San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 25 de noviembre de 2015

La vida de Santa Catalina de Alejandría no fue una leyenda


         Cuando se reflexiona acerca de la vida de un santo o de un mártir, como es el caso de Santa Catalina de Alejandría, se corre el riesgo, si no se tiene fe, de creer que sus vidas –y muertes martiriales- son “leyendas”, es decir, relatos ficticios, imaginarios, cuya validez y autenticidad dependen de la imaginación de quienes escribieron sus biografías. Cuando no se tiene fe, se corre el riesgo de reducir lo sobrenatural de los santos y mártires, a hechos de fantasía y, por lo tanto, inexistentes; a lo sumo, se habla de ellos como de “buenas personas”, llenas de virtudes, pero nada de hechos sobrenaturales.
         La vida de Santa Catalina de Alejandría –y sobre todo su muerte martirial- no es –como la de todos los santos y mártires- una “historia bonita” pero inventada por la imaginación de algunos, y sus méritos no se reducen a los de ser personas virtuosas que se enfrentan –virtuosamente- a los poderes de turno para defender su fe: los santos y mártires participan, de un modo misterioso y sobrenatural, de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo; es Él quien los anima con su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y es el Espíritu Santo quien, poseyendo por completo al cuerpo y el alma del santo y del mártir, actúa a través suyo, concediéndoles sabiduría y fortaleza sobrenatural, iluminándolos de manera tal que puedan dar testimonio de Cristo para que, cuando esto suceda, sus vidas sean efectivamente arrebatadas por sus verdugos y así puedan ingresar directamente a la eterna bienaventuranza.
         No hay otro fundamento, que la asistencia personal del Espíritu Santo, que los hace participar a la cruz de Jesús, Rey de Santos y Mártires, para explicar los hechos sobrenaturales que rodean ya sea a la vida de los santos o a la muerte de los mártires.
         En el caso de Santa Catalina de Alejandría, se sabe de ella que era “una joven de extremada belleza e inteligencia, perteneciente a una familia noble de Alejandría, versada en los conocimientos filosóficos de la época y defensora incansable de la Verdad”[1]. Fue esta defensa de la Verdad Encarnada, Jesucristo, frente al error pagano, lo que le valió ser martirizada por el emperador Maximino Daia, quien, habiendo fracasado en sus intentos de hacerle abandonar la fe en Cristo con sus razonamientos falsos, convocó a los sabios del imperio para que la hicieran abandonar la Verdad, es decir, Cristo, pero estos sabios no solo no la pudieron vencer con sus sofismas gnósticos, sino que muchos de ellos, hombres de buena voluntad, se convirtieron gracias a la sabiduría sobrenatural de Santa Catalina. Así, Santa Catalina venció al error y la mentira –el “Padre de la mentira es Satanás”-, por medio de la Sabiduría Encarnada, Jesucristo.
Frustrado por haber sido vencido en el terreno de la razón, el emperador Maximino, un “hombre semibárbaro, fiera salvaje del Danubio, que habían soltado en las cultas ciudades del Oriente”, según términos de Lactancio[2], ordenó que Santa Catalina fuera ejecutada, primero por medio de una rueda dentada, la cual inexplicablemente no le hizo nada, pero en cambio sí hirió a sus verdugos, al saltar por el aire las cuchillas, y luego por la espada, ya que al fracasar en su primer intento, el emperador ordenó que la santa fuera decapitada. Puesto que ya había dado testimonio de Cristo, el Espíritu Santo, que inhabitaba en ella, permitió que muriera por el golpe de la espada.
         De esta manera, Santa Catalina de Alejandría nos da ejemplo de amor a la Verdad, porque la buscó con toda pasión y cuando la encontró, no solo no la abandonó, sino que dio su vida por ella, por la Verdad Encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios.



[1] Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/32160/catalina-de-alejandra-santa.html
[2] Cfr. ibidem.

martes, 24 de noviembre de 2015

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros, mártires


         
         La vida y muerte de estos santos nos muestra cómo la tribulación y el dolor, sufridos no simplemente de modo paciente y estoico, sino en unión con Jesucristo crucificado, constituyen un camino de santidad y un acceso directo al cielo.
         En efecto, los santos vietnamitas fueron apresados y sufrieron mucho en la cárcel, antes de morir, pero en todo momento fueron asistidos admirablemente por el Espíritu Santo, quien les dio clara conciencia de ser partícipes de la Pasión del Señor y de estar, por lo tanto, a un paso del cielo. Dice así en su carta Andrés Dung-Lac: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”[1].
         San Pablo sufre mucho, pero al mismo tiempo, el sufrimiento se ve atemperado por la misteriosa Presencia de Cristo, que lo consuela, lo conforta y lo “llena de gozo y alegría”: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”[2].
         La razón de la alegría de San Pablo Dung-Lac es que es el mismo Jesús en Persona quien, a través suyo, sufre en él, tomando consigo la casi totalidad del peso de la cruz, y dejándole para el mártir sólo una parte de la cruz “pequeña e insignificante”: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante”[3].
Pero además de llevar la cruz, Jesús vence en la lucha a favor del mártir y lo hace partícipe de su victoria, de su corona de gloria, y es aquí en donde radica la razón última de la felicidad del mártir, en que es Jesús el que vence y concede la participación en su gloria: “Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”[4].
La entrega del mártir a Jesucristo, para que Él sufra y triunfe a través suyo, se debe al Amor de Dios, porque el mártir no puede tolerar que el Nombre Santo de Dios y su Cristo sean ultrajados: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor”[5]. El mártir muere no por defender los derechos de los hombres, sino por defender los derechos de Dios: respetando los derechos de Dios, todo recto derecho humano es a su vez respetado.
Esto quiere decir varias cosas: por un lado, que el sufrimiento y la tribulación no son vanos si se ofrecen a Jesucristo; Jesucristo sufre por el mártir, en el mártir, para el mártir y para las almas; Jesucristo lleva la casi totalidad del peso de la cruz, dejando una parte insignificante para el mártir que le ofreció su cuerpo, su alma y su vida para que Él sufra a través suyo; Jesucristo vence a través del mártir, o también, el mártir vence a través de Jesucristo, porque es del triunfo de Jesucristo del que es hecho partícipe el mártir; el mártir es hecho partícipe no solo del triunfo de Jesucristo, sino de su también de su gloria eterna, es decir, por una pequeña tribulación en la tierra, al mártir se le concede una felicidad y glorias eternas. Por último, a diferencia de otras religiones, en las que los “mártires” son los que quitan la vida a sus enemigos, en el caso del mártir católico, el mártir, porque participa de la cruz de Jesús, da su propia vida por la salvación de sus enemigos, de aquellos que le quitan la vida, cumpliendo así el mandato de la caridad de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen” (Mt 5, 44).



