San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 19 de septiembre de 2019

San Andrés Kim Tae Gon y compañeros mártires



Vida de santidad[1].

San Andrés Kim Tae-Gon nació en Solmoe (Corea) en 1821 en una familia noble. Al poco tiempo, comenzó una persecución contra los cristianos, por lo que siendo niño huyó con su familia a Kolbaemasil para evitar la muerte. Su padre, San Ignacio Kim, murió mártir en 1839. Andrés fue bautizado a los 15 años de edad y más adelante ingresó al seminario de Macao (China), recibiendo la ordenación sacerdotal en Shangai (1845), convirtiéndose en el primer sacerdote coreano. Regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de misioneros a su país y pudo ver a su madre, a quien encontró mendigando por comida. Ya en su país se dedicó a difundir la fe, predicando y bautizando a todos los que convertía con sus palabras y testimonio de vida. Toda esta actividad debía realizarla en secreto, para evitar ser descubierto, pues la persecución contra los cristianos no había finalizado.
A pesar de estas medidas de seguridad, fue arrestado al tratar de llevar a Corea a los misioneros franceses que estaban en China. Después de algunos meses en la cárcel, murió decapitado en 1846. Su fiesta se celebra cada 20 de septiembre junto a sus 102 compañeros mártires en Corea. 

Mensaje de santidad.

Además de su vida, su mensaje de santidad está en sus últimas palabras, pronunciadas antes de morir: “Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al Cristianismo si deseáis la felicidad tras la muerte porque Dios alberga castigo eterno para aquellos que rehusaron conocerle”.
San Andrés está por morir, es decir, su vida terrena está por finalizar, pero él no se refiere a esto, sino a otra vida, que está por comenzar, apenas finalice la vida terrena: “Mi vida inmortal está en su punto inicial”. Esto nos sirve de advertencia para saber que esta vida es pasajera, es sólo una prueba para ganar la vida eterna y que después de esta vida terrena, viene la vida eterna, en donde se juega nuestro destino eterno, Cielo o Infierno. Cuando termina esta vida, no termina todo, sino que comienza la vida eterna.
San Andrés habla también de una “felicidad”, no terrena, sino sobrenatural, para quien se convierta al Cristianismo y esto no porque los asuntos de la tierra marchen sin problemas, sino porque se conoce al Dios de la Alegría, a Dios, que es “Alegría infinita” según Santa Teresa de los Andes y que comunica de su alegría a quien participa de su vida por la gracia.
Otra advertencia que nos hace San Andrés es acerca de la necesidad urgente de la conversión: si no lo hacemos, es decir, si rehusamos voluntariamente convertirnos –que va mucho más allá de simplemente recibir los sacramentos del bautismo, de la Comunión y de la Confirmación-, el Justo Juez Jesucristo tendrá esto en cuenta y dará a cada uno lo que cada uno se merece y lo que se merecen los impenitentes es el “castigo eterno”. Es decir, para quienes voluntariamente se niegan a conocer a Jesucristo, les está reservada una eternidad en el Infierno. De Dios nadie se burla y con Dios no se juega, por lo que es necesario poner todo el empeño en lograr una sincera conversión.
Inicio de la vida eterna al finalizar la vida terrena; felicidad verdadera si el alma se convierte a Cristo; castigo eterno para quien se obstina en su malicia, es parte del mensaje de santidad de San Andrés Kim Tae Gon.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Santa Lucía y la esperanza de la vida eterna en el cielo




La vida de santidad y sobre todo, la muerte martirial de Santa Lucía, nos enseña a mirar más allá de este mundo, cuya figura pasará al fin del tiempo, porque Santa Lucía dio su vida por una esperanza, pero no por una esperanza mundana, sino por una esperanza de una vida nueva, una vida distinta a esta vida terrena que vivimos, la vida eterna en el Reino de los cielos. Porque Santa Lucía poseía esta virtud de la esperanza en grado heroico, es que despreció no solo al mundo y sus riquezas, sino a esta vida terrena, por eso es que no le importó lo más preciado que tiene el hombre por naturaleza y que es la propia vida. En nuestros días, días caracterizados por ser días en los que el hombre ha construido un mundo y una sociedad sin Dios y se ha alejado de Él, debido a esta ausencia de Dios, los hombres ya no tienen la virtud de la esperanza en la vida eterna, sino que su esperanza es una esperanza mundana: el hombre de hoy tiene esperanzas de que la economía va a mejorar; tiene esperanzas de que podrá ganar más dinero; tiene esperanzas de que con ese dinero podrá comprar más y más cosas; tiene esperanzas de que no se enfermará y que vivirá sano; tiene esperanzas de que construirá una familia y que vivirá esta vida sin problemas. El hombre de hoy, un hombre sin Dios, tiene esperanza, pero se trata de una esperanza meramente humana y mundana, porque solo espera en bienes materiales y solo quiere bienes materiales. El hombre de hoy tiene esperanza, pero esperanza intra-mundana, una esperanza que lo lleva a creer que puede vivir esta vida con el estómago repleto y con las pasiones satisfechas.
         Por esta razón, la muerte martirial de Santa Lucía es un ejemplo para nosotros, porque Santa Lucía no muere por una esperanza intra-mundana, sino que muere porque espera vivir en el más allá, en la vida eterna, en el Reino de los cielos. Pero es incompatible querer vivir esta vida y poner todas las esperanzas en esta vida y sus bienes, y al mismo tiempo esperar vivir en el Reino de Dios, por eso es que Santa Lucía, puesta en la disyuntiva de elegir entre una vida sin mayores sobresaltos –tanto ella como su pretendiente poseían abundantes bienes materiales- y dar esta vida terrena para conseguir una vida superior, la vida eterna en el Reino de los cielos, Santa Lucía no duda ni un instante en elegir dar su vida por Cristo, porque espera en Él y sólo en Él y no en este mundo. Aprendamos de Santa Lucía a vivir la virtud de la esperanza, pero no una esperanza de que este mundo y esta vida sean mejores, sino que pidamos la gracia de que vivamos en la esperanza de llegar a vivir en la vida eterna, en el Reino de los cielos.

jueves, 24 de agosto de 2017

Fiesta de San Bartolomé, apóstol


         Vida de santidad[1].

