucción, miseria y muerte por donde se asienta- es lo que estamos viviendo hoy, incluso dentro de la Iglesia Católica, con la Teología de la Liberación”. Por todo esto, no cabe duda de que el patrocinio de San José Obrero, es de inusitada urgencia.

Los trabajadores católicos no deben dejarse manipular por la secta comunista, que pretende utilizar el Día del Trabajador como una herramienta de control social dirigida a la destrucción del orden natural cristiano y deben acudir a San José, para amar a Dios en el trabajo y así santificarse, como dice el Papa Pío XII: “Ve a José”, Ite ad Joseph.

viernes, 27 de abril de 2018

Santo Toribio de Mogrovejo



         Una de las frases más repetidas por el santo era: “¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”[1].
Pero no solo la repetía, sino que llevó a cabo lo que predicaba, a juzgar por la inmensidad de obras realizadas por el santo: fue el verdadero organizador de la Iglesia en América, a través de los diez sínodos diocesanos y los tres sínodos provinciales, de los cuales el más importante fue el primero, que se celebró en Lima en 1582 y cuya eficacia se puede comparar con la del concilio de Trento; en 1591 fundó el primer seminario de América; intervino con energía contra los derechos particulares de los religiosos, a quienes estimuló para que aceptaran las parroquias más incómodas y pobres; casi duplicó el número de las “Doctrinas” o parroquias, que pasaron de 150 a más de 250[2].
¿Por qué los santos pueden llevar esta frase -“¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”- a su máximo cumplimiento? Porque en el tiempo en el que vivían en la tierra, en el tiempo terreno, vivían ya en la eternidad, de modo anticipado, gracias a la Eucaristía. ¿Por qué? Porque la Eucaristía es Jesús, el Hijo de Dios encarnado y Dios “es su misma eternidad”, dice Santo Tomás de Aquino. Esto quiere decir que quien comulga –por supuesto que en gracia, con fe, con devoción y con amor-, posee en sí mismo a algo más grande que la misma eternidad y es Dios en Persona. Y la Presencia de Dios en Persona en el alma hace que las obras hechas en el tiempo –como las obras realizadas por santos como Santo Toribio de Mogrovejo- sean obras que perduren para la eternidad. Sólo la Eucaristía es la que explica la multiplicidad de obras realizadas por los santos, obras que perduran en el tiempo y que van más allá del tiempo, hacia la eternidad, porque son obras que se originan en la eternidad y que tienden a la eternidad.
“¡E1 tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar de él estricta cuenta!”. No desaprovechemos el tiempo comulgando de modo distraído; no desaprovechemos el tiempo dejando pasar el tiempo de la Adoración Eucarística; no desaprovechemos el tiempo y corramos a escuchar los latidos del Corazón del Dios Tres veces Santo y Eterno, Jesús Eucaristía.

San Marcos Evangelista



         Vida de santidad[1].

         Según tradición eclesiástica, Marcos, llamado también Juan Marcos o simplemente Juan, es el autor de uno de los evangelios, además de ser el intérprete de griego que traducía las predicaciones de Pedro a oyentes de esa lengua. Su madre era una cierta María, siendo además primo de Bernabé y, probablemente, fuera de estirpe sacerdotal como él. La tradición afirma por una parte que Marcos nunca habría oído personalmente la predicación del Señor, mientras que otros sostienen que tal vez haya conocido al grupo de seguidores sin llegar a ser propiamente discípulo[2]. A San Marcos se le representa como un león alado en relación a uno de los cuatro seres vivientes del Apocalipsis. Hay quienes consideran que esto se debe a que el Evangelio de San Marcos inicia con Juan Bautista clamando en el desierto, a modo de un león que ruge[3].

         Mensaje de santidad.

