San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 24 de junio de 2019

San Josemaría Escrivá de Balaguer y la santidad para el hombre del siglo XXI


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         Los lineamientos centrales para la santidad, presentados por el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá de Balaguer, tienen fundamento escriturístico. En efecto, para San Josemaría, el hombre podía y debía santificarse en el trabajo, haciendo de su trabajo diario –su deber de estado, porque aquí está comprendido el que estudia- de cara a Dios, es decir, con el crucifijo enfrente, de manera de ofrecer el trabajo realizado a Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo. Este elemento de la santificación del trabajo diario tiene su fundamento escriturístico, como hemos dicho y se encuentra en el Génesis, en donde Dios manda al hombre a que “guardara y cultivara” la Creación, es decir, que trabajara. El trabajo, entonces, es un encargo divino y para hacerlo agradable a Dios, se necesitan dos cosas: entregarlo a Dios por medio de Jesucristo –por eso lo del crucifijo- y hacerlo lo mejor posible, porque así como en la Antigüedad no se podía ofrecer a Dios en sacrificio un animal defectuoso, sino el mejor de ellos y el más sano, así de la misma manera, no se puede ofrecer a Dios un trabajo hecho de mala gana, con pereza, con falta de intención de hacernos santos por el trabajo.
         El segundo lineamiento para la santidad se encuentra también en las Escrituras y es central en el Opus Dei, pues se trata de vivir la filiación divina recibida en el bautismo sacramental. Aquí también es central la Cruz, porque el que vive la filiación divina, la vive en la imitación de Cristo y en la participación de la Pasión y Muerte en Cruz de Cristo. No se puede vivir la filiación divina sino es en estrecha e íntima unión de amor con Cristo crucificado, puesto que ahí, en la Cruz, es en donde Cristo revela los planes de salvación que Dios tiene para sus hijos, a los que adopta al pie de la Cruz. Entonces, en la filiación divina, elemento central en la santificación según el espíritu de la Obra, la Cruz tiene un lugar central, porque es en la Cruz en donde Jesús, en cuanto Hijo de Dios, lleva a cabo la salvación de los hombres y es en la Cruz en donde Dios adopta a los hombres como hijos suyos.
         Por último, el tercer lineamiento de santidad dado por San Josemaría es el cumplir la Voluntad de Dios, hecho que se refleja en la pesca milagrosa: en efecto, Pedro y los demás tenían motivos de sobra para decirle a Jesús que no habrían de pescar más y tampoco en el lugar donde Él decía, porque se habían pasado la noche pescando, sin resultados y además ya era de día y la pesca con fruto se hace de noche. Sin embargo, Pedro, dejando de lado sus razonamientos humanos, obedece a la Voluntad de Dios y, confiando en Dios, en su Poder, en su Sabiduría y en su Amor, arroja las redes al mar y lo que obtiene, en premio a su conformidad con la Voluntad de Dios, es la pesca milagrosa. De la misma manera, en el Opus Dei el alma se santifica cumpliendo la Voluntad de Dios y dejando de lado lo que nuestra débil razón no comprende, cuando se trata de los misterios insondables de la Voluntad Divina.
         El que se esfuerce por cumplir estos tres lineamientos –santificación del trabajo, vivir la divina filiación, cumplir la Voluntad divina-, tiene el Cielo asegurado, según San Josemaría Escrivá de Balaguer.

domingo, 12 de mayo de 2019

San Matías Apóstol



         Vida de santidad[1].

         Éste apóstol es designado “póstumo”, es decir, fue elegido luego de la muerte de otro; en concreto, fue elegido para reemplazar a Judas Iscariote, el apóstol que traicionó a Jesús y luego se ahorcó. Su elección se llevó a cabo luego de la muerte, resurrección y Ascensión de Jesús. En la Sagrada Escritura[2] se narra así la elección: “Después de la Ascensión de Jesús, Pedro dijo a los demás discípulos: “Hermanos, en Judas se cumplió lo que de él se había anunciado en la Sagrada Escritura: con el precio de su maldad se compró un campo. Se ahorcó, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. El campo comprado con sus 30 monedas se llamó Haceldama, que significa: “Campo de sangre”. El salmo 69 dice: “Su puesto queda sin quién lo ocupe, y su habitación queda sin quién la habite”, y el salmo 109 ordena: “Que otro reciba su cargo”. Conviene entonces que elijamos a uno que reemplace a Judas. Y el elegido debe ser de los que estuvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor convivió con nosotros, desde que fue bautizado por Juan Bautista hasta que resucitó y subió a los cielos”. Los discípulos presentaron dos candidatos: José, hijo de Sabas y Matías. Entonces oraron diciendo: “Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos eliges como apóstol, en reemplazo de Judas”. Echaron suertes y la suerte cayó en Matías y fue admitido desde ese día en el número de los doce apóstoles”. A su vez, San Clemente y San Jerónimo dicen que San Matías habría sido uno de los setenta y dos discípulos que Jesús mandó una vez a misionar, de dos en dos. Por otra parte, una antigua tradición cuenta que murió crucificado, pintándolo con una cruz de madera en su mano, hecho por el que los carpinteros le tienen especial devoción.

         Mensaje de santidad.

Muchos llaman a San Matías como “apóstol gris”, en el sentido de que no brilló de manera especial, sino que fue como uno de tantos de nosotros, es decir, como un discípulo más del montón. Sin embargo, a pesar de ser un santo “del montón”, es santo y Apóstol de Cristo. San Matías nos demuestra que se puede alcanzar el cielo sin hacer grandes milagros, sin tener una gran fama de santidad, sin hacer cosas espectaculares. Esto es así porque la santidad no consiste en nada de esto, sino en el cumplimiento diario, heroico hasta dar la muerte, de las virtudes cristianas. No es necesario hacer grandes milagros para ser santos, pero sí se necesita vivir en gracia, adquirirla si se la ha perdido, conservarla si se la tiene y acrecentarla cada vez que sea posible; no es necesario, para ser santos, tener un gran renombre de santidad: basta con vivir de cara a Dios, en gracia, cumpliendo con el deber de estado, sea el de Presidente de la Nación o el de barrendero de la plaza; para ser santos, no se necesitan hacer obras monumentales, sino hacer las pequeñas obras de cada día con el amor de Cristo y por el Amor de Cristo. Esto es lo que hizo San Matías Apóstol y por eso llegó al cielo; así, San Matías nos anima a nosotros, fieles que somos “del llano” y que no estamos en las altas cumbres de la santidad ni hacemos obras esplendorosas, para alcancemos la santidad; nos anima y nos hace saber que para nosotros, hombres sencillos y pequeños, la santidad también está al alcance de la mano. Sólo se debe hacer lo que hizo San Matías: amar a Cristo, vivir en gracia, obrar la misericordia y morir en gracia. A él nos encomendamos los fieles de a pie, para que también nosotros, desde la vida común de cada día, viviendo en gracia y con amor a Dios en el corazón, alcancemos la santidad y vivamos con él, por toda la eternidad, adorando al Cordero de Dios.


