San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 27 de septiembre de 2017

San Vicente de Paúl, presbítero y fundador


Vida de santidad.

Nació en Aquitania el año 1581. Cursados los correspondientes estudios, fue ordenado sacerdote y ejerció de párroco en París. Fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y al servicio de los pobres, y también, con la ayuda de Santa Luisa de Marillac[1], la Congregación de Hijas de la Caridad. San Vicente veía en los pobres el rostro del Señor doliente[2]. Murió en París el año 1660[3].

Mensaje de santidad.

San Vicente de Paúl se caracterizó por toda clase de obras de misericordia, dirigidas ante todo hacia los prójimos más vulnerables, los pobres. Además de su propia vida de santidad, dedicada literalmente a los pobres, San Vicente nos dejó abundantes escritos con un contenido espiritual maravilloso, sumamente provechosos para el crecimiento del alma en el amor a Dios y al prójimo. Uno de sus escritos es el siguiente, y sobre el cual haremos una breve reflexión.
En este escrito[4], San Vicente de Paúl nos advierte que no nos debemos dejar llevar por las apariencias con respecto a los pobres, pues ellos, por lo general, son “rudos e incultos”, pero esto, lejos de disminuir su valor, lo acrecienta incalculablemente, porque para San Vicente, con su pobreza, imitan a Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Dios –es decir, infinitamente rico con la riqueza de su Ser divino trinitario-, se hizo pobre, es decir, asumió nuestra naturaleza humana, infinitamente más limitada que la naturaleza divina: “Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre”.
Es decir, para San Vicente, el pobre se asemeja a Nuestro Señor en la Encarnación, porque siendo infinitamente rico –era Dios- asumió nuestra naturaleza humana, sin dejar de ser Dios, lo cual equivale a que un hombre multimillonario se vista como un indigente. Todavía más, el pobre se asemeja a Cristo no solo en la Encarnación, sino también en la Pasión, porque allí Nuestro Redentor, así como un pobre, que siendo pobre pierde lo poco que tiene, quedando aún más pobre que al inicio, así Jesús, en la Pasión, siendo ya pobre al haber asumido nuestra naturaleza humana, se hizo más pobre aún al casi perder por completo -a causa de los golpes, las heridas y la Sangre Preciosísima que lo recubría de pies a cabeza-, su naturaleza humana: “Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”. El pobre se asemeja a Nuestro Señor en la predicación –“Me envió a evangelizar a los pobres”- y nos conduce a Jesús, porque así como Jesús cuidó de ellos “consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”, así debemos hacer nosotros, imitando a Jesús.
Para San Vicente de Paúl, el pobre es imagen de Cristo pobre, que en todo eligió la pobreza, identificándose incluso con los pobres, al punto de considerar como hecho a Él tanto el bien como el mal que a ellos se les hiciera: “Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres”.
Debemos amar a los pobres, porque Dios los ama y debemos amarlos, si queremos ser amados por Dios: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres”.
Antes de visitarlos, debemos implorar a Dios para que nos infunda “sentimientos de caridad y compasión”, para que nuestros corazones estén configurados al Corazón de Jesús, extra-colmado de estos sentimientos: “Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos. Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos”.
La oración es central y esencial en la vida del cristiano y ante todo del religioso, pero si debe dejar por un momento la oración para atender al pobre, no debe dudarlo un instante, porque en este caso, la atención al pobre no es desprecio a Dios, sino servicio a su hijo más amado: “El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos”.
No es que la oración deba ser dejada de lado por un absurdo activismo: permaneciendo la oración como eje central de la vida espiritual del cristiano –la caridad es la máxima norma del cristiano y la oración es expresión de la caridad o amor del alma hacia Dios-, lo que dice San Vicente es que, dado un caso puntual, en el que se deba dejar por un momento la oración para atender al pobre, no hay que dudarlo en hacerlo, porque así se presta servicio “al mismo Dios”: “Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores”. Esforcémonos, por lo tanto, según San Vicente de Paúl, en servir a los pobres, pero no de cualquier manera, sino “como a señores” que son, por ser representación del “Rey de reyes y Señor de señores” (cfr. Ap 19, 16), Cristo Dios. 










[2] Cfr. Vidas de los santos de A. Butler, Herbert Thurston, SI.
[3] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[4] Carta 2.546: Correspondance, entretiens, documents, París 1922-1925, 7. 

Santos Cosme y Damián, mártires


         Vida de santidad.

