San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 6 de febrero de 2018

Santos Pablo Miki y compañeros, mártires



         En la Oración Colecta de la memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, se pide, por la intercesión de los mártires, “confesar hasta la muerte, la fe que profesamos”[1]. Muchos, dentro o fuera de la Iglesia, pueden pensar que una expresión del género es en realidad una fórmula “de compromiso”, como si se trataran de “frases hechas” que se dicen de esa manera para ciertas ocasiones pero que, en realidad, no es tan así, puesto que no se debe ser tan “extremista” como para pensar en perder la vida por una creencia. En otras palabras, muchos pueden pensar que la expresión “confesar hasta la muerte la fe que profesamos” es nada más que eso, una expresión, vacía de contenido, que en realidad no se refiere a ninguna realidad, y si alguien piensa de esa manera, es un “extremista” o un “fanático retrógrado”.
Pues bien, a quienes piensen de esa manera, hay que decirles que la Iglesia no se basa en frases hechas, sino en la Fe católica en Nuestro Señor Jesucristo, Fe que afirma que Jesús de Nazareth no es un hombre más entre tantos, ni siquiera un hombre santo, ni el más santo entre los santos: en la Santa Fe de la Iglesia Católica, Jesús de Nazareth es el Verbo de Dios Encarnado, que por obra del Espíritu Santo asumió una naturaleza humana en el seno virgen de María, padeció y murió en la cruz para salvarnos, resucitó al tercer día, y está vivo, glorioso y resucitado, prolongando su Encarnación, en la Sagrada Eucaristía. Y si alguien, aunque sea un ángel, nos predicara un Evangelio distinto –como el que un divorciado y vuelto a casar civilmente puede comulgar, sin arrepentirse y sin salir de su pecado-, deberíamos declararlo “anatema”, como manda la Escritura[2], y estar dispuestos a perder no solo la honra y los bienes, sino hasta la vida terrena misma, literalmente. Tal como lo hicieron los mártires Pablo Miki y compañeros, sostenidos por la gracia de Jesucristo, el Hombre-Dios.


[1] Cfr. Misal Romano, Oración Colecta de la Memoria obligatoria de los Santos Pablo Miki y compañeros, mártires.
[2] Cfr. Gál 1, 8.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires


         Vida de santidad.
Los primeros misioneros llegaron a Vietnam durante el siglo XVI, siendo recibida la fe en Jesucristo con gran alegría por el pueblo vietnamita. Sin embargo, muy pronto llegó la persecución cruenta, orquestada desde el gobierno y los grupos de poder. Fue así que durante los siglos XVII, XVIII y XIX muchos vietnamitas fueron martirizados, entre ellos obispos, presbíteros, religiosos, y seglares[1]. En gran parte (setenta y cinco) fueron decapitados; los restantes murieron estrangulados, quemados vivos, descuartizados, o fallecieron en prisión a causa de las torturas, negándose a pisotear la cruz de Cristo o a admitir la falsedad de su fe[2]. Las víctimas totales de la Iglesia vietnamita alcanzan a unos 130.000 bautizados, perseguidos y ejecutados por medio de 53 edictos firmados por los gobernantes Trinh y Nguyen, además de los reyes, que decretaban la pena de muerte para quien profesara la fe católica en sus territorios. De todos estos mártires, un grupo de 117 fueron elegidos para ser elevados al honor de los altares por la Santa Sede en 4 Beatificaciones distintas.
Mensaje de santidad.
Para poder aprehender el mensaje de santidad de estos mártires vietnamitas, podemos meditar acerca de la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres[3]. En dicha carta, se puede constatar cómo el mártir participa del martirio y de la victoria de Cristo, Rey de los mártires.
Dice así: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”. En este fragmento se puede comprobar cómo el mártir es asistido sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, porque el mártir, a pesar de atravesar por situaciones extremas de dolor y de angustia, no solo no pierde la calma, ni desfallece, ni reniega de Dios, sino que todo lo contrario, cuanto más duro es el calvario, más alegre está su corazón y más fuerte su cuerpo, debido, precisamente, a la asistencia celestial.
Continúa luego: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”. Este párrafo confirma lo que decimos, que es la gracia de Dios y la asistencia del Espíritu Santo, lo que conforta el alma del mártir en medio de sus tormentos.
Más adelante: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante. Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”. Cuando el mártir ofrece su vida y sus sufrimientos por el testimonio de Cristo ante los hombres, es Cristo en Persona quien toma sobre sí sus sufrimientos, dejándole al mártir una pequeña parte de estos, de manera que el mártir es fortalecido en tal grado por Jesucristo, que su sufrimiento se convierte en alegría, por el Reino de los cielos que ya se le está abriendo para Él. De esta manera, se cumplen las palabras de Jesús en el mártir: “Al que me reconozca delante de los hombres, Yo lo reconoceré delante de mi Padre”.
El mártir sufre moralmente al ver el Santísimo Nombre de Jesús, ultrajado por los paganos, que prefieren postrarse ante sus ídolos y no ante el Único y Verdadero Dios, Jesús, y así el mártir, con tal de ver restaurado el honor de Jesús, arde en deseos de dar su vida, con tal de que los corazones de los paganos sean iluminados con la luz de la gracia: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor”.
Pero la fuerza, el amor y el poder necesarios para dar testimonio de Jesucristo, no depende de las fuerzas humanas del mártir, sino de la gracia santificante de Jesucristo: “Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles, ya que, si llegara a vacilar en el camino, tus enemigos podrían levantar la cabeza con soberbia”.
El mártir, experimentando en sí mismo el poder celestial de Jesucristo y del Espíritu Santo, anima a sus hermanos en la fe a que perseveren en esta fe, porque Dios se manifiesta, con todo su poder, en los más pequeños e insignificantes ante el mundo: “Queridos hermanos, al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Proclame mi alma la grandeza del Señor, se alegre mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su siervo y desde ahora me felicitarán todas las generaciones futuras, porque es eterna su misericordia. Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos, porque lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder, y lo despreciable, lo que no cuenta, lo ha escogido Dios para humillar lo elevado. Por mi boca y mi inteligencia humilla a los filósofos, discípulos de los sabios de este mundo, porque es eterna su misericordia”.
El martirio es como una tempestad que se abate sin piedad sobre la frágil nave que es el alma del mártir, pero el mártir “echa su ancla en Dios” y así mantiene su fe, su esperanza y su alegría: “Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón”.
Por último, anima a la comunidad fiel a que persevere en la fe y en la oración, que obran como un doble auxilio, tanto para él, que sufre el martirio, como para la comunidad, que permanece aún en esta vida, aunque no por mucho tiempo, porque todos estamos llamados a cantar, ante el trono del Cordero de Dios, Cristo Jesús, el canto de victoria de quienes han vencido a la Bestia y han lavado sus almas en la Sangre del Cordero: “En cuanto a vosotros, queridos hermanos, corred de manera que ganéis el premio, haced que la fe sea vuestra coraza y empuñad las armas de Cristo con la derecha y con la izquierda, como enseña san Pablo, mi patrono. Más os vale entrar tuertos o mancos en la vida que ser arrojados fuera con todos los miembros. Ayudadme con vuestras oraciones para que pueda combatir como es de ley, que pueda combatir bien mi combate y combatirlo hasta el final, corriendo así hasta alcanzar felizmente la meta; en esta vida ya no nos veremos, pero hallaremos la felicidad en el mundo futuro, cuando, ante el trono del Cordero inmaculado, cantaremos juntos sus alabanzas, rebosantes de alegría por el gozo de la victoria para siempre. Amén”.



