San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 10 de noviembre de 2017

Memoria de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia


         Vida de santidad[1].

Nació en la región de Toscana, siendo nombrado Sumo Pontífice en el año 440, ejerciendo su cargo como un verdadero pastor y padre de las almas. Trabajó intensamente por la integridad de la fe, defendió con ardor la unidad de la Iglesia e hizo lo posible por evitar o mitigar las incursiones de los bárbaros, obras todas las cuales que le valieron con toda justicia el apelativo de “Magno”. Murió el año 461.   
   
Mensaje de santidad[2].

En uno de sus sermones, el Papa San León Magno habla del ministerio petrino y de su excelencia, pero se refiere también a cómo esa excelencia se transmite o comunica a todos los integrantes del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Comienza afirmando que en la Iglesia de Cristo, en cuanto Cuerpo suyo, hay diversidad de miembros -y por lo tanto, de funciones-, lo cual, sin embargo, no es causa de división, sino de unidad, porque todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo están unidos, por la fe, la gracia y la caridad, a la Cabeza de ese Cuerpo, que es Cristo: “Aunque toda la Iglesia está organizada en distintos grados, de manera que la integridad del sagrado cuerpo consta de una diversidad de miembros, sin embargo, como dice el Apóstol, todos somos uno en Cristo Jesús; y esta diversidad de funciones no es en modo alguno causa de división entre los miembros, ya que todos, por humilde que sea su función, están unidos a la cabeza”.
La unidad, dada por la “fe y el bautismo”, hace que todos los miembros, independientemente de sus funciones y/o posiciones que ocupe en el Cuerpo Místico, “gozan de la misma dignidad”, por el hecho de ser todos “piedras vivas” del “templo del Espíritu”, y esos miembros dignos ofrecen un sacrificio acorde a su dignidad, esto es, “sacrificios espirituales en Jesucristo”: “En efecto, nuestra unidad de fe y de bautismo hace de todos nosotros una sociedad indiscriminada, en la que todos gozan de la misma dignidad, según aquellas palabras de san Pedro, tan dignas de consideración: También Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo; y más adelante: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios”.
En la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, se adquiere una nueva nobleza, tan alta, que convierte a todos sus miembros en reyes y sacerdotes, y esto sucede en virtud de la Cruz de Cristo y la unción del Espíritu Santo: “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal”.
La reyecía consiste en la participación, por la gracia, a la condición de Cristo de ser Rey de cielos y tierra, y esta participación a la reyecía de Cristo, hace que el alma, llena de gracia, sea pura y pueda ofrecer, en el altar de su corazón, la pureza y la santidad que le otorgan la gracia santificante: “¿Qué hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón?”.
Ahora bien, esta reyecía proviene del Papado, sobre el cual Cristo, al elegirlo como Vicario suyo en la tierra, derramó toda clase de dones y bienes, los cuales sin embargo no permanecen en él, sino que se derraman a todos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, y esto es causa de alegría y de celebración para los cristianos: “Aunque esto, por gracia de Dios, es común a todos, sin embargo, es también digno y laudable que os alegréis del día de nuestra promoción como de un honor que os atañe también a vosotros; para que sea celebrado así en todo el cuerpo de la Iglesia el único sacramento del pontificado, cuya unción consecratoria se derrama ciertamente con más profusión en la parte superior, pero desciende también con abundancia a las partes inferiores”.
Entonces, al celebrar el Papado, dice San León Magno, el cristiano no debe detenerse ante todo en la consideración de la persona de tal o cual Papa, sino que la razón del gozo es que los dones de Dios, derramándose desde el Papado hacia los demás integrantes del Cuerpo Místico de Cristo, colma a toda la Iglesia de dichos bienes sobrenaturales. En otras palabras, celebrar el Papado no es celebrar a tal o cual Papa, sino al Papado y a Dios, por concedernos, a los miembros que ocupamos los lugares más bajos en la jerarquía, dones sobrenaturales inimaginables que por el Papado nos sobrevienen: “Así pues, amadísimos hermanos, aunque todos tenemos razón para gozarnos de nuestra común participación en este oficio, nuestro motivo de alegría será más auténtico y elevado si no detenéis vuestra atención en nuestra humilde persona, ya que es mucho más provechoso y adecuado elevar nuestra mente a la contemplación de la gloria del bienaventurado Pedro y celebrar este día solemne con la veneración de aquel que fue inundado tan copiosamente por la misma fuente de todos los carismas, de modo que, habiendo sido el único que recibió en su persona tanta abundancia de dones, nada pasa a los demás si no es a través de él. Así, el Verbo hecho carne habitaba ya entre nosotros, y Cristo se había entregado totalmente a la salvación del género humano”.



