San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 23 de enero de 2018

San Ildefonso


Vida de santidad[1].        

San Ildefonso nació en Toledo, España, en el año 606 y murió en 669. Estudió en Sevilla bajo San Isidoro. Era sobrino de San Eugenio, Arzobispo de Toledo, al cual sucedió en el cargo. Entró a la vida monástica y fue elegido abad de Agalia, en el río Tajo, cerca de Toledo. Siendo abad, asistió al séptimo y octavo Concilio de Toledo, en 653 y 655, respectivamente[2]. En el 657 fue elegido arzobispo de esa ciudad. Unificó la liturgia en España; escribió muchas obras importantes, particularmente sobre la Virgen María. San Ildefonso tenía una profunda devoción a la Inmaculada Concepción XII siglos antes de que se proclamara dogmáticamente, destacándose en su obra literaria su tratado “De virginitate perpetua sanctae Mariae”. A su vez, la Virgen le favoreció con grandes milagros. El lenguaje mariano que se impuso en Toledo en tiempos de san Ildefonso, influyó profundamente en el tono de los documentos litúrgicos españoles.

Mensaje de santidad.

Un episodio de la vida de San Ildefonso, muy notorio, es la aparición de la Virgen al santo obispo, trayéndole, de parte de su amado Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como regalo una casulla, por ser el santo un gran defensor de la virginidad de María.
El episodio, real y verdaderamente sucedido en la vida del santo, es narrado de esta manera por los cronistas de la época: “Una noche de diciembre, él, junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Alfonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la María, La Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María hízole seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y dijo: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”. Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor. Esta aparición y la casulla, fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctorum como “El Descendimiento de la Santísima Virgen y su Aparición”[3]. En la catedral los peregrinos pueden aun observar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.
Al comprobar el amor de San Ildefonso a la Virgen, vemos cómo Ella y su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, recompensan este amor filial con el don de una casulla sacerdotal. Ahora bien, al igual que San Idelfonso, también nosotros somos hijos de la Virgen, rescatados al precio altísimo de la Sangre de Jesús derramada en la cruz, pero a diferencia del santo, por lo general, damos pocas o ninguna muestra de amor a Nuestra Madre del cielo, y sin embargo, la Virgen nos trae, cada día, de parte de su Hijo Jesús, regalos celestiales infinitamente más valiosos que la casulla, y es la gracia santificante necesaria para nuestra eterna salvación, puesto que la Virgen es Mediadora de todas las gracias. Al recordar a San Ildefonso en su día, le pidamos que interceda para que no seamos hijos tan desagradecidos para con esta Madre amorosísima, y le roguemos que nos obtenga la gracia de amar a la Virgen y a Jesús al menos con una pequeñísima porción del amor con el que él los amó.



[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20180123&id=11948&fd=0

viernes, 19 de enero de 2018

La gracia y la teología, necesarias para apreciar la devoción al Sagrado Corazón


         Además de la gracia, es necesaria la teología tomista para poder apreciar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. De lo contrario, se corre el grave riesgo de caer en la errónea creencia de pensar que se trata de una devoción sentimentalista, quedando la devoción privada de toda realidad sobrenatural.
         La gracia es necesaria porque, tratándose la Encarnación del Verbo un misterio sobrenatural, es por lo tanto inalcanzable para la razón humana, lo cual significa que no puede ser conocido sino es por revelación divina. A su vez, la teología es necesaria porque, una vez que la gracia actúa iluminando la inteligencia y la voluntad, la teología le muestra a ambas la supra-racionalidad del misterio, que implica la donación total del Ser divino trinitario tanto en el Sagrado Corazón, como en la Eucaristía, que es el mismo Sagrado Corazón, oculto en apariencia de pan.
         La gracia, entonces, es necesaria en la devoción al Sagrado Corazón, para que ilumine nuestras mentes acerca del misterio de la Encarnación del Verbo y la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía, y es necesaria también para que mueva nuestra voluntad –nuestra capacidad de amar- al Bien y al Amor divinos contenidos en el Sagrado Corazón.

