San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 19 de julio de 2019

San Expedito y la elección de Cristo Eucaristía



         San Expedito era un soldado romano que vivía en el paganismo, es decir, no conocía ni a Dios Trinidad ni a su Mesías, Cristo Jesús. No conocía el Credo, no conocía los Diez Mandamientos, no estaba bautizado. Además de eso, era pagano, es decir, tenía a ídolos por dioses y es así que ante los problemas, en vez de rezarle a Jesús, o a la Virgen, o a los santos, o a los ángeles, como hacen los cristianos, acudía a los brujos y le rezaba a los ídolos. Como si alguien, en nuestros días, frente a un problema, en vez de acudir a la Iglesia a rezar, fuera a un brujo para que le haga magia y le solucione sus problemas por intermedio de San La Muerte, el Gauchito Gil, la Difunta Correa.
         Pero sucedió que un día Dios Trino se apiadó de él y le envió la gracia de conocer a Jesucristo: San Expedito entonces tuvo, ante sí, el conocimiento de quién era Jesús, sabía que Jesús era Dios y Hombre; sabía que Jesús se había encarnado para subir a la Cruz y morir para salvarlo del pecado, del Demonio y de la muerte; sabía que prolongaba su Encarnación en la Eucaristía y que por eso estaba vivo y glorioso en la Eucaristía; sabía que Jesús había dejado los Mandamientos de Dios; sabía que Jesús había vencido para siempre a los ídolos paganos a los cuales él le rezaba; sabía que los brujos no tenían ningún poder sobre la cruz y que la cruz vencía a todos los brujos y a todos los demonios del infierno juntos; sabía que Jesús habría de venir un día a juzgar a vivos y muertos y que iba a dar el cielo a los que vivieran en gracia y el infierno a los que vivieran en estado de pecado mortal. En un momento dado, San Expedito sabía todo esto, pero debía elegir, porque cuando Dios da la gracia, debemos aceptar la gracia, ya que para eso nos hizo libres. Entonces, San Expedito debía elegir: o aceptaba a Cristo y su Cruz y comenzaba a vivir como cristiano, sirviendo a Cristo como a su Señor, o rechazaba a Jesús y su Cruz y continuaba viviendo como pagano, adorando a los ídolos y siendo esclavo de ellos.
         El Demonio, que se había acercado bajo la figura de un cuervo, lo tentaba diciéndole: “Cras, cras”, que significa “mañana, mañana”, es decir, lo tentaba para que dejara su conversión para mañana, que ya habría tiempo para ser cristiano, que él continuara siendo pagano. Pero eso es un error, porque no sabemos si hemos de amanecer vivos el día de mañana. Entonces San Expedito, alzando en alto la Cruz y recibiendo de la Cruz la gracia y la fuerza para elegir al Hombre-Dios Jesucristo, dijo: “Hodie!”, que quiere decir, “¡Hoy!”, es decir, “Hoy elijo a Cristo como a mi Dios y Señor; hoy comienzo a ser cristiano; hoy abrazo la Cruz; hoy comienzo a recibir a Jesús en la Eucaristía; hoy elijo a la Virgen como mi Madre; hoy dejo de lado la vida de pagano y mis antiguas creencias supersticiosas; hoy comienzo mi preparación para ir al Cielo!”. Y al mismo tiempo, con la fuerza que le daba la Cruz, aplastó la cabeza del Demonio, que se le había acercado bajo la forma de cuervo.
         Porque San Expedito no dudó ni un instante en elegir a Cristo, es que es el Santo de las causas urgentes y la primera causa urgente, para nosotros y para nuestros seres queridos, es la conversión eucarística del alma, es decir, la conversión a Cristo Eucaristía.

sábado, 21 de abril de 2018

San Jorge lucha contra el Dragón


         

        
         Vida de santidad[2].