San Gregorio de Tours, que escribe acerca de ellos en De gloria martyrium, dice así: “Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, curaban milagrosamente las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes y la intervención de sus oraciones... Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque, si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer y luego que lo ejecutan, se encuentran curados. Sobre esto yo he oído referir muchas cosas que sería demasiado largo de contar, estimando que con lo dicho es suficiente”[1]. Según la tradición, San Cosme y San Damián son hermanos médicos y mártires, que ejercieron la medicina en Ciro, ciudad de Augusta Eufratense, sin pedir nunca recompensa y sanando a muchos con sus servicios gratuitos”[2].
A pesar de las referencias del martirologio y el breviario, parece más seguro que ambos hermanos fueron martirizados y están enterrados en Cyro, ciudad de Siria no lejos de Alepo. Teodoreto, que fue obispo de Cyro en el siglo V, hace alusión a la suntuosa basílica que ambos Santos poseían allí. En Edesa eran patronos de un hospital levantado en 457, y se decía que los dos Santos estaban enterrados en dos iglesias diferentes de esta ciudad monacal. Pero tal vez el más célebre de los santuarios orientales fuera el de Egea, en Cilicia, donde nació la tradición llamada “árabe”, relatada en dos pasiones, y es la que recogen los actuales libros litúrgicos. Estos Santos, que a lo largo del siglo V y VI habían conquistado el Oriente, también fueron conocidos en Occidente, lo cual se sabe, como ejemplo, por el testimonio ya referido de San Gregorio de Tours. Hay testimonios de su culto en Cagliari (Cerdeña); en Ravena hay mosaicos suyos del siglo VI y VII y el oracional visigótico de Verona los incluye en el calendario de santos que festejaba la Iglesia de España. Sin embargo, en donde gozaron de una popularidad excepcional fue en la propia Roma, llegando a tener dedicadas más de diez iglesias. El Papa Símaco (498-514) les consagró un oratorio en el Esquilino, que posteriormente se convirtió en abadía. Su culto se expandió de manera tan notable –favorecido por los numerosos milagros de sanación que los santos concedían a sus devotos- que, además de esta fecha del 27 de septiembre, se les asignó por obra del Papa Gregorio II la estación coincidente con el jueves de la tercera semana de Cuaresma, cuando ocurre la fecha exacta de la mitad de este tiempo de penitencia, lo que daba lugar a numerosa asistencia de fieles, que acudían a los celestiales médicos para implorar la salud de alma y cuerpo.
En lo que constituye un caso realmente insólito, el texto de la misa cuaresmal se refiere preferentemente a los dichos Santos, que son mencionados en la colecta, secreta y poscomunión, jugándose en los textos litúrgicos con la palabra salus en el introito y ofertorio y estando destinada la lectura evangélica a narrar la curación de la suegra de San Pedro y otras muchas curaciones milagrosas que obró el Señor en Cafarnaúm aquel mismo día, así como la liberación de muchos posesos. Esta escena de compasión era como un reflejo de la que se repetía en Roma, en el santuario de los anárgiros[3], con los prodigios que realizaban entre los enfermos que se encomendaban a ellos.

         Mensaje de santidad.

Ante la constatación de los milagros que obraban estos santos -la gran mayoría, extraordinarios, como el que ilustra la imagen, en el que repusieron una pierna amputada a un hombre, tomando la pierna que serviría de reemplazo de un cadáver-, alguien prodría preguntarse: ¿Por qué hoy estos Santos gloriosos no obran las maravillas de las antiguas edades? Sin embargo, la pregunta debería ser otra: ¿Por qué hoy no nos encomendamos a ellos con la misma fe, con esa fe que arranca los milagros? O también: ¿por qué extraño fenómeno –siniestro fenómenos- cientos de miles de católicos se aferran a ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte –esto en Argentina, porque en México, los equivalentes serían Jesús Malverde, el Niño Fidencio, la Santa Muerte y muchos otros más-, en una clara y abierta muestra de superstición y apostasía, en vez de acudir a los santos católicos, esto es, a los santos canonizados por la Iglesia Católica? Todavía más, ¿por qué estos mismos católicos atribuyen a estos demonios, cosas buenas que sólo Dios, infinitamente bueno, puede dar? Porque los demonios y sus servidores solo males y desgracias pueden traer, y sin embargo, estos supersticiosos, blasfemos y apóstatas, no contentos con abandonar a Dios Trino y sus santos, atribuyen maliciosa y sacrílegamente toda clase de dones y cosas buenas que solo Dios puede conceder, a través de sus santos, a los ídolos demoníacos mencionados, agregando así ultraje sobre ultraje.
¡Cuánto contrasta la vida de santidad de los mártires Cosme y Damián, con nuestra sombría época! Por parte de ellos, merecieron el calificativo de “anárgiros”, es decir, “despreciadores del dinero”, pues nunca cobraron por sus atenciones médicas, y en esto se diferencian de miles de –en el mejor de los casos- embusteros y charlatanes que, por las prácticas esotéricas y por eso mismo diabólicas de la Nueva Era, llegan a cobrar sumas astronómicas, no por curar, porque no pueden curar, sino por dar falsas expectativas de sanación a quienes acuden a ellos. Por parte de los que acuden a estos falsos curanderos, también hay una gran diferencia con los devotos de los Santos Cosme y Damián, porque quienes acuden a ellos, lo hacen en su calidad de santos, esto es, de seres humanos que, por la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio de su vida en la cruz, obtienen para sus devotos la verdadera curación de enfermedades, al tiempo que consiguen para sus devotos algo infinitamente más valioso que la salud corporal, y es la conversión del alma al Redentor de los hombres, Jesús de Nazareth. En nuestros días, se puede constatar cómo cientos de miles, e incluso hasta millones, de hombres y mujeres atribulados por alguna enfermedad o por alguna situación existencial, no acuden ya a los santos del Señor Jesús, los santos canonizados por la Iglesia Católica, sino que se dirigen supersticiosamente, de modo impío y blasfemo, a servidores del Demonio, como el Gauchito Gil o la Difunta Correa, o incluso hasta al mismo Demonio, oculto en ese ídolo demoníaco que es “San La Muerte” o “Santa Muerte”, para pedirles favores, y atribuyéndoles de un modo impío y sacrílego favores, cuando estos demonios nada bueno pueden conceder. Sombríos tiempos los nuestros, al inicio del siglo XXI, en el que los santos de Dios, como San Cosme y San Damián, que verdaderamente podrían obtener no solo la gracia de la curación de las enfermedades, sino además gracias inimaginables de parte del Único y Verdadero Dios, Uno y Trino, son dejados de lado por ídolos demoníacos como los mencionados Gauchito Gil, Difunta Correa, San La Muerte, el Niño Fidencio, los cultos esotéricos, y cuanto vómito del Infierno anda circulando por ahí. Esto demuestra que nuestros tiempos son “la hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), aunque también demuestra que está más cerca el regreso en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, porque cuando más oscura es la noche, más cerca está el amanecer.