[1] De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres; A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, París 1925, 80-83.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

miércoles, 22 de abril de 2015

San Jorge, mártir


Según la tradición, San Jorge, que era capitán del ejército[1], al llegar a una ciudad de Oriente, se encontró con un dragón de un pantano –otros dicen que era un caimán de enorme tamaño-, que devoraba a mucha gente y nadie se atrevía a acercársele. San Jorge lo enfrentó valientemente y acabó con tan feroz animal, luego de lo cual reunió a todos los vecinos del pueblo, que estaban llenos de admiración y de emoción, y les habló tan fervorosamente de Jesucristo, que muchos de ellos se convirtieron y se hicieron cristianos.
Fue en esa época que el emperador Diocleciano ordenó que todos los súbditos, en su imperio, debían adorar a los ídolos o dioses falsos, prohibiendo al mismo tiempo la adoración al verdadero y único Dios Jesucristo. Lejos de acatar tan sacrílega e impía orden, San Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces Diocleciano decretó la pena de muerte contra el santo. Según las actas del martirio, cuando San Jorge era conducido hacia el lugar de su ejecución, fue llevado al templo de los ídolos, para tentarlo y ver si los adoraba, pero al entrar San Jorge en el templo, en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. En su muerte martirial, imitó a Nuestro Señor Jesucristo en muchos aspectos, como todo mártir, pero sobre todo en dos momentos: como Jesús, fue azotado y mientras lo azotaban, meditaba en la flagelación de Nuestro Señor, uniéndose a Jesús sin pronunciar un solo quejido; y también como Jesús, antes de morir, encomendó su alma a Dios, pues se le oyó decir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Su última alegría en la tierra, preludio de la alegría eterna de la cual ya goza eternamente en el Reino de los cielos, fue saber que iba a ser decapitado por su fe en Jesucristo, pues de esa manera conquistaría inmediatamente un puesto de honor junto al Rey de los mártires, Jesús. Su entereza y valentía al momento de morir y su testimonio de fe en Jesús, llevaron a muchos a la conversión, porque al verlo con tanta fortaleza interior, decían: “Es valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”.
La vida y la muerte martirial de San Jorge, es un ejemplo para todos nosotros: así como San Jorge luchó y venció al dragón en nombre de Cristo, así también nosotros, armados con la armadura de la fe y levantando en alto el estandarte ensangrentado de la cruz de Jesús, así nosotros venceremos al dragón infernal, que pretende arrebatarnos la vida de la gracia con sus tentaciones. El ejemplo de un gran santo y mártir como San Jorge, que movido por el amor del Espíritu Santo, prefirió morir antes que postrarse ante los ídolos, es sumamente necesario en nuestros días, en los que abundan los ídolos neo-paganos: la vida de santos como San Jorge nos recuerda que el único Dios verdadero ante el cual debemos doblar las rodillas en adoración, es Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, Presente en la Cruz y en la Eucaristía.




[1]https://www.ewtn.com/spanish/saints/Jorge_4_23.htm;cfr.https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=124

martes, 3 de febrero de 2015

San Blas, obispo y mártir

Escenas de la vida de San Blas. Speculum historiale. V. de Beauvais. S. XV.