         Nació en Palestina, la tierra de Jesús, en un lugar llamado Lydda[1]. A pesar de la popularidad de San Jorge, se conocen muy pocos datos de él, y casi todas sus noticias se basan en leyendas y tradiciones que han pasado de boca en boca a lo largo de los siglos[3]. Todos los historiadores y escritores de libros de santos, suelen coincidir en que fue un soldado romano, nacido en el siglo III en Capadocia (Turquía) y que falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Sus padres, según la tradición, eran labradores y tenían mucho dinero. Desde muy joven ingresó en el ejército romano y se caracterizó siempre por su valentía, llegando a alcanzar el grado de capitán.
         La tradición más difundida de San Jorge[4] es la del dragón, en la cual se nos presenta a nuestro santo como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho animal exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo. Con el paso del tiempo, los ganaderos se quedaron casi sin ovejas por lo que el dragón exigió que se le entregara cada día una persona viva, que sería escogida por sorteo. Un buen día, le tocó en suerte ser entregada a la hija del rey pero, cuando el monstruo estaba a punto de devorarla, San Jorge la salvó (por este motivo, San Jorge es también Patrono de los enamorados).
         Ahora bien, en esta tradición se nos presenta una dificultad y es la naturaleza del ser monstruoso a la que San Jorge se enfrentó. Algunos piensan que podría haber sido un animal de gran porte –como por ejemplo, un caimán-, pero la tradición hace difícil que sea un caimán, un lagarto gigante o algo similar, porque estos animales no hablan ni ponen las exigencias de que se les entreguen animales o personas. Lo más probable es que se haya tratado del Demonio en persona, puesto que el Demonio es descripto en la Biblia como un dragón, como por ejemplo, en el Apocalipsis. Y el Demonio sí puede hablar y comunicarse con los humanos y exigirles la entrega de sus bienes o de sus almas. Además, a San Jorge se lo representa siempre con una lanza embistiendo a un dragón y no a un caimán. Por esta razón, pensamos que lo más seguro es que se trató del Demonio en persona y que San Jorge, armado con la lanza de la Palabra de Dios y escudado con la Fe en el Hombre-Dios Jesucristo, lo enfrentó y lo venció. Se trataría de una manifestación extraordinaria del Demonio, manifestación que no es frecuente, como la palabra lo indica, pero que sí sucede.
Siendo así, San Jorge no vaciló en atacar con gran valentía y coraje al Demonio, poniéndolo en fuga y salvando así la vida de la doncella. Además de esta victoria en la lucha, obtuvo otra victoria en la predicación y fue la conversión de numerosas gentes que, escuchándolo hablar del misterio pascual de muerte y resurrección de Jesucristo, se convirtieron a la verdadera religión, la religión católica, haciéndose bautizar.
Continuó un tiempo más al servicio del ejército romano, pero luego se dio cuenta que el Verdadero Capitán era Nuestro Señor Jesucristo y que el ejército que habría de salvar al mundo era el ejército de la Virgen, por lo que repartió sus bienes entre los pobres y renunció a su carrera militar.
Fue en ese entonces que el emperador Diocleciano mandó que todos debían, obligatoriamente, que adorar ídolos o dioses falsos –sucede hoy en países comunistas como Corea del Norte y China, en donde las figuras de los líderes reemplaza al crucifijo- y prohibió adorar a Jesucristo. Pero San Jorge, al enterarse de esta orden inicua, declaró que él nunca dejaría de adorar al Hombre-Dios Jesucristo y que jamás adoraría ídolos.
Entonces el emperador declaró pena de muerte contra él, por lo que fue arrestado, encadenado y conducido a prisión, para luego ser sacado de allí y ser llevado al sitio de su muerte. Cuando pasaban por el templo de los ídolos, se detuvieron para ver si San Jorge, ante la proximidad de la muerte, se arrepentía de su decisión y se decidía a adorar a los ídolos, traicionando a Jesús. Pero entonces sucedió algo impensado y que no puede explicarse humanamente: ante la presencia de San Jorge, varias de esas estatuas de ídolos cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Con toda seguridad, era el Ángel de la Guardia de San Jorge la que arrojaba a esos ídolos al suelo, o aunque también podría haber sido Nuestro Señor Jesucristo en persona. Viendo que no podían hacerlo desistir, continuaron con la orden del emperador de ajusticiar al santo. En su muerte, hubieron varios episodios que hicieron pensar que San Jorge no solo imitaba sino que participaba de la Pasión de Jesús, porque hizo muchas cosas similares a Jesús: por ejemplo, Jesús no lloró ni se quejó en la flagelación, ofreciendo sus dolores al Padre por nuestra salvación; de la misma manera San Jorge, mientras lo azotaban, él se acordaba de los azotes que le dieron a Jesús, y no abría la boca y sufría todo por Nuestro Señor sin gritar ni llorar. Al verlo sufrir de modo tan valiente, muchos se convertían, exclamando: “Es muy valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. Antes de morir dijo, imitando nuevamente a Jesús y participando de su Pasión: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Dijo una de las palabras que dijo Jesús en la cruz, antes de morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Esto indica que el Espíritu de Cristo estaba en San Jorge. Al oír la noticia de que se acercaba la hora en que lo habrían de decapitar, se puso contento porque, al igual que Jesús en la Última Cena, sabía que “había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”, con lo cual, a pesar de morir con el cuerpo, seguiría viviendo con su alma, alabando y glorificando a Dios Trino y el Cordero.
Desde su muerte, su culto se difundió y alcanzó gran celebridad desde muy antiguos tiempos en la Iglesia. La Iglesia de Oriente lo llama “El gran mártir”, siendo proclamado como patrono por los reyes, como el rey de Inglaterra. En efecto, en tiempos de Las Cruzadas, el rey Ricardo Corazón de León se convenció en Tierra Santa de que San Jorge tenía un gran poder de intercesión en favor de los que lo invocaban y llevó su devoción a Europa, especialmente a Inglaterra.

La Cruz de San Jorge

Un elemento especial merece una mención especial y es la denomianda “Cruz de San Jorge”. En las imágenes en las que se representa al santo, en el escudo, se representa siempre una cruz roja sobre fondo blanco. Esta cruz es la que se conoce como “Cruz de San Jorge” y figura en muchas representaciones gráficas de Jesucristo resucitado, donde sale victorioso del sepulcro. Es decir, en muchas de las representaciones de Cristo resucitado, el Señor aparece con un estandarte idéntico a la Cruz de San Jorge. La cruz, vista con ojos humanos y sin fe, es símbolo de derrota y de muerte, pero a partir de la muerte de Cristo en ella, se convierte en signo de victoria sobre el pecado, el Demonio y la Muerte, además de ser signo de Vida eterna. Eso es lo que significa la Cruz de San Jorge, porque no es otra cruz que la cruz de Cristo. Un aspecto curioso es que la Cruz de San Jorge es muy popular también en Cataluña, en donde se la llama: “La Creu de Sant Jordi”. Muchos escudos de entidades y ciudades lo llevan[5].

         Mensaje de santidad.