[2] Cfr. ibidem.
[3] Se denominan “santos anárgiros” (en griego, Άγιοι Ανάργυροι, Ágioi Anárgiroi) a los santos católicos que no aceptan el pago por sus buenas obras. Se trata de médicos cristianos o santos con el don de la sanación, que en oposición directa a la práctica médica de la época, no aceptaban el pago por sus consultas. El término “anárgiro” deriva de “ana” (que no recibe, no acepta) y “árgiros” (en latín, argentum, “plata”). De su combinación resulta el significado “que no aceptan la plata”, o también “los despreciadores del dinero”. Además de Cosme y Damián, algunos otros santos anárgiros son: Zenaida y Filonela; San Trifón; Taleleo el Anárgiro1​; Ciro y Juan; San Pantaleón; Blas de Sebaste; Sansón de Constantinopla; Lucas de Simferópol. Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Santos_an%C3%A1rgiros

jueves, 21 de septiembre de 2017

San Mateo, apóstol y evangelista


Vida de santidad.

La Iglesia celebra la Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista, llamado antes Levi, que, al ser invitado por Jesús para seguirle, dejó su oficio de publicano o recaudador de impuestos y, elegido entre los apóstoles, escribió un evangelio en el que se proclama principalmente que Jesucristo es hijo de David, hijo de Abrahám, con lo que de este modo, se da plenitud al Antiguo Testamento[1].
Para su biografía, nos servimos a continuación el artículo del Butler-Guinea[2], con apenas cambios en relación al “martirio” de san Mateo.
“Dos de los cuatro Evangelistas dan a San Mateo el nombre de Leví, mientras que San Marcos lo llama "hijo de Alfeo". Posiblemente, Leví era su nombre original y se le dio o adoptó él mismo el de Mateo ("el don de Yavé"), cuando se convirtió en uno de los seguidores de Jesús. Pero Alfeo, su padre, no fue el judío del mismo nombre que tuvo como hijo a Santiago el Menor. Se tiene entendido que era galileo por nacimiento y se sabe con certeza que su profesión era la de publicano, o recolector de impuestos para los romanos, un oficio que consideraban infamante los judíos, especialmente los de la secta de los fariseos y, a decir verdad, ninguno que perteneciera al sojuzgado pueblo de Israel, ni aún los galileos, los veían con buenos ojos y nadie perdía la ocasión de despreciar o engañar a un publicano. Los judíos los aborrecían hasta el extremo de rehusar una alianza matrimonial con alguna familia que contase a un publicano entre sus miembros, los excluían de la comunión en el culto religioso y los mantenían aparte en todos los asuntos de la sociedad civil y del comercio. Pero no hay la menor duda de que Mateo era un judío y, a la vez, un publicano.
La historia del llamado a Mateo se relata en su propio Evangelio. Jesús acababa de dejar confundidos a algunos de los escribas al devolver el movimiento a un paralítico y, cuando se alejaba del lugar del milagro, vio al despreciado publicano en su caseta. Jesús se detuvo un instante «y le dijo: 'Sígueme', y él se levantó y le siguió.» En un momento, Mateo dejó todos sus intereses y sus relaciones para convertirse en discípulo del Señor y entregarse a un comercio espiritual. Es imposible suponer que, antes de aquel llamado, no hubiese conocido al Salvador o su doctrina, sobre todo si tenemos en cuenta que la caseta de cobros de Mateo se hallaba en Cafarnaum, donde Jesús residió durante algún tiempo, predicó y obró muchos milagros; por todo esto, se puede pensar que el publicano estaba ya preparado en cierta manera para recibir la impresión que el llamado le produjo. San Jerónimo dice que una cierta luminosidad y el aire majestuoso en el porte de nuestro divino Redentor le llegaron al alma y le atrajeron con fuerza. Pero la gran causa de su conversión fue, como observa san Beda, que «Aquél que le llamó exteriormente por Su palabra, le impulsó interiormente al mismo tiempo por el poder invisible de Su gracia.»
El llamado a san Mateo ocurrió en el segundo año del ministerio público de Jesucristo, y éste le adoptó en seguida en la santa familia de los Apóstoles, los jefes espirituales de su Iglesia. Debe hacerse notar que, mientras los otros evangelistas, cuando describen a los apóstoles por pares colocan a Mateo antes que a Tomás, él mismo se coloca después del apóstol y además agrega a su nombre el epíteto de «el publicano». Desde el momento del llamado, siguió al Señor hasta el término de su vida terrenal y, sin duda, escribió su Evangelio o breve historia de nuestro bendito Redentor, a pedido de los judíos convertidos, en la lengua aramea que ellos hablaban. No se sabe que Jesucristo hubiese encargado a alguno de sus discípulos que escribiese su historia o los pormenores de su doctrina, pero es un hecho que, por inspiración especial del Espíritu Santo, cada uno de los cuatro evangelistas emprendió la tarea de escribir uno de los cuatro Evangelios que constituyen la parte más excelente de las Sagradas Escrituras, puesto que en ellos Cristo nos enseña, no por intermedio de sus profetas, sino directamente, por boca propia, la gran lección de fe y de vida eterna que fue su predicación y el prototipo perfecto de santidad que fue su vida.
Se dice que san Mateo, tras de haber recogido una abundante cosecha de almas en Judea, se fue a predicar la doctrina de Cristo en las naciones de Oriente, pero nada cierto se sabe sobre ese período de su existencia. La iglesia le veneraba también como mártir, no obstante que la fecha, el lugar y las circunstancias de su muerte, se desconocen, motivo por el cual en la última reforma de Martirologio ya no se menciona su martirio[3]. Los padres de la Iglesia quisieron encontrar las figuras simbólicas de los cuatro evangelistas en los cuatro animales mencionados por Ezequiel y en el Apocalipsis de san Juan. Al propio san Juan lo representa el águila que, en las primeras líneas de su Evangelio, se eleva a las alturas para contemplar el panorama de la eterna generación del Verbo. El toro le corresponde a san Lucas que inicia su Evangelio con la mención del sacrificio del sacerdocio. El león es el símbolo de san Mateo, quien explica la dignidad real de Cristo, descendiente de David (el León de Judá); sin embargo, san Jerónimo y san Agustín, asignan el león a san Marcos y el hombre a san Mateo, ya que éste comienza su Evangelio con la humana genealogía de Jesucristo.