         San Blas fue obispo en Sebaste, Armenia, en tiempos de la persecución desencadenada por Diocleciano a principios del siglo IV y continuada por sus sucesores Galeno, Máximo, Daia y Licinio. Al arreciar la persecución, bajo el prefecto Agrícola, comisionado por Licinio para exterminar el cristianismo, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas, y se refugia en una gruta del monte Argeo. Allí, privado de todo consuelo humano, pero abundando en consuelos celestiales, hace vida eremítica, entregado a la penitencia y a la oración contemplativa.
En la noche precedente a la prisión se le aparece por tres veces Nuestro Señor Jesucristo, animándolo a que “le ofrezca el sacrificio”; por la expresión utilizada por Jesús, San Blas entendió que Jesús lo llamaba al martirio, puesto que “el sacrificio” que le pedía Jesús, era la entrega de su vida, pero no de cualquier manera, ni por cualquier motivo: “ofrecer el sacrificio”, en palabras de Jesús, es “entregar la vida en sacrificio”, significa que quien lo hace, une su vida al sacrificio redentor de la cruz de Jesús, con lo cual, su vida adquiere un valor infinito, un valor de redención y salvación, para él y para sus hermanos, porque la está uniendo al santo sacrificio del Calvario. Es decir, Jesús se le aparece a San Blas para prepararlo para el martirio, para la entrega sacrificial de su vida, uniéndola a su sacrificio en cruz. Esa entrega se concretó al amanecer del tercer día de las apariciones de Jesús: San Blas se levantó y celebró la Santa Misa; al finalizar, llegaron los ministros del prefecto, diciéndole: “Sal de tu gruta; el prefecto te llama”. Sabiendo San Blas que la llamada era para ser ejecutado, responde con calma y con alegría, deseoso de acudir a su ejecución, lo cual es un indicio de que estaba asistido por el Espíritu Santo. Según la Tradición, San Blas salió y con rostro sonriente y palabras cariñosas, se dirigió así a sus carceleros: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. Y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”. En estas palabras, se ve cómo el santo tiene un preanuncio de su martirio y una perfecta comprensión de que ha sido elegido para participar del Calvario y del  sacrificio redentor de Jesucristo: ésa es la razón por la cual, ante el arresto y el conocimiento que habrá de morir, no solo no se desespera ni intenta huir, sino que se entrega mansamente, como un cordero, en manos de sus guardianes y ejecutores, imitando en esto a Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, quien libre y voluntariamente se entregó a sus verdugos, ofreciéndose como Víctima de expiación para la salvación de los hombres. Durante el traslado de San Blas a Sebaste, el santo hizo numerosos milagros a los enfermos que se acercaban a él para pedirle su bendición y la curación de sus dolencias. Fue aquí en donde sucedió el milagro que dio luego origen a la bendición de las gargantas, propia de su festividad. Una madre le presentó a su hijo moribundo, a causa de una espina atravesada en la garganta, clamando: “¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo!”. Inmediatamente, San Blas, impuso su mano sobre el agonizante, haciendo sobre su garganta la señal de la cruz, rezó por él, y el niño recuperó inmediatamente la salud.
Llevado ante el prefecto y una vez ante él, éste le propuso la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses paganos, a cambio de la vida. San Blas rechazó, de plano, la idolátrica propuesta, por lo que el prefecto dio orden que comenzara su martirio, el cual se extendió por varios días. Luego de sufrir una terrible golpiza, y viendo sus verdugos que no conseguían hacerlo apostatar de la fe, lo suspendieron de un madero y, con unos garfios de hierro, laceraron su piel y desgarraron sus músculos con garfios de hierro, dejándolo casi agonizante a causa de la severidad de sus lesiones y la abundante pérdida de sangre, aunque tampoco con esta tremenda tortura consiguieron hacerlo apostatar de la fe; todo lo contrario, el santo, asistido por el Espíritu Santo, como todos los mártires, vio acrecentada su fe y su amor por Jesucristo, y fue así como la confesión del Nombre de Jesucristo, al precio de su sangre y de su vida, se reafirmó en San Blas por cada segundo transcurrido en la tortura. Antes de su muerte, y en medio de las terribles torturas que le provocaban abundante efusión de sangre, sucedió un hecho que confirma el dicho: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”: al volver a la prisión regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogieron su sangre y se ungieron con ella, siendo detenidas por esta acción. En el interrogatorio, sin ceder ante las amenazas de muerte y ante las torturas, alentadas por el ejemplo de San Blas, confesaron su fe en Jesucristo, perseverando en la fe hasta ser decapitadas. Una de estas mártires, antes de morir, encomendó a San Blas sus dos pequeños hijos, quienes, a pesar de su corta edad, querían seguirla por la senda celestial del martirio. Ambos niños murieron decapitados junto con San Blas, en las afueras de Sebaste, en el año 316, consumando así el glorioso martirio del pastor junto con sus corderos.

Al conmemorar a San Blas, le pidamos que interceda para que, al igual que él, que movido por un ardiente amor a Jesucristo, no dudó en derramar su sangre y ofrendar su vida dando testimonio de su divinidad, así también nosotros, movidos por el amor a Jesús Eucaristía, el mismo y único Jesucristo por el cual San Blas dio su vida, seamos capaces de dar testimonio de su divinidad y de su Presencia real en el Santísimo Sacramento del altar, y así como él bendijo la garganta del moribundo dándole la vida, así también nosotros bendigamos a Dios Uno y Trino y a nuestro Salvador Jesucristo, con nuestras gargantas, nuestros corazones y nuestras buenas obras, en el tiempo y en la eternidad.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