         Lo importante en San Jorge es, además de su fidelidad a Jesucristo hasta su muerte –eso es lo que caracteriza a todo santo- es que en él y en la historia de su vida, podemos ver una figuración de realidades sobrenaturales que nos atañen a todos nosotros.
         Así, por ejemplo, San Jorge sería el de un santo que actúa en nombre y con el poder participado de Jesucristo y así vence al Demonio; la lanza es la Palabra de Dios, que no es solo la Biblia, porque la Biblia es la Palabra de Dios escrita, sino también la Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada en apariencia de pan; el dragón o animal feroz es el Demonio; la doncella es el alma en gracia que, bajo los embates del Demonio, está en peligro de sucumbir bajo la tentación y caer en pecado mortal. El Dragón vencido es el Demonio vencido por Jesús en la cruz; la doncella rescatada, es el alma que, con la ayuda de la gracia de Jesucristo, no sucumbe al pecado mortal y continúa viviendo en gracia. 
         ¿Y la Cruz de San Jorge? La Cruz de San Jorge, que es la Cruz de Cristo, no puede estar solo en un escudo; debe estar plantada en el centro de nuestros corazones, para que de la Cruz, bajando la roja Sangre de Jesús, nos purifique y santifique el corazón y así lo prepare para el Cielo. El mensaje central de San Jorge sería la lucha contra el Demonio para no caer en la tentación y el arma principal contra esta lucha es la Cruz de Cristo.       



[1] Patronazgo y protección. Es el patrón de Cataluña, junto a Nuestra Señora de Montserrat. También lo es de Aragón y de los siguientes países: Georgia, Grecia, Inglaterra, Lituania, Polonia, Portugal, Rusia y Serbia. También es el patrón de los caballeros y de los "Boy Scouts", y, en Cataluña, de los enamorados y de algunos campesinos que le imploran por sus campos de cebada. Se le invoca para bendecir una casa nueva y contra las arañas.
[4] La historia de San Jorge fue escrita en el siglo XIII por Santiago de la Vorágine en su célebre obra “La Leyenda dorada”.
[5] Entre ellos el escudo de la ciudad de Barcelona y el del Fútbol Club Barcelona (el Barça). Incluso, la Generalitat (Gobierno de Cataluña) distingue cada año a personajes populares que han hecho algo positivo para Cataluña con la distinción de la “Creu de Sant Jordi” (Cruz de San Jorge).

miércoles, 19 de abril de 2017

San Expedito elige a Jesús crucificado y Jesús lo lleva al cielo


         En la vida de San Expedito hay un hecho central, que es lo que cambiará su vida para siempre, y es el momento en que debe elegir, entre aceptar la gracia de seguir a Jesucristo hasta el fin, o rechazarlo y elegir en cambio al Demonio. Como todos sabemos, San Expedito era un soldado pagano, lo cual quiere decir que no conocía a Jesús, el Dios verdadero, y en cambio, adoraba ídolos. Los ídolos no son inocentes, sino demonios, ángeles caídos, espíritus malignos que, escondiéndose detrás de una figura, buscan perder al alma para siempre. Que los ídolos sean demonios, lo dice la Escritura: “Los ídolos de los gentiles son demonios” (1 Cor 10, 20). Antes de conocer a Jesucristo, San Expedito –al menos inconscientemente, pero lo estaba- estaba bajo el poder y la influencia del demonio, lo cual es igual a decir “tinieblas espirituales”, que son el pecado, el error, la ignorancia. Para darnos una idea, San Expedito vivía en una noche permanente, muy oscura, sin luz de luna ni luz artificial. Pero un día recibe una gracia, que es una luz que, viniendo de lo alto, le ilumina su inteligencia y también su corazón, y le da a conocer a Jesús, como así también la posibilidad de amarlo. Esta gracia enviada por Dios era la gracia de la conversión, pero como somos seres libres y no cosas, Dios necesita de nuestra libre elección, y es así como San Expedito debía elegir: o Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, con la consiguiente vida nueva de la gracia, o seguir con los ídolos de los demonios, viviendo esclavizado bajo el pecado. Como Jesús es llamado “Sol de justicia” y el Demonio es el “Príncipe de las tinieblas”, es como si nosotros dijéramos que San Expedito debía elegir para él, o vivir en un espléndido día de sol, o vivir en una noche oscura, muy oscura, en un bosque, solo y rodeado de lobos. Sabemos que San Expedito, sin dudarlo un instante, eligió a Jesús crucificado, y esa es la razón por la cual se lo llama “el Patrono de las causas urgentes”, porque la primera causa urgente que le tenemos que pedir, es la de la propia conversión. Es decir, San Expedito eligió vivir libre, bajo el Sol de justicia, Jesucristo, y no en las tinieblas, esclavo del pecado y del Demonio.
         Ahora bien, también a nosotros se nos presenta esta misma disyuntiva, o Jesús crucificado o el Demonio, o la vida de la gracia, o la vida del pecado, y es en esto en lo que San Expedito es nuestro modelo: en que él responde, velozmente, eligiendo la vida de la gracia, la vida de la luz, la vida de los hijos de Dios, y no la vida de los hijos de las tinieblas. También a nosotros, como a San Expedito, se nos presenta esta libertad de elegir, y nosotros, como San Expedito, elegimos a Jesucristo, pero esta elección debe ser ratificada todos los días, todo el día: debemos elegir, o la gracia o el pecado, o Jesús o los ídolos. Todos los días debemos elegir a Jesús, meditando las palabras de la Escritura: “Considerad vosotros que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión con Cristo Jesús” (Rm 6, 8-11).

         En nuestros tiempos, los ídolos asumen muchas formas: el dinero, el poder, la fama, el deporte sin Dios, la sensualidad –Carnaval, murgas, bailes inmorales, música indecente, como la cumbia, el rock satánico, el reggaeton-, el materialismo, la satisfacción ilícita de las pasiones –alcohol, substancias tóxicas-, la avaricia, la pereza –espiritual, que nos impide cumplir nuestros deberes de amor para con Dios y corporal, que nos impide cumplir con nuestro deber de estado-, la gula, la soberbia, etc. Es por esto que, todos los días, a imitación de San Expedito, que eligió a Jesús crucificado, debemos elevar la Santa Cruz de Jesús y decir: “Hoy, aquí y ahora, te elijo a Ti, Jesús, Cordero de Dios, como mi Dios, mi Rey, mi Dueño y mi Señor”. Y así Jesús, al igual que a San Expedito, nos llevará junto con Él, al Reino de los cielos.