[1] http://www.corazones.org/liturgia/santos/andres_dunglac.htm
[2] http://es.catholic.net/op/articulos/35461/andrs-dung-lag-y-compaeros-santos.html
[3] Cfr. A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, Paris 1925, 80-83.

martes, 20 de septiembre de 2016

Santos mártires Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong Hasang y compañeros mártires


        
         Vida de santidad[1].
         Los santos mártires Andrés Kim Taegon, presbítero, Pablo Chong y compañeros, formaron parte de una comunidad de 103 mártires que dieron sus vidas por Jesucristo en Corea durante las persecuciones de los años 1839, 1846 y 1866. Con su sangre derramada por amor a Cristo, los mártires, que eran principalmente laicos, hombres y mujeres, casados o solteros, ancianos, jóvenes y niños, con sus sufrimientos y sus vidas ofrecidas a Jesucristo,  contribuyeron al nacimiento y crecimiento de la Iglesia en ese país de Asia.
         Mensaje de santidad.   
         Los mártires nos enseñan hasta dónde llega el testimonio de Jesucristo, y es hasta el derramamiento de la propia sangre. Ser cristianos es estar dispuestos, día a día, todos los días, a dar la vida por confesar que Jesucristo es el Hombre-Dios, que está Presente en la Eucaristía y que su Iglesia es la Única Verdadera. Esto es lo que se desprende de las últimas palabras del presbítero Andrés Kim Taegon, en una carta escrita antes de morir ejecutado.
         Si queremos saber en qué consiste el ser cristianos, lo que debemos hacer es reflexionar en sus últimas palabras, las cuales nos darán la medida de lo que significa llevar este nombre. Recordemos que, cuando el Padre Andrés Kim Taegon escribe esto, está prisionero y ha sido ya condenado a muerte. Dice así: “Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él”. Dice el Padre Andrés que “cristiano” es un “nombre glorioso” en sí mismo, pero que el nombre “debe corresponderse a la realidad”, esto quiere decir que si somos hijos de Dios –y lo somos por el bautismo-, luego, nuestro comportamiento, debe ser el de los hijos de Dios, no los de los hijos de las tinieblas. Si somos cristianos y nos comportamos como los hijos de las tinieblas, es decir, si somos hijos de la luz y vivimos en la oscuridad del pecado, entonces más nos valdría “no haber nacido”[2]. Hay que notar en esto dos cosas: por un lado, que compara al pecador con Judas Iscariote, que fue “el que traicionó a Nuestro Señor” (cfr. Lc 22, 3); por otro lado, utiliza la misma expresión de Nuestro Señor al referirse, precisamente, a Judas Iscariote, cuando habla del “hijo de la perdición”: “Más le valdría no haber nacido” (cfr. Mt 26, 4). De esto vemos la gravedad del pecado y la seriedad y grandeza que significa el ser cristianos.
         Luego, compara la vida del cristiano y su relación con Jesucristo, con la figura del campesino que cultiva arroz –en Corea se consume mucho el arroz- : “Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado. De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido”. En esta figura, el campo de cultivo es la tierra, los hombres somos el arroz, el abono que hace fuerte al arroz es la gracia, el agua que lo riega es la Sangre de Jesucristo, que se nos da en la Santa Misa, en la Eucaristía; el día del juicio es la siega o cosecha, que es el día de nuestra propia muerte o el día del Juicio Final, en donde Jesús, representado como un Campesino, dejará de lado las espigas vacías, lo que significa la eterna condenación, el “castigo eterno”, como lo dice el Padre Andrés, mientras que “se alegrará por el grano que haya madurado, es decir, haya crecido en la vida de la gracia, lo que equivale a la eterna bienaventuranza.
         Después el Padre Andrés habla del crecimiento de la Iglesia, que se produce en medio de tribulaciones, y que “crece con el sufrimiento de los fieles”, lo cual nos hace tomar conciencia acerca del valor incalculable que tiene la tribulación en la vida personal de cada uno: “Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones”. Renegar de la cruz, de la tribulación, es renegar del mismo Jesús, que nos llama a participar, activamente, por medio del sufrimiento y la tribulación, de su propio sufrimiento y tribulación redentores, en el Calvario.
Afirma el Padre Andrés que, después de la tribulación y la persecución, en donde es lógico experimentar incluso tristeza y desolación, viene sin embargo el consuelo de parte de Dios, y ese consuelo nos lo da Jesucristo, que con su muerte en cruz, ha vencido al Demonio: “También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aun hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe, entre los cuales yo mismo, están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida; ¿cómo por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor, o como un premio o castigo suyo? Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo”.
Nos aconseja vivir cristianamente, con la caridad de Cristo, hasta que Dios disponga el cese de la tribulación: “Os lo suplico: no olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente, y perseverad, hasta que el Señor se compadezca de nosotros y haga cesar la tribulación”.
Por último, ya antes de su muerte, el Padre Andrés muestra una serenidad y una alegría que no se explican con las solas fuerzas humanas, es decir, por la sola virtud humana, porque su serenidad, alegría y esperanza en al alegría eterna, no vienen de él, sino del Espíritu Santo: “Aquí estamos veinte y, gracias a Dios, estamos todos bien. Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia. Me quedan muchas cosas por deciros, pero, ¿cómo expresarlas por escrito? Doy fin a esta carta. Ahora que está ya cerca el combate decisivo, os pido que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor”. Recordemos que el Padre Andrés está a punto de morir ejecutado y, sin embargo, habla de la alegría que habremos de vivir “juntos en el cielo” si permanecemos fieles a la gracia de Jesucristo. Como podemos ver, lo que nos enseñan el Padre Andrés y los mártires coreanos, ser cristianos no es sólo llevar el nombre, sino estar dispuestos a entregar la vida por Jesucristo. Ahora bien, probablemente nosotros no estemos llamados al martirio cruento, como ellos, pero sí estamos llamados a evitar el pecado y a vivir en gracia, día a día, todo el día, todos los días, para así poder llegar a vivir en la alegría eterna del Reino de los cielos.
        


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir; cfr. Pro Corea Documenta ed. Mission Catholique Séoul, Seul/París 1938, vol. I, 74- 75.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Santos Cornelio y Cipriano, Mártires