jueves, 3 de mayo de 2018

San Martín de Porres y su ejemplo de santidad



         Hermano religioso, fue peluquero y enfermero antes y durante su profesión religiosa[1]. Fundó un Asilo para huérfanos e indigentes. Rezaba todos los días y por largas horas frente a un gran crucifijo y a Él le contaba todo lo que le pasaba, sus penas, sus alegrías, sus trabajos y a Él y a la Virgen le pedía por todos los que acudían a él para pedirle algún favor.
         Tenía el don de la bilocación, por lo que se lo veía fuera del convento, visitando enfermos, o en países tan lejanos como China y Japón, consolando a misioneros desanimados, todo sin salir de su convento.
         Un día sucedió que llegaron enemigos a hacerle daño, pero San Martín rogó a Dios que lo hiciera invisible, de modo que estos no lo vieron y se retiraron sin hacerle nada.
         Amaba a los animales en cuanto creaturas de Dios; les hablaba y ellos entendían. Lograba que diferentes especies animales –gatos, perros, ratones- comieran de un mismo plato, sin pelearse entre ellos. Una vez terminó con una plaga de ratones, hablándoles y diciéndoles que fueran a la huerta y no a la sacristía.
         Por su fama de santidad y por los milagros, lo consultaban desde el Virrey hasta los más indigentes y atendía a todos, sin hacer distinción por nadie. Toda la limosna que conseguía, la repartía entre los indigentes.
         Pero el ejemplo de santidad que nos deja San Martín no son sus milagros, sino su oración frente al crucifijo y a la imagen de la Virgen y su caridad para con todos sus hermanos, sobre todo, los más necesitados. Así, San Martín demostraba que vivía cabalmente el primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos


María, Reina de todos los santos.

         Así como en Halloween son el Infierno y el Demonio quienes celebran a los servidores de Satanás –brujos, hechiceros, magos- y a los habitantes del Infierno –demonios, almas condenadas-, así en la Solemnidad de Todos los Santos, la Santa Iglesia Católica celebra a los habitantes del Cielo, que en la tierra se santificaron por la gracia de Jesucristo y ahora lo aman y adoran por la eternidad.
         La razón por la cual los santos están en el cielo es, obviamente, la santidad de sus cuerpos y almas, puesto que nadie que no sea santo no puede estar ante la presencia de Dios, que es la Santidad Increada.
         Es la santidad, vivida en la tierra, la que llevó a los santos a dejar de ser lo que eran, hombres comunes y pecadores, para ser santos. Esto nos lleva entonces a preguntarnos qué es la santidad, puesto que la santidad es lo que hace que un hombre sea santo y no un pecador. Ante todo, podemos decir que la santidad no es un “producto” del hombre, como si dependiera de él o como si radicara en él, en su naturaleza humana, esta santidad. Ante todo, la santidad es la bondad, pero no la bondad humana –que por buena que sea una persona, está manchada por el pecado original, además de ser una bondad limitada por la misma naturaleza humana-, sino que es la bondad divina que, brotando del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, inhiere en el alma por medio de la gracia santificante. La santidad, esto es, la bondad divina, convierte al alma, porque le quita el pecado, le concede la participación en la vida divina de Dios Trino y, como consecuencia de participar en su vida divina, permite que el alma viva con la bondad que no es humana, sino divina. El santo es el que, en la tierra, vive en estado de gracia santificante, gracia por la cual se hace partícipe de la bondad divina. Esto es lo que explica que los santos hayan obrado obras de misericordia que superan infinitamente las fuerzas humanas, porque no obraban con sus solas fuerzas humanas, sino que lo hacían con la fuerza de la bondad y del Amor divinos, comunicados por la gracia santificante. Sin la gracia santificante, el alma posee solo la bondad humana, bondad que por ser humana es limitada, además de contar con el agravante de estar contaminada con el pecado original.
         La santidad –esto es, la participación a la bondad divina por medio de la gracia, gracia que es conferida por los sacramentos-, es lo que diferencia a un santo –en vida terrena, un pecador que vive en gracia y que por lo mismo está “en el camino de la santidad”- de un hombre común, esto es, una persona “buena”, pero con una bondad puramente humana, limitada y contaminada por el pecado original. En otras palabras, es la santidad, hecha posible por la gracia santificante, la que diferencia a una persona que vive en la bondad divina, de una persona que, aun siendo buena, no posee la bondad divina y que, por lo mismo, puede obrar la misma obra externa de un santo, pero sin la bondad divina, lo cual quiere decir que no es meritorio para la vida eterna.
En otras palabras, un integrante de una ONG solidaria –por ejemplo, que asista a los pobres, proporcionándoles alimento, vestimentas, etc.- puede no diferenciarse casi en nada con un integrante de la Iglesia que, materialmente y considerado desde el punto de vista externo, realizan la misma obra, pero la diferencia es que el integrante de la ONG obra movido por su bondad humana, que no es santa y por eso no es salvífica, en tanto que el miembro de la Iglesia Católica lo hace movido por la bondad divina y, por lo tanto, su obrar es salvífico.
         Ahora bien, para obtener esta santidad –la gracia santificante que convierte al pecador en justo en esta vida y en santo en la vida eterna- es necesario, indispensablemente, recibir la gracia santificante, que a los católicos se nos transmite por los Sacramentos. Pretender, como erróneamente lo hace Karl Rahner, que todo hombre es “cristiano anónimo” por el hecho de la Encarnación y que por lo mismo no necesita de los sacramentos, es falsificar el concepto de santidad y condenar a miles de personas a permanecer sin el auxilio de la gracia, esto es, a negarles la entrada en el cielo en la vida futura, y es condenarlos a ser privados de la inhabitación del Santificador de las almas, el Espíritu Santo. Es doctrina católica que el alma del justo, cuando está en gracia –concedida por los sacramentos-, en virtud de esta gracia, no solo participa de la vida divina y de la bondad divina, sino que el Santificador, que es el Espíritu Santo, viene a inhabitar en sus almas. Así, por la gracia, el alma se convierte en morada de la Trinidad, el corazón en altar de Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y el cuerpo en templo del Espíritu Santo –de ahí que profanar el cuerpo es profanar al Espíritu Santo, Dueño del cuerpo del cristiano-. La incomprensión de esta verdad, por parte de miles de niños y jóvenes que año a año reciben la Primera Comunión y la Confirmación, y luego abandonan la Iglesia, es la responsable de la apostasía masiva que vive el catolicismo en nuestros días. La crisis de la Iglesia es crisis de santidad, porque no se busca ser santos, porque no se entendió que la santidad viene por la gracia y que la gracia se recibe por los sacramentos. Así, se da la paradoja de niños y jóvenes católicos que, en la práctica, habiendo apostatado de su identidad católica, abandonan los sacramentos y viven, de hecho, como protestantes.
         Todo católico tiene, por objetivo en esta vida, alcanzar la santidad, y esta se logra recibiendo la gracia santificante por los sacramentos, y obrando luego la misericordia con la misma bondad divina. Si el católico pierde de vista este objetivo, pierde de vista la razón por la cual Dios Trino lo eligió para que pertenezca a su Iglesia, por el Bautismo. Y si la Iglesia pierde de vista su objetivo primario, exclusivo y central, que es obtener la santidad de todos los hombres –esto es, que todos los hombres, por el Bautismo sacramental, reciban la gracia santificante que les permite que el Espíritu Santo more en ellos-, razón por la cual misiona hasta los confines del mundo, para convertir a las almas al Evangelio de Jesucristo, pierde la razón por la cual fue cread por Jesucristo, apostata de su misión y se convierte en una inmensa ONG; solidaria, sí, pero ONG al fin, que no busca la santidad y salvación del género humano. Y esto se llama apostasía. No es indiferentes ser o no ser santos, buscar o no la santidad, tanto como miembros individuales de la Iglesia, como Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: el rechazo de la santidad –favorecido por teólogos de la inmanencia, como Karl Rahner- conduce a la apostasía. Imitemos a los santos católicos de todos los tiempos, los cuales se caracterizaron por algo en común, y era el vivir en gracia; busquemos entonces vivir la santidad, esto es, busquemos vivir en gracia, recibiendo la Confesión y la Comunión con frecuencia, para que el Espíritu Santo inhabite en nosotros y se sirva de nosotros para esparcir, sobre el mundo, la bondad divina.