         

jueves, 21 de julio de 2016

San Roque





Luego de repartir su fortuna entre los pobres debido a que, recibida la gracia de la conversión, se decidió a imitar a Nuestro Señor Jesucristo en la pobreza de la Cruz, San Roque se encaminó hacia Roma como peregrino, para rezar delante de la tumba de San Pedro y de los santos y mártires de la Iglesia. Ya en Roma, y al estallar la peste tifoidea, se dedicó a atender a los más abandonados, obteniendo para muchos la curación milagrosa con solo hacer la señal de la cruz sobre sus frentes. Se contagió el tifus y se retiró a un bosque para no molestar a nadie, pero sucedió que un perro de la ciudad empezó a tomar cada día un pan de la mesa de su amo e irse al bosque a llevárselo a Roque y esa es la razón por la que se retrata a un perro a su lado, con un pan en la boca. Dice Santo Tomás que los seres irracionales son gobernados por los ángeles, por lo que es de suponer que fue el ángel custodio de San Roque quien guiaba al can para que le llevara el alimento, lo cual le permitió subsistir y además, ser encontrado por el dueño del animal, con lo que pudo ser auxiliado, salvando su vida. Tiempo más tarde, fue conducido a prisión porque al regresar a su ciudad natal fue confundido con un espía, quedando detenido en la cárcel durante cinco años. Antes de morir se le apareció Nuestro Señor, quien le dijo: “Ha llegado tu hora, y quiero llevarte a mi gloria. Si tienes alguna gracia que pedirme, hazlo ahora mismo”. El santo le pidió el perdón de sus culpas y que fuesen preservados o librados de la peste aquellos que acudiesen a su intercesión. Al recordar a San Roque, le pidamos que nos libre de la peste, pero antes que de la peste que es producida por bacterias o virus y provoca la muerte del cuerpo, le pidamos que interceda para que nos veamos libres de la peste más peligrosa de todas, al lado de la cual, la peste corpórea es igual a nada, y es la peste del pecado, y le pidamos también que interceda para que seamos caritativos con el prójimo, como lo fue él, a imitación de Nuestro Señor Jesucristo, para ir, como él, al Reino de los cielos. 
(Su día es el 16 de Agosto)

lunes, 25 de enero de 2016

La conversión de San Pablo


         Con su conversión, San Pablo testimonia el cambio radical que ocurre en una persona cuando se produce el encuentro personal con Jesús. En el camino a Damasco, mientras se encontraba en su tarea de perseguir cristianos para encarcelarlos y, eventualmente, darles muerte -como en el caso del diácono San Esteban-, Jesucristo se manifiesta a San Pablo, entonces todavía Saulo. ¿Cómo se produce la conversión? Jesús lo ilumina interiormente con su propia luz, con lo cual Saulo es capaz de ver no  sólo a la Fuente de Luz divina, que es Jesucristo –“Dios de Dios, Luz de Luz”-, sino que puede ver, en su alma, aquello que estaba oculto por su propia oscuridad: así como se pueden percibir los objetos en una habitación totalmente a oscuras cuando se enciende una candela o cuando se abre una ventana para que entre el sol, así San Pablo, al ser iluminado por la luz de la gloria de Jesús, se vuelve capaz de ver la tenebrosa condición de su alma, que hasta ese momento se encontraba inmersa en las tinieblas del pecado, sin otra luz que la débil luz de su razón humana. Una de las manifestaciones de la oscuridad en la que vivía San Pablo, antes de la conversión, es el odio hacia los cristianos y el convencimiento de que la persecución, el hostigamiento y hasta la muerte de quienes no profesen la religión que él profesa, están justificados por la Ley de Dios.
         Jesús ilumina sus tinieblas interiores, y así San Pablo se vuelve capaz de ver la miseria de su alma con todos los pecados cometidos hasta ese entonces; sin embargo, la iluminación que concede Jesús no se limita a simplemente hacer ver la tenebrosa realidad del pecado: cuando Jesús ilumina a un alma con su luz -es decir, con Él, que es “la luz del mundo” (Jn 8, 12)-, concede al mismo tiempo una nueva vida, porque la luz que emite el Ser divino trinitario de Jesús, es una luz viva, que hace vivir al alma que ilumina con la vida nueva de la gracia y es en esto en lo que consiste la conversión. En otras palabras, al ser iluminado por Jesús, con una luz viva, San Pablo no solo toma conciencia de su condición de pecador y de los pecados cometidos hasta ese entonces –incluida la participación en el asesinato por lapidación de San Esteban-, sino que, a partir de entonces, comienza a vivir una nueva vida, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios. Deja de vivir con una ley muerta, la ley del Antiguo Testamento, para vivir con la Ley Nueva, la ley de la gracia, de la fe y del amor sobrenatural a Dios y al prójimo. En consecuencia, San Pablo pasa, de perseguidor de cristianos, a dar la vida por Jesús y sus hermanos; de no ver en absoluto sus propios pecados –aún más, de considerarlos como virtud de religión-, a detestar el pecado y a vivir en gracia.