De su relato se desprende que es una persona observadora, lo cual se ve en la narración de ciertos detalles que es pasado por alto por otros. Por ejemplo, sólo Marcos destaca el verdor de la hierba –hablaría de un tiempo o más bien de una estación primaveral- sobre la que Jesús hizo sentar a la muchedumbre hambrienta antes del milagro de la multiplicación de panes y pescados por primera vez.
Lo más importante se refiere a las grandes líneas de su Evangelio por medio del cual podemos conocer aspectos de la vida y del misterio salvífico del Redentor, Cristo Jesús. Una primera característica, sumamente valiosa frene a quienes niegan la historicidad de Jesús, es que en su Evangelio posee una fuerte credibilidad histórica, además de un valor teológico del todo particular. Presenta a Jesús en un inicio como un mesías que es bien recibido por la gente, pero muy pronto esta misma gente se da cuenta que el mesianismo de Jesús es claramente espiritual –en efecto, viene a liberarnos definitivamente de los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Muerte-, lo cual contrasta fuertemente con el mesías meramente terreno y político de una corriente de los judíos, según la cual los habría de liberar de los enemigos terrenos y temporales como los soldados romanos y su Imperio.
Este mesianismo espiritual y celestial, opuesto radicalmente al mesianismo humano y temporal propio de las expectativas reivindicatorias de los judíos nacionalistas, provocó una gran decepción entre el populacho. De esta manera, al disminuir el entusiasmo inicial, Marcos nos muestra a un Jesús que se retira de Galilea para dedicarse por completo a la instrucción  de los discípulos, quienes por boca de Pedro confiesan la divinidad de su Maestro. Es decir, mientras la masa permanece ignorante de su divinidad, ésta se manifiesta abiertamente a sus Apóstoles, pero este hecho viene provocado por la misma masa al rechazar el mesianismo celestial y espiritual y preferir seguir esperando un mesías terreno. Es, en esencia, el error de valoración cometido por el judaísmo en su conjunto y que persiste durante los siglos, hasta el día de hoy. Luego, el relato del Evangelista Marcos se concentra en la Ciudad Santa, Jerusalén, en donde el Mesías Jesús habrá de llevar a cumplimiento el plan salvífico encomendado por el Padre desde la eternidad. A medida que la hora de Jesús se acerca, crece la animosidad tanto de la clase dirigente política y religiosa judía, como del populacho, animosidad que culminará –ayudada por la traición de Judas- en el arresto y el juicio inicuos, la condena a muerte y el cumplimiento de la Pasión, la cual no termina en el fracaso meramente aparente de la Cruz, sino que se prolonga hasta la triunfante resurrección del Día Domingo, llamado así por ser el día en el que el Señor Jesús volvió a la vida por sí mismo, resucitando como victorioso vencedor del Demonio, del Pecado y de la Muerte.
En el Evangelio de Marcos es un elemento central el carácter mesiánico de Jesús, aunque es un Mesías que no se corresponde, como vimos, al que esperaban los judíos. Se trata de un Mesías infinitamente superior al que ellos esperaban y que libera no solo a Israel, sino a toda la humanidad, no de un imperio terreno, como el imperio romano, sino del Príncipe de las tinieblas, el Ángel caído. En Marcos, el Mesías es humillado como si fuera un siervo, a causa de la maldad, la ignorancia y la ceguera de los hombres, que lo condenan a muerte en cruz. Pero este mismo Mesías es exaltado por Dios, a causa, precisamente, de su mansedumbre y humildad. Quien reconozca a este Mesías presentado por el Evangelista Marcos –por otra parte, el único-, será también, como Él, humillado en esta vida por la cruz, pero será exaltado en la vida eterna, como Cristo, por el Padre, en el Reino de los cielos.

sábado, 21 de abril de 2018

San Jorge lucha contra el Dragón


         

        
         Vida de santidad[2].

