San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 3 de mayo de 2018

San Martín de Porres y su ejemplo de santidad



         Hermano religioso, fue peluquero y enfermero antes y durante su profesión religiosa[1]. Fundó un Asilo para huérfanos e indigentes. Rezaba todos los días y por largas horas frente a un gran crucifijo y a Él le contaba todo lo que le pasaba, sus penas, sus alegrías, sus trabajos y a Él y a la Virgen le pedía por todos los que acudían a él para pedirle algún favor.
         Tenía el don de la bilocación, por lo que se lo veía fuera del convento, visitando enfermos, o en países tan lejanos como China y Japón, consolando a misioneros desanimados, todo sin salir de su convento.
         Un día sucedió que llegaron enemigos a hacerle daño, pero San Martín rogó a Dios que lo hiciera invisible, de modo que estos no lo vieron y se retiraron sin hacerle nada.
         Amaba a los animales en cuanto creaturas de Dios; les hablaba y ellos entendían. Lograba que diferentes especies animales –gatos, perros, ratones- comieran de un mismo plato, sin pelearse entre ellos. Una vez terminó con una plaga de ratones, hablándoles y diciéndoles que fueran a la huerta y no a la sacristía.
         Por su fama de santidad y por los milagros, lo consultaban desde el Virrey hasta los más indigentes y atendía a todos, sin hacer distinción por nadie. Toda la limosna que conseguía, la repartía entre los indigentes.
         Pero el ejemplo de santidad que nos deja San Martín no son sus milagros, sino su oración frente al crucifijo y a la imagen de la Virgen y su caridad para con todos sus hermanos, sobre todo, los más necesitados. Así, San Martín demostraba que vivía cabalmente el primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

jueves, 4 de agosto de 2016

San Juan María Vianney y la obligación del hombre


         En sus catequesis[1], el Santo Cura de Ars se refiere a la obligación del hombre para con Dios: “orar y amar”: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo". Esta obligación del hombre se deriva del Primer Mandamiento, “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”, y esto, dice el Cura de Ars, da la auténtica felicidad al alma, porque, por un lado, la oración es el diálogo con Dios, que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8), y por otro lado, el “combustible” de la oración –para que esta sea verdadera- es el amor, y es así como se explica la felicidad que se origina en el alma con la oración: se ora a Dios, que es Amor, movidos por el Amor, que es Dios. Es esto –el Amor de Dios que mueve al alma a elevarse a Dios, que es Amor-, lo que hace que el alma se una a Dios, puesto que se configura a Él en el Amor, y es en esto en lo que consiste la oración, según el Cura de Ars: “La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión”. La oración asimila al alma a Dios, lo “transforma”, por así decirlo, en Él, que es Puro y que es Amor: por la oración, el alma se convierte en imagen y semejanza de Dios porque Dios le comunica de su pureza y de su Amor y cuanto más puro y más amor tiene el corazón del hombre, más dulzura y amor experimenta en la unión con Dios.
Por la oración, el hombre “degusta anticipadamente el cielo”, en donde “no habrá más pena y dolor”, sino alegría y felicidad sin fin: “La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol”.
Por nosotros mismos, somos indignos de orar, dice el Cura de Ars, pero Dios nos comunica su Amor, que nos permite elevarnos a Él porque “lo dilata”, lo engrandece y le concede la capacidad de amarlo: “Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él (…) Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios”. Esto es así porque la oración convierte al corazón del hombre en una copia viviente del Corazón de Dios, el Corazón de Jesús. Cuanta más oración hecha con amor, mayor configuración y conversión del corazón del hombre en el Corazón de Jesús, hasta no ser más que una sola cosa.
Continúa luego el Santo Cura: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón”, dice el Santo Cura de Ars que nuestro tesoro no está en la tierra, sino en el cielo: “Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro”. Ahora bien, nosotros podemos agregar que si nuestro tesoro está en el cielo, entonces nuestro corazón tiene que estar a los pies del sagrario, puesto que en el sagrario está el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, un tesoro que vale más que todos los cielos eternos juntos.
         Puesto que Dios es eterno, y puesto que el alma, por la oración, se configura con Él, el hombre por la oración se vuelve semejanza de Dios y experimenta en sí aquello que no le pertenece sino solo a Dios, y es la ausencia de tiempo, la eternidad. Por la oración, el alma se sustrae del tiempo y comienza a participar del Ser de Dios, que es su misma eternidad, y así el tiempo, o desaparece, o se vuelve cada vez más rápido: “Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto”.
Cuanto más ama el alma a Dios, más se sumerge en la oración, porque el motor de la oración es el Amor a Dios y cuanto más Amor a Dios hay en un corazón, más ama esa alma a Dios y solo a Dios. Es decir, el alma que ora, ama a Dios y lo que no es Dios, lo ama en Dios y por Dios, y nada ama que no sea del agrado de Dios. Estas almas no aman al mundo, sino a Dios, y por eso no tienen el corazón dividido, y experimentan en la oración una familiaridad con Dios, similar a la familiaridad que se experimenta en el hablar entre las personas: “Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros”.
La mayoría de las veces, no tenemos en cuenta estas consideraciones acerca de la oración –su motor es el Amor de Dios, que nos eleva a Dios, que es Amor- y es así que asistimos a la Iglesia, pero “sin saber qué hacer ni qué pedir”, dice el Cura de Ars: “Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: “Sólo dos palabras, para deshacerme de ti”. Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro”. Nuestra oración con Dios, según el Cura de Ars, muchas veces, en vez de ser un diálogo de amor, de parte nuestra se convierte en un mero compromiso, del cual tengo que deshacerme lo antes posible. Si obráramos con amor, con el corazón purificado por la fe, la gracia y el amor, obtendríamos todo lo que pedimos, y si no lo obtenemos, es porque no oramos con el amor ni con la fe suficientes.
Estas consideraciones del Santo Cura de Ars acerca de la oración debemos tenerlas en cuenta al hacer oración, y sobre todo, debemos aplicarlas en la oración más grandiosa de todas, la Santa Misa. Si la oración, como dice el Cura de Ars, produce dulzura en el alma, podemos decir también que no hay dulzura más grande que orar a Dios por la oración más maravillosa de todas, la Santa Misa. ¿Por qué esta dulzura en la Santa Misa? Porque en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio del Altar, el alma se une, por la gracia, al Sagrado Corazón de Jesús, en Quien inhabita el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Jesús nos dona su Corazón, lleno del Amor de Dios, en la Cruz, y renueva este don, de manera incruenta y sacramental, en la Misa, y nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico en la comunión, para derramar su Amor, el Espíritu Santo, el Amor con el que se dirige al Padre, en nuestros corazones. Y es así como el alma, unida a Cristo por el Divino Amor recibido en la comunión eucarística, ama al Padre con el Amor con el que lo ama Jesús, y ese Amor dirigido al Padre en Jesús, es la esencia de la oración cristiana. No hay oración más plena y hermosa que la oración dirigida al Padre en la Santa Misa.