En el camino a Damasco, a San Pablo se le concede el don más grandioso que una persona puede recibir en esta vida y es el encuentro personal con Jesús, el cual adviene de modo extraordinario para San Pablo, en tanto que, para el común de los bautizados, el encuentro con Jesús se produce por la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la adoración eucarística, la ascesis cristiana y las obras de misericordia -todo esto constituye, para nosotros, cristianos comunes, nuestro "camino a Damasco", es decir, nuestro camino hacia el encuentro personal con Jesús-. Quien no se encuentra personalmente con Jesús, no puede decir que está “convertido”.

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Sagrado Corazón y la causa de su dolor


Jesús ya había llamado interiormente a Santa Margarita a la vida religiosa, pero la santa no se decidía aún y, por el contrario, comenzó a mirar al mundo y a sentirse atraída por sus placeres y vanidades; comenzó a arreglarse para ser del agrado de los que la buscaban, además de buscar la diversión mundana todo lo que podía. Pero durante todo el tiempo en que estaba en estos juegos y pasatiempos, continuamente el Señor no dejaba de llamarla a su Corazón. En un momento determinado, Jesús se le apareció todo desfigurado, tal como estaba en Su flagelación y le dijo: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”[1]. Santa Margarita comprendió que era su vanidad y su falta de amor a Jesús la que lo había reducido a ese estado. 
Este episodio de la vida de Santa Margarita, en el que Jesús la llama a la vida religiosa pero Santa Margarita, en vez de responder a su llamado, se vuelca al mundo, es decir, a lo opuesto a la vocación a la que Jesús la llamaba, se puede aplicar a todo bautizado, puesto que Jesús nos llama a todos, aunque si bien no a todos a la vida religiosa, como a Santa Margarita, sí nos llama, en cambio, a la vida de santidad y de esa vida de santidad –que implica, en primer lugar, el rechazo al pecado, es decir, a la malicia del corazón- ninguno –seamos laicos o religiosos- nos podemos excusar. Y cuando no respondemos al llamado de santidad que Jesús nos hace, que significa además de detestar el pecado, vivir en gracia y estar dispuesto a dar la vida antes que perderla, no hace falta que Jesús se nos aparezca como a Santa Margarita, todo desfigurado a causa de los golpes, la flagelación, la coronación de espinas: cada vez que rechazamos la santidad que nos da la vida de la gracia, golpeamos a Jesús, lo flagelamos, lo coronamos de espinas, lo crucificamos. No hace falta que Jesús se nos aparezca sensiblemente, como a Santa Margarita, todo golpeado y flagelado, para que sepamos que esos golpes, esos hematomas, esas heridas abiertas y sangrantes, y esas lágrimas que corren de los ojos de Jesús, son provocadas por los pecados que tanto placer de concupiscencia nos producen.
Ésta es la enseñanza del Sagrado Corazón: si el pecado produce placer de concupiscencia en el hombre, en Él se traduce en golpes, en hematomas, en heridas, en crucifixión. También a nosotros nos dice Jesús, desde la Eucaristía: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”. Como dice Santa Teres de Ávila en su soneto, si no nos mueva a pecar ni el temor del infierno, ni el deseo del cielo, al menos que nos mueva a no pecar el amor y la compasión a Jesús, por nosotros flagelado, coronado de espinas y crucificado.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

miércoles, 27 de agosto de 2014

San Agustín y la Ciudad de Dios


San Agustín escribió una obra llamada “La Ciudad de Dios”, en la que describe la lucha entre las fuerzas del Bien, que provienen de Dios y que buscan construir una civilización cristiana -basada en los principios de Jesucristo- y las fuerzas del mal, encarnadas en la Ciudad pagana, construida sobre la base de las fuerzas decadentes del hombre caído en el pecado.
En esta obra, la “Ciudad de Dios” es la Iglesia Católica, en la cual y por la cual -según San Agustín en la obra citada- los planes de Dios se verán realizados en la medida en que las fuerzas del bien derroten a quienes se oponen a la Voluntad de Dios: “Por tanto dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego. Una se vanagloria en sí mismo, la otra se gloría en el Señor. Una busca la gloria del hombre, la otra encuentra su mayor gloria en el testimonio de Dios”[1].
         Se confronta la Ciudad Celestial a la Ciudad Pagana; la ciudad celestial o Ciudad de Dios es la Iglesia Católica y representa al catolicismo con todo el depósito de la Verdad Revelada por Jesucristo y custodiado y explicitado por el Magisterio católico; la Ciudad Pagana representa, por el contrario, la decadencia y el pecado, es decir, el error, la falsedad, la mentira. De la confrontación entre la Verdad Absoluta revelada por Jesucristo, a través de la Ciudad de Dios, con la mentira, el vicio, el culto a los falsos dioses y el amor por los bienes terrenales, todo propagado por la Ciudad Pagana, no hay duda alguna del triunfo total y absoluto de la Ciudad de Dios, aunque de momento, mientras exista el tiempo y perdure la historia humana, ambas ciudades se vean mezcladas; el triunfo de la Ciudad de Dios, conseguido ya por Cristo en la cruz de modo definitivo, será visible y para siempre, sin embargo, solo en el Juicio Final, cuando ambas ciudades sean separadas y cada una siga el destino propio: la Ciudad de Dios, el Reino de los cielos, la Ciudad Pagana, el abismo en donde no hay redención. Dice así San Agustín: “La gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa”.
         “Dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego”, dice San Agustín. Hoy, en nuestros días, parecen triunfar las fuerzas del mal, porque la ciudad del hombre, la ciudad del ego, parece haber triunfado sobre la Ciudad de Dios: hoy, la Nueva Era o Conspiración de Acuario, con sus criterios neo-paganos, que son los mandamientos de Satanás –“haz lo que quieras”, “cree en lo que quieras y como quieras”-, parece prevalecer y dominar, sobre los Mandamientos de Dios, dados por la Iglesia. Pero, como dice San Agustín, la Ciudad de Dios, es decir, la Iglesia, triunfará al final, porque así lo promete Jesús en el Evangelio: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 18), y también la Virgen lo anunció en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Las fuerzas del mal, las fuerzas de la ciudad del hombre, construida con la ayuda de las tinieblas del Abismo, no prevalecerán contra la Ciudad de Dios, la Iglesia Católica, que resplandecerá con la luz de Cristo y brillará triunfante, iluminada por la luz del Cordero, la Lámpara de la Jerusalén celestial (Ap 21, 22), la misma luz que ilumina a la Iglesia desde la Eucaristía, por los siglos sin fin.