San Josafat, obispo y mártir


         San Josafat de Polotsk, llamado “mártir de la restauración de la  unión”, luchó y murió en su afán de conseguir la reconciliación de los que estaban separados de Roma[1]; fue, además de patriota, un católico oriental de espíritu romano y selló con su sangre su testimonio sobre una de las más notorias características de la Iglesia fundada por Jesucristo: la Iglesia es una y es católica, es decir, es universal y está fundada sobre la Piedra que es Pedro, por lo que su gobierno es jerárquico y vertical y Pedro, el Papa, en cuanto es el obispo de Roma, posee la autoridad suprema sobre toda la Iglesia, sobre su rama Occidental y sobre su rama Oriental. San Josafat derramó su sangre dando así testimonio sobre la catolicidad vertical de la Iglesia dentro de la unidad.
El martirio de San Josafat se comprende a la luz del gran cisma de Oriente de julio de 1054, cisma por el que se desprendió de la catolicidad la Iglesia Oriental luego de la controversia del Filioque: mientras la Iglesia Occidental sostiene que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (Filioque), la Iglesia de Oriente sostiene que el Espíritu Santo procede del Padre (y no del Hijo).
San Josafat era abad del monasterio de Vilna, Lituania. En esa ciudad convivían católicos latinos fieles a Roma, ortodoxos rusos y católicos orientales de rito griego. Cuando fue nombrado obispo de Polotsk en 1617, trabajó intensamente por la unidad de los cristianos, de rito oriental como latino. Su vida de santidad, sus extremas penitencias, su vida de oración continua, su humildad, su caridad, le hacían conquistar tantas almas para Cristo, que le valieron el mote de “ladrón de almas”. Sin embargo, esto le supuso también el granjearse un buen número de enemigos, los cuales tramaron su muerte, que se llevó a cabo al salir de la catedral. Al enfrentarse con sus asesinos, San Josafat les dijo así: “Me buscáis para matarme; en los ríos, en los puentes, en los caminos, en las ciudades, me ponéis asechanzas. He venido espontáneamente a vosotros para que sepáis que soy vuestro pastor, y ojalá el Señor me conceda el poder entregar mi alma por la santa unión, por la Sede de Pedro y sus sucesores los pontífices de Roma”. Con estas palabras, San Josafat estaba diciendo que ofrecía su vida por la unidad de la Iglesia y por unidad de los cristianos. De esta manera, imitaba a Cristo, que reconcilió a judíos y gentiles, con su sacrificio en la cruz, según la Escritura: “Derribó con su Cuerpo en la cruz el muro de odio que separaba a judíos y gentiles” (cfr. Ef 2, 14).
Las palabras de San Josafat impresionaron por unos instantes a sus asesinos, pero pasados unos minutos, dos de ellos, gritando “¡Muera el papista, muera el latino!”, se abalanzaron sobre él, lo hirieron con un látigo debajo del ojo hasta dejarlo sin sentido, y luego lo derribaron en tierra con un hachazo; ya en el suelo, lo destrozaron de tal forma con palos y puñales, que apenas se podía reconocer su figura humana, y para ensañarse aún más, descuartizaron el perro de la casa y mezclaron sus pedazos con la carne maltrecha del cuerpo del santo. Todavía agonizante, levantó su mano para bendecir a sus asesinos, pronunciando al mismo tiempo la jaculatoria: “¡Oh Dios mío!”, luego de lo cual, murió.
Luego de su muerte, ocurrieron numerosos milagros morales[2]  –entre ellos, la conversión de sus asesinos- y físicos –curaciones de todo tipo[3]-; el Papa Pío XI declaró a San Josafat Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos el 12 de noviembre de 1923, III centenario de su martirio[4].
San Josafat es el mártir del papado: dio su vida, testimoniando con el derramamiento de su sangre, las palabras de Jesús: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). San Josafat testimonió con su sangre que la Iglesia está fundada sobre Pedro, así como Pedro está fundado sobre Cristo y sobre el Espíritu Santo. Por lo tanto, el verdadero ecumenismo, es precisamente éste: dar testimonio de que la Única Iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica y que como tal, posee la totalidad de la Verdad Revelada y que Pedro, el Vicario de Cristo, posee la suprema autoridad sobre toda la Iglesia, sobre la Iglesia de Occidente y sobre la Iglesia de Oriente.







[1] Los rutenos. La Iglesia greco-católica rutena o Iglesia católica bizantina rutena es una de las Iglesias orientales católicas sui iuris en plena comunión con la Santa Sede de la Iglesia católica. Actualmente se encuentra dividida en tres jurisdicciones independientes entre sí aunque se considera al eparca de Mukachevo como el primado de honor de la iglesia rutena, pero sin ninguna autoridad sobre las otras. Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_cat%C3%B3lica_bizantina_rutena
[2] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/11/11-12_S_josafat.htm
[3] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/11/11-12_S_josafat.htm
[4] http://www.corazones.org/santos/josafat.htm

domingo, 2 de febrero de 2014

San Blas, obispo y mártir




Según relata la Tradición, la noche antes de morir, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció a San Blas, que se encontraba refugiado en las montañas a causa de la persecución a los cristianos, pidiéndole que le ofreciera el sacrificio. San Blas entendió que el Señor le pedía el martirio, por lo que celebró la Santa Misa y se dispuso a esperar a los soldados del emperador que lo viniesen a arrestar, lo cual sucedió. Cuando estos llegaron y le dicen que salga de la gruta, San Blas los recibe con el rostro sonriente y con estas cariñosas palabras, según constan en las Actas de su martirio: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. Y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”. Luego sucedió lo que todos sabemos, el milagro en el camino, el de la resurrección del hijo de una mujer, que había muerto a causa de una espina que se le había atravesado en la garganta y que vuelve a la vida luego de que San Blas le impusiera sus manos en la garganta y es el milagro que da origen a la fiesta que hoy celebramos.
         Pero más importante que ese milagro son las palabras de San Blas a sus captores, porque reflejan su disposición interior, espiritual, con la cual él como obispo y sacerdote celebraba la Santa Misa. Esta disposición es una disposición muy particular, y es la disposición misma del Salvador, es la disposición martirial. Jesús se le aparece tres veces por la noche antes del martirio físico, pidiéndole que celebre los “sagrados misterios”, es decir, la Santa Misa, como modo de prepararlo para la entrega final, definitiva y total de su vida en el martirio cruento que habría de suceder pocos días después.
La muerte martirial, por la cual él habría de derramar físicamente su sangre y entregar materialmente su vida, no tendría valor ni sentido si no estuviera precedida y fundamentada en la entrega sacrificial de su espíritu y en la inmolación de su ser en la cruz del altar, unido a Él, a Jesucristo, el Salvador, por medio de la Santa Misa, y es por esto que Jesús se le aparece por tres noches consecutivas, anteriores al martirio, para que se una espiritualmente a Él, al sacrificio de la Cruz, de modo tal que el sacrificio de su cuerpo, que sucederá días después, será solo la coronación del sacrificio del espíritu que ha sido ya inmolado en la Cruz al Rey de los mártires. Es esto lo que San Blas entiende y es esto lo que hace, y por eso es que San Blas dice a sus captores: “Mi Señor Jesucristo desea la hostia de mi cuerpo” y, lejos de oponerse a su captura o lejos de huir de una más que segura muerte, los recibe con cariño y afecto, porque sus verdugos son en realidad ejecutores del plan divino que para él, para San Blas, consiste en unirlo a la Cruz de Jesús y así conducirlo al cielo.
Es por esto que San Blas, además de ser para nosotros protector de todo mal de garganta –especialmente, del mal más terrible de todos, el mal del pecado, y por eso lo que debemos pedirle es que jamás salga, ni de nuestras gargantas ni de nuestros corazones, pecado alguno que ofenda la majestad y bondad divina-, nos enseña a participar en la Santa Misa con disposición martirial, de modo que en cada Santa Misa digamos, junto con San Blas: “Mi Señor Jesucristo desea la hostia de mi cuerpo y de mi espíritu”.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Santa Lucía, virgen y mártir


