San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 27 de abril de 2017

Santo Toribio de Mogrovejo


         Vida de santidad.

Toribio nació en España en el año 1538 de una noble familia; estudió en Valladolid, Salamanca y Santiago de Compostela, en donde obtuvo la licencia en derecho[1]. Fue nombrado inquisidor en Granada y luego arzobispo de Lima, con jurisdicción sobre las diócesis de Cuzco, Cartagena, Popayán, Asunción, Caracas, Bogotá, Santiago, Concepción, Córdoba, Trujillo y Arequipa: de norte a sur eran más de 5.000 kilómetros, y el territorio tenía más de 6 millones de kilómetros cuadrados. Después de haber sido consagrado obispo en agosto de 1580, partió inmediatamente para América, a donde llegó en la primavera de 1581.
Ejerció su actividad episcopal sin cansancio durante 25 años, organizando, entre otras cosas, diez sínodos diocesanos y tres provinciales, además de fundar el primer seminario de América y casi duplicar el número de parroquias, que pasaron de 150 a más de 250. En 1594, durante su tercera “visita” diocesana, el santo le escribió al rey de España Felipe II, haciéndole un pequeño balance de su vida: 15.000 kilómetros recorridos y 60.000 confirmaciones administradas. Entre los confirmandos por Santo Toribio, había tres grandes santos: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. Fue llamado “apóstol del Perú y nuevo Ambrosio” y Benedicto XIV lo comparó con San Carlos Borromeo[2].
Al final de su vida, Toribio recibió el viático en una capillita india, el 23 de marzo de 1606, un Jueves santo, y en ese momento expiró.

Mensaje de santidad.

Santo Toribio solía decir con frecuencia: “¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!”, y verdaderamente vivió su episcopado según esta frase, pues recorrió tres veces su enorme diócesis, además de dedicarse a aprender el idioma nativo, con el único objetivo de transmitir a los indios el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo[3]. Considerando la gran extensión de su diócesis y el enorme trabajo apostólico que realizó, podemos preguntarnos de dónde obtuvo Santo Toribio no solo las fuerzas físicas, sino también la enorme eficacia apostólica, ya que en gran medida la entera evangelización, no sólo de su diócesis, sino incluso del Perú y de América Latina, se derivaron de su apostolado, pues como vimos en su biografía, entre sus confirmandos había tres jóvenes que luego se destacaron por su gran santidad: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Martín de Porres. La respuesta a esta pregunta es una sola: Santo Toribio obtenía la fuerza y la eficacia sobrenatural de un solo lugar: la Santa Misa. Según testigos presenciales, el santo celebraba la misa con gran fervor, piedad y devoción y en distintas oportunidades pudieron ver cómo, mientras celebraba la Misa, su rostro resplandecía. Es de su unión con la Víctima Inmolada, Jesús, el Cordero de Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, de donde Santo Toribio obtenía la fuerza sobrenatural necesaria para evangelizar extensas regiones, llevando la Buena Noticia de Jesucristo a hombres de toda raza, nativos y mestizos, a los que el santo llegaba con el mensaje de salvación, aun cuando estos habitaban en lugares completamente inhóspitos y jamás transitados por el hombre blanco. Incluso cuando realizaba estos extenuantes viajes, celebraba cotidianamente la Santa Misa, con el mismo fervor, devoción y piedad con que lo hacía en su palacio episcopal o en alguna de sus parroquias. Además de la Santa Misa, Santo Toribio profesaba gran devoción a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que pasaba gran parte del tiempo rezando de rodillas, devota y píamente ante el Santo Crucifijo. Gracias a la Santa Misa y a la Pasión del Señor, Santo Toribio hizo realidad una de sus frases más conocidas: “¡El tiempo es nuestro único bien y tendremos que dar estricta cuenta de él!”, ya que aprovechó de modo excelente el tiempo que el Señor le concedió vivir en la tierra, llevando el Evangelio de la salvación y logrando la conversión de miles de almas a la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo.


viernes, 4 de marzo de 2016

El Sagrado Corazón de Jesús y la Santa Misa


         Cuando nos detenemos a reflexionar acerca de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacquoque, algo que nos sorprende –más allá del contenido de las apariciones y sus mensajes, obviamente- es el hecho de la aparición en sí misma. Una aparición es un evento sobrenatural, un suceso extraordinario que viene del cielo; es una manifestación que Dios ha deseado y aprobado, por lo que el alma destinataria puede considerarse sumamente afortunada, en el sentido de haber sido elegida por la Trinidad, de entre cientos de miles e incluso hasta millones de almas. Se puede considerar como elegida por el amor de Dios el alma a la que se le aparece un santo, un ángel, o la Madre de Dios, María Santísima. Y también se puede considerar afortunada el alma a la que se le aparece el mismo Dios Encarnado en Persona, Nuestro Señor Jesucristo, tal como le sucedió a Santa Margarita María de Alacquoque, a quien Nuestro Señor eligió, podríamos decir, con amor de predilección, de entre todas las almas que forman parte de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Pero la predilección divina no se basa en criterios humanos, por cuanto Jesús no elige a Santa Margarita a causa de sus dones, inteligencia, sabiduría, virtudes, sino precisamente por la falta de estos dones, tal como Él mismo se lo dice, al decirle explícitamente que la elige a ella por ser “abismo de indignidad e ignorancia”[1].
         Ser el destinatario de una aparición como la del Sagrado Corazón es, por lo tanto, un signo de predilección de parte de Dios y al alma esa se la puede llamar "afortunada". Sin embargo, quienes asistimos a la Santa Misa, y no hemos recibido estas manifestaciones divinas y sensibles personalmente, no podemos por eso dejar de considerarnos afortunados, e incluso muchísimo más afortunados que santos como Santa Margarita. ¿Por qué? La razón es que nosotros recibimos, en la Eucaristía, una muestra de amor, por parte de Dios, infinitamente más grande que la que recibió Santa Margarita. En efecto, en las apariciones, Jesús le muestra su Sagrado Corazón, pero no se lo da a Santa Margarita para que comulgue con él; en la Santa Misa en cambio, nos dona, a cada uno de nosotros, su Sagrado Corazón Eucarístico, vivo, palpitante, glorioso, resucitado, latiendo con el ritmo del Divino Amor, para que uniéndonos a Él por la Comunión eucarística, pueda el Sagrado Corazón derramar en nuestras almas el Espíritu Santo, el Fuego del Amor Divino que lo inhabita y envuelve. En las apariciones, Jesús toma el corazón de Santa Margarita, lo introduce en el suyo y se lo devuelve en forma de fuego[2]; en la Comunión eucarística, Jesús no toma nuestro corazón, sino que nos da el suyo, envuelto en las llamas del Fuego del Espíritu Santo, para incendiar nuestros corazones al contacto con las llamas del Amor de Dios. 
       Como podemos ver, este don de su Corazón Eucarístico y de su Divino Amor es algo infinitamente más grandioso que si se nos apareciera el Sagrado Corazón visiblemente, sensiblemente. Y así como Santa Margarita no fue elegida por sus dones, sino por la falta de ellos –a pesar de ser Margarita una santa-, mucho más nos elige Jesús a nosotros, para donarnos su Sagrado Corazón Eucarístico, desde el momento en que somos muchos más indignos e ignorantes que Santa Margarita.




