San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 8 de agosto de 2017

Santo Domingo de Guzmán


         Santo Domingo de Guzmán
         Vida de santidad[1].
         Nació en Caleruega, España, en 1171. Su madre, la beata Juana de Aza, lo educó en la más estricta formación religiosa. A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano. A los 24 años de edad, Domingo fue llamado por el obispo de Osma para ser canónigo de la catedral. A los 25 años fue ordenado sacerdote[2].
Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.   En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas, a lo cual se sumaba un errado método por parte de los misioneros católicos: los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad. De esa manera, las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente: el misionero debía ser pobre como el pueblo, debía dar ejemplo de vida en todo y debía dedicarse con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza y santidad, iniciando la evangelización con grandes éxitos apostólicos. Sus armas para convertir eran la oración –principalmente, el Santo Rosario-, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión.
Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: “Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores porque nos vean muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones”.
En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores; los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia. Santo Domingo dio a sus religiosos unas normas que han conseguido grandes santos a lo largo de los siglos –entre ellos, Santo Tomás de Aquino-, como por ejemplo: primero contemplar, y después enseñar: dedicar tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia; después sí predicar con todo el entusiasmo posible; predicar siempre y en todas partes: Santo Domingo quería que el oficio principalísimo de sus religiosos sea predicar, catequizar, propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles, dando él mismo el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
Cada año hacía varias cuaresmas, o sea, pasaba varias temporadas de a 40 días ayunando a pan y agua. Siempre dormía sobre duras tablas. Caminaba descalzo por caminos irisados de piedras y por senderos cubiertos de nieve. No se colocaba nada en la cabeza ni para defenderse del sol, ni para guarecerse contra los aguaceros. Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola palabra. Cuando llegaban de un viaje empapados por los terribles aguaceros mientras los demás se iban junto al fuego a calentarse un poco, el santo se iba al templo a rezar. Un día en que por venganza los enemigos los hicieron caminar descalzos por un camino con demasiadas piedrecitas afiladas, el santo exclamaba: “La próxima predicación tendrá grandes frutos, porque los hemos ganado con estos sufrimientos”. Y así sucedió en verdad. Sufría de muchas enfermedades, pero sin embargo seguía predicando y enseñando catecismo sin cansarse ni demostrar desánimo[3].
La misión de los dominicos, predicar para llevar almas a Cristo, encontró grandes dificultades pero la Virgen vino a su auxilio. Estando en Fangeaux una noche, en oración, tiene una revelación donde, según la tradición, la Virgen le revela el Rosario como arma poderosa para ganar almas.
Al vivir en gracia, Jesús le comunicaba de su paz y su alegría, y esa es la razón por la cual la gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración y era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo. Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria, recomendándoles a sus discípulos que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo. Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía. El 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes, cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.
Mensaje de santidad[4].
Sin duda alguna, además de todas sus virtudes heroicas, que lo convirtieron en uno de los más grandes santos de la Iglesia, el legado más grande que nos dejó Santo Domingo de Guzmán, es el rezo del Santo Rosario[5], como arma espiritual para enfrentar con éxito absolutamente todas las tribulaciones que pudieran sobrevenirnos en este “valle de lágrimas”. Aunque más bien, siendo precisos, fue en realidad la Madre de Dios en persona, quien le enseñó a Santo Domingo a rezar el rosario. Este hecho, que está atestiguado por innumerables testimonios y documentos pontificios, sucedió en el año 1208 y sucedió así: Santo Domingo se encontraba desanimado debido a que luego de un durísimo trabajo de años, caracterizados por la predicación, sus oraciones y sacrificios, solo había logrado convertir a muy pocos herejes albigenses. Mientras se encontraba en esta situación, en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen, se le apareció la Madre de Dios, con el Niño entre sus brazos y con el Santo Rosario en una mano. Santo Domingo, llevado por la desazón, le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada. Como respuesta a su pedido, la Virgen le entregó a Santo Domingo el Rosario, además de enseñarle a recitarlo. También le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole al mismo tiempo que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Así lo hizo Santo Domingo y muy pronto una gran cantidad de albigenses volvieron a la fe católica.
En el momento de entregarle el Santo Rosario, la Santísima Virgen, además de decirle que propagara esta devoción, le indicó que la utilizara como arma poderosa de modo especial contra de los enemigos de la Fe. Y verdaderamente, fue con esta arma espiritual valiosísima, entregada por la Virgen en persona, que Santo Domingo de Guzmán logró derrotar la herejía albigense, caracterizada por un dualismo gnóstico según el cual había dos dioses, uno del bien y otro del mal, siendo el bueno el creador de lo espiritual y el malo, de todo lo material. Como consecuencia, para los albigenses, todo lo material es malo: así, el cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios. Otros errores de esta secta gnóstica consistía en negar la validez de los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios, además de rechazar la autoridad del Papa, estableciendo sus propias normas y creencias erróneas y heréticas. Desde entonces, el Santo Rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos y cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció al también dominico Beato Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción, reiterando las promesas dadas a Santo Domingo[6] para quienes recitaran el Santo Rosario, además de asegurarle que habrían de necesitarse volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del Santo Rosario, lo cual es más que cierto.