[1] Cfr. San Juan María Vianney, Catéchisme sur la priére: A. Monnin, Esprit du Curé d'Ars, París 1899, pp. 87-89.

viernes, 15 de mayo de 2015

San Isidro Labrador y su amor por la Santa Misa y la Sagrada Comunión


         San Isidro fue un agricultor de grandes contrastes: de muy escasa instrucción en ciencias humanas, era al mismo tiempo muy sabio en sabiduría divina, pues dedicaba gran parte de su tiempo a la oración; era muy pobre humanamente, ya que no poseía prácticamente ningún bien material, pero poseía, desde niño, y hasta su muerte, un gran amor a la Santa Misa y a la Santa Eucaristía, y así, siguiendo el consejo de Nuestro Señor, “atesoró tesoros en el cielo” (cfr. Mt 6, 20), pues se consiguió una mansión en el Reino de los cielos, en donde habita para siempre.     Sus padres le inculcaron, desde muy pequeño, un gran amor a la oración, a la Santa Misa y a la Eucaristía[1], y esa es la razón por la cual, ya de adulto, cuando su oficio era el de agricultor, llegaba tarde a su lugar de labranza y por eso fue denunciado, por envidia, por algunos de sus compañeros, a pesar de lo cual, su producción como labrador fue siempre el doble que la de sus compañeros, porque mientras San Isidro asistía a Misa, el que araba los bueyes, para que él asistiera a Misa, era su ángel de la guarda, y ésa es la razón por la cual se lo representa, en las imágenes y esculturas, con un ángel que está arando con los bueyes.
         ¡Cuán diferentes son los hombres de hoy, que desprecian todo lo que amaba San Isidro Labrador, la oración, la Santa Misa y la Eucaristía! Los hombres de hoy, prefieren las diversiones mundanas, la televisión, internet, el fútbol, el deporte, las carreras, la política, los paseos, cualquier cosa, antes que elevar la mente y el corazón en oración a Nuestro Señor Jesucristo, Presente en Persona en la Eucaristía; los hombres de hoy prefieren pasar horas ante un aparato que emite sonidos y que mira a través de una pantalla multicolor y que presenta la vida llena de risas, de carcajadas, de cosas para comprar, para disfrutar, de pecados para gozar y de mandamientos divinos para evitar, pero que en el fondo es un ídolo muerto, inerte, que a la hora de la muerte está ausente y que no puede evitar la eterna condenación. El hombre de hoy ama la televisión, la computadora, el estadio de fútbol, las carreras, los paseos, las diversiones y los placeres ilícitos, y evita la oración, la Santa Misa y la Eucaristía, evitándolos como si fueran la peste, y no se da cuenta que son la fuente de vida y de vida eterna. El hombre de hoy no ama la oración, no ama la Santa Misa y no ama la Eucaristía, como lo hacía San Isidro Labrador, que era un campesino analfabeto y pobre a los ojos de los hombres, pero sabio y rico para el cielo, porque San Isidro Labrador amaba la oración, la Eucaristía y la Santa Misa, porque comprendía que allí se encontraba la fuente inagotable de la Sabiduría divina y de la riqueza que da la verdadera felicidad al hombre, una felicidad que, comenzando en esta vida, se extiende a la otra vida, a la vida eterna, y no finaliza más, porque continúa para siempre, en el Reino de los cielos. Muchos, en nuestros días, tienen por cosa de poca monta aquello que hizo sabio y rico, a los ojos de Dios, a San Isidro Labrador: la oración, la Eucaristía y la Santa Misa. Que San Isidro Labrador interceda para que también nosotros seamos, como él, ignorantes en las cosas del mundo, pero sabios con la Sabiduría divina, y pobres de riquezas materiales, pero ricos por poseer tesoros en el cielo: obras buenas, oración, Eucaristías y Santas Misas asistidas con devoción y amor.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isidro_labrador5_15.htm

viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo de Guzmán y el don del Rosario dado por la Virgen