miércoles, 20 de abril de 2016

Santa Inés de Montepulciano


Santa Inés de Montepulciano, virgen, nació en la Toscana, Italia. Ya a los nueve años de edad manifestó públicamente el amor nupcial recibido de Jesucristo, vistiendo el hábito de vírgenes consagradas; a los quince años, en contra de su voluntad, fue elegida superiora de las monjas de Procene, fundando más tarde un monasterio sometido a la disciplina de santo Domingo, donde dio muestras de una profunda humildad. Luego de toda una vida de gran santidad, murió en el año 1317, acompañada por sus hermanas en religión[1]. En su biografía, escrita por Raimundo de Capua, se detallan no sólo datos biográficos, sino además un gran número de hechos sobrenaturales acaecidos en vida de la santa y, según el mismo biógrafo, confirmados ante notario, firmados por testigos oculares fidedignos y testimoniados por las monjas vivas a las que tenía acceso por razones de su ministerio[2]. El biógrafo de Santa Inés pensaba que la vida de santidad de Inés quedaría avalada por los milagros y es por eso que se dedicó a relatar, de forma cuidadosa y prolija y, sobre todo, documentada –para que nadie piense que eran hechos “inventados” por la pía imaginación del biógrafo-, dichos eventos sobrenaturales. Por ejemplo, el maná –sí, el mismo maná caído del cielo para alimentar al Pueblo Elegido en el desierto, como signo de que Santa Inés se alimentaba del Amor de Dios en la oración- que solía cubrir el manto de Inés al salir de la oración, o el que cubrió el interior de la catedral cuando hizo su profesión religiosa, o la luz radiante que emitía la santa en algunos momentos; no menos asombro causaba oírle exponer cómo nacían rosas donde Inés se arrodillaba y el momento glorioso en que la Virgen puso en sus brazos al niño Jesús (antes de devolverlo a su Madre, tuvo Inés el acierto de quitarle la cruz que llevaba al cuello y guardarla después como el más preciado tesoro)[3].
Ahora bien, lo que hay que decir es que la intención del biógrafo de Santa Inés, Raimundo de Capua, de avalar la vida de santidad documentando los hechos sobrenaturales –reales, que sí sucedieron en verdad, según los testimonios oculares-, es loable, pero también hay que decir que la santidad de Santa Inés –como la de cualquier santo de la Iglesia Católica- no depende ni se fundamenta –sí puede ser aval- en los hechos sobrenaturales, porque alguien puede ser santo, con una gran santidad de vida, pero no realizar milagro alguno durante toda su vida –por ejemplo, el matrimonio Quatrocchi, beatificado por Juan Pablo II, o Santa Josefina Bakhita, entre muchos- y esto por la razón de que la gracia no es “producida” por el hombre, sino que es un don de Dios, y está dentro de los designios de Dios que esta gracia se manifieste o no a través de hechos milagrosos y sobrenaturales. En otras palabras, lo que hace que una persona sea santa, es la gracia -donada por Jesucristo, la Gracia Increada- la cual puede o no manifestarse por medio de milagros, si así lo dispone Dios, porque tampoco es que los milagros son “producidos” según el parecer y la disposición de los santos, aún cuando sean santos de una gran santidad de vida. Entonces, si los milagros o eventos sobrenaturales, como pretendía con las mejores de las intenciones el biógrafo de Santa Inés, no es la medida de la santidad,  ¿cuál es la medida de la santidad, si es que hay alguna? Lo responde otra gran santa, Santa Catalina de Siena, también dominica, que impresionada por sus virtudes, develará lo que había dentro de su alma. Santa Catalina afirmó que fue la presencia del Espíritu Santo en Santa Inés lo que la encendió en el Amor a Jesucristo y le dio la fortaleza divina necesaria para vivir una vida de santidad, es decir, de virtudes heroicas, entre las cuales destaca la humildad. Si hay una medida de la santidad, entonces, basados en Santa Catalina de Siena, podemos decir que esta medida es la humildad, porque la humildad es la virtud que distingue a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Es tan importante, que es pedida explícitamente a los cristianos por el mismo Jesucristo en el Evangelio: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde corazón” (Mt 11, 29). Y si la humildad es la medida de la santidad, la medida de la anti-santidad, por lo tanto, es la soberbia, pecado angélico por excelencia. Entonces, mucho más que los hechos sobrenaturales –que sí existieron en la vida de Santa Inés y que sí son aval de santidad, pero pueden no estar en un santo-, lo que nos da la medida de la santidad de Santa Inés es la virtud de la humildad, vivida en grado heroico por la santa. Es esto lo que resalta Santa Catalina de Siena en una carta escrita a las monjas hijas de Inés de Montepulciano. Para resaltar la humildad de Santa Inés, Santa Catalina, en su obra “Diálogo”, pone las siguientes palabras en boca de Jesucristo: "La dulce virgen santa Inés, que desde la niñez hasta el fin de su vida me sirvió con humildad y firme esperanza sin preocuparse de sí misma".
“Santa Inés de Montepulciano, intercede ante Nuestro Señor, para que recibamos la gracia de la humildad y así, imitando la mansedumbre y la humildad del Cordero de Dios y participando de su Santa Pasión, alcancemos el Reino de los cielos. Amén”.