         Mensaje de santidad.

Uno de sus principales mensajes de santidad es el “dejarlo todo”, literalmente hablando, para seguir a Jesucristo, para secundar el llamado del Hombre-Dios de dedicarse a la salvación de las almas y la propagación del Santo Evangelio. Como se constata en las Escrituras, San Mateo deja un empleo lucrativo -el de recaudador de impuestos- para seguir a Cristo, prefiriendo de esta manera quedarse sin empleo –hablando mundanamente- para ponerse a trabajar al Servicio de Dios y así ganar almas para el Cielo.
Sobre esta actitud de San Mateo, dicen así los Santos Padres, como el Pseudo-Jerónimo: “Así es como Leví, que quiere decir vinculado, dejando los negocios temporales, sigue al Verbo, que dice: “El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33).
La actitud de San Mateo contrasta con la de las ideologías anti-cristianas, como el comunismo y el marxismo, que roban los bienes a Dios -usurpan las Iglesias y se apoderan de las almas con el falso ateísmo-; Mateo, por el contrario, al dejar todo lo que tiene, pone sus propios bienes al servicio de Dios.
En la Glosa de la Catena Aurea se dice así: “Mateo, con el objeto de mostrar dignamente su agradecimiento por el bien divino que había recibido, preparó en su casa un gran agasajo a Cristo y ofreció de este modo sus bienes temporales a Aquél de quien esperaba los de la eternidad. Esto es lo que significa: “Y sucedió, sentándose Él en la casa”.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 30, 2: “Mateo, al verse tan honrado con la venida de Jesús a su casa, convida a todos los publicanos de su misma profesión. Y esto es lo que quieren decir las palabras: “He aquí que muchos publicanos”, etc.”.
Otro mensaje de santidad de San Mateo radica en el afirmar la genealogía humana de Jesús –puesto que así comienza su Evangelio-, una genealogía que es santa y no pagana, y esto, tanto desde el punto de vista humano, como divino.
La genealogía de Jesús, esto es, la procedencia de su “sangre”, su ascendencia, es santa, y su propia sangre, la sangre que corre por su cuerpo, es santa, en virtud de la unión de la Persona Segunda de la Trinidad con la Humanidad de Jesús de Nazareth, tal como lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica:
“479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana.
480 Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.
481 Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.
482 Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero Hombre, tiene una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo.
483 La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo.
IV. Cómo es hombre el Hijo de Dios
470 Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella proviene de "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10)”.
La Sangre de Jesús es de origen divino, si lo consideramos desde la biología, puesto que cada ser humano desde que se forma tiene su propia Sangre distinta a la de la Madre. Por eso mismo podemos afirmar, tanto desde el punto de vista teológico –asunción de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en la Persona divina del Verbo de Dios-, como desde el punto de vista biológico, que por las venas de Jesús  corre Sangre Divina.
Basándonos en la moderna Embriología, sabemos, por los estudios científicos sobre el feto, que éste tiene su propia sangre, sangre fetal que es diferente y distinta a la Sangre Materna (por esta razón se pueden  presentar los raros casos de  incompatibilidad sanguínea materno-fetal)[4]. Con respecto a esto, debemos recordar también que “la  Iglesia respaldada por la ciencia sostiene que la vida del nuevo ser humano comienza en el mismo momento de la concepción antes de que el nuevo ser humano vivo se implante en el útero  de su madre donde tendrá por así decirlo un hogar donde crecer, alimentarse y desarrollarse. La fecundación in vitro ha demostrado que un bebé creado en una probeta ya está vivo y solamente necesita implantarse  en el útero de una mujer  para que se alimente, crezca y se desarrolle completamente el nuevo ser, incluso en animales se han hecho experimentos (que no son éticos en los seres humanos y que son rechazados por la Iglesia), en los que han fabricado artificialmente las condiciones necesarias del útero para que esos animales creados artificialmente crezcan y se desarrollen fuera del útero, en úteros artificiales”[5].
Estas consideraciones biológicas son necesarias, a fin de mantener firme la condición divina de Jesús –y, por lo tanto, la veracidad de la afirmación de que por sus venas y arterias corre sangre divina- y la condición de la Virgen como Virgen Inmaculada y Madre de Dios al mismo tiempo: la inmaculada Virgen María es Arca de la Nueva Alianza donde el Verbo de Dios se hizo Carne por obra del Espíritu Santo (Cfr. Jn 1:14): “Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen”.
En la Primera Parte de la profesión de la Fe católica se dice así:
“456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre” (DS 150).
469 La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero Hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor: Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit (“Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo que no era”), canta la liturgia romana (Solemnidad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Antífona al “Benedictus”; cfr. san León Magno, Sermones 21, 2-3: PL 54, 192). Y la liturgia de san Juan Crisóstomo proclama y canta: “¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, ¡sálvanos!” (Oficio Bizantino de las Horas, Himno O' Monogenés).
479 En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana”.
La Encarnación del Verbo de Dios y la asunción de la naturaleza humana de Jesús, destaca por el Evangelista Mateo, es una verdad de fe y forma parte de los dogmas marianos y es el centro de nuestra Fe católica, pues de ese dogma se derivan otras verdades medulares de nuestra Fe, como la Santa Eucaristía, que es prolongación de la Encarnación en el altar. La negación de estas verdades, es descripta como la señal del anticristo (cfr. 1 Jn 4, 2). Al respecto, dice San Agustín: “Todos los errores de los herejes acerca de Jesucristo pueden reducirse a tres clases: los concernientes a su divinidad, a su humanidad, o a ambas a la vez” (Quaestiones evangeliorum, 5,45)”. Y en la Escritura: “Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “¡Anatema es Jesús!”; y nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo”[6].
De ahí la importancia de la genealogía humana del Verbo de Dios narrada por el Evangelio de San Mateo. Al recordarlo en su día, pidamos la gracia de dejar las ocupaciones temporales, para ponernos al servicio de Dios y, al igual que San Mateo, que abrió su casa para recibir a Jesús y puso a su servicio todos sus bienes, así nosotros preparemos nuestra casa espiritual, es decir, nuestra alma, embelleciéndola y santificándola por la gracia, para que entre en nuestros corazones Jesús Eucaristía.