[1] Primera Aparición, cfr. https://www.aciprensa.com/santos/margarita5.htm
[2] Cfr. ibidem.

martes, 10 de noviembre de 2015

San León Magno y el ofrecimiento del sacrificio espiritual


El Papa León Magno, hablando de su ministerio petrino, hace una consideración acerca de la naturaleza de los bautizados en la Iglesia y su función: con respecto a la naturaleza, dice que son “sacerdotes” –bautismales, no ministeriales- y con respecto a su función, afirma, citando a San Pedro, que es la de “ofrecer sacrificios espirituales”. Dice así el Papa San León Magno: “La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así (…) todos los cristianos espirituales y perfectos deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal”[1]. Con respecto a la función cita, como dijimos, a Pedro: “(…) nuestra unidad de fe y de bautismo hace de todos nosotros una sociedad indiscriminada, en la que todos gozan de la misma dignidad, según aquellas palabras de san Pedro, tan dignas de consideración: “También Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo; y más adelante: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios””[2].
Según las palabras del Papa San León Magno, los bautizados tienen entonces una dignidad y una función altísimas, la de ser “sacerdotes” que ofrecen “sacrificios espirituales”. Ahora bien, si todos los cristianos son sacerdotes –bautismales, no ministeriales- y la función en cuanto sacerdotes es la de “ofrecer sacrificios espirituales”, ¿en qué lugar ejercen esta función y de qué manera? En la Santa Misa, porque allí participan del sacrificio que el Sumo Sacerdote Jesucristo realiza, a través del sacerdote ministerial, la inmolación de Sí mismo como Víctima Pura y Santa por la salvación de los hombres. Es en la Santa Misa, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, en donde los bautizados ejercen en su máxima plenitud y perfección su sacerdocio, porque uniéndose espiritualmente al sacerdote ministerial, que obra in Persona Christi, ofrecen a Dios Trino el sacrificio espiritual perfectísimo y agradabilísimo, la Carne Purísima, embebida en el Espíritu Santo, del Cordero de Dios, Jesucristo. Es en la Santa Misa en donde los bautizados ofrecen el sacrificio espiritual perfectísimo, el Cordero inmolado en la cruz que renueva sacramentalmente su sacrificio en el altar eucarístico, bajo las especies de pan y vino.
De esta manera vemos cómo la Santa Misa no es, de ninguna manera, algo “aburrido”, tal como algunos cristianos, impíamente, la catalogan, sino el acto de amor más grande que un bautizado pueda hacer a Dios Uno y Trino.



[1] De los Sermones de san León Magno, papa, Sermón 4, 1-2: PL 54, 148-149.
[2] Cfr. ibídem.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

San Carlos Borromeo y la fórmula para asistir a Misa con provecho


En uno de sus escritos, San Carlos Borromeo nos da la fórmula para asistir a Misa con provecho. Hablando de los sacerdotes y de su preparación para la Santa Misa, como así también para rezar la Liturgia de las Horas, el santo afirma que, para no perder la concentración en lo que se está por hacer, hay que prepararse previamente, rechazando los pensamientos que nos distraen. Si no hacemos así, dice San Carlos, el “fuego de amor divino” que se ha encendido en nuestros corazones, corre el riesgo de enfriarse o de apagarse. Dice así: “Algún otro (sacerdote) se queja de que, cuando va a salmodiar o a celebrar la misa, al momento le acuden a la mente mil cosas que lo distraen de Dios; pero éste, antes de ir al coro o a celebrar la misa, ¿qué ha hecho en la sacristía, cómo se ha preparado, qué medios ha puesto en práctica para mantener la atención? ¿Quieres que te enseñe cómo irás progresando en la virtud y, si ya estuviste atento en el coro, cómo la próxima vez lo estarás más aún y tu culto será más agradable a Dios? Oye lo que voy a decirte. Si ya arde en ti el fuego del amor divino, por pequeño que éste sea, no lo saques fuera en seguida, no lo expongas al viento, mantén el fogón protegido para que no se enfríe y pierda el calor; esto es, aparta cuanto puedas las distracciones, conserva el recogimiento, evita las conversaciones inútiles”[1].
Esta recomendación es especialmente válida para muchos cristianos –niños, jóvenes, adultos- que afirman que no asisten a la Santa Misa –principalmente la dominical- porque es “aburrida”. Además de que esto es un grave error, porque la Misa no es ni “aburrida” ni “divertida” y por lo tanto no hay que asistir a la misma como si se tratara de un entretenimiento, si se piensa bien en lo que es la Santa Misa, no hay lugar para el “aburrimiento”. En efecto: ante todo, hay que recordar que la Santa Misa no solo no es un entretenimiento –por eso es decimos que es equivocado plantearla en términos de “aburrimiento” o “diversión”-, sino que es un gran misterio sobrenatural, el misterio más grande de todos los grandes misterios de Dios, porque se trata de la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, en donde Jesús hace en el altar lo mismo que hace en el Calvario, esto es, entregar su Cuerpo en la Eucaristía como lo entregó en la Cruz y derramar su Sangre en el cáliz como lo derramó en la Cruz; además, tenemos que considerar que no están sólo las personas que vemos con los ojos del cuerpo: también están los ángeles de luz, la Virgen, los santos, las almas del Purgatorio, que esperan nuestras oraciones y el ofrecimiento que para ellas hagamos de la Santa Misa, y también están los demonios, todo lo cual es algo que supera infinitamente nuestra capacidad de entendimiento y de razonamiento.
Ahora bien, lo que nos dice San Carlos Borromeo es que, para participar con fruto de lo que hacemos –en este caso, la Santa Misa-, rechacemos los pensamientos que nos distraen, pero esto quiere decir al mismo tiempo, que debemos concentrarnos en los pensamientos que nos acercan al misterio de la Santa Misa, y para eso, es conveniente utilizar la imaginación, iluminada con la luz de la fe. Es decir, si utilizamos la imaginación para tantas cosas que son del mundo, entonces, pidamos a la Virgen, antes de venir a Misa, que ilumine nuestra mente, nuestro corazón y también nuestra imaginación, para que recreemos las escenas de la Pasión del Señor sobre el altar eucarístico, sobre todo la crucifixión, porque de eso se trata la Santa Misa. Esto es lo que nos aconseja San Borromeo: “poner los medios” para “mantener la atención”, lo cual quiere decir no solo no dejarnos distraer por pensamientos mundanos e inútiles, si estamos por asistir al Calvario de Jesús, sino concentrarnos, con la mente, el corazón y la imaginación, en la Pasión y en el Calvario, pidiendo al mismo tiempo la luz del Espíritu Santo, para disponernos a participar dignamente de tan grande misterio. Para esto, es conveniente reflexionar de la siguiente manera: si estuviéramos el Viernes Santo, a los pies de la cruz de Jesús, arrodillados ante Jesús en la cruz, al lado de la Virgen, que está de pie, al lado de la cruz, mientras su Hijo agoniza y muere por nosotros, ¿estaríamos así de distraídos? ¿Estaríamos pensando todas las cosas vanas e inútiles que pensamos cuando venimos a Misa, en vez de concentrarnos en el Santo Sacrificio del Altar?
Al recordar a San Borromeo, consideremos sus enseñanzas acerca de rechazar los pensamientos inútiles y de concentrarnos, para así poder participar con máximo provecho en el evento más importante que podamos asistir en toda nuestra vida, el gran misterio de la Santa Misa, la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz. 