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/32121/santoralSindicado.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Sagrado Corazón y la causa de su dolor


Jesús ya había llamado interiormente a Santa Margarita a la vida religiosa, pero la santa no se decidía aún y, por el contrario, comenzó a mirar al mundo y a sentirse atraída por sus placeres y vanidades; comenzó a arreglarse para ser del agrado de los que la buscaban, además de buscar la diversión mundana todo lo que podía. Pero durante todo el tiempo en que estaba en estos juegos y pasatiempos, continuamente el Señor no dejaba de llamarla a su Corazón. En un momento determinado, Jesús se le apareció todo desfigurado, tal como estaba en Su flagelación y le dijo: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”[1]. Santa Margarita comprendió que era su vanidad y su falta de amor a Jesús la que lo había reducido a ese estado. 
Este episodio de la vida de Santa Margarita, en el que Jesús la llama a la vida religiosa pero Santa Margarita, en vez de responder a su llamado, se vuelca al mundo, es decir, a lo opuesto a la vocación a la que Jesús la llamaba, se puede aplicar a todo bautizado, puesto que Jesús nos llama a todos, aunque si bien no a todos a la vida religiosa, como a Santa Margarita, sí nos llama, en cambio, a la vida de santidad y de esa vida de santidad –que implica, en primer lugar, el rechazo al pecado, es decir, a la malicia del corazón- ninguno –seamos laicos o religiosos- nos podemos excusar. Y cuando no respondemos al llamado de santidad que Jesús nos hace, que significa además de detestar el pecado, vivir en gracia y estar dispuesto a dar la vida antes que perderla, no hace falta que Jesús se nos aparezca como a Santa Margarita, todo desfigurado a causa de los golpes, la flagelación, la coronación de espinas: cada vez que rechazamos la santidad que nos da la vida de la gracia, golpeamos a Jesús, lo flagelamos, lo coronamos de espinas, lo crucificamos. No hace falta que Jesús se nos aparezca sensiblemente, como a Santa Margarita, todo golpeado y flagelado, para que sepamos que esos golpes, esos hematomas, esas heridas abiertas y sangrantes, y esas lágrimas que corren de los ojos de Jesús, son provocadas por los pecados que tanto placer de concupiscencia nos producen.
Ésta es la enseñanza del Sagrado Corazón: si el pecado produce placer de concupiscencia en el hombre, en Él se traduce en golpes, en hematomas, en heridas, en crucifixión. También a nosotros nos dice Jesús, desde la Eucaristía: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”. Como dice Santa Teres de Ávila en su soneto, si no nos mueva a pecar ni el temor del infierno, ni el deseo del cielo, al menos que nos mueva a no pecar el amor y la compasión a Jesús, por nosotros flagelado, coronado de espinas y crucificado.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

viernes, 26 de junio de 2015

San Josemaría Escrivá de Balaguer y la santificación en el trabajo de todos los días




         San Josemaría Escrivá de Balaguer sostenía que como cristianos, podíamos alcanzar la santidad, no haciendo cosas extraordinarias, sino todo lo contrario: por medio de las cosas ordinarias, por medio de las cosas de todos los días[1]. Él decía que el cristiano podía lograr la santidad a través del trabajo cotidiano, pero para poder alcanzar la santidad de esa manera, se necesita ser un alma de profunda vida interior, de mucha oración: “Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado”[2]. Es decir, San Josemaría sostenía que el cristiano lograba la santidad de esta manera: oración, vida interior, trabajo –estudio, etc.-, santidad y apostolado, porque el trabajo hecho santamente, como producto de la oración, se convierte en testimonio de vida cristiana.
         De esta manera, se convierte el deber de estado en un altar en donde se ofrecen a Dios las labores de cada día, las cuales, por ser ofrecidas a Él, no pueden ser ofrecidas de cualquier manera, sino que deben ser realizadas con la mayor perfección posible, para que se cumpla el pedido de Jesús: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). El trabajo así realizado, no se convierte en “perfeccionismo”, puesto que la perfección de la que habla Jesús es en el Amor, ya que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y ve el grado de amor que ponemos en la realización de las obras que le dirigimos a Él, y no la obra en sí misma. Así, al ver Dios -que es Amor-, que le damos una obra hecha con amor –este deseo surge a su vez de la vida de oración-, nos devolverá más amor, lo cual nos hará crecer en santidad, y es en eso en lo que consiste la santificación en el trabajo cotidiano, según San Josemaría. Alcanzamos la santidad, entonces, cuando convertimos a nuestro estado de vida –trabajo, estudio, etc.-, en un altar que es prolongación del altar interior, en donde se elevan cánticos y oraciones de alabanzas en honor de Dios, sólo que el cántico y la alabanza -esto es, la oración interior-, fruto del Amor a Dios, se convierte en trabajo o en estudio, en cumplimiento del deber de estado, fruto también del Amor a Dios. La santidad por el cumplimiento del deber de estado es cumplir este deber de estado a la perfección, pero se trata de cumplirlo a la perfección no por la perfección en sí misma, sino para “ser perfectos en el Amor”.