[1] Ciudad de Dios, Libro 14.

jueves, 6 de febrero de 2014

Las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús


         Cuando Jesús murió en la cruz, estaba coronado de espinas. Al resucitar, esa corona había desaparecido. Sólo quedaba, como recuerdo de su Pasión, las llagas de sus manos y de sus pies y la llaga abierta de su costado, de las cuales ya no manaba Sangre, sino Luz gloriosa.
         Sin embargo, cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, al mostrarle su Corazón, este se encontraba, además de abierto por la lanza y envuelto en las llamas del Espíritu Santo y con la Cruz en su base, rodeado de una corona de espinas, con lo cual, la corona de espinas con la cual Él murió en la cruz, nunca le fue quitada con la Resurrección, sino que le fue quitada de la Cabeza y de la Cabeza le fue trasladada al Corazón.
         ¿Por qué? ¿Cuál es el significado?
         El significado es que, si bien Jesús murió y resucitó y ascendió a los cielos y está glorioso y resucitado en los cielos y en la Eucaristía y ya no muere más y ya no sufre más, es verdad también que la Pasión de Cristo continúa, misteriosamente, en su Cuerpo Místico y continuará hasta el fin de los tiempos. La corona de espinas en la cabeza -que es la materialización de nuestros pecados, desde el pecado más insignificante, hasta el pecado mortal más abominable-, que estaba en la cabeza de Jesús crucificado aparece luego rodeando al Sagrado Corazón para representar precisamente este hecho: que así como los hombres continuarán pecando hasta el fin de los tiempos, así también la Pasión redentora de Jesús continuará hasta el fin de los tiempos. Hasta el Último Día, el Sagrado Corazón de Jesús continuará latiendo y redimiendo con sus latidos de Amor el pecado y la malicia de los hombres, representado y materializado en la corona de espinas que lo rodea y lo estrecha fuertemente. Es por esto que el que vive en gracia, alivia y repara los terribles dolores del Sagrado Corazón; el que vive en pecado, provoca lacerantes y desgarradoras heridas al Corazón de Jesús.

martes, 28 de enero de 2014

Santo Tomás y el remedio para todos los males


         Nadie puede negar que nuestra época se caracteriza por muchos males, y que a pesar del innegable progreso científico y tecnológico registrado en los últimos cincuenta años, este progreso, a pesar de ser el más grande y prodigioso que haya experimentado la humanidad en toda su historia, no solo ha sido incapaz de solucionar los males que la aquejan desde que habita en la tierra sino que, paradójicamente, parece ser la causa de la profundización de esos mismos males y, por lo tanto, de su infelicidad.
Santo Tomás, a siglos de distancia, nos proporciona una “fórmula”, ciento por ciento eficaz, con la cual saciar con creces la sed de felicidad, de paz, de amor, que anida en todo corazón humano, sed que jamás podrá ser saciada con nada de este mundo. Esa “fórmula” no es otra cosa que Cristo crucificado: “todo aquel que quiera llevar una vida perfecta –es decir, plena de amor, de paz, de dicha, de felicidad, de alegría- no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz” (De las Conferencias de Santo Tomás de Aquino, sobre el Credo).

Esta “fórmula” es eficaz en el sentido de proporcionar paz, felicidad, alegría y amor al alma, porque al “despreciar todo lo que Cristo desprecia en la cruz”, como dice Santo Tomás, se desprecia todo lo que causa infelicidad, pero que debido a la concupiscencia, aparenta falsamente ser causa de felicidad, es decir, el pecado; al mismo tiempo, al “apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz”, se apetece aquello que es causa directa de felicidad plena y perfecta, pero que debido a nuestra dificultad para conocer la Verdad y obrar el Bien nos parece algo arduo y difícil y hasta contrario a la felicidad, y es la gracia. Por esta doble vía, el desprecio del pecado y el aprecio y estima de la vida de la gracia, se da remedio a todos los males de esta vida y se permite el acceso a todos los bienes, como anticipo del bien absoluto de la vida eterna.

jueves, 2 de enero de 2014

Oración al Sagrado Corazón de Jesús




Si la santidad de los miembros de la Iglesia no solo no aumenta, sino que muchas veces se encuentra ausente en una inmensa cantidad de bautizados -incluidos muchos sacerdotes-, es sencillamente porque no se recurre ni se hace uso de los abundantísimos tesoros que la Iglesia pone a nuestra disposición, el más grande de todos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si los cristianos acudiéramos al sagrario, en donde late de Amor el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y a Él le pidiéramos las gracias que necesitamos para nuestra santificación y la de nuestros seres queridos, la santidad aumentaría abismalmente y esta vida se convertiría en un anticipo del Paraíso. Pero además de rezar ante el sagrario, el alma tiene a su disposición algo que no tienen los ángeles, y es el poder comulgar y ser alimentado con el mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y esto es tan real, que por la comunión eucarística, el alma se convierte en un sagrario viviente de Jesús, que deja de estar en el sagrario para estar en el sagrario viviente que es el corazón de quien comulga con fe y con amor.
El bautizado no solo tiene la oportunidad –que la querrían tener cientos de miles de hombres de buena voluntad que no conocen el mensaje de Cristo- de adorar a su Dios, que se hace Presente en Persona en la Eucaristía, sino que tiene el don inmerecido de ser alimentado con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y su Amor, que late en el Sagrado Corazón y lo envuelve en ardientes llamas de Amor Divino que Jesús desea comunicar sin medida a quien lo recibe en la comunión sacramental.
Por esto, el cristiano debería vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debería hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debería comulgar con el todo el ardor del amor, con toda a fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
El momento de la comunión eucarística es un momento de insuperable privilegio para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte” (cfr. Cant 8, 6), nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El dolor y las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