[1] Del sermón pronunciado por san Carlos Borromeo en el último sínodo; Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1599, 1177-1178.

viernes, 15 de mayo de 2015

San Isidro Labrador y su amor por la Santa Misa y la Sagrada Comunión


         San Isidro fue un agricultor de grandes contrastes: de muy escasa instrucción en ciencias humanas, era al mismo tiempo muy sabio en sabiduría divina, pues dedicaba gran parte de su tiempo a la oración; era muy pobre humanamente, ya que no poseía prácticamente ningún bien material, pero poseía, desde niño, y hasta su muerte, un gran amor a la Santa Misa y a la Santa Eucaristía, y así, siguiendo el consejo de Nuestro Señor, “atesoró tesoros en el cielo” (cfr. Mt 6, 20), pues se consiguió una mansión en el Reino de los cielos, en donde habita para siempre.     Sus padres le inculcaron, desde muy pequeño, un gran amor a la oración, a la Santa Misa y a la Eucaristía[1], y esa es la razón por la cual, ya de adulto, cuando su oficio era el de agricultor, llegaba tarde a su lugar de labranza y por eso fue denunciado, por envidia, por algunos de sus compañeros, a pesar de lo cual, su producción como labrador fue siempre el doble que la de sus compañeros, porque mientras San Isidro asistía a Misa, el que araba los bueyes, para que él asistiera a Misa, era su ángel de la guarda, y ésa es la razón por la cual se lo representa, en las imágenes y esculturas, con un ángel que está arando con los bueyes.
         ¡Cuán diferentes son los hombres de hoy, que desprecian todo lo que amaba San Isidro Labrador, la oración, la Santa Misa y la Eucaristía! Los hombres de hoy, prefieren las diversiones mundanas, la televisión, internet, el fútbol, el deporte, las carreras, la política, los paseos, cualquier cosa, antes que elevar la mente y el corazón en oración a Nuestro Señor Jesucristo, Presente en Persona en la Eucaristía; los hombres de hoy prefieren pasar horas ante un aparato que emite sonidos y que mira a través de una pantalla multicolor y que presenta la vida llena de risas, de carcajadas, de cosas para comprar, para disfrutar, de pecados para gozar y de mandamientos divinos para evitar, pero que en el fondo es un ídolo muerto, inerte, que a la hora de la muerte está ausente y que no puede evitar la eterna condenación. El hombre de hoy ama la televisión, la computadora, el estadio de fútbol, las carreras, los paseos, las diversiones y los placeres ilícitos, y evita la oración, la Santa Misa y la Eucaristía, evitándolos como si fueran la peste, y no se da cuenta que son la fuente de vida y de vida eterna. El hombre de hoy no ama la oración, no ama la Santa Misa y no ama la Eucaristía, como lo hacía San Isidro Labrador, que era un campesino analfabeto y pobre a los ojos de los hombres, pero sabio y rico para el cielo, porque San Isidro Labrador amaba la oración, la Eucaristía y la Santa Misa, porque comprendía que allí se encontraba la fuente inagotable de la Sabiduría divina y de la riqueza que da la verdadera felicidad al hombre, una felicidad que, comenzando en esta vida, se extiende a la otra vida, a la vida eterna, y no finaliza más, porque continúa para siempre, en el Reino de los cielos. Muchos, en nuestros días, tienen por cosa de poca monta aquello que hizo sabio y rico, a los ojos de Dios, a San Isidro Labrador: la oración, la Eucaristía y la Santa Misa. Que San Isidro Labrador interceda para que también nosotros seamos, como él, ignorantes en las cosas del mundo, pero sabios con la Sabiduría divina, y pobres de riquezas materiales, pero ricos por poseer tesoros en el cielo: obras buenas, oración, Eucaristías y Santas Misas asistidas con devoción y amor.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isidro_labrador5_15.htm

jueves, 5 de febrero de 2015

Santa Águeda y el origen de su nacimiento virginal, su valentía, su bondad y su belleza