         A San Bartolomé, apóstol, se lo identifica generalmente con Natanael –se supone que Bartolomé es un sobrenombre o segundo nombre que le fue añadido a su antiguo nombre que era Natanael, que significa “regalo de Dios”-. Nació en Caná de Galilea, y fue presentado por Felipe a Cristo Jesús en las cercanías del Jordán, donde el Señor le invitó a seguirle, agregándolo a los Doce. Después de la Ascensión del Señor, es tradición que predicó el Evangelio en la India y que allí fue coronado con el martirio, siendo desollado vivo. Es por este motivo que se lo representa con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo. Muchos autores afirman que el personaje que el evangelista San Juan llama “Natanael”, es el mismo que otros evangelistas llaman “Bartolomé”. Porque San Mateo, San Lucas y San Marcos cuando nombran al apóstol Felipe, le colocan como compañero de Felipe a Natanael. El evangelio de San Juan la narra de la siguiente manera: “Jesús se encontró a Felipe y le dijo: “Sígueme”. Felipe se encontró a Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquél a quien anunciaron Moisés y los profetas. Es Jesús de Nazaret”. Natanael le respondió: “¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?”. Felipe le dijo: “Ven y verás”. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Natanael le preguntó: “¿Desde cuándo me conoces?” Le respondió Jesús: “Antes de que Felipe te llamara, cuando tú estabas allá debajo del árbol, yo te vi”. Le respondió Natanael: “Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel”. Jesús le contestó: “Por haber dicho que te vi debajo del árbol, ¿crees? Te aseguró que verás a los ángeles del cielo bajar y subir alrededor del Hijo del Hombre” (Jn 1, 43).
Desde entonces, San Bartolomé-Natanael fue agregado a los Apóstoles por Nuestro Señor, convirtiéndose el santo en un discípulo incondicional del Hombre-Dios. Con los demás Apóstoles presenció los admirables milagros de Jesús, oyó sus sublimes enseñanzas y recibió el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego.

         Mensaje de santidad.

         El legado más preciado que nos deja San Bartolomé es la frase dicha a él por Felipe: “Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret”. San Bartolomé, por medio de Felipe, escucha la noticia más hermosa que una persona pueda jamás recibir en esta vida: escuchar que Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, el Redentor, ha sido encontrado: “Hemos hallado a Jesús de Nazareth”. ¡Cuántos hombres de buena voluntad, nacen en circunstancias en las que no les resulta posible recibir la Buena Noticia de Jesús y son introducidos, por la costumbre del país o de la región donde nacieron, en religiones falsas, en sectas, fundadas por hombres malvados que sólo persiguen su propio ego, cuando no se trata de sectas verdaderamente diabólicas, como las sectas de tipo ocultista! Nosotros, los católicos, tenemos la gracia inapreciable de haber nacido en las circunstancias apropiadas, determinadas por la Divina Providencia, de modo que hemos recibido el Bautismo, la Confirmación y la Comunión Sacramental, todos medios no solo de encuentros personales con el Salvador, sino de unión íntima, profunda, sobrenatural; una unión entre el alma y Nuestro Señor Jesucristo, que es más profunda, sólida y estable que la unión de sangre, porque es la unión por la gracia, que nos hace partícipes de su vida divina. Todavía más, a nosotros no se nos dice, como a San Bartolomé: “Hemos hallado a Jesús de Nazareth”, sino que se nos da, desde el Bautismo, la unión orgánica, viva, real, con Jesús de Nazareth, al ser introducidos por el Bautismo en su Cuerpo Místico y al recibir, desde ese momento, su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y esta unión y vida con Él se profundiza –o al menos debería hacerlo- con actos de fe, con la oración, con la confesión sacramental y con cada comunión eucarística. Los católicos, por lo tanto, somos inmensamente más afortunados que los paganos, que no tuvieron la oportunidad de no solo escuchar que "ha sido hallado" el Mesías, sino que tampoco fueron incorporados, de modo orgánico, al Cuerpo Místico del Mesías, el Hombre-Dios, el Redentor, por la gracia santificante, y muchas veces, sino la mayoría, huimos de los sacramentos, como si tuvieran veneno, siendo los sacramentos el instrumento de la gracia que nos une íntimamente a Jesús y nos hace partícipes de su vida divina, y de todas estas faltas, habremos de dar cuenta en el Juicio Particular y en el Juicio Final. A San Bartolomé le anunciaron que habían encontrado a Jesús, y a partir de entonces, su vida cambió para siempre, porque vivió y murió por el Hombre-Dios, permitiendo incluso que le quitaran la piel de este cuerpo destinado a la corrupción, para no perder la vestimenta de la gracia y entrar así en la vida eterna. A nosotros, como vimos, se nos da al Hombre-Dios, en su vida, por la gracia sacramental, y en su Persona, por la comunión eucarística. ¿Somos capaces de dar la vida por Jesús, alejándonos siquiera de las ocasiones de pecar?

