San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta gracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta gracia. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de febrero de 2014

Santa Águeda




En las persecuciones a los cristianos del año 250, el emperador Quinciano le ofreció a Santa Águeda la posibilidad de salvar su vida a cambio de hacer una ofrenda a los dioses paganos. La misma consistía simplemente en quemar unos pocos granos de incienso en los pebeteros que ardían delante de las imágenes de los ídolos paganos y en participar de las comidas que se hacían en su honor[1]. Si Santa Águeda hubiera cedido, habría salvado su vida terrena, porque el emperador no la habría ejecutado, pero habría perdido su vida eterna, porque con esto habría indicado que elegía al Príncipe de las tinieblas y no a Jesucristo. Todos sabemos, por las Actas del martirio, que Santa Águeda se negó a quemar incienso a los ídolos y a participar en sus banquetes, con lo cual perdió su vida terrena, porque fue ejecutada por el emperador, pero la ganó para la vida eterna, porque así manifestó que elegía como Rey a Jesucristo, salvando su alma al ser recibida por el Rey de la gloria.
Los mártires como Santa Águeda tienen muy presentes, a lo largo de la vida, pero sobre todo en la hora del martirio, las palabras de Cristo: “El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la encontrará” (Mt 16, 21-27). En este sentido, los mártires iluminan nuestro paso por la vida porque quienes no sufrimos persecuciones cruentas, como Santa Águeda, sí en cambio debemos elegir, a cada paso, entre la muerte o la vida, entre el pecado o la gracia, entre los ídolos neo-paganos del mundo moderno, o Cristo. Al celebrar la memoria de Santa Águeda, le pedimos que interceda para que nuestra elección sea siempre perder la vida por Cristo para ganarla para la vida eterna.


[1] De modo análogo, equivaldría en nuestros días a encender una vela en alguno de los altares de los ídolos neopaganos llamados Gauchito Gil o San La Muerte y participar en sus procesiones y en sus bailes y posteriores beberajes.

martes, 28 de enero de 2014

Santo Tomás y el remedio para todos los males


         Nadie puede negar que nuestra época se caracteriza por muchos males, y que a pesar del innegable progreso científico y tecnológico registrado en los últimos cincuenta años, este progreso, a pesar de ser el más grande y prodigioso que haya experimentado la humanidad en toda su historia, no solo ha sido incapaz de solucionar los males que la aquejan desde que habita en la tierra sino que, paradójicamente, parece ser la causa de la profundización de esos mismos males y, por lo tanto, de su infelicidad.
Santo Tomás, a siglos de distancia, nos proporciona una “fórmula”, ciento por ciento eficaz, con la cual saciar con creces la sed de felicidad, de paz, de amor, que anida en todo corazón humano, sed que jamás podrá ser saciada con nada de este mundo. Esa “fórmula” no es otra cosa que Cristo crucificado: “todo aquel que quiera llevar una vida perfecta –es decir, plena de amor, de paz, de dicha, de felicidad, de alegría- no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz” (De las Conferencias de Santo Tomás de Aquino, sobre el Credo).

Esta “fórmula” es eficaz en el sentido de proporcionar paz, felicidad, alegría y amor al alma, porque al “despreciar todo lo que Cristo desprecia en la cruz”, como dice Santo Tomás, se desprecia todo lo que causa infelicidad, pero que debido a la concupiscencia, aparenta falsamente ser causa de felicidad, es decir, el pecado; al mismo tiempo, al “apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz”, se apetece aquello que es causa directa de felicidad plena y perfecta, pero que debido a nuestra dificultad para conocer la Verdad y obrar el Bien nos parece algo arduo y difícil y hasta contrario a la felicidad, y es la gracia. Por esta doble vía, el desprecio del pecado y el aprecio y estima de la vida de la gracia, se da remedio a todos los males de esta vida y se permite el acceso a todos los bienes, como anticipo del bien absoluto de la vida eterna.