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[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170921&id=376&fd=1
[2] Cfr. A. Butler, Herbert Thurston, SI, Vidas de los santos.

[3] El relato sobre San Mateo que figura en el Acta Sanctorum, Sept. vol. VI, se halla muy mezclado con las discusiones en relación con sus supuestas reliquias y sus traslaciones a Salerno y otros lugares. Puede hacerse un juicio sobre la poca confianza que se puede poner en esas tradiciones, si se tiene en cuenta el hecho de que cuatro diferentes iglesias de Francia han asegurado poseer la cabeza del apóstol. M. Bonnet publicó una extensa narración apócrifa sobre la predicación y el martirio de san Mateo, en Acta Apostolorum apocrypha (1898), vol. II, parte I, pp. 217-262 y hay otro relato, mucho más corto, de los bolandistas. El Martirologio Romano se refiere a su martirio y dice que tuvo lugar en “Etiopía”, pero en el Hieronymianum se afirma que fue martirizado “en Persia, en la ciudad de Tarrium”. De acuerdo con von Gutschmidt, esta declaración se debe a un error de lectura del nombre de Tarsuana, ciudad que Ptolomeo sitúa en Caramania, región de la costa oriental del Golfo Pérsico. A diferencia de la gran diversidad de fechas que se asignan a los demás apóstoles, la fiesta de san Mateo se ha observado en este día, de manera uniforme de todo el Occidente. Ya en los tiempos de Beda existía una homilía escrita por él y dedicada a esta fiesta de san Mateo: véase el artículo de Morin en la Revue Bénédictine, vol. IX (1892), p. 325. Sobre los símbolos del evangelista ver DAC., vol. V, cc. 845-852.
[4] Cfr. David Talens Perales, Doctor en Biotecnología por la Universitat de Valencia: “Los intercambios fetal materno se verifican sin que las dos sangres se mezclen. Alrededor del día 7 , mientras la masa celular interna empieza a sufrir los movimientos celulares, formación del surco primitivo, etc.. Las células del trofoblasto sufren una serie de cambios. Las células trofoblásticas van a dar lugar a una capa denominada citotrofoblasto, mientras que otra parte de las células trofoblásticas dan lugar a un tipo celular multinucleado llamado sincitiotrofoblasto (citoplasma con múltiples núcleos) que prolifera abriéndose paso a través del endometrio, primero se adhiere y posteriormente mediante enzimas proteolíticos van ingresando en el interior de la mucosa uterina permitiendo remodelar los vasos sanguíneos de  ésta, recordemos que es un 20070417klpcnavid_209.Ees.SCO.pngtejido muy vascularizado. El útero a su vez, estimulado por el sincitiotrofoblasto, hace que los vasos sanguíneos proliferen en esta zona donde finalmente contactan con el sincitiotrofoblasto. Al mismo tiempo las células del mesodermo extraembrionario del embrión van a dar lugar a los vasos sanguíneos que partirán desde el sincitiotrofoblasto hacia el feto a través del futuro cordón umbilical. Todo este sistema de vasos maternos, embrionales, sincitiotrofoblasto…va a dar lugar al órgano maduro llamado corion que se fusiona con la pared uterina para dar lugar a la placenta. Por tanto en ningún momento hay intercambio de sangre entre la madre y el embrión, el corion va a ser la superficie de intercambio, tanto de gases como de nutrientes y esa es una de las razones por la cuál durante la etapa fetal los glóbulos rojos del embrión poseen un tipo diferente de subunidad en la hemoglobina, la subunidad gamma, con mucha más afinidad por el oxígeno, facilitando así la captación del oxígeno que le llega a través de la sangre de la madre. Al mismo tiempo este sistema va a permitir que el feto pueda deshacerse de ciertas sustancias de desecho, mayoritariamente el dióxido de carbono. Como habéis visto, este complejo sistema de intercambio madre e hijo esta sustentado tanto por tejidos embrionarios como por tejidos maternos, y su formación depende de órdenes que mutuamente se dan entre los dos sistemas para constituir la arquitectura definitiva. La Placenta tiene una Función de barrera: La barrera placentaria está compuesta por estructuras que separan la sangre materna de la fetal y su composición varía a lo largo del curso del embarazo. La barrera placentaria no puede ser atravesada por moléculas grandes, ni por tanto, por células sanguíneas, pero sí puede ser atravesada por algunos tipos de anticuerpos (los IgG), por lo que el feto queda inmunizado frente a aquellos antígenos para los que reciba anticuerpos de la madre. Muchos microorganismos no son capaces de atravesar la placenta, por lo que el feto está protegido durante una época en la que su sistema inmune no está maduro. Sin embargo, la mayoría de los virus sí son capaces de atravesar o romper esta barrera. La bacteria que transmite la sífilis, Treponema pallidum, puede cruzar la barrera placentaria a partir del quinto mes, causando un aborto espontáneo o enfermedades congénitas. Circulación placentaria La circulación placentaria trae en cercana proximidad a dos sistemas circulatorios independientes, la materna y la fetal. De hecho, precisamente estas evidencias científicas tumban  los argumentos abortistas que erróneamente consideran al feto como parte del cuerpo de la madre. Cada célula del cuerpo del no nacido es genéticamente distinta de cada célula del cuerpo de la madre. El Bebé tiene su propia sangre  distinta a la de la Sangre de la madre.
[5] http://www.corazones.org/moral/vida/vida_comienzo.htm
[6] 1 Cor 12, 3.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Memoria de los Santos Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires


Retrato de los bienaventurados santos Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires.