[6] La Virgen María le hizo 15 Promesas a Santo Domingo de Guzmán y luego a Alano de la Rupe, dirigidas a quienes recen el Santo Rosario: 1 – A todos los que recen devotamente mi Rosario, prometo mi protección especial y muy grandes gracias. 2 – El que persevere en el rezo de mi Rosario recibirá alguna gracia insigne. 3 - El Rosario será una defensa muy poderosa contra el infierno; destruirá los vicios, librará del pecado, disipará las herejías. 4 – El Rosario hará florecer las virtudes y las buenas obras y obtendrá a las almas las más abundantes misericordias divinas. Sustituirá en los corazones el amor del mundo con el amor de Dios y los elevará al deseo de los bienes celestiales y eternos. 5 – El que se confíe en mí con el Rosario no perecerá. 6 – El que rece devotamente mi Rosario, meditando sus misterios, no se verá oprimido por la desgracia. Si es pecador, se convertirá. Si es justo, crecerá en gracia y tendrá la recompensa de la vida eterna. 7 – Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos de la Iglesia. 8 – Los que recen mi Rosario encontrarán durante su vida y en la hora de la muerte la luz de Dios, la plenitud de sus gracias y participarán de los méritos de los bienaventurados. 9 – Libraré muy prontamente del purgatorio a las almas devotas de mi Rosario. 10 – Los verdaderos hijos de mi Rosario gozarán de una gran gloria en el cielo. 11 – Lo que pidáis mediante mi Rosario, lo obtendréis. 12 – Los que propaguen mi Rosario serán socorridos por mí en todas sus necesidades. 13 – He obtenido de mi Hijo que todos los miembros de la Cofradía del Rosario tengan por hermanos durante la vida y en la hora de la muerte a los santos del cielo. 14 – Los que rezan fielmente mi Rosario son todos mis hijos muy amados, hermanos y hermanas de Jesucristo. 15 – La devoción a mi Rosario es una gran señal de predestinación. Cfr. http://forosdelavirgen.org/3210/las-20-promesas-de-la-ssma-virgen-a-quienes-lleven-consigo-el-santo-rosario/

San Cayetano


         Vida de santidad[1].

         Nació en 1480 en Vicenza, cerca de Venecia, Italia. Quedó huérfano desde muy pequeño, al morir su padre, que era militar, durante la defensa de la ciudad, contra un ejército enemigo. Estudió en la Universidad de Padua donde obtuvo dos doctorados, trasladándose luego a Roma, en donde llegó a ser secretario privado del Papa Julio II y notario de la Santa Sede. Se ordenó sacerdote a los 33 años, demorando tres meses en celebrar su primera misa, debido al respeto y devoción que tenía a la Santa Misa. En Roma se inscribió en una asociación llamada “Del Amor Divino”, cuyos socios se esmeraban por llevar una vida lo más fervorosa posible y por dedicarse a ayudar a los pobres y a los enfermos.
Al constatar el grave estado de relajación en lo moral y espiritual por parte de los católicos, San Cayetano se propuso fundar una comunidad de sacerdotes que se dedicaran a llevar una vida lo más santa posible y a conducir a su vez a los fieles por el camino de la santidad. De esta manera, fundó los denominados Padres Teatinos (nombre que les viene de Teati, la ciudad de la cual era obispo el superior de la comunidad, monseñor Caraffa, que después llegó a ser el Papa Pablo IV).
En una carta, San Cayetano le escribía así a un amigo: “Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver cómo Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse”. Y este era el más grande anhelo de su vida: que las gentes empezaran a llevar una vida más de acuerdo con el santo Evangelio, es decir, que buscaran los bienes del cielo, y no los de la tierra.
Fue en ese tiempo estalló la revolución de Martín Lutero, dirigida a socavar los cimientos mismos de la Iglesia: el heresiarca fundó a los evangélicos y se declaró en guerra contra la Iglesia de Roma y el Papado, dirigiendo durísimas invectivas contra el Vicario de Cristo. A quienes se veían tentados a seguir su ejemplo, atacando y criticando a los jefes de la santa Iglesia Católica, San Cayetano les decía: “Lo primero que hay que hacer para reformar a la Iglesia es reformarse uno a sí mismo”.
San Cayetano era de familia muy rica y se desprendió de todos sus bienes y los repartió entre los pobres, escribiendo en una carta escribió la razón que tuvo para ello: “Veo a mi Cristo pobre, ¿y yo me atreveré a seguir viviendo como rico? Veo a mi Cristo humillado y despreciado, ¿y seguiré deseando que me rindan honores? Oh, qué ganas siento de llorar al ver que las gentes no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado”.
Sentía un inmenso amor por Nuestro Señor, y lo adoraba especialmente en la Sagrada Hostia en la Eucaristía y recordando la santa infancia de Jesús. Su imagen preferida era la del Divino Niño Jesús.
Dedicaba los ratos libres, donde quiera que estuviera, a atender a los enfermos en los hospitales, especialmente a los más abandonados y repugnantes.
Un día en su casa de religioso no había nada para comer porque todos habían repartido sus bienes entre los pobres. San Cayetano se fue al altar y dando unos golpecitos en la puerta del Sagrario donde estaban las Santas Hostias, le dijo con toda confianza: “Jesús amado, te recuerdo que no tenemos hoy nada para comer”. Al poco rato llegaron unas mulas trayendo muy buena cantidad de provisiones, y los arrieros no quisieron decir de dónde las enviaban.
En su última enfermedad el médico aconsejó que lo acostaran sobre un colchón de lana y el santo exclamó: “Mi Salvador murió sobre una tosca cruz. Por favor permítame a mí que soy un pobre pecador, morir sobre unas tablas”. Y así murió el 7 de agosto del año 1547, en Nápoles, a la edad de 67 años, desgastado de tanto trabajar por conseguir la santificación de las almas.

Mensaje de santidad.