         Puesto que murió mártir, Santa Lucía es representada con una hoja de palma, que simboliza el martirio. Pero también es representada con una bandeja en la que están sus ojos y el motivo es que, según antiguas tradiciones, le habrían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo.
Todo en Lucía remite a la luz, porque su nombre -“Lucía”- significa “la luminosa”, mientras que los ojos, con los cuales se la representa en una bandeja, son la “ventana del alma”, por donde “entra la luz”.
En los tiempos presentes, tiempos “de tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-71), Santa Lucía, en cuanto santa y mártir, se nos muestra entonces como quien nos anuncia la luz, una gran luz, la luz que eterna que derrota a las tinieblas vivientes -los ángeles caídos-, y a las tinieblas del error y del pecado, y esa Luz Viva e indefectible, eterna e inaccesible que nos anuncia Lucía, es Jesucristo, “Luz del mundo” (Jn 8, 12).
Si todo santo es puesto por la Iglesia como modelo y ejemplo de santidad, Santa Lucía, con su vida y muerte ejemplar, es para nosotros como una luz en la noche oscura, luz que nos anticipa y preanuncia el Sol de justicia, la “Lámpara que ilumina la Jerusalén celestial”, Jesús, el Cordero de Dios.

Lo que nos deja Santa Lucía como ejemplo a imitar es su luminosidad, pero no la luminosidad que se desprende de su nombre, sino la luz de la gracia, luz creatural participada de la Gracia Increada, Jesús, el Hombre-Dios. Quien se deja iluminar, como Santa Lucía, por la “Luz de Luz” que es Jesús, no solo no vive en tinieblas, sino que ya, en este mundo, vive iluminado por la luz de Dios, luz que es Vida y Amor, luz que derrota para siempre a las tinieblas del error y de la ignorancia. Que Santa Lucía, “la luminosa”, interceda por nosotros para que vivamos, en el tiempo que nos queda de vida terrena, en la luz de Cristo, como anticipo de la luminosa vida de gloria que por la Misericordia Divina esperamos vivir en la eternidad.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Santa Cecilia, virgen y mártir, y la comunión eucarística


         Podemos decir que hay dos aspectos que sobresalen en la vida de esta santa, que son de mucho provecho espiritual: el hecho de que Santa Cecilia le “cantaba a Dios en su corazón” y el modo de su martirio, que nos indica algo muy especial.
Comencemos por el primer aspecto, el canto de Cecilia: según consta en las actas del martirio de Santa Cecilia, el día de su matrimonio, la santa le cantaba a Dios en su corazón, y esto le valió el ser considerada patrona de los músicos. Pero no necesitamos ser músicos para que Santa Cecilia sea nuestra celestial patrona e intercesora ante Dios, puesto que, aun sin saber ejecutar ningún instrumento, y aún sin ser ni siquiera diestros en el arte de la música, podemos imitar a la santa, cantando a Dios con el corazón. Hemos sido creados por Dios, para Dios y es esto lo que explica que, como dice San Agustín, nuestro corazón “no está tranquilo hasta que no reposa en Dios”. El canto de Santa Cecilia refleja precisamente este hecho, porque no se trata de un mero canto, interpretado como un pasatiempo: el canto de Santa Cecilia, en su corazón, a Dios, surge de la alegría que experimenta el alma al haber encontrado a Aquel que es la causa de su gozo, Dios Uno y Trino. Santa Cecilia le canta a Dios y en su canto expresa el gozo, la alegría, el amor y la paz que experimenta el alma al haber encontrado a Dios, aunque en realidad es Dios quien se ha dejado encontrar por la santa. Santa Cecilia le canta a Dios en el tiempo, como anticipo del canto que habría de entonar por la eternidad en los cielos, y en esto es un ejemplo para nosotros: la Santa nos dice que no tenemos que esperar a morir para cantarle a Dios, sino que debemos hacerlo ya, desde ahora, en todo lo que nos resta de nuestra vida terrena, para continuar luego cantando de gozo y alegría, en éxtasis de amor continuo, por los siglos sin fin. Y una oportunidad que tenemos para expresar con el canto este gozo celestial, es el momento de la comunión eucarística, porque ahí poseemos en anticipo a Aquel a quien contemplaremos en la eternidad, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, la causa de nuestro gozo y de nuestra alegría. Al comulgar, entonces, recordemos el ejemplo de Santa Cecilia, que cantaba a Dios en su corazón, y preparemos nuestro corazón con cánticos de amor, de adoración y de alabanzas, para el ingreso majestuoso de nuestro Dios, que viene a nosotros bajo apariencia de pan, y recibamos a la Eucaristía con el canto gozoso y en silencio del corazón.
El otro aspecto de la vida de Santa Cecilia que nos enriquece espiritualmente es, paradójicamente, el momento de su muerte, porque no es una muerte más, sino que se trata de una muerte martirial, y como todo mártir, sus palabras y sus hechos están inspirados, iluminados, guiados por el Espíritu Santo, de modo que las palabras y la muerte del mártir debemos tomarlas como provenientes de la Voluntad Divina. En este caso, no nos detendremos en sus palabras, sino en los hechos que rodearon su muerte martirial. Según las actas del martirio, Santa Cecilia murió decapitada, pero lo particular es que el verdugo –probablemente a un cálculo erróneo del golpe, o al estado defectuoso del arma que utilizó para decapitar a Santa Cecilia- debió dar tres golpes en el cuello de la santa; a pesar de esto, la cabeza de la Santa no se separó por completo del tronco, por lo cual estuvo tres días en agonía, antes de morir; finalmente, su mano derecha –según consta el relato del escultor que esculpió su imagen tal como fue encontrada siglos después, incorrupto- tenía doblados los dedos anular y meñique, y extendidos el pulgar, el índice y el medio, con lo cual quedaba de manifiesto que la santa había muerto con la intención de señalar el número “tres”. A su vez, con su mano izquierda, señalaba el número uno, pues tenía el dedo índice levantado. Es decir, al morir, en Santa Cecilia se repite el número tres: tres golpes, tres días de agonía, tres indicado con sus dedos, a lo que se suma el número "uno" señalado con el dedo índice de su mano izquierda: con esto, la santa nos indica que da su vida, gozosa, por Dios Uno y Trino, el único Dios verdadero. Y también aquí nos sirve el ejemplo de Santa Cecilia, para crecer en nuestro amor a Dios Trino, porque si bien la santa dio su vida por Dios Trino -y esa es la razón de su eterna felicidad, porque ahora ella está feliz en los cielos-, sin embargo, al momento de su muerte, ella no recibió corporalmente aquello que era la causa de su felicidad, el don máximo de la Trinidad, la Eucaristía; nosotros, en cambio, debemos considerarnos mucho más afortunados que la santa, porque sin que se nos urja a morir, recibimos la obra más grande y maravillosa de Dios Uno y Trino, la Santa Eucaristía –Dios Padre nos dona a su Hijo Dios para que Él a su vez nos done a Dios Espíritu Santo-, y esto como un anticipo de lo que será la comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Trinidad en los cielos.