Vida de santidad de San Cornelio.
Cornelio fue ordenado obispo de la Iglesia de Roma el año 251; se opuso al cisma de los novacianos y, con la ayuda de Cipriano, pudo reafirmar su autoridad[1]. Fue desterrado por el emperador Galo, y murió martirizado en la persecución del emperador Decio en el año 253[2].
         Mensaje de santidad de San Cornelio.
Su Pontificado se vio perturbado por la rebelión de un hereje llamado Novaciano que proclamaba que la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados y que por lo tanto el que alguna vez hubiera renegado de su fe, nunca más podía ser admitido en la Santa Iglesia[3].
El hereje afirmaba también que ciertos pecados como la fornicación e impureza y el adulterio, no podían ser perdonados jamás. De esta manera, el hereje Novaciano negaba varias verdades de fe: negaba que Jesucristo fuera Dios, sin poder para perdonar pecados de cierta gravedad o, que en todo caso, era un Dios inmisericordioso, vengativo, rencoroso, que se negaba a perdonar a los pecadores; negaba también la naturaleza divina, tanto de la Iglesia, como de los sacramentos, porque la Iglesia, habiendo sido instituida por Jesucristo, tiene la misión, precisamente a través de los sacramentos, de actualizar el misterio de la redención de Nuestro Señor Jesucristo, haciendo presente por ellos su misterio pascual de muerte y resurrección; los sacramentos no son entonces meras convenciones sociales, sino acciones sagradas que hacen presente y actual, para los hombres de todo tiempo y lugar, la acción salvífica de Jesucristo, el Hombre-Dios. Negar, como lo hacía Novaciano, que la Iglesia no podía perdonar por medio de los sacramentos, sobre todo el de la Penitencia, era sostener un gran error y es por eso que el Papa Cornelio se le opuso y declaró la verdadera doctrina, esto es, que si un pecador se arrepiente en verdad y quiere empezar una vida nueva de conversión, la Santa Iglesia puede –tiene el poder de hacerlo, participado y comunicado por Jesucristo- y debe –movida por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que es el Alma del alma de la Iglesia- perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez entre los fieles. Si alguien en la Iglesia no obrara así –tal como lo pretendía Novaciano-, estaría oponiéndose a los designios misericordiosos de Jesús. En su controversia con el hereje Novaciano, el Papa San Cornelio tuvo el apoyo de San Cipriano, que estaba en África, como también de todos los demás obispos de Occidente.
Tiempo más tarde, y habiéndose desencadenado la persecución de los cristianos por parte del Emperador Decio, éste lo desterró de Roma y a causa de los sufrimientos y malos tratos que recibió, el Papa San Cornelio murió en el destierro, como un mártir. Su ejemplo de santidad radica en considerar a la Iglesia como lo que es, el Cuerpo Místico de Jesús que, en el signo de los tiempos, quiere alcanzar a todos los hombres, por los sacramentos, su gracia santificante. Además, es modelo en su oposición a los poderosos de la tierra, como el Emperador, manteniéndose firme en la fe en Jesucristo, aún cuando esto le costara el destierro primero y su vida después.
Vida de santidad de San Cipriano.
Cipriano nació en Cartago hacia el año 210, de familia pagana. Se convirtió a la fe, fue ordenado presbítero y, el año 249, fue elegido obispo de su ciudad. En tiempos muy difíciles gobernó sabiamente su Iglesia con sus obras y sus escritos. En la persecución de Valeriano, primero fue desterrado y más tarde sufrió el martirio, el día 14 de septiembre del año 258[4].  Antes de que apareciera San Agustín fue el Santo más importante del África y el más brillante de los obispos de este continente.
En el año 251 el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, mediante la cual pretendía, además de asesinar a los obispos y presbíteros, destruir los libros sagrados. Además, pretendía que todos los cristianos renegaran de Jesucristo y de que rindieran homenaje y adoración a los ídolos paganos, requisito para perdonarles la vida.
Cipriano, con gran prudencia, huye y se esconde, pero desde su escondite envía continuas cartas a los creyentes invitándolos a no abandonar la religión por nada en la vida. Luego hubo un corto período de paz y Cipriano volvió a su cargo de obispo. Pero encontró que algunos aceptaban sin más en la Iglesia a los que habían apostatado de la religión, sin exigirles hacer penitencia de ninguna clase. Se opuso a esta relajación y en adelante a todo renegado que quiso volver a la Iglesia le exigió que hiciera antes cierto tiempo de penitencia. Así preparaba a los creyentes para que en las próximas persecuciones no se dejaran dominar por el miedo y no renegaran tan fácilmente de sus creencias. Muchos se oponían a esta severidad, pero era necesaria para prevenir el peligro de apostasías en la próxima persecución que ya se avecinaba. Y sucedió que cuando vinieron después las más espantables persecuciones, los cristianos prefirieron morir antes que quemar incienso a los dioses de los paganos. Y fueron mártires gloriosos.