martes, 13 de diciembre de 2016

Santa Lucía, virgen y mártir


         Durante su vida terrena, Santa Lucía alcanzó dos méritos sobrenaturales, que le valieron ganar el cielo: el ser virgen y el ser mártir y con ambos anuncia que existe una vida eterna. Por esto mismo, y también por su juventud, Santa Lucía es un luminoso y valiosísimo ejemplo para los niños y jóvenes de nuestro tiempo, en donde se niega la trascendencia y la vida eterna –se vive el hoy, el aquí y ahora, en la inmanencia más absoluta-, al tiempo que se exalta la impureza –en todas sus formas, incluida la contra-natura- al punto de exigirla, reclamarla y declararla como “derecho humano”, es decir, se pretende convencer a niños y jóvenes no solo que la pureza corporal no tiene sentido, sino que la impureza corporal es legítima, natural y un “derecho del hombre”. Por su doble condición de virgen y mártir, entonces, Santa Lucía es un ejemplo inigualable para los cristianos, pero sobre todo, para niños y jóvenes.
         Con su virginidad –se consagró secretamente a Dios siendo niña muy pequeña y una de las causas de su muerte fue precisamente por resguardar esta consagración-, Santa Lucía anuncia ya la vida futura en el Reino de los cielos. Quien en esta vida elige la virginidad consagrada, es decir, renuncia al amor esponsal terreno, no lo hace porque no sabe amar a su prójimo, sino porque ama a un Amor Eterno, celestial, sobrenatural, encarnado y manifestado en Cristo Jesús. Es decir, la virginidad consagrada es un testimonio viviente de que hay un Amor esponsal que no es terreno, sino celestial y sobrenatural, que es el Amor de Jesucristo, que ama a cada alma así como un esposo ama a su esposa. Consagrar la virginidad y renunciar al amor esponsal terreno no es entonces no saber amar, sino amar con un amor esponsal a un Amor infinitamente más grande que cualquier amor humano, y es el Amor de Cristo. Santa Lucía, al consagrar su virginidad, anticipa entonces la vida eterna en los cielos, porque renuncia a los desposorios terrenos –y por lo tanto, a tener cónyuge y a formar una familia- para amar, ya desde la tierra, al Amor divino, Cristo Jesús. Así anticipa la vida celestial en la eternidad, porque nos indica que hay un Amor que está más allá de esta vida, reservado esponsalmente para quienes renuncian a los desposorios terrenos. El consagrado, con su virginidad, nos está diciendo: “No me caso en la tierra, porque espero desposarme con el Amor de Dios, Cristo Jesús, en el cielo”.
         El otro mérito de Santa Lucía, el martirio, es decir, derramar la sangre y entregar la vida por Jesucristo, es también un testimonio de que existe una vida eterna, porque al entregar la vida terrena despreciando todo lo que el mundo ofrece y que, con su mundanidad, ofende a Dios –el hedonismo, la satisfacción ilícita de las pasiones, el materialismo, el consumismo, y los ídolos de todo tipo que el paganismo y el neo-paganismo ofrecen-, elige libremente la vida eterna, con sus bienes celestiales, esto es, la contemplación de la esencia divina de Dios Trino y del Cordero, contemplación que provoca en el alma un gozo celestial imposible de imaginar, que brota del Ser trinitario de Dios como de una fuente inextinguible. Quien da la vida por Jesucristo, es decir, quien prefiere morir antes que renegar de la fe en Él, que es el Cordero de Dios, nos está diciendo: “Comparada con los gozos que nos esperan en la vida celestial, que se derivan de contemplar al Cordero, todo lo que ofrece este mundo es igual a nada, y por eso prefiero entregar la vida terrena, antes que resignar la vida eterna con sus gozos, dichas y alegrías infinitas”.

         Ahora bien, dijimos que Santa Lucía es un ejemplo para niños y jóvenes –y también para todo cristiano-, y todos la podemos imitar, de alguna manera y en nuestro estado de vida en su pureza de cuerpo y alma. ¿De qué manera? Podemos imitarla, ya sea con la virginidad consagrada o con la castidad –aquí la imitamos en la pureza de cuerpo-, y también con el propósito de morir antes de pecar –aquí la imitamos en la pureza de alma- y, con esto, la imitamos también en su testimonio sobre la vida eterna, porque si queremos ser puros de cuerpo y alma como Santa Lucía, es para obtener, en anticipo, ya desde la tierra, el doble gozo del Amor esponsal con Jesús y la contemplación de la Trinidad, y esto lo tenemos por la comunión eucarística: cuando comulgamos, entronizamos a Jesús en nuestros corazones, para que allí el Cordero de Dios sea amado, bendecido y adorado; por la comunión en gracia, con pureza de cuerpo y alma, nos unimos a Jesús, Esposo celestial, ya desde la tierra, anticipando el gozo y la alegría que experimentaremos, en la eternidad, al adorar al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

martes, 18 de noviembre de 2014

Santa Isabel de Hungría, la Presencia real de Jesucristo en los pobres y su recompensa en la vida eterna


Santa Isabel de Hungría curando tiñosos
(Murillo, 1670)