[2] Cfr. San León Magno, Sermón 4, 1-2: PL 54, 148-149. 

martes, 7 de noviembre de 2017

El Beato P. Palau y su visión de la Iglesia que triunfa sobre el Dragón


         El P. Palau fue un sacerdote carmelita que se caracterizó -además de su vida de santidad- por presentar a María Santísima, Virgen y Madre, como el modelo perfecto de la Iglesia, Virgen y Madre[1]. Esta concepción de la Virgen como modelo de la Iglesia, la describe el P. Palau en diferentes obras, muchas de las cuales son visiones obtenidas en momentos de éxtasis místico.
         En uno de sus escritos, en los que se observa una analogía real con el Apocalipsis, el P. Palau describe una visión suya, en la que la Iglesia del Cordero triunfa sobre el Dragón y sobre “dos horribles bestias”, lo cual nos atañe a nosotros, debido a que estamos, en cierta manera, comprendidos en esa visión. Dice así el P. Palau: “Abiertos los cielos (…) el Príncipe de la milicia celeste me dirigió su palabra y dijo: “Sacerdote del Altísimo, levántate y mantente en pie” (estaba de rodillas), y me levanté, y vi al momento arrodillada ante mí a la Joven (…). “Levántate”, dijo una voz con fuerza (…). Dicho esto, se abrieron los cielos y el monte se cubrió de la gloria de Dios, huyeron las sombras y me vi ante un trono de inmensa gloria; sobre él estaba sentada la Virgen María, la Madre de Dios”.
         “Oí una música celestial y las voces procedían del coro de los serafines, respondiendo en coro a todas las jerarquías celestes, que son los Santos que estaban alrededor de los tres tronos (…)”.
         “Otro ángel, tomando un incensario de oro, presentó las súplicas de todas las partes de la tierra ante el trono, y oyóse la voz del Padre, que dirigida a todos los asistentes, dijo: “Esta es mi hija muy amada y la Esposa de mi Hijo, todas las Naciones del mundo con su herencia, están redimidas del poder del Dragón y de sus reyes con la Sangre del Cordero (…)”[2].
         En la visión del P. Palau, Dios aparece sentado en el trono en su majestad y trascendencia, y a su lado el Cordero, lo cual es similar al Apocalipsis de San Juan. Pero el P. Palau le agrega algo, un tercer trono: “(…) y me vi ante un trono de inmensa gloria, sobre él estaba sentada la Virgen María, la Madre de Dios, a su lado había otro trono donde estaba sentado el Hijo de Dios y en medio de los dos tronos había otro donde estaba sentado un Anciano”. La figura de María, tipo de la Iglesia, entra plenamente en el cuadro de la majestad de Dios. Para el P. Palau, “la Iglesia Santa Triunfante es el fin a cuya gloria son creadas todas las cosas y el universo entero” y “donde está Cristo está la Iglesia; donde está la Iglesia está Cristo (…) la Iglesia está en Cristo y Cristo está en su Iglesia, siendo los dos una misma cosa”.