         En nuestros tiempos, caracterizados por el relativismo y el subjetivismo, es decir, por el predominio de la razón humana, que pretende tener razón –valga la redundancia- aun por encima de la Sabiduría Divina, se utilizan argumentos racionales, humanos, para todo, incluidos y en primer lugar, los principios que deben regir la vida espiritual. Por ejemplo, el rezo del Santo Rosario, uno de los principales legados de Santo Domingo de Guzmán. Muchos católicos, para no rezarlo, se excusan diciendo que es una oración “repetitiva”, “mecánica”, en la que “no sienten nada”, y que por lo tanto, como ellos se encuentran en una fase espiritual “superior”, prefieren “espiritualidades” acordes a su “avanzado estado espiritual”, y es así como –lamentablemente- abandonan, aún antes de empezar siquiera, el rezo del Rosario, y se introducen en prácticas literalmente “non sanctas”, como las espiritualidades orientales, como las promovidas por la Nueva Era (yoga, budismo, meditación zen, etc.). Son prácticas “non sanctas”, en el sentido de que no acercan a la gracia y no forman parte del tesoro de la Revelación de la Iglesia Católica, por lo que, quienes se dejan guiar por estos equívocos pensamientos y razonamientos, literalmente pierden la filiación divina por un plato de lentejas.
         Quienes así piensan, sobre todo acerca del Santo Rosario –esto es, que el Rosario es una oración mecánica, repetitiva, aburrida, etc.-, se olvidan que fue la mismísima Madre de Dios en persona, es decir, la Santísima Virgen María, quien le dio el Santo Rosario a Santo Domingo de Guzmán -fundador de la Orden Dominicana, que dio a la Iglesia numerosísimos santos, entre ellos, Santo Tomás de Aquino- en el año 1208, para que él lo transmitiera a la Iglesia[1]. En otras palabras, el Santo Rosario, tal como lo conocemos –una oración que consiste en la repetición de Padrenuestros, Avemarías y Glorias-, no es, de ninguna manera, una oración “mecánica”, “repetitiva”, “aburrida”, “insensible”, ni nada por el estilo; decir esto, es contrariar a la Sabiduría Divina, que es quien nos regaló el Rosario, como una oración pensada por el mismo cielo para nosotros, pobres pecadores que peregrinamos en la tierra hacia la Morada Santa, el seno de Dios Padre. Si nosotros menospreciamos el Rosario, dado por la Santísima Virgen en Persona, entonces estamos menospreciando a la Santísima Virgen, a Jesucristo,  a Dios Padre y a Dios Espíritu Santo, que son quienes, con infinito Amor y con infinita Sabiduría, pensaron para nosotros una oración, la más maravillosa de todas, con la cual, a la par que glorificamos a la Santísima Trinidad –el rezo del Gloria-, veneramos a la Madre de Dios –el rezo del Avemaría-, honramos al Padre –el rezo del Padrenuestro-, dedicamos un espacio de tiempo para la meditación y contemplación de los misterios de la vida de Jesucristo –el tiempo que dura la recitación de los diez Avemarías-, espacio de tiempo en el cual la gracia de Dios, obrando a través de la Virgen María, modela nuestro corazón, haciéndolo igual al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, de manera tal que, cuantos más Rosarios recemos, tanto más parecidos serán nuestros corazones, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ésta es la finalidad última del rezo del Santo Rosario, donado por la Santísima Virgen, por encargo de la Santísima Trinidad, a Santo Domingo de Guzmán –aparte de combatir las herejías de los cátaros, albigenses y valdenses, que negaban el Papado, los sacramentos y la Redención de Jesucristo-: que por el rezo del Rosario, nuestros corazones se conviertan en copias vivientes, por la gracia que actúa a través de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Pero además de todo esto, hay que recordar que fue también la Madre de Dios quien se le apareció, dos siglos después, al beato Alano de la Roche[2], para darle las Quince Promesas, para quien rezare devotamente el Santo Rosario todos los días. Estas promesas son las siguientes:
         1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
         En pocas palabras, la Virgen nos está diciendo que si rezamos el Rosario todos los días, devotamente, tenemos el cielo asegurado, no solo para nosotros, sino para todos nuestros seres queridos.
         De esto se sigue, entonces, el enorme daño espiritual que se hacen –y hacen a los demás- aquellos que se niegan a rezar el Santo Rosario, anteponiendo sus erróneos razonamientos humanos; se sigue también cuánto ofenden a la Sabiduría Divina y al Amor Divino, al menospreciar una oración tan sencilla cuan profunda, y cuánto más ofenden a la Santísima Trinidad, quienes, además de despreciar este inmenso tesoro, se internan en espiritualidades que nada tienen para ofrecer al alma, sino tinieblas y sombras, en comparación con la Luz Eterna, Jesucristo, la Lámpara de la Jerusalén celestial, que alumbra a su Iglesia Peregrina con la luz de la gracia, de la fe y de la Verdad; Luz Eterna que ilumina con su resplandor divino a todo aquel que reza el Santo Rosario.



[1] http://www.corazones.org/santos/domingo_guzman.htm
[2] http://www.corazones.org/maria/rosario_historia.htm

martes, 5 de agosto de 2014

El Santo Cura de Ars y el secreto de la felicidad


         Al igual que San Agustín, Santo Tomás, y muchos otros hombres santos a lo largo de la historia, el Santo Cura de Ars buscó y encontró el secreto de la felicidad para el hombre, para todo hombre, tanto para esta vida, como para la vida eterna.
Según el Cura de Ars, la felicidad del hombre está en el orar, porque por la oración, el hombre se une a Dios y de Dios recibe su Amor y en el Amor de Dios está toda la felicidad que el hombre puede siquiera imaginar: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.  La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión con Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera toda comprensión”[1].
Y si la felicidad del hombre está en la oración, porque la oración lo une con Dios y le comunica su Amor, entonces la fuente inagotable de la felicidad es la Santa Misa, porque allí se dona en Persona, en la Eucaristía, el Dios a quien el hombre busca por la oración como causa de su felicidad, porque en ella, por Jesús, la humanidad se une íntimamente a Dios –por su unión hipostática, personal, con el Verbo- y a su vez Dios se dona en su totalidad, con toda la plenitud de su Ser trinitario y de su Amor trinitario, a la humanidad, causándole una felicidad que supera en grado infinito a la de todos los ángeles juntos y superando en grado infinito a cualquier felicidad que pudiera obtener la naturaleza humana en sí misma, porque la felicidad que le otorga el Verbo es la felicidad misma de la Trinidad. Por esta unión hipostática, lejos de ser un ritualismo vacío y formalista, carente de sentido, o válido solo para mentes pietistas de siglos pasados, la Santa Misa es la oración en la que el hombre se une del modo más íntimo posible con Dios, porque en ella la humanidad se une, a través del Hombre-Dios Jesucristo, del modo más íntimo y sobrenatural posible, porque la humanidad está unida personalmente, hipostáticamente, a la Persona del Verbo de Dios.
Esto quiere decir que si alguien se une a Cristo, en cuerpo y en espíritu, es decir, por la fe y por la comunión eucarística –comulgando el Cuerpo de Cristo y uniéndose a Él por la fe-, es unido a Él por el Espíritu Santo a su Cuerpo y a su Alma, a su Humanidad Santísima, y como su Cuerpo y su Alma están unidos hipostáticamente –personalmente-, a la Persona del Verbo, quien se une al Cuerpo de Cristo glorificado, es decir, quien comulga en gracia la Eucaristía, se une máximamente, de la mayor manera que un hombre mortal se puede unir, a Dios, aquí en la tierra, todavía sin vivir en el cielo, obteniendo así el máximo grado de felicidad, aún sin estar en el Reino de los cielos.
Es por esto que, si el hombre buscara la felicidad en donde ésta se encuentra, es decir, en la Santa Misa, en la comunión eucarística –esto es, en la unión por la fe, con el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesucristo-, no tendría en absoluto necesidad de recurrir a los falsos dioses del mundo, tal como lamentablemente vemos que lo hace en nuestros días.
Es esto lo que el Santo Cura de Ars quiere decir cuando dice que la felicidad del hombre está en la oración.




