San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 3 de noviembre de 2017

Las promesas del Sagrado Corazón valen también para quien entronice la Eucaristía en su propio corazón


         Cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, le reveló la devoción al Sagrado Corazón y le reveló además cuáles serían las promesas para los devotos del Sagrado Corazón, quienes para alcanzarlas, debían comulgar y confesar nueve primeros viernes de mes.
         Estas promesas[1] son:
         1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
2. Pondré paz en sus familias.
3. Les consolaré en sus penas.
4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.
5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.
8. Las almas tibias se volverán fervorosas.
9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.
10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de Él.
12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final. No morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.
         Las promesas son válidas para quienes confiesen y comulguen nueve primeros viernes de mes y también para quienes entronicen la imagen del Sagrado Corazón en sus hogares. Ahora bien, al ser la Eucaristía ese mismo Sagrado Corazón de Jesús, que late, vivo, resucitado, glorioso, en la Eucaristía, podríamos decir que las promesas del Sagrado Corazón se hacen extensivas a quienes no solo entronicen el Sagrado Corazón en sus casas, sino también para quienes entronicen al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús en sus propios corazones. En otras palabras, serían merecedores de las mismas promesas del Sagrado Corazón, aquellos que conviertan a sus propios corazones en otros tantos altares en donde el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús sea ensalzado, amado y adorado, en el tiempo y en la eternidad.

San Martín de Porres


         Vida de santidad[1].

Nació en Lima, Perú, de padre español y madre mulata, el año 1579. A temprana edad aprendió el oficio de barbero-cirujano, oficio que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres. Llevó una vida de mortificación, de humildad y de gran devoción a la eucaristía. Murió el año 1639.

Mensaje de santidad[2].