[1] http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20021006_escriva_sp.html
[2] Cfr. ibidem.

martes, 28 de abril de 2015

San Luis María Grignon de Montfort y el camino a la santidad


En su “Carta a los Amigos de la Cruz”[1], San Luis María Grignon de Montfort nos hace contemplar la cruz no con ojos humanos, como lo hacemos habitualmente, sino con los ojos mismos de la Virgen. De esa manera, al ver la cruz con los ojos de la Virgen, que es como la ve Dios, no solo nos ayuda a no rechazar la cruz, sino que nos anima a imitar a Jesús en la cruz, con lo cual quedamos a un paso del cielo.
En su Carta, San Luis María dice así: “Un Amigo de la Cruz es un hombre escogido por Dios, entre diez mil personas que viven según los sentidos y la sola razón, para ser un hombre totalmente divino, que supere la razón y se oponga a los sentidos con una vida y una luz de pura fe y un amor vehemente a la cruz”. Para San Luis María, quien ama a Cristo crucificado, es alguien que ha sido elegido por Dios para dejar de vivir según el mundo y sus vanidades, y ya no vive según las pasiones –“el amor de la cruz supera los sentidos”-, sino según la gracia, porque es un hombre nuevo, un hombre “totalmente divino”, que vive por la fe y el amor de Jesús en la cruz.  
Para San Luis María, quien ama a Jesús crucificado, vence a los tres grandes enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne, y por lo tanto, es un héroe, porque participa del triunfo de Cristo Rey Victorioso, pero también es un santo, porque es la santidad de Cristo la que vence a esos tres enemigos mortales de la humanidad. Dice así San Luis María: “Un Amigo de la Cruz es un rey todopoderoso, un héroe que triunfa del demonio, del mundo y de la carne en sus tres concupiscencias”.
Quien ama a Jesús crucificado, ama las humillaciones, porque ve a su Rey máximamente humillado en la cruz, y ya esto es comenzar a vencer la propia soberbia y es comenzar a pisotear el propio orgullo, que hacen al alma parecerse a Satanás. Al amar las humillaciones, el alma comienza a parecerse a Jesucristo, y a diferenciarse del Ángel caído, cuyo sello distintivo es el orgullo: “Al amar las humillaciones, arrolla el orgullo de Satanás”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales, porque se da cuenta que los únicos bienes materiales que hay que atesorar, son los que tiene Jesús en la cruz: la corona de espinas, los clavos de hierro, el letrero que dice: “Rey de los judíos”, el paño con el que está cubierto Jesús, y la cruz misma de madera. Quien ama la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales que ofrece el mundo, bienes que encienden el corazón en la avaricia, apartándolo de Dios: “Al amar la pobreza, triunfa de la avaricia del mundo”.
Quien ama a Jesús, no solo desprecia la sensualidad, sino que ama el dolor, porque Jesús en la cruz santifica el dolor y lo convierte en camino al cielo: “Al amar el dolor, mortifica, la sensualidad de la carne”.
Quien ama a Jesús, se aparta del mundo porque se acerca a la cruz y está al lado de la cruz y no quiere estar en otro lado que no sea la cruz, porque en la cruz está Jesús agonizando: “Un Amigo de la Cruz es un hombre santo y apartado de todo lo visible”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ve purificado su corazón de los amores mundanos, al tiempo que lo ve colmado del Amor Santo de Dios, y esto lo hace ya vivir en el cielo, de modo anticipado, aun cuando siga viviendo en la tierra: “Su corazón se eleva por encima de todo lo caduco y perecedero”.
Quien ama a Jesús crucificado, ya no habla de cosas mundanas, sino del cielo que le espera y de la feliz eternidad a la que está destinado, y no habla con nadie del mundo, porque sus interlocutores son Jesús, que está en la cruz, y la Virgen, que está al pie de la cruz, y así su conversación ya no solo no es mundana, porque nada de esta tierra le atrae ni le apetece, sino que es toda del cielo que le espera: “Su conversación está en los cielos. Pasa por esta tierra como extranjero y peregrino, sin apegarse a ella; la mira de reojo, con indiferencia, y la huella con desprecio”.
Quien ama a Jesús en la cruz, es porque ha sido conquistado por el Amor de Dios derramado con la Sangre de Jesús, desde su Corazón traspasado, y porque ha sido bañado con la Sangre de Jesús, que ha caído sobre él, muere al mundo para vivir para Dios, oculto en el Corazón traspasado de Jesús: “Un Amigo de la Cruz es una conquista señalada de Jesucristo, crucificado en el Calvario en unión con su santísima Madre. Es un «Benoni» o Benjamín, nacido de su costado traspasado y teñido con su sangre. A causa de su origen sangriento, no respira sino cruz, sangre y muerte al mundo, a la carne y al pecado, a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo”.
Por último, quien ama a Jesús en la cruz, dice San Luis María, se vuelve un “cristóforo”, un “portador de Cristo”, y más que eso, se vuelve “otro cristo”, porque el Amor de Cristo es el que lo convierte en una imagen viviente del mismo Jesús, de manera tal que Dios Padre, al ver al alma arrodillada a los pies de Jesús, ya no ve a esa alma, sino a su mismo Hijo, y así el Padre ama al alma con el mismo Amor con el que ama a Jesús, el Espíritu Santo: “Por fin, un Amigo de la Cruz es un verdadero porta-Cristo, o mejor, es otro Cristo, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo, vive en mí Cristo (Gal 2,20)”.
El otro paso al cielo lo completamos cuando, para imitar a Jesús crucificado, debemos hacerlo consagrándonos a la Virgen, para lo cual nos propone su conocido método de consagración a María.
Podemos decir entonces que San Luis María Grignon de Montfort nos proporciona el camino a la santidad –y por lo tanto, al cielo-, con una sencillez y una sabiduría que asombra y que por la profundidad y sobrenaturalidad de sus enseñanzas, proviene del cielo mismo. En pocas palabras, si alguien se decidiera ir al cielo,  y quisiera saber qué es lo que hay que hacer, sólo tendría que seguir estos dos admirables consejos de San Luis María: la contemplación y el amor de Cristo crucificado y la consagración de sí mismo al Inmaculado Corazón de María, como esclavo de amor, para lograr reproducir la imagen de Jesús crucificado en cada uno. Con estos dos sencillos pasos, nos dice San Luis María, estamos más que seguros que alcanzaremos el cielo.