[1] Catechisme sur la priére, A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, Paris 1899, 87-89.

martes, 22 de julio de 2014

Santa Brígida de Suecia y las promesas de Jesús y la Virgen para quienes mediten sobre la Pasión


Santa Brígida de Suecia meditaba, con mucha frecuencia, en la Pasión de Jesús y quería saber cuántos eran los latigazos que había recibido en su Pasión. Un día, estando arrodillada en oración, en la Basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, en la capilla del Santísimo Sacramento, delante del Crucifijo, Jesús le habló y le dijo lo siguiente: “Recibí en Mi Cuerpo cinco mil cuatrocientos ochenta latigazos. Si queréis honrarlos en verdad, decid 15 veces el Padre Nuestro; también 15 veces el Ave María, con las siguientes oraciones, durante un año completo. Al terminar el año, habréis venerado cada una de Mis Llagas”. Luego, el mismo Jesús en Persona, le dictó las oraciones a Santa Brígida y además le dijo que, quien recitara estas oraciones devotamente cada día por el espacio de un año, se haría merecedor de las siguientes veinte promesas (Jesús las formuló en primera persona)[1]:
1. Cualquiera que recite estas oraciones, obtendrá el grado máximo de perfección.
2. Quince días antes de su muerte, tendrá un conocimiento perfecto de todos sus pecados y una contrición profunda de ellos.
3. Quince días antes de su muerte, le daré mi precioso cuerpo a fin de que escape el hambre eterna; le daré a beber mi preciosa sangre para que no permanezca sediento eternamente.
4. Libraré del purgatorio a 15 almas de su familia.
5. Quince almas de su familia serán confirmadas y preservadas en gracia.
6. Quince pecadores de su familia se convertirán.
7. Haz de saber que cualquiera que haya vivido en estado de pecado mortal por 30 años; pero recita o tiene la intención de recitar estas oraciones devotamente, Yo, el señor, le perdonaré todos sus pecados.
8. Si ha vivido haciendo su propia voluntad durante toda su vida y está para morir al día siguiente, prolongaré su existencia.
9. Obtendrá todo lo que pida a Dios y a la Santísima Virgen.
10. En cualquier parte donde se estén diciendo las oraciones, o donde se digan, Dios estará presenté por su gracia.
11. Todo aquél que enseñe estas oraciones a los demás, ganará incalculables méritos y su gloria será mayor en el cielo.
12. Por cada vez que se recite estas oraciones, se ganarán 100 días de indulgencia.
13. Su alma será liberada de la muerte eterna.
14. Gozará de la promesa de que será contado entre los bienaventurados de cielo.
15. Lo defenderé contra las tentaciones del mal.
16. Preservaré y guardaré sus cinco sentidos.
17. Lo preservaré de una muerte repentina.
18. Yo colocaré mi cruz victoriosa ante él para que venza a los enemigos de su alma.
19. Antes de su muerte vendré con mi amada Madre.
20. Recibiré muy complacido su alma y lo conduciré a los gozos eternos. Y habiéndolo llevado allí, le daré a beber de la fuente de mi divinidad.
         Pero además de estas oraciones y promesas, Santa Brígida recibió otras dos oraciones y promesas, una más proveniente de Jesús, en recuerdo de las veces que derramó su Preciosísima Sangre en su vida terrena, y otra de la Virgen. La de Jesús, debe rezarse durante doce (12) años, y consiste en siete oraciones diarias; la de la Virgen, consiste en la meditación diaria de sus Siete Dolores[2]. Ambas oraciones, también tienen sus respectivas promesas.
         Las promesas de las oraciones a rezar durante doce (12) años son las siguientes[3]:
         1. El alma que las reza no sufrirá ningún Purgatorio.
2. El alma que las reza será aceptada entre los mártires como si hubiera derramado su propia sangre por la fe.
3 El alma que las reza puede (debe) elegir a otros tres a quienes Jesús mantendrá luego en un estado de gracia suficiente para que se santifiquen[4].
4. Ninguna de las cuatro generaciones siguientes al alma que las reza se perderá.
5. El alma que las reza será consciente de su muerte un mes antes de que ocurra.





[1] Esta devoción ha sido declarada buena y recomendada tanto por el Sacro Collegio de Propaganda Fidei, como por el Papa Clemente XII. El Papa Inocencio X confirmó esta revelación como “venida del Señor”. Para quien desee rezarlas, éste es el enlace: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/las-quince-oraciones-de-santa-brigida.html
[2] Para quien desee rezar esta devoción, éste es el enlace: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/devocion-de-los-siete-dolores-de-maria.html
[3] Estas oraciones, como le han sido dadas por el Señor a Santa Brígida, deben rezarse durante 12 años. En caso que la persona que las rece muera antes que pasen los doce años, el Señor aceptará estas oraciones como si se hubieran rezado en su totalidad. Si se saltase un día o un par de días con justa causa, podrán ser compensadas al final de los 12 años. El enlace, para quien desee rezar estas oraciones, es el siguiente: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/las-oraciones-de-santa-brigida-para.html
[4] Escribir los tres nombres (personas vivas) en un papel y guardarlo. Los nombres no se pueden cambiar.