jueves, 2 de enero de 2014

Oración al Sagrado Corazón de Jesús




Si la santidad de los miembros de la Iglesia no solo no aumenta, sino que muchas veces se encuentra ausente en una inmensa cantidad de bautizados -incluidos muchos sacerdotes-, es sencillamente porque no se recurre ni se hace uso de los abundantísimos tesoros que la Iglesia pone a nuestra disposición, el más grande de todos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si los cristianos acudiéramos al sagrario, en donde late de Amor el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y a Él le pidiéramos las gracias que necesitamos para nuestra santificación y la de nuestros seres queridos, la santidad aumentaría abismalmente y esta vida se convertiría en un anticipo del Paraíso. Pero además de rezar ante el sagrario, el alma tiene a su disposición algo que no tienen los ángeles, y es el poder comulgar y ser alimentado con el mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y esto es tan real, que por la comunión eucarística, el alma se convierte en un sagrario viviente de Jesús, que deja de estar en el sagrario para estar en el sagrario viviente que es el corazón de quien comulga con fe y con amor.
El bautizado no solo tiene la oportunidad –que la querrían tener cientos de miles de hombres de buena voluntad que no conocen el mensaje de Cristo- de adorar a su Dios, que se hace Presente en Persona en la Eucaristía, sino que tiene el don inmerecido de ser alimentado con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y su Amor, que late en el Sagrado Corazón y lo envuelve en ardientes llamas de Amor Divino que Jesús desea comunicar sin medida a quien lo recibe en la comunión sacramental.
Por esto, el cristiano debería vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debería hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debería comulgar con el todo el ardor del amor, con toda a fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
El momento de la comunión eucarística es un momento de insuperable privilegio para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte” (cfr. Cant 8, 6), nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Fiesta de Todos los Santos


¿Qué es lo que celebramos en la Fiesta de Todos los Santos? ¿Qué hay en ellos que merezca ser festejado y celebrado por toda la Iglesia Universal?
Celebramos a los santos porque ellos ganaron la entrada en el Reino de los cielos; ellos se hicieron acreedores de las bienaventuranzas prometidas por Jesús; ellos se ganaron la alegría eterna y ahora viven, para siempre,
Pero todo, celebramos en los santos su paso por esta vida terrena, porque no solo fue en vano –como los que obran las tinieblas-, sino que dejaron profundas huellas luminosas, huellas de luz que quedaron impresas en un camino -angosto, escarpado, difícil-, el Camino Real de la Cruz, el único que conduce a la luz, y porque siguieron al Cordero y ahora están con Él para siempre, el ejemplo de vida de todos y cada uno de los santos es para nosotros un tesoro valiosísimo, de inestimable valor, porque con sus vidas nos señalan el sentido de nuestra existencia y de nuestro paso por la tierra: ganar el cielo y la eterna alegría, que no es otra cosa que la contemplación extasiada del Cordero,
Los santos siguieron al Cordero y el seguimiento consistió en su imitación y su imitación fue tan fiel, que al tiempo que reflejaron en sus vidas distintos aspectos del Cordero, esa fidelidad les valió recibir el premio a la perseverancia en la fe y en las buenas obras y así conquistar el Reino de los cielos. Es en este aspecto de fidelidad a la gracia y de imitación del Cordero, en donde radica el aspecto más valioso de las vidas de los santos, porque las virtudes sobrenaturales con las que ganaron el cielo no son simples hábitos virtuosos, sino manifestaciones de algunas de las infinitas y eternas perfecciones del Ser trinitario de Jesús, dadas a conocer en el tiempo a través de la vida humana de los santos. Esto –las infinitas perfecciones del Ser trinitario de Jesús, comunicadas por la gracia- es lo que explica la diversidad de dones y carismas que enriquecieron las vidas de los santos: los doctores son los que expresaron, a través del estudio, la Sabiduría Divina; los mártires son los que, por medio del derramamiento de su sangre, manifestaron al mundo la Fortaleza de Dios; las vírgenes son las que, por medio de su castidad y pureza, reflejaron la Pureza Inmaculada del Cordero; los que obraron la caridad, son los que manifestaron con obras la Misericordia Divina; los que se santificaron en el sacerdocio, son los que actualizaron el Santo Sacrificio de la Cruz de Jesús y dieron la vida divina a las almas por medio de los sacramentos; los que se santificaron en el matrimonio, son los que testimoniaron el Amor esponsal, puro, perfecto, casto, celestial, fecundo, entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, y así como sucedió con estos santos, así fue con cada santo: cada uno reflejó, utilizando como instrumento su cuerpo y su alma, la perfección del Ser trinitario de Cristo que Él les comunicó de acuerdo a su plan divino de salvación.
Y todos, absolutamente todos, son un testimonio de Amor puro, perfecto, santo, hasta la muerte de Cruz, a la Eucaristía, porque no hay santo sin Amor a la Eucaristía, porque fue el Amor que brota del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús lo que los llevó a los altísimos niveles de santidad de los que hoy y para siempre gozan en el cielo.