         Santa Isabel de Hungría pertenecía a la nobleza y tuvo la gracia de descubrir la Presencia real de Jesucristo en los más necesitados. Así lo decía en una carta al Papa su director espiritual, Conrado de Marburgo: “Isabel reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres”[1]. Siendo hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposada con Luis de Turingia, también perteneciente a la nobleza, poseía abundantes bienes, pero no solo nunca los usaba para su propio provecho, sino que los distribuía tanto entre los pobres, que con toda razón se puede decir que sus bienes eran patrimonio de los pobres[2]. Distribuía tanto sus bienes entre los pobres, que incluso hasta sus mismos criados se quejaban ante su esposo por la liberalidad de Santa Isabel. Un ejemplo de esto fue lo sucedido en el año 1225, en el que las malas cosechas provocaron una hambruna generalizada en esa región de Alemania; para socorrer a los más afectados, Santa Isabel utilizó todo su dinero y todo el grano que tenía almacenado en sus graneros. Su esposo estaba ausente y cuando regresó, algunos de sus empleados se quejaron de esta actitud de Santa Isabel. Luis preguntó si su esposa había vendido alguno de sus dominios y ellos le respondieron que no. Entonces el rey dijo: “Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres”.
Santa Isabel, además de ser una esposa y madre ejemplar, destinó todos sus bienes materiales en beneficio de los pobres, construyendo hospitales y asistiéndolos en sus necesidades, y dándoles ella misma de comer: tiempo más tarde, la santa ordenó construir un hospital al pie del monte del castillo de Wartuburg, donde ella vivía, y solía ir allá a dar de comer a los inválidos con sus propias manos, a hacerles la cama y a asistirlos en medio de los calores más abrumadores del verano. Además acostumbraba pagar la educación de los niños pobres, especialmente de los huérfanos. Fundó también otro hospital en el que se atendía a veintiocho personas y, diariamente alimentaba a novecientos pobres en su castillo, sin contar a los que ayudaba en otras partes de sus dominios[3]. Sin embargo, la caridad de la santa no era asistencialismo, y no por asistir a los más pobres, los menospreciaba; por el contrario, para no favorecer la ociosidad entre los que podían trabajar, les procuraba tareas adaptadas a sus fuerzas y habilidades[4].
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que el amor de Santa Isabel de Hungría por los pobres no era un amor filantrópico; era el verdadero amor cristiano, porque Santa Isabel reconocía en ellos la misteriosa Presencia real de Jesucristo. Cuando Santa Isabel daba de comer a los pobres, y los alimentaba, los vestía, los cuidaba, con todo cariño, amor y respeto, lo hacía porque veía, con la luz del Espíritu Santo, misteriosamente oculta, en ellos, a la Persona de Jesucristo, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, y mientras los asistía, resonaban en su mente y en su corazón las palabras de Jesús en el Evangelio: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis (…); cuantas veces hicisteis eso con estos pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45). Iluminada por el Espíritu Santo, Santa Isabel sabía que, al socorrer al prójimo más necesitado, misteriosamente, estaba socorriendo a Jesucristo, que se encontraba sufriendo en ese prójimo sufriente, y esa era la razón que la llevaba a dar todo lo que tenía, sin reservarse nada para ella.
Ahora bien, ella misma vestía pobremente, pero así mismo, fue recompensada grandemente, como el mismo Jesús promete en el Evangelio a quienes le son fieles: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor…” (Mt 25, 21). Se narra que en el mismo día de la muerte de la santa, un hermano lego había sufrido un grave accidente en un brazo y se encontraba tendido en su cama soportando terribles dolores. De pronto vio aparecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “Señora, Ud. que siempre ha vestido trajes tan pobres, ¿por qué está ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía gravemente herido, y la curación fue completa e instantánea[5].
Una reina colmada de bienes materiales, que en su vida terrena donó su reino a Dios y vivió pobremente para dedicarse a la atención de los pobres, porque en ellos veía al mismo Cristo sufriente; en recompensa, Cristo la colma de bienes celestiales en la vida eterna, haciéndola heredera del Reino de los cielos, y la corona de gloria celestial, aunque la recompensa mayor para toda la vida de servicio a los pobres, para Santa Isabel de Hungría, es Él mismo, la contemplación de su Rostro para toda la eternidad. La vida de Santa Isabel de Hungría nos enseña que Jesús, que es Dios, está verdadera y realmente Presente en el cielo y en la Eucaristía y, además, en los pobres, y que el desprendimiento de los bienes terrenos y el servicio de los pobres por amor a Cristo, nos granjea una eternidad de felicidad.




[1] http://www.corazones.org/santos/isabel_hungria.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 20 de septiembre de 2014

San Andrés Kim Taegon y compañeros mártires


         Las palabras de los mártires, pronunciadas en los instantes previos antes de morir, tienen un enorme valor, porque son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, y deben tenerse como tales, y como inspiradas por el Espíritu Santo, como venidas del mismo Espíritu de Dios, deben ser escuchadas, meditadas en el corazón, guardadas, custodiadas como un tesoro de valor inapreciable, inestimable, incalculable, con más celo que un avaro custodia sus monedas de oro. Un mártir, antes de morir, está asistido por el Espíritu Santo, y esto se puede comprobar por muchos indicios, uno de los cuales, es la extraordinaria y sobrenatural fortaleza, que los lleva a soportar la extrema ferocidad con la que los verdugos se ensañan contra ellos; una ferocidad que no se explica por meros apasionamientos humanos, sino por la incitación demoníaca, que busca hacer apostatar al mártir, es decir, lo que busca el verdugo con sus torturas es que el mártir reniegue de la fe en Jesucristo, porque ése es el objetivo del Demonio, pero como el mártir está asistido por el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo el que le concede ya, como anticipo, una fortaleza sobrehumana, como un anticipo de la glorificación del cuerpo que el mártir recibirá como premio en los cielos, y es así que provocan admiración, a los mismos verdugos y ejecutores de las torturas y penas de muertes, la entereza y la serenidad de ánimo, e incluso hasta la alegría, con la cual los mártires soportaban las crudelísimas torturas a las que los sometían, hasta provocarles la muerte. Por ejemplo, entre los que acompañaban a San Andrés Kim Taegon, está un niño de 13 años, Pedro Ryou, a quien le destrozaron la piel de tal manera que podía tomar pedazos de ella y tirarla a los jueces[1]; a Columba Kim, soltera de 26 años, la quemaron con herramientas calientes y carbones y finalmente la decapitaron; y como estos, miles de ejemplos más, que muestran claramente que es imposible que los mártires soporten con sus solas fuerzas naturales la brutal agresión de los verdugos y que su fortaleza física no tiene otra explicación que un origen celestial.
Pero más que la fortaleza física, lo que asombra son el amor y la sabiduría sobrenatural que demuestran los mártires, signos ambos, más que elocuentes, también de la inhabitación en sus almas, del Espíritu Santo. Con respecto a San Andrés Kim Taegon, sus últimas palabras, dichas con serenidad y valentía, antes de ser decapitado, fueron: “¡Ahora comienza la eternidad!”. Estas palabras nos sirven para nosotros, hombres del siglo XXI, porque nuestro siglo, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el ateísmo y el hedonismo, nos ha llevado a olvidar, precisamente, que existe una eternidad que nos espera; nos ha llevado a pensar que esta vida es para siempre, con su materialismo, con su dinero, con sus placeres mundanos, y como esta vida está llena de miserias, de rapiña, de codicia y de toda clase de cosas bajas y mundanas, nuestro corazón, al olvidarse que le espera un destino de eternidad –que puede ser en el amor o en el dolor-, se olvida de la eternidad y se aferra a la tierra, a la materia, al tiempo, a las cosas, al dinero, a lo que es caduco, a lo que se pudre y se descompone, a lo que no da ni puede dar, nunca jamás -porque no la tiene-, la felicidad.
“¡Ahora comienza la eternidad!”. Que las últimas palabras de San Andrés Kim Taegon, inspiradas por el Espíritu Santo, no encuentren en nosotros una tierra reseca por el sol ardiente, cubierta de espinas y de piedras, sino una tierra fértil, en donde germine y de fruto del ciento por uno, frutos de vida eterna. Que estas palabras nos ayuden a despegarnos de lo caduco y temporal, y nos hagan fijar la vista en lo que es eterno y que, siendo eterno, está en nuestro tiempo: la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo, Dios Eterno e inmortal.