         Pero al igual que el Apocalipsis, en las visiones del P. Palau entra en escena el Dragón, la Serpiente Antigua, el adversario cuyo nombre es Satanás, y entran también las dos Bestias y todos aquellos que han aceptado el ser marcados con el signo de la Bestia (cfr. Ap 12, 3-13. 18). Encabeza con el siguiente epígrafe una de sus descripciones: “Horrenda batalla: el Dragón infernal y dos Bestias feroces contra la Mujer del Cordero; Miguel y su Ángeles a su favor. Victoria”. Dice así: “Mirando hacia la tierra vi una Bestia muy fea: un Dragón con siete cabezas y en las cabezas tenía siete coronas como las de los reyes y diez cuernos; era rubio y a su cola le seguían una tercera parte de Ángeles, aquellos que fueron lanzados del Cielo, y el Dragón envió sus ángeles sobre la tierra y él, levantándose en alto, fue admitido a la presencia y trono de Dios y se puso frente a la Mujer. Era esta Mujer Virgen y era Madre fecundísima y pensaba ampararse en sus hijos al nacer… Levantóse Miguel Arcángel y con él los siete Príncipes que custodiaban a la Reina y dióse una batalla reñidísima. El Dragón, Serpiente Antigua, por otro nombre Satanás o Diablo, batallaba contra la Mujer y la sostenían los Príncipes abogando a su favor”[3].
         La visión termina con la victoria de la Mujer y está llena de alabanzas y gritos de júbilo que recuerdan al Apocalipsis: “Oyóse una voz en el cielo y decía “¡Salud y Victoria! Habéis vencido con la Sangre del Cordero” (…) Oyéronse cánticos celestes (…) y decían las voces: “¡Gloria a ti oh Iglesia Santa, has triunfado en la Sangre del Cordero!”. El Cordero forma una unidad con la Iglesia y con la Mujer, perseguida y victoriosa. Esta Mujer es, para el P. Palau, la Iglesia, pero mirada, contemplada y figurada en María: “Estando en oración, se abrieron los cielos y en ellos, revestida de gloria, vi cuanto es posible al ojo mortal a mi amada. Ceñía sus cienes una corona que formaba su propio cabello, revelaba en su cabeza una sabiduría y una inteligencia suma, unida a su dignidad real. Otra corona grande de doce estrellas rodeaba su cabeza y todas eran de distinta naturaleza, luz y color. La vestidura era real y tan gloriosa que apenas se dejaba mirar”.
Las visiones del P. Palau no son las visiones de un hombre bueno, sino el relato de la historia en curso, la historia en la cual la humanidad y por lo tanto nosotros mismos, estamos inmersos. Y en esta historia terrena, que culminará al fin de los tiempos, se continúa en el tiempo y en el espacio, la lucha iniciada en los Cielos, entre la Iglesia del Cordero y el Dragón o Serpiente Antigua. La Iglesia, victoriosa, peregrina todavía en el dolor del tiempo presente y mantiene, hasta el fin de los tiempos, la lucha contra el Adversario de Dios y de los hombres, Satanás, el Ángel caído. En la visión del P. Palau, como en el Apocalipsis, quienes vencen en esta lucha son los que no se postran ante el Dragón ni se dejan marcar por la Bestia, sino que combaten fortalecidos por la Sangre del Cordero. Y la Sangre del Cordero se nos brinda en la Santa Misa, en la Eucaristía. Cuanto más aferrados estemos a la Santa Misa y a la Eucaristía, tanto más seguros estaremos de salir victoriosos y triunfantes en la batalla contra el Demonio y sus ángeles, contra su Iglesia, la Masonería, y contra los hombres aliados al Demonio en su rebelión contra Dios. Recibiendo la Sangre del Cordero en estado de gracia, podremos perseverar hasta el final, y así podremos escuchar, ya victoriosos en Cristo, lo anunciado por el P. Palau: “¡Salud y Victoria! Habéis vencido con la Sangre del Cordero”.