En cuanto a nosotros, al considerar el elevado grado de santidad que alcanzaron los santos, sabemos que nos resultará muy difícil –o sino, directamente, imposible- llegar a tan alta santidad, porque el grado heroico con el que vivieron las virtudes es algo que supera las fuerzas humanas; pero debido a que igualmente queremos alcanzar el cielo, lo que debemos hacer, en el día en que los conmemoramos, es pedirles que intercedan por nosotros para que cada día que pase, crezca en nuestros corazones aquello que los llevó al cielo: el Amor a Jesús Eucaristía.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Cura Brochero y la imitación de Cristo


          El Cura Brochero imitó a Cristo durante toda su vida y fue así como alcanzó la santidad. La imitación de Cristo se ve, ante todo, en la heroicidad de la práctica de las virtudes, heroicidad que fue, en definitiva, la que lo llevó al Reino de los cielos, y a ser proclamado beato en la tierra. Y puesto que en Brochero el sacerdocio ministerial se identificaba con él, de tal manera que no puede pensarse en Brochero sin pensar en "el Cura Brochero", la imitación de Cristo que lo llevó a los cielos se dio sobre todo en su vida sacerdotal, en la devoción y piedad con la que celebraba la Santa Misa -celebró hasta el final, aún cuando ya ciego y sin sensibilidad en los dedos, no podía leer el Misal ni saber si sostenía adecuadamente la Hostia-, o rezaba el Rosario, o confesaba, o predicaba los Ejercicios Espirituales que el Señor otorgó como preciosísimo don celestial a la Iglesia, por medio de San Ignacio de Loyola.  
          El Cura Brochero se distinguió, de modo particular, en su celo por las almas, buscando su salvación a toda costa, y uno de los medios sobrenaturales más eficaces que utilizó para este fin, fueron los Ejercicios Espirituales, para cuya realización dedicó gran parte de su vida. El Padre Brochero fue un predicador incansable de estos retiros, riquísimos en meditaciones espirituales de profundo contenido, y obtuvo la conversión de numerosas almas a través de estos retiros. Y fue en esto en lo que imitó a Cristo, porque era Cristo quien vivía en Él y obraba a través suyo, puesto que no era él quien salía a buscar ejercitantes para los Ejercicios Espirituales, sino que era Cristo en Persona el que, como el pastor de la parábola, que sale a buscar la oveja perdida y deja a las noventa y nueve (cfr. Lc 15, 1-10), y como la mujer que busca la dracma perdida hasta encontrarla, sale a buscar al pecador, pero esta vez ya no en la figura de una parábola, sino en el cuerpo y alma de un sacerdote totalmente entregado a Él e identificado con Él.
          El Cura Brochero imitó a Jesús en sus virtudes, en la vida cotidiana, y en su sacerdocio ministerial, pero también imitó a Cristo hasta el fin de sus días con la enfermedad, y lo hizo no como él quería, muriendo en plena actividad, "como el caballo Chesches, que murió en plena carrera", según él lo manifiesta en la carta al obispo Yáñez, sino con una enfermedad que lo consumió poco a poco, la lepra. La imitación de Cristo con esta enfermedad está en el hecho de que el leproso, en la Antigüedad, era llamado "maldito" y considerado como tal, pues vivía alejado de los poblados y todo el mundo evitaba su contacto, porque se lo consideraba repugnante incluso a la simple vista. Cristo muere en la Cruz, y con esto se hace maldito, como dice la Sagrada Escritura a quien muere en la Cruz: "Maldito el que cuelga del madero". Pero Cristo, no siendo maldito en sí mismo, se hace maldito por nosotros, para compartir nuestra suerte, que sí es maldita, desde el momento en que estamos caídos a causa del pecado original. Cristo se hace maldito para destruir la maldición por el sacrificio de la Cruz, la ofrenda de su Cuerpo y el derramamiento de su Sangre, que cancelan para siempre la maldición que desde Adán y Eva pesaba sobre la humanidad entera. Al contagiarse la lepra, llamada "enfermedad maldita" y que daba el nombre de "maldito" al que la contraía, el Cura Brochero exterioriza con su cuerpo humano la identificación espiritual interior, dada por la gracia, con la Pasión redentora del Hombre-Dios, que no duda en subir al leño de la Cruz para destruir allí la maldición que el pecado había traído sobre toda la humanidad.
          Por último, hay otra identificación del Cura Brochero con Cristo: el Cura Brochero se contagió la lepra al tomar mate en sus visitas a un leproso, ateo y blasfemo, de quien buscaba su conversión, y en esto imitó a Jesús, Buen Pastor, que para rescatar a su oveja perdida no duda en descender del cielo para ofrendar su Cuerpo en la Cruz por la salvación del pecador. por esto, no era José Gabriel del Rosario Brochero quien visitaba a ese leproso y tomaba mate con él, sino que era el mismo Jesús en Persona quien, a través del Cura Brochero, se acercaba al leproso para conquistar su alma y llevarla al Reino de los cielos. Al igual que el Cura Brochero, seamos entonces otros tantos "cristóforos", es decir, portadores de Cristo, para que Cristo los alcance con su Amor.
         