En la homilía pronunciada en ocasión de su beatificación, el Papa Juan XXIII trazaba una semblanza de la vida de santidad de San Martín de Porres, caracterizada ante todo, por la caridad, es decir, por el amor sobrenatural a Dios y al prójimo. Decía así el Papa: “Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si, en primer lugar, amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y si, en segundo lugar, amamos al prójimo como a nosotros mismos”. El camino que nos muestra San Martín de Porres es el del cumplimiento del Primer Mandamiento, el más importante de todos, y en el que se concentran todos los Mandamientos de la Ley de Dios, el amor a Dios y al prójimo.
Este amor de caridad, en San Martín de Porres, se fundamenta en la Pasión de Jesús, ya que Jesús es la Fuente de la caridad y es a la vez el destinatario, en su Persona y en la persona de los más necesitados, del amor de caridad del cristiano: “Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo un amor especial a Jesús crucificado, de tal modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas”.
San Martín contemplaba a Cristo crucificado, y es de allí de donde obtenía el amor de caridad que lo santificó, pero no solo, sino también era en la adoración eucarística y en la comunión sacramental, de donde el santo se nutría con el Amor de Dios, que luego comunicaba a los demás: “Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible”.
Afirma el Papa Juan XXIII que San Martín de Porres, además de la caridad, se destacaba en la virtud de la humildad, obedeciendo al Señor en sus mandamientos, particularmente estos dos: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, y “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”: “Además, san Martín, obedeciendo el mandato del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad para con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos, porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él”. San Martín de Porres, dice el Papa, era humilde porque era caritativo, y era caritativo porque era humilde, ya que consideraba a los demás “más justos y perfectos que él”, obedeciendo en esto también a la Escritura: “Consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” (cfr. Fil 2, 13). Siempre cumpliendo con el mandato del Señor –“No he venido a ser servido, sino a servir”-, San Martín de Porres ponía siempre a los demás y sus necesidades, por encima de las suyas: “Coloca siempre las necesidades de los demás primero que las tuyas. De este modo Dios saciará tus necesidades a Su modo y a Su tiempo. Dios conoce tus necesidades mejor que tú”.
Era este amor de caridad el que lo llevaba a justificar a su prójimo, disculpando sus errores y perdonando sus ofensas, considerando estas ofensas como merecidas por su condición de pecador: “Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de “Martín de la caridad”. San Martín de Porres ejercía la caridad en sus más variadas formas, no solo materialmente, sino también espiritualmente, buscando que todos retornaran al camino de la salvación.
Con su vida, dice el Papa Juan XXIII, San Martín de Porres es un luminoso ejemplo de cómo el cumplimiento de los mandatos del Señor es lo que hace verdaderamente feliz al alma, y este ejemplo de vida de santidad continúa vigente en nuestros días, aun cuando hayan muchos que no sean capaces de apreciarlo: “Este santo varón, que con sus palabras, ejemplos y virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, también ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido, al contrario, son muchos los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos”.
Por último, hay un episodio en la vida de San Martín de Porres, que refleja su santidad, y es la batalla final que entabla contra el Demonio, venciendo con la ayuda de la cruz. En efecto, el Demonio, a los que son de él, no los molesta, ya que los tiene seguros bajo sus garras; en cambio, con santos como San Martín de Porres, se esfuerza por hacerlos caer en el pecado, por medio de la tentación. Es esto lo que sucedió con San Martín, a lo largo de su vida terrena, y de modo particular en el momento de su muerte. Una estudiosa especialista de la vida del santo, Celia Cussen, profesora de ciencias históricas de la Universidad de Chile, declaró en una conferencia que San Martín fue atacado por el demonio en su lecho de muerte. Estas son sus palabras: “En su agonía, ya sin poder hablar y con varios frailes cerca, San Martín enfrentó su mayor lucha con Satanás. La rigidez de su cuerpo, la firmeza de sus dientes y toda la fisonomía de su rostro demostraban su gran sufrimiento y lucha. Los religiosos que presenciaron la escena de su muerte afirmaron que sin duda ésta fue la mayor tentación que le tocó vencer a fray Martín, en momentos en que se encontraba con los sentidos muy débiles. Su hagiógrafo dijo que fray Martín vio a la Virgen, a Santa Catalina y a Santo Domingo acompañándolo en su momento de lucha final”. La especialista también afirmó que “En medio de su agonía le pasaron una cruz, a los minutos falleció y por la paz de su rostro supieron que pudo vencer al demonio”. Esto fue lo que sucedió con el santo en su lecho de muerte, y así como fue que venció al demonio, con el santo crucifijo entre sus manos y el amor de Jesús en su corazón. Sin embargo, según esta misma estudiosa, el santo tuvo también, a lo largo de su vida, otros enfrentamientos con el demonio, como el que se relata a continuación, sucedido en una escalera del convento: “Un día, subiendo a los enfermos con un brasero en las manos tropezó -porque faltaba una luz que normalmente estaba en un peldaño – y dijo ‘quién apagó la luz’ y vio aparecer al diablo diciéndole ‘yo, aquí estoy cosechando almas’”. Cussen explicó que la gente solía tropezarse y maldecir y con eso el diablo se llevaba su alma según el santo: “Martín se enfurecía con esa trampa que el diablo hacía a la gente, y cuando él tropezó sacó su cinturón y de un latigazo lo mandó lejos diciéndole “Váyase a su lugar”, y así terminó venciéndolo en esa famosa tentación”.
Amor de caridad –esto es, amor sobrenatural, el verdadero amor- a Dios y al prójimo –tenía además un gran amor a los animales[3], los cuales, según muchos relatos de testigos, le obedecían-, obras de misericordia corporales y espirituales, lucha contra el pecado y el Demonio, vivir en el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, he aquí el legado de santidad de San Martín de Porres, un feliz hermano religioso que, desde el cielo, nos indica el camino para llegar al encuentro en la eternidad con el Rey de los cielos, Nuestro Señor Jesucristo.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la homilía pronunciada por el papa Juan XXIII en la canonización de san Martín de Porres
(Día 6 de mayo de 1962: AAS 54 [1962], 306-309).
[3] En los documentos del proceso de beatificación se cuenta también que Fray Martín “se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto”. No es extraño que en el convento, los perros, gatos y ratones comieran del mismo plato cuando Fray Martín les ponía el alimento. Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: “Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte”. Fue con él al convento, acostó al perro en una alfombra de paja, le registró la herida y le aplicó sus medicinas, sus ungüentos. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro: “No vuelvas a las andadas -le dijo-, que ya estás viejo para la lucha”. Otra anécdota que explica su amor a los animales es la siguiente: resulta que el convento estaba entonces infestado de ratones y de ratas, los cuales roían la ropa y los hábitos, tanto en la sacristía como en las celdas y en el guardarropa. Después que los frailes resolvieran tomar medidas drásticas para exterminarlos, Martín de Porres se sintió afligido por ello y sufrió al pensar que aquellos inocentes animalitos tuvieran que ser condenados de aquella manera. Así que, habiendo encontrado a una de aquellas bestias le dijo: “Pequeño hermano rata, óyeme bien: ustedes ya no están seguros aquí. Ve a decirles a tus compañeros que vayan al albergue situado en el fondo del jardín. Me comprometo a llevarles allí comida, a condición de que me prometan no venir ya a causar estragos en el convento”. Después de estas palabras, según se cuenta, el “jefe” de la tribu ratonil rápidamente llevó el aviso a todo el ejército de ratas y ratones, y pudo verse una larga procesión de estos animales desfilando a lo largo de los pasillos y de los claustros para llegar al jardín indicado. En su biografía se cuentan otros muchos recuerdos y anécdotas al respecto: como por ejemplo, su costumbre de acariciar a las gallinas del convento que muy contentas siempre se le acercaban;  de cuando calmó a un becerro bravo o amansó a un perro salvaje  e incluso como curaba a gatos, mulas y pájaros. Su tacto sobre los animales era realmente maravilloso. Cfr. https://fraymartindeporres.wordpress.com/2013/01/26/san-martin-de-porres-y-su-amor-por-los-animales/

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos


María, Reina de todos los santos.