Dentro de su mensaje de santidad, San Cayetano nos deja un legado de amor a Dios y al prójimo, principalmente el prójimo más necesitado. Si bien es cierto que se dedicó a atender a quienes padecían necesidades materiales, no menos cierto es que la carencia que más le preocupaba en el prójimo no era en el aspecto material, sino en el espiritual: experimentaba un verdadero dolor espiritual cuando comprobaba que sus contemporáneos padecían la mayor y más terrible de las pobrezas, y es el no alimentarse del Pan bajado del cielo, la Eucaristía. Lo que movía a San Cayetano era su gran amor a Jesús Eucaristía y su deseo de que los católicos abandonaran la vida mundana y se decidieran por la vida nueva de la gracia, es decir, por la conversión del corazón, y es esto lo que expresa con estas palabras: “Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver cómo Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse”. Como dijimos, experimentaba un verdadero dolor espiritual –“me siento enfermo del alma”- al comprobar que los católicos abandonaban su religión, o la vivían de un modo superficial y ligero, dejando de lado sus misterios más profundos, por la superficialidad del mundo. Pero San Cayetano no se contentaba con que los católicos vivieran superficialmente la religión; lo que deseaba era que imitaran a Nuestro Señor en la cruz: “Oh, qué ganas siento de llorar al ver que las gentes no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado”.
Por último, San Cayetano es considerado patrono del pan, de la paz y del trabajo, y si bien es cierto que es lícito pedir por el pan material –el alimento de todos los días-, por la paz y por el trabajo, no es menos cierto que, como católicos, no podemos contentarnos con pedir estas cosas a San Cayetano por lo que, al recordarlo en su día, le pediremos que interceda por nosotros para que nunca nos falte el Pan bajado del cielo, la Eucaristía, que sacia el hambre que de Dios tiene toda alma; que vivamos en la paz, pero no en la paz del mundo, sino en la paz de Jesucristo, que es la paz de Dios, la verdadera paz espiritual, que desciende sobre el alma cuando el alma es reconciliada por Dios al perdonarle sus pecados y concederle su gracia; le pidamos tener trabajo, pero ante todo el trabajo por el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, en su Iglesia, la Santa Iglesia Católica.


sábado, 5 de agosto de 2017

Las Apariciones del Sagrado Corazón de Jesús y sus mensajes de Amor


         El Sagrado Corazón de Jesús no solo se apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, aunque sí fue con esta aparición que la devoción se extendió a la Iglesia universal. Antes de Santa Margarita, diversos santos fueron devotos del Sagrado Corazón: por ejemplo, los Padres de la Iglesia veían en los versículos de San Juan, tanto en el episodio de la lanzada como en San Juan 13, 23-28, al Corazón de Cristo, tomando al corazón en referencia a toda la persona de Cristo, que es el Amor Misericordioso de Dios encarnado. Luego, San Juan Eudes será quien redactará la primera misa para el Sagrado Corazón en 1672; finalmente, otros santos, como Santa Gertrudis, también se caracterizarán por tener un gran devoción al Sagrado Corazón[1]. Luego de las apariciones a Santa Margarita, Nuestro Señor Jesucristo se apareció a diversos santos, eligiendo a un santo por siglo: en el 1600, en España en 1731, en el Beaterio de Belén de la República de Guatemala en 1857[2]. Las apariciones más conocidas, son la primera y la última (la de Santa Margarita y la de Santa Faustina), pero entre medio se apareció al Beato Bernardo de Hoyos y a la Beata María Encarnación Rosal[3]. En todas, dejó distintos mensajes, aunque hay un elemento común a todas las apariciones: la manifestación de su Amor, contenido en su Sagrado Corazón, y el pedido de reparación, por los sacrilegios, ultrajes e indiferencias que recibe de modo continuo de parte nuestra, los hombres ingratos.
         Con respecto a Santa Margarita María de Alacquoque, Jesús se le apareció en el año 1673, en el día del apóstol San Juan, permitiéndole a la Santa recostarse en su pecho y oír los latidos de su corazón, tal como hiciera San Juan en la Última Cena. Fue a ella a quien le reveló las Doce promesas para quien fuera su devoto[4]. El objetivo principal en esta devoción es acercarnos a la Persona Divina de Jesucristo, siendo el Corazón, como órgano sagrado, el vínculo de unión con Jesús. El fin de esta revelación es recibir el Amor que envuelve en llamas al Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Esta es la razón por la cual Jesús, al aparecerse, le muestra a Santa Margarita su Sagrado Corazón envuelto en llamas: es el Fuego del Divino Amor, el que Él ha venido a traer a la tierra, y es el fuego que Él “quiere ver encendido”, porque lo que quiere incendiar son nuestros corazones, para que al contacto con su Sagrado Corazón, ardan en las llamas del Amor de Dios. El hecho de que el Corazón se muestre con la herida abierta producida por la lanza, es para significar que Jesús nos da todo su Amor, sin reservarse nada. En las apariciones a Santa Margarita, también se queja por la ingratitud de los hombres, los primeros de todos, los católicos, que hemos recibido la filiación divina por el bautismo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”[5].
         En Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el encargo de extender su culto, para que sea más amado, adorado y reverenciado su Sacro Corazón[6]. En estas apariciones, el Señor le hizo ver cómo el Sagrado Corazón, lleno de llamas, se acercaba a los corazones para incendiarlos, cosa que hizo con el mismo Padre Bernado, quien en ese entonces aún no estaba ordenado. A estas revelaciones se le sumó una aparición de San Miguel Arcángel, quien le manifestó al Padre que cuidaría de aquellos que propaguen esta devoción, pues habrían de atravesar muchas dificultades. El Sagrado Corazón volvió a prometer –como con Santa Margarita- que quienes le honren y busquen que otros le honren, habría de derramar sus bendiciones para ser más agradables sus trabajos. También le dijo al Beato Padre Bernardo que “cualquier cosa que se le pidiera al Sacro Corazón sería concedido”, finalizando con esta promesa: “Reinare en España con más y mayor devoción que en otras partes”. Recordemos que los hispanoamericanos podemos llamarnos, con orgullo, “España”, pues nuestro estatus colonial era el de “Provincias Ultramarinas de España”[7], con lo cual, esperamos que esta maravillosa promesa de Jesús se haga extensiva a nuestra Patria Argentina y a todo el continente Hispanoamericano.
         Otra aparición del Sagrado Corazón fue en Guatemala a la Madre Encarnación, en 1857, un 9 de abril. Ese día, la Madre fue a la Capilla a meditar en los sentimientos de pena y tristeza que habría experimentado el Sagrado Corazón, al ser traicionado por Judas Iscariote. Mientras meditaba, oyó el sonido como de una sutil campana, como de un metal muy fino; sintió además que tiraban suavemente de su velo, hasta que escuchó la voz del Señor que le dijo al oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”[8]. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba.
         Posteriormente, en el siglo XX, se le apareció a Sor Faustina Kowalska, a la cual, además de encargarle la difusión de la Devoción a la Divina Misericordia, le reveló que esta devoción, que habría de ser “la última, hasta el fin de los tiempos”, era para hacer conocer al mundo la Divina Misericordia, el Divino Amor, derramado sobre las almas por medio del Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús en la Cruz[9]. La Devoción a la Divina Misericordia es, así, una continuación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que está indisolublemente ligado al Corazón de Jesús. Jesús se le apareció caminando con una túnica blanca mientras con su mano abre su pecho de donde brotan rayos: los rayos de color rojo y blanco, son símbolos de la Sangre y el Agua que brotaron del Corazón de Jesús el Viernes Santo. En esta devoción, también aparece el reclamo de Jesús de que Él es olvidado en su sacrificio de amor hecho por los hombres en la Cruz.
A nosotros no se nos aparece visiblemente, pero sí se hace Presente en Persona, con su Sagrado Corazón, vivo, glorioso, envuelto en las llamas del Divino Amor, en cada Eucaristía, y nos da, en silencio, el mismo mensaje: que recibamos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, y que hagamos reparación por los ultrajes que recibe en el Sacramento de la Eucaristía.