         ¿Qué nos dice la teología tomista? Nos dice que el Sagrado Corazón de Jesús es un corazón humano, puesto que pertenece a Jesús de Nazareth, pero que está unido hipostáticamente, personalmente, a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En otras palabras, la teología nos dice que, en el momento en el que el Verbo de Dios se encarnó, unió a Sí mismo la naturaleza humana de Jesús, de manera que esta naturaleza le pertenece personalmente a la Segunda Persona de la Trinidad. No hay una “persona humana” en Jesús de Nazareth, sino una Persona divina y es la Segunda de la Trinidad. En consecuencia, el Corazón de Jesús no es el corazón de un hombre más entre tantos, sino que es el Corazón mismo de Dios. Y este Corazón de Dios, el Sagrado Corazón de Jesús, está contenido en la Eucaristía, puesto que en la Eucaristía late, vivo, glorioso, resucitado, inflamado en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo.

miércoles, 17 de enero de 2018

San Antonio abad


         Entre otras cosas, se pueden destacar dos hechos de la vida de San Antonio abad: la primera, que a los dieciocho años, en plena juventud, decide iniciar una vida de eremita en el desierto; la segunda, que ya como sacerdote, combatió a la herejía arriana. Ambos hechos constituyen un ejemplo y un modelo de vida para todo cristiano, independientemente de su estado –secular o consagrado- y veremos la razón.
         Como dijimos, San Antonio decidió, a los dieciocho años, abandonar el mundo, por amor a Cristo, e internarse en el desierto y lo hace en plena juventud, por lo cual es un modelo especialmente para los jóvenes. En nuestros tiempos, inicios del siglo XXI, la juventud es incitada continuamente, por los medios de comunicación, a vivir en el mundo, en el sentido de “mundanidad”, es decir, en el sentido espiritual negativo, en cuanto por “mundo” se entiende todo aquello que se opone a Dios, a sus Mandamientos y a su Iglesia. En este sentido, el desierto representa el alejamiento voluntario de todo lo que no pertenece a Dios, además de la práctica de lo que acerca a Él, como la oración, el ayuno, la penitencia.
         El otro hecho destacable en San Antonio fue la lucha contra la herejía del arrianismo, que negaba la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, afirmando que no era Dios Hijo, es decir, la Segunda Persona de la Trinidad, como lo afirma la Iglesia Católica, sino una creatura: "sublime", pero creatura y no Dios Hijo. En nuestros días, el gnosticismo arriano es continuado por la Nueva Era, la secta global que no solo niega a Jesucristo, sino que además pretende consagrar la humanidad a Lucifer.

         Por estos motivos, la vida de San Antonio abad es un ejemplo a seguir, para combatir los dos grandes males de nuestro tiempo: el materialismo anticristiano y el gnosticismo.

miércoles, 3 de enero de 2018

San Basilio Magno y su celo por el Dios verdadero


De su vida de santidad, destacaremos el celo y el amor de San Basilio por la Verdad acerca del Único Dios verdadero, revelado por Nuestro Señor Jesucristo, es decir, Dios Uno y Trino.
Basilio se opuso firmemente a los herejes que difundían toda clase de errores con respecto a Dios: escribió contra quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre[1], y también contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, afirmando que también el Espíritu Santo es Dios y “tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo”[2]. Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es el Acto de Ser Subsistente en sí mismo –el Ipsum Esse Subsistens-, es por esto mismo, un Ser Purísimo, Perfectísimo, y esto implica que sea un solo Dios en Tres Divinas Personas, las cuales forman la unidad más perfecta que existe, la unidad divina[3].
Dios Uno y Trino es nuestro Creador, Redentor y Santificador; de Él dependen nuestras vidas, nuestro ser y nuestra existencia, y sin Él no tendría nuestra vida razón de ser. De Dios Uno y Trino dependen nuestra vida, tanto la temporal, como la vida eterna; Él nos creó con su omnipotencia –Dios Padre-, nos redimió con la Sabiduría divina, la Sabiduría de la Cruz –Dios Hijo-, y nos santificó con el Espíritu Santo –Dios Espíritu Santo-. Vivir y morir por la Verdad de Dios Uno y Trino, y defender su Santísimo Nombre, como lo hizo San Basilio Magno, es un inmerecido honor; es una gracia inmerecida, pero la pedimos de igual manera, por intercesión de San Basilio.