miércoles, 1 de enero de 2014

San Basilio Magno y su legado: oración, trabajo y estudio


         San Basilio, que nació en Cesarea de Turquía en el año 329, dejó un precioso legado para la vida monástica, pues fue el primer en redactar unas “Constituciones”, en las que se especificaban las actividades de los monjes. En estas Constituciones, San Basilio establecía tres sólidas columnas sobre las cuales todo monje debía construir su edificio espiritual: oración, trabajo y estudio. Si bien es cierto que estas tres columnas fueron dadas por San Basilio para sus monjes, no es menos cierto que no son, de manera alguna, privativas para ellos, puesto que todo cristiano está llamado a santificar su vida ordinaria por medio de la oración, el trabajo y el estudio. Veamos por qué.
         Todo cristiano, y no solo los monjes, está llamado a la oración, porque la oración es al alma lo que la alimentación al cuerpo, lo que la respiración a la vida del organismo, lo que el flujo de sangre con oxígeno y nutrientes para los órganos corporales. Si nadie puede pasarse la vida sin alimentarse, llama la atención que existan personas –cristianos- que pasan la vida sin rezar; si nadie puede vivir sin respirar, es causa de asombro el comprobar que muchísimos cristianos, la gran mayoría, vive años y años, y muchos toda la vida, sin hacer oración, o si hacen oración, esta es tan escuálida como un suspiro; si nadie puede vivir sin los nutrientes y el oxígeno que la sangre, bombeada por el corazón, proporciona a los órganos, deja pasmados el comprobar la enorme cantidad de cristianos que nunca, o casi nunca, dedican el más mínimo tiempo a la oración. Muchísimos cristianos viven en la acedia o pereza espiritual y sin hacer oración, y no por falta de tiempo, porque prefieren ver televisión o internet antes que rezar, sin darse cuenta que sus almas languidecen y mueren.
         La condición de la oración como elemento esencial para la vida del alma radica en que por la oración, el alma se une a Dios y obtiene de Él todo lo que Dios es y tiene para darle, puesto que Dios es Amor, Alegría infinita, Paz, Fortaleza, Luz, el alma que reza, obtiene de Él su Amor, su Alegría infinita, su Paz, su Fortaleza, su Luz. Pero lo contrario también es cierto: quien no reza, se aleja de Dios y por lo tanto se sumerge en el odio, en la tristeza, en la discordia, en la debilidad ante el pecado, y en las tinieblas más densas.
La otra columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el trabajo, porque y si bien el trabajo quedó como una maldición luego del pecado original, no fue por el trabajo en sí mismo, sino por la pérdida de la gracia que abarcó a todos los aspectos y estados del hombre y su vida, comprendido el trabajo. En sí mismo, el trabajo no solo no es malo ni una maldición, sino que es una bendición, porque con el trabajo, el hombre imita a su Dios, que “trabajó” en la Creación, e imita al Hombre-Dios que, siendo Dios, trabajó como carpintero hasta los comienzos de la Predicación de la Buena Noticia y que sigue trabajando por la salvación de las almas. Quien no trabaja, no solo comete el pecado mortal de la pereza, sino que además contraría la imagen divina impresa en su alma, imagen que resplandece en el trabajo, porque Dios mismo trabaja. Es tan importante el trabajo, que San Pablo exhorta a “no comer” si alguien “no trabaja”: “El que no trabaja, que no coma” (2 Tes 3, 10-12). De esto se sigue cuán funesto es el no trabajar y el inducir a otros a no trabajar por medio de la corrupción política. Por el contrario, el que trabaja y ofrece su trabajo, sin importar el brillo social que este posea, se santifica y obtiene méritos para ganar el Reino de los cielos.
La última columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el estudio, porque por medio de este no solo se disipan las tinieblas del error y de la ignorancia, sino que se consigue el acceso a la verdad en el campo que se estudia que, como toda verdad, participa de la Verdad Absoluta, Jesucristo. En otras palabras, el estudio –no necesariamente se refiere al estudio sistemático universitario y científico, sino también a la profundización en la fe que un alma sencilla puede y debe hacer según sus posibilidades- no solo libera de las tinieblas del error, sino que ilumina al alma con luz de la Verdad, que es Jesucristo, y así se dispone el alma, en el tiempo, para el encuentro con Cristo, cara a cara, en la eternidad.
Por último, a la oración, al trabajo y al estudio, podemos agregarle la sana diversión, porque la diversión –sana y ganada con sacrificio, luego de orar, trabajar y estudiar- procura alegría y la alegría, la alegría buena y sana, es participación de Dios Uno y Trino, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.

Oración, trabajo, estudio, son las columnas de la vida espiritual según San Basilio, a lo cual le agregamos, según las indicaciones de los santos, la sana alegría. Éste es el camino para llegar al cielo.

lunes, 7 de octubre de 2013

Santa Pelagia y el camino a la eterna felicidad


Santa Pelagia antes de su conversión, 
entre sus cortesanos, 
mientras el obispo San Nono reza por ella
(manuscrito del Siglo XIV)

         Santa Pelagia, antes de su conversión, era una mujer joven y atractiva que vivía una vida desprejuiciada y disoluta. Una vez, al pasar por el frente de una iglesia, escuchó el sermón de un obispo -San Nono-, en el que se narraban las atroces penas del infierno, que les esperaban a quienes, como ella, inducían a otros al pecado. Tocado su corazón por la gracia, experimentó un profundo y repentino arrepentimiento perfecto, que la llevó a postrarse delante del obispo para, entre lágrimas, suplicar el bautismo, el cual le fue concedido. A partir de entonces, Pelagia –llamada Margarita por sus padres- repartió todos sus bienes entre los pobres y fue a recluirse en una gruta en el Monte de los Olivos, en Jerusalén, llevando una vida de intensa penitencia y austeridad hasta el día de su muerte.
         Santa Pelagia, luego de narrar su conversión, nos dice cuál es el camino para obtener la paz del alma en esta vida y la eterna felicidad en la otra: “Tal vez pocos comprendan lo feliz que se puede ser con una vida austera, de penitencia, renunciamiento y oración, porque así encontré el verdadero camino hacia Dios”. El mensaje de santidad de Santa Pelagia es un mensaje en donde se nos da la “clave de la felicidad” y como todo ser humano desea ser feliz, su mensaje es válido y actual: nos dice que, para ser felices, el camino es la renuncia a la satisfacción de las pasiones desordenadas y la renuncia a la acumulación innecesaria de inútiles bienes materiales, a lo que se suman la penitencia y la oración.
         El camino para la paz del alma y para la eterna felicidad que nos propone Santa Pelagia está al alcance de cualquiera; lo único que se necesita es, de parte de Dios, la gracia de la conversión, que permite iniciar este camino, y de parte del hombre, un corazón contrito y humillado, arrepentido de sus pecados y deseoso de ser verdaderamente feliz. El camino a la felicidad de Santa Pelagia es el opuesto al camino que nos muestra el mundo, porque para el mundo, gobernado por el Maligno, la felicidad está en todo lo opuesto: la satisfacción de las pasiones, la acumulación de bienes y de dinero, la diversión desenfrenada -y desesperada- como contrapartida a la oración.
         “Tal vez pocos comprendan lo feliz que se puede ser con una vida austera, de penitencia, renunciamiento y oración, porque así encontré el verdadero camino hacia Dios”. La felicidad de la austeridad, la penitencia y la oración que propone Santa Pelagia, se fundamenta en que son los escalones, los peldaños, de la escalera que nos lleva al cielo, en donde se encuentra la Fuente inagotable de la felicidad y la Alegría en sí misma, Dios Uno y Trino. Renunciar a las pasiones, hacer penitencia, hacer oración, son los peldaños que nos conducen a Aquel que es el Único que puede hacernos verdaderamente felices, Dios Trinidad.