         Así como en Halloween son el Infierno y el Demonio quienes celebran a los servidores de Satanás –brujos, hechiceros, magos- y a los habitantes del Infierno –demonios, almas condenadas-, así en la Solemnidad de Todos los Santos, la Santa Iglesia Católica celebra a los habitantes del Cielo, que en la tierra se santificaron por la gracia de Jesucristo y ahora lo aman y adoran por la eternidad.
         La razón por la cual los santos están en el cielo es, obviamente, la santidad de sus cuerpos y almas, puesto que nadie que no sea santo no puede estar ante la presencia de Dios, que es la Santidad Increada.
         Es la santidad, vivida en la tierra, la que llevó a los santos a dejar de ser lo que eran, hombres comunes y pecadores, para ser santos. Esto nos lleva entonces a preguntarnos qué es la santidad, puesto que la santidad es lo que hace que un hombre sea santo y no un pecador. Ante todo, podemos decir que la santidad no es un “producto” del hombre, como si dependiera de él o como si radicara en él, en su naturaleza humana, esta santidad. Ante todo, la santidad es la bondad, pero no la bondad humana –que por buena que sea una persona, está manchada por el pecado original, además de ser una bondad limitada por la misma naturaleza humana-, sino que es la bondad divina que, brotando del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, inhiere en el alma por medio de la gracia santificante. La santidad, esto es, la bondad divina, convierte al alma, porque le quita el pecado, le concede la participación en la vida divina de Dios Trino y, como consecuencia de participar en su vida divina, permite que el alma viva con la bondad que no es humana, sino divina. El santo es el que, en la tierra, vive en estado de gracia santificante, gracia por la cual se hace partícipe de la bondad divina. Esto es lo que explica que los santos hayan obrado obras de misericordia que superan infinitamente las fuerzas humanas, porque no obraban con sus solas fuerzas humanas, sino que lo hacían con la fuerza de la bondad y del Amor divinos, comunicados por la gracia santificante. Sin la gracia santificante, el alma posee solo la bondad humana, bondad que por ser humana es limitada, además de contar con el agravante de estar contaminada con el pecado original.
         La santidad –esto es, la participación a la bondad divina por medio de la gracia, gracia que es conferida por los sacramentos-, es lo que diferencia a un santo –en vida terrena, un pecador que vive en gracia y que por lo mismo está “en el camino de la santidad”- de un hombre común, esto es, una persona “buena”, pero con una bondad puramente humana, limitada y contaminada por el pecado original. En otras palabras, es la santidad, hecha posible por la gracia santificante, la que diferencia a una persona que vive en la bondad divina, de una persona que, aun siendo buena, no posee la bondad divina y que, por lo mismo, puede obrar la misma obra externa de un santo, pero sin la bondad divina, lo cual quiere decir que no es meritorio para la vida eterna.
En otras palabras, un integrante de una ONG solidaria –por ejemplo, que asista a los pobres, proporcionándoles alimento, vestimentas, etc.- puede no diferenciarse casi en nada con un integrante de la Iglesia que, materialmente y considerado desde el punto de vista externo, realizan la misma obra, pero la diferencia es que el integrante de la ONG obra movido por su bondad humana, que no es santa y por eso no es salvífica, en tanto que el miembro de la Iglesia Católica lo hace movido por la bondad divina y, por lo tanto, su obrar es salvífico.
         Ahora bien, para obtener esta santidad –la gracia santificante que convierte al pecador en justo en esta vida y en santo en la vida eterna- es necesario, indispensablemente, recibir la gracia santificante, que a los católicos se nos transmite por los Sacramentos. Pretender, como erróneamente lo hace Karl Rahner, que todo hombre es “cristiano anónimo” por el hecho de la Encarnación y que por lo mismo no necesita de los sacramentos, es falsificar el concepto de santidad y condenar a miles de personas a permanecer sin el auxilio de la gracia, esto es, a negarles la entrada en el cielo en la vida futura, y es condenarlos a ser privados de la inhabitación del Santificador de las almas, el Espíritu Santo. Es doctrina católica que el alma del justo, cuando está en gracia –concedida por los sacramentos-, en virtud de esta gracia, no solo participa de la vida divina y de la bondad divina, sino que el Santificador, que es el Espíritu Santo, viene a inhabitar en sus almas. Así, por la gracia, el alma se convierte en morada de la Trinidad, el corazón en altar de Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y el cuerpo en templo del Espíritu Santo –de ahí que profanar el cuerpo es profanar al Espíritu Santo, Dueño del cuerpo del cristiano-. La incomprensión de esta verdad, por parte de miles de niños y jóvenes que año a año reciben la Primera Comunión y la Confirmación, y luego abandonan la Iglesia, es la responsable de la apostasía masiva que vive el catolicismo en nuestros días. La crisis de la Iglesia es crisis de santidad, porque no se busca ser santos, porque no se entendió que la santidad viene por la gracia y que la gracia se recibe por los sacramentos. Así, se da la paradoja de niños y jóvenes católicos que, en la práctica, habiendo apostatado de su identidad católica, abandonan los sacramentos y viven, de hecho, como protestantes.
         Todo católico tiene, por objetivo en esta vida, alcanzar la santidad, y esta se logra recibiendo la gracia santificante por los sacramentos, y obrando luego la misericordia con la misma bondad divina. Si el católico pierde de vista este objetivo, pierde de vista la razón por la cual Dios Trino lo eligió para que pertenezca a su Iglesia, por el Bautismo. Y si la Iglesia pierde de vista su objetivo primario, exclusivo y central, que es obtener la santidad de todos los hombres –esto es, que todos los hombres, por el Bautismo sacramental, reciban la gracia santificante que les permite que el Espíritu Santo more en ellos-, razón por la cual misiona hasta los confines del mundo, para convertir a las almas al Evangelio de Jesucristo, pierde la razón por la cual fue cread por Jesucristo, apostata de su misión y se convierte en una inmensa ONG; solidaria, sí, pero ONG al fin, que no busca la santidad y salvación del género humano. Y esto se llama apostasía. No es indiferentes ser o no ser santos, buscar o no la santidad, tanto como miembros individuales de la Iglesia, como Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: el rechazo de la santidad –favorecido por teólogos de la inmanencia, como Karl Rahner- conduce a la apostasía. Imitemos a los santos católicos de todos los tiempos, los cuales se caracterizaron por algo en común, y era el vivir en gracia; busquemos entonces vivir la santidad, esto es, busquemos vivir en gracia, recibiendo la Confesión y la Comunión con frecuencia, para que el Espíritu Santo inhabite en nosotros y se sirva de nosotros para esparcir, sobre el mundo, la bondad divina.