[1] http://www.corazones.org/santos/andrew_kim_taegon.htm

martes, 26 de agosto de 2014

Santa Mónica, modelo de madre y esposa católica


         En un mundo secularizado como el nuestro, el modelo ideal para la inmensa mayoría de las madres del siglo XXI, para sus hijos, es el que les presentan los medios masivos de comunicación: para muchas madres de hoy, un hijo debe aspirar, en la vida, a cursar una carrera universitaria con mucho prestigio social, para luego conseguir el mejor trabajo posible y así lograr reconocimiento profesional, el cual debe ir acompañado de una excelente remuneración económica; a esto, se le debe agregar una buena esposa, hijos, casa, auto, vacaciones –pagadas, mejor, y a los lugares más exóticos posibles-; si a todo esto se le suma, por algún motivo -no importa cuál sea-, un reconocimiento mediático –apariciones en programas de televisión, entrevistas radiales, etc.-, estas madres del siglo XXI, así influenciadas por el pensamiento materialista, existencialista, hedonista y ateo de nuestros días, ven prácticamente colmadas sus ansias y expectativas acerca de lo que consideran “el éxito” para sus hijos, aunque debido a que estas ansias no se satisfacen nunca, no terminan nunca de estar contentas, por lo que siempre están exigiendo y pidiendo a sus hijos más y más triunfos y éxitos mundanos.
         Santa Mónica es, por el contrario, el ejemplo de madre a la cual estas cosas mundanas nada le importan, porque solo le importa una sola cosa para su hijo: que salve su alma y llegue a la vida eterna, porque todas estas cosas mundanas, y todos estos éxitos que el mundo otorga, “pasan como un soplo”[1], y así como llegan, así se van ya que todo eso es, como dice el Eclesiastés, “vanidad de vanidades y atrapar vientos”[2]. Lo único que deseaba Santa Mónica para su hijo San Agustín era verlo convertido en “cristiano católico” y que “renunciara a la felicidad terrena”; después de eso, nada de este mundo le importaba, y así se lo dijo a su hijo antes de morir, según lo narra el mismo San Agustín[3]: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”.
         Este deseo de la eternidad y de contemplar a Dios Uno y Trino se expresa en el diálogo que tienen Santa Mónica y San Agustín días antes de su muerte; en este diálogo se refleja la maravillosa en el amor entre el hijo y la madre, pero sobre todo, se expresa la comunión en la fe y en el amor entre San Agustín y Santa Mónica. Dice así San Agustín: “Cuando ya se acercaba el día de su muerte –día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos–, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti. Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas –y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres–…”[4].
Días después de este diálogo con San Agustín, Santa Mónica cae enferma y muere. Por su desprecio de la vida mundana y por su ardiente deseo de la vida eterna para su esposo y para sus hijos, Santa Mónica es modelo inigualable para las esposas y sobre todo para las madres cristianas porque ella, a fuerza de años enteros pasados en oración y sacrificios pidiendo por la conversión de su familia, principalmente de su hijo San Agustín –oró por treinta años pidiendo por su conversión-, y al final de sus días obtuvo la gracia de ver el fruto de tantos ruegos y de tantos sacrificios y penitencias, porque su hijo no solo se convirtió, sino que alcanzó tal grado de santidad, que llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Al conmemorar a Santa Mónica en su día, pidamos por todas las madres del mundo, para que deseen para sus hijos no el “éxito mundano”, que pasa “como un soplo”, sino la sabiduría divina, la vida eterna y el Amor de Dios, que se nos dan, aquí, contenidos, condensados, en el misterio insondable de la Eucaristía. Que Santa Mónica interceda por todas las madres del mundo, para que todas las madres del mundo deseen, con todo el ardor del amor maternal que las caracteriza, que sus hijos den sus vidas por recibir la Eucaristía, anticipo, ya en la tierra, de la vida eterna y de la feliz bienaventuranza del Reino de los cielos.





[1] Al igual que nuestra vida, como dice el libro de Job; cfr. Job 7, 7.
[2] Cfr. 2, 26.
[3] Confesiones, Libro 9, 10, 23-11, 28.
[4] Cfr. Confesiones, ibidem.