lunes, 26 de agosto de 2013

Santa Mónica y su mensaje de santidad para las madres del siglo XXI


          Para conocer acerca de la vida de santidad de Santa Mónica, es necesario recurrir a lo que de ella dice su propio hijo, San Agustín, quien así escribe en sus Confesiones: "Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad". Según San Agustín, su madre fue doblemente madre, ya que fue madre biológica, engendrándolo para la vida terrena, pero también fue madre espiritual, porque por sus oraciones y sacrificios le obtuvo el don de la fe, engendrándolo para la vida eterna.
          Este doble oficio materno lo desempeñó Santa Mónica toda su vida, pero particularmente al cumplir San Agustín los diecinueve años, momento en el que comienza a transitar un inicia un camino de doble perdición: llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea -error filosófico que, entre otras cosas, niega la responsabilidad del hombre por los males cometidos, desde el momento en que consideran erróneamente que no hay libre albedrío-, y fue así que, movida por su amor materno, pero sobre todo movida por el Amor de Dios, Santa Mónica, que desde muy pequeña vivía una vida de oración y penitencia, la intensificó todavía más, agregándole sacrificios y ayunos y derramando abundantes lágrimas ante el peligro de condenación eterna de su hijo.
          Durante casi nueve años, Santa Mónica no dejó de orar y llorar por su hijo, de ayunar y velar, de rogar a los miembros del clero para que lo persuadieran acerca de la verdadera doctrina de salvación. Ante las lágrimas e insistencia de Santa Mónica, un obispo, que había sido también maniqueo, pronunció las famosas palabras: "Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas".
          La conversión de San Agustín, fruto de las oraciones, sacrificios y lágrimas de Santa Mónica, se produjo en la Pascua del año 387, recibiendo el santo el bautismo de parte de San Ambrosio.
          Años después, poco antes de morir, y con su hijo ya sacerdote, Santa Mónica revela las alegrías y las esperanzas de su corazón, que ya no están en este mundo. Le dijo así a San Agustín: "Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio". Hacia el final de su vida, Santa Mónica ve, con satisfacción, que su hijo no solo se había convertido, sino que se había consagrado a Dios con todo su corazón y con toda su vida -con lo cual da por cumplida su segunda maternidad, la espiritual-, al tiempo que se muestra ansiosa por dejar esta vida terrena e ingresar en la vida eterna.
          El mensaje de santidad de Santa Mónica es sobre todo importante en nuestros días, en el que muchas madres, habiendo perdido la fe y el sentido de la eternidad, solo se interesan por el progreso material y la felicidad terrena de sus hijos, sin importarles la vida del más allá. Con su doble amor maternal, Santa Mónica es ejemplo para las madres cristianas, puesto que no se preocupa porque su hijo adquiera un título profesional; tampoco le interesa que sea exitoso según el mundo, o que posea abundantes bienes materiales; no le importa tampoco que consiga una buena esposa que le de numerosos hijos: lo único que le importa a Santa Mónica es que su hijo se convierta, es decir, que conozca y ame a Jesucristo, el Salvador, para que así, conociéndolo y amándolo, lo siga por el Camino Real de la Cruz y salve su alma. El mensaje que da Santa Mónica a las madres cristianas del siglo XXI podría entonces resumirse así: "No te preocupes por las cosas del mundo: ¡salva el alma de tus hijos!".


martes, 21 de mayo de 2013

Santa Rita de Casia, Patrona de los imposibles y abogada de los casos desesperados




         Santa Rita de Casia es conocida como la “Santa Patrona de lo imposible y abogada de los casos desesperados” debido a que en su vida “logró” objetivos que parecían inalcanzables, teniendo en cuenta su estado y su condición de mujer, puesto que la mujer no era considerada en sus derechos en ese entonces. ¿Por qué es llamada así? ¿Cuáles fueron las “causas imposibles” que logró que sean posibles? ¿En dónde radicó el éxito para que lograra todo lo que lo logró?
Para responder a las respuestas, hay que tener en cuenta primero todo aquello que logró Santa Rita, repasando su biografía[1].
Desde niña, dio muestras de extraordinaria piedad y de amor a la oración, concibiendo ya desde entonces el deseo de ingresar en el convento de las Agustinas de Casia para consagrarse a Dios. Pero sus padres decidieron casarla y como amaba mucho a sus padres, les obedeció humildemente, por amor, convencida de que con la obediencia demostraba el amor a sus padres y a Dios. Sin embargo, su esposo resultó ser un hombre brutal, violento y disoluto, con un temperamento iracundo que aterrorizaba a sus vecinos. Rita soportó durante dieciocho años, con increíble paciencia, sus insultos e infidelidades. Los sufrimientos de Rita aumentaban todavía más, al comprobar que a medida que sus hijos crecían, emprendían la misma senda errónea de su esposo. Sin embargo, la tristeza y la tribulación nunca fueron más fuertes que su amor a la Cruz y a la oración, por lo que no pasaba un día sin que Santa Rita elevara sus oraciones pidiendo la conversión de su esposo y de sus hijos. Un día, la gracia santificante tocó el corazón de su esposo, quien le pidió perdón por todo lo que la había hecho sufrir. Días más tarde, su esposo murió a causa de una pelea o de una venganza, quedando su cuerpo todo cubierto de heridas. Su dolor aumentó al enterarse que sus hijos habían jurado vengar a su padre. La santa suplicó fervorosamente a Dios que no permitiese que sus hijos se convirtieran en asesinos, y Dios escuchó  su oración, puesto que enfermaron gravemente al poco tiempo y murieron antes de llevar a cabo su venganza. Rita, que los asistió tiernamente en su enfermedad, consiguió que, antes de morir, perdonasen a sus enemigos.
         Al quedar sola en el mundo, Santa Rita decidió retomar la vocación de su infancia, la vida religiosa, y por ello pidió la admisión al convento, pero se le negó la entrada aduciendo que las constituciones no permitían el ingreso de mujeres viudas. Rita insistió por tres veces, recibiendo otras tantas la misma respuesta por parte de la priora, y otras tantas recibió la misma respuesta, hasta que en 1413 hicieron una excepción con ella y le concedieron el hábito religioso.
En el convento, vivió con la misma sumisión y humildad con que había vivido en su familia como hija y en su matrimonio como esposa. Jamás cometió la más mínima falta contra las reglas del convento. Su superiora, para probarla, le mandó una vez que regara una vid seca; la santa no solo obedeció aquella vez, sino que la regó todos los días. Hacía mucha penitencia, y era muy caritativa con las religiosas enfermas. Con su ejemplo y sus palabras consiguió la conversión de muchos cristianos tibios, y todo cuanto decía o hacía estaba fundado en el gran amor a Dios que experimentaba. Desde niña había sido especialmente devota de la Pasión; como religiosa, fue arrebatada muchas veces en éxtasis, mientras contemplaba los misterios dolorosos de la vida del Señor. En 1441, la santa asistió a un fervoroso sermón que San Jacobo de la Marca pronunció sobre la coronación de espinas. Poco después, estando la santa arrodillada en oración, sintió un agudo dolor en la frente, como si una de las espinas de la corona se le hubiera clavado la herida supuró y comenzó a despedir un hedor tan fuerte, que la santa no podía estar en presencia de las demás, debiendo retirarse a lugares apartados en el convento. La herida desapareció temporalmente, por pedido de la santa a Dios, para poder acompañar a sus hermanas en la peregrinación que hicieron a Roma en el año jubilar de 1450, pero reapareció apenas Rita volvió al convento, de modo que se vio obligada a vivir prácticamente recluida hasta su muerte. La santa continuó practicando la penitencia y soportó con mucha paciencia otras enfermedades que le sobrevinieron. Según la tradición, en su lecho de muerte la santa pidió que le trajesen una rosa del jardín; como no era la estación de las rosas, pensaban no encontrar ninguna, pero para sorpresa del convento, en el jardín había un rosal en flor. Le preguntaron si quería otra cosa, y la santa dijo que sí, que quería también dos higos y, para mayor sorpresa, encontraron dos higos en una higuera sin hojas. Murió el 22 de mayo de 1457.