         San Metodio de Sicilia, al disertar sobre Santa Águeda, destacaba en ella su hermosura, su valentía y su bondad. Decía así: “(Santa Águeda era) virgen porque nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre (…) con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la Sangre del verdadero y divino Cordero, y no dejaba de meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado (…) Águeda significa “buena”; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien”[1].
         Es interesante tener presente esta Disertación de San Metodio sobre Santa Águeda, porque en ella, en pocas palabras, San Metodio describe cuál es la fuente de todas las virtudes sobrenaturales que le valieron a Santa Águeda conseguir el cielo, y cuando nos fijamos bien, nos damos cuenta que esa Fuente Inagotable de toda gracia, no es otra cosa que la Santa Misa, la Eucaristía. En efecto, dice San Metodio que la virginidad de Santa Águeda, por medio de la cual consagraba su cuerpo y su alma a Dios, se origina en el Verbo de Dios, porque ella “nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre”, y ese Dios Hijo, que es el Origen Increado de la gracia de filiación divina, es el que se encuentra en la Eucaristía, en Persona; para San Metodio, Santa Águeda era una virgen prudente, que tenía siempre su “lámpara encendida”, y el Fuego que enciende la lámpara, que es la naturaleza humana, es el Espíritu Santo, que es Quien inhabita y envuelve con sus sagradas llamas al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de modo que, al comulgar, Santa Águeda veía encender cada vez más su amor por Dios Uno y Trino, y su lámpara resplandecía cada vez más; para San Metodio, Santa Águeda era hermosa y elegante, pero más que por su belleza natural, que sí la poseía, era hermosa y elegante porque “enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua”, no con cosméticos, como suelen hacer las mujeres para embellecerse y quedar elegantes para sus esposos, sino con “la púrpura de la Sangre del verdadero y divino Cordero” y tan enamorada estaba de su Divino Esposo, Jesucristo, que no dejaba de “meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado”, es decir, no dejaba de meditar continuamente la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y esto lo hacía especialmente en la Santa Misa, actualización y renovación sacramental incruenta del Santo Sacrificio del Calvario; por último, San Metodio destaca la bondad de Santa Águeda, sosteniendo que su bondad provenía “del mismo Dios, fuente de todo bien”, y el Dios, origen de esa bondad sobrenatural que embellecía el alma de Santa Águeda, no es otro que Jesucristo, Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, de modo que cada vez que asistía a la Santa Misa, Santa Águeda veía acrecentar esa bondad sobrenatural, que la llevó a ofrendar su vida en martirio, uniéndola al Sacrificio en cruz de Jesús, para la salvación de sus hermanos. Y aunque no lo dice San Metodio, la Santa Misa es también la fuente de la valentía de Santa Águeda, esa valentía que la llevó a no temer a sus verdugos, ni a la tortura ni a la muerte, porque en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, Santa Águeda se unía espiritualmente a Jesucristo crucificado, recibiendo de Él, Rey de los mártires, la fuerza sobrenatural necesaria para la ofrenda de su vida en martirio.
         Es interesante considerar y meditar la Disertación de San Metodio acercad de Santa Águeda, porque nos damos cuenta así, que el origen de las virtudes sobrenaturales que condujeron a Santa Águeda al cielo, se encuentra en la Santa Misa, y esto quiere decir que también el cielo está a nuestro alcance, cada vez que asistimos a la Santa Misa: sólo necesitamos asistir a la Santa Misa y comulgar con la gracia santificante, la devoción y el amor con que lo hacía Santa Águeda.



[1] De la Disertación de San Metodio de Sicilia, obispo, sobre Santa Águeda, Analecta Bollandiana 68, 76-78.

martes, 9 de diciembre de 2014

Por qué Nuestra Señora de Guadalupe eligió a San Juan Diego Cuauhtlatoatzain y no a otro


         San Juan Diego, un indígena mexicano de la etnia chichimecas, es el protagonista de una de las más grandes apariciones marianas de la historia de la Iglesia, la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Ante los ojos de los hombres, que juzgan por las apariencias, San Juan Diego no habría desempeñado ningún papel de trascendencia y habría sido relegado, por el contrario, a tareas siempre menores: debido a su condición nativa, a su pobreza, su escasa cultura –apenas sabía leer y escribir- y a su nula posición social y económica, San Juan Diego sería lo que hoy en día se conoce como “un marginal” en la sociedad. Sin embargo, la Santísima Virgen María lo eligió a él y no a otro, más preparado, más culto, más inteligente, con mayor posición social, con mayor influencia entre los poderosos, para que llevara a cabo la importantísima tarea que debía encomendarle y que desembocaría en uno de los más asombrosos milagros marianos, la imagen de la “Virgen de Guadalupe”, impresa en la tilma de Juan Diego.
¿Por qué la Virgen eligió a Juan Diego y no a otro, más inteligente, más culto, más preparado, para la misión de la impresión de su imagen? La respuesta está en el Magnificat, cuando la misma Virgen dice: “(El Señor) despide a los ricos con las manos vacías y enaltece a los humildes”. La Virgen eligió a San Juan Diego por su fe, por su inocencia, por su humildad, por su amor al prójimo, por su docilidad y por su amor a la Santa Misa y a la Eucaristía.
La Virgen lo eligió por su fe, porque luego de ser catequizado, se bautizó y desde que fue bautizado, vivió su religión con gran amor, practicándola con gran fervor hasta el día de su muerte. También su esposa, María Lucía, se bautizó y ambos, enamorados de la castidad, decidieron vivir en perfecta continencia[1].
La Virgen lo eligió por su amor a la Misa y a la Eucaristía, porque para asistir a Misa los sábados y domingos, debía recorrer 20 kilómetros, y debía hacerlo a pie y descalzo, como lo hacían los de su etnia en ese tiempo, a causa de su pobreza.
La Virgen lo eligió por su amor al prójimo y por su misericordia, porque él cuidaba de su tío enfermo, el cual entró en agonía al momento de las apariciones; precisamente, en medio de las apariciones, Juan Diego decide ir por otro camino, para no encontrarse con la Virgen para ir a pedir auxilio espiritual para su tío Juan Bernardino, que se encontraba en trance de muerte.
La Virgen lo eligió por su humildad, porque Juan Diego, luego de ser rechazado por primera vez por el obispo Juan de Zumárraga, le pidió humildemente a la Virgen que eligiera a otra persona con más capacidad que él, que se consideraba un “pobre hombrecito”.
La Virgen lo eligió por la inocencia de su corazón, porque a pesar de ser ya un hombre de adulto, vivía su fe con la pureza de un niño y esa fue la razón por la cual la Virgen pudo aparecérsele, porque la Virgen no se aparece a cualquiera, y mucho menos a los soberbios.
La Virgen lo eligió por su docilidad, porque obedeció a todo cuanto Ella le dijo que hiciera, aun cuando humanamente, para él, le era difícil y hasta imposible hacerlo o creerlo, como por ejemplo, hablar nuevamente con el obispo Zumárraga, cuando ya lo había rechazado por primera vez, o ir a la cumbre del Monte Tepeyac, a recoger rosas, cuando por la época, era imposible que hubiera rosas, o, finalmente, en la decisión tal vez más difícil para Juan Diego, en vez de ir a buscar ayuda espiritual para su tío moribundo, desviarse de su camino para ir a transmitir el mensaje de la Virgen –que pedía que se erigiese en el Monte Tepeyac un iglesia- al obispo Zumárraga.
La Virgen elige a San Juan Diego porque es pobre de espíritu y manso de corazón, dos de las Bienaventuranzas que más asemejan al alma al Sagrado Corazón de su Hijo Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 3-12).
La vida de San Juan Diego nos enseña, entonces, que lo que cuenta a los ojos de Dios –que mira a los hombres a través de los ojos de la Virgen-, no son ni los títulos académicos, ni la ciencia, ni la posición social, ni tampoco la posición de poder, incluso dentro de la Iglesia: lo que cuenta, para Dios, que lee el corazón a través de la mirada maternal de la Virgen, es si en el alma hay fe, humildad, misericordia, bondad, inocencia, docilidad, castidad, pobreza de espíritu, amor a la Santa Misa y a la Eucaristía, como lo había en el corazón de San Juan Diego.