jueves, 14 de agosto de 2014

San Maximiliano Kolbe


          Cuando San Maximiliano Kolbe tenía seis años de edad, sucedió un hecho sobrenatural que imprimió a su vida terrena una fuerte impronta mariana, lo preparó para el martirio, y lo predestinó, ya desde niño, a la vida eterna. Lo que sucedió fue que se le apareció nada menos que la Santísima Virgen María en persona, y le mostró dos coronas, una blanca, que significaba la pureza del alma y del cuerpo –la pureza del alma, es decir, su mente se vería libre de errores doctrinales y dogmáticos, propios de las herejías, que son los que terminan alejando a las almas de la pureza de la Verdad Absoluta contenida en el tesoro de la Revelación Católica donada por Jesucristo, y la pureza del cuerpo, pureza con la cual imitaría a la Inmaculada Concepción y al Cordero Inmaculado, pureza corporal necesaria para tener un corazón indiviso, que habría de amar a Dios Uno y Trino y sólo a Él y a nadie más- y otra roja, que significaba el martirio –es decir, la efusión de sangre, sacrificio y efusión de sangre con los cuales se haría partícipe del sacrificio de Jesucristo en la cruz, sacrificio con el cual habría de redimir a toda la humanidad, haciéndose de esa manera San Maximiliano corredentor, uniendo su vida al sacrificio de Jesús en la cruz, inmolándose y ofreciéndose en el ara santa de la cruz, por la salvación de todos los hombres-. Es la madre de San Maximiliano quien relata la milagrosa aparición de la Madre de Dios al niño San Maximiliano -aparición con la cual lo prepararía para la suprema oblación de su vida-, con estas palabras: “Sabía yo de antemano, en base a un caso extraordinario que le sucedió en los años de la infancia, que Maximiliano moriría mártir. Solo no recuerdo si sucedió antes o después de su primera confesión. Una vez no me gustó nada una travesura, y se la reproche: Niño mío, ¡quién sabe lo que será de ti! Después, yo no pensé más, pero observe que el muchacho había cambiado tan radicalmente, que no se podía reconocer más. Teníamos un pequeño altar escondido ente dos roperos, ante el cual el a menudo se retiraba sin hacerse notar y rezaba llorando. En general, tenía una conducta superior a su edad, siempre recogido y serio, y cuando rezaba, estallaba en lágrimas. Estuve preocupada, pensando en alguna enfermedad, y le pregunte: ¿te pasa algo? ¡Has de contar todo a tu mamita!”. Temblando de emoción y con los ojos anegados en lágrimas, me contó: “Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen me dijera lo que sería de mí. Lo mismo en la iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. Me miró con cariño y me preguntó si quería esas dos coronas. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que sería mártir. Contesté que las aceptaba... (las dos). Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”[1].
Todas estas promesas, contenidas en la aparición de la Virgen, se habrían de cumplir en San Maximiliano Kolbe en su vida, hasta el fin, puesto que llevaría, en grados elevados de santidad, hasta su muerte, la corona de la pureza de cuerpo, con su consagración religiosa, y la del alma, porque con su periódico de la Milicia de la Inmaculada divulgaría la doctrina católica de modo fiel a las enseñanzas del Magisterio, sin errores de ninguna clase, y hacia el fin de su vida, en los últimos instantes, le sería dada como premio la corona del martirio, reservada a los “que siguen al Cordero adonde vaya”, y así San Maximiliano entró en el cielo con las dos coronas, la blanca de la pureza y la roja del martirio, las dos que le había ofrecido la Virgen en su niñez, y las cuales Él había aceptado con mucho amor.
A nosotros, no se nos apareció la Virgen, como a San Maximiliano, pero sí le podemos pedir a la Virgen que nos conceda las gracias que le concedió a San Maximliano: la gracia de la pureza del cuerpo, para tener un corazón indiviso, que solo ame a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, y solo a Ellas, y la gracia de la pureza del alma, para no aceptar ningún error que nos aparte de la Verdad Encarnada, la Sabiduría Divina, Cristo Jesús, tal como nos la enseña la Santa Iglesia Católica, a través del Magisterio del Santo Padre y de los Obispos, y la gracia del martirio cotidiano de la fe, para dar testimonio de Jesús ante los hombres, para no callar en nuestros ámbitos cotidianos –la familia, el trabajo, la escuela, la oficina, la empresa, etc.-, un testimonio que, si bien no es con la efusión de sangre, como en el caso de San Maximiliano Kolbe, en algunos casos puede constituir un verdadero martirio, y es por eso necesaria la asistencia de la gracia.
Además, es conveniente tener siempre presentes las palabras proféticas de San Maximiliano a sus religiosos, al desencadenarse la guerra y al ser inminente la invasión de las tropas alemanas: tres días antes de estallar la guerra prepara así los corazones: “Trabajar, sufrir y morir caballerescamente, y no como un burgués en la propia cama. He ahí: recibir una bala en la cabeza, para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto les deseo a Uds. Y me deseo a mí mismo”.
Por último, hay que recordar que las apariencias engañan: mientras los nazis alemanes (y luego los comunistas rusos) invadieron y aplastaron Polonia, con lo cual parecían triunfar las fuerzas de la oscuridad –los nazis eran ocultistas y esotéricos, mientras que el comunismo es intrínsecamente perverso, puesto que aleja al hombre de Dios-, sin embargo Polonia triunfó sobre sus enemigos, gracias a hombres y mujeres, santos y mártires como San Maximiliano, porque estaban animados por la Luz, es decir, el Espíritu Santo.