Mensaje de santidad

Una vez conocida su biografía, estamos en condiciones de responder a las preguntas del inicio. Estas son las cosas “imposibles” que logra Santa Rita:
Logra entrar en un convento, siendo mujer casada.
         Logra la conversión de su esposo, un hombre violento y poco religioso.
         Logra la conversión de sus hijos, dominados por la sed de venganza.
         Logra que la paz de Dios reine en los corazones violentos.
         Logra la conversión de muchos cristianos tibios.
         A causa de su herida punzante, dolorosa y purulenta, logra vivir recluida dentro del mismo convento, imitando así a Cristo, que por amor a nosotros sufrió la cárcel, la reclusión y el rechazo de los hombres. Con su amor a la Pasión, amor ya presente en ella desde su niñez, amor que en Santa Rita es inalterable a lo largo de toda la vida, nos enseña que es verdad aquello de: "el amor es más fuerte que la muerte", porque este amor a Cristo crucificado fue más fuerte que todas las tribulaciones que tuvo que pasar, ya sea en su condición de mujer casada como de religiosa. Y este amor "más fuerte que la muerte", es el que ahora y para siempre le da la vida eterna en los cielos.
         Finalmente, y lo más importante, logra entrar en el Reino de los cielos, aun siendo ella una pecadora (los más grandes santos, sin la gracia, son los más grandes pecadores).
         ¿La causa de que Santa Rita logre todas estas cosas imposibles? La gracia santificante de Jesucristo y el don de responder fielmente a esta gracia por medio de la humildad, la caridad y el amor a la oración.
         Roguemos por lo tanto a Santa Rita que interceda por la conversión de nuestros seres queridos -así como ella intercedió por sus seres queridos y estos se convirtieron y se salvaron- y, además, por lo que parece imposible: la propia conversión del corazón.



[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Volumen II, 351ss.

jueves, 10 de enero de 2013

San Gonzalo


10 de enero


            Vida y milagros de San Gonzalo[1]
Etimológicamente significa “dispuesto, guerrero”. Viene de la lengua alemana.
El joven Gonzalo nació en Taglide, Portugal, de una familia de la alta aristocracia de entonces. Desde niño, los padres encomendaron su educación a un sacerdote amigo, quien le inculcó con sabiduría conocimientos científicos y religiosos. Todos los que lo conocían, lo consideraban como un joven virtuoso y muy atento en socorrer a los pobres. Fue en este período de su vida en el que San Gonzalo, sintiendo el llamado de Dios al sacerdocio ministerial, le dijo “sí” a los planes que Dios tenía para él, y se decidió a hacerse sacerdote, y es así que, en plena juventud, se consagró a Jesús, viviendo heroicamente las virtudes propias de su estado religioso (pobreza, castidad, obediencia). Una vez ordenado sacerdote, debido a que era un gran devoto de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, se fue en peregrinación a Roma para rezar delante de sus reliquias. Terminada esta peregrinación, y esta vez llevado por su gran amor a Jesucristo, y para mejor meditar en su Pasión, inició otra peregrinación -ahora a Jerusalén- para rezar en el Santo Sepulcro. Hay que destacar que al momento de marchar a Tierra Santa, San Conzalo era el abad de un monasterio. Cuando volvió, los monjes ya habían elegido a un sobrino suyo en su lugar. Lejos de protestar, y para no molestar a los hermanos ni a su familiar, él hizo – por inspiración de la Virgen – una vida de ermitaño, al lado mismo del monasterio.
El tiempo demostraría que los planes de santidad de Dios para San Gonzalo pasaban por una vida de oración eremítica, y no como abad de un monasterio. Junto a la ribera del río Tamaca edificó una pequeña ermita en la que vivía, hacía sus oraciones, practicaba la penitencia y trabajaba construyendo pequeños puentes para que la gente pudiera pasar. Desde entonces – y ya son siglos – existe todavía una romería a cada año a este lugar, en el que vivió este santo confesor ermitaño hasta que murió en el año 1260.

Mensaje de santidad de San Gonzalo
            San Gonzalo nos deja el mensaje de grandes y hermosas virtudes que configuran el alma a Cristo: la oración, la pobreza, la humildad, la caridad para con los más pobres. También nos deja el ejemplo del amor a Nuestro Señor, pues fue por amor a él que emprendió las peregrinaciones, primero a la tumba de los Apóstoles Pedro y Pablo, y después a Jerusalén, al Santo Sepulcro, en una época en la que viajar a tanta distancia y por tan largo tiempo implicaba, con toda seguridad, dejar la vida en el intento.
Pero el amor a Jesús era en el corazón de San Gonzalo más grande que el temor a perder la vida, y es así como pudo meditar en el Santo Sepulcro la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, meditación que le anticipó en el tiempo la gloria eterna en la cual San Gonzalo vive ahora para siempre, en los cielos.
Que San Gonzalo bendiga e ilumine a todos los que llevan su nombre –aunque no sean monjes ni sacerdotes-, para que meditando en la Pasión del Señor, y en su gloriosa Resurrección, lleguen un día a los cielos, en donde adorarán por los siglos sin fin al Hombre-Dios Jesucristo.