[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20141209&id=12317&fd=0

domingo, 2 de noviembre de 2014

San Carlos Borromeo


San Carlos Borromeo se caracterizó por ser uno de los principales promotores del Concilio de Trento y por intentar llevar a la práctica las importantes reformas allí surgidas[1]. Se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli[2]. Convocó a un sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, que fueron tan acertado que el Papa escribió a San Carlos para felicitarlo[3].
En la diócesis de Milán, de la cual era su Arzobispo, se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban contaminadas por la superstición y profanadas por los abusos. La gran mayoría de los bautizados habían abandonado los sacramentos, ya sea porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y poco les importaba su correcta administración, o porque eran ignorantes o porque llevaban una vida no acorde a su dignidad sacerdotal. Además, los monasterios eran un completo desorden. En esa caótica situación, San Carlos Borromeo convocó concilios provinciales y sínodos diocesanos y aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo, las cuales fueron tan sabias y acertadas, que todavía hoy se las consideran como un modelo y se las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual y por los excesos de los reformadores protestantes[4]. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes[5].
Además, se caracterizó por su gran humildad, por su caridad, por su atención hacia los más necesitados y por vivir pobremente, a pesar de contar con grandes recursos económicos, debido a su alta condición jerárquica –era Arzobispo-; el motivo de su pobreza era que no utilizaba el dinero para sí mismo, sino para obras de caridad para los indigentes.
De toda la inmensa obra de San Carlos Borromeo, destacamos dos obras: la publicación del Catecismo y la Reforma de los libros litúrgicos, porque ambos constituyen el núcleo o el corazón, por así decirlo, de la vida espiritual del cristiano (en nuestros días, obviamente, se trata del Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por el Santo Padre Juan Pablo II, y el Misal de Pablo VI). Por el Catecismo, el cristiano conoce las Verdades de la Fe, reveladas por Jesucristo, y sin estas verdades, es imposible acceder a la salvación;  por la reforma de los libros litúrgicos, principalmente, los de la Santa Misa, el cristiano tiene acceso a la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, y por eso uno de sus nombres es el de “Santo Sacrificio del Altar”, y al tener acceso al Santo Sacrificio de la Cruz, tiene acceso a la Fuente misma de la salvación, el Sagrado Corazón de Jesús.
Hoy, como en tiempos de San Carlos Borromeo, se presentan tiempos similares, y si no más oscuros todavía, porque la religión católica, o se la conoce poco, o se la conoce mal, o si se la conoce, se la abandona masivamente, ya sea en la apostasía masiva, silenciosa, que se da de facto, en las grandes masas que domingo a domingo desertan de la Santa Misa por espectáculos deportivos o de cualquier clase, o por masas un poco más restringidas, más ideologizadas, pero que igualmente la abandonan, como las que conforman los movimientos de apostasía organizados, para los que cuentan con páginas web[6], personería legal y jurídica, etc.; además, muchos en el clero, al igual que en tiempos de San Carlos Borromeo, no conocen o conocen mal los sacramentos, y los administran peor aún. Es por estos motivos que la Santa Iglesia necesita de otros tantos San Carlos Borromeos –ya sean arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosas, laicos- que, iluminados por el Espíritu Santo, emprendan una silenciosa y fructífera tarea de catequizar y de salvar almas para el Reino de los cielos.





[1] http://www.santopedia.com/santos/san-carlos-borromeo
[2] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[3] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[4] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[5] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[6] Por ejemplo, el triste caso del sitio: http://www.apostasia.com.ar/

viernes, 3 de octubre de 2014

El significado de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

         