         Nació en Palestina, la tierra de Jesús, en un lugar llamado Lydda[1]. A pesar de la popularidad de San Jorge, se conocen muy pocos datos de él, y casi todas sus noticias se basan en leyendas y tradiciones que han pasado de boca en boca a lo largo de los siglos[3]. Todos los historiadores y escritores de libros de santos, suelen coincidir en que fue un soldado romano, nacido en el siglo III en Capadocia (Turquía) y que falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Sus padres, según la tradición, eran labradores y tenían mucho dinero. Desde muy joven ingresó en el ejército romano y se caracterizó siempre por su valentía, llegando a alcanzar el grado de capitán.
         La tradición más difundida de San Jorge[4] es la del dragón, en la cual se nos presenta a nuestro santo como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho animal exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo. Con el paso del tiempo, los ganaderos se quedaron casi sin ovejas por lo que el dragón exigió que se le entregara cada día una persona viva, que sería escogida por sorteo. Un buen día, le tocó en suerte ser entregada a la hija del rey pero, cuando el monstruo estaba a punto de devorarla, San Jorge la salvó (por este motivo, San Jorge es también Patrono de los enamorados).
         Ahora bien, en esta tradición se nos presenta una dificultad y es la naturaleza del ser monstruoso a la que San Jorge se enfrentó. Algunos piensan que podría haber sido un animal de gran porte –como por ejemplo, un caimán-, pero la tradición hace difícil que sea un caimán, un lagarto gigante o algo similar, porque estos animales no hablan ni ponen las exigencias de que se les entreguen animales o personas. Lo más probable es que se haya tratado del Demonio en persona, puesto que el Demonio es descripto en la Biblia como un dragón, como por ejemplo, en el Apocalipsis. Y el Demonio sí puede hablar y comunicarse con los humanos y exigirles la entrega de sus bienes o de sus almas. Además, a San Jorge se lo representa siempre con una lanza embistiendo a un dragón y no a un caimán. Por esta razón, pensamos que lo más seguro es que se trató del Demonio en persona y que San Jorge, armado con la lanza de la Palabra de Dios y escudado con la Fe en el Hombre-Dios Jesucristo, lo enfrentó y lo venció. Se trataría de una manifestación extraordinaria del Demonio, manifestación que no es frecuente, como la palabra lo indica, pero que sí sucede.
Siendo así, San Jorge no vaciló en atacar con gran valentía y coraje al Demonio, poniéndolo en fuga y salvando así la vida de la doncella. Además de esta victoria en la lucha, obtuvo otra victoria en la predicación y fue la conversión de numerosas gentes que, escuchándolo hablar del misterio pascual de muerte y resurrección de Jesucristo, se convirtieron a la verdadera religión, la religión católica, haciéndose bautizar.
Continuó un tiempo más al servicio del ejército romano, pero luego se dio cuenta que el Verdadero Capitán era Nuestro Señor Jesucristo y que el ejército que habría de salvar al mundo era el ejército de la Virgen, por lo que repartió sus bienes entre los pobres y renunció a su carrera militar.
Fue en ese entonces que el emperador Diocleciano mandó que todos debían, obligatoriamente, que adorar ídolos o dioses falsos –sucede hoy en países comunistas como Corea del Norte y China, en donde las figuras de los líderes reemplaza al crucifijo- y prohibió adorar a Jesucristo. Pero San Jorge, al enterarse de esta orden inicua, declaró que él nunca dejaría de adorar al Hombre-Dios Jesucristo y que jamás adoraría ídolos.
Entonces el emperador declaró pena de muerte contra él, por lo que fue arrestado, encadenado y conducido a prisión, para luego ser sacado de allí y ser llevado al sitio de su muerte. Cuando pasaban por el templo de los ídolos, se detuvieron para ver si San Jorge, ante la proximidad de la muerte, se arrepentía de su decisión y se decidía a adorar a los ídolos, traicionando a Jesús. Pero entonces sucedió algo impensado y que no puede explicarse humanamente: ante la presencia de San Jorge, varias de esas estatuas de ídolos cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Con toda seguridad, era el Ángel de la Guardia de San Jorge la que arrojaba a esos ídolos al suelo, o aunque también podría haber sido Nuestro Señor Jesucristo en persona. Viendo que no podían hacerlo desistir, continuaron con la orden del emperador de ajusticiar al santo. En su muerte, hubieron varios episodios que hicieron pensar que San Jorge no solo imitaba sino que participaba de la Pasión de Jesús, porque hizo muchas cosas similares a Jesús: por ejemplo, Jesús no lloró ni se quejó en la flagelación, ofreciendo sus dolores al Padre por nuestra salvación; de la misma manera San Jorge, mientras lo azotaban, él se acordaba de los azotes que le dieron a Jesús, y no abría la boca y sufría todo por Nuestro Señor sin gritar ni llorar. Al verlo sufrir de modo tan valiente, muchos se convertían, exclamando: “Es muy valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. Antes de morir dijo, imitando nuevamente a Jesús y participando de su Pasión: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Dijo una de las palabras que dijo Jesús en la cruz, antes de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esto indica que el Espíritu de Cristo estaba en San Jorge. Al oír la noticia de que se acercaba la hora en que lo habrían de decapitar, se puso contento porque, al igual que Jesús en la Última Cena, sabía que “había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”, con lo cual, a pesar de morir con el cuerpo, seguiría viviendo con su alma, alabando y glorificando a Dios Trino y el Cordero.
Desde su muerte, su culto se difundió y alcanzó gran celebridad desde muy antiguos tiempos en la Iglesia. La Iglesia de Oriente lo llama “El gran mártir”, siendo proclamado como patrono por los reyes, como el rey de Inglaterra. En efecto, en tiempos de Las Cruzadas, el rey Ricardo Corazón de León se convenció en Tierra Santa de que San Jorge tenía un gran poder de intercesión en favor de los que lo invocaban y llevó su devoción a Europa, especialmente a Inglaterra.