[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas: Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida./Les daré paz a sus familias./Las consolaré en todas sus penas./Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte./Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas./Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia./Las almas tibias se volverán fervorosas./Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección./Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada./Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos./Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción./Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento. Cfr. https://www.ewtn.com/devotionals/heart/promesas.htm
[7] Por ejemplo, España regía a toda Centro América como Capitanía General de Guatemala, hasta 1820.
[9] Cfr. ibidem.

viernes, 4 de agosto de 2017

San Juan María Vianney y su advertencia contra el pecado mortal


         En una de sus famosas homilías, San Juan María Vianney advertía así acerca del pecado mortal y sus consecuencias: “Por una blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos de placer… ¡Por dos minutos de placer perder a Dios, tu alma, el cielo... para siempre!”. En realidad, lo que hace aquí es enumerar solo a algunos de los grupos nombrados en las Escrituras, cuyos integrantes no entrarán en el Reino de los cielos: “Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 20-21). Y en el Apocalipsis[1], se dice así: “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
         Quienes formen parte de estos grupos, no entrarán en el Reino de los cielos, pero no porque Dios no desee, sino porque ellos, libremente, eligieron no entrar en el Reino de los cielos; libremente, eligieron el pecado, que es malicia del corazón en acto puro, deseado y querido y elegido libre y voluntariamente –hechicería, idolatría, magia, brujería, embriaguez, discordia, impureza corporal y espiritual-, y puesto que Dios es Espíritu Purísimo, nadie que tenga malicia, deseada y querida voluntariamente, para siempre, puede estar ante su Presencia, y es por eso que, si el alma no se arrepiente antes de morir, inevitablemente se auto-condenará en el Infierno.
         Luego, de una manera muy gráfica, el Cura de Ars da un ejemplo, para que tomemos conciencia de lo que significa, en la realidad del mundo espiritual y a los ojos de Dios, el pecado mortal. Dice así San Juan María Vianney: “Hijos míos, si veis a un hombre levantar una gran hoguera, apilar la leña, y le preguntáis qué es lo que hace, os responderá: Preparo el fuego que debe quemarme. ¿Qué pensaríais si vierais a este mismo hombre aproximarse a la llama de la hoguera y, cuando está encendida, echarse dentro? ¿Qué diríais? Al pecar, eso es lo que nosotros hacemos. No es Dios quien nos echa al infierno, somos nosotros por nuestros pecados. El condenado dirá: ¡He perdido a Dios, mi alma y el cielo: y es por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa! ¿Se levantará para volver a caer?”. Para el Santo Cura de Ars, el pecado mortal es el equivalente a que un hombre levante una gran pira de fuego y se arroje vivo, libre y voluntariamente en ella, para perecer quemado, con la diferencia de que el fuego del Infierno no se apaga nunca y no consume, ni el alma ni el cuerpo, quemando alma y cuerpo y provocando dolores insoportables, por toda la eternidad.
         En nuestros días, en los que la inmoralidad es ensalzada a virtud y la contra-natura a derecho humano; en nuestros días, en los que por medio de la ideología de género se pretende pervertir al hombre desde la niñez, enseñándola obligatoriamente en las escuelas; en nuestros días, en los que la brujería, la magia blanca y negra, la hechicería, el ocultismo, no son vistos como pecados abominables a los ojos de Dios, sino que son presentados como algo bueno, atractivo e inocente a través de películas como Harry Potter y a través de innumerables series destinados a los más pequeños, en los que la magia es algo bueno y agradable; en nuestros días, en los que el aborto y la eutanasia, que son homicidios, son presentados como derechos humanos; en nuestros días, en los que los países y los hombres no dudan un segundo en emprender guerras homicidas, motivados por ideologías perversas como el comunismo, el liberalismo, que en el fondo no son sino idolatrías encubiertas al dinero y por lo tanto al Demonio; en nuestros días, en los que la humanidad prepara un gigantesco horno de fuego para arrojarse voluntariamente en él, las palabras de advertencia del Santo Cura de Ars, acerca del pecado mortal y sus consecuencias, la eterna condenación en el Infierno, son más actuales, precisas y necesarias que nunca.



[1] (21, 8).

miércoles, 2 de agosto de 2017

San Pedro Julián Eymard, presbítero y fundador


         Vida de santidad[1].