    Una inmensa mayoría de católicos desconoce o malinterpreta la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Muchos piensan que se trata de una devoción puramente sentimentalista, basada en afectos pasajeros, o que está reservada a señoras de edad, integrantes de cofradías propias de siglos pasados, destinadas a desaparecer, puesto que ya no tienen lugar en una época como la nuestra, caracterizada por el avance de la ciencia, de la técnica y de la tecnología. Precisamente, una devoción sensiblera, anticuada, y sentimentalista, en una época de la historia dominada por la razón tecnológica y cientificista, no tiene razón de ser, y es lógico que quede relegada a señoras mayores de edad, ancladas en el pasado y nostálgicas de un catolicismo anticuado, deudor de unas formas de las que precisamente debe desligarse, para poder sobrevivir en el mundo actual.
         Sin embargo, quienes así piensan, son quienes desconocen por completo el verdadero sentido y significado de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús, y lo hacen, porque en el fondo, desconocen al Sagrado Corazón de Jesús, es decir, desconocen por completo a Jesús, el Hombre-Dios. Si conocieran a Jesús, jamás podrían decir que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es una devoción sensiblera, sentimentalista, o pasada de moda; por otra parte, si conocieran al Sagrado Corazón de Jesús, las cofradías estarían repletas de fieles de todas las edades, desde niños que apenas están comenzando a hacer uso de la razón, pasando por jóvenes y adultos, hasta ancianos a punto de morir. Si los católicos conocieran verdaderamente la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, las iglesias rebosarían de fieles, y no se encontrarían vacías o semi-vacías, como en la actualidad.
         Pero para saber de qué se trata la devoción, es necesario recordar lo que el mismo Sagrado Corazón le dijo a Santa Margarita en su primera Aparición, el 27 de diciembre de 1673, en Paray-le-Monial, en Francia, cuando Santa Margarita tenía 26 años de edad y llevaba 14 meses de profesa. En esa primera aparición, Jesús le dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. En estas palabras, hay ya demasiados elementos para advertirnos de que no se trata de una mera devoción sensiblera: por un lado, Jesús, el Hombre-Dios, le declara todo el Amor de su Divino Corazón, tanto hacia ella, como hacia toda la humanidad, lo cual quiere decir, hacia todos y cada uno de nosotros: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres”, y le dice también que no es tanto ese amor, que no puede contenerlo y que quiere darlo a comunicar, porque se trata de un Amor divino, lo cual es, por definición, un Amor eterno, infinito, celestial, sobrenatural, incomprensible e inagotable, y la ha elegido a Santa Margarita para darse a conocer: “no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos”.
Pero el Sagrado Corazón agrega después una revelación que nos advierte que el Amor de Dios, además de comunicarnos su Amor, nos quiere salvarnos de un peligro cierto, y ese peligro, no es el peligro de la inseguridad, de la inflación, de la escasez de alimentos, sino de algo infinitamente más grave: es el peligro de la eterna condenación: “(Mi Divino Corazón) contiene las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Aquí se encuentra uno de los elementos fundamentales de la devoción al Sagrado Corazón, y que hace que esta devoción, lejos de ser una devoción sensiblera y sentimentalista, destinada a viejitas piadosas y anticuadas, esté destinada a toda la humanidad, y que sea una devoción recia y viril, y que el que no quiera ser devoto del Sagrado Corazón, o el que lo desprecie y no quiera ser abrasado por las Llamas de Amor que envuelven al Sagrado Corazón, se vea gravemente expuesto a ser envuelto, para siempre, por las llamas azulinas del Infierno.
Otro elemento de la devoción al Sagrado Corazón, es que Jesús elige a quienes son los más inútiles a los ojos del mundo, y eso es lo que le dice a Santa Margarita: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Y esto lo hace, para que no nos ensoberbezcamos y pensemos que valemos algo, puesto que, como dice Jesús, “nada” podemos, sino es por Él: “Nada podéis hacer sin Mí.” (…).
Por último, el que es devoto del Sagrado Corazón, recibe a cambio, como Santa Margarita, al mismo Sagrado Corazón de Jesús, como le pasó a Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado”. A nosotros no se nos aparece de esa manera, pero en la comunión eucarística, nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico, y a cambio, nosotros le entregamos nuestro pobre corazón, que es pequeño como un grano de arena y negro y duro como una roca.


Por último, el que quiera verdaderamente saber cómo es la verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús, debe pedir unirse a los dolores de la Pasión de Jesús, y pedirle experimentar sus penas y sus amarguras, para ser, junto con Él, y unido a la Virgen de los Dolores, corredentor de la humanidad, porque el Sagrado Corazón de Jesús busca, así como buscó en Getsemaní  a los apóstoles, que se unieran con Él en la oración del Huerto, almas que quieran unirse con Él en el sacrificio redentor de la cruz: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. Y esta unión con el Sagrado Corazón, la puede hacer cada uno, en el Santo Sacrificio del Altar, en la Santa Misa, uniéndose a Jesús, que renueva sobre el altar, su Santo Sacrificio de la cruz. En esto consiste la verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús: unirse a Él, como víctima, como hostia de inmolación, en la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, para reparar por los pecados del mundo”.

martes, 16 de septiembre de 2014

Santos Cipriano y Cornelio, mártires


Los Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, junto a la Virgen y el Niño.
Miniatura del Siglo XVII en un libro de heráldica alemán

San Cipriano, obispo de Cartago, murió decapitado el 14 de septiembre del año 258, durante la persecución del emperador Valeriano. Junto con el Papa Cornelio fueron mártires porque dieron sus vidas y derramaron su sangre, como lo dice el mismo Cipriano en una carta a Cornelio, “confesando el nombre de Cristo”[1]. En el caso de estos santos mártires, la confesión de Cristo revistió características particulares, sobre todo la de San Cipriano, según se puede deducir, al leer las Actas de su martirio. En efecto, de su lectura, se puede constatar que mientras San Cornelio se enfrentó a la herejía de los Novacianos[2], San Cipriano, por el contrario, se caracterizó por defender la Santa Misa, al negarse a quemar incienso a los ídolos.
El testimonio de ambos mártires, pero particularmente el de San Cipriano, es particularmente válido para nuestros días, en el que la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario –por eso se llama “Santo Sacrificio del Altar”- es menospreciada, infravalorada, ultrajada, despreciada, pospuesta, dejada de lado, a cambio de los ídolos del mundo moderno, por la inmensa mayoría de los católicos.
Dice así el Acta de martirio de San Cipriano:
“Juez: “El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?” Cipriano: “Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A Él rezamos cada día los cristianos”. El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?” Cipriano: “Si, lo soy”. El juez: “El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses”. Cipriano: “No lo haré nunca”. El juez: “Píenselo bien”. Cipriano: “Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar”. El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”. Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!” Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio. Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias. El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura. A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte”[3].
Como se lee en las Actas de su martirio, San Cipriano se deja decapitar antes que renunciar a la Santa Misa y antes que quemar incienso a los ídolos, es decir, antes que cometer el pecado de apostasía, todo lo contrario a lo que sucede con ingentes masas de católicos, que se inclinan ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy, ídolos presentados por los medios de comunicación masiva y que a pesar de la estridencia de sus gritos; a pesar del volumen ensordecedor de la música que embota el cerebro y los sentidos de quienes los idolatran, y a pesar de las vestimentas y espejos multicolores con los cuales se disfrazan, son ídolos mudos, sordos y ciegos, que prometen una felicidad vana y pasajera, y que esconden, detrás de una sonrisa de cartón, la amargura, la tristeza y el dolor provocados por la ausencia de Dios, porque el objetivo principal de estos ídolos neo-paganos –fútbol, música, espectáculos, deportes, política, y todo lo que el hombre moderno inventa para olvidarse de Dios-, es apartar al hombre del Domingo y de la Santa Misa.
Por este motivo, el Acta del martirio de San Cipriano, es de suma actualidad y valor para nuestros días, en el que la Santa Misa ha sido dejada de lado por estos ídolos neo-paganos, construidos por los medios masivos de comunicación. Al conmemorar a los Santos Cornelio y Cipriano, pidamos por su intercesión, la gracia de no solo rechazar a los modernos ídolos neo-paganos, sino ante todo y en primer lugar, de saber apreciar y amar, cada vez más, la Santa Misa, el Santo Sacrificio del Altar, hasta dar la vida en sacrificio por el Hombre-Dios, que en la Misa se sacrifica por nosotros, entregando su Cuerpo Sacratísimo en la Eucaristía y derramando su Sangre Preciosísima en el Cáliz, para donarnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, cada vez que lo recibimos en la sagrada comunión.