[1] Cfr. Josefa Pastor Miralles, María, tipo perfecto y acabado de la Iglesia, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1978, 25.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Las promesas del Sagrado Corazón valen también para quien entronice la Eucaristía en su propio corazón


         Cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, le reveló la devoción al Sagrado Corazón y le reveló además cuáles serían las promesas para los devotos del Sagrado Corazón, quienes para alcanzarlas, debían comulgar y confesar nueve primeros viernes de mes.
         Estas promesas[1] son:
         1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
2. Pondré paz en sus familias.
3. Les consolaré en sus penas.
4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.
5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.
8. Las almas tibias se volverán fervorosas.
9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.
10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de Él.
12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final. No morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.
         Las promesas son válidas para quienes confiesen y comulguen nueve primeros viernes de mes y también para quienes entronicen la imagen del Sagrado Corazón en sus hogares. Ahora bien, al ser la Eucaristía ese mismo Sagrado Corazón de Jesús, que late, vivo, resucitado, glorioso, en la Eucaristía, podríamos decir que las promesas del Sagrado Corazón se hacen extensivas a quienes no solo entronicen el Sagrado Corazón en sus casas, sino también para quienes entronicen al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús en sus propios corazones. En otras palabras, serían merecedores de las mismas promesas del Sagrado Corazón, aquellos que conviertan a sus propios corazones en otros tantos altares en donde el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús sea ensalzado, amado y adorado, en el tiempo y en la eternidad.

San Martín de Porres


         Vida de santidad[1].