[1] Adaptado de: http://www.autorescatolicos.org/felipesantossangonzalo.htm; Autor: Padre Felipe Santos Campaña, SD.
[2] Cfr. Baur, Benedikt, O. S. B., Sed Luz. Meditaciones litúrgicas. Fiestas de los santos del Misal Romano, Tomo IV, Editorial Herder, Barcelona 1963, 27.
[3] Cfr. Baur, ibidem.

miércoles, 9 de enero de 2013

San Simeón el estilita


5 de enero


Vida y milagros de San Simeón[1]
San Simeón es el fundador del movimiento de los estilitas, hombres que vivían en lo alto de una columna (estilita significa: el que vive en una columna), en oración ininterrumpida[2].
Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso, donde nació San Pablo. Un día, al entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las bienaventuranzas, y se sintió atraído por dos en particular: “Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios”.
Preguntó a un anciano monje por su significado, y le rogó que le dijera cómo podía alcanzar la felicidad prometida. El anciano le respondió que el texto sagrado proponía como camino a la felicidad, la oración, la vigilia, el ayuno, la humillación y la paciencia en las persecuciones, y que la vida de soledad era la mejor manera de practicar la virtud. Decidido a ir en busca de las bienaventuranzas, Simeón se retiró a orar largamente, luego de lo cual, se quedó dormido y tuvo un sueño, relatado por él. Se vio a sí mismo cavando los cimientos de una casa. Las cuatro veces que interrumpió su trabajo para tomar aliento, oyó una voz que le ordenaba seguir excavando. Finalmente, recibió la orden de cesar, porque el foso era ya tan profundo, que podía abrigar los cimientos de un edificio de la forma y el tamaño que él escogiera. Como comenta Teodoreto, “los hechos verificaron la predicción, ya que los actos de ese hombre estaban tan por encima de la naturaleza, que los cimientos debían ser muy profundos para soportar peso tan enorme”.
Al despertar, Simeón se dirigió a un monasterio de las proximidades, cuyo abad se llamaba Timoteo y se detuvo a las puertas durante varios días sin comer ni beber, suplicando que le admitieran como el último de los sirvientes. Su petición fue bien acogida y por fin se le recibió por un plazo de cuatro meses. Ese tiempo le bastó para aprender de memoria el salterio.
Este contacto con el texto sagrado iba a alimentar su alma durante el resto de su vida.
Una vez en el monasterio, provocaba asombro por su austeridad: se pasaba semanas sin probar bocado, dormía sobre piedras, y se había enlazado a la cintura un cilicio[3] de mirto salvaje y espinoso, al que no se lo quitaba ni de día ni de noche. Un día el superior del monasterio se dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y al examinarlo los monjes, se dieron cuenta de que la cuerda o cilicio se le había incrustado en la piel, logrando quitársela con mucha dificultad. El abad o superior le pidió que se fuera a otro sitio, porque allí su ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en las mortificaciones.
Se fue entonces a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí cinco días en oración  decidió imitar a Nuestro Señor y pasar los 40 días de cuaresma sin comer ni beber. Le consultó a un anciano y éste le dijo: “Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puedes hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca tuyo diez panes y una jarra de agua, y si ves que vas desfallecer, come y bebe”. Así lo hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los siguientes 14 rezó sentado. En los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores.
Lueo se retiró a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de volverse a la ciudad y se hizo atar con una cadena de hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: “A las fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe”. Entonces Simeón, que era humilde y obediente, se mandó quita la cadena.
Pronto se extendió la fama de gran santidad, y fue así que acudían de regiones vecinas y también lejanas para consultarle, pedirle consejos y tocar su cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, llegando hasta quitarle pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.
Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 20 metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.
Es precisamente de aquí de donde viene el nombre con el que es conocido, “Simeón el estilita”, pues columna se dice “Stilos” en griego. Lejos de atenuarse, las penitencias en la columna se volvieron extremas -como así también la gracia recibida y alcanzada por San Simeón-: no comía sino una vez por semana;  la mayor parte del día y la noche la pasaba rezando, unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente.
Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba la Sagrada Comunión. Su columna no pasaba de tener unos dos metros de superficie, lo cual le permitía apenas acostarse. Por lo demás, carecía de todo asiento. Sólo se recostaba para tomar un poco de descanso; el resto del tiempo lo pasaba encorvado en oración. Se vestía de pieles de animales, y jamás permitió que una mujer penetrara en el espacio cerrado en el que se levantaba su columna.
Las gentes acudían por multitudes a pedir consejos. Él les predicaba dos veces por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían pagar. Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando. Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos. Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.
Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no sólo un capricho, los monjes vecinos vinieron y le dieron la orden de que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de Dios. Su discípulo Antonio nos cuenta que el santo oró muy especialmente por su madre, a la muerte de ésta.
Para que nadie piense que se trata de una leyenda, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió Teodoreto, Padre de la Iglesia y discípulo del Santo; Teodoreto era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro, ciudad cercana al sitio de los hechos.  Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto.
Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador tuvo que mandar una gran cantidad de soldados porque las gentes querían llevarse el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.

Mensaje de santidad de San Simeón el estilita
La vida y la conducta de San Simeón llamaron la atención, no sólo de todo el Imperio Romano, sino también de los pueblos bárbaros, que le tenían en gran admiración. Los emperadores romanos se encomendaban a sus oraciones y le consultaban sobre asuntos de importancia. Sin embargo, debe reconocerse que se trata de un santo más admirable que ejemplar[4]. Su vida es profundamente edificante, en el sentido de que no podemos menos de sentirnos confundidos, al comparar su fervor con nuestra indolencia en el servicio divino. Sin embargo, hay que hacer notar que la santidad de almas como la de San Simeón no consiste, ni en sus acciones extraordinarias, ni en sus milagros, sino en la perfección de su caridad, de su paciencia y de su humildad; y estas virtudes brillaron esplendorosamente en la vida de San Simeón. Exhortaba ardientemente al pueblo a corregirse de su inveterada costumbre de blasfemar, a practicar la justicia, a desterrar la usura, a la seriedad en la piedad, y a orar por la salvación de las almas.
En su mensaje de santidad, San Simeón nos enseña además el valor de la oración, de la obediencia, de la humildad y de la penitencia corporal, para llegar a la santidad. La oración, porque la oración es el alimento del alma, alimento por el cual el hombre recibe la substancia misma de Dios; la obediencia, porque así se imita mejor a Jesucristo, Hombre-Dios, que “se hizo obediente hasta la muerte”, por amor, para salvar a la humanidad; la humildad, que es la virtud, junto con la obediencia, que más nos asemeja al Hombre-Dios, infinitamente humilde y bueno y obediente a Dios, su Padre; la penitencia corporal, que es una forma de rezar con el cuerpo, al tiempo que se expían los pecados propios y los de los demás, siendo necesaria para entrar en el cielo según las palabras de Jesús: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. La celebración de la memoria de Simeón el Estilita nos debe llevar a recordar las palabras de Jesucristo y a dedicarnos a ofrecer penitencias por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero.



[1] Cfr. Butler, Alan, Vidas de los Santos de Butler, Tomo I, México2 1968, 37ss.
[3] Cilicio: cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia corporal, como método que dispone al cuerpo para recibir la gracia que permita dominar las tentaciones. Se considera a San Simeón inventor del cilicio.
[4] Cfr. Butler, o. c., 38.