San Pedro Julián Eymard, presbítero, nació el 2 de agosto de 1811 en París y murió en el año 1868. Fue canonizado por Pío XI el 12 de julio de 1925 y canonizado por Juan XXIII el 9 de diciembre de 1962. Trabajó con su padre en su fábrica de cuchillos y más tarde en una prensa de aceite, hasta que cumplió 18 años. En sus horas libres estudiaba latín y recibía clases de un sacerdote de Grénoble, con quien también trabajo por un tiempo. Fue primeramente sacerdote diocesano y después miembro de la Compañía de María. Adorador eximio del misterio eucarístico, instituyó dos nuevas congregaciones, una de clérigos y otra de mujeres, para fomentar y difundir la piedad eucarística.
El centro de su vida espiritual fue siempre la devoción al Santísimo Sacramento. El santo decía: “Sin Él, perdería yo mi alma”. El santo nos relata una experiencia extraordinaria en una procesión de Corpus Christi, mientras llevaba al Santísimo en sus manos: “Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mí mismo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento que todos los corazones estuvieran con el mío y se incendiaran con un celo como el de San Pablo”. 
Hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres en 1851: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación. Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María ¡Que horas tan maravillosas pasé ahí!”. Después de 4 años en la Seyne, alentado por los mismos fundadores de los Maristas, Pío IX y el venerable Juan Colin, decide salir de la Compañía de María para fundar la nueva Congregación de Sacerdotes Adoradores del Santísimo Sacramento, en 1856. Presenta su plan al Monseñor Sibour, Arzobispo de París, recibiendo su aprobación a los 12 días. El Padre Eymard tuvo que enfrentar muchas críticas por haberse salido de la Compañía de María y sufrió oposición a su obra. El Santo les decía: “No comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida. ¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?”. La principal misión de los sacerdotes es la adoración del Santísimo Sacramento, en lo cual ayudan los hermanos legos. 
El P. Eymard funda la congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento en 1852, también dedicadas a la adoración perpetua y a propagar el amor al Señor. También funda la Liga Eucarística Sacerdotal cuyos miembros se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo.   Fundó la “Obra de Adultos”, organización que se dedica a preparar a hombres y mujeres adultos para la primera comunión cuando por razón de edad o trabajo no podían asistir a la catequesis parroquial. 
Organizó la Archicofradía del Santísimo Sacramento que luego el derecho canónico ordena establecer en todas las parroquias. Escribió varias obras sobre la Eucaristía que han sido traducidas a varios idiomas.   Muchos lo consideraban un verdadero santo, se le notaba en todo: en su vida diaria llena de obras y virtudes, en especial el amor, y en sus dones sobrenaturales. Tenía visiones proféticas, adivinaba los pensamientos y leía los corazones.  San Juan Bautista Vianney lo conoció personalmente y dijo de él: “Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! Decid al P. Eymard que pediré diariamente por su obra”. En sus últimos años de vida, el P. Eymard padeció numerosas enfermedades, entre ellas, artritis reumática, e insomnio, a las cuales se agregraban innumerables dificultades de todo orden.
Una vez dejó ver el desaliento que sufría, según escribe el P. Mayet en 1868: “Nos abrió su corazón y nos dijo: “Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho”. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: “Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos”. Presentía su muerte. Su hermana le pidió en febrero que fuera con más frecuencia a Mure, él le dijo: “Volveré más pronto de lo que imaginas”.
El P. Eymard fue a visitar a sus amigos y penitentes, hablándoles como si fuese la última vez que los veía. El 21 de febrero el Padre Eymard salió de Grénoble rumbo a la Mure. Por el intenso calor y cansancio, llega casi sin conocimiento y con un ataque de parálisis parcial. Muere el 1 de agosto. Antes de finalizar ese año ocurren varios milagros en su tumba.

Mensaje de santidad[2].