[1] Cfr. San Basilio, Carta 9, 3: PG 32, 272a; Carta 52, 1-3: PG 32, 392b-396a; Adversus Eunomium 1, 20: PG 29, 556c.
[2] Cfr. De Spiritu Sancto: SC 17bis, 348.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Fiesta de los Santos Inocentes mártires


         La Iglesia celebra la Fiesta litúrgica de los Santos Inocentes, los niños asesinados por el cruel rey Herodes, y considera que en ellos se cumple la palabra del Profeta Jeremías: “Una voz se escucha en Ramá, gemidos y llanto amargo: Raquel está llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen” (31, 15). Ahora bien, un aspecto que se destaca en esta festividad, es que los Santos Inocentes se consideran, precisamente, santos, y además, son considerados “mártires”, lo cual plantea una pregunta o más bien, dos: si los santos son tales porque se santificaron por la gracia santificante, ¿cómo pueden ser santos, si Jesucristo, que es el Dador de la gracia, aún no había nacido? Similar pregunta surge con relación a su martirio: si mártir es el que da su vida por Jesucristo, ¿cómo pueden ser mártires, si ellos no conocían a Jesucristo, no sabían quién era?
         Las respuestas las podemos vislumbrar si contemplamos el misterio de María, la Virgen y Madre de Dios: Ella fue concebida Inmaculada y Purísima, además de Llena del Espíritu Santo, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios y, al mismo tiempo, permanecer Virgen, porque no habría de concebir por obra humana, sino por obra del Espíritu Santo. Ambos privilegios los obtuvo la Virgen Santísima en previsión a los méritos de su Hijo quien, si bien era Dios Eterno y en cuanto tal, inhabitaba en el seno del Padre desde la eternidad, todavía no había nacido en cuanto Hombre. Es decir, debido a que estaba en los planes de Dios que la Virgen fuera su Madre, aun continuando siendo Virgen, Jesús, desde la eternidad, creó su Alma Inmaculada y su Cuerpo Purísimo, como un anticipo de los infinitos bienes celestiales que Él habría de granjearnos con su sacrificio en la Cruz.
De manera similar, entonces, sucedió con los Santos Inocentes y Mártires asesinados por Herodes: en virtud de los méritos de su Pasión redentora, Nuestro Señor se dio a conocer a los Santos Inocentes, de un modo sobrenatural y desconocido para nosotros, les hizo ver el destino de gloria que les esperaba si daban la vida por Él, les hizo ver la eternidad de gloria y felicidad celestial que les esperaba si daban su “sí”, ellos dieron su “sí”. Este aspecto, del darse a conocer Nuestro Señor a niños de muy corta edad y sin uso todavía de la razón, al menos exteriormente, es muy importante, pues no podrían ser santos y mucho menos mártires, sino conocieran a Jesucristo, Rey de los Santos y de los Mártires. Al haber aceptado con su razón y al haber amado a Jesús en su condición de Redentor, los Niños fueron incorporados, con pleno derecho, al plan de redención del Señor y esa es la razón por la cual están en el cielo y son Santos y Mártires, condición que alcanzaron luego de ser asesinados por los esbirros de Herodes. Esta es la razón por la cual la Iglesia, en la Antífona del Benedictus de este día, canta así: “Los niños Inocentes murieron por Cristo, fueron arrancados del pecho de su madre para ser asesinados: ahora siguen al Cordero sin mancha, cantando: “Gloria a ti, Señor””.
“Una voz se escucha en Ramá, gemidos y llanto amargo: Raquel está llorando a sus hijos, y no se consuela, porque ya no existen”. En nuestros días, se lleva a cabo un genocidio silencioso, en el que, por manos de los modernos Herodes, se da muerte en el seno materno a los niños por nacer, y este genocidio se llama “aborto”. ¿Se da, en estos niños inocentes, la misma situación de santidad y martirio que con los Santos Inocentes, mártires? No lo sabemos, pero podemos aventurar que, al igual que los Santos Inocentes, ellos son creaturas de Dios; al igual que los Santos Inocentes, Nuestro Señor se da a conocer a ellos, de modo tal que lo reconozcan como su Rey, Señor y Salvador. Por lo tanto, nos atrevemos a decir que sí, que estos niños también son Santos e Inocentes, como los “hijos de Raquel”, y por ellos rezamos y a ellos nos encomendamos y a ellos les pedimos que intercedan por quienes llevan a cabo este cruel genocidio, en todas partes del mundo. Que junto con nosotros, exclamen, por los que cometen el aborto y les quitaron la vida y continúan haciéndolo con miles de niños, día a día: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).
A los Santos Inocentes y Mártires, que recibieron la gracia santificante y la Sangre Preciosísima del Cordero y así entraron en el Cielo, le pidamos que intercedan por nosotros ante Cristo, “que venció a un tirano, no con un ejército de soldados, sino con un blanco escuadrón de niños”, para que también nosotros seamos capaces de dar testimonio de Jesucristo ante los hombres, tanto con la palabra como con el testimonio de vida. Jesús dio el triunfo a niños pequeños, porque la fuerza del hombre no está en él, sino en el Hombre-Dios, y es por eso que confiamos en que también nosotros, como ellos, que recibieron la fuerza divina del Hombre-Dios, también saldremos triunfantes en esta lucha que mantenemos “contra las fuerzas oscuras de los cielos” y que, ayudados por su intercesión y fortalecidos por la Sangre Preciosísima del Cordero, llegaremos al Reino de los cielos, a pesar de nuestra debilidad. Los Niños Inocentes lavaron sus vestiduras en la Sangre del Cordero y por esta misma razón, les pedimos que intercedan para que esta misma Preciosísima Sangre del Cordero, impregne nuestras almas, mentes y corazones, y así seamos capaces de presentarnos, al final de nuestra vida terrena, puros e inmaculados, ante el Trono de Dios Uno y Trino, para cantar eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88).