jueves, 29 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima y el don de la tribulación como participación a la Cruz de Cristo


Con mucha frecuencia sucede, entre los cristianos, que frente a las pruebas y tribulaciones de la vida, sobrevengan el desánimo y el desaliento, como consecuencia de la incomprensión del misterio pascual de Jesús, de Muerte y Resurrección. A raíz de esta incomprensión, los cristianos acuden a la oración para pedir a Dios que les sea quitada la tribulación y que la prueba finalice cuanto antes. Entre los escritos de Santa Rosa, existe un texto en el que Nuestro Señor no solo reafirma el valor de la tribulación y de la prueba, sino que advierte que es el único camino para acceder al cielo:
Así narra Santa Rosa las palabras de Jesús: “El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo».
Las palabras de Jesús a Santa Rosa de Lima explicitan lo que Él nos reveló en el Evangelio: “Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue su Cruz de todos los días, y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Por qué nos dice esto Jesús? Porque el cristiano está en esta vida para salvar su alma, pero la salvación solo viene por Cristo y Cristo crucificado, muerto y resucitado. De ahí la importancia de cargar la Cruz de cada día y de seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; de ahí la importancia de la negación de uno mismo, porque en la cima del Calvario debe morir el hombre viejo, para que renazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia; de ahí la importancia de aceptar las tribulaciones, las aflicciones, las fatigas, porque son dones del cielo que nos hacen participar de la Cruz de Jesús, porque la Cruz es tribulación -Suprema Tribulación-, aflicción -Suprema Aflicción-, fatiga -Suprema Fatiga-. Esto quiere decir que el cristiano no solo no debe jamás rechazar la tribulación -la que viene de la Cruz-, sino por el contrario, debe postrarse en acción de gracias por tan inmenso don, puesto que al ser una participación a la Cruz de Jesús, es un signo de predilección divina.
Esto es lo que explica también que en el camino opuesto al de la salvación, en el camino de la perdición, los réprobos no experimenten tribulación ni prueba alguna, porque allí no hay redención ni salvación. Es muy mala señal que alguien de rienda suelta a las pasiones y que su único objetivo en la vida sea obtener éxitos mundanos y bienes materiales: éste no es el camino de la Cruz, y no es el camino de la salvación, el camino que conduce al cielo.
Ahora bien, el cristiano debe saber que la tribulación no es un fin en sí mismo, y que nada termina en la tribulación; por el contrario, "a la tribulación", le dice Jesús a Santa Rosa de Lima, "le sigue la gracia"; "con el peso de la aflicción, se llega a la cima de la gracia"; "los carismas aumentan con el incremento de las fatigas", y esto es así porque a la Cruz le sigue la Luz, a la Muerte de Cristo en la Cruz, le sigue la Resurrección en la gloria divina. Y tal como le dice también Jesús a Santa Rosa, la tribulación de la Cruz no es un "camino alternativo" u "opcional", sino el único camino: "Ésta es la única escala del paraíso, y sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo".
Meditando sobre las palabras de Jesús, más adelante, Santa Rosa agrega: "¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos".
Si las vidas de los santos son propuestas por la Iglesia para que aprendamos de ellos, la vida de Santa Rosa de Lima nos deja esta gran enseñanza: debemos agradecer la tribulación, signo de predilección del Amor divino, que nos hace participar de la Cruz de Jesús, Puerta abierta al cielo, a la eterna felicidad.