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/25141/enviado25141.html

sábado, 30 de agosto de 2014

Santa Rosa de Lima y las vanidades de nuestro siglo XXI


         Cuando se lee la vida de Santa Rosa de Lima, a la luz de las categorías mundanas de nuestro siglo XXI, caracterizado por el avance tecnológico, científico e industrial, y dominado por la visión materialista, atea, agnóstica, hedonista, existencialista, subjetivista y relativista de la gran mayoría de la población, no solo no se entienden sus actitudes, sino que se las interpretan como propias de la Edad Media, o de una mentalidad “oscurantista”, ya superada, felizmente, por la razón del hombre, que ha sido capaz de, precisamente, ir más allá de tanto atraso para la civilización humana.
         De su vida se lee, por ejemplo, que siendo niña, en una oportunidad, su madre le hizo una guirnalda de flores con ocasión de la llegada unas visitas, pero Rosa, que aun siendo niña ya tenía conciencia de la vanidad, para hacer penitencia y para no caer precisamente en la vanidad, se clavó en la cabeza una de las ramas de la guirnalda en forma de horquilla y se clavó la rama de una manera tan profunda, que después fue difícil poder quitársela. Además, como las personas alababan con frecuencia su hermosura, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie[1].
Más adelante, cuando ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, vivió prácticamente recluida en una cabaña que había construido en el huerto y para aumentar su penitencia, llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, en cuyo interior estaba lleno de puntas, con lo cual esta cinta hacía a modo de corona de espinas. 
Dios le concedió gracias extraordinarias, pero también permitió que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, además de permitir que sufriera la más profunda desolación espiritual.
Tres años antes de morir, padeció una larga y penosa enfermedad, su oración frecuente era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”[2].
         Por todo esto, Santa Rosa es contraria al espíritu de nuestro siglo XXI: es contraria al espíritu de belleza y cuidado corporales extremos, que vemos a diario; es contraria a la vanidad; es contraria al placer hedonista; es contraria al culto excesivo del cuerpo y de la juventud, estimada como un ideal del ser humano -hoy vivimos una especie de idolatría de la juventud, la cual se busca prolongarla por todos los medios posibles-: Santa Rosa desprecia todas estas cosas, haciendo grandes penitencias, ayunos, mortificaciones, y sacrificios.
Es en los escritos de Santa Rosa de Lima en donde se encuentran los verdaderos motivos que explican el por qué y la razón de su comportamiento, y es en estos escritos en donde se pone de relieve que, por un lado, los verdaderos oscurantistas, son los materialistas, relativistas, ateos y agnósticos de nuestros días, y por otro lado, se muestra que los grandes santos, como Santa Rosa de Lima, lo que hacían y que era tenido por necedad y locura, era en realidad muestra de sabiduría divina, porque eran penitencias, mortificaciones y sacrificios, tendientes todos a conservar y acrecentar la gracia santificante, única vía, junto con la cruz de Jesús, para llegar al cielo. Así lo expresa Nuestro Señor, según lo relata la misma Santa Rosa de Lima en sus escritos: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”[3].
“Si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia (…) cuántas riquezas esconde en sí (…) andarían por todo el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento”. En un momento de la historia humana dominado por el materialismo, el hedonismo y el ateísmo, las palabras de Santa Rosa de Lima no se comprenden, porque vienen del cielo, pero aunque no se comprendan, los cristianos deben propagarlas a los cuatro vientos, pero para propagarlas, deben ellos primero vivirlas y experimentarlas en carne propia. Lo que nos enseña Santa Rosa de Lima, con su vida admirable de santidad, es que todo lo que no sea penitencia, sacrificio y cruz –que es lo que da alegría, paz y serenidad al alma-, es “vanidad de vanidades y atrapar el viento”[4].




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] De los escritos de santa Rosa de Lima; cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[4] Ecle 2, 11.

sábado, 2 de agosto de 2014

San Alfonso María de Ligorio


         ¿En qué consiste la santidad y la perfección? Dice San Alfonso María de Ligorio que “la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y redentor”[1]. Ahora bien, una vez conocido esto, se plantea el siguiente interrogante: por un lado, tenemos al hombre, ser inteligente y libre, creado con una profunda sed de amor; por otro lado, tenemos a Dios Uno y Trino, Ser creador, que es el Amor en sí mismo, libre también Él, que desea ser amado por su creatura, pero cuyo libre albedrío respeta tanto, que no puede obligarlo a amarlo. A su vez, Dios Trino sabe que el hombre, creado a su imagen y semejanza, solo será feliz si el hombre lo ama a Él con todo su ser, con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón; pero sabe también, que no puede obligarlo a amarlo, porque el hombre lleva la impronta de su semejanza, que es el libre albedrío. ¿Cómo puede hacer Dios para que el hombre, ser libre, sea feliz, amándolo a Él? En otras palabras: ¿cómo puede Dios, Creador del hombre, hacer que su creatura más preciada, el hombre, sea feliz –felicidad que sólo logrará en el amor a Él, Dios Uno y Trino-, sin forzar su libertad, puesto que la libertad es la imagen sagrada que lleva el hombre en su ser? La Divina Sabiduría y el Divino Amor encontraron la respuesta: colmando al hombre de dones, de manera tal que, viéndose el hombre colmado de tantos dones por parte de su Creador, Dios Uno y Trino, no tuviera más opción que enamorarse de su Creador y amarlo con todo su ser, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su corazón.
Dice así San Alfonso: “Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo”[2], y luego, para explicar de qué se trata esto, pone estas palabras en boca del mismo Dios: “Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor”[3]. Más adelante, continúa San Alfonso: “Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haberle dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas creaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a Él en atención a tantos beneficios. Y no sólo quiso darnos aquellas creaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos su Hijo único (…) Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado. Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo[4]”.
Según San Alfonso, entonces, Dios Padre nos colmó no sólo de toda clase de bienes y dones naturales, sino sobre todo, de bienes sobrenaturales –la gracia, la caridad- y, en el exceso de su amor, nos dio a su Hijo único, para que nos viéramos obligados a amarlo.
Y ese Hijo único de Dios, Jesucristo -en cuyo amor está la máxima felicidad del hombre-, se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y con su Amor -que es el Amor que une al Padre y al Hijo en la eternidad, el Espíritu Santo-, en la Eucaristía, porque el Hijo de Dios renueva su sacrificio en la cruz, cada vez, de modo incruento, en la Santa Misa, y es por eso que la Eucaristía y la Santa Misa son las dos obras del Amor Trinitario que nos obligan a amar a Dios Uno y Trino con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser, con toda la potencia de que sean capaces nuestros corazones, porque no hay obra de amor más grande que “dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13), y Jesús, en la Santa Misa, da la vida por nosotros, derramando su Sangre en el cáliz y entregando su Cuerpo en la Eucaristía.
Pero además de la Misa y de la Eucaristía, Jesús -cuyo amor hace máximamente feliz al hombre-, también se encuentra Presente, misteriosamente, en el prójimo más necesitado, de ahí la necesidad imperiosa de hacer obras de misericordia, si queremos alcanzar el cielo: “…tuve hambre, tuve sed…, estuve preso…, estuve enfermo….” (cfr. Mt 25, 35-46).
En síntesis, según San Alfonso María de Ligorio, Dios nos creó libre para amarlo, y en el amor suyo está nuestra máxima felicidad, pero como no podía forzar nuestra libertad, se vio en la “necesidad” –por así decirlo- de colmarnos de dones –naturales y sobrenaturales-, para que nos viéramos “obligados” a amarlo. Y para asegurarse de que no tuviéramos ninguna excusa para no amarlo, nos envió a su Hijo único, Jesucristo, para que no sólo muriera en cruz para nuestra salvación, sino para que perpetuara el don de sí mismo en la cruz en la Santa Misa –llamada por esto ‘renovación incruenta del santo sacrificio de la cruz’- y para que permaneciera con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) y el modo de cumplir esta hermosa y consoladora promesa, es el don admirable de la Eucaristía, don por el cual permanece y permanecerá con nosotros, en todos los sagrarios del mundo, hasta el fin del mundo. Y por último, también está Jesús misteriosamente presente en nuestros hermanos más necesitados, para que podamos demostrar, con obras, nuestro amor hacia Dios, socorriendo al prójimo, imagen viviente de Dios, porque el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26).
De esta manera, así, al colmarnos de tantos dones, Dios Uno y Trino conseguía su objetivo: por un lado, respetaba nuestro libre albedrío, y por otro, se aseguraba que fuéramos máximamente felices, al amar a Jesús, única fuente de felicidad y de amor, en la Eucaristía, en la Santa Misa y en el prójimo más necesitado.