miércoles, 27 de diciembre de 2017

San Juan Evangelista


San Juan Evangelista, 
Evangeliarios de Lorsch.

         Aunque puede parecer extraño, podemos sin embargo afirmar, con toda certeza, que el Prólogo del Evangelio de Juan describe la escena del Pesebre de Navidad. En efecto: Juan, que es representado con un águila, debido a que, al igual que el águila, que se eleva en dirección al sol y fija su mirada en él en su ascenso al cielo, así el Evangelista Juan, elevándose en vuelo místico por acción del Espíritu Santo, fija su mirada en el Verbo Eterno del Padre, llamado “Sol de justicia”, Verbo que habita en los cielos eternos y hacia donde el alma mística de San Juan es elevada y al cual llama “Dios igual que el Padre”: “El Verbo era Dios (…) era la Palabra del Padre”. De igual modo, así como el águila, estando en las alturas del cielo, es capaz, por la agudeza de su visión, divisar los objetos más pequeños en la tierra –es su táctica para cazar sus presas-, así también el evangelista Juan, contemplando al Verbo en las alturas inaccesibles del seno del Padre, ve al mismo tiempo, en la tierra, al Niño de Belén, que es ese mismo Verbo, que se ha encarnado y que se ha hecho pequeño, se ha hecho Niño y ha venido a habitar entre nosotros: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. El Evangelista Juan, entonces, nos describe al Niño del Pesebre de Belén: ese Niño es Dios, es el Verbo, habitaba en el seno del Padre desde la eternidad, y ese mismo Verbo, esa Palabra, se ha hecho carne, manifestándose a los ojos del cuerpo como un niño humano.