martes, 27 de agosto de 2013

San Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios contra la Ciudad Pagana


          Ya en su vejez, y por el espacio de quince años, San Agustín escribió una de sus obras más importantes, titulada "La Ciudad de Dios". El título original en latín refleja con más precisión el carácter general de la obra: "De Civitate Dei contra paganos", es decir, "La Ciudad de Dios contra los paganos". Se trata de una apología del cristianismo, en la que se confrontan dos ciudades: por un lado, la Ciudad Celestial; por otro lado, la Ciudad Pagana. Ambas ciudades tienen orígenes distintos, y por lo tanto, también su desarrollo y su final son diferentes: la Ciudad de Dios se construye sobre la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, y su gracia santificante, mientras que la Ciudad Pagana representa el falso edificio espiritual construido sobre el pecado del hombre y la falsedad del Príncipe de la mentira, Satanás. Ambas ciudades, dice San Agustín, "se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el Juicio Final".
          Si bien escribe esta obra a causa de la conmoción que le provocó la caída de Roma a manos del rey bárbaro Alarico I, con lo cual la entera civilización cristiana se encontraba en un grave peligro, desde el momento en que se veía amenazada no solo la capital del Imperio Romano, sino ante todo el Papa, Vicario de Cristo, el fin de la obra no es tanto político como espiritual. En otras palabras, para San Agustín, las Ciudades -tanto la de Dios como la Pagana-, están formadas por personas, porque es en las personas en donde reside la gracia santificante, y es en las personas en donde la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, se encarna, al ser aceptada en su plenitud. Cuando esto sucede, la Ciudad de Dios se alza en la persona, y esta resplandece con la Verdad y la gracia de Cristo. Por el contrario, cuando esto no sucede, es decir, cuando la Verdad de Cristo y su gracia son rechazadas por la persona humana, entonces se levanta en el alma la Ciudad Pagana, la ciudad construida sobre "arena y no sobre la roca" (cfr. Mt 7, 26), la Ciudad del mal, de la mentira, del engaño y de la falsedad, la Ciudad de la oscuridad, de las tinieblas, del horror y del espanto, en la que se erige como siniestro rey el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

          Podemos decir entonces que cada uno de nosotros puede elegir, libremente, cuál de las dos Ciudades construir en el alma: si la de Dios, construida sobre la Roca que es Cristo, cimentada en la aceptación de la Verdad revelada y en la gracia santificante que concede al alma la participación en la vida divina, o la del Paganismo, construida sobre el error y el pecado. Quien elija construir para sí la Ciudad Pagana, tendrá como Rey al Príncipe de las tinieblas, y en el Día del Juicio Final será precipitado en las tinieblas sin fin, en donde no hay amor ni redención. Quien elija construir para sí la Ciudad de Dios, tendrá como Rey a Jesucristo y como Reina a la Virgen María, y en el Día del Juicio Final formará parte de la Jerusalén celestial, en donde reinan, para siempre, la alegría, la paz y el amor divinos. 