martes, 24 de octubre de 2017

San Antonio María Claret y la eternidad como el motor de su apostolado


         Vivimos en un siglo tan caracterizado por la inmediatez, la multiplicidad de sensaciones, por la urgencia de las cuestiones temporales, que nos lleva a olvidar una verdad fundamental, verdad que nos la recuerda San Antonio María Claret, y esa verdad es la realidad de la eternidad, como vida que comienza apenas termina esta vida terrena. Con respecto a la eternidad, decía así el santo: “Esta idea de la eternidad quedó en mí tan grabada, que, ya sea por lo tierno que empezó en mí o ya sea por las muchas veces que pensaba en ella, lo cierto es que es lo que más tengo presente. Esta misma idea es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”. San Antonio María Claret pensaba en la eternidad más que en la vida terrena, y si pensaba en la vida terrena, era para que los hombres se convirtieran a Nuestro Señor Jesucristo, para que vivieran una feliz eternidad, y para que evitaran el Infierno, una eternidad en la que el dolor del cuerpo y el alma es increíblemente intenso y dura para siempre. Era esta realidad de la eternidad la que lo movía a hacer apostolado, es decir, a predicar la Buena Nueva de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, si queremos profundizar un poco: ¿qué es la eternidad? La define así uno de los más grandes teólogos del siglo XIX, el alemán Matthias Joseph Scheeben[1], hablando del conocimiento y el amor de Dios que el alma experimenta, no por sus propias fuerzas, sino por la participación a la vida divina –eterna- por medio de la gracia: “Siendo así que la posesión y el goce de Dios, que sus hijos alcanzan como herencia correspondiente a su alta dignidad, sin una grandiosa elevación y glorificación de su vida no pueden concebirse y, porque la intuición misma de Dios, en que se concentran su posesión y goce, es un acto vital divino, por esto la toma de posesión de la herencia de los hijos de Dios, como nueva participación de la vida divina, ha de ser para ellos un nuevo nacimiento del seno (ex sinu) de Dios. Por este nuevo nacimiento la divina fuerza de vida inunda a la creatura y ensancha su capacidad de comprensión de tal manera que la creatura puede concebir en sí la esencia divina –que penetra en lo más profundo e íntimo del espíritu- y con el conocimiento y amor de la misma puede desplegar la vida más elevada, una vida que del modo más admirable radica al mismo tiempo en Dios y saca de él su alimento, una vida verdaderamente divina, por la cual la creatura vive en Dios y Dios vive en ella”[2]. En pocas palabras, lo que dice Scheeben es que, por la gracia, la creatura se vuelve capaz de conocer y amar a Dios como Él se conoce y se ama, y esto porque se hace partícipe de la vida divina, que por nacer del seno –ex sinu- de Dios, es vida eterna.
         ¿Qué es la vida eterna, entonces, por la cual amamos y conocemos a Dios como Él se ama y conoce? Continúa Scheeben: “Si bajo el atributo “eterno” se entiende solamente el carácter imperecedero, la inmortalidad de la vida, evidentemente no habrá misterio sobrenatural en ello”. Es decir, la vida eterna no se define meramente por la inmortalidad, la vida sin fin. “El espíritu creado es inmortal por naturaleza, también su vida natural es imperecedera y por tanto eterna. La eternidad del espíritu y de su vida es una cosa que de suyo se impone, tanto, que nuestra razón natural debe admitirla como necesaria; es tan comprensible, que lo contrario es completamente incomprensible para la razón (…) el Salvador designa la vida eterna como una vida que ha de llegarnos mediante la unión con Él, Hijo natural de Dios, y mediante la unión con su Padre eterno; como una vida, que del Padre pasa a Él y de Él a todos aquellos que mediante la fe o la Eucaristía se asimilan a la fuerza vital propia de Él. De modo que necesariamente ha de ser una vida sobrenatural, que se infunde a la creatura desde arriba, desde el seno de la divinidad; y si en esta relación es designada como vida eterna, entonces la eternidad de la misma ha de estribar precisamente en que nosotros, mediante ella, participamos de la vida absolutamente eterna de Dios. La vida eterna, que Cristo nos prometió, es eterna no sólo porque en alguna manera es sencillamente inmortal, imperecedera, sino porque es una emanación de la vida absolutamente eterna, sin principio ni fin, inmutable de la divinidad”[3]. Y esta vida eterna, como nos dice Scheeben, la vida eterna que Cristo nos prometió y que fue por la que San Antonio María Claret dio su vida terrena, la obtenemos, por la gracia, por la fe y por la Eucaristía, en la silenciosa adoración Eucarística, y en la Santa Misa, en la consagración, y la poseemos ya desde esta vida terrena, como anticipo, si comulgamos en gracia.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 706ss.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 19 de octubre de 2017