         Ahora bien, el Evangelista Juan nos da también la clave para la adoración eucarística, porque al igual que él, elevados por la gracia del Espíritu Santo, y cual otras tantas águilas que se dirigen hacia el sol, así los cristianos nos dirigimos hacia la Eucaristía, Sol de justicia, el Verbo eterno del Padre, que se ha hecho Carne en el Pan de Vida eterna, de manera tal que parece exteriormente como si fuera pan, pero es la Carne del Cordero de Dios. Como el Evangelista Juan, llevados por el Espíritu Santo, que nos hace proclamar la Fe de la Iglesia, al contemplar a la Eucaristía, nosotros decimos: “El Verbo era Dios; estaba en Dios; el Verbo se hizo Carne en Belén y prolonga su Encarnación en la Eucaristía; la Eucaristía es el Verbo de Dios hecho Carne”.

martes, 26 de diciembre de 2017

Fiesta de San Esteban, protomártir




         El Evangelio que narra el martirio de San Esteban revela el asombroso evento  sobrenatural que implica la muerte de un mártir (cfr. Hech 6, 8ss). Por un lado, se describe el estado espiritual de San Esteban, inmediatamente antes del martirio: “Esteban, lleno de gracia”, expresión que hace recordar al saludo del Ángel a la Santísima Virgen María: “Salve, Llena de gracia” (cfr. Lc 1, 28); en el caso de María, significa la inhabitación del Espíritu Santo desde su Inmaculada Concepción; en el caso de San Esteban, significa también la inhabitación del Espíritu Santo en su alma aunque, obviamente, en este momento de su martirio. Esta inhabitación o presencia del Espíritu Santo en el alma de San Esteban, explica su condición de “lleno de gracia” y también la posesión de “fortaleza”, una fortaleza más que sobrehumana, sobrenatural, porque es la fortaleza misma de Dios Trino, la que le es comunicada al mártir, y es la que explica no solo ausencia de desesperación y de rencor o enojo hacia sus verdugos, sino la absoluta calma y el amor de caridad hacia quienes le quitan la vida. En efecto, antes de morir, San Esteban, lleno de la paz de Dios, suplica por aquellos que lo están lapidando: “No les tengas en cuenta este pecado”, lo cual es un acto de amor sobrenatural, imposible de realizar con las solas fuerzas de la naturaleza humana y que es una participación al amor de caridad manifestado por Jesucristo en la Cruz cuando, con similares palabras, imploró al Padre la misericordia para nosotros, pecadores, sus verdugos: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).
Es también la presencia del Espíritu Santo en el alma de Esteban, lo que explica la visión sobrenatural que experimenta, instantes previos a su muerte: contempla, extasiado, a Cristo Jesús, a la derecha de Dios Padre, en el Cielo, allí adonde irá inmediatamente después de su muerte. En tiempos en los que los católicos, vergonzosamente, callan el nombre de Jesús -de manera concreta, en esta Navidad de 2017, dos noticias que reflejan un panorama generalizado: un colegio vasco reemplazó “Jesús” por “Perú” en los villancicos, para no ofender a los musulmanes[1], mientras que otro colegio católico alemán directamente suprimió el festejo de Navidad, también para no “ofender” a los musulmanes[2]-, la muerte martirial de San Esteban es un ejemplo de amor al Santísimo Nombre de Jesús, el Único Nombre dado a los hombres para su salvación. ¿Dónde obtendremos la fuerza sobrenatural necesaria para no sucumbir, también nosotros, al “buenismo” entreguista y traidor que corre como un viento helado entre las filas de los católicos? De la adoración eucarística: así como San Esteban contempló a Jesús en el Cielo, a la derecha del Padre, recibiendo de Él la fuerza del Espíritu Santo, así nosotros contemplamos a Jesús Eucaristía, en esa parte del Cielo que es el Altar Eucarístico, y recibimos de Él la fuerza del Espíritu Santo, para que seamos capaces de elegir la muerte, antes que renegar del Santísimo Nombre de Jesús. De Jesús Eucaristía recibimos el Espíritu Santo que nos graba a fuego, en la mente y en el corazón, las palabras de Jesús: “Al que me confiese delante de los hombres, Yo lo confesaré delante de mi Padre (…) al que me niegue delante de los hombres, Yo lo negaré delante de mi Padre” (cfr. Mt 10, 32-33).