         Vida de santidad.

Como afirmara el Papa Juan Pablo II, la Iglesia en Corea fue fundada por valientes laicos, que hicieron frente a sus perseguidores y no vacilaron en proclamar la fe en Jesucristo hasta la muerte. En efecto, a principios del siglo XVII, la fe católica entró por primera vez en Corea gracias a la actividad de unos laicos. Estos formaron una fervorosa grey –a pesar de que no contaba con sacerdotes- que fue perseguida en los años 1839, 1846 y 1866. Como consecuencia de estas persecuciones sangrientas, hubo 103 santos mártires, entre los cuales destacan el primer presbítero y fervoroso pastor de almas Andrés Kim Taegon y el insigne apóstol laico Pablo Chong Hasang; los demás eran principalmente laicos, hombres y mujeres, casados o solteros, ancianos, jóvenes y niños, todos los cuales, con sus sufrimientos, consagraron las primicias de la Iglesia coreana, regándola generosamente con la sangre preciosa de su martirio[1].
San Andrés Kim Taegon era hijo de nobles coreanos conversos, es el primer sacerdote nacido en Corea. Su padre, Ignacio Kim, fue martirizado en la persecución del año 1839 (fue beatificado en 1925 con su hijo)[2]. Andrés fue bautizado a los 15 años de edad, luego de lo cual realizó un viaje de 1,300 millas para asistir al seminario más cercano en Macao, China. Seis años después fue ordenado sacerdote en Shangai. Regresó a Corea y se le asignó la tarea de preparar el camino para la entrada de misioneros por el mar, para evitar los guardias de la frontera. El 5 de junio de 1846 fue arrestado en la isla Yonpyong mientras trataba con los pescadores la forma de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Inmediatamente fue enviado a la prisión central de Seúl. El rey y algunos de ministros no lo querían condenar por sus vastos conocimientos y dominar varios idiomas. Otros ministros insistieron en que se le aplicara la pena de muerte. Después de tres meses de cárcel y de torturas continuas, fue decapitado junto al río Han, cerca de Seúl, Corea, el 16 de septiembre de 1846, a la edad de veintiséis años. Antes de morir dijo: “¡Ahora comienza la eternidad!”.

Mensaje de santidad[3].

Un verdadero mensaje celestial y de santidad inefable, de parte de los mártires coreanos, además del martirio en sí mismo, es la última exhortación pronunciada por San Andrés Kim Taegon, antes de ser ejecutado. Puesto que en los mártires inhabita el Espíritu Santo –no se explica de otro modo su fortaleza sobrenatural, su sabiduría sobrenatural, su fe, su esperanza, su caridad, porque ofrecen sus vidas incluso por sus verdugos-, lo que dicen los mártires tiene el valor de dicho o, al menos, insinuado por el Espíritu Santo. Por esa razón, meditaremos brevemente en sus últimas palabras, según las cuales, entre otras cosas, se nos dice que la Fe en Nuestro Señor Jesucristo es coronada por el amor y la perseverancia.
Dice así San Andrés Kim Taegon: “Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza”. Comienza diciendo que contemplemos el mundo y que meditemos la razón por la cual creó, en este mundo, a una creatura tan especial, como el hombre, creado “a su imagen y semejanza”.
Una vez hecha esta consideración, San Andrés profundiza en la misma dirección: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, pero además, hemos recibido la gracia de la filiación divina, el haber sido adoptados como hijos de Dios por el bautismo, por el sacrificio en cruz de Jesús. Sin embargo, de nada vale este don, y de nada vale siquiera el haber nacido, si no nos comportamos como lo que somos, es decir, como hijos de Dios, como hijos de la luz. Si no vivimos en gracia, única forma de corresponder a la dignidad de hijos de Dios recibida en el Bautismo, eso equivale a traicionar el amor de Nuestro Señor Jesucristo, porque solo por el Amor infinito de su Sagrado Corazón nos adoptó como hijos suyos por la gracia: “Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él”.
Luego utiliza el ejemplo del agricultor que, después de sembrar con gran fatiga, al momento de la cosecha encuentra espigas llenas, pero también puede encontrar solo espigas vacías, y esto último es para advertirnos de la falta de obras de misericordia hacia el final de nuestros días terrenos, cuando debamos presentarnos ante Nuestro Señor, en el Juicio Particular: “Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado”.
Como las plantaciones de arroz son características del sur de Asia, San Andrés toma esta figura agrícola para graficar la relación que existe entre Jesucristo, el Hombre-Dios, el Verbo Encarnado, y nosotros; en la figura, el arroz somos los hombres, el abono la gracia y la encarnación del Verbo y su sacrificio redentor en cruz, por el cual nos derrama su Sangre, el riego benéfico que reciben las plantaciones de arroz: “De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez”.
Al llegar el momento de la siega, esto es, el día del Juicio –tanto el Particular como el Final-, se alegrarán quienes hayan lavado sus almas con la Sangre del Cordero, esto es, quienes hayan custodiado el tesoro de la gracia aun al precio de su propia vida; pero quienes despreciaron la Sangre del Cordero, pasará a ser enemigo de Dios por la eternidad, lo que equivale a decir, un condenado en el Infierno, aun cuando en vida terrena hubiera recibido el don inapreciable de ser hijo de Dios por el Bautismo: “Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido”.
Luego nos lleva a contemplar el modo como Jesús fundó su Iglesia, que es por su Sangre derramada en la cruz, y que es el modo con el cual la Iglesia crece a lo largo de la historia, porque los enemigos de la Iglesia pretenden destruirla y para lograr su objetivo, persiguen y matan a los cristianos, así como la Sinagoga persiguió y mató a Nuestro Señor Jesucristo, aunque jamás podrán derrotarla, así como Satanás, creyendo haber vencido al matar a Jesús, fue en ese mismo instante derrotado para siempre: “Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su Pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones”.
Pasa luego a considerar la situación que vivía en ese momento la Iglesia Católica en Corea, una situación de sangrienta persecución contra los cristianos, persecución que al mismo tiempo se convierte en la semilla de los nuevos cristianos y en la fuerza celestial que hace reverdecer a la Iglesia en tiempos futuros, y si la persecución es causa de dolor y tristeza, lo cual forma parte de los planes de Dios, que permite un mal para sacar un bien infinitamente más grande: “También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo?”.
El cristiano debe, en todo, buscar la voluntad de Dios e imitar a Jesucristo, para así participar de su victoria en la Cruz: “Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo”.
La persecución, la tribulación, el dolor, no debe hacer olvidar la caridad fraterna, y el cristiano debe orar para perseverar en la caridad, el verdadero amor sobrenatural a Dios y al prójimo, hasta que Dios haga cesar la tribulación: “Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación”.
Por último, se refiere a ellos mismos, los mártires que están a punto de ser ejecutados y están por ser ejecutados porque han recibido la gracia de perseverar hasta el fin en la fe y en el amor y puesto que ya comienza a vislumbrar la eternidad, San Andrés da por finalizada la carta, ya que la realidad de la eterna felicidad que comienza a intuir, supera ampliamente lo que se pueda expresar con palabras humanas. Ofrece su vida a Jesucristo por amor, y deja su “beso de amor” a quienes quedan en la tierra, con la esperanza de que quienes estamos aun en la tierra, nos encontremos con los bienaventurados en el cielo: “Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor”.
Al recordar a los santos mártires coreanos, pidamos que intercedan ante el Rey de los mártires, Jesucristo para que, así como ellos “proclamaron la fe hasta derramar su sangre”, seamos nosotros capaces de conservar la integridad y la pureza de la Santa Fe católica hasta el fin, hasta el último suspiro.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] https://www.pildorasdefe.net/santos/celebraciones/santoral-catolico-san-andres-kim-pablo-chong-martires-coreanos-20-septiembre
[3] De la última exhortación de San Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir, Pro Corea Documenta, Ed. Mission Catholique Séoul, Seul/París 1938, vol. I, 74- 75.