El año 252, llega la peste de tifo negro a Cartago y empiezan a morir cristianos por centanares y quedan miles de huérfanos. El obispo Cipriano se dedica a repartir ayudas a los que han quedado en la miseria. Vende todo lo más valioso que hay en su casa episcopal, y pronuncia unos de los sermones más bellos que se han compuesto en la Iglesia Católica acerca de la limosna. Todavía hoy al leer tan emocionantes sermones, siente uno un deseo inmenso de dedicarse a ayudar a los necesitados. Sus oyentes se conmovieron al escucharle tan impresionantes enseñanzas y fueron generosísimos en auxiliar a las víctimas de la epidemia.
         Mensaje de santidad de San Cipriano.
El mensaje de santidad de San Cipriano está estrechamente ligado a su testimonio martirial, que comenzó cuando en el año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima persecución contra los cristianos, que incluía pena de destierro para todo creyente que asistiera a un acto de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo o sacerdote que se atreviera a celebrar una ceremonia religiosa. A Cipriano le decretan en el año 257 pena de destierro, pero puesto que continuaba celebrando la Santa Misa allí donde era desterrado, fue condenado a muerte en el año 258. Su testimonio martirial, conservado en las Actas del martirio, son válidas de modo especial en nuestros tiempos, caracterizados por la apostasía masiva de los bautizados. En dichas Actas se pueden leer las valientes palabras que le valieron a San Cipriano alcanzar el cielo[5]. Dicen así:
El juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?
Cipriano: Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos.
El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó al mártir: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?
Cipriano: Si, lo soy.
El juez: El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.
Cipriano: No lo haré nunca.
El juez: Píenselo bien.
Cipriano: Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”.
Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!
Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.
Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.
El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.
A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte[6].
Como afirmábamos más arriba, el testimonio martirial de San Cipriano es sumamente válido para nuestros días, en donde se observa un abandono masivo de Aquel por quien el santo obispo dio la vida: Nuestro Señor Jesucristo. San Cipriano, llevado por el celo apostólico por las almas y por el amor a Jesús en la Eucaristía, no dejó en ningún momento, ni aún a costa de su vida, de celebrar el Santo Sacrificio del Altar, para alimentarse él mismo del Pan de Vida eterna y para dar a los fieles el Verdadero Maná bajado del cielo. En nuestros días, vemos con tristeza cómo, de entre los niños y jóvenes que apenas terminan la instrucción catequética, abandonan en forma masiva, tanto la Misa como la Comunión Eucarística, apenas terminado el Catecismo, para no regresar, en la mayoría de los casos, sino esporádicamente y luego de muchos años. Constatamos además, con pesar, cómo los ídolos, ante los cuales San Cipriano se negó a doblar sus rodillas y a los cuales negó ofrecerles sacrificios, regresan hoy, bajo las más diversas formas de un nuevo y casi omnipresente paganismo, y tienen sometidas a enormes franjas de la población, quienes voluntariamente se postran ante ellos. Estos ídolos neo-paganos son: estrellas de fútbol, de la música, del cine, del espectáculo, o bien ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, y tantos otros más, además de todos los cultos neo-paganos de la Nueva Era, como la brujería, el esoterismo, la brujería wicca, el ocultismo, el reiki, el yoga, las terapias alternativas, etc. Ante todos estos ídolos, los hombres posmodernos se inclinan sin dudar un momento, voluntariamente, sin necesidad de que exista una persecución sangrienta ni tampoco verdugos que amenacen con la decapitación si no lo hacen.
Al recordar a San Cipriano, pidamos que interceda ante Nuestro Señor Jesucristo, que con su sacrificio en la cruz nos compró con su Sangre, para que amándolo cada vez más a Él y auxiliados por María Santísima, seamos capaces de vencer las obras del mundo y de la carne y de dar testimonio de fe íntegra y constante en su divinidad y en su Presencia Eucarística.




[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4]   http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm

sábado, 6 de febrero de 2016

Santos Pablo Miki y compañeros, mártires


         Cuando se leen las Actas de los Mártires[1], en las que quedan consignadas, con total fidelidad histórica lo acontecido en el momento de sus muertes, no deja de llamar la atención el contraste –por otra parte, inexplicable desde el punto de vista humano- entre los tremendos suplicios y dolores que sufren, sumados al estrés por la muerte cercana, y la alegría, la serenidad, la ausencia total de quejas, gritos, lamentos, que deberían suceder naturalmente en situaciones como las suyas. Lo vemos de modo especial en el martirio de San Pablo Miki y compañeros, puesto que todos estaban crucificados y a todos se les había anunciado la inminencia de su muerte.
A continuación, leemos la descripción de esos momentos y la particular reacción de los mártires: “Una vez crucificados, era admirable ver la constancia de todos, a la que los exhortaban, ora el padre Pasio, ora el padre Rodríguez. El padre comisario estaba como inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos en acción de gracias a la bondad divina, intercalando el versículo: En tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz inteligible. El hermano Gonzalo rezaba en voz alta el padrenuestro y el avemaría”[2]. Exhortando a la conversión, en éxtasis místico con los ojos fijos en el cielo, como viendo ya la eternidad de alegría que les espera, cantando salmos en acción de gracias a la bondad divina, rezando con voz clara y firme… No parecen un grupo de crucificados y sentenciados a muerte, y sin embargo lo son, pero para los mártires, la muerte en Cristo y por Cristo significa salir de este “valle de lágrimas” para ser llevados al encuentro con el Amor de los amores, Cristo Jesús.
“Pablo Miki, nuestro hermano, viéndose colocado en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, empezó por manifestar francamente a los presentes que él era japonés, que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne; a continuación añadió estas palabras: “Llegado a este momento crucial de mi existencia, no creo que haya nadie entre vosotros que piense que pretendo disimular la verdad. Os declaro, pues, que el único camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo”[3]. Pablo Miki, hasta el último instante de su vida terrena, señala a los cristianos que escuchan, angustiados, desde la cruz –el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado”, dice su biógrafo-, que Cristo es el Único Camino (cfr. Jn 14, 6) para ir al cielo y, como buen discípulo de su Maestro, que nos perdonó desde la cruz a nosotros, que éramos sus enemigos porque le quitábamos la vida con nuestros pecados, así también Pablo Miki perdona al emperador y “a todos los que lo han ofendido y contribuido a su muerte”, dando así su vida por ellos y obteniéndoles, por Cristo, las puertas abiertas del cielo para sus propios verdugos, tal como lo hizo Jesús con nosotros.
“Luego, vueltos los ojos a sus compañeros, comenzó a darles ánimo en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría especial, sobre todo en el de Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo con los dedos y con todo su cuerpo. Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado el santísimo nombre de Jesús y de María, se puso a cantar el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, ya que en ella se enseña a los niños algunos salmos. Otros, finalmente, iban repitiendo con rostro sereno: “¡Jesús, María!”. Algunos también exhortaban a los presentes a una vida digna de cristianos; con estas y otras semejantes acciones demostraban su pronta disposición ante la muerte”[4]. Unos a otros se dan ánimo, no por la crudeza de los dolores de la crucifixión, que no los experimentan, sino para que todos lleguen a la meta prometida, que ya está cerca, la vida eterna; repiten sin cesar los nombres de Jesús y María, no porque los llamen debido a que Jesús y la Virgen están ausentes, sino porque Jesús y María están al lado de ellos, confortándoles y con las coronas de gloria en sus manos, prontos a entregárselos, apenas traspasen el umbral de la muerte.
“Entonces los cuatro verdugos empezaron a sacar lanzas de las fundas que acostumbraban usar los japoneses; ante aquel horrendo espectáculo todos los fieles se pusieron a gritar: “¡Jesús, María!”. Y, lo que es más, prorrumpieron en unos lamentos capaces de llegar hasta el mismo cielo. Los verdugos asestaron a cada uno de los crucificados una o dos lanzadas con lo que, en un momento, pusieron fin a sus vidas”[5]. Finalmente, los verdugos cumplen su tarea, dictaminada por la Divina Providencia, para que los mártires puedan abandonar este mundo inmerso “en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79), para llegar al Paraíso prometido, la Jerusalén celestial, el Reino de Dios, en donde todo es adoración de la Trinidad, gozo, alegría y dicha sin fin, por los siglos de los siglos. A cambio de un breve momento de tribulación, los mártires, que derraman su sangre por Jesús, obtienen una eternidad de paz, gloria, alegría celestiales.
         ¿Qué explicación tiene esta contradicción, entre el suplicio sufrido y la alegría experimentada? ¿Cómo explicar, con la sola razón humana, los éxtasis místicos, los gozos y el deseo de afrontar la muerte para pasar a la vida eterna? Sólo hay una explicación posible, y es la asistencia del Espíritu Santo a los mártires, en el momento de la muerte: es el Espíritu Santo quien, inhabitando en los mártires, no solo los hace inmunes a todo tipo de dolor; no solo les impide cualquier estrés psicológico ante la muerte inminente, sino que, al hacerlos partícipes, con más intensidad que nunca antes en sus vidas, de la vida del  Hombre-Dios Jesucristo, les concede su misma fortaleza sobrenatural, su misma alegría, su mismo gozo, y les hace disfrutar, momentos antes de la muerte, de modo anticipado, de la eterna bienaventuranza y de la corona de gloria que la Trinidad les tiene reservadas, por dar testimonio cruento de Jesucristo. No hay, entonces, explicaciones humanas frente al comportamiento de los mártires; sólo lo que nos dice su sangre derramada, a instancias del Espíritu Santo: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).



[1] De la Historia del martirio de los santos Pablo Miki y compañeros, escrita por un autor contemporáneo; Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii 1, 769.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 24 de noviembre de 2015