          Muchos en la Iglesia menosprecian la devoción al Sagrado Corazón, reduciéndolo a un mero afecto; otros tantos -incluso creyentes- reducen la devoción a una banal muestra de sensiblería piadosa. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón constituye la muestra más grande del Amor divino, que se ha encarnado y materializado en Cristo Jesús. Precisamente el Amor divino, que es eterno e infinito y es inaccesible a los sentidos humanos, se encarna, se materializa y se hace visible en el Corazón de Jesús, de manera tal que los hombres, a partir de esta devoción, no puedan decir que "no saben" dónde está el Amor de Dios, porque este tiene su sede en el Corazón de Jesús y desde allí se irradia a los hombres que a Él se le acercan.
          Puede decirse entonces que el Amor divino está todo concentrado, con la infinita plenitud de su perfección eterna, en el Corazón de Jesús, y esto no quiere decir que no se encuentren manifestaciones del Amor divino en todos lados y en cualquier momento, sino que el Amor de Dios está Presente en Acto de Ser perfectísimo en el Sagrado Corazón, lo cual significa que quien se acerca a Él, recibe de Él la plenitud de su Amor, mientras que quien se aleja de Él, se aleja del Amor de Dios.
          El Amor de Dios por el hombre no se reduce a una mera declaración, ni tampoco se encuentra perdido en los cielos empíreos, en donde es inaccesible para el hombre: para que el hombre pueda acceder a Él, y para que de declaración pase a ser una misteriosa realidad que lo envuelve desde la raíz de su ser, el Amor de Dios se manifiesta al hombre de modo visible, sensible, tangible, en el Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón palpitante de Jesús, que late con la fuerza infinita del Amor de Dios y cuyo ritmo de latidos está dictado por el Espíritu Santo, que es su fuerza vital, es la muestra más asombrosa, por parte de Dios, de que su Amor por el hombre -por cada hombre, por todo hombre- no tiene medida, porque es infinito, y no tiene tiempo, porque es eterno. Contemplar el Sagrado Corazón es contemplar entonces al Amor de Dios que no encuentra otra forma más elocuente de declarar su amor por los hombres.
          Pero, si esto es así de parte de Dios, ¿cuál es la respuesta del hombre frente a este Amor divino? Nos lo dice Santa Margarita en la Segunda Revelación, en el año 1674: "Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados". Esto quiere decir que si contenido del Corazón de Dios, el Amor divino, se materializa en el Sagrado Corazón de Jesús, el contenido del corazón del hombre, la maldad del pecado, se materializa en las espinas que lo rodean y lo estrechan fuertemente. Las espinas que punzan al Sagrado Corazón en cada latido, son la expresión material y dolorosa del contenido del corazón humano, que responde con malicia a la Bondad y Santidad de Dios. A cada latido del Corazón de Jesús, que se expande con la potencia infinita del Amor divino, le corresponde la dolorosa potencia del pecado del hombre, que no tiene otro modo de tratar a Dios que no sea con la malicia. Para que nos demos una idea de cuánto ofende a la santidad divina nuestra malicia, baste saber que un solo gesto de impaciencia, o un prejuicio formado en el pensamiento y asentido en el corazón atribuyendo malicia a nuestro prójimo, se materializan en las gruesas espinas que forman la corona que rodea al Corazón de Jesús. Y si esto sucede con los pecados más pequeños, ni siquiera podemos imaginar el dolor que causan a Jesús los pecados más horrendos y graves, los ultrajes más horrorosos, las injurias, ingratitudes y blasfemias más inconcebibles...



          ¿Qué hacer entonces? Con mucho cuidado, cortar una de las espinas, aunque sean las más pequeñas, de las que rodean al Sagrado Corazón, y con ella punzar el nuestro y de nuestros seres queridos, para que de ellos salga, como si de un absceso se tratara, todo aquello que no pertenece al Amor de Dios. De esta manera aliviaremos, al menos ínfimamente, el inmenso dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

martes, 27 de agosto de 2013

San Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios contra la Ciudad Pagana