Entonces, al comulgar, recordemos a Santa Cecilia y demos gracias a Dios por su martirio.     

miércoles, 16 de octubre de 2013

San Ignacio de Antioquía y el testimonio de su amor a Cristo


         San Ignacio de Antioquía sufrió el martirio en tiempos del Emperador Trajano, quien decidió la persecución de todos aquellos que no adoraran a los dioses del panteón romano, a quienes atribuía la victoria sobre sus enemigos. En las Actas del martirio de San Ignacio, se puede leer el interrogatorio al que fue sometido por el emperador en persona y el testimonio de fe en Jesucristo que resulta de este diálogo:
-¿Quién eres tú, espíritu malvado, que osas desobedecer mis órdenes e incitas a otros a su perdición?
-Nadie llama a Teóforo espíritu malvado, respondió el santo.
–¿Quién es Teóforo?
-El que lleva a Dios dentro de sí.
-¿Quiere eso decir que nosotros no llevamos dentro a los dioses que nos ayudan contra nuestros enemigos?, preguntó el emperador.
-Te equivocas cuando llamas dioses a los que no son sino diablos, replicó Ignacio. Hay un solo Dios que hizo el cielo y la tierra y todas las cosas; y un solo Jesucristo, en cuyo reino deseo ardientemente ser admitido.
-¿Te refieres al que fue crucificado bajo Poncio Pilato?.
-Sí, a Aquél que con su muerte crucificó el pecado y a su autor, y que proclamó que toda malicia diabólica ha de ser hollada por quienes lo llevan en el corazón.
-¿Entonces tú llevas a Cristo dentro de ti?
-Sí, porque está escrito, viviré con ellos y caminaré con ellos.
Cuando lo mandaron a encadenar para llevarlo a morir en Roma, San Ignacio exclamó: “Te doy gracias, Señor, por haberme permitido darte esta prueba de amor perfecto y por dejar que me encadenen por Tí, como tu apóstol Pablo”.
         San Ignacio de Antioquía demuestra, con el don de su vida, que aquello que decía con sus palabas, de que llevaba a Dios dentro de sí, era realidad, y por esto muere como “Teóforo”, es decir, como “Portador de Dios”. San Ignacio vive y hace carne las palabras de Cristo: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 19-23): su tesoro es Cristo crucificado y por eso su corazón está al pie de la Cruz, mereciendo así compartir la muerte martirial del Rey de los mártires.
El ejemplo de este mártir, con sus palabras, vida y obras, es válido para todo tiempo, pero mucho más para nuestro tiempo, en el que el mundo ha logrado desplazar del corazón de los hombres a Cristo Dios, para colocar en su lugar a los ídolos del neo-paganismo imperante que parece triunfar por todas partes. Al recordar a San Ignacio de Antioquía, le pedimos que interceda por nosotros para que en nuestros corazones arda el Amor de Cristo, ese Amor que es depositado en el alma en cada comunión sacramental, para que así encendidos en el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús seamos convertidos en “Cristóforos”, es decir, “Portadores de Cristo”.