Nació en Lima, Perú, de padre español y madre mulata, el año 1579. A temprana edad aprendió el oficio de barbero-cirujano, oficio que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres. Llevó una vida de mortificación, de humildad y de gran devoción a la eucaristía. Murió el año 1639.

Mensaje de santidad[2].

En la homilía pronunciada en ocasión de su beatificación, el Papa Juan XXIII trazaba una semblanza de la vida de santidad de San Martín de Porres, caracterizada ante todo, por la caridad, es decir, por el amor sobrenatural a Dios y al prójimo. Decía así el Papa: “Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si, en primer lugar, amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y si, en segundo lugar, amamos al prójimo como a nosotros mismos”. El camino que nos muestra San Martín de Porres es el del cumplimiento del Primer Mandamiento, el más importante de todos, y en el que se concentran todos los Mandamientos de la Ley de Dios, el amor a Dios y al prójimo.
Este amor de caridad, en San Martín de Porres, se fundamenta en la Pasión de Jesús, ya que Jesús es la Fuente de la caridad y es a la vez el destinatario, en su Persona y en la persona de los más necesitados, del amor de caridad del cristiano: “Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo un amor especial a Jesús crucificado, de tal modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas”.
San Martín contemplaba a Cristo crucificado, y es de allí de donde obtenía el amor de caridad que lo santificó, pero no solo, sino también era en la adoración eucarística y en la comunión sacramental, de donde el santo se nutría con el Amor de Dios, que luego comunicaba a los demás: “Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible”.
Afirma el Papa Juan XXIII que San Martín de Porres, además de la caridad, se destacaba en la virtud de la humildad, obedeciendo al Señor en sus mandamientos, particularmente estos dos: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, y “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”: “Además, san Martín, obedeciendo el mandato del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad para con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos, porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él”. San Martín de Porres, dice el Papa, era humilde porque era caritativo, y era caritativo porque era humilde, ya que consideraba a los demás “más justos y perfectos que él”, obedeciendo en esto también a la Escritura: “Consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” (cfr. Fil 2, 13). Siempre cumpliendo con el mandato del Señor –“No he venido a ser servido, sino a servir”-, San Martín de Porres ponía siempre a los demás y sus necesidades, por encima de las suyas: “Coloca siempre las necesidades de los demás primero que las tuyas. De este modo Dios saciará tus necesidades a Su modo y a Su tiempo. Dios conoce tus necesidades mejor que tú”.
Era este amor de caridad el que lo llevaba a justificar a su prójimo, disculpando sus errores y perdonando sus ofensas, considerando estas ofensas como merecidas por su condición de pecador: “Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de “Martín de la caridad”. San Martín de Porres ejercía la caridad en sus más variadas formas, no solo materialmente, sino también espiritualmente, buscando que todos retornaran al camino de la salvación.
Con su vida, dice el Papa Juan XXIII, San Martín de Porres es un luminoso ejemplo de cómo el cumplimiento de los mandatos del Señor es lo que hace verdaderamente feliz al alma, y este ejemplo de vida de santidad continúa vigente en nuestros días, aun cuando hayan muchos que no sean capaces de apreciarlo: “Este santo varón, que con sus palabras, ejemplos y virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, también ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido, al contrario, son muchos los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos”.
Por último, hay un episodio en la vida de San Martín de Porres, que refleja su santidad, y es la batalla final que entabla contra el Demonio, venciendo con la ayuda de la cruz. En efecto, el Demonio, a los que son de él, no los molesta, ya que los tiene seguros bajo sus garras; en cambio, con santos como San Martín de Porres, se esfuerza por hacerlos caer en el pecado, por medio de la tentación. Es esto lo que sucedió con San Martín, a lo largo de su vida terrena, y de modo particular en el momento de su muerte. Una estudiosa especialista de la vida del santo, Celia Cussen, profesora de ciencias históricas de la Universidad de Chile, declaró en una conferencia que San Martín fue atacado por el demonio en su lecho de muerte. Estas son sus palabras: “En su agonía, ya sin poder hablar y con varios frailes cerca, San Martín enfrentó su mayor lucha con Satanás. La rigidez de su cuerpo, la firmeza de sus dientes y toda la fisonomía de su rostro demostraban su gran sufrimiento y lucha. Los religiosos que presenciaron la escena de su muerte afirmaron que sin duda ésta fue la mayor tentación que le tocó vencer a fray Martín, en momentos en que se encontraba con los sentidos muy débiles. Su hagiógrafo dijo que fray Martín vio a la Virgen, a Santa Catalina y a Santo Domingo acompañándolo en su momento de lucha final”. La especialista también afirmó que “En medio de su agonía le pasaron una cruz, a los minutos falleció y por la paz de su rostro supieron que pudo vencer al demonio”. Esto fue lo que sucedió con el santo en su lecho de muerte, y así como fue que venció al demonio, con el santo crucifijo entre sus manos y el amor de Jesús en su corazón. Sin embargo, según esta misma estudiosa, el santo tuvo también, a lo largo de su vida, otros enfrentamientos con el demonio, como el que se relata a continuación, sucedido en una escalera del convento: “Un día, subiendo a los enfermos con un brasero en las manos tropezó -porque faltaba una luz que normalmente estaba en un peldaño – y dijo ‘quién apagó la luz’ y vio aparecer al diablo diciéndole ‘yo, aquí estoy cosechando almas’”. Cussen explicó que la gente solía tropezarse y maldecir y con eso el diablo se llevaba su alma según el santo: “Martín se enfurecía con esa trampa que el diablo hacía a la gente, y cuando él tropezó sacó su cinturón y de un latigazo lo mandó lejos diciéndole “Váyase a su lugar”, y así terminó venciéndolo en esa famosa tentación”.
Amor de caridad –esto es, amor sobrenatural, el verdadero amor- a Dios y al prójimo –tenía además un gran amor a los animales[3], los cuales, según muchos relatos de testigos, le obedecían-, obras de misericordia corporales y espirituales, lucha contra el pecado y el Demonio, vivir en el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, he aquí el legado de santidad de San Martín de Porres, un feliz hermano religioso que, desde el cielo, nos indica el camino para llegar al encuentro en la eternidad con el Rey de los cielos, Nuestro Señor Jesucristo.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la homilía pronunciada por el papa Juan XXIII en la canonización de san Martín de Porres
(Día 6 de mayo de 1962: AAS 54 [1962], 306-309).
[3] En los documentos del proceso de beatificación se cuenta también que Fray Martín “se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto”. No es extraño que en el convento, los perros, gatos y ratones comieran del mismo plato cuando Fray Martín les ponía el alimento. Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: “Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte”. Fue con él al convento, acostó al perro en una alfombra de paja, le registró la herida y le aplicó sus medicinas, sus ungüentos. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro: “No vuelvas a las andadas -le dijo-, que ya estás viejo para la lucha”. Otra anécdota que explica su amor a los animales es la siguiente: resulta que el convento estaba entonces infestado de ratones y de ratas, los cuales roían la ropa y los hábitos, tanto en la sacristía como en las celdas y en el guardarropa. Después que los frailes resolvieran tomar medidas drásticas para exterminarlos, Martín de Porres se sintió afligido por ello y sufrió al pensar que aquellos inocentes animalitos tuvieran que ser condenados de aquella manera. Así que, habiendo encontrado a una de aquellas bestias le dijo: “Pequeño hermano rata, óyeme bien: ustedes ya no están seguros aquí. Ve a decirles a tus compañeros que vayan al albergue situado en el fondo del jardín. Me comprometo a llevarles allí comida, a condición de que me prometan no venir ya a causar estragos en el convento”. Después de estas palabras, según se cuenta, el “jefe” de la tribu ratonil rápidamente llevó el aviso a todo el ejército de ratas y ratones, y pudo verse una larga procesión de estos animales desfilando a lo largo de los pasillos y de los claustros para llegar al jardín indicado. En su biografía se cuentan otros muchos recuerdos y anécdotas al respecto: como por ejemplo, su costumbre de acariciar a las gallinas del convento que muy contentas siempre se le acercaban;  de cuando calmó a un becerro bravo o amansó a un perro salvaje  e incluso como curaba a gatos, mulas y pájaros. Su tacto sobre los animales era realmente maravilloso. Cfr. https://fraymartindeporres.wordpress.com/2013/01/26/san-martin-de-porres-y-su-amor-por-los-animales/

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos


María, Reina de todos los santos.