San Expedito y la fuerza de la Cruz


         San Expedito era un soldado romano pagano, es decir, adoraba a falsos dioses, los cuales, como dice la Escritura, “son demonios”: “Los ídolos de los gentiles son demonios”. En un determinado momento, recibió la gracia de la conversión, lo cual quiere decir que recibió una luz especial, proveniente del Espíritu Santo, que le hacía ver que solo Jesucristo era el único y verdadero Dios y los dioses a los que él, hasta ese momento, adoraba, eran solo demonios. Pero al mismo tiempo que recibía esta luz, el Demonio se le apareció en forma de cuervo, para tratar de convencerlo de que no se convirtiera a Jesús, que siguiera viviendo su vida como pagano. San Expedito tenía ante sí dos opciones: o Jesús y su Cruz y empezar a vivir la vida nueva de hijos de Dios, o el Demonio y sus ídolos, que quería decir continuar viviendo como pagano, adorando a ídolos demoníacos (que en nuestros días, serían el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa).
         San Expedito, que tenía la Cruz de Cristo en su mano, habiendo recibido de la Cruz una fuerza sobrenatural que lo hacía crecer en fe y en amor a Jesús, levantó la Cruz en alto y dijo: “Hodie!”, es decir, “¡Hoy comienzo a ser cristiano, hoy dejo mis vicios y pecados, hoy comienzo a vivir los mandamientos de Dios, hoy perdono setenta veces siete, hoy cargo con mi cru por el camino del Calvario, para así llegar al cielo!”. Y diciendo esto, aplastó con su pie al Demonio que, todavía en forma de cuervo, se había acercado hasta San Expedito.

         También nosotros debemos elegir, o la conversión a Jesucristo, o el adorar  a los ídolos del mundo, y esto, todos los días, todo el día. Y al igual que San Expedito, debemos obtener nuestras fuerzas de la Santa Cruz de Jesús, el único Camino que nos lleva al cielo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Fiesta de San Lucas, evangelista


         Vida de santidad.

Nacido de familia pagana, Lucas –cuyo nombre significa: “luminoso, iluminado”, ya que viene del latín “luce”, que es luz-, es el único escritor del Nuevo Testamento que no es israelita, puesto que nació en Grecia. Se convirtió a la fe y acompañó al apóstol Pablo, de cuya predicación es reflejo el evangelio que escribió[1]. Es autor también del libro denominado “Hechos de los apóstoles”, en el que se narran los orígenes de la vida de la Iglesia hasta la primera prisión de Pablo en Roma[2].
San Lucas es denominado “el gran poeta de María”, y a diferencia de Juan, que profundiza en el aspecto místico y sobrenatural de la Madre de Dios –al punto de apenas poder distinguirse entre la Madre de Jesús de la Madre-Iglesia-, Lucas posee una visión mística de la Virgen aunque esta visión comienza en lo particular, en lo concreto, en lo humano: en Lucas, María Santísima se percibe a sí misma, en su persona, como nada infinita frente a la majestad de Dios; canta las maravillas que Dios hizo en ella, como en el Magnificat y se alegra del gran don con el que ha sido honrada, de ser Virgen y Madre de Dios y que sufre en el silencio su participación mística a la Pasión de su Hijo. Según una antigua tradición, se le atribuye a San Lucas el ser el primero en plasmar, en una pintura, a la Virgen.
San Lucas redactó, por inspiración del Espíritu Santo –toda la Escritura está inspirada por el Espíritu Santo- el tercer Evangelio y Los Hechos de los apóstoles. Era médico y testimonio de esto último es que San Pablo lo llama “Lucas, el médico muy amado”, y probablemente cuidaba de la quebrantada salud del gran apóstol en los viajes de San Pablo. En los Hechos de los apóstoles, al narrar los grandes viajes del Apóstol, habla en plural diciendo “fuimos a... navegamos a...”. Narra con todo detalle los sucesos ocurridos a San Pablo en sus cuatro viajes: acompañó a San Pablo cuando éste estuvo prisionero, primero dos años en Cesarea y después otros dos en Roma.

Mensaje de santidad.