martes, 20 de agosto de 2013

San Bernardo y el amor a Dios


          De acuerdo a los escritos de San Bernardo sobre el amor, no existe ser humano que no pueda darle algo a su Creador, y ese algo es, precisamente, amor: "Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que Él le da"[1]. creado por amor, por el Amor, y para el Amor, el hombre posee en sí mismo, en su alma, una cualidad que no la posee ninguna otra creatura del universo visible, y es la capacidad de amar. El hombre ha sido creado "a imagen y semejanza" de Dios, y es parte esencial de ese ser "imagen y semejanza" de Dios (cfr. Gn 2, 7), el poder crear actos de amor. Es decir, Dios crea al hombre por amor, a su imagen y semejanza, la cual consiste en estar dotado de la capacidad de crear actos de amor. De esta manera el hombre, para devolver el amor que Dios puso en el acto de su creación, lo único que tiene que hacer es devolverle algo -siempre será una infinitésima parte, insignificante, en relación al acto creador de Dios, pero al menos es algo- de ese amor, creando en sí mismo un acto de amor a Dios. Por este motivo, el mandamiento de la Ley de la Caridad de Jesucristo, no es algo impuesto artificialmente al hombre, ni es algo que el hombre no pueda o no sepa hacer, o no quiera hacer: el amor a Dios está como sellado en su esencia y por esto no hay algo más natural para el hombre que amar a Dios. Esto también nos hace ver que nadie puede excusarse de amar a Dios, porque está en su esencia humana, y es así que puede hacer un acto de amor a Dios tanto un mendigo como un multimillonario, un pobre o un rico, un hombre de raza blanca, o negra, o de cualquier raza, porque el amar a Dios no es algo extrínseco a la naturaleza humana, sino algo inherente a ella. De esto se también que al condicionar nuestra entrada a los cielos -y por lo tanto, nuestra salvación eterna-, al cumplimiento del Primer Mandamiento -"Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo"-, Jesús no solo no nos pide nada imposible, sino que nos concede la llave para la felicidad, tanto en esta vida como en la otra, porque como vemos, hemos sido creados por el Amor para el Amor, para amar, tanto a Dios como al prójimo, que es su imagen viviente en la tierra.
          Por supuesto que esta tendencia natural del hombre a amar a Dios -y a su imagen viviente, el prójimo-, puede no solo ser sofocada y disminuida, sino bloqueada e incluso pervertida, al amar algo o alguien que no sea Dios y, por el Amor de Dios, a su imagen viviente, el prójimo.  Pero esta "capacidad", que se pone en acto como consecuencia del pecado original,  no es una excusa para no amar a Dios, porque esta permanece aún en estado de pecado y, lo más grandioso, se potencia al infinito por medio de la gracia divina, y de tal manera, que el hombre se vuelve capaz de amar a Dios con su mismo Amor, con el Amor mismo con el cual Dios se ama a sí mismo desde la eternidad.



[1][1] San Bernardo Abad, Sermones, sobre el Cantar de los cantares, Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2, 1968, 300-302.

lunes, 29 de julio de 2013

Santa Marta de Betania

En el conocido episodio del Evangelio, Santa Marta aparece ocupada en limpiar la casa y en disponer todo para a que Jesús, que ha ido a visitarla a ella y a sus hermanos Lázaro y María, no le falte nada.
En el episodio, Jesús entra en la casa de los hermanos, en Betania, y mientras Marta se pone a trabajar para que la casa esté limpia y ordenada, y para que Jesús tenga algo para comer como invitado de honor que es, María en cambio, se queda a los pies de Jesús, contemplándolo en éxtasis de amor. Esta actitud de María motiva la queja de Marta: “Señor, dile a mi hermana que me ayude”, al tiempo que causa también la respuesta de Jesús: “Marta, Marta, te preocupas por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y no le será quitada”. Jesús no le dice a Marta que lo que hace -ocuparse de la casa- esté mal; le dice que “sólo una cosa es necesaria”, la adoración contemplativa en éxtasis de amor de María, pero no le dice a Marta que deje de hacer lo que está haciendo, o que lo que hace no está bien.
Esta misma situación se repite en la comunión eucarística, puesto que Jesús también entra en nuestra casa, en nuestra alma, en cada comunión eucarística; Él es nuestro invitado de honor, que golpea a las puertas de nuestro corazón, y al cual le respondemos abriéndoselas con amor, según Él lo dice en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien me escucha y abre, entraré y cenaré con él y él conmigo”.
A su vez, las dos hermanas representan dos aspectos distintas de la misma alma en relación a Jesús: Marta representa al alma que se preocupa por tener la casa limpia, es decir, la vida de la gracia; Marta limpiando la casa, sacudiendo el polvo la tierra para que la casa brille, es El alma cuando lucha contra los pecados veniales y mortales, que ensucian el corazón, y lo mantiene en condiciones impecables, para que Jesús Eucaristía entre en él; Marta encendiendo el horno a leña para preparar la comida, es el alma que ora y por la oración enciende su corazón en el Amor de Dios y desea ardientemente comulgar; María, contemplando a Cristo en éxtasis de amor, es el alma que goza ya de la Presencia sacramental de su Señor y se postra a sus pies. María tiene la mejor parte, pero sin el afanoso ocuparse de Marta, no habría sido posible.

¿Trabaja nuestra alma, así como trabaja Santa Marta para limpiar su casa, para que el corazón esté resplandeciente por la gracia, la fe y el amor, para cuando entre el invitado de honor, Jesús Eucaristía?