La Cruz de San Jorge

Un elemento especial merece una mención especial y es la denomianda “Cruz de San Jorge”. En las imágenes en las que se representa al santo, en el escudo, se representa siempre una cruz roja sobre fondo blanco. Esta cruz es la que se conoce como “Cruz de San Jorge” y figura en muchas representaciones gráficas de Jesucristo resucitado, donde sale victorioso del sepulcro. Es decir, en muchas de las representaciones de Cristo resucitado, el Señor aparece con un estandarte idéntico a la Cruz de San Jorge. La cruz, vista con ojos humanos y sin fe, es símbolo de derrota y de muerte, pero a partir de la muerte de Cristo en ella, se convierte en signo de victoria sobre el pecado, el Demonio y la Muerte, además de ser signo de Vida eterna. Eso es lo que significa la Cruz de San Jorge, porque no es otra cruz que la cruz de Cristo. Un aspecto curioso es que la Cruz de San Jorge es muy popular también en Cataluña, en donde se la llama: “La Creu de Sant Jordi”. Muchos escudos de entidades y ciudades lo llevan[5].

         Mensaje de santidad.

         Lo importante en San Jorge es, además de su fidelidad a Jesucristo hasta su muerte –eso es lo que caracteriza a todo santo- es que en él y en la historia de su vida, podemos ver una figuración de realidades sobrenaturales que nos atañen a todos nosotros.
         Así, por ejemplo, San Jorge sería el de un santo que actúa en nombre y con el poder participado de Jesucristo y así vence al Demonio; la lanza es la Palabra de Dios, que no es solo la Biblia, porque la Biblia es la Palabra de Dios escrita, sino también la Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada en apariencia de pan; el dragón o animal feroz es el Demonio; la doncella es el alma en gracia que, bajo los embates del Demonio, está en peligro de sucumbir bajo la tentación y caer en pecado mortal. El Dragón vencido es el Demonio vencido por Jesús en la cruz; la doncella rescatada, es el alma que, con la ayuda de la gracia de Jesucristo, no sucumbe al pecado mortal y continúa viviendo en gracia. 
         ¿Y la Cruz de San Jorge? La Cruz de San Jorge, que es la Cruz de Cristo, no puede estar solo en un escudo; debe estar plantada en el centro de nuestros corazones, para que de la Cruz, bajando la roja Sangre de Jesús, nos purifique y santifique el corazón y así lo prepare para el Cielo. El mensaje central de San Jorge sería la lucha contra el Demonio para no caer en la tentación y el arma principal contra esta lucha es la Cruz de Cristo.       