lunes, 16 de septiembre de 2013

San Cipriano, obispo y mártir

          En las Actas del martirio de San Cipriano se lee, en el decreto por el cual se lo sentencia a muerte al santo obispo, que la causa de su sentencia a muerte es el haberse convertido en "enemigo de los dioses de Roma y de la antigua religión", además de ser el "culpable" de que otros imiten su ejemplo y adhieran a la "nefanda doctrina".
          Visto con los ojos humanos, la muerte de San Cipriano está justificada: es un "enemigo de la religión de Roma", y por lo tanto, es enemigo también del emperador, a quien se adora por medio de esta religión; es enemigo también de las costumbres y religiones ancestrales -que no es otra cosa que paganismo y brujería-, y además es un rebelde que altera la paz y el orden públicos y pone en peligro los cimientos mismos del Imperio Romano, desde el momento en que es culpable de que "muchos" abandonen la religión de Roma, el culto idolátrico al emperador y la religión antigua -la brujería-, para seguir la religión de un hombre crucificado y muerto hace cientos de años. En definitiva, a los ojos de los hombres sin fe y a los ojos del mundo, la sentencia a muerte de San Cipriano está justificada, porque es un enemigo del Imperio, un traidor, un rebelde y un instigador a la rebelión, y todo esto lo hace acreedor del "odio del mundo" (cfr. Jn 15, 18-21), el cual descarga sobre San Cipriano toda la fuerza de su poder, poder que es muerte y destrucción.
          Ahora bien, si el mundo, que está "bajo el poder del Príncipe de las tinieblas" (cfr. 1 Jn 5, 19), guiado por el odio del ángel caído, odia a San Cipriano, es porque antes odió a Cristo, Hijo de Dios, que ha venido para "destruir las obras del demonio" (1 Jn 3, 8). Es por esto que, a los ojos de Dios, San Cipriano no es enemigo sino amigo, y ya lo había dicho Jesús en la Última Cena: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" (Jn 15, 15), y San Cipriano es amigo de Dios, porque Dios Padre ve en él la imagen de su Hijo Jesús, imagen tallada y esculpida a fuego por la gracia santificante, y al ver a su Hijo Jesús en San Cipriano, Dios Padre ve que no es San Cipriano quien se inmola, sino su Hijo Jesús quien, a través de San Cipriano, continúa su Pasión redentora, derramando su Sangre por la salvación de los hombres. Es así, entonces, que a los ojos de Dios, todo cambia: el enemigo del mundo es su amigo; el traidor a los ojos del mundo, es su hijo más fiel; el rebelde a los ojos del mundo, es su hijo más dócil a las mociones del Amor divino; el que es odiado por el mundo, es aquel a quien más ama Dios, enviándole el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que inhabita en el alma del mártir y habla a través suyo.
          El mensaje de santidad de San Cipriano, entonces, es este: "Bienaventurados cuando os odien a causa del Hijo del hombre, porque eso significa que sois amados por el Padre y su Espíritu Divino".
         

          

martes, 9 de julio de 2013

Vida y milagros de San Cristóbal[1] (redactado para niños)



            Cristóbal significa “el que carga o portador de Cristo”. San Cristóbal, popularísimo gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades: era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele viajar en coche, los automovilistas piadosos llevan una medalla de san Cristóbal junto al volante.
¿Quién era? Con la historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que nació en el año 405, y quizá un mártir de Asia menor a quien ya se rendía culto en el Siglo V. Su nombre griego, “el portador de Cristo”, es enigmático, y se empareja con una de las historias más bellas y significativas de toda la tradición cristiana. Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran dignos de él.