[1] Cfr. Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma 1909, 9-14.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Santa Gema Galgani



A pesar de poseer una salud frágil y quebradiza, Santa Gema se caracterizó por el cumplimiento perfecto de su deber de estado, en la imitación de Cristo, lo cual supone vivir las virtudes cristianas de modo heroico. Santa Gema vivió a la perfección la imitación de Cristo –espíritu de sacrificio, abnegación, amor al prójimo-, y esto fue lo que le valió la santidad. Con respecto a esto, así declara Cecilia Gianinni, la madre de familia que recibió a Santa Gemma en su hogar, al quedar esta huérfana de madre y de padre: “Puedo declarar bajo juramento que durante tres años y ocho meses en que Gema estuvo con nosotros, nunca supe del menor problema en nuestra familia por su causa, y nunca noté en ella el mínimo defecto. Repito: ni el menor problema ni el mínimo defecto”. Además de cumplir sus deberes de estado a la perfección, Santa Gema oraba continuamente, constituyendo la oración su actividad favorita.
Además de este aspecto de santificación en la vida ordinaria y cotidiana, viviendo heroicamente en la imitación de Cristo y sus virtudes, Santa Gemma Galgani era una mística y recibió innumerables dones sobrenaturales, entre los cuales se encuentran los estigmas de Cristo. Ella misma relata así este admirable suceso: “En ese momento Jesús apareció con todas sus heridas abiertas, pero de estas heridas ya no salía sangre, sino llamas. En un instante estas llamas me tocaron las manos, los pies y el corazón. Sentí como si estuviera muriendo, y habría caído al suelo de no haberme sostenido mi Madre en alto, mientras todo el tiempo yo permanecía bajo su manto. Tuve que permanecer varias horas en esa posición. Finalmente Ella me besó en la frente y desapareció, y yo me encontré arrodillada. Yo aún sentía un gran dolor en las manos, los pies y el corazón. Me levanté para ir a la cama, y me di cuenta de que la sangre estaba brotando de aquellas partes donde yo sentía el dolor. Me las cubrí tan bien como pude, y entonces, ayudada por mi Ángel, fui capaz de ir a la cama...”.
Muchos fueron testigos de este milagro de los estigmas, los cuales se hicieron presentes con frecuencia la mayor parte del resto de su vida. Un testigo declaró: “La sangre salía (de Santa Gema) de sus heridas en gran abundancia. Cuando ella se levantaba, fluía al suelo, y cuando estaba en cama no sólo mojaba las sábanas, sino que saturaba el colchón entero. Yo medí algunos de estos arroyos o estanques de sangre, y eran de entre sesenta y setenta centímetros de largo y más o menos cinco centímetros de ancho”.
¿Por qué recibe Santa Gema los estigmas? ¿Cuál es el sentido sobrenatural de estas heridas de Jesús? Una clave para responder estas preguntas, se encuentran en su Ángel custodio, quien se le aparecía y con el que conversaba y rezaba con frecuencia. El Ángel le dijo una vez, hablando de la agonía de Jesús: “Mira lo que Jesús ha sufrido por los hombres. Considera sus heridas una por una. Es el Amor el que las abrió todas. Ve lo execrable (horrible) que es el pecado, ya que para expiarlo, tanto dolor y tanto amor han sido necesarios”. En Jesús, las heridas o estigmas son el producto de dos fuerzas celestiales que actúan en conjunto sobre su Humanidad Santísima: la ira divina, que descarga sobre Jesús el castigo que merecíamos todos y cada uno de los hombres, a causa del pecado, y el Amor divino, que es quien lleva a Jesús no solo a soportar tan atroces dolores, sino a ofrecerlos a la Justicia Divina a cambio de la salvación de toda la humanidad. Porque Jesús está inhabitado por el Amor divino, es que de sus heridas ya no sale sangre, sino llamas, porque esas llamas representan al Amor divino que envuelve la Humanidad Santísima de Jesús, Amor que se comunica a través de su Sangre derramada por sus heridas abiertas. A su vez, en Santa Gema, los estigmas significan un don de Jesús hacia ella, don por medio de la cual la hace partícipe de su Pasión redentora. En Santa Gema, los estigmas significan una participación física, espiritual y mística, a la Pasión de Jesús, Pasión por la cual llega a los hombres la salvación, el perdón y la misericordia divina. Si bien están causados por el Amor de Dios, los estigmas son dolorosos, y el místico experimenta en carne propia el dolor de Jesús, aunque en ínfima proporción, porque nadie puede soportar semejante intensidad de dolor; con solo probar una infinitésima porción del dolor de Jesús, la persona sería aniquilada por el dolor, tanto físico, como moral y espiritual. Al recibir los estigmas, Santa Gema acepta, por amor, participar de la Pasión redentora de Jesús, con lo cual, además de salvar almas, concede alivio –mínimo, pero alivio al fin- a los atroces dolores de Jesús, al tiempo que calma su ardiente sed de Amor.