Además de sus innumerables virtudes, vividas en modo heroico, el principal mensaje de santidad que nos deja San Pedro Julián Eymard es su gran piedad, devoción y amor hacia la Eucaristía. Por ello, meditaremos brevemente en un texto suyo, en el cual dice así nuestro santo: “La Eucaristía es la vida de los pueblos. La Eucaristía les ofrece un centro de vida. Todos pueden encontrarse sin barrera de raza ni de lengua para la celebración de las fiestas de la Iglesia. Les da una ley de vida, la de la caridad cuya fuente es; forma así un vínculo entre ellos, una nueva relación familiar cristiana. Todos comen del mismo pan, todos son comensales de Jesucristo, que crea sobrenaturalmente entre ellos un vínculo de costumbres fraternales. Lean los Hechos de los Apóstoles. Afirman que la multitud de los primeros cristianos: judíos convertidos y paganos bautizados, pertenecientes a diferentes regiones, “no tenían sino un solo corazón y una sola alma” (He 4, 32). ¿Por qué? Porque eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la “fracción del pan” (He 2,42). Para San Pedro Julián Eymard, la Eucaristía es “la vida de los pueblos”, es “un centro de vida”, pero no de una vida meramente humana, como si la Eucaristía los congregara a los pueblos en torno a un ideal meramente moral: la Eucaristía, en el pensamiento del P. Eymard, es fuente de vida divina, porque infunde en los pueblos la caridad, que es el Amor sobrenatural, que brota del Ser divino trinitario de Jesús Eucaristía. Y es este Amor divino, que surge de la Eucaristía, el que convierte a los hombres en hermanos entre sí, al estar todos animados por un mismo espíritu, el Espíritu Santo, el Amor de Dios.
Luego compara a la Eucaristía con el sol y nuestra tierra: así como nuestro planeta recibe del sol la luz, el calor y la vida, así las almas y las naciones todas, reunidas en torno a la Eucaristía, Sol de justicia, reciben la luz divina, el calor del Divino Amor y la Vida misma de Dios Trino: “Pues sí, la Eucaristía es la vida de las almas y de las sociedades, como el sol es la vida de los cuerpos y de la tierra. Sin el sol, la tierra sería estéril, él la fecunda, la vuelve bella y rica; él da a los cuerpos la agilidad, la fuerza y la belleza. Ante estos efectos prodigiosos, no es de extrañar que los paganos lo hayan adorado como el dios del mundo. De hecho, el astro del día obedece a un Sol supremo, al Verbo divino, a Jesucristo, que ilumina todo hombre que viene a este mundo y que, por la Eucaristía, sacramento de vida, actúa personalmente, en lo más íntimo de las almas, para formar así familias y pueblos cristianos. ¡Cuán feliz, mil veces feliz, el alma fiel que encontró este tesoro escondido, que va a beber a esta fuente de agua viva, que come con frecuencia este Pan de vida eterna!”.
Para San Pedro Julián Eymard, la Eucaristía es también el vínculo de amor que une a los miembros de una familia, en torno a la Cena del Señor, la Santa Misa, para alimentarlos con la substancia divina y con el mismo Amor Divino que late en el Corazón Eucarístico de Jesús Sacramentado: “La sociedad cristiana es una familia. El vínculo entre sus miembros es Jesús Eucaristía. Él es el Padre que aderezó la mesa de familia. La hermandad cristiana ha sido promulgada en la Cena con la paternidad de Jesucristo; él llama a sus apóstoles “figlioli”, esto es, hijitos míos, y les manda amarse los unos a los otros como él los ha amado”.
Por la Eucaristía, los hombres reciben un mismo alimento que los convierte no solo en una misma y única familia, la familia de los hijos de Dios, sino que los hace formar parte de un único cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, y así están todos animados por un mismo espíritu, el Espíritu Santo, de la misma manera a como los órganos del cuerpo de un hombre, están todos animados por la misma y única alma de ese hombre: “En la sagrada mesa, todos son hijos que reciben la misma comida, y san Pablo saca la consecuencia de que no forman sino una sola familia, un solo cuerpo, ya que participan todos del mismo pan que es Jesucristo (1 Cor 10, 16-17).
Por último, es por la Eucaristía que los cristianos obtienen la fuerza de la caridad, esto es, del Amor Divino, la única fuerza celestial capaz de transformar este mundo en un mundo de paz, en el que los hijos de Dios se amen “los unos a los otros”, como Jesús nos ha amado, y es para que recibamos este Divino Amor, que se nos entrega Jesús, todo Él, en la comunión: “En fin, la Eucaristía da a la sociedad cristiana la fuerza de practicar la ley de la caridad y del respeto hacia el prójimo. Jesucristo quiere que uno honre y ame a sus hermanos. Para ello, se personifica en ellos: “Cada vez que lo hagan con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hacen” (Mt 25, 40); y se da a cada uno en comunión”.
Al recordarlo en su día, le pidamos que interceda por nosotros para que no solo no nos acostumbremos a recibir la Eucaristía de modo mecánico, frío o indiferente, sino para que, encendidos nuestros corazones en el Fuego del Divino Amor, seamos capaces de apreciar, vivir y amar los sagrados misterios del Cuerpo y Sangre de Jesús, con la misma intensidad con las que San Pedro Julián Eymard los apreció, vivió y amó, de modo que, al igual que nuestro santo, la Eucaristía sea el Sol de justicia alrededor del cual giren nuestras almas.





[2] Texto del P. Eymard que la liturgia nos ofrece para el Oficio de las Horas; ©2001 Congregation of the Blessed Sacrament http://blessedsacrament.com (713) 667-4451 email: jtlanesss@blessedsacrament.com

San Alfonso María de Ligorio y la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos


         En un escrito suyo, llamado “El triunfo glorioso de María Santísima” [1], San Alfonso María de Ligorio describe la Asunción gloriosa, en cuerpo y alma, de la Madre de Dios, de la siguiente manera: “Cuando entran los monarcas a tomar posesión de su reino, no pasan por las puertas de la ciudad, sino que, o se quitan del todo las puertas, o pasan por encima de ellas. Por eso, así como los Ángeles, cuando entró Jesucristo decían: “Abrid príncipes, vuestras puertas, y levantaos, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria” (Sal 23,7); así, ahora que María va a tomar posesión del Reino de los cielos, los Ángeles que la acompañan claman a los que están adentro: “Abrid, príncipes, vuestras puertas, y levantaos, puertas eternas, y entrará la Reina de los gloria”. Es decir, para San Alfonso, el ingreso de María Asunta a los cielos en cuerpo y alma glorificados, es equiparable a la Ascensión del Señor, glorioso y resucitado, en el sentido de que ambos son recibidos por los Ángeles y aclamados por ellos.
Continúa San Alfonso, citando a un Padre de la Iglesia, Orígenes: “Ved que ya entra María en la patria bienaventurada. Mas al entrar y verla tan hermosa y gloriosa, los espíritus celestiales preguntan a los que vienen de fuera, como contempla Orígenes (Cant8, 5): “¿Quién es esta criatura tan bella, que viene del desierto de la tierra, lugar de espinas y abrojos, mas Ella viene tan pura y tan rica de virtudes, apoyada en su amado Señor, que se digna acompañarla Él mismo con tanto honor?” “Quién es?”. Y los Ángeles y Santos que la acompañan responden: “Esta es la Madre de nuestro Rey, es nuestra Reina, es la bendita entre las mujeres, la llena de gracia, la santa de los santos, la predilecta de Dios, la inmaculada, la paloma, la más bella de todas las criaturas.” Entonces, todos aquellos espíritus bienaventurados, comenzaron a bendecirla y alabarla, cantando, mejor que los hebreos a Judit (15,10): “Tú eres la gloria de Jerusalén, Tú la alegría de Israel, Tú el honor de nuestro pueblo, Señora y Reina nuestra, Vos sois la gloria del cielo, la alegría de nuestra patria, el honor de todos nosotros. Sed por siempre bienvenida, sed por siempre bendita. Éste es vuestro reino, y todos nosotros somos vasallos vuestros prontos a cumplir vuestras órdenes”. En la visión contemplativa de San Alfonso, los ángeles dialogan entre sí, al contemplar el ingreso en los cielos de una creatura tan hermosa, que sólo Dios Trino la supera en hermosura. De este diálogo, surgen calificativos que, por hermosos que sean, no alcanza, como palabras que son, a describir a la Madre de Dios en la realidad de su esplendor, de su condición de ser “la Mujer revestida de sol”, de la que habla el Apocalipsis: bendita entre las mujeres, llena de gracia Inmaculada, la más santa entre todos los santos, la amada con amor de predilección por Dios Trino, la alegría de Israel, y es a Ella, la Virgen y Madre de Dios, a quien se presentan para rendirle honores, como fieles “vasallos siempre dispuestos a cumplir sus órdenes”.
Los Ángeles y los Santos dan la bienvenida a la Madre de Dios al llegar a su morada eterna, el Reino de los cielos, proclamándola como a su Reina y Señora, pues es a la Virgen, Mediadora de todas las gracias y Madre de la Iglesia, a quien le deben el hecho de haberles alcanzado la gracia de Jesucristo, que los convirtió en santos y los condujo al cielo. Así, se presentan ante la Madre de Dios las vírgenes, por ser Ella su modelo a la cual imitaron; los mártires, porque Ella fue su ejemplo en el martirio por Jesús; los Apóstoles, porque fueron asistidos y consolados por Ella cuando sufrían tribulaciones en la tierra; los profetas, porque fue a Ella a quien describían en sus profecías, cuando anunciaban a la futura Virgen y Madre de Dios; los Patriarcas, porque fue su esperanza por siglos; finalmente, Adán y Eva, porque la Virgen reparó, con su humildad y su condición de Inmaculada y Llena de gracia, la soberbia de Adán y Eva, que se rebelaron contra Dios al dejarse seducir por la Serpiente Antigua: “Luego se acercaron a darle la bienvenida y saludarla como a su Reina todos los santos que hasta entonces estaban en el cielo. Llegaron todas las santas vírgenes y dijeron: “Santísima Señora,…Vos sois nuestra Reina porque fuisteis la primera en consagrar a Dios vuestra virginidad; todas nosotras te bendecimos y damos gracias.” Llegaron también los mártires a saludarla como a su Reina, porque con su gran constancia en los dolores de la Pasión de su Hijo, les había enseñado e impetrado con sus méritos la fortaleza para dar la vida por la fe. Llegó Santiago el Mayor, el único de los Apóstoles que hasta entonces había subido al cielo, y en nombre de todos los Apóstoles le dio gracias por todo el consuelo y la asistencia que les había prestado durante su permanencia en la tierra. Llegaron luego a saludarla los Profetas, y le decían: “Vos, Señora, sois la que vislumbramos en nuestras profecías.” Llegaron los santos Patriarcas y le decían: “Vos, María, fuisteis nuestra esperanza, y por tantos siglos tan suspirada.” Y entre éstos llegaron con mayor afecto a darle gracias nuestros primeros padres Adán y Eva, y le decían: “Hija predilecta, Tú has reparado el daño que nosotros hicimos al género humano. Tú devolviste al mundo la bendición perdida por nuestra culpa, por Ti somos salvos; ¡Seas por siempre Bendita!”.
En la contemplación de San Alfonso, se acerca luego San Simeón para besar sus pies, agradeciéndole el día feliz en el que la Virgen le dio a su Hijo recién nacido, para que lo tuviera en brazos; luego Zacarías y Santa Isabel, agradeciéndoles la Visitación, en la que les llevó a Jesús y Jesús les donó el Espíritu Santo, llenándolos de sabiduría y de alegría divina; llegó también San Juan Bautista, porque lo santificó con su voz, también en la Visitación; llegaron también sus bienaventurados padres, San Joaquín y Santa Ana, quienes la veneraron por ser la Madre de Dios: “Llegó después a besarle los pies San Simeón, y le recordó con júbilo el día en que recibió de sus manos a Jesús niño. Llegaron San Zacarías y Santa Isabel, y de nuevo le dieron gracias por aquella amorosa visita que con tanta humildad y caridad les hizo en si casa, y por la cual recibieron tantos tesoros de gracias. Con mayor afecto llegó San Juan Bautista, a darle las gracias por haberlo santificado por medio de su voz. ó San Juan Bautista, a darle las gracias por haberlo santificado por medio de su voz. Y ¿Qué le dirían cuando llegaron a saludarla sus queridos padres San Joaquín y Santa Ana? ¡Oh Dios! Con cuánta ternura la debieron bendecir diciendo: “Hija amada ¿y qué dicha la nuestra la de tener una hija como Tú! Ahora eres nuestra Reina, porque eres la Madre de nuestro Dios; por tal te saludamos y te veneramos”.
Pero quien más alegría experimentó, luego de su Hijo Jesús, fue su casto esposo, San José, quien le manifestó que le agradecía a Dios por haberlo elegido para ser el esposo meramente legal, dándole también el encargo celestial de ser el Padre adoptivo de Dios Hijo encarnado: “Más, ¿Quién puede comprender el afecto con que llegó a saludarla su querido esposo San José? ¿Quién podrá explicar la alegría que sintió el Santo Patriarca al ver a su esposa entrar en el cielo con tanto triunfo y ser proclamada Reina de todos los cielos? ¡Con cuanta ternura le debió decir!: “Señora y esposa mía, ¿Cuándo podré yo agradecer lo que debo a nuestro Dios por haberme hecho esposo vuestro, que sois su verdadera Madre? Por Vos merecí en la tierra asistir en su infancia al Verbo encarnado, tenerle tantas veces en mis brazos y recibir de Él tantas gracias especiales. ¡Benditos sean los momentos que empleé en la vida en servir a Jesús y a Vos, mi santa esposa!”.
Finalmente se presentaron los Ángeles para saludar a su Reina, siendo Ella a su vez quien les agradeció a los espíritus puros por haberla asistido en la tierra, aunque agradeció de modo particular a San Gabriel Arcángel, el mensajero celestial que le llevó el Anuncio más feliz de su vida, que Ella, la Virgen, había sido elegida por el Padre para ser la Madre de Dios Hijo: “Por fin, todos los Ángeles llegaron a saludarla, y Ella, la gran Reina, a todos dio las gracias por la asistencia que le habían prestado en la tierra; singularmente a San Gabriel Arcángel, feliz embajador de todas sus dichas, cuando bajó a darle la nueva de que era elegida para Madre de Dios”.
Una vez concluida la bienvenida tributada por los Ángeles y Santos del cielo, la Bienaventurada Siempre Virgen María, Madre del Dios por quien se vive, se arrodilló en adoración y acción de gracias a la Trinidad por todos los dones que le había concedido, principalmente el haberla convertido en Virgen y Madre del Hijo de Dios Encarnado; a su vez, las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad la coronaron como Reina y Señora del cielo y de la tierra, y mandaron a todas las creaturas que la reconocieran como a su Reina y Emperatriz: “Luego, arrodillada la humilde y Santa Virgen, adoró a la divina Majestad, y toda abismada en el conocimiento de su nada, dio gracias por todos los dones que su bondad le había concedido, y especialmente, por haberla hecho Madre del Verbo Eterno. No hay quien pueda comprender con cuánto amor la bendijo la Santísima Trinidad; qué acogida hizo el Padre a su Hija, el Hijo a su Madre, el Espíritu Santo a su Esposa. El Padre la coronó, comunicándole su poder, el Hijo la Sabiduría; el Espíritu Santo el Amor. Y todas las tres Personas, colocando su trono a la diestra de Jesús, la proclamaron Reina universal del cielo y de la tierra, y mandaron a los Ángeles y a todas las criaturas que la reconocieran como su Reina, y como a tal la obedecieran y sirvieran”. De esta maravillosa manera, describió así San Alfonso María de Ligorio, la Asunción en cuerpo y alma al cielo, de la gloriosa Siempre Virgen María, Madre de Dios.