jueves, 14 de septiembre de 2017

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia



         Vida de santidad[1].

Nació en el año 349 en Antioquía; después de recibir una excelente formación, decidió dedicarse a la vida ascética. Más tarde fue ordenado sacerdote y ejerció con gran provecho el ministerio de la predicación. Fue consagrado obispo de Constantinopla en el año 397, cargo en el que se comportó como un pastor ejemplar, esforzándose por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición, tanto de la corte imperial, como de los enemigos internos de la Iglesia, lo llevó por dos veces al destierro, situación que debilitó su salud al punto de morir en Comana, en el Ponto, el día 14 de septiembre del año 407. Contribuyó en gran manera, por su palabra y escritos, al enriquecimiento de la doctrina cristiana, mereciendo el apelativo de Crisóstomo, es decir, “Boca de oro”.

Mensaje de santidad.

Aunque no seamos llevados al exilio como San Juan Crisóstomo y aunque no seamos obispos, sí podemos considerar a esta vida terrena como un exilio, puesto que nuestra Patria definitiva es la Jerusalén celestial, por lo que sus palabras podemos considerarlas como dirigidas a nosotros mismos, a cada uno en forma personal y esa es la razón por la cual meditaremos el mensaje de santidad dejado en una homilía, pronunciada antes de uno de sus exilios[2]. Allí, San Juan Crisóstomo alienta a sus fieles a perseverar en la fe, en la confianza y en el amor a Cristo Jesús y lo hace comparando a esta vida presente con una mar embravecido, que con sus grandes olas amenaza hundir nuestra barca; sin embargo, los cristianos no corremos peligro de hundirnos, pues estamos firmemente de pie sobre la Roca, que es Cristo: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca”.
El mar embravecido –que con frecuencia es tomado como figura del mundo ateo y anti-cristiano, comandado por Satanás-, intenta hundir a la barca de Pedro, que es la Iglesia, pero nunca lo podrá lograr, porque esta barca está asentada en el Hombre-Dios, Cristo Jesús: “Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús”.
Nada debe temer quien se afirma en Cristo, la Roca Indestructible, y aunque perdiera todo lo que tiene, incluida la vida, eso constituye una ganancia, porque se pierde la vida terrena por la muerte, pero se gana la vida eterna, gracias a la muerte de Cristo en la Cruz, y quien vive en Cristo, nada desea de este mundo, sino solo los bienes eternos, comenzando por el mismo Cristo Jesús: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas”.
Hablando ya más particularmente de él, San Juan Crisóstomo afirma que él no desea ya vivir en esta vida, sino es solo para invitar a la confianza en Cristo Jesús: “No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza”.
La confianza del cristiano se fundamenta en la Palabra de Dios, en las Sagradas Escrituras, que son sagradas por haber sido inspiradas por el Espíritu Santo, de modo que el cristiano no se fía en una palabra humana, sino en la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, el Verbo de Dios, Cristo Jesús, que nos habla por las Escrituras: “¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”.
Estando Cristo con el alma, nada puede temer el alma, aun cuando las fuerzas que la asalten sean inmensamente poderosas y fuertes, porque es más fuerte que estas oscuras fuerzas Cristo, el Cordero de Dios: “Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña”.
San Juan Crisóstomo parte al exilio, no sin antes profesar el amor que tiene al rebaño que Dios le ha encargado apacentar: “Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme”.
Y ya sea en el exilio o no, en todo busca cumplir la voluntad de Dios, que siempre y en todo caso es buena y santa, lo cual es motivo de alabanza y de gratitud: “En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga”. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también”.
Él, que es obispo, parte al exilio debido a las maquinaciones de los enemigos internos de la Iglesia, pero aun en el exilio, continúa siendo la cabeza –es el obispo- del cuerpo de Cristo que es la Iglesia de la cual está a cargo, y si bien se separan por la distancia, lo que los une es la caridad, esto es, el amor sobrenatural de Dios, amor que los seguirá uniendo aun si él fuera llamado a la Presencia de Dios: “Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo”.
El amor que San Juan Crisóstomo tiene a su grey, constituye para él su fuerza y su luz, porque él recibe a su vez, de sus fieles, el mismo amor de caridad que, en cuanto proveniente de Dios, es luz de gracia que anticipa la luz de la gloria en el Reino de Dios: “Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”.