El evangelio de Lucas, “el médico carísimo” de Pablo, es llamado también el evangelio de la misericordia de Cristo, Médico Divino de cuerpo y alma que “pasó por todas partes haciendo el bien y sanando a todos los esclavizados por el diablo” (Hch 10, 38)[3]. Lucas recoge cuidadosamente las palabras con que Zacarías anuncia la próxima llegada de este misericordioso samaritano celestial y le proclama como el que dona la misericordia de Dios y perdona las pecados movido por el amor entrañable de nuestro Dios (Lc 1,72, 77,78 ).
San Lucas describe en su Evangelio al Cristo misericordioso que, cual médico celestial, sana no solo los cuerpos sino también las almas, liberándolas de la tiranía del demonio, del pecado y de la muerte. Así, da testimonio del perdón de Dios a la “mujer pecadora” (Lc 7, 36-50); la llamada a Zaqueo, “el publicano y hombre pecador” (Lc 19, 1, 10); la respuesta al ataque farisaico, “éste come con los pecadores”, en las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja descarriada y otra vez vuelta al redil en brazos del pastor, la de la dracma perdida y encontrada de nuevo tras búsqueda trabajosa, la del hijo pródigo y de nuevo en la casa paterna entre los brazos del padre. Describe a Cristo como al Médico compasivo que desde la cruz perdona a quienes le quitan la vida, al tiempo que promete el Paraíso a quienes, como el Buen Ladrón, se arrepienten y reciben su perdón misericordioso en esta vida (Lc 23, 34-43).
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito en Roma años antes del 70, repite el último mandato de Cristo, el Salvador del mundo, a los apóstoles el día de la Ascensión: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaria, y hasta el último confín de la tierra” (Hch 1, 8). Es decir, el llamado a la conversión, por la misión, para recibir la Misericordia Divina, a todos los pecadores del mundo.
San Lucas muestra entonces a un Jesús que es Dios misericordioso, que se compadece de las miserias del hombre y sana tanto su cuerpo como su alma, al tiempo que ofrece esta Misericordia Divina a todos los hombres, sin distinción de raza, de edad, de condición social. Pero el Cristo Misericordioso de Lucas, que ofrece su Misericordia Divina de forma inagotable al pecador en esta vida, para que se arrepienta y se convierta, es también el Cristo Juez Implacable que dará el Cielo a los que fueron misericordiosos con sus hermanos, al tiempo que dará el Infierno eterno a los que, persistiendo voluntariamente en el pecado, se negaron obstinadamente a ser misericordiosos con sus prójimos más necesitados. El mismo Cristo misericordioso, que perdona sin medida en esta vida, es el mismo Cristo que dirá a los que se condenen en el Infierno por no haber querido obrar la misericordia: “¡Apártense de Mí (…) No os conozco, hacedores de maldad!” (cfr. Lc 13, 25-27). En definitiva, el Cristo de Lucas es el mismo Cristo de Sor Faustina Kowalska, que nos advierte: “Que los más grandes pecadores [pongan] su confianza en Mi misericordia. Ellos más que nadie tienen derecho a confiar en el abismo de Mi misericordia. Hija Mía, escribe sobre Mi misericordia para las almas afligidas. Me deleitan las almas que recurren a Mi misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden. No puedo castigar aún al pecador más grande si él suplica Mi compasión, sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable misericordia. Escribe: Antes de venir como Juez Justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”[4].



[3] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-18_S_Lucas_evangelista.htm
[4] Diario, 1146.

martes, 17 de octubre de 2017

San Ignacio de Antioquía


         Vida de santidad[1].

San Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol San Juan y segundo sucesor de san Pedro en la sede de Antioquía, fue condenado al suplicio de las fieras y trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio, en tiempo del emperador Trajano. Durante el viaje, mientras experimentaba la ferocidad de sus centinelas, semejante a la de los leopardos, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias, en las cuales exhortaba a los hermanos a servir a Dios unidos con el propio obispo, y a que no le impidiesen poder ser inmolado como víctima por Cristo.

         Mensaje de santidad.