[1] Carta 60, 1-2. 5: CSEL 3,691-692. 694-695.
[2] Doctrina rigorista surgida en el seno de la Iglesia en el siglo III, según la cual se debe negar la absolución a los lapsos, ya que afirma que la Iglesia no puede perdonar a los que renegaron de la fe en la persecución. Esta doctrina rigorista fue perdiendo adeptos hasta desaparecer en el siglo VII.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm




sábado, 2 de agosto de 2014

San Alfonso María de Ligorio


         ¿En qué consiste la santidad y la perfección? Dice San Alfonso María de Ligorio que “la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y redentor”[1]. Ahora bien, una vez conocido esto, se plantea el siguiente interrogante: por un lado, tenemos al hombre, ser inteligente y libre, creado con una profunda sed de amor; por otro lado, tenemos a Dios Uno y Trino, Ser creador, que es el Amor en sí mismo, libre también Él, que desea ser amado por su creatura, pero cuyo libre albedrío respeta tanto, que no puede obligarlo a amarlo. A su vez, Dios Trino sabe que el hombre, creado a su imagen y semejanza, solo será feliz si el hombre lo ama a Él con todo su ser, con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón; pero sabe también, que no puede obligarlo a amarlo, porque el hombre lleva la impronta de su semejanza, que es el libre albedrío. ¿Cómo puede hacer Dios para que el hombre, ser libre, sea feliz, amándolo a Él? En otras palabras: ¿cómo puede Dios, Creador del hombre, hacer que su creatura más preciada, el hombre, sea feliz –felicidad que sólo logrará en el amor a Él, Dios Uno y Trino-, sin forzar su libertad, puesto que la libertad es la imagen sagrada que lleva el hombre en su ser? La Divina Sabiduría y el Divino Amor encontraron la respuesta: colmando al hombre de dones, de manera tal que, viéndose el hombre colmado de tantos dones por parte de su Creador, Dios Uno y Trino, no tuviera más opción que enamorarse de su Creador y amarlo con todo su ser, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su corazón.
Dice así San Alfonso: “Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo”[2], y luego, para explicar de qué se trata esto, pone estas palabras en boca del mismo Dios: “Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor”[3]. Más adelante, continúa San Alfonso: “Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haberle dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas creaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a Él en atención a tantos beneficios. Y no sólo quiso darnos aquellas creaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos su Hijo único (…) Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado. Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo[4]”.
Según San Alfonso, entonces, Dios Padre nos colmó no sólo de toda clase de bienes y dones naturales, sino sobre todo, de bienes sobrenaturales –la gracia, la caridad- y, en el exceso de su amor, nos dio a su Hijo único, para que nos viéramos obligados a amarlo.
Y ese Hijo único de Dios, Jesucristo -en cuyo amor está la máxima felicidad del hombre-, se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y con su Amor -que es el Amor que une al Padre y al Hijo en la eternidad, el Espíritu Santo-, en la Eucaristía, porque el Hijo de Dios renueva su sacrificio en la cruz, cada vez, de modo incruento, en la Santa Misa, y es por eso que la Eucaristía y la Santa Misa son las dos obras del Amor Trinitario que nos obligan a amar a Dios Uno y Trino con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser, con toda la potencia de que sean capaces nuestros corazones, porque no hay obra de amor más grande que “dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13), y Jesús, en la Santa Misa, da la vida por nosotros, derramando su Sangre en el cáliz y entregando su Cuerpo en la Eucaristía.
Pero además de la Misa y de la Eucaristía, Jesús -cuyo amor hace máximamente feliz al hombre-, también se encuentra Presente, misteriosamente, en el prójimo más necesitado, de ahí la necesidad imperiosa de hacer obras de misericordia, si queremos alcanzar el cielo: “…tuve hambre, tuve sed…, estuve preso…, estuve enfermo….” (cfr. Mt 25, 35-46).
En síntesis, según San Alfonso María de Ligorio, Dios nos creó libre para amarlo, y en el amor suyo está nuestra máxima felicidad, pero como no podía forzar nuestra libertad, se vio en la “necesidad” –por así decirlo- de colmarnos de dones –naturales y sobrenaturales-, para que nos viéramos “obligados” a amarlo. Y para asegurarse de que no tuviéramos ninguna excusa para no amarlo, nos envió a su Hijo único, Jesucristo, para que no sólo muriera en cruz para nuestra salvación, sino para que perpetuara el don de sí mismo en la cruz en la Santa Misa –llamada por esto ‘renovación incruenta del santo sacrificio de la cruz’- y para que permaneciera con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) y el modo de cumplir esta hermosa y consoladora promesa, es el don admirable de la Eucaristía, don por el cual permanece y permanecerá con nosotros, en todos los sagrarios del mundo, hasta el fin del mundo. Y por último, también está Jesús misteriosamente presente en nuestros hermanos más necesitados, para que podamos demostrar, con obras, nuestro amor hacia Dios, socorriendo al prójimo, imagen viviente de Dios, porque el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26).
De esta manera, así, al colmarnos de tantos dones, Dios Uno y Trino conseguía su objetivo: por un lado, respetaba nuestro libre albedrío, y por otro, se aseguraba que fuéramos máximamente felices, al amar a Jesús, única fuente de felicidad y de amor, en la Eucaristía, en la Santa Misa y en el prójimo más necesitado.