[1] Cfr. http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las homilías de San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir en exilio, 1-3: PG 52, 427-430.

viernes, 1 de septiembre de 2017

El inmenso don del Sagrado Corazón de Jesús


         Si bien Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque[1], el contenido de sus revelaciones es universal, es decir, está destinado a todo el mundo, a todos los hombres, por lo que debemos considerarlo como destinado a nosotros, a cada uno en particular. De ahí la necesidad de conocer el contenido de los mensajes de Jesús a Santa Margarita, porque los debemos considerar como destinados a cada uno de nosotros en modo personal.
         Consideraremos por lo tanto la primera de las apariciones, considerada como la principal y reflexionaremos sobre ella.
         La Primera Aparición fue el 27 de Diciembre de 1673, día de San Juan el Apóstol, Margarita María, estaba como de costumbre arrodillada ante el Señor, en el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla. Era el momento de la primera gran revelación del Señor. Ella lo cuenta así: “Un día, estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré toda penetrada por esta Divina Presencia, pero tan fuertemente que me olvidé de mí misma y del lugar donde estaba, y me abandoné a este Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de Su Amor”. Santa Margarita está delante del sagrario, delante de la Eucaristía, y es en ese momento en que comienza a experimentar la fuerza irresistible del Amor Divino. Esto significa que Dios es un Ser totalmente distinto al nuestro; es decir, que nosotros no somos Dios, sino que Dios es Alguien distinto a nuestro ser, pero que quiere comunicarse con nosotros, con el solo objetivo de darnos su Amor. También significa que no debemos buscar “experimentar” estas sensaciones, porque se trata de gracias particulares, concedidas por Dios a Quien Él lo desee; nuestro deber de amor es adorar su Presencia Eucarística, aun cuando solo experimentemos sequedad y aridez espiritual. De lo contrario, si adoramos solo por desear experimentar sensiblemente el Amor de Dios, entonces lo que estamos buscando es a sus consuelos, y no a Dios en sí mismo, lo cual es contrario a lo que nos dicen los santos: “Hay que buscar al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”.
         Continúa Santa Margarita: “Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre Su Pecho Divino, en el cual me descubrió las maravillas inexplicables de Su Corazón Sagrado... Y me dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Significa esto que, contrariamente a lo que puede suponerse, la devoción al Corazón de Jesús no es un “accesorio” prescindible en la vida espiritual: en el Corazón de Jesús están contenidas las gracias necesarias para salvarnos, no de un estado financiero o sentimental, sino de la eterna condenación en el Infierno.
Luego le dice Jesús: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Esto es para que tomemos conciencia de nuestra miseria delante de Dios. Si Santa Margarita es considerada por Jesús “abismo de  indignidad e ignorancia”, ¿qué podemos esperar de nosotros? Esta consideración debe servirnos para crecer en la humildad.
Continúa Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de Mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como señal de que la gran Gracia que acabo de concederte no es pura imaginación, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará en él para siempre su dolor. Y si hasta el presente sólo has tomado el nombre de esclava Mía, ahora te doy el de discípula muy amada de Mi Sagrado Corazón”. A nosotros, no nos pide nuestro corazón: nos da Su Corazón en cada Eucaristía, para inflamar, con el Fuego del Divino Amor, a nuestros corazones. Si permanecemos fríos en el Divino Amor y si no amamos al prójimo hasta la muerte de cruz, es porque desaprovechamos la comunión eucarística, y no permitimos que nuestros corazones sean encendidos en el Fuego del Amor de Dios.
Por último, Jesús le dice: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. La vida del cristiano no es vida de comodidad y placer, sino de sacrificio unido al Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz. Y el lugar para unirnos a su sacrificio es la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de la Cruz. No asistamos a Misa como meros espectadores: pidamos la gracia de unirnos, con todo lo que somos y tenemos, a Jesús crucificado; pidamos la gracia de ser víctimas unidas a la Víctima Inocente, Cristo Jesús, por la salvación del mundo.



[1] Santa Margarita María Alacoque: Nació el 22 de julio de 1647, en la pequeña aldea Francesa de Hautecour, pequeña ciudad cercana a Paray le Monial, en la región de Borgoña. Era la quinta hija de 7 hermanos. Luego de fallecer su padre fue internada en el pensionado de las Religiosas Clarisas. Desde entonces empezó a vivir una vida de sufrimiento que supo encauzar hacia el Amor de Dios: “Sufriendo entiendo mejor a Aquél que ha sufrido por nosotros”, decía. Tuvo una enfermedad que la inmovilizó y de la que se curó milagrosamente por intercesión de la Virgen María: “La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí; yo recurría a Ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros...”. El 20 de junio de 1671 entró al convento del Monasterio de la Visitación de Paray le Monial. Las extraordinarias visiones con que fue favorecida le causaron al principio incomprensiones y juicios negativos hasta cuando, por disposición Divina, fue puesta bajo la dirección espiritual del jesuita San Claudio de la Colombière. En el último periodo de su vida, elegida maestra de novicias, tuvo el consuelo de ver difundida la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y los mismos opositores de un tiempo se convirtieron en fervorosos propagandistas. Murió a los 43 años de edad, el 17 de octubre de 1690.