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/maximiliano.htm

viernes, 11 de julio de 2014

San Benito Abad y la Cruz de Jesús


         El abad San Benito creó una medalla con una cruz y una inscripción en latín, la cual luego fue reconocida por la Iglesia como sacramental, instituido en su memoria[1]. Con respecto a su significado, incorporado al Ritual Romano por Benedicto XIV en el año 1742[2], es de un neto contenido exorcístico, es decir, las inscripciones son en realidad las primeras letras de una oración de exorcismo contra el Demonio[3].
         ¿Cuál es su significado?
“Crux Sancta”: “La cruz santa”: la Cruz es santa porque en ella está Jesucristo, el Hombre-Dios, que es el Dios Tres veces Santo, y como tal, es quien santifica todo a su contacto, y por lo tanto, es quien hace a la cruz, santa; la cruz es santa porque es Jesús, el Dios Tres veces Santo, quien la santifica con su Ser divino trinitario; pero a su vez, la Cruz santa, santifica a quien se acerca a ella, porque la Cruz está empapada con la Sangre del Cordero, Sangre que es santa, porque brota de las heridas del Cordero “como degollado”, Cristo Jesús, que se inmola en el ara de la Cruz para salvar al hombre al precio de su vida, ofrecida en el sacrificio del Calvario, renovado de modo incruento, cada vez, en la Santa Misa.
“Sit Mihi Lux”: “sea mi luz (la Santa Cruz)”: la Cruz está empapada en Sangre, pero puesto que es la Sangre del Cordero, la Cruz es luz, porque la Sangre del Cordero es la Sangre de Dios y Dios es Luz (1 Jn 1, 5), Luz eterna, indefectible, trinitaria, celestial, sobrenatural, que da de esa vida eterna a aquel a quien ilumina, y por eso quien se acerca a la Cruz de Jesús, es iluminado por la luz eterna que brota del Costado abierto del Sagrado Corazón de Jesús.
“Non Draco Sit Mihi Dux”: “que el Dragón no sea mi guía”: quien se acerca a la Cruz de Jesús, es bañado por la Sangre del Cordero y es iluminado por la luz eterna que brota del Costado abierto del Hombre-Dios; quien se acerca a la Cruz de Jesús, recibe la vida eterna del Hijo de Dios encarnado, crucificado, muerto y resucitado y por lo mismo, es convertido en hijo adoptivo de Dios y como hijo adoptivo de Dios, es hijo de la luz y nada tiene que ver con las tinieblas, con los hijos del Dragón, la Serpiente Antigua, el Ángel caído, Satanás. Quien se acerca a la Cruz de Jesús, es bañado por la Sangre del Cordero de todas sus iniquidades y es iluminado por su luz eterna y así es conducido hacia la morada santa, el seno del Padre Eterno, y no es engañado por la Serpiente. Por el contrario, quien se aleja de la Cruz de Jesús, es arrastrado por el Dragón Rojo hacia el abismo en donde no hay redención; quien se aleja de la Cruz de Jesús, tiene por guía a la Estrella Roja, al Dragón del Infierno, que lo conduce con sus mentiras y engaños hacia la eterna perdición, hacia las tinieblas eternas.
“Vade retro Satana”: “Atrás Satanás”: solo la Cruz de Jesús hace retroceder al Dragón del Infierno; solo la Cruz de Jesús lo vence, de una vez y para siempre, porque la Cruz está empapada con la Sangre del Cordero de Dios; ante la vista de la Cruz de Jesús, la Serpiente Antigua huye como una fiera enloquecida de terror; ante la vista de la Cruz de Jesús, el Ángel caído, y el Infierno todo, se estremecen de pavor, se conmueven de terror, aúllan de desesperación, porque de la Cruz de Jesús emana la omnipotencia de Dios Uno y Trino que hace sentir todo el peso de la ira y de la justicia divina hasta en el último rincón del Infierno. Es por este motivo que Santa Teresa de Ávila decía: “Antes tenía temor del demonio; pero con la Cruz de Jesús, ahora es el demonio quien me tiene miedo a mí”.
“Nunquam Suadeas Mihi Vana”: “No me aconsejes cosas vanas”: la Cruz de Jesús protege de las cosas vanas que aconseja el demonio, las vanidades y superficialidades del mundo, que hoy están y a la tarde ya han desaparecido. Todo lo que no sea la Cruz de Jesús, es “vanidad de vanidades y pura vanidad y correr tras el viento” (Ecle 1, 2; 4, 4). Por eso San Ignacio de Loyola decía que el alma debía desear solo lo que Cristo deseaba en la Cruz, y debía desechar lo que Cristo desechaba en la Cruz: “Dolor con Cristo doloroso; quebranto con Cristo quebrantado; lágrimas, pena interna, de tanta pena que pasó por mis pecados”.
“Sunt Mala Quae Libas”: “Es malo lo que me ofreces”: el Demonio solo ofrece “cosas malas”, dice San Benito, y estas “cosas malas”, son las ideologías ofrecidas al hombre para que este se postre en su adoración: materialismo, relativismo, ateísmo, agnosticismo, panteísmo, neo-paganismo nueva era, comunismo, liberalismo, consumismo, existencialismo, sectas, falsas religiones, etc. Solo la Cruz de Jesús ofrece al hombre el verdadero Camino, la única Verdad y la Vida eterna, porque solo en la Cruz de Jesús encuentra el hombre a Cristo, el Hijo Eterno del Padre. Quien se abraza a la Cruz de Jesús, recibe el Espíritu Santo, que lo conduce al seno del Padre; por la Cruz de Jesús, recibimos el Amor Divino que nos perdona y nos conduce a la comunión plena en el Amor con el Padre y el Hijo.
“Ipse Venena Bibas”: “Bebe tú mismo tus venenos”: quien se abraza a la Cruz de Jesús, se abraza a la Carne y la Sangre del Cordero, Carne y Sangre que contienen el Fuego del Espíritu de Dios, y así su alma se alimenta con el Amor de Dios, y quien se alimenta del Amor de Dios, nada sabe de los venenos del Dragón, el cual debe así “beberse sus propios venenos”, el odio a Dios y a los hombres, la discordia, la maledicencia, la lujuria, la pereza, la ira, la gula, la avaricia, la soberbia. Quien se abraza a la Cruz de Jesús, se abraza al Amor de Dios, encarnado en el Cordero crucificado, y así se alimenta del Amor de Dios, el Amor que se dona a sí mismo en la Eucaristía, y nada sabe ni le interesa, de los venenos del Dragón.
“Pax”: “Paz”: la Cruz de Jesús da la Paz de Dios, la única y verdadera paz posible para el hombre, porque es la paz profunda, espiritual, que sobreviene al alma luego de ser bañada y purificada de sus pecados por la Sangre del Cordero y ser así convertida en templo santo de Dios, en donde mora la Santísima Trinidad. Solo la Cruz de Jesús, que limpia al alma de sus pecados con la Sangre de Jesús, la convierte en templo del Espíritu Santo, y la vuelve morada de Dios Uno y Trino, concede al alma la verdadera y única paz posible, la Paz de Jesucristo, la Paz de Dios.