            Mensaje de santidad de San Cristóbal[2]
Según la tradición, había una vez un joven, muy alto y con mucha fuerza, que se llamaba Cristóbal, quien se ofreció a un rey para trabajar en el castillo. Un día, había una fiesta en el castillo, y había unos que hacían una obra de teatro. En algunas partes, nombraban al diablo, y cada vez que nombraban al diablo, el rey se santiguaba, y entonces Cristóbal le preguntó que porqué hacía eso. El rey le dijo que era porque le tenía miedo al diablo, entonces Cristóbal le dijo que él iba a buscar al diablo para servirlo, porque él quería servir al más fuerte de todos.
 Cristóbal salió del castillo y comenzó a caminar, y se encontró con el diablo, que venía a caballo, y le dijo si podía servirlo, y el diablo le dijo que sí, y siguieron caminando. Iban así por el camino, el diablo a caballo y Cristóbal a su lado, cuando de repente vieron, al costado del camino, una cruz de madera. Apenas vio la cruz, el diablo se puso blanco del miedo, se bajó del caballo, y comenzó a correr para el otro lado de donde estaba la cruz, se metió en el monte, y lleno de espanto, salió por otro lado del camino, más delante de donde estaba la cruz. Cristóbal, que creía que el diablo tenía mucha fuerza, le preguntó al diablo que porqué había escapado de la cruz, y el diablo le dijo: “En esa cruz murió el Hijo de Dios, y por eso le tengo terror a la cruz”. Entonces Cristóbal le dijo al diablo que él no era tan fuerte como creía, y que lo iba a dejar para buscar a ese Hijo de Dios, que ése sí era fuerte, y se fue.
Cristóbal seguía caminando, buscando a Cristo para servirlo, y se encontró con un sacerdote viejito, que le preguntó qué era lo que buscaba. Cristóbal le dijo que a Jesús, porque le habían dicho que era muy fuerte, y por eso quería servirlo.
Entonces el sacerdote anciano le dijo que había una forma en que podía servir a Jesús: ahí cerca había un río que tenía mucha agua y que era hondo, y mucha gente se había ahogado tratando de pasarlo. El sacerdote le dijo a San Cristóbal que lo que él podía hacer, para servir a Jesús, era ayudar a la gente a cruzar el río. Como él era grande y fuerte, esto no le iba a costar mucho. San Cristóbal le dijo que sí al sacerdote viejito, y se armó una casita a la orilla del río, y se puso a esperar a que pasara la gente, y así se pasó mucho tiempo, ayudando a la gente a cruzar.
Un día, Cristóbal estaba en su casa, a la orilla del río, esperando que viniera más gente, cuando oyó la voz de un niño: “¡Cristóbal, sal de la casa, y ayúdame a cruzar el río!”. Salió Cristóbal, pero no encontró a nadie, así que se volvió a meter en su casa. Le volvió a pasar lo mismo otra vez, y se volvió a meter en la casa. Parecía que el niño estaba jugando a las escondidas con Cristóbal. Por tercera vez, volvió a sentir la misma voz que lo llamaba, salió, y ahí sí vio a un niño, que era el que lo llamaba. Cristóbal se acercó, y el niño le pidió que lo llevara a la otra orilla del río, y eso hizo Cristóbal, subiéndolo al niño, que era pequeño, como de unos nueve o diez años, sobre sus hombros y, usando su bastón, se metió en el río.
Cristóbal se metió en el río, pensando que era un trabajo fácil, porque era pequeño, y no pesaba mucho. Él ya había pasado otras veces el río, llevando a gente mucho más pesada que el niño, y nunca había pasado nada.
Iba así caminando Cristóbal con el niño, cuando empezó a pasar algo raro: el agua comenzó a aumentar mucho, tanto, que casi le llegaba al pecho a Cristóbal, y además, lo más raro de todo, el niño empezó a aumentar de peso. A cada paso que daba, el niño aumentaba más y más de peso, hasta que Cristóbal pensó que ya no podía soportar más. Pero como era muy fuerte, hizo más fuerza, y siguió caminando por el río, hasta que pudo salir. Cuando llegó a la orilla, bajó al niño del hombro, y le dijo: “¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que me parecía llevar el mundo entero en mis hombros?”.
“Cristóbal –le dijo el niño-, acabas de decir una gran verdad, no te extrañes que hayas sentido ese peso, pues como bien lo has dicho, sobre tus hombros llevabas al mundo entero y al Creador de ese mundo. Yo Soy Cristo tu Rey. Me buscabas y me has encontrado. A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.voy a darte una prueba de que lo que te estoy diciendo es verdad. Cuando pases de nuevo la corriente, una vez que hayas llegado a tu choza, hinca al lado de la casa tu bastón; mañana estará verde y lleno de frutos”.
Cristóbal hizo lo que el Niño Jesús le había dicho, y al día siguiente su bastón se había transformado en una palmera con dátiles. A partir de ahí, Cristóbal creyó en Jesús y se bautizó como cristiano en un lugar llamado Antioquía.
Ya cuando era cristiano, Cristóbal se encontró con un rey que le dijo que ya no creyera más en Jesús, porque si no él lo iba a matar. Cristóbal dijo que prefería morir antes que decir que no creía en Jesús. Entonces el rey mandó a dos jóvenes para que lo convencieran, porque si no lo iban a matar, pero al final fue Cristóbal el que las convenció de que creyeran en Jesús. El rey se enojó mucho, y mandó que le pegaran con barras de hierro, y después que le pusieran un casco caliente en la cabeza, pero a Cristóbal nada le pasaba, porque el Niño Jesús lo protegía. También lo ataron a una parrilla, de esas parecidas a las de los asados, pero bien grande, y le pusieron mucho fuego para que Cristóbal se quemara, pero la parrilla se derritió con el fuego, y Cristóbal no se quemó. Entonces el rey les dijo a sus arqueros, que eran más de veinte, que le tiraran flechas a Cristóbal y lo mataran, pero cuando los arqueros tiraron las flechas, estas se quedaron quietas en el aire, y no llegaron hasta donde estaba Cristóbal, hasta que en un momento, cuando estaban así quietas en el aire, se dieron vuelta y salieron volando adonde estaba el rey, y se clavaron en los ojos del rey, que se quedó ciego.
Cristóbal le dijo al rey: “Escucha, tirano, mañana estaré muerto. En cuanto haya expirado, toma del suelo un poco de polvo, empápalo con mi sangre, y ponlo sobre tus ojos, y recobrarás la vista”.
Al día siguiente, Cristóbal fue decapitado y murió, y por eso es mártir, que quiere decir que está en el cielo. El rey hizo lo que Cristóbal le dijo, y recuperó la vista, y empezó a creer en Jesús, y se arrepintió de todo el mal que había hecho[3].
Y esa es la historia de San Cristóbal. ¡Qué lindo lo que le pasó a Cristóbal! Él buscaba a Cristo, y lo encontró, y quería servir a un rey fuerte, y Cristo es el rey más fuerte que todos los reyes juntos. Nosotros también tenemos que hacer como Cristóbal: buscar a Jesús, y servirlo con todas nuestras fuerzas.
Aprendamos a ser como San Cristóbal, que quería servir al rey más poderoso. Como San Cristóbal, nosotros no tenemos que servir ni a un rey de la tierra, y ni mucho menos al demonio. Sirvamos a Cristo Rey, que es Dios Todopoderoso; Jesús es Dios, y como Dios tiene mucha, muchísima más fuerza que cualquier hombre y que cualquier ángel, y que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Tratemos de ser como San Cristóbal, que sirvió a Jesús, llevándolo en su hombro, y haciéndolo pasar un río, aunque a nosotros seguramente que Jesús no se nos va a aparecer, y tampoco lo vamos a llevar en el hombro para hacerlo pasar un río, de una orilla a la otra, pero sí podemos hacer otra cosa: podemos llevar al Niño Dios en nuestro corazón, para que así pasemos de esta vida a la vida eterna.