[1] Patronazgo y protección. Es el patrón de Cataluña, junto a Nuestra Señora de Montserrat. También lo es de Aragón y de los siguientes países: Georgia, Grecia, Inglaterra, Lituania, Polonia, Portugal, Rusia y Serbia. También es el patrón de los caballeros y de los "Boy Scouts", y, en Cataluña, de los enamorados y de algunos campesinos que le imploran por sus campos de cebada. Se le invoca para bendecir una casa nueva y contra las arañas.
[4] La historia de San Jorge fue escrita en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en su célebre obra “La Leyenda dorada”.
[5] Entre ellos el escudo de la ciudad de Barcelona y el del Fútbol Club Barcelona (el Barça). Incluso, la Generalitat (Gobierno de Cataluña) distingue cada año a personajes populares que han hecho algo positivo para Cataluña con la distinción de la “Creu de Sant Jordi” (Cruz de San Jorge).

jueves, 19 de abril de 2018

El Demonio no nos tentará como a San Expedito pero sí bajo otras formas



         A San Expedito el Demonio se le apareció bajo forma de cuervo; es decir, era el Demonio en persona, pero tenía la apariencia de un cuervo negro. Y bajo esa apariencia es que lo tentó y la tentación consistía en posponer la conversión “para mañana”.
         A nosotros, no se nos va a aparecer como un cuervo; de hecho, no se nos aparecerá visiblemente –gracias a Dios- de ninguna manera, pero igualmente nos tentará, porque como dice la Escritura: “El Demonio anda rondando como un león rugiente, buscando a quién devorar”. Esto quiere decir que el Demonio, que es muy astuto e inteligente, es también para nosotros invisible, con lo cual no nos damos cuenta de su presencia, aunque sí esté en la realidad (como en este momento, en medio de la misa). Además, cuenta con otra ventaja sobre nosotros: si bien no puede leer nuestros pensamientos porque solo Dios puede hacerlo, sí sabe, en cambio, cuál es nuestro punto débil. El Demonio sabe, mejor que nosotros, cuál es la tentación a la cual cedemos más fácilmente y así buscará hacernos caer en aquello en lo que estamos más débiles. Por ejemplo, a algunos los tienta con la ira, a otros, con la pereza, a otros, con la lujuria, a otros, con la infidelidad, a otros, con la superstición –y así los tienta para que, en vez de rezar a la Virgen el Rosario frente a las tribulaciones de la vida, acudan a los brujos, magos, chamanes y hechiceros-; a otros, los tienta con el robo; a otros, los tienta con la pereza espiritual de no querer confesarse, ni comulgar, ni rezar; a otros, los tienta con los ídolos neo-paganos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte; a otros, los tienta con la codicia, la avaricia y la envidia de los bienes ajenos; a otros, los tientan con la desesperación y la tristeza; a otros, los tienta con la gula; a otros, con soberbia –es el que no perdona ni pide perdón-, etc.
         Es decir, el Demonio, como dice el dicho, sabe “dónde nos aprieta el zapato” a cada uno en particular.
         Sin embargo, San Expedito, con su ejemplo de santidad, viene en nuestra ayuda, ya que cualquiera que sea nuestra debilidad saldremos siempre triunfantes, así como salió triunfante San Expedito: probablemente, San Expedito, antes de ser santo, estaba atacado por la pereza, por eso el Demonio le decía que deje la conversión para más adelante, pero salió vencedor, porque venció a la pereza con la prontitud y celeridad en la respuesta a la gracia y por eso es el Patrono de las causas urgentes.
         ¿Cómo venció San Expedito a las tentaciones del Demonio? Abrazándose a la Cruz de Cristo, amándolo y adorándolo en su corazón y reconociéndolo como su único Dios y Señor. San Expedito plantó la cruz de Cristo en su corazón y de la Cruz de Cristo obtuvo las gracias más que suficientes para vencer a cualquier tentación. Que a imitación de San Expedito nosotros también nos aferremos a la Santa Cruz de Jesús, para así salir triunfantes sobre la Tentación y el Demonio.