[1] Como todo sacramental, su eficacia no radica en la medalla en sí misma, sino en Cristo, quien lo otorga a la Iglesia; además, es necesaria la fe en Cristo de quien usa la medalla.
[2] Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Medalla_de_San_Benito
[3] En la cara Frontal o Anverso de la medalla de San Benito, aparece la figura de San Benito sosteniendo dos elementos: en su mano derecha, una cruz y en su mano izquierda, el libro de las Reglas, con la oración rodeando la figura del santo: Eius in obitu nostro praesentia muniamur! (A la hora de nuestra muerte seamos protegidos por su presencia; por este motivo, San Benito es el Patrono de la buena muerte). En el fondo de la imagen aparece, hacia un lado, una copa envenenada, porque, según la tradición, cuando el santo hizo sobre ella la señal de la cruz, salió una serpiente. Hacia el otro lado del santo, aparece un cuervo que se lleva un pan, porque también según la tradición, un enemigo celoso intentó envenenar a San Benito, dándole un trozo de pan envenenado, pero antes de que el santo lo pudiera comer, apareció un cuervo y se lo llevó, y esto es lo que aparece representado en la medalla. Arriba de la cruz aparecen las palabras Crux sanctis patris Benedicti, es decir: “Cruz del santo Padre Benito”. En el reverso de la medalla, se muestra la cruz de San Benito con las letras: Crux Sancti Patris Benedicti (C.S.P.B.): que en castellano es: Cruz del Santo Padre Benito/Crux Sancta Sit Mihi Lux (C.S.S.M.L.): “La santa Cruz sea mi luz” (crucero vertical de la cruz)/Non Draco Sit Mihi Dux (N.D.S.M.D.): “No sea el demonio mi señor/guía (dux = duque = Señor (en un sentido feudal), en clara analogía a Dios mismo)” (crucero horizontal)/En círculo, comenzando por arriba hacia la derecha:/Vade Retro Satana! (V.R.S.): “¡Retrocede, Satanás!” (Vade =Ir ; Retro= Atrás)/Nunquam (algunos dicen que es “Non2) Suade Mihi Vana! (N.S.M.V.): “No me persuadas con cosas vanas”/Sunt Mala Quae Libas (S.M.Q.L.): “Malo es lo que me ofreces”/Ipse Venena bibas (I.V.B.): “Bebe tú mismo tus venenos”/PAX: “Paz”.

lunes, 23 de junio de 2014

El Nacimiento de San Juan Bautista


         El nacimiento de Juan el Bautista está precedido por numerosos signos y prodigios: su madre, Santa Isabel, siendo una mujer entrada en años, lo concibe de su esposo Zacarías a pesar de su edad; su concepción es anunciada por un ángel; su padre pierde el habla por no creer en los signos del cielo, y la recupera cuando los cree; una vez concebido, “salta de alegría” (cfr. Lc 1, 39-45) en la Visitación de la Virgen y el Evangelista Lucas confirma que “la mano de Dios estaba sobre Juan el Bautista”. Luego, durante toda su vida, hasta que llega el momento de “manifestarse a Israel”, lleva una vida austera, de penitencia y oración, “en el desierto”, como lo dice el Evangelio.
Pero no solo su nacimiento, sino también su muerte está marcada por un sello del cielo, desde el momento en que no se trata de una muerte cualquiera, sino que se trata de una muerte martirial, ya que es decapitado, no por defender una regla moral –la indisolubilidad matrimonial, en este caso, de Herodes-, sino que es decapitado por dar testimonio de Jesucristo, el Hombre-Dios. Y como si no fueran suficientes estos signos celestiales, es el mismo Jesucristo quien elogia a Juan el Bautista, llamándolo: “el más grande entre los nacidos de mujer” (cfr. Lc 7, 28).
         ¿Por qué tantos signos de parte del cielo, tanto en su nacimiento como en su muerte? ¿Por qué una vida de tanta austeridad en el desierto? ¿Por qué el elogio de parte de Jesús? Por la función más trascendental y única para la cual fue concebido Juan el Bautista: el anuncio de la Llegada del Salvador, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.  

Ahora bien, todo bautizado está llamado a ser otro Juan Bautista, porque todo bautizado participa del don de profecía, don por el cual anuncia al mundo que Jesucristo es el Cordero de Dios, el Kyrios, el Señor, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, que ha muerto en cruz y ha resucitado, y prolonga su sacrificio en cruz en la Santa Misa y entrega su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, para que quien crea en Jesús Eucaristía y se alimente del Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, tenga Vida eterna y viva para siempre. Todo cristiano está llamado a dar la vida por Jesús, como lo hizo Juan el Bautista.         

martes, 4 de febrero de 2014

Santa Águeda




En las persecuciones a los cristianos del año 250, el emperador Quinciano le ofreció a Santa Águeda la posibilidad de salvar su vida a cambio de hacer una ofrenda a los dioses paganos. La misma consistía simplemente en quemar unos pocos granos de incienso en los pebeteros que ardían delante de las imágenes de los ídolos paganos y en participar de las comidas que se hacían en su honor[1]. Si Santa Águeda hubiera cedido, habría salvado su vida terrena, porque el emperador no la habría ejecutado, pero habría perdido su vida eterna, porque con esto habría indicado que elegía al Príncipe de las tinieblas y no a Jesucristo. Todos sabemos, por las Actas del martirio, que Santa Águeda se negó a quemar incienso a los ídolos y a participar en sus banquetes, con lo cual perdió su vida terrena, porque fue ejecutada por el emperador, pero la ganó para la vida eterna, porque así manifestó que elegía como Rey a Jesucristo, salvando su alma al ser recibida por el Rey de la gloria.
Los mártires como Santa Águeda tienen muy presentes, a lo largo de la vida, pero sobre todo en la hora del martirio, las palabras de Cristo: “El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la encontrará” (Mt 16, 21-27). En este sentido, los mártires iluminan nuestro paso por la vida porque quienes no sufrimos persecuciones cruentas, como Santa Águeda, sí en cambio debemos elegir, a cada paso, entre la muerte o la vida, entre el pecado o la gracia, entre los ídolos neo-paganos del mundo moderno, o Cristo. Al celebrar la memoria de Santa Águeda, le pedimos que interceda para que nuestra elección sea siempre perder la vida por Cristo para ganarla para la vida eterna.


[1] De modo análogo, equivaldría en nuestros días a encender una vela en alguno de los altares de los ídolos neopaganos llamados Gauchito Gil o San La Muerte y participar en sus procesiones y en sus bailes y posteriores beberajes.