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros, mártires


         
         La vida y muerte de estos santos nos muestra cómo la tribulación y el dolor, sufridos no simplemente de modo paciente y estoico, sino en unión con Jesucristo crucificado, constituyen un camino de santidad y un acceso directo al cielo.
         En efecto, los santos vietnamitas fueron apresados y sufrieron mucho en la cárcel, antes de morir, pero en todo momento fueron asistidos admirablemente por el Espíritu Santo, quien les dio clara conciencia de ser partícipes de la Pasión del Señor y de estar, por lo tanto, a un paso del cielo. Dice así en su carta Andrés Dung-Lac: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”[1].
         San Pablo sufre mucho, pero al mismo tiempo, el sufrimiento se ve atemperado por la misteriosa Presencia de Cristo, que lo consuela, lo conforta y lo “llena de gozo y alegría”: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”[2].
         La razón de la alegría de San Pablo Dung-Lac es que es el mismo Jesús en Persona quien, a través suyo, sufre en él, tomando consigo la casi totalidad del peso de la cruz, y dejándole para el mártir sólo una parte de la cruz “pequeña e insignificante”: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante”[3].
Pero además de llevar la cruz, Jesús vence en la lucha a favor del mártir y lo hace partícipe de su victoria, de su corona de gloria, y es aquí en donde radica la razón última de la felicidad del mártir, en que es Jesús el que vence y concede la participación en su gloria: “Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”[4].
La entrega del mártir a Jesucristo, para que Él sufra y triunfe a través suyo, se debe al Amor de Dios, porque el mártir no puede tolerar que el Nombre Santo de Dios y su Cristo sean ultrajados: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor”[5]. El mártir muere no por defender los derechos de los hombres, sino por defender los derechos de Dios: respetando los derechos de Dios, todo recto derecho humano es a su vez respetado.
Esto quiere decir varias cosas: por un lado, que el sufrimiento y la tribulación no son vanos si se ofrecen a Jesucristo; Jesucristo sufre por el mártir, en el mártir, para el mártir y para las almas; Jesucristo lleva la casi totalidad del peso de la cruz, dejando una parte insignificante para el mártir que le ofreció su cuerpo, su alma y su vida para que Él sufra a través suyo; Jesucristo vence a través del mártir, o también, el mártir vence a través de Jesucristo, porque es del triunfo de Jesucristo del que es hecho partícipe el mártir; el mártir es hecho partícipe no solo del triunfo de Jesucristo, sino de su también de su gloria eterna, es decir, por una pequeña tribulación en la tierra, al mártir se le concede una felicidad y glorias eternas. Por último, a diferencia de otras religiones, en las que los “mártires” son los que quitan la vida a sus enemigos, en el caso del mártir católico, el mártir, porque participa de la cruz de Jesús, da su propia vida por la salvación de sus enemigos, de aquellos que le quitan la vida, cumpliendo así el mandato de la caridad de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen” (Mt 5, 44).



[1] De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres; A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, París 1925, 80-83.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 30 de junio de 2015

Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma


La Iglesia celebra hoy a los protomártires de la Iglesia de Roma, víctimas de la persecución de Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64[1]. Entre los mártires más ilustres se encuentran el príncipe de los apóstoles, crucificado en el circo neroniano, en donde hoy está la Basílica de San Pedro, y el apóstol de los gentiles, san Pablo, decapitado en las “Acque Galvie” y enterrado en la vía Ostiense. Después de la fiesta de los dos apóstoles, el nuevo calendario romano universal quiere celebrar la memoria de los numerosos mártires que no pudieron tener un lugar especial en la liturgia[2].
¿Qué fue lo que sucedió y que dio origen a la persecución y matanza de estos primeros mártires? Está comprobado, por investigaciones de renombrados historiadores, que fue Nerón quien ordenó el incendio de Roma, pero debido a que odiaba a los cristianos, los culpó de su incendio, para tener un pretexto para encarcelarlos, enjuiciarlos por sedición al imperio y hacerlos asesinar. Así nos lo dice el famoso y renombrado historiador pagano romano Cornelio Tácito en el libro XV de los Annales: “Como corrían voces que el incendio de Roma había sido doloso, Nerón presentó como culpables, castigándolos con penas excepcionales, a los que, odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba cristianos”[3].
También el historiador Tertuliano confirma implícitamente la teoría de Cornelio Tácito, de que los cristianos fueron acusados injustamente del incendio de Roma, puesto que eran pacíficos y convivían pacíficamente con los demás paganos y con la comunidad hebrea romana. Según Tertuliano, el pueblo romano inició la hostilidad hacia los cristianos, culpándolos de todos sus males: “Los paganos atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”[4]. Y esta culpabilidad general, se convirtió en directa y concreta culpabilización, arresto y asesinato de los cristianos, luego del incendio de Roma, cuyo autor, como vimos, fue Nerón.  
Lo que sucede es que el cristianismo es tan fuerte, que cuando se enciende en la mente y en el corazón de una persona, ya no hay lugar para nadie más que no sea Jesucristo, el Hombre-Dios. Nerón se daba cuenta de esto y fue por este motivo que planeó un crimen tan alevoso como el incendio de Roma, para después atribuírselos injustamente a los cristianos, con la esperanza, infundada, de hacerlos desaparecer.
Algo que es llamativo, es la crueldad con la que fueron ejecutados los mártires cristianos: fueron transformados en antorchas humanas, luego de ser rociados con brea y fueron dejados ardiendo en los jardines de la colina Appia; a mujeres y niños se los vistió con pieles de animales y se los dejó a merced de las bestias feroces en el circo; otros fueron decapitados. Pero tanta crueldad, sólo sirvió para que los mismos romanos, que presenciaban tan horrendo espectáculo, se movieran a compasión, y cayeran en la cuenta de que quienes eran bárbaramente asesinados en la pista del Coliseo, eran en realidad inocentes, mientras que quien ordenó sus muertes, era quien había cometido el crimen del incendio de Roma. Dice el historiador Tácito: “Entonces se manifestó un sentimiento de piedad, aún tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón[5]. Pero no solo se trató de un mero sentimiento de compasión y de horror ante la crueldad, la que se despertó en el noble pueblo romano: la contemplación de la muerte de los cristianos, fue la ocasión para la acción del Espíritu Santo, que fue en realidad quien conmovió a los corazones de los romanos, sembrando en ellos la gracia de la conversión y suscitando nuevos cristianos, con lo cual se comprueba el aserto de los Padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.