         Así como en Halloween son el Infierno y el Demonio quienes celebran a los servidores de Satanás –brujos, hechiceros, magos- y a los habitantes del Infierno –demonios, almas condenadas-, así en la Solemnidad de Todos los Santos, la Santa Iglesia Católica celebra a los habitantes del Cielo, que en la tierra se santificaron por la gracia de Jesucristo y ahora lo aman y adoran por la eternidad.
         La razón por la cual los santos están en el cielo es, obviamente, la santidad de sus cuerpos y almas, puesto que nadie que no sea santo no puede estar ante la presencia de Dios, que es la Santidad Increada.
         Es la santidad, vivida en la tierra, la que llevó a los santos a dejar de ser lo que eran, hombres comunes y pecadores, para ser santos. Esto nos lleva entonces a preguntarnos qué es la santidad, puesto que la santidad es lo que hace que un hombre sea santo y no un pecador. Ante todo, podemos decir que la santidad no es un “producto” del hombre, como si dependiera de él o como si radicara en él, en su naturaleza humana, esta santidad. Ante todo, la santidad es la bondad, pero no la bondad humana –que por buena que sea una persona, está manchada por el pecado original, además de ser una bondad limitada por la misma naturaleza humana-, sino que es la bondad divina que, brotando del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, inhiere en el alma por medio de la gracia santificante. La santidad, esto es, la bondad divina, convierte al alma, porque le quita el pecado, le concede la participación en la vida divina de Dios Trino y, como consecuencia de participar en su vida divina, permite que el alma viva con la bondad que no es humana, sino divina. El santo es el que, en la tierra, vive en estado de gracia santificante, gracia por la cual se hace partícipe de la bondad divina. Esto es lo que explica que los santos hayan obrado obras de misericordia que superan infinitamente las fuerzas humanas, porque no obraban con sus solas fuerzas humanas, sino que lo hacían con la fuerza de la bondad y del Amor divinos, comunicados por la gracia santificante. Sin la gracia santificante, el alma posee solo la bondad humana, bondad que por ser humana es limitada, además de contar con el agravante de estar contaminada con el pecado original.
         La santidad –esto es, la participación a la bondad divina por medio de la gracia, gracia que es conferida por los sacramentos-, es lo que diferencia a un santo –en vida terrena, un pecador que vive en gracia y que por lo mismo está “en el camino de la santidad”- de un hombre común, esto es, una persona “buena”, pero con una bondad puramente humana, limitada y contaminada por el pecado original. En otras palabras, es la santidad, hecha posible por la gracia santificante, la que diferencia a una persona que vive en la bondad divina, de una persona que, aun siendo buena, no posee la bondad divina y que, por lo mismo, puede obrar la misma obra externa de un santo, pero sin la bondad divina, lo cual quiere decir que no es meritorio para la vida eterna.
En otras palabras, un integrante de una ONG solidaria –por ejemplo, que asista a los pobres, proporcionándoles alimento, vestimentas, etc.- puede no diferenciarse casi en nada con un integrante de la Iglesia que, materialmente y considerado desde el punto de vista externo, realizan la misma obra, pero la diferencia es que el integrante de la ONG obra movido por su bondad humana, que no es santa y por eso no es salvífica, en tanto que el miembro de la Iglesia Católica lo hace movido por la bondad divina y, por lo tanto, su obrar es salvífico.
         Ahora bien, para obtener esta santidad –la gracia santificante que convierte al pecador en justo en esta vida y en santo en la vida eterna- es necesario, indispensablemente, recibir la gracia santificante, que a los católicos se nos transmite por los Sacramentos. Pretender, como erróneamente lo hace Karl Rahner, que todo hombre es “cristiano anónimo” por el hecho de la Encarnación y que por lo mismo no necesita de los sacramentos, es falsificar el concepto de santidad y condenar a miles de personas a permanecer sin el auxilio de la gracia, esto es, a negarles la entrada en el cielo en la vida futura, y es condenarlos a ser privados de la inhabitación del Santificador de las almas, el Espíritu Santo. Es doctrina católica que el alma del justo, cuando está en gracia –concedida por los sacramentos-, en virtud de esta gracia, no solo participa de la vida divina y de la bondad divina, sino que el Santificador, que es el Espíritu Santo, viene a inhabitar en sus almas. Así, por la gracia, el alma se convierte en morada de la Trinidad, el corazón en altar de Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y el cuerpo en templo del Espíritu Santo –de ahí que profanar el cuerpo es profanar al Espíritu Santo, Dueño del cuerpo del cristiano-. La incomprensión de esta verdad, por parte de miles de niños y jóvenes que año a año reciben la Primera Comunión y la Confirmación, y luego abandonan la Iglesia, es la responsable de la apostasía masiva que vive el catolicismo en nuestros días. La crisis de la Iglesia es crisis de santidad, porque no se busca ser santos, porque no se entendió que la santidad viene por la gracia y que la gracia se recibe por los sacramentos. Así, se da la paradoja de niños y jóvenes católicos que, en la práctica, habiendo apostatado de su identidad católica, abandonan los sacramentos y viven, de hecho, como protestantes.
         Todo católico tiene, por objetivo en esta vida, alcanzar la santidad, y esta se logra recibiendo la gracia santificante por los sacramentos, y obrando luego la misericordia con la misma bondad divina. Si el católico pierde de vista este objetivo, pierde de vista la razón por la cual Dios Trino lo eligió para que pertenezca a su Iglesia, por el Bautismo. Y si la Iglesia pierde de vista su objetivo primario, exclusivo y central, que es obtener la santidad de todos los hombres –esto es, que todos los hombres, por el Bautismo sacramental, reciban la gracia santificante que les permite que el Espíritu Santo more en ellos-, razón por la cual misiona hasta los confines del mundo, para convertir a las almas al Evangelio de Jesucristo, pierde la razón por la cual fue cread por Jesucristo, apostata de su misión y se convierte en una inmensa ONG; solidaria, sí, pero ONG al fin, que no busca la santidad y salvación del género humano. Y esto se llama apostasía. No es indiferentes ser o no ser santos, buscar o no la santidad, tanto como miembros individuales de la Iglesia, como Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: el rechazo de la santidad –favorecido por teólogos de la inmanencia, como Karl Rahner- conduce a la apostasía. Imitemos a los santos católicos de todos los tiempos, los cuales se caracterizaron por algo en común, y era el vivir en gracia; busquemos entonces vivir la santidad, esto es, busquemos vivir en gracia, recibiendo la Confesión y la Comunión con frecuencia, para que el Espíritu Santo inhabite en nosotros y se sirva de nosotros para esparcir, sobre el mundo, la bondad divina.