[1] Cfr. Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma 1909, 9-14.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

domingo, 20 de julio de 2014

San Lorenzo de Brindis y la fuente de su fuerza espiritual


Vida y obra de San Lorenzo de Brindis
César de Rossi nació en Brindis, ciudad del reino de Nápoles, en el año 1559; a los seis años se destacaba por una memoria prodigiosa, que le permitía memorizar páginas enteras, que recitaba en público. A los dieciséis años, pidió ingresar en la Orden de Capuchinos, donde debido a su gran capacidad intelectual y a su profunda vida espiritual, enseñó teología a sus hermanos de religión y ocupó varios cargos de responsabilidad, siendo posteriormente delegado del Papa en muchos asuntos importantes, pero manteniendo sin embargo en todo momento una profunda humildad. Con el hábito religioso, César de Rossi recibió el nombre de Lorenzo. Predicó con asiduidad y eficacia en varios países de Europa y también escribió muchas obras de carácter doctrinal. Murió en Lisboa el año 1619.
         Mensaje de santidad
Una anécdota ocurrida al inicio de su profesión religiosa, da cuenta de dónde obtenía San Lorenzo su fuente de su energía vital, la luz de su gran inteligencia, y la profundidad de su vida espiritual.  Cuando San Lorenzo, a los dieciséis años de edad pidió ser admitido en la orden religiosa, el superior le advirtió que la vida religiosa no iba a ser fácil, sino que, por el contrario, iba a ser muy difícil, porque se trataba de una vida muy diferente a la vida del mundo, en la que todo es comodidad y deleite; la vida del claustro, por el contrario, es todo austeridad y sobriedad. Entonces San Lorenzo le preguntó al superior: “Padre, ¿en mi celda habrá un crucifijo?” “Sí, lo habrá”, respondió el superior.  Entonces San Lorenzo le contestó: “Entonces eso me basta.  Al mirar a Cristo Crucificado tendré fuerzas para sufrir por amor a Él, cualquier padecimiento”. La meditación favorita de San Lorenzo era la Pasión y Muerte de Jesucristo, y esta es la razón por la cual el santo encontraba, en el crucifijo, la fuente de la fortaleza para la vida religiosa.

Esto es acorde a lo que dice Santo Tomás, cuando da la clave para la felicidad: dice Santo Tomás de Aquino, que si alguien quiere ser feliz, tanto en esta vida, como en la otra, no tiene más que hacer, que “desear lo que Cristo deseó en la cruz, y despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz”, y eso es lo que San Lorenzo hizo durante toda su vida, y fue lo que le dio luz a su intelecto, profundidad en su vida espiritual y fortaleza en las tribulaciones. Puesto que la Iglesia nos da a este gran santo para que lo contemplemos y lo imitemos, también nosotros debemos imitar a San Lorenzo de Brindis, y decir como él, frente a las tribulaciones de la vida: “¿Hay un crucifijo?¿Tengo la Misa, en donde está Cristo en Persona, renovando para mí su sacrificio en la cruz? ¿Hay una Eucaristía, en donde está Cristo en Persona? Entonces, eso me basta. Contemplar a Cristo en la cruz, contemplarlo en la Santa Misa, invisible, renovando para mí su sacrificio incruento, y donándose todo entero, con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad, y con su Sagrado Corazón Eucarístico, que contiene todo el Amor de Dios, en cada Eucaristía, es lo que me basta para superar, con creces, cualquier tribulación que se me pueda presentar en esta vida terrena, en este valle de lágrimas, hasta que llegue el día feliz del encuentro con Él, cara a cara, en la feliz eternidad”. 

miércoles, 2 de julio de 2014

Fiesta de Santo Tomás Apóstol


         “Bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn 20, 24-29). Cuando Jesús resucitado se aparece a sus discípulos, Tomás Apóstol no está con ellos, y cuando ellos le relatan la experiencia de haber visto a Jesús resucitado, no les cree: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Tomás se niega a creer sobre la base de la fe de los demás; él necesita experimentar con sus sentidos; necesita “ver para creer”; Tomás, además de ser escéptico, impone sus propias condiciones a Dios; es él quien impone sus propias condiciones a Dios, para hacer el acto de fe, y no Dios, quien da las condiciones para creer: o Dios se amolda a Tomás, o Tomás no cree. Finalmente, ocho días después, estando presente Tomás, Dios parece escuchar a Tomás y someterse a su pedido, puesto que se aparece visiblemente, permitiendo que Tomás vea la marca de los clavos en sus manos, ponga el dedo en el lugar de los clavos y toque su costado con la mano, tal como lo había pedido. Tomás lo hace, y cree, haciendo el acto de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Al aparecerse visiblemente y permitirle tocar sus heridas, Jesús le concede a Tomás su pretensión de “ver para creer”, con lo cual Tomás ve satisfecho su escepticismo, pero al mismo tiempo, Jesús le advierte que no es ese el camino de la felicidad, porque dice que los felices son los que creen sin ver, no los que creen luego de ver: “¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!”.

         La felicidad que proporciona la fe no radica, por lo tanto, en lo sensible –aunque si se da una aparición, y es del cielo, puede dar felicidad, si Dios lo permite-, sino en lo invisible, y en esto, la Santa Misa y la Eucaristía proporcionan la máxima felicidad, porque Jesús está Presente realmente, con la marca de sus clavos en las manos y con su Costado abierto, de donde mana no Sangre, sino Luz, porque está vivo y resucitado en la Eucaristía, y no necesitamos verlo sensiblemente, sino simplemente basta con tener la fe de la Iglesia para creerlo y recibirlo con el corazón lleno de fe y de amor. Sin verlo con los ojos del cuerpo, pero viéndolo con los ojos de la fe, con los ojos de la Iglesia, lo recibimos en la Eucaristía, diciendo como Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”, y así Jesús nos dice al comulgar: “¡Bienaventurado tú, porque sin ver, crees en mi Presencia Eucarística!”. Y ésta es la máxima felicidad que puede el hombre obtener en esta vida.