Sin embargo, la persecución a la Iglesia y a los cristianos, lejos de disminuir o desaparecer, no ha hecho más que aumentar y arreciar en nuestro siglo XXI. Hoy como ayer, asistimos horrorizados ante el avance del odio anti-cristiano, -el Santo Padre Francisco ha dicho que “no se puede callar ante esta persecución”[6]- que se ensaña con los cristianos por el solo hecho de ser cristianos, por el solo hecho de llevar en sus almas el sello indeleble de la cruz de Cristo, impresa con el Bautismo sacramental y en el corazón el Amor de Dios, donado por el Espíritu Santo. Hoy, asistimos horrorizados ante la espantosa carnicería que milicianos armados, integrantes de sectas satanistas disfrazadas de religiosas, como ISIS, Al Qaeda, Boko Haram y muchas otras más[7], desencadenan contra los cristianos, principalmente en Medio Oriente, aunque también en otras partes del mundo. Hoy asistimos horrorizados y vemos cómo se multiplican, de a millares, los mártires cristianos, que al igual que los Primeros Santos Mártires de Roma, son decapitados, envueltos en llamas y quemados vivos, y hechos destrozar por las fieras, que tal vez en nuestros días no sean como las del circo romano, como en el caso de los Primeros Mártires, pero no dejan de ser fieras, porque son seres humanos a quienes el odio anti-cristiano les ha enceguecido la capacidad de razonar, rebajándolos a un nivel más bajo que el de las bestias irracionales.
Pero el odio satánico no triunfa sobre el Amor de Dios, porque el Amor de Dios que asiste a los mártires es infinitamente más fuerte que el odio anti-cristiano y satánico que arrebata sus vidas terrenas: si los cuerpos de los cristianos –sean los de los Primeros Mártires, o los del siglo XXI- son decapitados, “sus voces entonan en el cielo cánticos de alabanza al Cordero, porque ellos son los que han vencido a la Bestia” (cfr. Ap 18, 24), porque son los “profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cfr. Ap 18, 24)[8]”; si los cuerpos de los cristianos son envueltos en llamas, para evitar que den testimonio de Jesús, sus corazones son envueltos en las llamas del Espíritu Santo y convertidos en imágenes vivientes del Sagrado Corazón de Jesús, que en el cielo adoran al Cordero que vive por los siglos; si sus cuerpos son destrozados por bestias salvajes o por seres humanos a quienes el odio satánico les ha quitado la capacidad de razonar, rebajándolos a bestias, sus almas son glorificadas en el cielo y presentadas por la Madre de Dios, para que reciban la ternura, la dulzura, el Amor y la gloria de parte del mismo Cordero, por quienes entregaron sus vidas, y esto es así en la realidad, porque, como dijimos, el Amor de Dios es infinitamente más fuerte que el odio de Satanás y de los hombres a él asociados, y no solo jamás podrá vencer a la muerte, sino que con su irracional acto de destruir las vidas de los cristianos, lo único que hace es multiplicar el Amor que se enciende en esos mismos cristianos y en miles de millares de cristianos que, por su testimonio, seguirán sus pasos y darán sus vidas, dando testimonio martirial del Ser y del Amor de Dios Uno y Trino, que en Cristo Jesús nos ha dado su Cuerpo y su Sangre para salvarnos y conducirnos al Reino de los cielos.



[1] http://es.catholic.net/op/articulos/31952/primeros-mrtires-de-la-santa-iglesia-romana-santos.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. http://www.news.va/es/news/el-papa-pide-a-la-comunidad-internacional-que-no-p: “(RV).- Después de la oración a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó detalladamente a diferentes grupos de peregrinos e hizo una mención especial al Movimiento Shalom y su misión ante la persecución de los cristianos en el mundo, y pidió a la comunidad internacional que no mire hacia otro lado antes los conflictos que se están viviendo en diversos países del mundo. “Que no permanezca muda e inerte ante tales inaceptables crímenes, que constituyen una preocupante violación de los derechos humanos fundamentales. Pido verdaderamente que la comunidad internacional no mire hacia otro lado”, insistió”.
[7] Renombrados satanistas, como los padres Amorth y Fortea, afirman, sin dudarlo, que estas sectas militaristas y terroristas islamistas, son satánicas. También numerosos “imanes” musulmanes se han pronunciado en contra de la violencia irracional de estos grupos. Cfr.: http://observatorioantisectas.blogspot.com.ar/2015/04/famoso-exorcista-amorth-el-estado.html
[8] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p4s1c1a3_sp.html