          Ya en su vejez, y por el espacio de quince años, San Agustín escribió una de sus obras más importantes, titulada "La Ciudad de Dios". El título original en latín refleja con más precisión el carácter general de la obra: "De Civitate Dei contra paganos", es decir, "La Ciudad de Dios contra los paganos". Se trata de una apología del cristianismo, en la que se confrontan dos ciudades: por un lado, la Ciudad Celestial; por otro lado, la Ciudad Pagana. Ambas ciudades tienen orígenes distintos, y por lo tanto, también su desarrollo y su final son diferentes: la Ciudad de Dios se construye sobre la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, y su gracia santificante, mientras que la Ciudad Pagana representa el falso edificio espiritual construido sobre el pecado del hombre y la falsedad del Príncipe de la mentira, Satanás. Ambas ciudades, dice San Agustín, "se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el Juicio Final".
          Si bien escribe esta obra a causa de la conmoción que le provocó la caída de Roma a manos del rey bárbaro Alarico I, con lo cual la entera civilización cristiana se encontraba en un grave peligro, desde el momento en que se veía amenazada no solo la capital del Imperio Romano, sino ante todo el Papa, Vicario de Cristo, el fin de la obra no es tanto político como espiritual. En otras palabras, para San Agustín, las Ciudades -tanto la de Dios como la Pagana-, están formadas por personas, porque es en las personas en donde reside la gracia santificante, y es en las personas en donde la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, se encarna, al ser aceptada en su plenitud. Cuando esto sucede, la Ciudad de Dios se alza en la persona, y esta resplandece con la Verdad y la gracia de Cristo. Por el contrario, cuando esto no sucede, es decir, cuando la Verdad de Cristo y su gracia son rechazadas por la persona humana, entonces se levanta en el alma la Ciudad Pagana, la ciudad construida sobre "arena y no sobre la roca" (cfr. Mt 7, 26), la Ciudad del mal, de la mentira, del engaño y de la falsedad, la Ciudad de la oscuridad, de las tinieblas, del horror y del espanto, en la que se erige como siniestro rey el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

          Podemos decir entonces que cada uno de nosotros puede elegir, libremente, cuál de las dos Ciudades construir en el alma: si la de Dios, construida sobre la Roca que es Cristo, cimentada en la aceptación de la Verdad revelada y en la gracia santificante que concede al alma la participación en la vida divina, o la del Paganismo, construida sobre el error y el pecado. Quien elija construir para sí la Ciudad Pagana, tendrá como Rey al Príncipe de las tinieblas, y en el Día del Juicio Final será precipitado en las tinieblas sin fin, en donde no hay amor ni redención. Quien elija construir para sí la Ciudad de Dios, tendrá como Rey a Jesucristo y como Reina a la Virgen María, y en el Día del Juicio Final formará parte de la Jerusalén celestial, en donde reinan, para siempre, la alegría, la paz y el amor divinos. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Santo Domingo Savio: Antes morir que pecar



         Santo Domingo Savio, alumno de Don Bosco, expresó un deseo el día de su Primera Comunión: “Morir antes que pecar”. A su corta edad, no más de diez años, el niño expresaba la característica fundamental de la santidad: estar dispuestos a morir antes que cometer un pecado. Esta determinación se basa en la profunda apreciación de la vida de la gracia: la gracia es algo tan alto y valioso, que es preferible perder la vida terrena, antes que cometer un pecado mortal, pues este hace perder la gracia y, con la gracia, la vida eterna. La firme determinación de Santo Domingo Savio no es consecuencia de su carácter natural, ni se debe a que el niño era de mente lúcida, a la vez que poseía un temperamento fuerte y decidido, puesto que la valoración de la gracia que hace se equipara a la de los grandes santos y sobre todo a la de los mártires, quienes precisamente se convirtieron en mártires, porque eligieron la muerte corporal antes que perder la vida eterna por el pecado.
         ¿De dónde podía venir este aprecio por la gracia? Sin ninguna duda, venía de la Virgen, porque Santo Domingo Savio había fundado, con escasos doce años de edad, la “Compañía de María Inmaculada”, la mayoría de cuyos integrantes estuvo presente cuando Don Bosco fundó, dos años después, la Congregación Salesiana[1]. Este hecho, la devoción a la Virgen por parte de Domingo, es lo que explica el aprecio del santo a la vida de la gracia, porque la devoción a la Virgen es una consecuencia de la libre adhesión del alma a la invitación de la Virgen a consagrarse a su Inmaculado Corazón. En otras palabras, el hecho de que Santo Domingo prefiera morir antes que pecar, demostrando una apreciación y valoración sobrenatural de la vida de la gracia, y funde la Compañía de María a los doce años, indica que su corazón pertenece a María y que se ha consagrado a Ella en cuerpo y alma, respondiendo a la invitación maternal de María, e indica además que, perteneciendo a María y siendo hijo suyo, es Ella quien le comunica la valoración y el amor por la gracia, amor y valoración que no se explican por ninguna causa humana o creatural. La Virgen le concede tan alta vivencia de la vida de la gracia, que Domingo prefiere perder la vida terrena antes que cometer un pecado mortal, porque el pecado mortal, aunque conserva la vida corpórea, hace perder la vida de la gracia y, con ella, la vida eterna.
         Como todo santo, Domingo Savio es ejemplo para el cristiano, y lo es ante todo en su devoción mariana y en la determinación suya de morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.
Ahora bien, este deseo del santo está expresado en la oración del “Pésame” que rezamos cada vez que nos confesamos, cuando decimos: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”. No se trata de una frase hecha, ni de una expresión genérica; claramente, expresamos el pesar por no “haber muerto”, es decir, por no haber perdido la vida corporal, antes que pecar, antes que “haber ofendido a un Dios tan bueno y tan grande”. La conmemoración de Santo Domingo debe llevar entonces a renovar el dolor de los pecados, la apreciación de la vida de la gracia, y aquello que decimos a Cristo, oculto en el sacerdote ministerial, en el momento de confesarnos sacramentalmente. Y para que este deseo de morir corporalmente antes que pecar no quede en una mera expresión de deseos, sino que se convierta en un programa de vida, en un camino de santidad y en una puerta abierta al cielo, como lo fue para Santo Domingo Savio, es conveniente pedir esta gracia, todos los días, a la Virgen: “María, Auxiliadora de los cristianos, concédeme la gracia de morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado”.


[1] Cfr. Butler, Vidas de los Santos, Voumen I; http://www.corazones.org/santos/domingo_savio.htm