         Debido al testimonio que ofrece de la vida eterna y de Jesucristo, con su vida y con sus cartas, es muy importante, para el católico de todos los tiempos, reflexionar sobre el contenido de sus palabras, dejadas en el Acta de martirio, como en sus cartas. Desde época muy remota, se ha creído que el interrogatorio al que fue sometido San Ignacio por Trajano fue el siguiente[2]:
Trajano: ¿Quién eres tú, espíritu malvado, que osas desobedecer mis órdenes e incitas a otros a su perdición?
Ignacio: Nadie llama a Teóforo espíritu malvado.
Trajano: ¿Quién es Teóforo?
Ignacio: El que lleva a Cristo dentro de sí.
Trajano: ¿Quiere eso decir que nosotros no llevamos dentro a los dioses que nos ayudan contra nuestros enemigos?
Ignacio: Te equivocas cuando llamas dioses a los que no son sino diablos. Hay un sólo Dios que hizo el cielo, la tierra y todas las cosas; y un solo Jesucristo, en cuyo reino deseo ardientemente ser admitido.
Trajano: ¿Te refieres al que fue crucificado bajo Poncio Pilato?
Ignacio: Sí, a Aquél que con su muerte crucificó al pecado y a su autor, y que proclamó que toda malicia diabólica ha de ser hollada por quienes lo llevan en el corazón.
Trajano: ¿Entonces tú llevas a Cristo dentro de ti?
Ignacio: Sí, porque está escrito, viviré con ellos y caminaré con ellos.
En el interrogatorio, San Ignacio no se muestra desesperado por aferrarse a la vida terrena; no busca congraciarse con quien es su perseguidor, que tiene a su vez el poder de ordenar su muerte. Por el contrario, defiende, con toda dignidad y con toda valentía, el Santísimo Nombre de Jesús, de manera que se siente ofendido cuando le dicen “malvado”, porque él no se considera malvado, ya que porta a Cristo Dios con él, y por eso quiere ser llamado “Teóforo”, “el que lleva a Cristo dentro de sí”. Puesto que Cristo es Dios y Dios es Bondad y Amor infinitos, es una calumnia llamar “malvado” a quien lo lleva a Cristo en su corazón. Otro testimonio es contra la fe del emperador romano, ya que San Ignacio le llama a sus dioses “demonios”, tal como lo dice la Escritura: “Los dioses de los gentiles son demonios”: “llamas dioses a los que no son sino diablos”. Hay un solo Dios, Nuestro Señor Jesucristo, Creador de todas las cosas y en las cuales él desea “ser ardientemente admitido”. No desea el reino terreno del emperador Trajano, adorador de demonios, sino el Reino eterno del Cordero de Dios, Jesucristo. Trajano le pregunta si el Cristo al que se refiere es “el que fue crucificado bajo Poncio Pilato”, y San Ignacio dice que sí, que es El que “con su muerte crucificó al pecado y a su autor”, es decir, lo proclama triunfador en la cruz sobre el pecado, el demonio y la muerte.
Una vez finalizado el interrogatorio y la proclamación de fe en Jesucristo, Trajano mandó encadenar al obispo para que lo llevaran a Roma y ahí lo devoraran las fieras en el circo romano. En ese momento, el santo exclamó: “Te doy gracias, Señor, por haberme permitido darte esta prueba de amor perfecto y por dejar que me encadenen por Ti, como tu apóstol Pablo”.
Rezó por la Iglesia, la encomendó con lágrimas a Dios, y con gusto sometió sus miembros a los grillos; y lo hicieron salir apresuradamente los soldados para conducirlo a Roma. Según consta en las Actas martiriales, las numerosas paradas dieron al santo oportunidad de confirmar en la fe a las iglesias cercanas a la costa de Asia Menor. Dondequiera que el barco atracaba, los cristianos enviaban sus obispos y presbíteros a saludarlo, y grandes multitudes se reunían para recibir su bendición. Se designaron también delegaciones que lo escoltaron en el camino. En Esmirna tuvo la alegría de encontrar a su antiguo condiscípulo San Policarpo; allí se reunieron también el obispo Onésimo, quien iba a la cabeza de una delegación de Éfeso, el obispo Dámaso, con enviados de Magnesia, y el obispo Polibio de Tralles. Burrus, uno de los delegados, fue tan servicial con san Ignacio, que éste pidió a los efesios que le permitieran acompañarlo. Desde Esmirna, el santo escribió cuatro cartas. Como vemos, la Iglesia primitiva no rehuía ni del martirio, ni de los mártires, sino que los acompañaba hasta el martirio y se consideraban felices si lograban ser contados entre los que daban la vida por Jesucristo. Todo lo opuesto a una Iglesia esposada con el mundo, que desea complacer a todos, so pena de apostatar de Cristo.