Mensaje de santidad

Los estigmas están reservados, por la Divina Piedad, a solo unos pocos santos elegidos desde la eternidad, lo cual significa que el ejemplo de Santa Gema, para el común de los cristianos, está en que la imitemos en el cumplimiento perfecto del deber de estado, cumplimiento que exige a la vez un amor perfecto a Jesús, porque se trata de imitarlo en su perfección, por amor a Él. 

miércoles, 9 de enero de 2013

San Simeón el estilita


5 de enero


Vida y milagros de San Simeón[1]
San Simeón es el fundador del movimiento de los estilitas, hombres que vivían en lo alto de una columna (estilita significa: el que vive en una columna), en oración ininterrumpida[2].
Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso, donde nació San Pablo. Un día, al entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las bienaventuranzas, y se sintió atraído por dos en particular: “Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios”.
Preguntó a un anciano monje por su significado, y le rogó que le dijera cómo podía alcanzar la felicidad prometida. El anciano le respondió que el texto sagrado proponía como camino a la felicidad, la oración, la vigilia, el ayuno, la humillación y la paciencia en las persecuciones, y que la vida de soledad era la mejor manera de practicar la virtud. Decidido a ir en busca de las bienaventuranzas, Simeón se retiró a orar largamente, luego de lo cual, se quedó dormido y tuvo un sueño, relatado por él. Se vio a sí mismo cavando los cimientos de una casa. Las cuatro veces que interrumpió su trabajo para tomar aliento, oyó una voz que le ordenaba seguir excavando. Finalmente, recibió la orden de cesar, porque el foso era ya tan profundo, que podía abrigar los cimientos de un edificio de la forma y el tamaño que él escogiera. Como comenta Teodoreto, “los hechos verificaron la predicción, ya que los actos de ese hombre estaban tan por encima de la naturaleza, que los cimientos debían ser muy profundos para soportar peso tan enorme”.
Al despertar, Simeón se dirigió a un monasterio de las proximidades, cuyo abad se llamaba Timoteo y se detuvo a las puertas durante varios días sin comer ni beber, suplicando que le admitieran como el último de los sirvientes. Su petición fue bien acogida y por fin se le recibió por un plazo de cuatro meses. Ese tiempo le bastó para aprender de memoria el salterio.
Este contacto con el texto sagrado iba a alimentar su alma durante el resto de su vida.
Una vez en el monasterio, provocaba asombro por su austeridad: se pasaba semanas sin probar bocado, dormía sobre piedras, y se había enlazado a la cintura un cilicio[3] de mirto salvaje y espinoso, al que no se lo quitaba ni de día ni de noche. Un día el superior del monasterio se dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y al examinarlo los monjes, se dieron cuenta de que la cuerda o cilicio se le había incrustado en la piel, logrando quitársela con mucha dificultad. El abad o superior le pidió que se fuera a otro sitio, porque allí su ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en las mortificaciones.
Se fue entonces a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí cinco días en oración  decidió imitar a Nuestro Señor y pasar los 40 días de cuaresma sin comer ni beber. Le consultó a un anciano y éste le dijo: “Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puedes hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca tuyo diez panes y una jarra de agua, y si ves que vas desfallecer, come y bebe”. Así lo hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los siguientes 14 rezó sentado. En los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores.
Lueo se retiró a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de volverse a la ciudad y se hizo atar con una cadena de hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: “A las fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe”. Entonces Simeón, que era humilde y obediente, se mandó quita la cadena.
Pronto se extendió la fama de gran santidad, y fue así que acudían de regiones vecinas y también lejanas para consultarle, pedirle consejos y tocar su cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, llegando hasta quitarle pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.
Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 20 metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.
Es precisamente de aquí de donde viene el nombre con el que es conocido, “Simeón el estilita”, pues columna se dice “Stilos” en griego. Lejos de atenuarse, las penitencias en la columna se volvieron extremas -como así también la gracia recibida y alcanzada por San Simeón-: no comía sino una vez por semana;  la mayor parte del día y la noche la pasaba rezando, unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente.
Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba la Sagrada Comunión. Su columna no pasaba de tener unos dos metros de superficie, lo cual le permitía apenas acostarse. Por lo demás, carecía de todo asiento. Sólo se recostaba para tomar un poco de descanso; el resto del tiempo lo pasaba encorvado en oración. Se vestía de pieles de animales, y jamás permitió que una mujer penetrara en el espacio cerrado en el que se levantaba su columna.
Las gentes acudían por multitudes a pedir consejos. Él les predicaba dos veces por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían pagar. Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando. Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos. Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.
Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no sólo un capricho, los monjes vecinos vinieron y le dieron la orden de que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de Dios. Su discípulo Antonio nos cuenta que el santo oró muy especialmente por su madre, a la muerte de ésta.
Para que nadie piense que se trata de una leyenda, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió Teodoreto, Padre de la Iglesia y discípulo del Santo; Teodoreto era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro, ciudad cercana al sitio de los hechos.  Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto.
Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador tuvo que mandar una gran cantidad de soldados porque las gentes querían llevarse el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.

Mensaje de santidad de San Simeón el estilita
La vida y la conducta de San Simeón llamaron la atención, no sólo de todo el Imperio Romano, sino también de los pueblos bárbaros, que le tenían en gran admiración. Los emperadores romanos se encomendaban a sus oraciones y le consultaban sobre asuntos de importancia. Sin embargo, debe reconocerse que se trata de un santo más admirable que ejemplar[4]. Su vida es profundamente edificante, en el sentido de que no podemos menos de sentirnos confundidos, al comparar su fervor con nuestra indolencia en el servicio divino. Sin embargo, hay que hacer notar que la santidad de almas como la de San Simeón no consiste, ni en sus acciones extraordinarias, ni en sus milagros, sino en la perfección de su caridad, de su paciencia y de su humildad; y estas virtudes brillaron esplendorosamente en la vida de San Simeón. Exhortaba ardientemente al pueblo a corregirse de su inveterada costumbre de blasfemar, a practicar la justicia, a desterrar la usura, a la seriedad en la piedad, y a orar por la salvación de las almas.
En su mensaje de santidad, San Simeón nos enseña además el valor de la oración, de la obediencia, de la humildad y de la penitencia corporal, para llegar a la santidad. La oración, porque la oración es el alimento del alma, alimento por el cual el hombre recibe la substancia misma de Dios; la obediencia, porque así se imita mejor a Jesucristo, Hombre-Dios, que “se hizo obediente hasta la muerte”, por amor, para salvar a la humanidad; la humildad, que es la virtud, junto con la obediencia, que más nos asemeja al Hombre-Dios, infinitamente humilde y bueno y obediente a Dios, su Padre; la penitencia corporal, que es una forma de rezar con el cuerpo, al tiempo que se expían los pecados propios y los de los demás, siendo necesaria para entrar en el cielo según las palabras de Jesús: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. La celebración de la memoria de Simeón el Estilita nos debe llevar a recordar las palabras de Jesucristo y a dedicarnos a ofrecer penitencias por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero.



[1] Cfr. Butler, Alan, Vidas de los Santos de Butler, Tomo I, México2 1968, 37ss.
[3] Cilicio: cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia corporal, como método que dispone al cuerpo para recibir la gracia que permita dominar las tentaciones. Se considera a San Simeón inventor del cilicio.
[4] Cfr. Butler, o. c., 38.