martes, 24 de octubre de 2017

San Antonio María Claret y la eternidad como el motor de su apostolado


         Vivimos en un siglo tan caracterizado por la inmediatez, la multiplicidad de sensaciones, por la urgencia de las cuestiones temporales, que nos lleva a olvidar una verdad fundamental, verdad que nos la recuerda San Antonio María Claret, y esa verdad es la realidad de la eternidad, como vida que comienza apenas termina esta vida terrena. Con respecto a la eternidad, decía así el santo: “Esta idea de la eternidad quedó en mí tan grabada, que, ya sea por lo tierno que empezó en mí o ya sea por las muchas veces que pensaba en ella, lo cierto es que es lo que más tengo presente. Esta misma idea es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”. San Antonio María Claret pensaba en la eternidad más que en la vida terrena, y si pensaba en la vida terrena, era para que los hombres se convirtieran a Nuestro Señor Jesucristo, para que vivieran una feliz eternidad, y para que evitaran el Infierno, una eternidad en la que el dolor del cuerpo y el alma es increíblemente intenso y dura para siempre. Era esta realidad de la eternidad la que lo movía a hacer apostolado, es decir, a predicar la Buena Nueva de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, si queremos profundizar un poco: ¿qué es la eternidad? La define así uno de los más grandes teólogos del siglo XIX, el alemán Matthias Joseph Scheeben[1], hablando del conocimiento y el amor de Dios que el alma experimenta, no por sus propias fuerzas, sino por la participación a la vida divina –eterna- por medio de la gracia: “Siendo así que la posesión y el goce de Dios, que sus hijos alcanzan como herencia correspondiente a su alta dignidad, sin una grandiosa elevación y glorificación de su vida no pueden concebirse y, porque la intuición misma de Dios, en que se concentran su posesión y goce, es un acto vital divino, por esto la toma de posesión de la herencia de los hijos de Dios, como nueva participación de la vida divina, ha de ser para ellos un nuevo nacimiento del seno (ex sinu) de Dios. Por este nuevo nacimiento la divina fuerza de vida inunda a la creatura y ensancha su capacidad de comprensión de tal manera que la creatura puede concebir en sí la esencia divina –que penetra en lo más profundo e íntimo del espíritu- y con el conocimiento y amor de la misma puede desplegar la vida más elevada, una vida que del modo más admirable radica al mismo tiempo en Dios y saca de él su alimento, una vida verdaderamente divina, por la cual la creatura vive en Dios y Dios vive en ella”[2]. En pocas palabras, lo que dice Scheeben es que, por la gracia, la creatura se vuelve capaz de conocer y amar a Dios como Él se conoce y se ama, y esto porque se hace partícipe de la vida divina, que por nacer del seno –ex sinu- de Dios, es vida eterna.
         ¿Qué es la vida eterna, entonces, por la cual amamos y conocemos a Dios como Él se ama y conoce? Continúa Scheeben: “Si bajo el atributo “eterno” se entiende solamente el carácter imperecedero, la inmortalidad de la vida, evidentemente no habrá misterio sobrenatural en ello”. Es decir, la vida eterna no se define meramente por la inmortalidad, la vida sin fin. “El espíritu creado es inmortal por naturaleza, también su vida natural es imperecedera y por tanto eterna. La eternidad del espíritu y de su vida es una cosa que de suyo se impone, tanto, que nuestra razón natural debe admitirla como necesaria; es tan comprensible, que lo contrario es completamente incomprensible para la razón (…) el Salvador designa la vida eterna como una vida que ha de llegarnos mediante la unión con Él, Hijo natural de Dios, y mediante la unión con su Padre eterno; como una vida, que del Padre pasa a Él y de Él a todos aquellos que mediante la fe o la Eucaristía se asimilan a la fuerza vital propia de Él. De modo que necesariamente ha de ser una vida sobrenatural, que se infunde a la creatura desde arriba, desde el seno de la divinidad; y si en esta relación es designada como vida eterna, entonces la eternidad de la misma ha de estribar precisamente en que nosotros, mediante ella, participamos de la vida absolutamente eterna de Dios. La vida eterna, que Cristo nos prometió, es eterna no sólo porque en alguna manera es sencillamente inmortal, imperecedera, sino porque es una emanación de la vida absolutamente eterna, sin principio ni fin, inmutable de la divinidad”[3]. Y esta vida eterna, como nos dice Scheeben, la vida eterna que Cristo nos prometió y que fue por la que San Antonio María Claret dio su vida terrena, la obtenemos, por la gracia, por la fe y por la Eucaristía, en la silenciosa adoración Eucarística, y en la Santa Misa, en la consagración, y la poseemos ya desde esta vida terrena, como anticipo, si comulgamos en gracia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 706ss.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 19 de octubre de 2017

San Expedito y la fuerza de la Cruz


         San Expedito era un soldado romano pagano, es decir, adoraba a falsos dioses, los cuales, como dice la Escritura, “son demonios”: “Los ídolos de los gentiles son demonios”. En un determinado momento, recibió la gracia de la conversión, lo cual quiere decir que recibió una luz especial, proveniente del Espíritu Santo, que le hacía ver que solo Jesucristo era el único y verdadero Dios y los dioses a los que él, hasta ese momento, adoraba, eran solo demonios. Pero al mismo tiempo que recibía esta luz, el Demonio se le apareció en forma de cuervo, para tratar de convencerlo de que no se convirtiera a Jesús, que siguiera viviendo su vida como pagano. San Expedito tenía ante sí dos opciones: o Jesús y su Cruz y empezar a vivir la vida nueva de hijos de Dios, o el Demonio y sus ídolos, que quería decir continuar viviendo como pagano, adorando a ídolos demoníacos (que en nuestros días, serían el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa).
         San Expedito, que tenía la Cruz de Cristo en su mano, habiendo recibido de la Cruz una fuerza sobrenatural que lo hacía crecer en fe y en amor a Jesús, levantó la Cruz en alto y dijo: “Hodie!”, es decir, “¡Hoy comienzo a ser cristiano, hoy dejo mis vicios y pecados, hoy comienzo a vivir los mandamientos de Dios, hoy perdono setenta veces siete, hoy cargo con mi cru por el camino del Calvario, para así llegar al cielo!”. Y diciendo esto, aplastó con su pie al Demonio que, todavía en forma de cuervo, se había acercado hasta San Expedito.

         También nosotros debemos elegir, o la conversión a Jesucristo, o el adorar  a los ídolos del mundo, y esto, todos los días, todo el día. Y al igual que San Expedito, debemos obtener nuestras fuerzas de la Santa Cruz de Jesús, el único Camino que nos lleva al cielo.