Precisamente, refiriéndose a este amor de caridad recibido por parte de los cristianos, San Ignacio dice así en una de sus cartas: “Temo que vuestro amor me perjudique, a vosotros os es fácil hacer lo que os agrada; pero a mí me será difícil llegar a Dios, si vosotros no os cruzáis de brazos. Nunca tendré oportunidad como ésta para llegar a mi Señor... Por tanto, el mayor favor que pueden hacerme es permitir que yo sea derramado como libación a Dios mientras el altar está preparado; para que formando un coro de amor, puedan dar gracias al Padre por Jesucristo porque Dios se ha dignado traerme a mí, obispo sirio, del Oriente al Occidente para que pase de este mundo y resucite de nuevo con Él...”. De forma admirable, San Ignacio les agradece el amor que le demuestran, pero les suplica que “se queden cruzados de brazos” con respecto a cualquier acción intencionada a rescatarlo; él no solo no quiere ser rescatado, sino que desea fervientemente ser ejecutado y morir, porque no muere por una causa vacía, sino que muere dando testimonio de Jesucristo, lo cual es una gracia que San Ignacio reconoce y agradece. Para el santo, la mayor muestra de amor que le pueden dar los cristianos, es dejar que él sea “derramado como una libación a Dios”, para morir a este mundo y “pasar de este mundo a la resurrección”, a la vida eterna con Él. No solo no se aferra a esta vida, sino que desea “salir” de ella, pero porque dando testimonio de Cristo, resucitará a la vida eterna.
Continúa luego: “Sólo les suplico que rueguen a Dios que me dé gracia interna y externa, no sólo para decir esto, sino para desearlo, y para que no sólo me llame cristiano, sino para que lo sea efectivamente...”. Les pide que recen para que no solo lo diga, sino que lo desee realmente, para así poder ser llamado “cristiano”. De esto deducimos que, para San Ignacio –y también para toda la Iglesia- el nombre de “cristiano” o “católico”, implica un desapego de esta vida terrena y un deseo ardiente de la vida eterna, de la resurrección en Cristo. Si un cristiano o un católico se muestra apegado a esta vida y sus placeres, y no muestra deseos de la eternidad en Jesucristo, entonces debe meditar en lo que el nombre de cristiano o católico significa y para eso está la vida de San Ignacio de Antioquía.
Más adelante, dice así: “Permitid que sirva de alimento a las bestias feroces para que por ellas pueda alcanzar a Dios. Soy trigo de Cristo y quiero ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan sabroso a mi Señor Jesucristo. Animad a las bestias para que sean mi sepulcro, para que no dejen nada de mi cuerpo, para que cuando esté muerto, no sea gravoso a nadie...”. Les pide a los cristianos que no solo no intervengan para impedir su muerte, sino que “permitan que él sirva de alimento a las bestias feroces”, así él, que es “trigo de Cristo”, pueda ser ofrecido a Cristo “como pan sabroso”. Parecería lo inverso a lo que sucede en la comunión eucarística, en la que el alma parece comulgar a Jesucristo, Pan de Vida eterna, mientras que en la realidad, es el mártir el que, inhabitado por el Espíritu Santo, es consumido por Cristo, por así decirlo, ya que por la muerte martirial, se une a Él de modo orgánico e íntimo, por el Espíritu Santo. Entonces, todo lo opuesto a lo que el mundo de hoy nos dice con respecto al cuerpo y a la vida terrena: tanto el cuerpo como la vida terrena son para despreciar, si es que así se da testimonio del Hombre-Dios Jesucristo.
Se considera no un apóstol, sino un “reo condenado” y “un esclavo”, pero un esclavo que, por el sufrimiento de la muerte, llegará a ser libre en Cristo, porque “resucitará en Él”: “No os lo ordeno, como Pedro y Pablo: ellos eran apóstoles, yo soy un reo condenado; ellos eran hombres libres, yo soy un esclavo. Pero si sufro, me convertiré en liberto de Jesucristo y en Él resucitaré libre”.
Sabiendo que las bestias están prontas para destrozarlo, no solo no muestra congoja alguna, sino que muestra alegría al saber que será devorado por ellas, e incluso las incitará a atacarlo si las bestias no lo hacen por sí mismas, ya que San Ignacio desea que sean las bestias quienes le quiten aquello que le impide el gozo total y pleno, en la gloria del cielo, y es esta vida terrena: “Me gozo de que me tengan ya preparadas las bestias y deseo de todo corazón que me devoren luego; aún más, las azuzaré para que me devoren inmediatamente y por completo y no me sirvan a mí como a otros, a quienes no se atrevieron a atacar. Si no quieren atacarme, yo las obligaré”.
San Ignacio sabe que esta muerte terrena “es lo que le conviene” y es la que lo hace ser verdaderamente “discípulo” de Cristo, porque si Cristo dio su vida al Padre en la cruz, él lo imita y participa de su Pasión, ofreciendo su vida a Cristo. De modo que el discípulo no teme a la muerte, en tanto y en cuanto esta muerte lo conduce a la vida eterna, a la resurrección: “Os pido perdón. Sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo. Que ninguna cosa visible o invisible me impida llegar a Jesucristo”.
No importa la crueldad de la muerte que tenga que sufrir, con tal que que así llegue a ver a Cristo: “Que venga contra mí fuego, cruz, cuchilladas, desgarrones, fracturas y mutilaciones; que mi cuerpo se deshaga en pedazos y que todos los tormentos del demonio abrumen mi cuerpo, con tal de que llegue a gozar de mi Jesús”. El mundo nos enseña un apego desordenado a esta vida terrena, pero San Ignacio nos ayuda a medirla en su verdadera magnitud: un estadio intermedio antes de la vida eterna.
Si alguien pretende impedir su muerte martirial, estará siendo cómplice del Demonio y por eso les pide que “se pongan de su lado y del lado de Dios”: “El príncipe de este mundo trata de arrebatarme y de pervertir mis anhelos de Dios. Que ninguno de vosotros le ayude. Poneos de mi lado y del lado de Dios”.
El verdadero cristiano no puede amar el mundo y  nombrar a Jesucristo; el verdadero cristiano debe despreciar este mundo y la vida terrena y nada debe hacerlo cambiar de opinión, porque la verdadera vida es la vida eterna: “No llevéis en vuestros labios el nombre de Jesucristo y deseos mundanos en el corazón. Aun cuando yo mismo, ya entre vosotros os implorara vuestra ayuda, no me escuchéis, sino creed lo que os digo por carta. Os escribo lleno de vida, pero con anhelos de morir”. Tiene ganas de morir, pero para vivir eternamente adorando al Cordero de Dios, Jesucristo. San Ignacio de Antioquía nos da ejemplo de cómo debemos ser los católicos de todo tiempo, incluidos nosotros, los que vivimos en este siglo XXI, materialista, hedonista y ateo.



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20171017&id=12260&fd=0