martes, 1 de agosto de 2017

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus


         San Ignacio de Loyola, uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica, antes de su conversión, vivía en un mundo alejado de Dios, caracterizado por la vanidad. Solo cuando obligadamente tuvo que hacer una pausa en su vida mundana, debido a una lesión en su pierna en el transcurso de una batalla, su vida comenzó a dar un decisivo giro en dirección a Jesucristo y esto, gracias a la lectura de libros acerca del Salvador y sus santos. Tratándose de un santo de tal magnitud, es imprescindible conocer su proceso de conversión, ya que de él podemos nosotros tomar ejemplo y buscar su imitación, para iniciar nosotros la vida en Cristo Jesús. Dicho proceso de conversión es narrado así por uno de sus discípulos[1]: “Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna. Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban”. Es decir, como consecuencia de estas lecturas, comienza a entrever una vida nueva, distinta a la anterior, aunque su hombre viejo le oponía resistencia, razón por la cual, a pesar de vislumbrar una vida distinta en Cristo, regresaba con nostalgia a su vida de pagano: “A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior”.
Sin embargo, la acción de la gracia, que ya había comenzado a actuar en San Ignacio, no detenía su marcha, por lo cual, al continuar leyendo acerca de Nuestro Señor y sus santos, se sentía fuertemente atraído por esta vida nueva que aparecía en su horizonte espiritual: “Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer”. El mismo Jesucristo, por medio de la gracia, era quien le inspiraba piadosos pensamientos, al tiempo que profundizaba en él el deseo de imitar a los santos en el seguimiento del Señor: “En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?”.
Como consecuencia de estas lecturas, comenzó una lucha, por así decirlo, en el alma de San Ignacio, entre dos espíritus: el espíritu mundano, que lo alejaba de Dios por medio de la vanidad, y el Espíritu de Dios, que lo atraía a sí por medio de la nostalgia de una vida nueva, de origen celestial, vida que sólo podía intuir, pero a la cual había comenzado ya a desearla: “Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo”.
En este proceso de oscilar entre la atracción del antiguo espíritu mundano, bien conocido por San Ignacio, y la atracción por la vida del Espíritu de Dios que la gracia había implantado en él, el santo aprendió algo sumamente importante, que luego aplicaría en sus Ejercicios Espirituales, y es el “discernimiento de espíritus”, es decir, el saber darse cuenta de cuándo era inspirado por uno u otro espíritu: “Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios”. El espíritu mundano, en suma, mientras lo atraía con placeres pasajeros produciéndole alegrías pasajeras y superficiales, dejaba su alma sumergida en la tristeza y en la aridez; el Espíritu de Dios, que lo instaba a imitar las virtudes de los santos, y aunque esto pareciera ser algo alejado del placer puesto que implica sacrificio, penitencia y austeridad, dejaba en él una alegría profunda, espiritual, celestial. Y es esta experiencia, como dijimos anteriormente, de discernimiento de espíritus, la que trasladó luego a sus Ejercicios Espirituales: “Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos”.
En estos tiempos, en los que el Anticristo atrae a los hombres con la música estridente, las banderas multicolores, la satisfacción hedonista de los sentidos, prometiendo una alegría mundana y pasajera por medio de la profanación del cuerpo y el alma, es decir, la impureza del cuerpo y la apostasía de la fe, llamando a la anti-natura “derecho humano” y a los Mandamientos de Dios “cosas del pasado”, la experiencia de discernimiento de espíritus de San Ignacio de Loyola es más que oportuna, para ser tenida en cuenta por los cristianos, si es que no queremos ser arrastrados, en medio de una corriente multicolor y estridente, al Abismo del cual no se regresa.




[1] Cfr. De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647.